Pensar el comunismo, el socialismo, hoy

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ESTADO DE SITUACIÓN Y PRÓXIMA ETAPA…

Los colectivos que publican A Contre-Courant, Carré Rouge, L’Emancipation sociale y militantes ligados a la revista/sitio  l’Encontre de Suiza, decidieron desde enero de 2006 sumar sus esfuerzos para llevar adelante un trabajo de carácter teórico y político sobre "la actualidad del comunismo" (o del socialismo, que en el sentido fuerte y pleno del término es su sinónimo). Los cuatro colectivos hicieron cortas reuniones de coordinación en Mulhouse y dos reuniones plenarias, la primera en el mes de enero en París, y la segunda en Nyon (Suiza) los días 20 y 21 de mayo del 2006. En ambas reuniones otros colectivos y militantes participaron activamente en los debates, expresando interés y respaldo.

Este proceso permitió la preparación del texto que surgió de los debates realizados en París y está en los sitios de las revistas [incluido a continuación en este dossier]. Por ahora puede ser leído en francés y español, pero otras traducciones (en inglés e italiano) están listas o en preparación. El texto expone las razones que hacen urgente un trabajo político colectivo de carácter teórico para "pensar el comunismo" en las condiciones del siglo XXI, y luego plantea algunas referencias teóricas y políticas que pueden de facilitar el lanzamiento de semejante tarea. Finalmente y sobre todo, el texto hace un llamado a las/los que se identifiquen con el enfoque para que se sumen a los iniciadores. Estos sólo lanzan en el proyecto, y no se consideran de ninguna manera sus "propietarios".

En Nyon se sumaron a los cuatro colectivos y participaron de los debates dos militantes italianos (presentes a título personal) de la Organización Comunista Internacionalista (OCI) que publica Che Fare, y Ricardo Napuri. La reunión se desarrolló en tres partes. Comenzó con una discusión general del texto de inicial. Siguió luego una sesión dedicada a la situación social y política de Italia, introducida por los compañeros italianos. Finalmente, tuvo lugar una extensa sesión dedicada a la guerra en el mundo contemporáneo, en relación con los actuales rasgos del imperialismo y con la cuestión de la actualidad del comunismo. La reunión finalizó con una corta sesión referida a las próximas etapas del trabajo. En la reunión de enero, en París, ya se habían recogido algunas ideas: la de organizar "talleres de discusión", con la redacción y discusión de textos a través de internet; la de crear un sitio web y, llegado el momento, lanzar una "revista electrónica". Ahora se concretó la idea de iniciar los "talleres de discusión".

Tanto la discusión general como el intercambio específicamente referido a la guerra mostraron la oportunidad de abrir un debate sobre esta cuestión. El otro tema escogido fue el de la auto actividad en el actual curso de la lucha de clases, sus resortes y formas, los obstáculos con que tropieza y las contraofensivas a las que debe hacer frente. Se acordó en dos breves textos para lanzar los talleres.

Se decidió esperar hasta contar con una cierta cantidad de material a publicar antes de abrir un sitio web. Los próximos meses serán dedicados a comenzar la discusión en los talleres y a la tarea de explicación del enfoque. Se han previsto viajes y encuentros para la presentación de los objetivos en Europa y América del Sur.

[Publicado en Carré Rouge nº 36, junio de 2006. Traducción de Aldo Casas]

PENSAR EL COMUNISMO, EL SOCIALISMO, HOY

Somos militantes que publicamos A Contre Courant, Carré Rouge, L’Émancipation sociales o vinculados a la revista y a la página web À l’Encontre, de Suiza y hemos decidido unir nuestras fuerzas para llevar adelante un trabajo de carácter teórico y político sobre la actualidad del comunismo (o si se prefiere, del socialismo, que es su sinónimo en su más fuerte e íntegro sentido). Hemos decidido también estrechar contactos con aquellas y aquellos que persiguen un objetivo análogo, proponiéndoles trabajar juntos o mantener intercambios regulares. En este texto tratamos de explicar lo que nos condujo a tal iniciativa, subrayando las inmensas dificultades que conlleva y esbozamos un primer plan preparatorio.

La comprensión común que nos une es la idea de que el horizonte decisivo del compromiso político (que luego ilumina todas las facetas de la actividad militante) es el de la emancipación social, sinónimo de emancipación humana. Tal emancipación la entendemos como auto-emancipación colectiva que se basa en la auto-actividad y en la auto-organización en todas sus formas y su objetivo es la construcción de una sociedad mundial constituida de pueblos que no conocerán ya la división en clases y que habrán desmantelado o destruido el Estado - el mismo Estado que debieron enfrentar los oprimidos en el siglo XIX y que encontramos bajo formas más terribles aún en el siglo XX, el mismo Estado que los pueblos deben enfrentar hoy en condiciones orwelianas, infinitamente agravadas. La emancipación del proletariado no puede ser sino una auto-emancipación. En la medida que es "obra de los trabajadores mismo", es conquistada por ellos y en un mismo movimiento crea las condiciones de la emancipación del conjunto de la humanidad.

El objetivo de la emancipación social, así entendida, fue compartido por todas las corrientes que conjuntamente formaron el movimiento obrero en el siglo XIX. Más allá de sus divergencias y luego de sus escisiones, dicho objetivo fue el horizonte común de las y los militantes que unieron sus fuerzas para fundar la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Luego, siendo unos miembros de la Segunda Internacional y de diferentes grupos libertarios otros, siguieron persiguiendo ese mismo objetivo, fijando las miradas y tensando sus voluntades hacia ese mismo horizonte. Separados por interpretaciones antagónicas de acontecimientos cruciales, separación agravada en algunos momentos por enfrentamientos políticos directos severos, algunos herederos de ambas corrientes intentaron reiteradamente hacer de ese fundamento compartido de su compromiso la base de un trabajo político común, sobre todo en los sindicatos.

Hoy, la concepción de la emancipación social como horizonte del compromiso político, ha retrocedido dramáticamente en el medio en que nació y la sostuvo durante mucho tiempo, es decir en el movimiento obrero. Subyace al compromiso de muchos de los participantes en los Foros Sociales Mundiales provenientes de países en los cuales los campesinos y los oprimidos se han organizado en sindicatos obreros o junto a ellos. Pero las aspiraciones de fijarse la emancipación social como horizonte fueron marginalizadas y frustradas. Prevaleció el lenguaje del "realismo", o sea de la adaptación al capitalismo. En los países capitalistas imperialistas el objetivo de la emancipación social se mantiene inscrito en el programa político de ciertas organizaciones, de ciertos grupos políticos o de ciertos colectivos pertenecientes a las corrientes fundamentales del pensamiento emancipador. Pero de manera formal y hueca. Y el hecho es que ni la emancipación social ni el comunismo como objetivo último del compromiso pueden ser momificados o acaparados por "vanguardias" autoproclamadas. Es necesario darles vida y alimentarlos continuamente, en un proceso interactivo con las expresiones de la auto-actividad de los explotados, que no dejan de renovarse; auto-actividad que modifica las condiciones del combate y cambia también a los seres humanos.

Actualmente existe la necesidad imperiosa de demostrar la pertinencia de esos objetivos y de reformularlos. La experiencia histórica de las tentativas concretas de la llamada transición al socialismo debe ser analizada a fondo (este análisis ha sido apenas esbozado). Como herederos, lejanos pero herederos al fin, de los quienes afrontaron la represión estalinista conociendo los pelotones de ejecución y el Gulag, podemos apreciar plenamente esta imperiosa necesidad. Pero esta exigencia concierne tanto al presente como al futuro. Lo que impone este trabajo son los nuevos desafíos (ignorados y / o subestimados hasta ahora por las fuerzas revolucionarias) lanzados a la humanidad por el régimen de la propiedad privada de los medios de producción y por la acumulación para la ganancia. Si no son pensadas en términos actuales, la idea de la emancipación social y la perspectiva del comunismo se transforman en algo relativo a las convicciones privadas, o en una creencia de la que dan fe los militantes en la intimidad de pequeños círculos y no en la esfera política pública.

En momentos en que el siglo XXI comienza de manera dramática, y cuando algunos de sus mayores rasgos catastróficos pueden identificarse con bastante certeza, queremos participar, junto a todas y todos aquellos cuyo compromiso político se funda en esta base, en un esfuerzo colectivo para (re)pensar el comunismo hoy y mostrar su actualidad y su necesidad. Tal objetivo justifica poner entre paréntesis (o aceptar al menos que pasen a un segundo plano) las divergencias que puedan existir entre las / los que quieren asociarse a esta tarea, para llevarla adelante sin pretensiones pero con la conciencia de las necesidades que impone la situación.

La actividad militante cotidiana, concreta, que cada cual desarrolla no puede sino enriquecer, los intercambios y las elaboraciones. Sin embargo, es urgente dedicar una parte del tiempo y la energía a esta tarea político-teórica, para devolver a quienes militan desde hace años la perspectiva indispensable del comunismo y, sobre todo, para poder transmitirla a las nuevas generaciones. Las luchas "cotidianas", desde el momento en que comienzan a adquirir cierta importancia (¡y hoy todas tienden a serlo!) conllevan una aspiración a "otra sociedad", a un "más allá" del sistema capitalista; se esfuerzan de manera más o menos consciente por tender "un puente" hacia esa otra sociedad. No trabajar en la definición del punto hacia el que debe ser tendido ese "puente" es amputarlas, probablemente desarmarlas.

Las formas actuales de la alternativa "Socialismo o Barbarie

La alternativa "socialismo o barbarie" fue formulada hace casi un siglo. El grito de alarma lanzado por Rosa Luxemburgo y otros revolucionarios traducía una modificación radical del sentido del combate por la emancipación social, que se transformaba en un combate para oponerse a terribles peligros tanto como para materializar las potencialidades de progreso en la historia. La "construcción del socialismo" y la imagen de una "humanidad que avanza hacia el progreso", forjada por el estalinismo y sus subproductos, impidieron que este grito de alarma fuera comprendido plenamente. Otros se esforzaron en disociar la comprensión de Auschwitz de la historia del capitalismo y de sus convulsiones. Otros se dedicaron a tratar de convencernos de que la superioridad militar y nuclear de los Estados Unidos constituía la garantía de la "libertad" y de la "democracia". Por nuestra parte, debemos devolver todo su sentido a ese grito de "socialismo o barbarie", hoy más que nunca fundado, cuando después de décadas de crisis crónica de la economía y de la sociedad capitalista a escala internacional, las amenazas se aceleran y se diversifican.

El capital ha logrado crear las condiciones de una terrible competencia, entre distintos países, pero también en el seno de cada economía nacional, entre los proletarios de un mismo país, por "el empleo", por la venta de su fuerza de trabajo. Esta competencia es el vector de una verdadera pandemia mortífera que se abate sobre los proletarios, sobre "el mundo del trabajo", como se lo llamado desde hace tiempo, y que se extiende a todos aquellos que son golpeados por la pauperización y la desafiliación social, para satisfacer la sed inagotable de valorización sin límites del capital. "La unión de los trabajadores", en todos los niveles, es lo que está en juego, es el eje central de la actividad militante. Sólo la unidad podrá hacer retroceder el peligro para encontrar, luego, soluciones más duraderas; y tenemos la presunción de que esta unidad podría ser construida a partir de la convergencia en la auto-actividad que los desposeídos y los explotados despliegan en cada uno de sus respectivos países, en realidad, a menudo, en sus respectivos pueblos, ciudades, barrios o regiones.

El abismo entre las cúpulas de las clases propietarias y dominantes y de las "elites políticas" que producen, y la mayoría de la población se ha hecho inconmensurable. El parasitismo del capital financiero encuentra una de sus expresiones en las formas y los contenidos de la hiperprivatización que se extiende aceleradamente, de la riqueza producida por el trabajo, pero también de los recursos "naturales" de todo tipo. Las nuevas configuraciones de la ciudad ("sectorización", segregación espacial, fenómenos de "aislamiento", constitución de guetos reservados a diferentes estratos de población) son una manifestación de ello. Este abismo se acompaña con una especie de verdadera negación de la mayoría de la población del planeta con literalmente el olvido de poblaciones enteras (las de África, por ejemplo). La separación de los productores campesinos del derecho que han tenido hasta ahora a utilizar sus propias semillas para una nueva cosecha, a través de los organismos genéticamente modificados (OGM) y la propiedad de las patentes, es emblemática del contenido práctico, existencial, de la separación de los productores de sus medios de producción y de vida. Caracteriza los mecanismos económicos al personal que los personifica, situados en una exterioridad absoluta de las condiciones de vida de gente a la que a penas se reconoce como habitantes del planeta.

En ese contexto debemos situar la decadencia del Estado burgués en numerosos países (incluidos los de la periferia) y la pérdida de credibilidad y de legitimidad de las instituciones llamadas democráticas en los países imperialistas. El rápido surgimiento de todo un sector del derecho internacional administrado de manera privada por las grandes firmas (el arbitraje) nos remite a "las reglas de la gobernancia" propuestas como modo de gestión de los órganos estatales o proto-estatales.

Lo que se juega con "la cuestión ecológica"

El horizonte de la humanidad en el siglo XXI es el de una crisis ecológica mundial de una gravedad excepcional. Los observadores serios prevén que será un factor de acentuación del militarismo y de agravación de las amenazas, que podrían ir hasta el uso de un arma nuclear manejable (miniaturizada, llamada "táctica"). La voluntad de perpetuar la hegemonía planetaria del capital financiero lleva ya a quienes se consideran los herederos de la civilización (forjada de manera contradictoria bajo la dominación de la burguesía) a un comportamiento brutalmente destructor con respecto a las fuerzas humanas y a los recursos socio-naturales que, a su manera, esta civilización había moldeado históricamente. A tal punto que la alternativa en el siglo XXI bien podría dejar de ser entre "socialismo o barbarie" para pasar a ser entre "comunismo" y formas inéditas de "aniquilamiento social".

En cuanto el problema ecológico comienza a ser abordado como un problema planetario ya no puede disociarse de la dimensión social. Detrás de las palabras "ecología" y "medio ambiente" está nada menos que el cuestionamiento, en un futuro cada vez más cercano, de la perennidad de las condiciones de reproducción social de ciertas clases o grupos sociales, de ciertos pueblos, e incluso de países enteros. La humanidad ocupa un espacio planetario dotado de un ecosistema frágil, cuya existencia no merecía mayores preocupaciones. La visión de "las relaciones entre el hombre y la naturaleza" del Renacimiento y del Iluminismo, heroica aunque ya ambigua, dejó pronto paso a otra completamente utilitaria y cortoplacista moldeada por el positivismo burgués del siglo XIX en la que el hombre (o sea, el capitalista) puede explotar el planeta a su antojo. Este enfoque contó después con el refuerzo de la política y la ideología estalino-cientista (el régimen pura y simplemente se deshizo de los teóricos más avezados en la materia). El tema de "las relaciones con la naturaleza" no fue tampoco abordado por el pensamiento revolucionario, que no le dedico una crítica política y social tan acerada como la reservada a la explotación del proletariado o a la opresión de las dominadas y dominados. La indiferencia total con respecto a los problemas vinculados al ecosistema planetario fue compartida tanto por los gestores del capital financiero como por los "planificadores" del "socialismo real", preocupados sólo por las exigencias de un desarrollo que sirviera de sostén al poder de las capas sociales burocráticas, a su dominación y a la explotación de los trabajadores.

Los científicos lanzaron el alerta sobre las emisiones de gas de efecto de invernadero, en particular el CO2, y el cambio climático hace casi veinte años (en los 90). No fueron escuchados. La anarquía[1] de la producción capitalista; el hecho que la realización de la ganancia implique la necesidad de vender y por tanto de derrochar desenfrenadamente los recursos; la necesidad de valorizar el capital invertido en las industrias que constituyen los pilares de la Bolsa, y por tanto de hacer ingresar a la China y a la India, después de la América Latina y el Sudeste asiático, en la "civilización del automóvil" y de una urbanización cada vez más discriminatoria y devastadora (desentendiéndose de los efectos sobre el conjunto del territorio), todo ello ha creado una situación marcada por una pérdida de control cada vez más total por parte de los gobiernos. Pero en muchos casos nos enfrentamos con las consecuencias directas de una política conducida abiertamente en nombre de la reproducción de la dominación mundial del capital financiero. El ritmo de la destrucción de los equilibrios y de los recursos necesarios a la vida se acelera. En África oriental y en la América andina, el calentamiento climático y la crisis del agua han comenzado a mezclarse sin separación posible y los estudios prevén que los más indefensos y vulnerables serán los primeros afectados.

En las corrientes que se reivindican del socialismo revolucionario la toma de conciencia y la resistencia política y social ante los graves atropellos cometidos conjuntamente contra las / los explotados y la naturaleza, han sido tardías e insuficientes. Ya no es posible mantenerse alejado ni temer el planteo de tales problemas. La idea del comunismo y de su necesidad debe ser pensada de manera tal que respondan a estas interrogantes. Antes de que sea demasiado tarde, el planeta debe ser concebido como "la casa común de la humanidad". Si la primera tarea es lograr que el espacio mundial deje de ser un infierno para las tres cuartas partes de sus habitantes, que éstos ven su misma existencia amenazada por las destrucciones ecológicas provocadas por modos de producción y de consumo que tienen como fundamento la propiedad privada y el individualismo de la mercancía-fetiche, ¿qué pasos, qué medidas pueden dar una respuesta? Teniendo en cuenta que será necesario que las / los trabajadores en las diversas luchas de resistencia y, también, los contraataques referidos a la propiedad de los recursos de su país (Ecuador, Bolivia, Perú, etc.) impongan con su auto-actividad las reglas y las medidas adecuadas y que las pongan en práctica ellos mismos y / o que las controlen estrechamente.

La competencia entre trabajadores desencadenada por el capitalismo mundializado

En todos los países, sin excepción, los "proletarios", en el sentido que Marx le daba a este término (los que están obligados a vender su fuerza de trabajo, a "encontrar un empleo" para vivir y para que sus hijos puedan vivir), soportan los efectos cada vez más brutales de un proceso político de liberalización y de desreglamentación de las inversiones directas, de las transacciones comerciales y de los flujos financieros, una liberalización y una desreglamentación impuestas en todas partes del mundo, a una escala sin precedentes. Los asalariados de los países cuyo régimen de jubilación es el de capitalización (Chile, Argentina, Estados Unidos, Reino Unido, por ejemplo) no escapan al menoscabo de sus condiciones de existencia. En esos países, el capital no sólo no manifiesta ningún reconocimiento hacia aquellos cuyo "ahorro salarial" alimenta los mercados bursátiles sino que el ataque a sus condiciones de vida es a menudo todavía más brutal.

A juicio de quienes lo impulsan y sacan de él su riqueza así como su poder, el proceso de liberalización y de privatización está inconcluso. Sin embargo, vaya si ha avanzado; su consecuencia más reciente y dramática es la de permitir al capital la organización, a escala continental o subcontinental, de la competencia directa de los asalariados, de los proletarios que venden su fuerza de trabajo y que producen la plusvalía. Tal es el caso, ya, del conjunto europeo, donde la UE (Unión Europea) es el centro, pero que se extiende hacia el Este y hacia el Mediterráneo. Es también el caso de América al norte del canal de Panamá, de América Central y del Sur. En el caso de los países de Asia, hacia los cuales viene siendo transferida una parte creciente de las capacidades industriales mundiales, el capital pone a competir a los trabajadores entre sí al tiempo que los utiliza como arma contra los niveles de salario y las condiciones de trabajo en casi todo el resto del mundo. Los medios utilizados para esta competencia forzada son la deslocalización y la producción a través de inversión directa pero también las múltiples y sofisticadas formas de subcontratación en los países en los que los salarios son más bajos y la protección social más débil.

La competencia directa, a escala planetaria, de trabajadores que viven relaciones sociales desiguales frente al capital y al Estado ha sido beneficiada por la "reintegración" en el mercado mundial de los países del ex "bloque soviético" y de aquellos que formaban parte de la URSS. Esta competencia directa ha dado un salto cualitativo desde el pasaje de la elite burocrático-capitalista de la China al capitalismo mundializado y el ingreso de la China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). El desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación ha sido orientado deliberadamente por los grupos industriales, ayudados por los gobiernos de mayor peso, y ha brindado al capital las condiciones técnicas de una optimización de la productividad y de la ganancia sobre la base de la dispersión, de la flexibilización y de la mayor precariedad de los trabajadores. A medida que estos últimos ven debilitarse sus posiciones en la lucha de clases, el capital aumenta las posibilidades de ocultar el carácter social de la producción, de dislocar los colectivos de trabajo que el propio capital contribuyó a formar en la fase anterior del capitalismo y de acrecentar la tasa de explotación. El aumento del tiempo de trabajo y el desgaste físico y psíquico acentuado de la fuerza de trabajo (al punto de ser una de las preocupaciones explícitas de organismos paritarios como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) son dos expresiones de una sobreexplotación que combina los elementos del siglo XIX y del siglo XXI.

La selección de los inmigrantes y los estatutos jurídicos especiales a los que son sometidos (inmigración "escogida"), a lo cual debe agregarse la "inmigración clandestina" vigilada por la policía, extraordinariamente benéfica par los patrones, son otro instrumento elegido para alinear progresivamente los salarios y los niveles de protección social de las / los trabajadores, que siguen siendo empleados en los países de origen de las inversiones y de las órdenes de subcontratación a niveles cada vez más bajos de salario y de protección. Los centenares de cadáveres que flotan en el Mediterráneo o que cubren la frontera entre México y los EEUU simbolizan y materializan la barbarie de un mercado de trabajo mundializado, estructurado por las leyes del desarrollo desigual y combinado propias al imperialismo del siglo XXI. Plantear la consigna "proletarios de todos los países, uníos" en las condiciones actuales, significa empezar por encontrar palabras que sean entendidas por las y los trabajadores amenazados por el desempleo y la precariedad, de manera tal que el trabajador "extranjero" no sea visto como un competidor sino como un enemigo.

"El capitalismo lleva en sí la guerra como los nubarrones llevan la tormenta"

El problema de la guerra, tema central de la alternativa "socialismo o barbarie" hace cien años, y que fue efectivamente una de las expresiones mayores de la barbarie a lo largo del siglo XX, sigue siendo tan actual como en el momento en que Jean Jaurès pronunció esa frase. Su resonancia en el seno de la juventud y de las trabajadoras y los trabajadores es innegable. Las manifestaciones del 15 de febrero de 2003 contra la invasión de Irak por los EEUU, el Reino Unido y sus aliados, fueron el momento cumbre del movimiento antimundialista y altermundialista nacido en el Foro Social de 2001, siguiendo el rumbo de Seattle, en 1999). El trabajo de volver a pensar el comunismo a comienzos del siglo XXI supone entonces un trabajo específico sobre esto, pues no podemos hacer como si el problema de la guerra estuviera ya solucionado.

Este problema se manifiesta hoy principalmente en relación con la necesidad imperialista de controlar las materias primas, la energía, el agua, las tierras fértiles y las "reservas" potencialmente utilizables por la biogenética. La comprensión de sus relaciones con la competencia interimperialista que nace del funcionamiento del capitalismo como tal ha retrocedido. La necesidad de detener la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, que se vuelve más imperiosa a causa de la dominación del capital especulador, ha llevado al capital estadounidense (así como al europeo y al japonés) a permitir que la elite burocrático-capitalista opere la actual transformación capitalista de la China en un lapso de diez años, mientras que habrían sido necesarias varias décadas para hacerla por sí sola, aún con la ayuda de la diáspora y de Taiwan. Poniendo a un rival poderoso en escena, el capital estadounidense ha vuelto a crear las condiciones para un conflicto interimperialista clásico.

La carrera por el armamento nuclear (que, por ejemplo, ahora se esfuerza por la miniaturización de las bombas) está lanzada nuevamente, así como la proliferación nuclear. A pesar del recuerdo de Hiroshima y de Nagasaki, la burguesía japonesa va a tratar, seguramente, de transformarse en una potencia nuclear. Los levantamientos que podrían resultar de los atropellos ecológicos masivos a las condiciones de reproducción de pueblos enteros, podrán provocar el recurso a la guerra por parte de los Estados comprometidos en la preservación del orden social y político mundial actual, basado en la propiedad privada de los medios de producción. No dudarán en hacerlo. A eso hay que agregar la utilización cada vez más sistemática del control y de la represión permanente de las / los explotados y dominados.

La últimamente y terrible cara de la barbarie se muestra en el proceso de privatización, de "subcontratación" de la guerra y la violencia, y en la extensión y banalización de la tortura. Allí donde la historia ha legado resentimientos y odios (esos que son calificados de "ancestrales"), el peso de las punciones económicas hacia el extranjero, la constitución de enclaves mineros o petroleros estrechamente vigilados, así como la dislocación de las cohesiones antiguas pueden conducir a los pueblos explotados a trasladar sobre los más débiles y pequeños que ellos, y que les son mostrados como "diferentes", las frustraciones, las injusticias y los odios cuyas verdaderas causas no comprenden (causas que les son cuidadosamente ocultadas). Tal es el caldo de cultivo de la violencia en África. Sus gérmenes pueden existir de manera endógena de manera larvada, pero la violencia estalla "gracias" a la mundialización del capital y a causa de las formas que adopta.

La emancipación de la mujer, dimensión central de la emancipación social

Desde tiempos ancestrales, un estatus de inferioridad -presentado como natural- les fue impuesto a las mujeres. Esto fue acompañado de diversas formas de degradación social, de violencias, de marginalización con respecto a las estructuras de "poder". Un trabajo de manipulación de la consciencia social ha venido y sigue haciéndose con el objetivo de quebrar cualquier intento por derrotar los privilegios masculinos. De manera más o menos sutil, la obediencia y el consenso se construyen y se renuevan, se reinventarn.

La mundialización capitalista implica una conservación renovada y reformada, funcional a las exigencias de valorización del capital, de las formas arcaicas y modernas de opresión y de explotación de la amplia mayoría de las mujeres. Hoy, la mayoría de la población femenina mundial conoce condiciones de vida en las que entrelazan: explotación y extrema pobreza; encierro en fábricas que proveen los bienes de consumo para los países centrales; violencias cotidianas, estatus de inmigrantes expropiadas de todo y para una parte de ellos condiciones de semiesclavitud o de esclavitud, sobre todo bajo forma de prostitución. La urgencia de una emancipación, a la vez de la dominación patriarcal y de clase, es proporcional a las dificultades que debe enfrentar. Una emancipación individual y colectiva que vaya en el sentido de una oposición a las diferentes formas de dominación y de opresión se inscribe en el compromiso por el derecho universal de los seres humanos a la libertad.

Actualmente, las mujeres se incorporan masivamente al trabajo. Lo hacen con el doble estatus de asalariadas y de participantes en la reproducción de la fuerza de trabajo, en una esfera privada, establecida por la evolución del sistema capitalista y dentro de la cual el hombre dispone de una posición dominante. El tiempo de trabajo asalariado de las mujeres se articula con el tiempo necesario para el cuidado de las personas (hijos, marido, familia más amplia, según los países). El trabajo doméstico duplica el trabajo asalariado; en esto consiste la captación del conjunto del tiempo de trabajo de las mujeres. Hoy, en los países capitalistas más antiguos, en los que ciertos progresos habían logrado atenuar esta dependencia, el agravamiento de las condiciones es concomitante con la de las instituciones cuya existencia se ve amenazada o que no se desarrollan de acuerdo con la evolución de las necesidades elementales (guarderías, jardines de infantes, etc.). En efecto, el ataque contra el salario social es uno de los elementos centrales del movimiento de restauración conservadora, social económica e individual (derecho al aborto cuestionado, degradación del reconocimiento social de diferentes profesiones, estatus desvalorizado material y simbólicamente de las llamadas profesiones de servicio a la persona, etc.).

A escala planetaria, las luchas de las mujeres en sus múltiples formas, no sólo participan en el proceso de auto-actividad que tiende hacia la auto-emancipación colectiva, sino que son un componente central del mismo. Las desigualdades y la opresión no existen sólo una al lado de la otra. Traducen en la realidad concreta el funcionamiento de un modo de producción - el capitalista - que produce miseria y opresión para reproducirse. Quienes dominan buscarán la manera de presentar las desigualdades, las injusticias y las opresiones como múltiples e infinitamente divisibles; lo que constituye una de las formas de apuntalar su poder. En ese sentido, los diferentes movimientos de lucha y de emancipación de las mujeres concurren, en el sentido más estricto del término, a las batallas por la supervivencia de una parte de la humanidad. Tales acciones son parte plena del un movimiento más amplio de explotadas y explotados, oprimidas y oprimidos, contra la barbarie, por el socialismo a-venir.

Hacer frente a los desafíos teóricos y políticos contemporáneos

Nuestro enfoque parte de la convicción de que en las condiciones actuales de relación de fuerzas entre las clases, que se han degradado en su conjunto bajo los efectos de la ofensiva multidimensional del capital, una estrategia enderezada a mantener lo existente (las conquistas anteriores, en suma) no basta. La estrategia puramente defensiva que adopta, en el mejor de los casos, lo que queda del movimiento obrero, está destinada al fracaso. Las movilizaciones que tratan de limitar los atropellos al nivel de vida, al empleo, a las jubilaciones, se encuentran chocan frontalmente con los medios de los que disponen los capitalistas y sus gobiernos, sobre todo el relativo a la competencia organizada entre trabajadoras y trabajadores de países diferentes. Su fracaso puede llevar incluso a una mayor subordinación a las necesidades del capital de las instituciones presentadas a menudo como neutras: la propiedad, la moneda, la ley, el Estado... Además, "el mejor de los casos" es la excepción. Los aparatos sindicales están convencidos de la irreversibilidad de la mundialización liberal. A partir de ahí, no pueden sino tirar hacia atrás, cuando no deliberadamente combatir la construcción de un movimiento de conjunto de oposición al capital.

El primer paso que adoptan en ese sentido es el de aislar las luchas, dondequiera que éstas estallen. Una de las consecuencias de tal orientación puede ser el incremento entre los trabajadores del binomio cólera y desilusión (que las fuerzas conservadoras y el capital utilizan y utilizarán cada vez que puedan hacerlo). Esta doble reacción no es el producto de simples factores ideológicos "objetivos"; sino que nace en gran parte del rechazo por parte de los aparatos sindicales a entrar en conflicto abierto con las clases dominantes y sus representaciones políticas directas, y por consiguiente a participar en la batalla social, económica, cultural, que permitiría a las / los trabajadores identificar otro futuro para ellas y ellos y sus hijas e hijas, una necesidad que se hace cada vez más patente. Un nuevo neocorporativismo se dibuja cada vez con más claridad y se materializa sobre todo en las negociaciones bipartitas entre los "actores sociales", o "tripartitas", con la participación del gobierno y del Estado, e incluso en las modalidades de negociación por empresa. Esta orientación se desarrolla con el telón de fondo de una gestión capitalista cuyo objetivo es el de "desintegrar" los colectivos de trabajadoras y trabajadores (flexibilidad, escalafón basado en el mérito, adaptabilidad).

Sólo los revolucionarios pueden contribuir a ayudar a las trabajadoras y trabajadores y, en general, a las explotadas y explotados, a vencer la debilidad o la impotencia de sus reacciones frente a la ofensiva general desplegada contra ellas y ellos por los capitalistas y los gobiernos. Cuando ni los partidos que pretenden representarlos ni los aparatos sindicales ayudan a los trabajadores a aprehender la naturaleza y los resortes "del estado actual de la situación", los anticapitalistas deben hacerlo. Pues la ausencia de un proyecto político de conjunto que ofrezca una alternativa coherente y creíble al capitalismo, conduce a la parálisis.

Cuando la violencia de las relaciones sociales se acentúa, la (re)construcción de una identidad de clase se vuelve necesaria pero también mas alcanzable; ésta podría y puede articularse en torno a las desigualdades evidentes, a la explotación, adquiriendo cuerpo en las luchas y en la auto-actividad de los productores de la riqueza social. Es cierto que el aumento cuantitativo de las asalariadas y asalariados a escala mundial no implica, automáticamente, una capacidad subversiva inherente y un proyecto de cambio radical. Pero no faltan ejemplos que destacan el hecho de que en los momentos de movilizaciones de cierta amplitud y de combates con la impronta de la acción directa de los trabajadores, asistimos al surgimiento de dinámicas centrípetas, unitarias, que barren con las múltiples diferenciaciones de los estatutos creados por los gerentes de "recursos humanos" en el seno del proletariado. Esas dinámicas unificadoras se ven reforzadas cuando se apoyan en la autoorganización democrática y cuando las fuerza sociales y políticas nutren las relaciones entre movimientos espontáneos o semiespontáneos y contribuyen a la emergencia de una consciencia acorde con los obstáculos y objetivos que se plantean en la lucha. Y eso con más razón cuando el recuerdo histórico de los enfrentamientos de clase en un país -o en una región más vasta- favorece la recuperación de la memoria en el presente. La constitución de los trabajadores en una clase en construcción se ve entonces facilitada; se transforman en proletariado en lucha, asumiendo su potencial conflictivo así como su fuerza de vector de cambio radical de la sociedad. El punto de partida de una orientación alternativa debe enraizarse en el refuerzo de la capacidad de "marchar juntos" que poseen las y los trabajadores. Esta capacidad se basa en la realidad del carácter social del trabajo y puede socavar la forma fetichizada que adoptan en la cotidianeidad las relaciones sociales.

Por el lado de la socialdemocracia, de partidos que pretenden representar a los trabajadores, se explota políticamente, prácticamente de la misma manera que la burguesía, el resultado de las luchas hechan en nombre del comunismo en el siglo XX y de los crímenes cometidos en su nombre. Repiten que "el capitalismo ha ganado" y que la única vía que queda es la de "adaptarse lo mejor posible". La propiedad privada de los medios de producción podría ser eventualmente atenuada, pero de ninguna manera abolida. Paralizados por su rol ligado a la historia del estalinismo de Estado (URSS) y en la génesis de las relaciones políticas actuales (basta pensar en el papel del Partido Comunista Francés en 1968, del Partido Comunista Italiano en 1969-1970, del Partido Comunista de España en la restauración de la monarquía en el Estado español), lo que queda de los partidos comunistas sigue el camino de la socialdemocracia. Unos serán partidos socialdemócratas modernizados (Italia), otros harán de su alianza con la socialdemocracia un elemento clave de supervivencia (Francia). Cuando se producen "rupturas" en esos partidos, que han conservado un elemento de continuidad con su pasado estalinista, el resultado es una evolución rápida hacia el reformismo, llamado antes "eurocomunismo" (Partido de la Refundación Comunista en Italia). Sus militantes siguen aferrados a la idea, más o menos nostálgica, a veces reflotada, del comunismo. Pero de esos partidos no podemos esperar la reconstrucción de una alternativa guiada por la idea de que el comunismo es una opción actual y concebible, viva. Nunca hay que olvidar, además, que más allá de su importante evolución sociopolítica de los últimos años, los partidos socialdemócratas y los llamados partidos comunistas han tenido siempre en común, históricamente, una estrategia centrada en el Estado y no en la auto-actividad de los trabajadores y sus aliados.

Desde fines de los años noventa, los movimientos antimundialistas o altermundialistas han buscado cómo abordar los problemas a los que se enfrentan los explotados, cuya extrema importancia conocen aquellos que se interesan en la civilización humana como tal. Estos movimientos han proporcionado un marco en el cual los militantes han podido trabajar sobre los problemas ignorados o rechazados por los partidos políticos que se reclaman de la clase trabajadora así como por los aparatos sindicales. A menudo, basándose en sus posiciones institucionales y en la disposición de medios materiales más importantes que otras corrientes, el antineoliberalismo ha podido fijar los límites de ese debate, de manera tal que el trabajo político teórico, tal como ha podido desarrollarse y formularse a lo largo de la última década, incluso dentro de los Foros Sociales, por más útil que sea, sigue siendo claramente insuficiente frente a los desafíos planteados y a la naturaleza social de los problemas. En el mejor de los casos, el antineoliberalismo se transformará (y ya lo ha hecho, en parte) en vector de un nuevo reformismo de carácter clásicamente socialdemócrata y con su consiguiente impotencia. En el peor de los caso podrá debilitar la resistencia de las / los oprimidos, aportando su cuota de ilusiones. En una palabra, no basta con declarar que "el mundo no es una mercancía" y con protestar contra el devenir-mercancía del mundo, ni contra el devenir-mundo de la mercancía. Lo que hace falta es plantear y entablar la batalla contra las relaciones de producción que operan esta mercantilización universal. Y estas no son otras que las relaciones de producción capitalistas, hoy mundializadas. Esta apreciación, con los debates, intercambios y diferenciaciones consiguientes, se va abriendo paso dentro de espacios que pueden darse en el Foro Social Mundial y otros ámbitos. Algunas corrientes comienzan a fijarse el objetivo de ir más allá de los límites del antineoliberalismo hegemónico, sin caer en arcaísmos estereotipados.

Diversos grupos militantes piensan que tener una respuesta a la degeneración de la revolución rusa -considerada como clave y explicación de todas las derrotas y degeneraciones que siguieron - puede absolverlos de pensar la actualidad del comunismo. El programa de la revolución rusa estaría intacto, o necesitaría en todo caso retoques de menor importancia. Impulsando este trabajo esperamos convencerlos de que no es posible hacer como si la idea del comunismo (o del socialismo, en el pleno sentido del término, que es sinónimo de comunismo) hubiera salido indemne de la historia del siglo XX. De igual modo, tampoco debe cultivarse la ilusión de que la evolución del mundo bajo el control completo del capital financiero desde hace varias décadas no exigiría que la necesidad del comunismo y su contenido sean pensados meticulosamente para las condiciones contemporáneas.

La gran atención que le otorgamos a la auto-actividad de la clase trabajadora, de las y los explotados y de la juventud nos lleva a delimitarnos del "sustitucionismo". Éste afecta, en grados diversos, tanto a los pequeños grupos políticos como a las más grandes organizaciones anticapitalistas que se reivindican del marxismo. A menudo coexisten en estas organizaciones un cierto reconocimiento de la necesidad de un trabajo de carácter programático, sobre una parte al menos de lo que acabamos de mencionar, y una fuga hacia delante con un pragmatismo y un activismo que frecuentemente les hacen correr el riesgo de quedar a remolque de los partidos socialdemócratas o de los vestigios de los partidos formados por el estalinismo y, a veces, a remolque de los aparatos sindicales. Deseamos convencer a los militantes que comprendan la naturaleza del proyecto y su necesidad, a que participen en él. Por nuestra parte, estaremos atentos a cualquier propuesta de reagrupamiento que vaya en la misma dirección.

Pensar el comunismo hoy: el campo de trabajo

Los golpes brutales que el capital asesta, día tras día, contra la amplia mayoría de la clase trabajadora, contra las capas urbanas llamadas "marginales" y contra las masas campesinas en el mundo entero, así como lo radical del proyecto económico neoliberal y, desde un punto de vista socio político, neoconservador, traducen una ofensiva sin precedentes en las últimas décadas El capital pretende barrer con la mayor parte de las conquistas del movimiento obrero y de las otras fuerzas sociales organizadas Impone un "cambio de época", provoca un "sacudón" sentido, es cierto, de maneras muy diversas por la mayoría de la población mundial En Europa, una frase a menudo escuchada expresa ese sentimiento: "Nuestros hijos tendrán una vida más difícil que la nuestra, y para nuestros nietos, será peor aún". Eso obliga a quienes tienen por objetivo la emancipación social, a empezar a contestar, estableciendo diálogos y colaboraciones múltiples, a los desafíos de este asalto, al nivel en que el mismo se plantea. Frente a ese "sacudón" mundial, ya es hora de reafirmar pero también de repensar la perspectiva más radical que históricamente ha levantado la lucha de clases del proletariado, la del comunismo, para determinar las condiciones actuales de de su necesidad y las posibilidades de su realización. (Reiteramos que si algunos prefieren el término "socialismo", no lo discutiremos).

Al exponer el trabajo que tenemos por delante, no ignoramos los inmensos problemas teóricos y políticos que semejante proyecto plantea. Muy por el contrario. Todo el esfuerzo teórico y político de nuestros encuentros, seminarios y de nuestra página web, una vez que la hayamos abierto, tenderá a formular esos problemas lo más claramente posible y definir, también con la mayor claridad posible, las condiciones de su solución.

Definir el concepto mismo de comunismo: un punto de partida

Entre los muchos problemas, el primero y no es el menor, es evidentemente el descrédito casi general en el cual ha caído el término mismo de comunismo después de la desastrosa experiencia histórica del estalinismo y del balance de los Estados del llamado "socialismo real". En los medios, pero también entre muchos intelectuales (o que presumen serlo), se utiliza el término de totalitarismo para desacreditar cualquier proyecto comunista. Por lo tanto, nuestro primer objetivo será (re)definir claramente el concepto mismo de "comunismo" en sus diferentes aspectos y dimensiones.

Para iniciar el trabajo, como base mínima de acuerdo entre quienes toman esta iniciativa y sin prejuzgar el resultado de los trabajos posteriores entre nosotras/os y con otras/os, definiremos el comunismo como:

1- Una sociedad fundada en la socialización de los medios de producción, de distribución y de consumo, en la planificación democrática de la producción social, destinada a satisfacer la totalidad de las necesidades sociales, así como en la autogestión de las unidades de producción en ese marco socializado, puntos estos de apoyo para un cambio profundo en la gestión de los recursos naturales mundiales y la puesta en práctica de medidas que protejan la reproducción de las condiciones de vida en el planeta;

2- una sociedad en la cual la administración de la potencia social (en el sentido de la capacidad de la sociedad de actuar sobre si misma: de fijarse por si misma sus propias finalidades, sus propias reglas de organización y de funcionamiento y sus propias modalidades de control) asume, en los diferentes niveles de la organización social, la forma de órganos de deliberación y de decisión que asocian al conjunto de los miembros que las decisiones por tomar conciernen, excluyendo toda monopolización de estas decisiones por parte de una minoría, por "iluminada" que ella sea. Eso supone terminar con un Estado que se erige por encima de la sociedad y su "absorción" en órganos de auto-institución democrática de la sociedad, pues son éstas las condiciones necesarias para su completa subordinación;

3- una sociedad, por tanto, liberada de las relaciones de opresión del Capital y el Estado, con todos sus aparatos; una sociedad en la cual se ha puesto término a la división en clases sociales, así como en gobernantes y gobernados; una sociedad en la cual la libre asociación de los individuos implica, por una parte, que estos controlen sus productos que no son ya mercancías y que, por otra parte, que la unión no forzada de los productores con las condiciones de producción pone fin al estatus de productor-asalariado, al de la "esclavitud salarial";

4- una sociedad en la que el intercambio de actividades libres entre individuos sociales funde el libre desarrollo de cada uno, en todos los planos, que deviene condición para el libre desarrollo de todos, y recíprocamente; una sociedad que pone fin a todo tipo de opresión, sobre todo aquella de la que, ancestralmente, son víctimas la mujeres; una sociedad que organiza el reparto del tiempo de manera que se incremente cualitativamente el tiempo de no-trabajo más allá del tiempo necesario par responder a las diferentes necesidades;

5- una sociedad en consecuencia en la cual la humanidad tiende a la reconciliación consigo misma, sabiendo que de su establecimiento nacerán nuevas contradicciones y nuevos conflictos, cuya resolución supondrá la creación de instancias e instituciones regulatorias adecuadas a cada etapa de la evolución de la sociedad.

Escribir la historia de la lucha por el comunismo y profundizar el balance de la misma

Definir nuevamente el comunismo, precisando cada uno de sus precedentes aspectos, sin dejar de lado los nuevos problemas que estos plantean, no alcanzar para luchar contra el desprestigio que hoy rodea a la referencia comunista. Debemos también volver sobre la historia e incluso la prehistoria del comunismo, de la larga lucha de las y los oprimidos (esclavos, siervos, campesinos y proletarios) para emanciparse y tratar de crear las condiciones de una comunidad humana libre de toda opresión. No se trata solo de sacar a luz las páginas gloriosas de esa Historia, hoy olvidada o desfigurada, los actos políticos o las obras ideológicas que los ilustraron, los movimientos, los grupos y las personas que fueron actores eminentes. Es preciso sobre todo abrir las páginas oscuras, detenernos en las derrotas sangrientas que la pautaron, la peor de las cuales fue sin duda aquella en la que el movimiento emancipatorio del proletariado se volvió en cierto sentido contra sí mismo, engendrando nuevos regímenes de opresión, nuevas estructuras de explotación y de dominación. Se trata en definitiva de retomar los debates que continuamente agitaron al movimiento comunista, hasta que se dividió en tendencias opuestas y se agotó en luchas fratricidas.

Evidentemente, esta vuelta sobre la historia del movimiento comunista, sus luces y sus sombras, sus combates y debates, no se concibe desde una perspectiva puramente historiográfica, aunque deberá también integrar y recoger el trabajo de historiadores. Ese trabajo de reflexión puede y debe realizarse en función de los problemas que se le plantean ahora al movimiento comunista, a los que debe hacer frente aquí y ahora. Porque el eje central del trabajo a realizar debe ser afirmar la actualidad y la necesidad de la perspectiva comunista.

Una actualidad que debe en primer lugar ser defendida en relación con la amplitud y la profundidad de las contradicciones actuales del capitalismo y de las crisis en que esas contradicciones se manifiestan, pero también a las potencialidades de transformaciones sociales que las mismas abren.

El comunismo como necesidad que surge de la crisis de la humanidad

El tercer eje de nuestro trabajo consistirá en proceder al análisis metódico de esas contradicciones y de sus potencialidades, que están en el corazón de las transformaciones del capitalismo contemporáneo. En esa perspectiva, y por las razones que empezaron a ser expuestas líneas arriba, creemos que se debe prestar una atención particular a:

-la crisis ecológica planetaria, de alcance potencialmente catastrófico, que manifiesta el vampirismo del capital, su tendencia a destruir sus propias condiciones naturales y sociales de valorización (la tierra y el trabajo). Documentaremos el grado realmente planetario alcanzado por la contradicción entre la socialización de las fuerzas productivas, por un lado (de las cuales forman parte, bajo todas sus formas, las riquezas naturales, así como el conjunto de los conocimientos científicos) y, por otra parte, la apropiación privada de estas fuerzas bajo forma de capital, una contradicción que le da el carácter más actual que nunca a la perspectiva de acabar con ello. Vamos a examinar las formas actuales de la fusión entre ciencia y capital. Mostraremos cómo la apropiación del conjunto del trabajo social por el capital (incluidos los adelantos científicos y tecnológicos) es un obstáculo para los cambios profundos que podrían hacerse a nivel de la organización de la producción industrial y agrícola, así como de la distribución. Sin una ruptura social, económica y política, las innovaciones técnicas, que se han vuelto urgentes como primera respuesta a determinados aspectos de la crisis ecológica, no podrán llevarse a cabo, así como tampoco las que podrían hacerse a nivel de la organización del espacio, de la organización del trabajo, de la vivienda o del transporte;

-el agravamiento de la desigualdad de desarrollo entre los continentes, subcontinentes, naciones y regiones en esta nueva fase del devenir-mundo del capitalismo, impulsada por el capital financiero y las empresas transnacionales. Éstas extienden considerablemente la escala social y espacial de la reproducción del capital. En uno de los polos se constata un aumento en las filas del proletariado mundial, así como fracciones del ejército industrial de reserva empleadas ocasionalmente o desempleados. Miles de millones de individuos son condenados a la pobreza (lo que tiene directa relación con la sobreexplotación), a la miseria, a la marginalidad social, excluidos no solamente de los marcos habituales de la vida social, sino lisa y llanamente de la humanidad. En el otro polo, la riqueza continúa acumulándose y con ella el desvío en función de la reproducción de la dominación ("la seguridad", o sea la vigilancia social más opresiva, la guerra) de medios humanos y técnicos potencialmente capaces de liberar al hombre del antiguo yugo de la necesidad y de la arcaica necesidad de trabajar;

-la "mundialización" (en realidad, la transnacionalización) del capital y del capitalismo, en la medida en que tiende a abolir las antiguas divisiones políticas y culturales de la humanidad (su división en Estados-naciones y en áreas civilizatorias), no sin provocar como reacción crispaciones identitarias; sienta igualmente bases para la constitución de la humanidad (del género humano) en comunidad política;

-la socialización cada vez más contradictoria de los individuos: su apertura creciente (cada vez mayor y cada vez más precoz) hacia el mundo entero, que pone potencialmente a su disposición todas las culturas del mundo, pasadas o presentes, haciendo así de ellas cada vez mas concretamente un producto de la humanidad entera, tanto en su desarrollo actual como en su herencia histórica; apertura que entra a la vez en contradicción con una expropiación no menos creciente de los individuos con respecto a sus condiciones materiales, institucionales y culturales de existencia, que tendencialmente los priva de la facultad de construir una identidad estable, de comunicarse con los demás y de ocupar su puesto en la construcción del mundo y, sobre todo, de oponerse a su curso actual, privándolos así de una parte (mayor o menor) de la riqueza potencial mencionada. Socialización contradictoria que lleva a una radical pérdida de control del tiempo y del espacio por parte de la inmensa mayoría de la población del planeta, de tal proporción que induce un verdadero cambio antropológico que afecta al hombre, a sus relaciones con la sociedad y su capacidad de actuar sobre ella.

Auto-actividad y auto-emancipación

Pero la actualidad del comunismo debe también (algunos dirán incluso sobre todo) comprenderse en relación a los desafíos y a las potencialidades actuales de su principio dinámico: la auto-actividad del proletariado. Ésta es la palanca de las transformaciones antes de devenir la regla básica de la sociedad a construir. Seguramente más que nunca, es importante proclamar que "la emancipación de los trabajadores será la obra de los trabajadores mismos".

En primer lugar, según la experiencia histórica. Todos los modelos de "socialismo" basados en la relación sustitutista y mesiánica de una elite iluminada, autoproclamada "vanguardia del proletariado" sobre el conjunto, no pudieron permitir que éste se emancipara. En el mejor de los casos, lograron alivianar momentáneamente el peso de la opresión capitalista en uno u otro país, antes de conducir a nuevas formas de dominación y de opresión e in fine un regreso al capitalismo. La emancipación no se concede, se conquista.

Además, a la luz de la actual experiencia. Cada vez es más claro que en la fase actual de la lucha de clases, los trabajadores y demás sectores sociales explotados y oprimidos sólo pueden contar consigo mismos, no sólo para defenderse contra la ofensiva general lanzada contra ellos por el capital, sino para tratar de garantizar las condiciones elementales de la reproducción social. Los países de América Latina, como Rusia, constituyen ya un terreno de experiencias, aunque los mismos procesos se vienen desarrollando también en Asia y, parcialmente en África. En los países capitalistas más antiguos, la auto-actividad es la única manera de defender las conquistas anteriores dada la transformación integral en engranajes del sistema capitalista de lo que queda de los aparatos sindicales y políticos del anterior movimiento obrero (la socialdemocracia y los diferentes subproductos del estalinismo, rebautizado en su momento "eurocomunismo"), que rivalizan hoy en buscar el modo de hacer que los trabajadores y los dominados acepten el empeoramiento de su situación.

Reafirmar la auto-actividad del proletariado como principio activo del comunismo implica evidentemente explicarse, tanto en este punto como en los otros, sin descuidar los problemas teóricos y políticos que esta referencia puede plantear. No pretendemos tampoco transformarla en una utopía generosa pero abstracta, divorciada de sus condiciones de realización, ni en una profecía para un hipotético mañana luminoso. Eso significa en primer lugar prevenirse de todo espontaneísmo. La auto-actividad del proletariado para nosotros siempre es un resultado de la relación de fuerzas en la lucha de clases, el resultado siempre frágil y por ende reversible de una lucha en la cual el proletariado no se enfrenta solamente a sus enemigos de clase sino también consigo mismo. La auto-actividad supone formas de organización capaces de hacer frente a esos desafíos, entre las cuales las fuerzas políticas organizadas tienen un lugar efectivo. Pues los trabajadores están marcados por la dominación de clase que soportan yconsecuentemente por la traducción política organizada de esta dominación en sus propias filas, pero también por la interiorización de las relaciones de dominación. En este sentido, el desarrollo de la auto-actividad del proletariado supone la ruptura, al menos parcial, de los comportamientos, actitudes, valores e ideas inducidas cotidianamente en sus integrantes por las diversas caras de esta dominación.

Pensamos que la auto-actividad del proletariado es el "hilo rojo" de una actividad capaz de desenredar el ovillo de las contradicciones y de las dificultades en las que se debaten hoy los trabajadora en todo el mundo. Las manifestaciones de esta auto-actividad pueden verse en todos los terrenos en que están en juego sus condiciones de existencia, dentro o fuera del trabajo, en las resistencias, por modestas que sean, que los trabajadores y los explotados oponen a la dominación y a la explotación del capital. Queremos conceder una especial atención al modo en que, en esas resistencias y en esas luchas (a menudo poco espectaculares) emerge la conciencia de la necesidad y de la posibilidad de una reapropiación colectiva de los medios sociales de producción y de consumo, de nuevas reglas de convivencia.

Con esta perspectiva, y para anclar la referencia a la auto-actividad del proletariado a su experiencia inmediata, buscaremos comprender de que manera esta auto-actividad es permanentemente derrotada y estimulada por las agresiones del capital. A título de ejemplo, se ve como el cierre de empresas y los despidos masivos provocan reacciones de reapropiación de "los instrumentos de trabajo"; como las privatizaciones llevan contradictoriamente al surgimiento de una nueva concepción del servicio público entre trabajadores y usuarios; como las condiciones impuestas a los trabajadores inmigrantes y a sus familias, así como la represión de la que son objeto, provocan por abajo movimientos a favor de los derechos de los trabajadores inmigrantes y de la comprensión recíproca de las culturas; como la persistencia, y la agravación de las hambrunas van acompañadas de nuevos reclamos de reforma agraria bien concebidas; como el control creciente del capital sobre los recursos naturales suscita, como en Ecuador y Bolivia, resistencias, fundadas en la autoorganización y la auto emancipación su objetivo al menos semi-conciente; como la gravedad de la opresión de las mujeres y de su doble explotación asisten al nacimiento y desarrollo de movimientos de emancipación; como las posibilidades abiertas por Internet ponen sobre la mesa, de manera inmediata, la cuestión de la gratuidad del acceso a los bienes culturales.

Apelaremos a los trabajos de sociólogos, historiadores, antropólogos, así como también a todos los testimonios y análisis de militantes que puedan dar cuenta de la presencia de esta dimensión de auto-actividad en la praxis cotidiana e histórica del proletariado y en la perspectiva de concreción del comunismo que abre. Haremos todo lo posible para incorporar a nuestras discusiones a todos aquellos cuyos análisis e investigaciones utilizamos.

De todo lo antedicho surge que la auto-actividad, y más aún la auto-emancipación del proletariado deben ser entendidas como una construcción a largo plazo, en un proceso donde habrá avances y retrocesos. En esta perspectiva, llegado el momento retomaremos el debate sobre las mediaciones que deben ser parte de este proceso. Mediaciones programáticas, que permitan establecer un puente entre las reivindicaciones que emergen de las luchas actuales del proletariado por un lado y, por el otro, la perspectiva de una sociedad comunista. Mediaciones organizativas, que permitan desarrollar los embriones de auto-actividad incluidos en las prácticas y luchas actuales, para llevarlos hasta el nivel de ruptura revolucionaria que hace posible la auto-emancipación. Pero, una vez más, nuestro objetivo no es el de organizar esos debates de manera puramente teórica, o referidos a experiencias históricas pasadas, sino dando cuenta de situaciones en las que se encuentra directamente implicado el proletariado hoy.

La necesidad de convergencias y de debates en torno a la cuestión del comunismo

Al fin del texto, debe estar claro que deseamos lograr que se asocien al trabajo que iniciamos, todas y todos aquellos que, independientemente de cual haya sido su trayectoria política anterior, se reconocen en la referencia al comunismo o perciben que su apropiación, o reapropiación, a través de una actualización, ha devenido una necesidad política que no es posible evadir.

Esta apertura se basa sobre todo en la convicción de que con la crisis sin precedentes en la que ha sido sumido el movimiento obrero por la transnacionalización del capital, la ola de políticas neoliberales, el fin del "compromiso fordista" y la incorporación vergonzosa de las socialdemocracias y de los eurocomunistas al paradigma neoliberal, el derrumbe político del "socialismo de Estado", luego de su derrumbe ideológico, hemos entrado en una nueva fase histórica de la lucha de clases. Esto hace posible y necesario el cuestionamiento de las divisiones y divergencias heredadas de las fases anteriores del movimiento obrero. Por la simple razón de que la nueva fase hace caducar (aunque de manera diferenciada y desigual) todos los modelos de transformación social elaborados precedentemente en el seno o al lado de este movimiento. Poniendo de manifiesto la insuficiencia de todos ellos, relativiza también su oposición.

Esto hace posibles convergencias y cooperaciones antes improbables, sino imposibles, entre individuos, grupos, organizaciones, tendencias surgidas de tradiciones del movimiento obrero que se habían ignorado hasta el día de hoy, en el mejor de los casos, cuando no enfrentado duramente. A condición, evidentemente, de que estos asuman la caducidad (por lo menos parcial) de sus modelos anteriores y acepten al mismo tiempo mantener una relación crítica con su misma tradición.


[La versión original del documento en francés está disponible en el sitio de Carré Rouge (www.carre-rouge.org ). Traducción del francés para Correspondencia de Prensa de Rubén Navarro. Versión revisada para Herramienta por Aldo Casas (aromero@herramienta.com.ar).