La ilusión del estado social y la contradicción entre trabajo asalariado y capital*

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 Wolfgang Müller y Christel Neusüb

Las siguientes consideraciones surgieron de discusiones que mantuvimos mientras preparábamos una serie de ensayos sobre las denominadas intervenciones del estado social por parte del estado burgués de la República Federal de Alemania que aparecieron en Sozialistischen Politik. Mientras trabajábamos con el material empírico –políticas de vivienda, legislación social, políticas educativas-, pero también mientras investigábamos la coyuntura y las intervenciones de  política económica por parte del estado, surgió la necesidad de esclarecer las categorías para determinar las relaciones entre el proceso de acumulación del capital y el estado burgués, lo cual nos condujo a explorar las teorías revisionistas sobre esta cuestión. Presentamos por consiguiente a continuación una sinopsis de diferentes versiones de la teoría revisionista del estado y de sus tendencias inmanentes. Además, esbozamos una crítica de la concepción de la distribución del ingreso como una esfera autónoma, independiente de la producción, y de la manera en que son presentadas las funciones específicas del estado social, como indica Marx a propósito de la legislación fabril. Sólo sobre la base de estas consideraciones preliminares es posible relacionar las manifestaciones concretas de las funciones políticas sociales y económicas del estado con el proceso de valorización del capital y su desarrollo contradictorio. Además de los autores, algunos otros de los participantes de las discusiones fueron Elmar Altvater, Bernhard Blanke, Kristina Blunck, Ulrich Huttenlocher y Alex Schubert. El análisis de Altvater de la coyuntura publicado enSozialistische Politik5 (1970) se usó en estas discusiones. Además, Altvater estuvo directamente involucrado en la preparación de la parte 3.
Para evitar malentendidos destacamos que, puesto que este artículo trata sobre las teorías revisionistas del estado, no es en los hechos un análisis del estado social contemporáneo –este análisis se referirá sólo a aspectos particulares. Entonces, apenas mencionamos las condiciones materiales y el desarrollo histórico de la ilusión del estado social y generalmente mantenemos aparte a la historia de la teoría respecto de la historia del capital. Sin embargo, la crítica de la independencia del estado –o más bien, de la distribución del ingreso- en las teorizaciones revisionistas es un paso analítico preliminar.
 
I. El significado político de las teorías revisionistas del estado
En la historia del movimiento obrero, la relación entre el estado y la sociedad capitalista fue crucial dentro de los debates concernientes a la estrategia política y a la forma organizativa de la clase obrera a la hora de separar las posiciones revolucionarias de las revisionistas. La concepción del estado como una institución relativamente independiente de las contradicciones de la sociedad fue y sigue siendo base de toda estrategia y praxis revisionista. La estrategia revisionista afirma antes que nada la transformación del capitalismo en socialismo mediante la conquista gradual del poder de estado por parte de la clase obrera a través de reformas legales realizadas dentro del sistema existente (los teóricos revisionistas abandonaron gradualmente el marco conceptual del movimiento obrero; entonces, en lugar de hablar de la “clase obrera”, hablan de “fuerzas democráticas”). Pero esta opción por una continua  “revolución desde arriba”[1] (aquí también el lenguaje revolucionario es usado como una jerga) sólo resultó en el abandono explícito del socialismo como meta política. “[Q]uienes se pronuncian a favor del método de la reforma legislativa en lugar de y en oposición a la conquista del poder político y la revolución social, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad”.[2]
Una estrategia centrada en el estado burgués como sujeto del cambio social sólo puede ser considerada como potencialmente exitosa si se considera al estado como un “vaso sagrado” que puede llenarse con contenidos capitalistas o socialistas (dependiendo de la situación histórica) y si el estado produce las formas en las cuales se reproduce la vida social. Marx habla, sin embargo, de la “síntesis de la sociedad burguesa bajo la forma del estado”[3], de manera que la “sociedad existente” puede funcionar “como del estado existente”.[4] En otras palabras, el estado existente es el resultado de una sociedad productora de mercancías desarrollada y, por ende, de una sociedad capitalista y de todas las contradicciones inherentes a este modo de producción. El estado como institución, en consecuencia, está atravesado en sí mismo por esas contradicciones.[5] La revisión de este concepto de estado por parte de los revisionistas es entonces consistente con su rechazo implícito de la idea de que el modo de producción capitalista sólo puede ser abolido por la clase obrera revolucionaria y no por medio del aparato de estado.[6]
Dado que el estado burgués está determinado como producto de la sociedad productora de mercancías desarrollada, i.e., del capitalismo, y que la estrategia del movimiento obrero debe determinarse de manera acorde, es crucial que la crítica al revisionismo no se limite a una crítica a instituciones políticas aisladas. Sin embargo, en la medida en que fue políticamente relevante, fue precisamente esta clase de crítica antiparlamentaria la que caracterizó el debate sobre las teorías revisionistas del estado dentro de la nueva izquierda alemana. Se usaron así las críticas de Marx, Engels, Pannekoek y otros al parlamentarismo burgués durante las discusiones sobre la cuestión de la participación en las elecciones federales (Bundestagswahlen), cuando la SDS (la Asociación de Estudiantes Socialistas Alemanes, oSozialistische Deutscher Sudentenbund) tuvo que definir el rol de un partido socialista en un parlamento burgués bajo las condiciones del capitalismo monopolista. Junto con la de La transformación de la democracia (Berlín, 1967) de Agnoli, estas críticas sustentaron la posición de que el parlamento era inútil como “tribuna de la lucha de clases” y desde luego como instrumento para alcanzar el socialismo, una posición sostenida incluso por el DKP [Partido Comunista Alemán].[7] Pero la incertidumbre de la izquierda a propósito de la capacidad de maniobra del actual gobierno del SPD [Partido Socialdemócrata Alemán] y de sus posibilidades de “manipular la crisis” muestra muy claramente que la crítica del parlamentarismo, i.e., la crítica política de una institución política, no puede ser más que un aspecto de la crítica total del revisionismo. Eventualmente, si se toma en serio a sí misma, dicha crítica parcial debe convertirse en una crítica no sólo de las diversas funciones del estado actual –su instrumental para “guiar a la economía”, para “satisfacer las necesidades”- sino que debe convertirse en una crítica de sus limitaciones y contradicciones concretas. La presentación y la crítica de las instituciones gubernamentales como herramientas manipulatorias de la clase dominante es incapaz de mostrar estas limitaciones. Estas sólo pueden mostrarse a través de un análisis que demuestre concretamente la necesidad y los límites de la intervención del estado en términos de las contradicciones del modo de producción capitalista como proceso de trabajo y de valorización.[8]
En este sentido, la teoría del imperialismo de Lenin es más relevante que su presentación de la teoría marxista del estado en El estado y la revolución para la evaluación del estado burgués y sus funciones al servicio de la valorización del capital. Esto es así porque en este último libro Lenin tiende a discutir el estado en general, independientemente de la forma específica que toma en las diversas fases del desarrollo histórico de la organización social de la reproducción material. Las diferencias entre el estado feudal y burgués se desvanecen entonces en la polémica con los mencheviques y la socialdemocracia alemana revisionista previa a la Revolución de Octubre. Esto se sigue coherentemente del propósito de Lenin en El estado y la revolución, i.e., realizar una crítica política de instituciones políticas para demostrar la necesidad del colapso y de la destrucción del aparato de estado por parte de la clase obrera revolucionaria. En El estado y la revolución el problema es determinar la estrategia política de la clase obrera vis-à-vis las instituciones políticas del aparato de estado en una situación revolucionaria. Pero si el problema es determinar el margen de operación y la perspectiva de estrategias prácticas en los estadios formativos de un movimiento socialista, una teoría marxista del estado en los términos de El estado y la revolución de Lenin es de poca ayuda. Puesto que, mientras que refiere la necesidad general de destruir el aparato de estado, no provee las herramientas para evaluar el rango y la efectividad de la intervención del estado en el proceso de la valorización del capital. (Y por la misma razón El estado y la revolución es  inútil como introducción a « la » teoría marxista del estado.) En función de desarrollar estrategias, hoy es necesario desarrollar criterios para determinar el alcance de las posibilidades de manipulación del aparato de estado, sus limitaciones, dónde crea nuevas contradicciones, dónde implica, dentro de formas capitalistas, una efectiva socialización de la producción (por ejemplo, mediante una estandarización de la producción), etc.. El punto entonces no es alcanzar una teoría marxista general del estado, sino plantear el problema de las funciones específicas desempeñadas por el estado en la salvaguarda del proceso de valorización del capital en el capitalismo avanzado así como los límites de estas funciones.        
El revisionismo es la forma en la cual la clase enemiga arraiga en el movimiento obrero y la ideología de la clase dominante se convierte también en la ideología dominante de la clase obrera. Desde luego, esta difusión no “cabalga sobre las espaldas de una mera idea”, sino que tiene lugar sobre la base de las experiencias que constituyen el fundamento de la falsa conciencia tanto de los revisionistas como del movimiento obrero. En la historia del movimiento obrero, la experiencia de la legislación “político-social” del estado burgués es esencial para la emergencia del revisionismo. Esta legislación protectora limita ciertas formas de explotación en las empresas capitalistas y, sobre la base de un salario mínimo, garantiza la existencia material de los trabajadores asalariados durante tiempos en los cuales no pueden vender su fuerza de trabajo como una mercancía en el mercado (enfermedad, vejez, desempleo). Estas leyes pueden aparecer fácilmente como restricciones a la dominación del capital sobre el trabajo vivo, particularmente en la medida en que la mediación de la lucha de clases condujo siempre a su reforzamiento. A los ojos de la clase trabajadora –pero especialmente a los ojos de su organización[9]- el estado puede aparecer entonces como un posible instrumento de la usurpación gradual del poder político y social por medio de la “táctica del salame”. Como afirma correctamente Sering, “hay una tendencia a que, hasta cierto punto, la influencia del reformismo sea paralela al desarrollo de esta función del estado (transporte, educación, política social)”.[10] La creciente intervención del estado a través de políticas económicas y sociales, la concentración del capital y largos períodos de prosperidad (principalmente antes de la I Guerra Mundial y después de la Segunda Guerra Mundial)[11] constituyen la base de esta experiencia que sugiere la posibilidad de una transformación gradual del capitalismo a través del aparato de estado. Antes de la Primera Guerra Mundial esta posibilidad se expresó en la teoría de Bernstein. Puede encontrarse en la teoría del capitalismo organizado y de la democracia económica (Hilferding, Naphtali, etc.) durante la República de Weimar y en las primeras etapas de la República Federal de Alemania (el Programa de Munich de la Federación Alemana de Sindicatos de 1949). Se expresa también en aquellas teorías que definen a la fase presente del desarrollo capitalista como capitalismo monopolista de estado y finalmente en la teoría del estado bienestarista e intervencionista en la  línea desarrollada por la Escuela de Frankfurt (Habermas, Offe y otros).
La relación entre la conciencia empírica de los obreros y los estudiantes y las teorías revisionistas tiene lugar cuando la teoría es usada para fundamentar y legitimar la experiencia, haciéndola aparecer entonces como necesaria. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, toda agitación política entre los obreros debe tener en cuenta la larga tradición reformista. Y la crítica de las ideas reformistas quizás sea aún más importante a propósito de la agitación entre los estudiantes universitarios, puesto que su posición está vinculada con el estado más estrechamente que la de los trabajadores asalariados. Pero este debate sólo puede tener lugar si la relación entre las condiciones económicas y las formas políticas, entre las luchas económicas y políticas, pueden ser articuladas concretamente. En segundo lugar, esto conduce en última instancia a la conclusión de que el revisionismo y la falsa conciencia no pueden ser erradicados solamente mediante la teoría, sino mediante luchas sociales y clasistas.  
 
II. Sobre la teoría del estado social
1. La soberanía del estado en la distribución del producto social
Las teorías revisionistas, la ciencia política y muchas teorías económicas comparten el supuesto de que bajo el capitalismo el estado puede regular abarcativa y concientemente los procesos económicos, sociales y políticos. En este contexto el estado, como “estado social”, sería independiente de la producción capitalista en la “distribución del producto social”. Supuestamente, el estado podría usar su influencia para mejorar la sociedad capitalista, o incluso para transformarla gradualmente en dirección al socialismo. Así, esta concepción asume también que “las esferas de la producción y la distribución son regiones independientes, autónomas”.[12] En consecuencia la “distribución” no debería verse afectada por limitaciones fundamentalmente no-manipulables planteadas por la producción y las leyes que la controlan. Esta idea puede encontrarse tanto en las teorías revisionistas como en numerosas teorías burguesas (principalmente en la ciencia política).   
 
Para tomar un ejemplo, Otto Kirchheimer, a quien la izquierda alemana occidental citó frecuentemente en los años recientes, distingue entre la “esfera de la dirección” y la “esfera de la distribución”. La esfera de la dirección es controlada por “leyes inherentes al orden económico capitalista”, mientras que la esfera de la distribución “es el dominio del libre juego de las fuerzas políticas”.[13] Una esfera de la distribución autónoma, que puede ser regulada por el estado, se enfrenta así a una “esfera de la dirección” que Kirchheimer identifica con la producción capitalista En Jenseits des Kapitalismus (1946) dePaul Sering, la biblia para una generación entera de sindicalistas de izquierda y socialdemócratas, la separación entre la distribución y la de la producción se expresa con claridad: se está volviendo “cada vez más visible que la actual distribución del ingreso no está determinada por leyes económicas inmutables, sino que puede ser cambiada a través de la lucha política para influenciar a la política económica del gobierno”.[14] De la misma manera en que el economicismo castigado por Lenin entendía la esfera económica como determinando en última instancia a la esfera política, lo opuesto aparece en el revisionismo como un “politicismo”. El revisionismo absolutiza las capacidades políticas del estado, como opuestas a las leyes económicas, mediante la neta separación de la totalidad de la sociedad capitalista en esferas, donde la esfera política permanece afuera puesto que permite cambios sociales cruciales sin ningún cambio esencial en la esfera económica. Para ilustrar este punto, el revisionismo recurre a las actividades socio-políticas del estado capitalista. Por ejemplo, Bernstein afirma que “la concepción clásica del capitalismo normalmente remite a tres áreas separadas: el modo de producción, la forma de distribución y el orden legal. Sólo el modo de producción permaneció esencialmente sin cambios en los últimos años. Los otros dos, sin embargo, atravesaron grandes cambios”.[15]
Esta separación absoluta de las dos esferas a través de la cual el aparato de estado emerge como una instancia independiente conduce inmediatamente a la autonomía del estado vis-à-vis el modo de producción capitalista. Esta separación absoluta de las dos esferas se expresa también en la teoría de los “salarios políticos” formulada por Rudolf Hilferding. Los salarios ya no están determinados por leyes económicas, sino por la fuerza de la representación parlamentaria de la clase obrera, la fuerza de su organización y la relación de fuerzas sociales fuera del parlamento.[16] La capacidad de controlar el antagonismo económico por medio de un “cártel general” tiene su contrapartida en la capacidad política de controlar el ingreso de las masas con independencia de las leyes económicas. La tesis de Claus Offe acerca de que, supuestamente, el ingreso individual está sometido hoy a “regulación política” y ya no puede explicarse por el modo de producción capitalista sino sólo por la constelación sociopolítica de diferentes grupos sociales es parte de estos intentos revisionistas.[17]
Así, la distribución ya no es vista como un momento necesario del proceso de producción y circulación del capital, sino como un área de la actividad políticamente determinada del estado. Las proporciones según las cuales el estado distribuye el producto –“la torta del producto social” (Erhard)– depende de la intensidad y la vehemencia con las cuales se presenten al estado los “intereses” de los distintos grupos sociales, de la magnitud del poder de la clase obrera, de la conciencia política de los “ciudadanos”, de los intereses del estado en un “sistema equilibrado” y de si el proceso de formación de la voluntad política [Willensbildungprozess] es democrático o autoritario. Depende de la eficiencia de la administración, de qué partido gana las elecciones, del grado de participación política, etc.[18] En otras palabras, puesto que las condiciones socio-políticas son independientes de las leyes económicas, la distribución depende del “cambio social”.[19] Aun así, “la tendencia económica hacia la desigualdad” no es simplemente negada. Precisamente a causa de que la esfera económica se afirma a sí misma, sin embargo, el estado es capaz de “compensar políticamente” la desigualdad necesariamente resultante del modo de producción. Así, sobre la base de la supuesta autonomía del “poder político respecto del poder económico”, la clave de la distribución del “producto social” está enteramente a disposición del estado.[20]
A través de la intervención del estado, la producción capitalista de mercancías queda separada de esta manera de la distribución, en función de expandir a la vez tanto la producción como el consumo individual. El estado aparece como un sujeto autónomo con respecto a las relaciones de producción. En consecuencia, la teoría burguesa describe al estado como “estado distributivo”, “estado de bienestar”, “estado intervencionista”, “estado de servicios” –en resumen, como “estado social”.[21] En este sentido, el estado social se caracteriza por el acceso del estado a una porción creciente del producto social, que puede usarse y distribuirse de acuerdo a consideraciones políticas y sociales en la forma de servicios sociales, proyectos de bienestar o de guerra. La creación de lo que ha de distribuirse, i.e., el proceso de producción, no es un problema de la distribución. Así, la acción del estado puede verse como una acción puramente política, dependiente de relaciones de poder político aunque independiente de las leyes económicas que gobiernan la reproducción de la sociedad capitalista.
Por el contrario, las teorías económicas generalmente consideran de una manera más realista esas leyes económicas y, por consiguiente, los límites de la acción del estado. Esto ya se expresa en la distinción terminológica entre la distribución “primaria” y “espontánea” como opuesta a la “secundaria” y “política”. En muchos casos (especialmente en las versiones conservadoras), hay una percepción más clara de los límites de la redistribución estatal inherentes a “los requerimientos de los sanos procesos económicos” (ellos normalmente aparecen, por ejemplo, en las advertencias de los expertos contra “una política social desbocada” y en las recomendaciones de que la mejor política social se sustenta en una sana política económica). Sin embargo, no se reconoce la relación existente entre producción y distribución. Y no puede ser de otra manera. Desde el punto de vista burgués, la distribución del producto –de aquí, el ingreso- no puede entenderse simplemente como un momento en la circulación del capital. Hacer esto requeriría rendir cuenta de la esfera de la producción como el único punto de producción de plus valor, en conformidad con el concepto del capital que circula y se valoriza.
Siguiendo a Marx, las teorías revisionistas todavía se refieren a la organización “capitalista” de la producción. Por ejemplo, Habermas y Offe –para no mencionar a los revisionistas pre-fascistas, quienes todavía podían operar ingenuamente con el concepto de capitalismo- pasan por alto completamente lo único que es específico del modo de producción capitalista: que la circulación del capital es la base para la reproducción económica de la sociedad y que la esfera de la distribución del ingreso es sólo un momento en la circulación del capital. En consecuencia, desde el punto de vista del capital, los “salarios políticos” son vistos como capital variable y de aquí que el monto adelantado afecte a la tasa de ganancia. Esto alcanza para refutar la idea de que el modo de producción capitalista y la función distributiva del estado son dos momentos separados en la sociedad capitalista.
2. La incapacidad para entender el carácter dual del proceso de producción
Como ya sugerimos, la sobreestimación de la capacidad del estado para intervenir en el proceso de distribución reviste diferentes formas en las distintas teorías, abarcando desde el olvido completo de la esfera de la producción hasta una limitada consideración de ella, siguiendo así la división del trabajo tal como existe en las ciencias burguesas. Las teorías del estado social más recientes ya no están formuladas en términos de la praxis social del movimiento obrero (y en consecuencia ya no son más realmente revisionistas). Ellas se presentan a sí mismas primariamente como teorías socio-políticas que relegan el análisis de la “economía” a las teorías económicas. Y, a partir de estas últimas, ellas extraen aquellas afirmaciones que encajan con sus concepciones. Habermas descansa entonces sobre Joan Robinson para la “refutación” de la teoría del valor de Marx, Offe sobre Shonfield, y ambos sobre una variante keynesiana de la economía burguesa.[22] Ellos no entienden que el hecho de postular como absolutos segmentos particulares de la totalidad del modo de producción capitalista ya está implícito en las ciencias particulares y en su división del trabajo con respecto a la construcción de la teoría. Poner juntas afirmaciones en los distintos segmentos no puede resultar en una concepción de la totalidad. Desde Bernstein, sin embargo, todos los revisionistas comparten la posición de que el proceso de producción, cuando es explícitamente discutido, no puede ser visto como la unidad contradictoria del proceso de trabajo y el proceso de valorización. Más bien, aparece como un mero proceso de trabajo, que si todavía es identificable como capitalista es sólo a causa de su forma legal y organizacional específica.
Luxemburgo ya critico a Bernstein porque “[p]ara Bernstein, `capitalista´ no es una unidad económica sino una unidad fiscal. [...] Al transportar el concepto de capitalismo de sus relaciones productivas a relaciones de propiedad [...] traslada el problema del socialismo del campo de la producción al de las relaciones de riqueza, es decir, de la relación entre el capital y el trabajo a la relación entre ricos y pobres”.[23] Aquí es obvio cómo la reducción de Bernstein de la crítica del capitalismo al asunto de la “distribución justa” es un resultado de su concepción puramente sociológica-legal de las relaciones capitalistas. Esto, a su vez, es la base de su estrategia reformista, donde el estado se desempeña como el sujeto de la transformación social. Semejante conclusión sólo puede ser alcanzada si no se considera al proceso de producción en su doble carácter, sino como mero proceso de trabajo cuyo carácter capitalista sólo es contingente y por consiguiente puede eliminarse dentro del capitalismo a través de la buena voluntad de los capitalistas y la correspondiente presión de la clase obrera.    
Lo que se pierde es toda idea de que el proceso de producción, como proceso de valorización del capital, está determinado por ciertas regularidades que operan a espaldas de los individuos y que convierten a los capitalistas individuales en sus instrumentos. Aun cuando los revisionistas hablan de la “producción capitalista”, creyendo que así están hablando en el sentido de Marx, suprimen el carácter específico del proceso de producción capitalista. Todo proceso de producción es también un proceso de trabajo. Independientemente de las relaciones de producción, es el desempeño del trabajo útil con el propósito de producir mercancías. “En el proceso de trabajo, pues, la actividad del hombre, a través del medio de trabajo, efectúa una modificación del objeto de trabajo procurada de antemano. El proceso se extingue en el producto. Su producto es un valor de uso, un material de la naturaleza adaptado a las necesidades humanas mediante un cambio de forma”.[24] El proceso de valorización, por el otro lado, se caracteriza por la producción de valor de uso, no como fin en sí mismo, sino como portador de valor de cambio. El capitalista “[n]o sólo quiere producir un valor de uso, sino una mercancía; no sólo un valor de uso, sino un valor, y no sólo valor, sino además plus valor”[25] El proceso de producción capitalista existe sólo si, por una parte, produce más valor del que el capitalista invirtió en él a través de la compra de los medios de producción y de la fuerza de trabajo y, por otra parte, si los valores producidos pueden ser vendidos como mercancías para ser finalmente convertidos en dinero.  
Todos los métodos y formas organizativas de explotación puestas en práctica en la historia del capitalismo, junto con las crisis y la miseria que crearon para la totalidad de la población, son un resultado de la ley que se aplica a cada capitalista individual: la valorización del capital es una pre-condición de su existencia. Desde la organización jerárquica de la manufactura hasta el diseño técnico de las máquinas, desde el diseño de las fábricas hasta los distintos mecanismos de imposición de ritmos destinados a cubrir todos los poros del proceso de trabajo, el proceso de producción completo está caracterizado por la necesidad de valorizar el capital individual. Todos esos métodos fueron implementados para beneficio del capitalista, impulsando al máximo la explotación de la jornada de trabajo –el tiempo de trabajo vendido por el obrero– hasta el último minuto. El capitalista encuentra en eso que la fuerza de trabajo es “empleada en el nivel medio acostumbrado de esfuerzo, con el grado de intensidad socialmente usual”[26]
Las específicas formas legales y organizacionales del proceso de producción capitalista no son sino la expresión necesaria del doble carácter del proceso de producción bajo el capitalismo como proceso de trabajo y proceso de valorización. Pero, casi sin excepción, los revisionistas ven todo esto como un azaroso accidente. Esto es especialmente obvio en la caracterización del rol del capitalista vis-à-vis el obrero. La teoría revisionista no explica esta relación en términos de relaciones económicas entre capital y trabajo, i.e., su relación en el proceso de valorización del capital. Es ciega ante el hecho de que el capitalista individual y el trabajador asalariado individual son máscaras económicas detrás de las cuales se esconden relaciones capitalistas. Su ideología de la democracia económica y participativa también se sustenta en esta ceguera. Así, Fritz Naphtali escribe: “en la planta, el empresario o la gerencia en general y el obrero confrontan uno con otro; aquí, la superación del despotismo patronal requiere del derecho de los obreros de participar en la toma de decisiones. Los obreros no deberían ser tratados como objetos privados de derechos”.[27] Así, el despotismo capitalista sólo es resultado de la arbitrariedad, y puede ser removido a nivel organizativo mediante el establecimiento de consejos para participar de la toma de decisiones en la empresa capitalista. El socialismo se convierte en un cambio ético y el capitalismo en un asunto de ética empresaria.
Otro rechazo del doble carácter del proceso de producción capitalista se encuentra en la teoría de Paul Sering de la jerarquía de la producción. El ve a la empresa capitalista como una organización racional donde la “inteligencia de la producción” (los técnicos, los expertos en el mercado) “trabajan incansablemente detrás de nuevos progresos y de la creación de formas cooperativas de organización técnica y económica” y donde los gerentes son “sobre todo, gente con la capacidad de tomar e implementar decisiones concernientes al mantenimiento de una organización compleja. [...] El único punto donde la vieja función empresarial se mantiene es en la punta de la pirámide, la oligarquía monopolista y financiera, donde la gerencia de la producción depende, sin embargo, de la búsqueda de beneficios para el propietario. Y esta oligarquía [...] se encuentra crecientemente entrelazada con los órganos de la política económica del estado.”[28]
Así es ignorado el carácter dual del proceso de producción como proceso de trabajo y de valorización. Pero, en la empresa capitalista, los gerentes obtienen simultáneamente del trabajo tanto mercancías como  plus valor.[29] Entonces, desde la perspectiva de Sering, la subordinación del trabajo vivo al trabajo muerto, la extracción de plus valor y la economización de capital (que significa que, “a pesar de los recortes de gastos, es completamente pródigo con la mano de obra”),[30] desaparecen de la organización de la producción en la empresa capitalista. En cambio, el capitalismo aparece como una institución técnica y racional donde sólo su punta organizativa sigue siendo capitalista. La introducción del socialismo solamente requiere entonces cambiar el personal de la cúpula, haciendo retroceder la influencia de la oligarquía capitalista sobre la política económica a través de un gobierno social-demócrata fuerte y desmantelando gradualmente la cúpula para reemplazarla por expertos en planificación. La estrategia actual del Partido Comunista Alemán (el cual, nutriéndose de la teoría del capitalismo monopolista de estado, promueve una transición pacífica del capitalismo al socialismo) se basa en tales ideas. El poder del capitalismo monopolista debe reducirse entonces en dos frentes: a través de la participación de los trabajadores en la toma de decisiones en sus lugares de trabajo y a través del establecimiento de un programa democrático de política económica de lucha contra los monopolios. La lucha apunta a dejar atrás gradualmente el “aparato de dirección y gerencia de la economía” y “subordinarlo a los intereses del pueblo”. “Entre la hegemonía del capital monopolista y el establecimiento de la dictadura del proletariado para la transición al socialismo, hay una fase de lucha orientada a establecer y desarrollar una democracia opuesta al capitalismo monopolista”.[31]
3. La exitosa política del boom como una precondición de la política social
La autonomía de la política distributiva del estado presupone que el estado es independiente de las leyes de la producción capitalista que gobiernan la valorización, que la “economía” fluye generalmente sin crisis y que la reproducción económica de la sociedad crece continuamente. Como ya se indicó a propósito de los “salarios políticos”, todas las categorías de la “distribución” (que siempre se refieren al ingreso) y las políticas que las conciernen son, por sobre todo, categorías de la circulación del capital. En consecuencia, el estancamiento en la circulación debe afectar a la distribución. El desempleo y el estancamiento, o incluso una tasa decreciente de producción social, tienden a convertir toda política distributiva del estado en una ilusión. En consecuencia, todos los planes y prognosis del gobierno de Alemania Occidental en materia de política social han asumido generalmente como supuesto el crecimiento continuado del producto social.[32] Esta asunción de la ausencia de crisis, sin embargo, debe justificarse, y las teorías del estado social difieren en cuanto a sus justificaciones. 
Para Bernstein, así como para los teóricos del “capitalismo organizado” durante los 1920s[33], las crisis desaparecerían debido a la concentración del capital y a la formación del capital financiero. A diferencia del “capitalismo competitivo” y la “anarquía del mercado”, el capital sería capaz de planificar la producción con la asistencia del estado democrático. Después de la crisis económica mundial, sin embargo, las teorías revisionistas debieron desarrollar modelos explicativos diferentes, puesto que la asunción de una economía libre de crisis resultantes del despliegue incontrolado de las leyes de la acumulación de capital había sido destruida por la depresión mundial. Desde entonces, prácticamente todas las teorías burguesas y revisionistas –desde las teorías del estado de bienestar y del neoliberalismo hasta las versiones derechistas e izquierdistas de la teoría keynesiana en el partido socialdemócrata contemporáneo y en los sindicatos– asumen que la economía puede ser estabilizada a través de la intervención del estado. Sobre esta base, entonces, el estado puede desarrollarse libremente como estado social.
Hoy ya no es más posible atribuir ingenuamente la superación de las crisis a los mecanismos naturales de la acumulación de capital. Más bien, ahora se intenta establecer la producción libre de crisis a través de la intervención conciente del estado, i.e., a través de un sujeto no involucrado en el proceso que debe regularse. Entonces, las política del estado para el manejo de las crisis y para la distribución son mutuamente dependientes: las intervenciones del estado para prevenir las crisis son la precondición de sus acciones socio-políticas y, a su vez, la autonomía del estado en la esfera de la distribución del ingreso es la precondición de sus “estrategias de prevención de las crisis”.
Este punto puede ser ilustrado fácilmente mediante el siguiente ejemplo. En el pensamiento tecnocrático burgués, la asunción implícita de la noción de los “salarios políticos” –i.e., que los salarios pueden ser políticamente regulados– es considerada como la base para la regulación de la economía a través de “políticas de ingresos”, “concertación” y “pautas salariales”. Como una expresión de la autonomía del estado en la distribución, los “salarios políticos” ahora sirven como el instrumento económico de manipulación inmediato para estabilizar la producción contra los ciclos. El estado interviene así en la circulación del capital tomando la iniciativa en la distribución así como “amortiguando” las crisis económicas. En consecuencia, la actividad regulatoria del estado presupone que la supuesta autonomía de la distribución está limitada de tal manera que la intervención del estado en esta esfera no afecte el proceso de producción.[34] Desde este punto de vista, la separación de la producción respecto de la distribución ya no es más total, sino unilateral. La política distributiva es postulada como independiente de las leyes y las limitaciones del proceso de valorización del capital. Pero, al mismo tiempo, se asume también que el proceso de acumulación, ahora bajo el nombre neutro de “crecimiento económico continuado”, puede ser afectado en los hechos a través de las políticas distributivas orientadas al control de la crisis. Sobre esta base, la autonomía relativa del estado en la esfera de la distribución y, por consiguiente, en la determinación de políticas distributivas, son legitimadas junto con su estrategia de “prevención de la crisis”.[35] La una se convierte en la precondición de la otra y ambas están ancladas en el mismo sujeto. En consecuencia, el proceso de acumulación y sus leyes internas se convierten en algo no problemático, especialmente en la medida en que durante los últimos veinte años la efectividad de la política estatal y la precisión de las teorías basadas sobre estos supuestos fueron aparentemente demostradas en Alemania Occidental.
La mayoría de las contradicciones entre la producción capitalista y la política social son así eliminadas. Esto es ejemplificado mejor en la idea keynesiana de izquierda o sindicalista de que es posible un efectivo “manejo de la crisis” a través de aumentos de salarios tendiente a estimular la demanda efectiva en la forma de un aumento del poder adquisitivo. Tan temprano como en 1928 Fritz Tarnow escribió: “el punto importante aquí no se relaciona con cuestiones sociales, sino con la necesidad de la economía de impulsar el uso creciente de bienes de consumo en función de permitir un incremento del consumo y la producción”.[36] Esta confortable tradición de apelar simplemente al estado y a la “razón” de la clase capitalista, antes que a la preparación de la clase trabajadora para la práctica revolucionaria, cuenta entre sus seguidores a la I. G. Metall, que en 1967 recomendó que el estado ayudara a los obreros en la “compra de un auto mediante créditos de inversión, estimulando así simultáneamente a la industria automotriz”. Al mismo tiempo, la I. G. Metall también se quejaba de la falta de integridad de la industria por haber recortado los beneficios sociales y los salarios durante la crisis por pura malicia y en contra de su conciencia de que sólo el consumo de masas puede garantizar el mercado para sus productos.[37] Al menos Tarnow era conciente del problema cuando escribía: “desde luego, el gerente individual puede continuar calculando que un recorte de salario no sería sino una ventaja. Pero tal manipulación no sería más posible para la gerencia como tal, cuyos intereses en el capital y en las ganancias sufrirían severamente a raíz de tal decisión”.[38] El abogaba entonces por una distribución equitativa del poder adquisitivo total entre el consumo y la acumulación, la cual, integrando a la vez los intereses del capital y de la clase trabajadora, proveería la base para un capitalismo saludable. Pero Marx ya había comentado sobre tales ideas: “con excepción de sus propios obreros, la masa total de todos los demás obreros se presenta frente a cada capitalista no como obreros, sino como consumidores [...] Desea, naturalmente, que los obreros de los demás capitalistas consuman la mayor cantidad posible de sus propias mercancías. Pero la relación entre cada capitalista y sus obreros es la relación en general entre el capital y el trabajo, la relación esencial”.[39] En 1967 la praxis de la manipulación de la crisis por el estado mostró que el “estado social” está dispuesto a tener en cuenta esta “relación esencial”: el estado, entonces, recortó el presupuesto social y permitió el estancamiento e incluso cierta caída de los salarios.
Así, lo que se ignora es que el capital existe sólo como capitales individuales y que el estado puede representar al capital colectivo solo en la medida en que representa los intereses de los capitales individuales o, al menos, de su fracción más poderosa. Es inherente a las relaciones capitalistas que los intereses contradictorios de cada capitalista individual impliquen desarrollar el máximo consumo potencial de todos los trabajadores, con excepción de los propios, cuyos salarios debe mantener en un mínimo. Estos intereses no pueden ser eliminados por el estado. Esto se expresa a continuación en el hecho de que la distribución “espontánea” entre salarios y ganancias no está regulada por el estado en absoluto, sino a través de la confrontación directa en la mesa de negociaciones. Dicho brevemente, la actividad del estado está limitada a la distribución de ingresos salariales (“servicios sociales”, capacitación de mano de obra) y a cierta redistribución de ganancias entre distintos grupos de capitalistas (subvenciones, exenciones de impuestos a inversiones, etc.). No puede asumirse más, en consecuencia, la complementariedad entre las funciones del estado en la manipulación de las crisis y en la protección de la política social. Bajo el capitalismo, el estado es siempre incapaz de intentar la reproducción económica libre de crisis de las relaciones de poder económicas, es decir, de las relaciones capitalistas, mientras intenta al mismo tiempo disolver políticamente dichas relaciones. En la medida en que es necesario mantener un cierto mínimo de “estabilidad” social para el funcionamiento aceitado de la valorización del capital, el estado intenta reducir esta contradicción general. Desempeña esta función a través de la política social como política de pacificación [Befriedigungs-politik], la cual se convierte entonces en un momento dentro de la dinámica de la reproducción de las relaciones capitalistas, convirtiéndose en este sentido exactamente en lo opuesto de la autonomía política del estado.     
En este sentido, y sólo en este sentido, la ciencia burguesa tiene menos ilusiones que todos los teóricos sindicales revisionistas desde la República de Weimar en adelante. Las funciones del estado social, consecuentemente, deben ser subordinadas a la función primaria de asegurar el crecimiento y la prosperidad. El conflicto entre estas dos funciones estatales es reconocido completamente, pero la armonía entre ellas es restablecida mediante la afirmación de que las políticas económicas sanas son las mejores políticas sociales. Al asegurar el crecimiento, las políticas económicas sanas dan al estado los medios necesarios para llevar adelante su función de distribución social, mientras previene además el “desempleo”. En esta línea, la Sozialenquete [la Encuesta Social de 1966], impulsada por el gobierno de Alemania Occidental y realizada por profesores cercanos a los partidos en el poder, asumió que, en lo que concierne a la función de política social, i.e., a la satisfacción de las necesidades de seguridad y bienestar, hay una identidad entre estas tareas y los fines de la política económica.[40] Una política económica que no interfiera con la política social aumentando los costos en los malos tiempos (y siempre pueden volver los malos tiempos)[41] estaría así en condiciones de garantizar el crecimiento económico y el “pleno empleo”.[42] “La política social en general se orienta por naturaleza al largo plazo y sólo puede implementarse racionalmente si la economía evita con éxito alzas y bajas excesivas.”[43] Esto conduce a la necesidad de dirigir la política social y subsumirla bajo medidas económicas, en la medida en que esto pueda hacerse sin poner en peligro la “paz social”. Mantener la “paz social” es, por consiguiente, un factor determinante del límite inferior de los beneficios sociales (muy próximos a mantener la capacidad de “trabajo y rendimiento, capacitación educativa y movilidad”). La “estabilidad de los precios” y la “disposición de la gerencia a invertir” definen el límite superior.[44] Según los autores de la Sozialenquete, este es el margen de maniobra para las políticas sociales redistributivas del estado.
4. Estado social y democracia pluralista
La separación teórica de las condiciones económicas respecto de la producción y la distribución tiene consecuencias políticas. Históricamente, por supuesto, la teoría es consecuencia de una praxis revisionista que a su vez confirma: el intento del partido socialdemócrata de justificar sus políticas no-revolucionarias, su colaboración con el capital y el estado burgués condujeron a intentos recurrentes de mostrar no sólo que el capitalismo de hoy es fundamentalmente diferentes del de los días de Marx, sino que hubo un cambio cualitativo en la relación entre el proceso de producción capitalista y el estado. Esto legitima consecuentemente la estrategia que se practica en los hechos, i.e., la cooperación entre clases en el estado burgués. Para las teorías del estado revisionistas, la autonomía del estado para la distribución del producto social y la desaparición de las crisis capitalistas (ya sea como resultado de un proceso natural de desarrollo capitalista o como resultado del manejo de la crisis por el estado) constituye una precondición esencial para la transición gradual del capitalismo al socialismo, del estado burgués a un estado constitucional socialista y democrático. Una vez que los teóricos socialdemócratas de Bernstein a Habermas pusieron el estado social sobre los firmes cimientos de una “abundancia de bienes” continuamente incrementada, ya no hay obstáculos insalvables para la realización de una sociedad democrática: “desde esta perspectiva, elconflictode clases pierde su forma revolucionaria; una democratización progresiva de la sociedad tampoco está excluida de antemano en el marco del orden económico capitalista”.[45]
Bernstein buscó formular una estrategia no-revolucionaria para la clase obrera: la reforma social en lugar de la revolución. La afirmación de que una lucha revolucionaria de la clase obrera devino históricamente obsoleta –mientras que el socialismo puede alcanzarse a través del estado por medio de partidos obreros y fuerte cooperación de los sindicatos-, esta afirmación conduce a la elaboración de la idea de la independencia del estado respecto de las condiciones de la producción capitalista. En el curso de su desarrollo posterior (la República de Weimar) el estado, a través de la mediación del debate parlamentario, incrementó sus intervenciones en la sociedad, principalmente en el sector de la distribución (el estado distribuyó una porción creciente del producto social).[46] Por consiguiente, la función distributiva del estado pasó a ser considerada como una esfera de poder estatal autónomo, en oposición a la acumulación de capital. Este es el origen de la teoría de los salarios políticos de Hilferding y de las correspondientes nociones de Kirchheimer, Sering y otros teóricos socialdemócratas.          
Según Hilferding, las relaciones de fuerza entre clases están constantemente determinadas por las elecciones. Estos poderes son inmediatamente traducidos por el parlamento en la voluntad del estado, la cual, en una democracia, es la voluntad de sus ciudadanos. Esto, según Hilferding, conduce a la “adaptación del poder de estado a las cambiantes relaciones de fuerzas”, la cual conduce a su vez necesariamente al aumento de la influencia del partido obrero, puesto que la proporción de los obreros en la población está aumentando. Esto a su vez debería ser acompañado por un aumento de los salarios, que no se encuentran determinados económica sino políticamente. “Ahora los obreros consideran al estado como un instrumento político para la construcción del socialismo”.[47] Las elecciones y el parlamento son los medios para la resolución pacífica de la lucha entre el trabajo asalariado y el capital.
En 1949, el partido socialdemócrata (SPD) firmó la Constitución de Alemania Occidental en el Consejo Parlamentario. La naturaleza provisional del nuevo estado, su actitud abierta a la socialización de la gran industria (Artículo 15), la posición fuerte del partido dominante y del canciller, la jurisdicción de la legislatura de la República y la cláusula normativamente establecida concerniente al estado social (Artículo 20) condujo al SPD a pensar que un nuevo estado sería suficiente para transformar a la sociedad capitalista, que para entonces ya había sido restaurada, en una sociedad socialista.       
Contando firmemente con sus victorias electorales, el SPD buscaba alcanzar sus ideales sociales y políticos mediante la toma del poder de estado con una mayoría parlamentaria. La posición ambivalente e incluso negativa del SPD durante los debates sobre la Constitución a propósito del derecho político a la huelga, así como la ausencia de toda protección para la acción de masas en la Constitución misma, indicaba que la acción revolucionaria de masas y las luchas obreras no estaban incluidas en este plan. 
En la misma línea, los contenidos de sus ideas políticas referían menos a la clase obrera como sujeto histórico de los procesos sociales que al estado. La diferencia entre los partidos demócratas cristianos (CDU-CSU) y el SPD a propósito de la relación entre el estado y la sociedad acabó con los partidos cristianos atribuyendo al estado sólo un rol subsidiario, retroactivo y correctivo en el desarrollo social y económico, y considerando en consecuencia a la política social como un sub-producto aproblemático del crecimiento económico ininterrumpido sobre una base capitalista; y con el SPD enfatizando en la responsabilidad del estado en los procesos sociales y económicos, en la realización de la justicia social a través de la intervención del estado en la economía y a través de la legislación en materia de planificación y socialización. Tras el fascismo, el punto clave en el programa político del SPD fue el estado social. Su objetivo social fue “rescatar a la humanidad de su situación de ser un objeto” (Carlo Schmid), siendo el SPD en tanto partido parlamentario, con Schumacher como el Canciller competente, el agente histórico que ponía las directrices. El socialismo iba a introducirse entonces a través de una “revolución desde arriba”.[48] La tarea del socialismo, tal como estaba planteada en el Programa de Godeberg y en el alineamiento práctico con los demócratas cristianos en las ideas concernientes a la política social desde la “Gran Coalición”, no fue sino la manifestación de algo que ya estaba inscripto en la concepción política del SPD después de la caída del fascismo: esta concepción, a su vez, era esencialmente una actualización de la tradición revisionista de la República de Weimar.
Debe concederse que la teoría revisionista de posguerra dio un paso más, desarrollando completamente la lógica inmanente de su enfoque previo al fascismo –pero esto sucedió sobre la base de desarrollos históricos específicos: la resignación del SPD como auto-proclamado representante de la clase obrera y su renacimiento como partido de masas. En este desarrollo, el estado no solo es considerado como independiente del proceso de valorización del capital, sino que la sociedad misma es concebida como pluralista y atravesada por múltiples conflictos de intereses.
Siguiendo la lógica de una teoría que considera al conflicto antagónico entre capital y trabajo como un mero conflicto sobre la distribución de recursos escasos, el conflicto de clases como tal desaparece por completo para el revisionismo moderno. El conflicto de clases se convierte en el debate pluralista alrededor de una torta que está volviéndose cada vez más grande, de un producto social creciente que reduce la escasez. “Las sociedades industrialmente avanzadas llevaron la expansión de la riqueza social a un punto tal de desarrollo de las fuerzas productivas que la consideración que sigue no puede ya considerarse irrealista: que un pluralismo subsistente, aunque no multiplicado, de los intereses puede perder la acritud de una pugna entre necesidades en la medida en que éstas vayan satisfaciéndose, lo que es hoy una tangible posibilidad”. Una “sociedad de la abundancia” vuelve obsoleta la “compensación de intereses a la que obligan los recursos escasos”.[49] Así la teoría de las clases se convirtió en la teoría del pluralismo. La “lucha de clases”, a la cual los revisionistas decían pagar servicio durante la República de Weimar, es reducida a un balance entre intereses a través de organizaciones en competencia y prácticas representativas.[50] Los socialdemócratas de Weimar aún asumían que los intereses sociales relevantes para la formación de la voluntad política siempre estarían constituidos por el conflicto entre capital y trabajo, aunque el conflicto había decrecido debido a desarrollos económicos y de aquí que, para ellos, el aparato de estado (especialmente el parlamento) se había convertido en un instrumento útil para la transición gradual al socialismo. El revisionismo posterior a la II Guerra se desplazó hacia afuera de la teoría marxista. La formación de la voluntad política y el proceso de toma de decisiones son considerados como resultados de conflictos de intereses entre grupos sociales pluralistas. Mientras que la teoría del estado social afirma la soberanía del estado sobre la esfera de la producción (capitalista) en la regulación de las crisis y en la distribución, no le reconoce una soberanía semejante sobre los grupos sociales. Justamente al contario: esta teoría considera al estado como una mera herramienta para implementar o para mediar los distintos intereses y grupos de interés sociales, los cuales consecuentemente pueden determinar la política estatal. Tal concepción, por una parte, considera al estado como dependiente de los grupos de interés de la sociedad (donde aún predominan el trabajo asalariado y el capital), pero al mismo tiempo percibe al estado como soberano respecto del “proceso económico”. De aquí se sigue necesariamente que queda desgarrada la conexión entre el proceso de producción y la constitución de conflictos sociales. Si el estado es entendido como el sujeto real o potencial de la distribución del “producto social” y de la regulación del proceso económico, y si en principio las leyes de la distribución y la regulación como leyes del proceso de valorización del capital no tienen prioridad sobre el estado, entonces no puede haber conexión alguna entre el modo de producción capitalista y los conflictos de intereses, que aparecen entonces meramente como “sociales”. Si el estado puede cambiar la distribución de la “riqueza social” sin abolir las relaciones capitalistas, entonces los conflictos sociales de intereses sobre la distribución no pueden seguir siendo entendidos como resultantes de las relaciones capitalistas. La esfera de la sociedad es hipostasiada como una arena de intereses a ser mediados por el estado.[51]
Si todo lo que necesita el estado es “una indicación positiva de cómo hacer justicia a través de su intervención social”, entonces en principio las leyes de la valorización del capital no pueden impedirle hacerlo, dadas las condiciones contemporáneas de los estados y las sociedades capitalistas. Otras fuerzas, distintas de aquellas de la reproducción material, deben ponerse en movimiento aquí. Para el revisionismo contemporáneo, la cuestión del estado constitucional democrático y social se convierte en la cuestión de su potencial democrático, de la “madurez política del pueblo”[52], de las fuerzas democráticas y pacifistas, sin acompañar estas expresiones con ningún intento de definir tales fuerzas por su posición en el proceso de producción sino con la mención de la pequeña palabra “anti-monopolistas”. El aumento del potencial democrático y la formación de voluntad política requieren un aumento automático en el margen del poder del estado para dirigir la realización de la justicia social. La transición continua hacia una sociedad que se autorregule es posible entonces en la medida en que una fuerza democrática creciente usurpe el aparato de estado y lo use para establecer un orden social justo y racional. Debido a que “el estado avanza para convertirse en portador del orden social”,[53] la clase de orden social que se realiza depende de la conciencia de aquellos que usan el estado. De aquí la posición de los sociólogos de la Escuela de Frankfurt a fines de los 1950s sobre los estudiantes: puesto que proveen la mano de obra para las posiciones de liderazgo en las “grandes empresas industriales” y en la administración pública,[54] son particularmente relevantes para esta teoría como potencial democrático (!). La conciencia social y política de los gerentes y de los funcionarios públicos es entonces esencial en la determinación de la razón o la sinrazón de los “procesos sociales y políticos” y de la forma y el contenido de la satisfacción de las necesidades. Las contradicciones sociales son reducidas en última instancia a la conciencia individual: a la buena o mala voluntad de los capitalistas (i.e., de sus gerentes), a la conciencia progresiva o reaccionaria de los funcionarios públicos; mientras que la pregunta acerca del estrato social que alimenta esta élite, por ejemplo, queda en manos de Dahrendorf.[55]
La razón o la sinrazón que determina la organización de la producción y la satisfacción de las necesidades sociales, así como la razón de las decisiones políticas, se convierte en una cuestión de las ideas de cabezas individuales (especialmente en la cima de la élite). La democracia se convierte en una cuestión de la orientación ideológica y política de las élites dominantes. La teoría de la democracia se atrofia en una teoría de las élites. Aún si se emplean diferentes categorías sociológicas para explicar históricamente las condiciones sociales actuales y la formación de la voluntad política, el análisis concluye siempre prometiendo el principio de la “supresión de la dominación” a través de la aparición periódica de individuos con una conciencia crítica en el aparato de dominación.   
La teoría del estado bienestarista e intervencionista de Offe, que continúa la teoría del estado social de Habermas, carece de ilusiones y ya no involucra el concepto de emancipación social. Elimina el conflicto de clase como fuerza dinámica del desarrollo social y rechaza explícitamente la crítica de la economía política como enfoque teórico para entender el movimiento y las leyes de la sociedad capitalista monopolista. “En el estado de bienestar capitalista planificado, la dominación del hombre sobre el hombre (o de una clase sobre otra) cedió ampliamente su puesto a la dominación de una pocas áreas de funciones sociales sobre otras. [...] La distancia que mediaba entre los grandes grupos de posición [léase: clases] en los estadíos tempranos del capitalismo se convirtió, digamos, en una distancia entre los individuos mismos”.[56]
La teoría de Offe tiene pocas ilusiones porque considera a las fronteras que limitan “el rango de acción del centro político-administrativo” como prácticamente insuperables[57] y el poder del estado se define aquí como una actividad social-irracional. Los procesos y las formas de la formación de la voluntad política se agotaron y se osificaron. La actividad práctica, i.e., racional del poder de estado es dominar, puesto que los mecanismos sociales para el procesamiento de la voluntad política, la articulación de las necesidades y la auto-definición del poder como garante del equilibrio del sistema se estancaron y osificaron. Las barreras a superar están en las formas congeladas en que la sociedad formula sus necesidades. 
Si estas formas cambiaran, entonces las acciones del estado deberían cambiar también. El camino hacia el cambio cosiste en una revolución en las necesidades individuales que sólo podría permitir un cambio en aquellos fenómenos y formas organizacionales que han determinado hasta ahora la formación de la voluntad política. Al menos puede extraerse esta conclusión del enfoque de Offe. Pero no está correctamente planteada. ¿Por qué los individuos deberían revolucionar sus conciencias y necesidades, puesto que el estado tiene éxito en su “estrategia de prevención de las crisis” y puesto que pueden ignorarse de antemano las mayores contradicciones sociales anticipando este “éxito”? (La terminología de Offe alinea su punto de vista con este.)
Lo que se aplica a Offe se aplica también a Habermas. Un cambio fundamental en la forma y en el contenido de los poderes distributivos del estado, que ellos equiparan con la racionalización de la totalidad de los procesos de reproducción social, no requiere una revolución básica en las relaciones de producción, sino meramente un cambio en la formación de la voluntad política. Según Offe, tal cambio involucraría principalmente aquellos procesos de creación de la voluntad política de los partidos (la presión para mediar entre intereses de grupo particulares)[58] así como del sistema "pluralista" de sindicatos. Pues sólo estos presentan al estado aquellos intereses parciales que pueden organizarse y crear conflicto. Sólo a través de estos medios el estado puede ser impulsado a la acción, dado que su función es mantener el equilibrio del sistema a través de evitar el conflicto. Ellos determinan la forma y los fines de la distribución del producto social por parte del estado. En consecuencia, las necesidades sociales generales de escuelas, hospitales y desarrollo de sistemas de transporte público no están suficientemente atendidas por el estado, puesto que estas necesidades no pueden ser articuladas por intereses parciales organizados y conflictivos.[59] Es la organización de la sociedad en un sistema pluralista de asociaciones y el efecto específico que esto tiene en el proceso de toma de decisiones políticas, entonces, lo que  impide la acción racional del estado en la satisfacción de necesidades generales.  
En este punto, a pesar de todas las reservas contra el autoritarismo, el análisis de los teóricos “de izquierda” del estado social converge con el de la derecha. Los teóricos conservadores del estado social –como Hennis, que se siente atraído en la actualidad por el SPD[60]- comienzan asumiendo que, en función de conducir sus negocios eficientemente y en términos de la satisfacción general de las necesidades de los ciudadanos, el estado debe liberarse de los “accidentes” causados en la formación democrática de la voluntad política. Esto es tanto más así en la medida en que el estado ahora puede satisfacer las necesidades a través de funciones administrativas y distributivas. La legitimación democrática del estado descansa en su función de proveer al bienestar de sus ciudadanos y debe organizar su aparato institucional para cumplir con estos “requerimientos inmanentes”. Para funcionar democráticamente de acuerdo con esta legitimación, el estado debería liberarse a sí mismo respecto de todos los modos de formación informal, pre-estatal, de la voluntad política. No debería ser entorpecido en el cumplimiento de sus tareas democráticas, entonces, por conflictos sociales de intereses. En este contexto, los “especialistas en el bienestar público” recomendados por Erhard juegan un rol creciente, aún si bajo un nombre distinto. Hennin, por ejemplo, se refiere a “ojos y oídos institucionalizados” que recuerdan al estado sus tareas generales en oposición a las presiones de los intereses de grupo. Los cientistas políticos pueden encontrar aquí un buen empleo. El proceso de formación de la voluntad política requiere la transformación del aparato de estado en formas más autoritarias y, en consonancia con esto, la creación de un “pueblo capaz de ser gobernado” (Hennis) o, más explícitamente: “la madurez de una sociedad corresponde al grado en el cual puede ser manipulada”. “Y desde la perspectiva de la investigación científica, que está haciendo grandes avances en esta área, no hay límites ni fácticos ni normativos a la manipulación” (Rüdiger Altmann, ideólogo de la así llamada “Sociedad Formada”).[61] Según la proclama de Erhard de 1965, la sociedad formada e informada [Formierte und informierte] van juntas. El estado social autoritario y la manipulación de los “ciudadanos” que suministra son sólo dos caras de la misma moneda.
El argumento puede resumirse de la siguiente manera: si el estado ha de ser democrático, i.e., responder a las demandas de sus “ciudadanos” y tener en cuenta sus necesidades, debe volver lo “más efectiva” posible su actividad en el nivel organizativo. En otras palabras, debe transformarse a sí mismo en un estado autoritario. El pluralismo social de los intereses, o la “formulación social de los intereses”, impide al estado organizar efectivamente la distribución (por ejemplo, desplazar la prioridad desde “el consumo social hacia la inversión social”[62], i.e., hacia la educación, el transporte, etc., que fue esencial para el crecimiento continuo de la economía). Entonces el pluralismo debe ser eliminado, reducido o corporativizado mediante una organización. Esta conclusión puede extraerse también del análisis de Offe de los obstáculos al poder racional del estado. Según este análisis, no hay razón para que los hombres de estado ilustrados, quienes tuvieron éxito en aumentar su margen de maniobra liquidando este pluralismo de intereses que sólo limita al estado y prestan sus ilustrados oídos a la ciencia que aconseja a la política, no contribuyan también al establecimiento de una sociedad mejor. Pues tomarían en consideración aquellas necesidades de “vivienda, salud, transporte, educación, gobierno constitucional y descanso”, necesidades que, sin embargo, son ignoradas actualmente porque las necesidades son expresadas por sindicatos y por partidos que siempre deben comprometerse con sus propios intereses a causa de sus estrategias electorales.    
En este sentido Habermas percibe a los científicos sociales como proveyendo la capacidad de “racionalizar” las decisiones políticas.[63] Los científicos actúan como asesores políticos y, mediante la publicación de sus descubrimientos, crean a las masas ilustradas que otorgan un significado político relevante a su ilustrado asesoramiento. Los “ciudadanos” constituyen entonces objetos de “ilustración de masas” por parte de la élite científica. Widmayer, el tecnocrático economista y planificador educativo, se apoya correctamente en Habermas y Offe cuando recomienda como cura para todos los males sociales el asesoramiento científico de los políticos y el fin de toda influencia sobre el estado de parte de sindicatos y partidos corrompidos por elecciones.[64]
Los teóricos derechistas del estado social ven como obvia la solución al problema. Estado social significa “asegurar” en el doble sentido de la palabra [im Doppelsinn der Sicherung]: garantizar las necesidades de la vida así como el silencio político de aquellos a los que se cuida. Sólo puede asegurarse un nivel de vida más alto sobre la base de una creciente política de manipulación de los clientes. Entonces, el enfoque conservador del estado social modela su concepción del estado distributivo de acuerdo con los principios organizativos de la empresa industrial capitalista. Así como el “empresario total” en la altamente organizada “empresa total” capitalista, se orienta hacia la eficiencia y su eficiencia está determinada por “el grado de su adaptación organizativo-instrumental a una situación dada”.[65] Ambos, la ciencia burguesa y, desde luego, los capitalistas comparten la convicción de que la dictadura capitalista sobre los obreros en la industria tiene prioridad sobre las necesidades de los ciudadanos como consumidores de una creciente masa de mercancías que eligen libremente. La necesidad de mejorar las condiciones de trabajo sólo puede tomarse en consideración en la medida en que no interfiera con la dimensión económica de la empresa: “si se convierte en parte del proceso de producción, el hombre debe someterse necesariamente a sus leyes económicas de eficiencia. La economía no es un fin en sí mismo y el hombre no es realmente un medio para un fin. El propósito de la economía es satisfacer las necesidades materiales del hombre, darle los medios para liberarse a sí mismo para fines espirituales y morales más altos. Pero esto sólo es posible si el hombre se convierte en parte del proceso de producción, lo cual requiere su subordinación a los fines de la empresa, convirtiéndose entonces en un medio para un fin. Esta es ciertamente una contradicción interna que está, no obstante, en la naturaleza de este asunto”.[66] En la jerga de los apologetas científicos del capital, existe una contradicción insoluble entre las necesidades del obrero como consumidor y como ser espiritual-moral que debe trascender su existencia en la empresa industrial como un “mero medio para un fin”. En principio, puesto que estas necesidades se oponen unas a otras, la participación en la toma de decisiones en la industria puede permitirse sólo en la medida en que “la relación entre el factor de la performance humana y la empresa se forma de una manera que conduce a los fines de la empresa de la manera más perfecta posible. [...] El obrero y el empleado individuales tendrían la impresión de que no son meros objetos sino que pueden participar de algún modo en dar forma a sus propios destinos como parte de la empresa”.[67] Pero, en contra de estas divertidas recomendaciones de los apologetas científicos del capital de emplear la co-determinación como una herramienta para aumentar la eficiencia (aunque los esfuerzos de los sindicatos para convertir a la co-determinación en algo aceptable para el capital no son demasiado diferentes), los capitalistas argumentan, ahora y siempre, que la co-determinación resulta en una reducción de la productividad. Para ellos, la dictadura, antes que la manipulación en la empresa industrial, aparece como un instrumento más confiable para extraer plus valor.[68]
Pero la cuestión clave aquí es: no se considera como contradicción crucial la existente entre capital y trabajo asalariado, sino entre el ciudadano como consumidor y el ciudadano como perceptor de un salario. La libertad y el buen nivel de vida requieren, para él, su esclavización como productor. Mientras que no existe, por supuesto, semejante problema para el capitalista, la producción y el consumo se oponen uno a otro como diferencias irreconciliables en todos y cada uno de los trabajadores individuales. Ya sea revisionista o conservadora, la teoría del estado social acaba en última instancia proyectando en el individuo mismo las contradicciones que impiden la organización racional de la sociedad. Los teóricos “izquierdistas” del estado social describen este conflicto de intereses en el individuo como el resultado de procesos históricos mediados por la manera en que son formulados los intereses sociales. Los teóricos derechistas perciben este conflicto como una constante natural. De aquí la diferencia entre sus estrategias políticas: la ilustración de las masas administradas por una élite ilustrada o la manipulación. En ambos casos, las masas son objetos a ser manejados por las élites.
También diferentes fines políticos se siguen de aquí. Mientras que el estado autoritario es una necesidad inevitable para los conservadores, para los revisionistas[69] es una institución desarrollada históricamente y, por consiguiente, sometida al cambio. Pero la presentación de los revisionistas de las condiciones históricas que formaron la conciencia política actual de los “ciudadanos” y su concepción de la reproducción económica de la sociedad indican que, para ellos, el cambio social sólo es posible como una “revolución desde arriba”, siendo que su postulado de la abolición de la dominación no es más que retórica vacía. Puesto que el estado de bienestar capitalista ahora puede manipular las crisis económicas, no enfrentará crisis futuras y los trabajadores ya no podrán en el futuro tomar conciencia de las contradicciones sociales a partir de sus propias experiencias. “La relación del cliente con el estado [...] no es una relación de participación política, sino una actitud general de expectativa, de anticipación del bienestar, y no un intento de forzar en los hechos las decisiones”.[70] Entonces, ¿cómo pueden los individuos por sí mismos cambiar su conciencia si el estado les garantiza bienestar y si nada cambia en la situación dada, o si incluso mejora, puesto que puede anticiparse un aumento cuantitativo de los beneficios estatales si el estado puede regular las crisis? En suma, ¿cómo puede cambiar la conciencia si las contradicciones capitalistas se mitigan? “Tenemos aquí, en pocas palabras, la explicación del programa socialista mediante la `razón pura´. Tenemos aquí, para expresarlo en palabras más simples, la explicación idealista del socialismo. La necesidad objetiva del socialismo, la explicación del socialismo como resultado del desarrollo material de la sociedad, se viene abajo”.[71] Como argumenta Habermas concluyentemente, la introducción del socialismo mediante la “razón pura”, mediante la ilustración de las masas, es un asunto de las élites ilustradas.[72]
Los revisionistas contemporáneos o bien eliminan totalmente el proceso de producción de su análisis social, o bien lo pasan por alto en tanto instancia de explotación y de producción de plus valor (por ejemplo, a través del “potencial creador de valor de la ciencia”). La conciencia individual, por consiguiente, sólo puede venir al mundo a partir de la esfera de la distribución. La conciencia política, en esta concepción, se dirige primariamente hacia el estado y la política. Su crítica, en tanto “conciencia crítica”, se limita a las normas relativas a la distribución del “ingreso” y las “posibilidades de vida”: justas o injustas, suficientes o insuficientes.        
Un método científico que parte del estado como su objeto de investigación acaba disolviendo la totalidad de los procesos sociales en esferas separadas. Puesto que parte de los modos en que aparece la autonomía del estado respecto del proceso de producción, este método convierte así al estado en el fundamento del orden social y no entiende más al conflicto social como constituido concretamente por los modos de producción social. A través de esto, llega a la conclusión de que el individuo mismo también se divide en esferas separadas. En la teoría revisionista contemporánea, esto aparece en el concepto de conciencia política, que se refiere sólo a la relación entre el “ciudadano” y el estado. Vistas las cosas de esta manera, es fácil hablar de la conciencia apolítica del proletariado alemán, pues no pudo ser conducido a enfrentar las leyes de emergencia –un asunto político muy apremiante– en harás de defender “el estado democrático”. Las luchas entre trabajo asalariado y capital en la fábrica son dejadas de lado como “meramente económicas” y guiadas por falsas necesidades de consumo. La relación entre trabajo asalariado y capital en tanto base empírica para la formación de la conciencia política, entonces, deja de figurar completamente como asunto. Aquellos que se lamentan sobre la pérdida de conciencia política del proletariado olvidan fácilmente que son ellos mismos quienes colaboran afanosamente en la creación de la ideología que legitima al estado capitalista.             
Sobre todo, se considera entonces a la historia de la “sociedad industrial” como la historia del capital y de su estado, pero no como la historia de la clase obrera, de sus triunfos y derrotas.[73] Esta historia, presentada como una versión burguesa invertida según la cual el trabajo muerto domina al trabajo vivo, atrapa a la conciencia de los revisionistas, para quienes la clase obrera siempre fue un mero objeto en el desarrollo histórico. Mediante la liquidación práctica y teórica de las luchas revolucionarias del proletariado a través de las organizaciones socialdemócratas, las luchas proletarias concretas son suprimidas de la conciencia histórica.[74] Si estos críticos intelectuales se lamentan hoy de que el estado socialista se ve amenazado de convertirse en un estado autoritario debido a la “pasividad de la clase obrera”, entonces no deberían olvidar que desde la Revolución de Noviembre, por última vez, los obreros fueron dirigidos hacia el estado por el SPD (y también, desde que fue legalizado, cada vez más por un partido que se concibe a sí mismo como comunista). Deberían recordar que el SPD presentó al estado burgués ante los obreros como el principal destinatario de sus demandas y que la iniciativa de los obreros fue desalentada una y otra vez por el SPD y los sindicatos, a menudo en colaboración con la burguesía. Por último, aunque no de menor importancia, deberían tener en cuenta que esa conciencia de clase obrera (si la descripción se aplica en los hechos) es el resultado de esta experiencia histórica y de su afirmación teórica por parte de los teóricos socialdemócratas desde Bernstein en adelante. La ideología del estado social está así conectada en última instancia con la supresión de la clase obrera como un sujeto activo de la historia conducido por sus organizaciones.  
La “prosperidad para todos” se convierte en la base para la legitimación del poder de estado y sus instituciones. Aparece como algo que puede ser regulado por el estado junto con la clase económicamente dominante (“la economía”) en función de distribuir a las masas su parte. Y de la misma manera las masas pueden esperar y demandar esta prosperidad del estado. Aquí, las masas aparecen como demandantes de objetos, afirmando legítimamente sus derechos sobre la planificación del bienestar, mientras que el estado aparece como el benefactor y el sujeto permisivo: los bienes parecen caer del cielo. Pero una teoría social realmente científica debe asumir que, antes de su distribución (siempre parcial) entre las masas, la totalidad de los productos fueron producidos por las masas en su conjunto. Entonces, las masas no son secundarias, no son receptoras o, a la sumo, demandantes. La teoría debe partir, por el contrario, de la afirmación de que hay sujetos trabajando y produciendo en un modo de producción específico. Esto significa, concretamente, que deben ser considerados como sujetos empleados por el capital o, más bien, objetos del capital en tanto sujeto. Y el estado no puede ser investigado sólo como el “distribuidor”, como el estado “de bienestar” o como el “estado social”, sino que sus funciones deben ser consideradas como restringidas por la necesidad de producir las mercancías antes de distribuirlas: i.e., el estado, especialmente en el “estado social”, desempeña funciones especiales respecto de la reproducción del capital sobre la base de contradicciones de la etapa específica del desarrollo histórico del capital. Un análisis marxista, en consecuencia, debe considerar a la “distribución del ingreso nacional” como un momento en el proceso de producción y circulación del capital y debe intentar entender las funciones del estado sobre esta base.          
 
III. La distribución del ingreso y la circulación del capital
 
Como vimos, la postulación de la distribución del ingreso como una esfera separada de la producción (la cual presupone la distribución de los medios de producción) es un supuesto teórico crucial de los revisionistas a la hora de justificar la capacidad básica del estado de intervenir en la distribución del ingreso. La imagen es la del producto social como una “torta”[75] cuyas porciones deben distribuirse con independencia respecto de las condiciones de producción, dependiendo sólo de la resolución de conflictos de intereses. Pero esta imagen presupone que, después de haber producido las mercancías, el capital las entrega a la sociedad para que “disponga libremente de ellas” y, con desinteresada benevolencia, mira la lucha de los que disputan una porción de la torta. El propio capital se satisface con lo obtenido en la lucha por aquellas asociaciones que hacen lobby en beneficio del capital. Así, sólo existe una relación política, y no económica, entre la producción capitalista como producción de mercancías, por una parte, y el capital y la distribución del ingreso “emergente” de él, por la otra.         
 
1. Distribución primaria y distribución estatal
Sin embargo, las teorías burguesas de la distribución económica no son tan simples en los hechos. Según ellas, la relación entre distribución y redistribución está determinada económicamente y no sólo regulada por leyes políticas. La política redistributiva del estado aparece aquí como un correctivo secundario respecto de la distribución primaria llevada a cabo a través de las “remuneraciones de los factores”. Las correcciones posteriores a esta distribución primaria no pueden ser ejecutadas más o menos arbitrariamente o conforme a un balance político de fuerzas, sino sólo sobre la base de la anterior distribución primaria. Como sugiere Preiser,[76] el poder sólo puede afectar la distribución primaria como parte del sistema económico dado, puesto que se asume la influencia del poder como inherente a las leyes económicas que determinan la distribución. Esta interpretación de las leyes económicas de la distribución del ingreso aparece decididamente en las teorías circulacionistas de la distribución, donde “salarios y beneficios [...] forman el ingreso básico para el consumo y la inversión, los cuales, a su vez, proveen los medios de pago de los salarios y los beneficios de la siguiente ronda”.[77] Se considera así a la distribución como un momento del ciclo de la reproducción: pierde su carácter de proceso independiente sujeto a manipulación política.[78] O, en otras palabras: las medidas políticas de redistribución deben ser acompañadas por contra-medidas específicas. Y esto, a su vez, se expresa como un conflicto político sobre los fines, puesto que las contra-medidas económicas ponen en riesgo a su vez la realización de otros fines políticos.    
Semejante “conflicto de fines” entre el crecimiento y la distribución toma la siguiente forma: es “posible partir de un límite mínimo de rendimiento del capital, que apenas mantiene la inversión y el empleo pero que, si desciende, impide el proceso de crecimiento de mercado. Este límite mínimo del rendimiento del capital es al mismo tiempo el límite máximo para los salarios reales. Si se excede el límite máximo del rendimiento del capital, que es también el límite mínimo de los salarios reales, entonces se desata una `revolución social´ y el sistema económico se derrumba en tanto economía de mercado”.[79] La contradicción económica subyacente entre trabajo asalariado y capital emerge en tales conflictos de fines políticos, pero no es entendida por la economía burguesa como la fuerza motora detrás de esos conflictos. Así, por una parte, hay una distinción típica entre las evaluaciones económicas y políticas de la redistribución de ingresos por el estado (mientras los teóricos revisionistas y los cientistas políticos asumen un espectro muy amplio para la manipulación por el estado, los economistas políticos son mucho más escépticos). Por otra parte, las teorías económicas de la distribución siguen comprometidas con la idea de los poderes manipulatorios del estado. En consecuencia, sólo pueden describir conflictos potenciales entre fines e indicar métodos que arrojen resultados óptimos para una política económica “racional” cuyos fines son contradictorios. Los economistas burgueses consideran a la información sobre tales conflictos y la comprensión de las razones que se encuentran detrás de los fines contradictorios como medios para lidiar con los conflictos. Por supuesto, semejantes supuestos idealistas presuponen al estado como un sujeto omni-abarcativo en relación con el sistema económico. Este requiere solamente la mejora continua de los canales de información (especialmente ante situaciones conflictivas) y de los instrumentos de manipulación para dar lugar a una política económica racional: “la política racional debe estar orientada hacia fines y su método debe ser adecuado”.[80] Las teorías revisionistas y la ciencia política también acordarían en este punto.
Así, mediante la observación de regularidades económicas, la teoría de la distribución económica arriba consistentemente a una visión realista de las posibilidades de redistribución política. En su “teoría de la distribución” Krelle[81] arriba a la desilusionante conclusión de que las políticas de corto plazo en una “economía de mercado” deben ser “corregidas” a causa de sus contra-efectos de largo plazo. Para disgusto de los sanadores creyentes en los sindicatos, que intentan curar los problemas de la distribución capitalista mediante placebos como “la puesta de la riqueza en manos de los obreros”, la economía burguesa arriba a la conclusión concreta de que este tipo de redistribución es imposible. Sin importar la manera en que Föhl y Hennis dan vuelta las cosas, ellos también redescubren lo que ha sido confirmado por todos los informes: una “redistribución real” de la riqueza es imposible.[82] Los intentos de cambiar la distribución del ingreso y la riqueza en favor de la clase obrera resultan ya sea en tasas de ingreso, empleo y crecimiento decrecientes y en una fuga de capital, ya sea en una mera redistribución entre el “sector público” y la “economía privada”, pero no entre trabajo asalariado y capital. Dicho en pocas palabras: “a quien tiene, se le dará más”.[83] Los economistas burgueses no pueden esquivar el hecho de que el proceso de acumulación capitalista polariza socialmente, produciendo riqueza en la forma de capital privado frente a la pobreza del trabajo asalariado que no puede vender sino su fuerza de trabajo. Y esto vale incluso para la “sociedad industrial moderna”. A quien tiene, se le dará más, y quien no tiene nada, debe trabajar para vivir; en consecuencia, a quien tiene, se le dará más aún.   
Pero esta conclusión realista no es más que una “idea que cae del cielo”, que sólo rinde cuenta de que aquellos que tienen recibirán, pero no aquellos que no tienen. Así, el realismo de la teoría económica se detiene abruptamente cuando pasa a las recomendaciones de política estatal. ¿No fue precisamente la formación de riqueza lo que recomendaron durante años los “expertos” en economía? [84] Pero esta formación sólo puede garantizarse si la redistribución es posible. Los análisis de la circulación económica constatan que el capitalismo requiere un mínimo de conflicto de clase para su adecuado funcionamiento. El intento de resolver los conflictos de clase, sin embargo, conduce necesariamente a su reaparición a un nivel más alto. Sin embargo, estos análisis concluyen que la redistribución como un medio posible para tal resolución es una pura ilusión, ya sea en el largo plazo como permanentemente. Hay dos maneras en las cuales los cientistas burgueses pueden salir de este dilema. Ellos pueden, o bien retirarse al proceso de toma de decisiones del estado y dejar la arena librada al decisionismo político, o bien sugerir que la redistribución del ingreso y de la riqueza se realice “prudentemente” (lo cual significa: inefectivamente) con el fin de engañar al trabajo asalariado respecto de su situación real.[85]
Los conflictos de fines aparecen, de esta manera, como una contradicción inherente a la sociedad, que reaparece en el realismo de las teorías económicas de la distribución y en el reconocimiento de la necesidad de redistribución. La contradicción entre el trabajo asalariado y el capital se reproduce así a nivel teórico. Esto, sin embargo, no es resultado de intentos deliberados de ocultar la realidad. Este ocultamiento mismo debe verse como algo estrechamente vinculado con la realidad de la circulación capitalista de mercancías. La producción capitalista es producción de mercancías, i.e., las mercancías son producidas para la circulación. En el proceso de circulación, sin embargo, los valores incorporados en cada mercancía específica no pueden determinarse. O, para decirlo de otra manera: ¿qué leyes de la distribución afectan el valor realizado a través de la venta de las mercancías? ¿Cuál es el origen del dinero que se intercambia por mercancías y en el cual se realizan los precios de esas mercancías? Una parte de ese dinero viene de los trabajadores, que gastan sus salarios en la compra de mercancías. En lo concerniente a la circulación, los obreros son sólo consumidores provistos de dinero, por cuyo poder adquisitivo compiten los vendedores de mercancías, los empresarios. El salario aparece simplemente como un ingreso que es demanda efectiva. Este ingreso es cambiado por mercancías que se originan en la producción capitalista y, por consiguiente, cuya composición de valor (i.e., capital variable, que para el trabajador aparece como salario, plus valor y capital constante) no puede ser reconocida. Las ilusiones acerca de las posibilidades de la distribución se basan en esta esfera. En el marco de estas ilusiones aparece la posibilidad de que el estado pueda  contrarrestar la distribución de poder adquisitivo y sus consecuencias negativas mediante políticas redistributivas.  
Estas ilusiones sustentadas en las relaciones de circulación son inconsistentes con un entendimiento realista de los límites de las medidas redistributivas del estado, que incluye la esfera de la producción en el análisis económico de la distribución. Así, la contradicción en cuestión se basa en la relación económica entre la producción y la circulación y sólo puede ser resuelta a través de un análisis preciso de la función dual de esta porción del valor, que constituye capital variable para el capitalista e ingreso (salario) para el obrero.[86] Si se expresa esto de una manera simplificada como el “carácter dual del salario”, entonces la contradicción entre trabajo asalariado y capital ya es inherente a la categoría salario y, en consecuencia, ya está implicada en la teoría de la distribución cuando emplea las categorías particulares referidas a los ingresos (salario, beneficio, renta), i.e., antes de que se convierta en la relación entre salarios y beneficios. En las teorías económicas de la distribución, ambos aspectos del análisis burgués del capitalismo reaparecen: por un lado, la producción capitalista de mercancías es concebida simplemente como una producción de bienes determinada generalmente por las condiciones naturales subyacentes al proceso de trabajo industrial (la “sociedad industrial moderna”); por otro lado, la teoría se basa en la circulación de mercancías e ingresos monetarios (“flujos de bienes y dinero”). Así, la teoría burguesa de la distribución rinde cuenta de alguna manera de las repercusiones de las contradicciones en la esfera de la producción, tal como se manifiestan en la esfera de la circulación. Sólo de esta manera invertida puede esta teoría arribar a predicciones correctas a propósito de los límites de las medidas de redistribución de ingresos. Pero en la medida en que la ciencia burguesa se dispone a dar asesoramiento experto, retrocede a la circunspección o al decisionismo político. La contradicción en las teorías económicas de la distribución está anclada en la realidad capitalista misma.        
La clave para revelar las relaciones de distribución a nivel del “ingreso” está en el análisis de la determinación socio-histórica de las relaciones de distribución a nivel de la producción, i.e., en el análisis de las relaciones capitalistas,[87] donde los medios de producción se oponen en la forma de capital al trabajo asalariado “libre”, i.e., al trabajo asalariado liberado de los medios de producción. Así, podemos plantear la pregunta: ¿cuál es la relación entre los dos conjuntos de relaciones de distribución? ¿Hasta qué punto la una es sólo un momento de la otra? Tratada en detalle, esta pregunta provee el corazón del análisis del capital y de los fetiches que produce, los cuales incluyen, a su vez, los correspondientes modos de conciencia de la teoría económica.   
2. Producto social neto y bruto: ingreso nacional y conservación del capital
En la teoría burguesa, la suma de las diferentes formas de ingreso (“ingreso de los trabajadores empleados”, “ingreso de los negocios y las acciones”) representa el “ingreso nacional”.[88] Este ingreso corresponde a los costos totales de los factores de producción, el trabajo, la tierra y el capital, que se gastaron durante un año por la empresa. El ingreso nacional equivale, en consecuencia, al producto social neto al costo de los factores. Lo que constituyen los costos para los empresarios aparecen con el mismo monto como flujo de ingreso para los “propietarios de los factores de producción”.[89] El salario corresponde al trabajo gastado, la renta del suelo (alquiler o arrendamiento) corresponde a la tierra puesta a disposición y la ganancia corresponde al capital. En consecuencia, la materia de la teoría de la distribución funcional es la “distribución del ingreso nacional entre los factores de producción de la economía nacional, trabajo, tierra y capital, en las formas correspondientes de salario, renta y ganancia, de acuerdo con su contribución productiva y fuerza productiva”.[90] En la teoría burguesa, más allá de los intentos de actualizarla, Monsieur le Capital y Madame la Terre[91] siguen apareciendo así en una bella armonía con el trabajo como creadores de la “riqueza de la nación”. Lo que cuenta como ingreso nacional en manos de los propietarios de estos “factores” aparece en las empresas como la creación de valor en la economía nacional. El ingreso nacional como la suma total del valor creado corresponde al producto social neto (al costo de factores) como la suma del consumo y la inversión neta. 
Hasta aquí sólo nos ocupamos de las definiciones de la economía burguesa que consideran al ingreso, puesto que todas parten del “rendimiento” de los tres “factores de producción”. Mirando más de cerca descubrimos, sin embargo, que esta igualación implica un razonamiento circular. La circularidad resulta de la concepción dual del ingreso, i.e., desde la perspectiva de su “perceptor” y desde la perspectiva de su “proceso de creación”. Todo ingreso es creado en la economía a través de la producción. Él es así primariamente mero ingreso. Sólo más tarde es distribuido entre los distintos “grupos de perceptores”: trabajadores - salarios, capitalistas - ganancias. Esto es un hecho obvio de la economía capitalista (aquí dejaremos de lado la renta del suelo). Pero ¿qué conclusiones se siguen de esto? El capital es productivo, porque percibe un ingreso; y percibe un ingreso, porque es productivo. Todos los argumentos posteriores se convierten en una elaboración de esta tautología, ya sean los concernientes a la teoría de la distribución sustentada en la productividad marginal o a cualquier otra variante teórica.[92] Examinemos entonces este razonamiento circular formulado en términos de la “creación de valor” y del “ingreso percibido”.
Consideremos primero el aspecto de la creación de valor o, en otras palabras: ¿cómo se justifica el supuesto de la productividad del capital? El problema básico radica en el hecho de que, previamente a su distribución, los valores deben crearse para ser adscriptos como ingreso a cualquier “factor”. El análisis de la distribución debe comenzar, entonces, con el proceso de producción. El proceso de producción capitalista tiene un carácter dual, es decir, es simultáneamente proceso de trabajo y proceso de valorización. Para el gerente capitalista de la producción, sin embargo, las mercancías producidas sólo son significativas en la medida en que tienen valor de uso, i.e., en que pueden ser intercambiadas por dinero en el mercado. Pero ahora se agrega otra determinación, puesto que a cambio el capitalista recibe el capital avanzado en el proceso de producción más un excedente. Este excedente, sin embargo, no puede derivarse del intercambio de mercancías. El excedente recibido por el vendedor es una pérdida para el comprador y, dado que todos están en los roles de compradores y vendedores, excedentes y pérdidas se balancean. Entonces, el excedente tiene que haber sido creado en el propio proceso de producción. La pregunta es: ¿de qué manera? La respuesta de la economía burguesa carece de ambigüedades: a través de la contribución de los factores de producción, el trabajo, el capital y la tierra. Este argumento se basa en una consideración muy superficial: en la producción de mercancías, una empresa combina tierra, maquinaria y obreros. Los requisitos naturales del proceso de trabajo establecen que, durante una fase históricamente dada del desarrollo técnico, el trabajo sólo puede ser realizado en combinación con medios de producción. Estos requisitos son moldeados en una teoría en la que, como resultado, el “ingreso” fluye a partir de los factores de producción involucrados. Aquí la economía burguesa ignora el hecho de que, aunque los bienes son producidos mediante semejante combinación de factores, no se trata necesariamente de un proceso de producción capitalista, cuyo producto resulta en mercancías y –si son vendidas con éxito- en dinero. En segundo lugar, esta perspectiva omite el hecho de que las máquinas y las materias primas no pueden convertirse en productos por sí mismas (y los productos son la esencia del proceso de producción), sino que permanecerían alrededor nuestro como objetos inútiles a menos que sean usadas y transformadas por el trabajo vivo. En cambio la ciencia de la gerencia, que se ocupa del proceso de producción mismo, tiene cierta noción, aunque vaga, del carácter dual del proceso de producción. Distingue así entre fábrica y empresa, entre productividad (en el sentido técnico) y rentabilidad (en el sentido de valorización del capital invertido). Todo esto es eliminado, sin embargo, en la teoría de los factores productivos (o apenas queda de relieve cuando, en la investigación de la “combinación óptima de los factores”, su interacción técnica y su relación con los precios son tratadas en el mismo nivel).              
Consideremos en primer lugar la retribución del capital avanzado por el capitalista. Este capital es gastado para comprar medios de producción (máquinas, materias primas, etc.) y para comprar fuerza de trabajo en el mercado de trabajo. El valor de la fuerza de trabajo en tanto mercancía, como todas las otras mercancías, es realizado por el obrero (al menos en promedio durante un ciclo), i.e., debe ser pagado por el capitalista. El obrero “realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso” en tanto fuerza de trabajo.[93] Este valor de uso de la fuerza de trabajo, el trabajo mismo, ya no pertenece al obrero sino al capitalista que lo compró. En consecuencia, el capitalista posee lo que resulta de la aplicación del valor de uso de la fuerza de trabajo. El hecho de que “se necesita media jornada de trabajo para mantener al trabajador vivo durante 24 horas” sienta las condiciones de posibilidad para la producción de plus valor: “el valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso laboral son, pues, dos magnitudes diferentes. El capitalista tenía muy presente esa diferencia de valor cuando adquirió la fuerza de trabajo. Su propiedad útil, la de hacer hilado o botines, era sólo una conditio sine qua non, porque para formar valor es necesario gastar trabajo de manera útil. Pero lo decisivo fue el valor de uso específico de esa mercancía, el de ser fuente de valor, y de más valor del que ella misma tiene”.[94] Mientras que la creación de valor resulta de la combinación de los medios de producción y el trabajo, los distintos factores del proceso de trabajo, sin embargo, “inciden de manera desigual en la formación del valor del producto”.[95] Mientras que el valor de los medios de producción simplemente se conserva en el proceso de trabajo a través de la transferencia de su valor al del producto que se está produciendo, “cada fase” de la actividad de la fuerza de trabajo   “genera valor adicional, valor nuevo”.[96] Entonces, no sucede que, durante el proceso de trabajo, primero se transfiere el valor de los medios de producción y luego se crea nuevo valor. Por el contrario, ambas cosas suceden simultáneamente, debido al carácter dual del trabajo como trabajo concreto y útil y trabajo abstracto y valorizador. Puesto que, si la fuerza de trabajo ha de crear valor realmente, debe gastar simultáneamente las habilidades reales del obrero a través del uso concreto de los medios de producción. Entonces, en el proceso de creación de valor, el valor de los medios de producción necesariamente es transferido al producto a través de su uso. El trabajador “no puede añadir trabajo nuevo, y por tanto crear valor nuevo, sin conservar valores antiguos, pues siempre se ve precisado a añadir el trabajo bajo determinada forma útil, y no puede agregarlo bajo una forma útil sin convertir productos en medios de producción de un nuevo producto, y por tanto sin transferir a éste el valor de aquellos. Es, pues, un don natural de la fuerza de trabajo que se pone a sí misma en movimiento, del trabajo vivo, el conservar valor al añadir valor [...]”.[97] El capitalista debe avanzar capital para la compra de fuerza de trabajo así como de medios de producción. A la parte del capital avanzado cuyo valor es meramente transferido, pero no modificado en su magnitud, Marx la llamaba “capital constante” (c). En cambio, al capital gastado en fuerza de trabajo –el cual, de hecho, cambia su valor en el proceso de producción- lo llamaba “capital variable” (v). Cuando el capitalista avanza c + v para el proceso de producción, por consiguiente, esto finalmente resulta en mercancías cuyo valor total es mayor que c + v; es c + v + p, donde (p) representa el plus valor producido por la fuerza de trabajo en el proceso de valorización. Los valores creados en el proceso de producción –y con esto volvemos a nuestra cuestión original- son productos del trabajo vivo. La “función productiva” del capital consiste meramente en su compra de fuerza de trabajo y medios de producción con la finalidad de combinarlos en el proceso de trabajo para producir valor y, sobre todo, plus valor, i.e., un excedente por encima del capital adelantado.     
Si en la teoría de los factores de producción se asigna la misma fuerza productiva tanto al trabajo vivo como al trabajo muerto, es porque los obreros, privados de los medios de producción, dependen de la compra de su mercancía, la fuerza de trabajo, por parte del capitalista. Así, el capitalista la combinará con el capital muerto (los medios de producción) en la medida en que el obrero necesita la oportunidad de convertirse en productivo. Como resultado de las antagónicas relaciones de producción –el capitalista posee los medios de producción, el obrero posee su fuerza de trabajo-[98], el trabajo aparece como si fuera simplemente una fuerza productiva entre otras, junto con la tierra y el capital. Así como el capitalista no puede producir mercancías sin el obrero, el obrero también es incapaz de producir activamente si el capitalista no pone sus medios de producción a su disposición. Es claro también que el valor del capital invertido en los medios de producción no crea valor, sino que su valor se transfiere simplemente a la mercancía en el proceso de trabajo. “Una máquina que no presta servicios en el proceso de trabajo es inútil. Cae, además, bajo la fuerza destructiva del metabolismo natural. El hierro se oxida, la madera se pudre. [...] Corresponde al trabajo vivo apoderarse de esas cosas, despertarlas del mundo de los muertos, transformarlas de valores de uso potenciales en valores de uso efectivos y operantes. Lamidas por el fuego del trabajo, incorporadas a éste, animadas para que desempeñen en el proceso las funciones acordes con su concepto y su destino, esas cosas son consumidas, sin duda, pero con un objetivo, como elementos en la formación de nuevos valores de uso, de nuevos productos [...]”.[99] “Esta fuerza natural del trabajo se manifiesta como facultad de autoconservación del capital que se lo ha incorporado, del mismo modo que las fuerzas productivas sociales del trabajo aparecen como atributos del capital, y así como la constante apropiación de plus trabajo por el capitalista se manifiesta como constante autovalorización del capital”.[100]
Revelar el secreto de la creación de valor y plus valor también revela por qué esta relación es señalada incorrectamente como la “contribución productiva del factor capital” al proceso de creación de valor. La porción de nuevo valor añadido, i.e., el valor del producto (c + v + p) menos la porción de valor meramente transferido de (c) aparece entonces en la conciencia burguesa como las contribuciones de los “factores” y es designada como “ingreso nacional”[101] mediante una oclusión inconciente de los hechos. El hecho de que la creación de valor es solamente el resultado del trabajo supera a esta conciencia de clase, que no se constituye a sí misma solamente sobre la base de “intereses económicos” sino a través del específico modo de producción en sí mismo.
Habiendo considerado la conclusión circular antes mencionada desde “el punto de vista de la creación de valor”, la investigaremos ahora “desde el punto de vista del ingreso”. Dado que la fuerza de trabajo natural aparece como auto-conservación del capital en el proceso de producción (y en consecuencia el capital aparece como una “fuerza creadora de ingreso”), es necesario analizar cómo el regalo gratuito de trabajo vivo aparece en el nivel del ingreso y cómo semejante fenómeno es generalizado y sistematizado “científicamente” por la economía burguesa.
El capitalista se distingue a si mismo del obrero por su control sobre los medios de producción que, en las condiciones tecnológicas contemporáneas, son esenciales para el obrero en función de producir. En el capital total,[102] estas condiciones representan un recurso importante cuyo mantenimiento y expansión continuados es vital para el capitalista. Esto que vale para los medios de producción vale también para las otras porciones del capital (materia prima, etc.), i.e., su valor en el proceso de trabajo es meramente transferido. Aun cuando están completamente integrados en el proceso de trabajo (el obrero siempre trabaja con toda la maquinaria), son parte del proceso de valorización sólo en la medida en que fueron usados o depreciados en el proceso de trabajo durante el uso de los medios de producción. Esta porción, por razones de conservación del capital, es deducida en primer lugar como amortización. 
En términos de la formación de las categorías burguesas, es decisivo en este punto el hecho de que el producto social bruto se distingue del producto social neto -que es equiparado con el ingreso nacional. El producto bruto incluye las deducciones anuales totales por depreciación de los medios de producción duraderos (i.e., usados durante un año productivo dado, pero que duran más tiempo que un año). Estas deducciones equivalen a la suma de todas las inversiones de reposición de un año que sirven para mantener el capital fijo –la forma capitalista de los medios de producción duraderos. Entonces, mientras que el producto social neto se refiere sólo al nuevo valor creado durante un año dado, el producto social bruto también incluye los “costos” en los que se incurrió para la reposición del capital invertido usado en la producción durante el tiempo en cuestión. Dicho de otra manera: el producto social neto, que será en última instancia distribuido como ingreso nacional, no incluye los costos de reposición del capital fijo. En la concepción burguesa, la creación anual de valor resultante del “rendimiento de los tres factores” no contiene el valor de los medios de producción depreciados y reemplazados, aun cuando estos también deben producirse. Cada capitalista que produce medios de producción no tiene idea de si sus productos serán usados para la reposición de capital o para la acumulación. Acabaría enseguida con la producción si no creara valor mediante ella. Mientras que los tres factores de producción aparecen en la creación del producto social neto y el ingreso nacional, se presupone a la producción para el reemplazo de los medios de producción depreciados, no obstante, como un subproducto cuasi-natural del proceso de producción. El regalo gratuito de trabajo “para conservar el valor agregando valor” se refleja en la teoría burguesa mediante su exclusión del ingreso nacional, del producto social neto.           
La economía burguesa expresa esto en las definiciones del capital, la inversión y el ingreso. A. C. Pigou, quien sigue siendo uno de los padres de la economía del bienestar, compara el capital con un lago “en el que se arroja continuamente una gran variedad de cosas que son frutos del ahorro. Estas cosas, una vez que entran en el lago, sobreviven durante varios períodos, según sus distintas naturalezas y la suerte que tengan”.[103] Pero todo lo que va al lago eventualmente saldrá del mismo. Entonces, en función de mantener constante el “nivel del agua”, las cosas que van a parar a él deben tener una magnitud específica. Deben ser suficientes al menos para compensar el drenaje, la depreciación del capital. Pero ¿qué es la depreciación del capital? Pigou sólo incluye “el desgaste ordinario que la maquinaria y las plantas enfrentan cuando cumplen con sus funciones”.[104] La necesidad de mantener el capital descansa en el hecho de que si el capital “saliente” no fuera repuesto, el flujo de capital podría escurrirse y el lago secarse. “En este caso, la humanidad no debería preocuparse, puesto que la extinción del último componente del capital habría sido precedida por la muerte del ´último hombre´”.[105] Así, razona Pigou, es necesario deducir primero el costo de reponer el valor del capital “saliente”, antes de que el “dividendo nacional” pueda ser distribuido entre los factores de producción. Sólo el ingreso nacional puede ser distribuido, en consecuencia, y no el producto social bruto. El producto social bruto se usa, pero no se distribuye. De esta manera, pueden suceder cosas como que, en 1968 en Alemania Occidental, 404.910 millones de marcos alemanes sean distribuidos, pero 530.400 millones sean usados.
Antes de la distribución del “ingreso” sobre la base del “rendimiento”[106] de cada factor específico, el capital usado que fue invertido en los medios de producción debe ser reproducido. El capital tiene entonces el derecho de salir de cada ciclo productivo por lo menos sin haber incurrido en ninguna pérdida sustancial.[107] Sólo lo que excede a esta reposición, por consiguiente, puede ser considerarse como un aumento. “El ingreso social (o producto) es por definición el producto neto de la economía. Pero `neto´ tiene dos implicancias inevitables. Una es que el capital está intacto. La otra es que el `capital´ puede ser distinguido claramente de los bienes finales, de tal manera que el consumo final de productos a lo largo del año no se confunda con el consumo intermedio. Por definición, entonces, el ingreso social es una medida del producto –el producto total neto, no el consumo final o cualquier otro total más grande o más  pequeño. [...] Debemos valorar en términos de bienestar vigente sólo esta porción que representa una adición neta a [...] el capital del país”.[108] Sólo el resultado neto del trabajo anual es aplicado al bienestar. Sin embargo, dado que también debe producirse la reposición de los medios de producción, el trabajo anual de una sociedad puede dividirse en dos. El trabajo usado para reponer el capital gastado no aumenta el bienestar. Pero la parte del trabajo anual que produce los medios de consumo y de inversión neta se aplica al bienestar. Según estas categorías, el capital puede reclamar prioridad en satisfacer su reclamo de eternidad –su reclamo no sólo de ser considerado tan eterno como la naturaleza (la que provee las analogías para Samuelson y Pigou), sino también para existir realmente en esta forma. El mantenimiento del trabajo, en cambio, es relegado al área del consumo bajo la categoría de “ingreso social”.        
En consecuencia, la distinción entre productos sociales bruto y neto viene a ser no sólo un asunto técnico-estadístico, sino la forma en la que la fuerza productiva del trabajo gratuita (i.e., su capacidad de conservar el valor de los medios de producción mediante su transferencia al producto durante la creación de nuevos valores) se refleja como una característica natural del capital. La distinción requiere, al mismo tiempo, que la conservación del capital tenga prioridad sobre la distribución del producto social neto. De esta manera, es posible asegurar primero la reproducción simple, la cual, por consiguiente, tiene prioridad lógica por sobre la reproducción ampliada (es por esta razón que Marx y Engels presentan las reproducciones simple y ampliada por separado, al final del segundo volumen de El capital). Sobre la base de esta definición, el primer resultado del proceso de producción es la reproducción del capital; el siguiente resultado es el salario y el ingreso del capital frente a frente, uno al servicio de la reproducción del trabajo vivo, el otro al servicio de la ampliación continua de la producción capitalista o acumulación. La reproducción de los dos lados de las relaciones capitalistas, del capital y del trabajo asalariado, se completa de esta manera. Todo esto aparece como “dado”. El único problema técnico que queda es la delimitación entre “bruto” y “neto”, delimitación que ocupa la mayor parte de los textos sobre economía política.[109]
El regalo gratuito de trabajo es usado entonces para mantener el valor del capital constante empleado en el proceso de creación de valor. Esto aparece a nivel de la creación de valor como la auto-conservación del capital y se expresa a nivel de la determinación del ingreso como la reposición del capital empleado previa a la distribución del ingreso.
La distinción entre productos bruto y neto no es meramente técnica, sino de fundamental importancia en lo concerniente al ciclo de los negocios, hecho que, sin embargo, es rescatado por la economía burguesa. Como es sabido, la “propensión al consumo” juega un papel significativo en las tasas de desempleo y de ingreso de corto plazo en la teoría de Keynes. Cuanto más los consumidores destinan su ingreso al consumo, mayor es la demanda efectiva, mayor la cantidad de pedidos de compra y mayor la tasa de empleo y, consecuentemente, de ingreso total. Pero si el consumo sólo puede usar el producto social neto, el ingreso “nacional”, entonces el monto de la inversión en la producción destinada a la reposición de los medios de producción depreciados se convierte repentinamente en un factor de gran importancia. Pues ahora el monto del consumo actual, dada cierta propensión al consumo, depende también del monto de las depreciaciones: “importa hacer resaltar la magnitud de la deducción que tiene que hacerse del ingreso de una sociedad que ya posee gran existencia de capital, antes de llegar al ingreso neto que generalmente está disponible para el consumo, porque si pasamos esto por alto podemos subestimar la pesada rémora que existe sobre la propensión a consumir, aún en condiciones en que el público esté dispuesto a consumir gran parte de su ingreso neto”.[110] Y es por esta razón que Keynes se lamenta de la experiencia de la crisis económica mundial, donde la tendencia de cada capitalista individual a posponer la reposición de las inversiones intensificó generalmente la crisis. No sólo el multiplicador de la inversión disminuyó debido a su achicamiento, sino que la crisis se amplió porque todo el dinero deducido del capital activo en la forma de capital financiero para la reposición de maquinaria se contrajo. “[H]acen disminuir la demanda efectiva corriente y sólo aumentan en el año en que se hace la reposición. Si los efectos de esto se agravan con la `prudencia financiera´, es decir, con el hecho de pensar que es aconsejable `amortizar´ el costo inicial con mayor rapidez que el desgaste real del equipo, el resultado acumulativo puede ser muy serio”.[111] Según Keynes, la “prudencia financiera” de los capitalistas individuales, que reclaman depreciaciones más altas, más seguras, ayuda a arrojar en la crisis a la economía capitalista en su conjunto. Se retiran montos para cubrir la depreciación sin que se hagan las inversiones de reposición. Esto, subsecuentemente, reduce la demanda total, aumentando los costos de producción (las deducciones o retiros son, después de todo, costos que el capitalista quiere recuperar mediante aumentos de precios), pero bajo estas condiciones la política de inversiones no crea nuevo ingreso. Cuanto más altos sean estos retiros, más bajo será el ingreso disponible para el consumo. Así, la presión por conservar el capital individual tiende a agudizar la crisis del capital total.   
Lo que no pueden entender los teóricos de la distribución cuando se ocupan de los montos netos se pone ahora de manifiesto. Su teoría de la distribución flota en al aire, pero las actitudes de los capitalistas sobre las amortizaciones y las inversiones la bajan a tierra una y otra vez. La teoría de la distribución se ve afectada si la valorización del capital así lo requiere. El tamaño de la torta a ser distribuida depende de la medida en la cual las precondiciones de la valorización del capital hayan sido satisfechas. Todas las teorías de la distribución asumen que la propensión al consumo se incrementaría mediante una distribución del ingreso más equitativa (una mayor proporción de ahorro deriva de un ingreso mayor antes que menor) y, por consiguiente, que se incrementaría también la demanda efectiva, dejando de lado el momento de la valorización del capital. Aquí lo crucial no es la demanda efectiva, sino la valorización del capital, expresada en la magnitud de la tasa de ganancia sobre el capital avanzado. Y es por esta razón que Keynes atribuye correctamente la reducción de la demanda agregada a la “prudencia financiera” de los capitalistas; ellos deben ser prudentes, i.e., comportarse como personificaciones del capital, sin tener en cuenta lo que sucede con la demanda efectiva y la distribución          
Esto es evidente también en la economía de los negocios, i.e., en las regulaciones que afectan las amortizaciones del capital individual, que exigen al “comerciante honrado” precisamente la “prudencia financiera” que tiene efectos tan desastrosos para el capital total. “El principio supremo para juzgar los balances es el principio de la prudencia financiera. Este principio evita una reducción de la sustancia de los negocios, que podría ocurrir si las ganancias se establecieran demasiado arriba y fueran distribuidas en consecuencia como dividendos.” [112] Por estas razones se postula el principio del valor mínimo. Este postula que, de las dos bases posibles de valuación –el valor presente y el valor de inversión-, se debe aplicar el más bajo. Así, el principal propósito es mantener la sustancia del negocio, el capital. En la medida en que no haya pérdidas y pueda mantenerse un mínimo nivel de vida para la clase capitalista, las inversiones prudentes (i.e., exageradas) para la conservación del capital y para ganancias “residuales” son constantes derivadas de sub-totales distintos, si no para propósitos estadísticos, al menos para el capitalista individual. En los hechos, es sólo una cuestión de “prudencia financiera” individual si las ganancias se declaran o son inmediatamente ingresadas como reservas o reservas provisionales. Las deducciones o las amortizaciones también siguen las tendencias de los precios de los medios de producción. Si los costos de reposición aumentan, las amortizaciones deben ser más altas; si disminuyen, pueden caer por debajo del costo inicial, si se usan de hecho en la amortización los fondos gastados para la reposición.[113] Las estadísticas oficiales son concientes de este principio en su cálculo del producto social neto y, en consecuencia, deducen la “amortización estimada a los precios de reposición” del producto social bruto.[114] Así, el capitalista individual aplica la distinción entre la conservación del capital y la creación de valor, entre la reposición del capital y la distribución, sin malicia. El simplemente actúa como un capitalista “financieramente prudente”. Y, como capitalista, no toma en cuenta la distribución del ingreso que resulta de sus acciones, sino sólo como precondición de sus decisiones sobre la valorización del capital. 
Ahora la valorización del capital se expresa como un aumento cuantitativo del capital avanzado. El capitalista quiere un valor incrementado sobre el valor que gastó en la forma de dinero y sólo si lo obtiene continuará el proceso de producción. Los costos salariales son cruciales para el capitalista. Ellos determinan el monto que habrá de avanzar para la compra de fuerza de trabajo como capital variable. Los “costos de producción” aumentan con el aumento de los salarios; por consiguiente, si las demás cosas de mantienen constantes, las ganancias caen. El hecho de que la distribución del ingreso sea altamente relevante para el capitalista individual como precondición de la valorización del capital pone de manifiesto la contradicción antes discutida entre la redistribución y el crecimiento económico. Este problema, que se cristaliza en la economía burguesa como conflicto entre fines, implica, como momento mediador, el supuesto de que las ganancias existen para ser acumuladas. ¿Cómo va a formularse una contradicción entre la redistribución del ingreso y el crecimiento económico sino sobre el supuesto de que el crecimiento es generado por las ganancias? Este supuesto se basa en las propias relaciones de producción capitalistas. El capital, en tanto homogéneo, sólo puede cambiar cuantitativamente, i.e., mediante el crecimiento. Todas las presiones de la competencia forjan sobre el capitalista la máscara del capital, de manera que pueda seguir el imperativo: “¡Acumula! Así dijeron Moisés y los Profetas”. Pero la acumulación va más allá de la mera conservación del capital, se realiza a través del valor producido que aquí, para simplificar, equiparamos con el producto social neto o producto nacional. En otras palabras, se realiza a través del producto social neto supuestamente disponible como “ingreso nacional”. Ignoradas por la economía burguesa, las contradicciones fundamentales inherentes al proceso de acumulación se introducen así en sus teorías a la manera de “conflictos de fines” entre la distribución y el crecimiento. Pero esto necesariamente tiene consecuencias para la así llamada distribución. La idea de que la distribución es una esfera donde hay una torta a ser distribuida se vuelve absurda no sólo por las presiones para conservar el capital –que se manifiestan como la deducción de amortizaciones de la torta a ser distribuida previa a toda distribución- sino también por las presiones para la acumulación de capital. Cuando la deducción de amortizaciones precede a la distribución, cuando la distribución de los restos, i.e., los salarios y las ganancias, no se realiza según las leyes de una esfera autónoma de la distribución sino según las leyes de la acumulación de capital, ¿qué queda de la idea de una posible redistribución?                
El así llamado estado social, entonces, no controla “lo disponible” a ser redistribuido entre las clases. Sus posibilidades y sus acciones de redistribución descansan en las clases; este punto ya fue discutido pero requiere un análisis concreto. Cuando el monto de los salarios es determinado exclusivamente por las leyes de la acumulación, no queda garantizada realmente la reproducción de la fuerza de trabajo. Sólo en estos casos el estado pude forzar una redistribución entre el trabajo asalariado y el capital para mantener la fuerza de trabajo como base de la explotación capitalista. Pero esto no afecta el principio de que las leyes de la distribución son idénticas a las leyes de la acumulación y la circulación del capital. Aquí llegamos al punto donde la lógica intrínseca del argumento va más allá de la investigación de la capacidad distributiva del estado social y requiere un análisis de la reproducción ampliada del capital. Pero esto iría más allá de nuestro tema.       
El carácter ilusorio de las teorías revisionistas del estado social se revela en los hechos sólo si se retrotraen las relaciones de distribución del ingreso a la distribución en la producción capitalista. Aquí también se revela que la teoría revisionista del estado se deriva directamente de aquellas concepciones erradas que genera el modo de producción capitalista aún en la conciencia de sus propios agentes y, a su vez, en la ciencia económica basada en ellos. Pues las concepciones burguesas y revisionistas no son simplemente velos o ideologías en el sentido vulgar, sino productos necesarios de la manera en que aparecen las relaciones capitalistas. Esta relación esencial que determina la producción social (en su forma capitalista) no aparece realmente como tal, sino como totalmente invertida en la esfera de la circulación, un momento de la cual es la distribución del ingreso. Aquí está el origen de la ilusión burguesa de la libertad, que parten de la libertad del individuo como “perceptor de un salario” y “consumidor” y arriba a la capacidad de la “nueva política económica” de “guiar globalmente a la economía” o de “redistribuir mediante políticas de ingresos”.         
Hoy como antes, las organizaciones revisionistas intentan cambiar la sociedad capitalista existente (aún llamada “capitalista”) en el sentido de una sociedad “humana” o “más humana” y este fin constituye la base de su participación en el estado burgués existente. Pero, por las razones antes planteadas, la teoría revisionista no entiende la medida en que el estado sólo puede existir y adquirir nuevas funciones sobre la base de la producción capitalista ni entiende cómo esta base capitalista determina y circunscribe las intervenciones del estado en “la economía” hasta en el más mínimo detalle. La participación en el estado burgués y la integración más o menos intensa de las organizaciones históricas de la clase obrera significan antes que nada un enorme fortalecimiento de la autoridad de ese estado (véanse las ilusiones mantenidas por muchos izquierdistas en el gobierno del SPD-FDP). Pero, por otra parte, la absorción completa de las ilusiones burguesas es, al mismo tiempo, el primer paso hacia su destrucción. Una parte importante de esta desilusión es la crítica teórica de estas ilusiones, que demuestra cómo estas ilusiones son internamente consistentes con el modo de producción capitalista. Antes que a la mera afirmación de los límites de las “políticas gubernamentales” y de su incapacidad para satisfacer las esperanzas y las promesas revisionistas, esta crítica puede contribuir a su comprensión, que sólo es posible sobre la base de esas ilusiones necesarias. La crítica, en consecuencia, debería conducir a conclusiones prácticas que persigan un cambio real antes que aparente.    
 
IV. La necesidad de las intervenciones del estado para el sostenimiento de la sociedad capitalista
1. La sanción de legislación laboral según Marx
Como hemos visto, las teorías revisionistas tienen un rasgo en común: entienden al estado en sus diferentes funciones, especialmente en relación con sus políticas sociales, como una “entidad separada”, desvinculada del proceso de producción como proceso de valorización capitalista. Pero Marx concibe a la “sociedad existente” como “fundamento del estado existente”[115] y es a partir de la sociedad y de sus relaciones contradictorias fundamentales que puede desarrollarse una comprensión de la sociedad burguesa como “sintetizada […] bajo la forma de estado”[116], siempre en sus modos históricos concretos de aparición. Una teoría marxista del estado carece de sentido salvo en estos términos; carece de sentido en tanto estructura teórica formal. En consecuencia, no es casual que Marx, en todos sus borradores de investigación sobre la sociedad capitalista, parta siempre de las relaciones básicas que caracterizan a la esfera de la producción, i.e., de las relaciones capitalistas. Ni es casual que haya planeado, aunque nunca haya escrito, un volumen separado sobre el “estado” (al cual consideraba tan importante que quería hacerlo por sí mismo, separado de sus otras obras). Pero el nivel general de abstracción en el que Marx se mueve considerablemente en su tratamiento del “capital en general” no se mantiene muchas veces en el primero y segundo volúmenes de El capital. Marx lo abandona para desarrollar los modos específicos en los cuales el estado burgués interviene sobre la base de las contradicciones fundamentales de los procesos de trabajo y valorización. La aparición de una función específica del estado puede ilustrarse resumiendo la presentación de Marx de la formulación y la sanción de la legislación fabril descripta en el primer volumen de El Capital. Dicho de otra manera, la presentación de un ejemplo concreto, i.e., la derivación del “estado existente” a partir de la “sociedad existente”, demostraría lo que Marx entiende por “síntesis de la sociedad burguesa”.             
Esto no significa, sin embargo, que el “esbozo histórico” de Marx (que en algunos lugares es muy detallado) pueda ser tomado de la presentación en El capital sin referencia a su posición sistemática. De manera característica, la interpretación revisionista de Marx se refiere simplemente a hechos históricos aislados, perdiendo de vista brutalmente su significado contextual (i.e., su relación con la presentación del movimiento del “capital en general”). La evaluación revisionista de la legislación fabril y de la limitación de la jornada de trabajo por el estado, en este sentido, no es una excepción. Cuando Marx habla de la “victoria del principio” en relación con la introducción de la jornadas de diez horas, los socialdemócratas siempre interpretan esta afirmación como aclamación del avance gradual de los principios socialistas en la sociedad capitalista. La legislación fabril, según Bernstein, representa una porción de “control social” y en consecuencia una porción de socialismo;[117] según Sering, una “regulación de la sociedad según las necesidades humanas, antes que según las leyes automáticas del mercado”.[118] Es importante, por consiguiente, indicar al menos el momento dentro del desarrollo sistemático del concepto de capital en el que Marx comienza a discutir la restricción legal de la jornada de trabajo.
Marx comienza la presentación dialéctica del capital con esta categoría básica a partir de la cual pueden derivarse todas las restantes (y, en consecuencia, todos los fenómenos de la forma capitalista de la sociedad), i.e., la forma contradictoria conferida al producto del trabajo destinado al intercambio: la mercancía. El desentraña cómo la contradicción entre valor de uso y valor se corporiza en la mercancía y, en consecuencia, cómo el carácter dual del trabajo productor de mercancías se expresa en el dinero. Ya había desarrollado las diferentes funciones del dinero en la primera sección del volumen I. La transición del dinero al capital sólo tiene lugar en la segunda sección. En la primera sección se muestra en detalle la diferencia básica entre la circulación del dinero como capital y la circulación simple del dinero. La circulación simple finaliza con el consumo de las mercancías; está dirigida al valor de uso de la mercancía. Pero la circulación del capital es un fin en sí misma. Su propósito es el incremento del capital, i.e., la auto-valorización del valor: exprimir plus valor de la fuerza de trabajo. Así, si se excluye el intercambio de valores desiguales y se asume que cada mercancía es intercambiada a su valor, la fuente del plus valor no puede estar en la circulación como tal. La fuente del plus valor sólo puede estar en el proceso de producción. Sin embargo, esto requiere como precondición que el propietario de dinero sea capaz de comprar en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, junto con otros requisitos de la producción. Así, una precondición es el obrero asalariado “liberado” de los medios de producción, el obrero asalariado libre. (Esta relación distingue a las formas sociales capitalistas de todas las otras. O bien las condiciones materiales de producción están en manos de los productores, o estos productores son meros apéndices de las condiciones de producción como sucede, por ejemplo, con el siervo atado al suelo y poseído por la clase dominante.) El valor de la mercancía fuerza de trabajo es igual al de todas las otras mercancías, i.e., la suma del tiempo de trabajo gastado en su producción (lo que significa el mantenimiento de la “raza de los obreros”[119] en su conjunto, dependiendo su educación y su existencia normal del nivel cultural de un país dado). El valor de uso de la mercancía fuerza de trabajo, su aplicación en el proceso de producción mismo (este es el tópico del primer volumen de El capital), pertenece legalmente a su comprador quien, en tanto herramienta del capital, intenta extraer el máximo de plus valor de él. Para el capitalista, el proceso de producción significa la producción de plus valor y no la satisfacción de necesidades (aun cuando la mercancía no puede tener sólo valor, sino que debe tener también valor de uso en relación con ciertas necesidades -sin valor de uso, la mercancía no puede portar valor). Para el capitalista, el valor de uso de la fuerza de trabajo como mercancía consiste en la producción de más valor que el valor que insumió su producción. Aquí, él tiene dos opciones. Por una parte, puede aplicar la fuerza de trabajo a la producción en la mayor medida posible, más allá del tiempo requerido normalmente para reemplazar apenas el valor que adelantó, y esta prolongación de la jornada laboral más allá de la extensión necesaria crea plus valor absoluto. Por otra parte, la producción de plus valor relativo resulta del acortamiento del tiempo de trabajo requerido, mediante el aumento de la productividad del trabajo, es decir, mediante una reconversión del proceso técnico de trabajo y de su organización en la empresa que resulte en un aumento de la intensidad del trabajo (por ejemplo, aumentando la velocidad de la cinta de montaje; sistema MTM). Por supuesto, las producciones de plus valor absoluto y relativo siempre estuvieron unidas en el proceso de valorización. Son tratadas por separado con el fin de mostrar su especificidad en su pureza. Pero la secuencia en la que son tratadas no es arbitraria. La principal forma de plus valor producido hasta la restricción legal de la jornada de trabajo fue el plus valor absoluto. El capital había usado esta forma hasta tal extremo que se volvió inevitable la intervención del estado. A continuación, el capital se involucró ávidamente en la producción de plus valor relativo, que se convirtió en su modo esencial, aunque no único. (Una y otra vez, especialmente durante las fases expansivas, el capital intenta prolongar la jornada de trabajo en función de sus necesidades.)           
La prolongación máxima de la jornada de trabajo es una necesidad natural para el capital y, por consiguiente, para el capitalista como personificación del capital. Es su derecho natural, puesto que compró la fuerza de trabajo a su valor, según las leyes del intercambio de equivalentes, para usarla durante un día. Puede disponer de su valor de uso, en consecuencia, como sucede con cualquier otra mercancía. La reducción de la jornada de trabajo, por ejemplo, mediante un descanso, es un robo a la propiedad del capitalista. El obrero como vendedor de su mercancía, la fuerza de trabajo, reconoce la ley del intercambio de mercancías, pero tiene un contenido diferente para él. La prolongación excesiva de la jornada de trabajo más allá de su duración ordinaria impide la regeneración normal de la fuerza de trabajo. La única propiedad del obrero, en consecuencia, se agota. Para el obrero, por consiguiente, el robo es el tiempo de trabajo más allá de la jornada de trabajo normal. El derecho del vendedor se opone al del comprador: “[d]ejando de lado límites sumamente elásticos, como vemos, de la naturaleza del intercambio mercantil no se desprende límite alguno de la jornada laboral, y por lo tanto límite alguno del plus trabajo. El capitalista, cuando procura prolongar lo más posible la jornada laboral y convertir, si puede, una jornada laboral en dos, reafirma su derecho en cuanto comprador. Por otra parte, la naturaleza específica de la mercancía vendida trae aparejado un límite al consumo que de la misma hace el comprador, y el obrero reafirma su derecho como vendedor cuando procura reducir la jornada laboral a determinada magnitud normal. Tiene lugar aquí, pues, una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza. Y de esta suerte, en la historia de la producción capitalista la reglamentación de la jornada laboral se presenta como lucha en torno a los límites de dicha jornada, una lucha entre el capitalista colectivo, esto es, la clase de los capitalistas, y el obrero colectivo, o sea la clase obrera”.[120]
La lucha entre las dos clases es inherente a la naturaleza de la propia relación que constituye a las clases de los propietarios de la mera fuerza de trabajo y de los propietarios de las condiciones materiales de la producción. No hay “solución racional” en esta relación: sólo decisiones preliminares después de violentas confrontaciones. Esta antinomia vuelve imperativa a la lucha de clases (cualesquiera sean las formas políticas en las cuales se encamine o se intente encaminarla; en ningún momento Marx caracteriza a esta lucha de clases como meramente “económica”). Así, la relación entre el trabajo asalariado y el capital se generaliza con una sociedad de intercambio de mercancías, relación que no está subsumida bajo las formas normales de regulación vigentes en dicha sociedad, i.e., el intercambio de mercancías y la propiedad privada en tanto gobernadas por leyes generales. Específicamente, dado que insiste en la ley del intercambio de mercancías, la clase obrera queda afuera del contexto social que puede ser regulado por leyes.     
Sobre la base de la historia del capital en Inglaterra, Marx documentó en detalle cómo esta antinomia adquiere significado histórico. En este sentido, deben distinguirse dos tendencias.[121] La masiva tendencia del capital a prolongar la jornada de trabajo superó una serie de limitaciones tradicionales y, sobre todo, la resistencia de los propios obreros. En este proceso, el capital recibió un apoyo esencial de las leyes coercitivas del estado para extender la jornada de trabajo. Este tipo de legislación acompañó el ascenso y el predominio del capital desde la Edad Media tardía (acumulación originaria); aquí se usó al estado directamente como un instrumento de la clase capitalista. “Pero en su desmesurado y ciego impulso, en su hambruna canina de plus trabajo, el capital no sólo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral”.[122] Así, el modo de producción capitalista produce “el agotamiento y muerte prematuros de la fuerza de trabajo misma[123] y en consecuencia tiene la tendencia a eliminar el potencial de su valorización. El capital así se contradice a sí mismo. El capital y los capitalistas se comportan según el principio `Après moi, le déluge´. Pero esta tendencia hacia la auto-destrucción creó una contratendencia hacia el mantenimiento de las condiciones para la ulterior valorización del capital. Esta contratendencia consistió esencialmente en la resistencia de los obreros, cuya existencia, como propietarios de una clase particular de mercancía, estaba amenazada. “[E]sa primera reacción planificada y consciente de la sociedad sobre la figura natural de su proceso de producción”[124] tuvo lugar a través de un proceso de mediaciones complejas y fue amenazado repetidas veces con reversiones. Las leyes fabriles se introdujeron como expresión negativa del hambre lobuno de plus valor. “Dichas leyes refrenan el acuciante deseo que el capital experimenta de desangrar sin tasa ni medida la fuerza de trabajo, y lo hacen mediante la limitación coactiva de la jornada laboral por parte del estado, y precisamente por parte de un estado al que dominan el capitalista y el terrateniente”.[125]
Marx comparó esta contra-tendencia con la necesidad que forzó a los capitalistas terratenientes ingleses a reproducir mediante la fertilización artificial la productividad natural de la tierra exhausta por la explotación ciega de la misma. Según Marx, la legislación fabril fue “un producto necesario de la gran industria, a igual título que el hilado de algodón, las self-actors [hiladoras alternativas automáticas] y el telégrafo eléctrico”.[126] Pero esta necesidad no se impone de ninguna manera automáticamente. La legislación fabril es el resultado de una lucha de clases prolongada más o menos abierta entre las clases capitalista y obrera, mediada por una pluralidad de conflictos políticos, incluso entre fracciones de la clase dominante y con la participación de grupos relativamente marginales. Pero esta necesidad, dictada por el propio interés de sostener la valorización del capital, se afirma más o menos inconcientemente a nivel de los conflictos de intereses específicos. Aún aquí, no obstante, nunca alcanza su afirmación última. La manera en que se impuso este estado de cosas sólo puede ser documentada a través de un estudio concreto.[127] Sin embargo, este necesario análisis empírico sólo puede considerarse como marxista si remite de una manera conciente y metodológicamente fundada a las tendencias contradictoria del capital mismo; en caso contrario, tendremos sólo otro típico estudio sociológico o politológico.[128] A continuación, entonces, revisemos el “bosquejo histórico” de Marx. Caractericemos el proceso de implementación de una función del estado a partir de un resumen del proceso del capital.  
Desde el establecimiento de la gran industria, la jornada de trabajo fue repetidas veces prolongada mediante el empleo masivo de la fuerza. Esto ocurrió aún después de que ya hubiera sido extendida a doce horas o más a mediados del siglo XVIII. “El capital celebraba sus orgías. No bien la clase obrera, aturdida por el estruendo de la producción, recobró el conocimiento, comenzó su resistencia, y en primer lugar en el país natal de la gran industria, en Inglaterra. Sin embargo, las concesiones por ellos alcanzadas durante tres decenios fueron puramente nominales. De 1802 a 1833 el parlamentó promulgó cinco leyes laborales, pero fue tan astuto que no votó un sólo penique para su aplicación coercitiva, para el personal funcionarial necesario, etc. Quedaron en letra muerta”.[129] La ley fabril de 1833 estableció finalmente una jornada de trabajo normal de 12 horas, aunque sólo para los adolescentes. Para los niños entre los 9 y 13 años, fue limitada a 8 horas. Contra la implementación de esta ley, sin embargo, “el capital […] inició una ruidosa agitación, que duró varios años”[130], con el fin de cambiar la categorización de los niños y los adolescentes en beneficio propio. Pero las presiones extra-parlamentarias se volvieron más amenazantes y la Cámara de los Comunes rechazó alterar la ley. Sin embargo, el capital encontró muchas otras posibilidades de evadirla: “los informes oficiales de los inspectores fabriles rebosaban de quejas sobre la imposibilidad de aplicarla”.[131] “Pero en el ínterin, las circunstancias se habían modificado en grado sumo. Los trabajadores fabriles, particularmente desde 1838, habían hecho de la ley de diez horas su consigna económica, así como de la Charter [Carta] su consigna política. Incluso una parte de los fabricantes, que había organizado sus empresas fabriles conforme a la ley de 1833, abrumaba al parlamento con memoriales referentes a la `competencia´ desleal de sus `falsos hermanos´[132], a los que una mayor insolencia o circunstancias locales más favorables permitían violar la ley. Además, por mucho que el fabricante individual quisiera dar rienda suelta a su vieja rapacidad, los portavoces y dirigentes políticos de la clase de los fabricantes ordenaron que se adoptara una actitud modificada y un nuevo lenguaje ante los obreros. ¡Habían inaugurado la campaña por la abolición de las leyes cerealeras y, para vencer, necesitaban del apoyo obrero! De ahí que les prometieran no sólo que la hogaza de pan sería dos veces mayor, sino también la aprobación de la ley de diez horas bajo el reino milenario del freetrade [librecambio]. Amenazados en su interés más sacrosanto, la renta de la tierra, los tories tronaron con filantrópica indignación contra las `infames prácticas´ de sus adversarios”.[133]
La enmienda de 1844 a la ley fabril que protegía a las mujeres de la misma manera que a los adolescentes se logró mediante luchas de clases, cuya efectividad fue reforzada por conflictos fraccionales dentro de las clases dominantes. “Por primera vez la legislación se veía obligada, pues, a controlar directa y oficialmente también el trabajo de adultos”.[134] En función de evitar futuras revueltas, la ley dispuso varias medidas específicas. Marx reportaba algunas de ellas en detalle, concluyendo que: “Hemos visto cómo estas minuciosas disposiciones, que regulan a campanadas, con una uniformidad tan militar, los períodos, los límites y pausas del trabajo, en modo alguno eran los productos de lucubraciones parlamentarias. Se desarrollaron paulatinamente, como leyes naturales del modo de producción moderno, a partir de las condiciones dadas. Su formulación, reconocimiento oficial y proclamación estatal fueron el resultado de una prolongada lucha de clases.”[135]
Así, en los años 1846-47, la introducción del librecambio y de una nueva ley fabril fue esencialmente la expresión de la culminación del movimiento cartista y de la agitación por las diez horas. Esta última fue apoyada en el parlamento por los conservadores, enfurecidos por la victoria de los librecambistas. El capital intentó evitar la introducción de la jornada de diez horas para los trabajadores adolescentes y mujeres a través de una campaña de clase. Después de los recortes salariales resultantes de la crisis de 1846-47, hubo un recorte posterior de alrededor del 25% con la reducción gradual de la jornada de trabajo. “Bajo condiciones tan favorablemente preparadas, comenzó entonces la agitación entre los obreros para que se derogara la ley de 1847. No se escatimó ningún medio, el engaño, la seducción y la amenaza, pero todo en vano”.[136] Así, la campaña fracasó, y el 1 de mayo de 1848 la jornada de trabajo de diez horas se convirtió en un hecho (aunque no para los obreros varones). “En el interín, sin embargo, el descalabro del partido cartista –con sus dirigentes en la cárcel y su organización hecha añicos- había minado la confianza de la clase obrera inglesa en sus propias fuerzas. Poco después la insurrección parisiense de junio y su sangrienta represión unieron, tanto en Europa continental como en Inglaterra, a todas las fracciones de las clases dominantes –terratenientes y capitalistas, lobos de la especulación bursátil y tenderos, proteccionistas y librecambistas, gobierno y oposición, curas y librepensadores, jóvenes prostitutas y viejas monjas- bajo el grito común ¡salvar la propiedad, la religión, la familia, la sociedad! En todos lados se proscribió a la clase obrera, se la anatematizó, se la puso bajo la loi de suspects [ley de sospechosos]. Los señores fabricantes, pues, ya no tenían que sentirse molestos. Se alzaron en rebelión abierta no sólo contra la ley de diez horas, sino contra toda la legislación que, a partir de 1833, había procurado poner freno en alguna medida a la `libre´ absorción de fuerza de trabajo.[137] Marx describe en detalle[138] cómo el capital, en abierta lucha de clase, aplica todos y cada uno de los medios, de una manera cínica y terrorista, contra sus compromisos anteriores con la clase obrera, por ejemplo expulsando amplios segmentos de la clase obrera protegidos por la ley, acortando las horas de almuerzo legalmente establecidas, dividiendo las horas de trabajo de los niños, desatendiendo explícitamente ciertas disposiciones de la ley, etc. Los industriales frecuentemente encontraron apoyo en las cortes, a las cuales se incorporaban ellos mismos. Además, el Ministerio del Interior instruyó a los inspectores fabriles a no interferir en ciertas instancias en las se violaba la ley. Finalmente, una de las cortes más altas (el Tribunal de Hacienda) aceptó que los industriales estaban actuando en contra del sentido de la ley de 1844, pero que esta ley misma contenía palabras que se habían convertido en sinsentidos.         
“Pero esta victoria aparentemente definitiva del capital provocó de inmediato una reacción. Los obreros, hasta entonces, habían ofrecido una resistencia pasiva, aunque irreductible y renovada día a día. Ahora protestaban en mitines abiertamente amenazantes, en Lancashire y en  Yorkshire [...]. Los inspectores fabriles advirtieron urgentemente al gobierno que el antagonismo de clases había alcanzado una tensión increíble.”[139] (Los Oficiales de Inspección del Gobierno entonces cumplieron directamente en el lugar de la lucha de clases la misma función que hoy cumplen, o deberían cumplir, frecuentemente los funcionarios sindicales.) Algunos industriales todavía se quejaban de la aplicación arbitraria de la legislación fabril, puesto que parecía eliminar la competencia leal. “En estas circunstancias se llegó a un compromiso entre fabricantes y obreros, consagrado parlamentariamente en la nueva ley fabril, complementaria, del 5 de agosto de 1850”.[140] Esta ley aseguró una cierta prolongación de la jornada de diez horas, aunque eliminando cualquier posibilidad de esquivar la ley a través del generalizado sistema de relevos.[141]
Según Marx, la “victoria del principio”[142] en las grandes industrias impuso la contra-tendencia a la destrucción de la “raza de los obreros” a través del prolongamiento ilimitado y destructivo de la jornada de trabajo, i.e., la preservación de la fuente de plus trabajo en la valorización del capital. Obviamente, el resultado fue un “renacimiento físico y moral de los obreros fabriles”[143] entre 1853 y 1866. Incluso los industriales, junto con sus apologetas científicos, se resignaron a la limitación legal de la jornada de trabajo. La victoria también involucró la eventual extensión de las leyes fabriles a todas las ramas de la industria, i.e., conforme las formas pre-industriales de oficio, trabajo manual e industria doméstica se desarrollaron como gran industria. Dos circunstancias originaron esta generalización de una ley excepcional para ramas particulares e industrialmente desarrolladas en una “ley para toda la producción social”. “[L]a primera, la experiencia siempre repetida de que el capital, apenas queda sometido a la fiscalización del estado en algunos puntos de la periferia social, se resarce tanto más desenfrenadamente en los demás; la segunda, el clamor de los capitalistas mismos por la igualdad en las condiciones de competencia, esto es, por trabas iguales a la explotación del trabajo”.[144] Esta protección generalizada de la fuerza de trabajo aceleró simultáneamente a la vez la destrucción de las formas pre-industriales y la concentración del capital, i.e., el sistema fabril como única forma. Y, en consecuencia, aceleró también la formación de los antagonismos de clase relacionados con el mismo.[145]
A través de la prolongación ilimitada de la jornada de trabajo, el capital produce el agotamiento prematuro de la fuerza de trabajo, destruyendo la salud de las generaciones presentes y futuras de obreros. Causa inestabilidad psicológica y brutalización, perspectivas de vida más corta, más aún, epidemias que amenazan a toda la población, incluyendo a las clases dominantes. El capital está en peligro de destruir sus propias bases de existencia. A cualquier precio, aumenta el valor de la fuerza de trabajo y, en consecuencia, el costo del capital variable, consumiéndolo demasiado rápido. “[E]l valor de la fuerza de trabajo incluye el valor de las mercancías necesarias para la reproducción del obrero o para la perpetuación de la clase obrera. Por tanto, si esta prolongación antinatural de la jornada laboral por la que pugna necesariamente el capital, en su desmesurado impulso de autovalorización, acorta la vida de los obreros individuales y con ello la duración de su fuerza de trabajo, será necesario un reemplazo más rápido de las fuerzas desgastadas, y por ende será mayor la suma exigida para cubrir los costos de desgaste en la reproducción de la fuerza de trabajo, del mismo modo que es tanto mayor la parte a reproducir del valor de una máquina cuanto más rápidamente ésta se desgaste. Parece, por consiguiente, que el propio interés del capital apuntara en la dirección de una jornada laboral normal.[146] (El valor de la fuerza de trabajo, naturalmente, no incluye sólo los medios de vida en el sentido usual del término, que son comprados por el obrero y su familia con su ingreso neto, sino también los “costos educativos”[147] que sirven para calificar a la fuerza de trabajo, costos ulteriores para su recuperación en caso de enfermedad y, finalmente, los gastos para el mantenimiento (normalmente muy miserable) de la fuerza de trabajo desde que ya no es más explotable hasta su muerte natural. Esta porción del valor de la fuerza de trabajo es redistribuida por instituciones públicas, tales como escuelas de grado públicas y escuelas vocacionales, seguros de vida y salud, etc. Este es un componente esencial de las funciones socio-políticas redistributivas del estado, una redistribución en el interior del trabajo asalariado.)
El capital, de esta manera, parece haberse dirigido en virtud de su propio interés hacia una jornada normal de trabajo. Esta apariencia corresponde al capital total ficticio, es decir, no real. Porque al capital “en su movimiento práctico” le importa tanto o tan poco “la perspectiva de una futura degradación de la humanidad –y en último término por una despoblación incontenible–, como por la posible caída de la Tierra sobre el Sol”.[148] El capitalista individual, quien como tal es una mera personificación del capital, no puede escapar de las leyes inherentes a la producción capitalista que, en tanto leyes coercitivas externas, se le imponen a través de la competencia. Miradas las cosas en su conjunto, la “atrofia física y espiritual”, la “muerte prematura”, el “tormento del trabajo excesivo”, etc., “tampoco dependen de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista, frente al capitalista individual, como ley exterior coercitiva”.[149] La medida en la que el capitalista explota a los obreros, cuánto coopera en la destrucción de la sociedad y de sus propias bases de existencia o si rechaza cooperar, no depende de la moral del capitalista individual. El proceso de valorización del capital, entonces, no le provee por sí mismo ninguna barrera moral. El capitalista, en tanto capital personificado, está obligado a la explotación ilimitada. La acción moral individual es posible para él sólo si abandona su existencia como capitalista. Si el promedio social de la jornada de trabajo es de 12 horas y un capitalista reduce la jornada a sólo 6 horas, cae en bancarrota, i.e., deja de ser capitalista.[150]
¿Por qué sólo la intervención forzada de la “sociedad” puede bloquear esta tendencia? ¿Por qué el estado dominado por los capitalistas y los terratenientes restringe forzosa y efectivamente la jornada de trabajo si, como Marx explicaba, el capitalista colectivo racional es una ficción? “La fijación de una jornada laboral normal es [...] el producto de una guerra civil prolongada y más o menos encubierta entre la clase capitalista y la clase obrera”[151] (i.e., no el obrero individual, el obrero como vendedor de su fuerza de trabajo –se requeriría más discusión para evaluar en qué medida el fracaso de esta resistencia colectiva podría ser considerado como una oportunidad histórica en instancias particulares y para determinar sus consecuencias para la supervivencia o para la extinción de la producción capitalista). Primero, la resistencia de los obreros como clase opuesta a su propia degradación y extinción resulta del movimiento sin límites del capital mismo. Según Marx, el movimiento obrero se desarrolló “instintivamente […] a partir de las condiciones de producción mismas”[152]; los obreros deben luchar por su existencia como obreros. La famosa afirmación del final del capítulo sobre la jornada de trabajo, por consiguiente, debe ser interpretada en este sentido antes que como una demanda moral. “Para `protegerse´ contra la serpiente de sus tormentos, los obreros tienen que confederar sus cabezas e imponer como clase una ley estatal, una barrera social infranqueable que les impida a ellos mismos venderse junto a su descendencia, por medio de un contrato libre con el capital, para la muerte y la esclavitud”.[153] La conservación del modo de producción capitalista requiere la organización de los trabajadores como clase, puesto que ellos no serían capaces de salvaguardar su existencia como vendedores individuales de la mercancía fuerza de trabajo. Este es el origen de las funciones socio-políticas del estado, la formación y el reconocimiento de los sindicatos y el desarrollo del reformismo en el movimiento obrero.[154]  
Pero el capital “en su movimiento práctico”, en el proceso de producción de plus valor, está a kilómetros de distancia de ver la necesidad de los obreros de organizarse como clase; antes bien, esta necesidad es impuesta al capital a través de prolongadas luchas. Durante décadas, los obreros generaron controles legales en la forma de leyes fabriles, que eran una mera legislación de excepción sólo aplicable a aquellas ramas de la industria que adoptaron completamente el sistema fabril. Inicialmente, esta legislación fue formulada tan ambiguamente que los pretextos de los industriales para eludirla parecían planeados.[155] Sólo gradualmente se agregaron a la legislación cláusulas que preveían inspectores pagados por el estado para el control oficial de su cumplimiento. Pero al comienzo el número de inspectores era totalmente inadecuado. La supervisión real sobre el acatamiento legal fue igualmente inefectivo, puesto que las cortes estaban integradas por representantes de las clases defendidas. Y además las sanciones contempladas fueron comparativamente leves. Aun así, las leyes existentes no estaban a salvo de contra-ataques de parte de la clase capitalista, particularmente durante los períodos de debilidad política de los obreros como clase. A veces, sin embargo, la situación se revirtió y la relativa fuerza de la clase obrera sustentó concesiones de parte del capital.     
Así, históricamente, la aplicación práctica de la legislación de la fábrica y el reconocimiento de la función del estado para proteger a los trabajadores no fueron el resultado de un proceso ininterrumpido y continuo durante el cual la clase obrera simplemente forzó la voluntad de la clase capitalista (esto no quiere decir, desde luego, que lo fue de las "intervenciones socio-políticas" del estado). Más bien, este proceso fue mediado por las diferentes luchas, a través de avances y retrocesos, a través de coaliciones, compromisos, etc. En este proceso, varios factores determinaron el poder económico y político de la clase obrera contra la clase capitalista. Conflictos con los restos de la clase dominante precapitalista jugaron un papel importante. Estos grupos no necesariamente estaban integrados aún en las relaciones capitalistas (entre ellos, los terratenientes). Como es sabido, su peso se sentía particularmente dentro del aparato estatal. Más importantes fueron los conflictos entre las distintas facciones del capital, por ejemplo, en el tema de los impuestos a las importaciones de ciertas mercancías. Privilegios para ciertos grupos, por ejemplo, la exención respecto de ciertas normas legales, fueron rechazados por otros grupos que insistían sobre su aplicación general en el interés de igualdad de oportunidades en la competencia. A veces, tales conflictos dentro de las clases dominantes pueden aumentar significativamente el peso de la clase obrera. Aunque en menor medida, lo mismo vale para la pequeña burguesía (fabricantes a pequeña escala, distribuidores, médicos, etc.). Y aun cuando los productores de ideologías (predicadores, profesores, maestros, científicos, periodistas, etc.) no estaban directamente al servicio de la clase dominante, tendían a compartir la conciencia de la pequeña burguesía. Estos grupos jugaron un papel significativo a propósito de la legislación fabril a través de la agitación en la prensa, la preparación de opiniones e informes de investigación a través de "Royal Commission", etc.[156] Pero gozaron de esta “independencia” sólo en la medida en que el conflicto entre las clases decisivas les permitió algún margen de maniobra -esto define y limita la importancia de la “esfera pública” burguesa, normalmente sobreestimada por los liberales, quienes exageran su rol elevándola al puesto de fuerza motriz en la historia del estado burgués.[157] Innumerables informes de inspectores fabriles, citados por Marx, se perdieron durante décadas en los archivos sin hacer mella. La ilustración no tiene consecuencias en la realidad. La esfera pública tiene una función importante. Puede desarrollar una conciencia burguesa crítica que detecta problemas que normalmente escapan al capital en el curso de los negocios prácticos. Estando por encima de los intereses directos, sin embargo, a este nivel la opinión pública se encuentra con investigadores y productores de opinión pagados para representar fracciones particulares del capital cuyo interés impulsan a través de campañas de prensa, opiniones expertas presentadas en el Parlamento, etc. Todos estos factores tienen sus efectos sobre la capacidad de lucha de la clase obrera. Sin embargo, deben verse siempre en el contexto de la necesidad de legislación fabril en Inglaterra en ese momento, en función de mantener la raza de los obreros como fuente de valorización del capital y atendiendo al nivel entonces alcanzado por el desarrollo del capital, de manera que su existencia no quedara en peligro.[158] 
Una función particularmente importante de la esfera pública independiente consiste en llamar la atención sobre las amenazas a la bases de la existencia de la sociedad, i.e., a su modo capitalista, e impedir la lucha de clases abierta. Marx se refiere a estas advertencias sobre “antagonismos de clase increiblemente tensos” que fueron comunicadas al gobierno por los inspectores fabriles. Aquí, estos últimos tienen una función similar a la de los actuales funcionarios sindicales, que informan acerca del humor de las bases a las autoridades en función de preparar el camino para concesiones necesarias. Un aspecto importante del mantenimiento de la fuerza de trabajo como fuente de valor es la satisfacción de necesidades a través de la política social. Es sabido que Bismarck legisló concientemente el garrote contra los socialistas [las leyes contra los socialistas o Sozialistengesetze] junto con la zanahoria de la seguridad social. Con esto, afectó sustancialmente la orientación de la clase trabajadora respecto del estado,[159] lo cual tendría significativas implicancias en el futuro. Hizo esto, además, contra la voluntad de los representantes políticos del capital. En este punto, sin embargo, es crucial estar advertidos en contra de la opinión generalizada de que el estado, como sagaz representante del capital, siempre puede sacar conejos de la galera con el fin de manipular a su antojo al proletariado a través de la política social. Los límites a las intervenciones socio-políticas del estado son estrechos e incluso aquellas intervenciones que resultan posibles a cierto nivel histórico de desarrollo (sin tener en cuenta su potencial sagacidad) se realizan generalmente sólo después de prolongados conflictos y frente a actuales o potenciales luchas de clase.          
Según Marx, la antinomia entre los derechos de los capitalistas en tanto compradores y los derechos de los obreros en tanto vendedores de la fuerza de trabajo como mercancía se resuelve a través de la fuerza. Esta antinomia también constituye al estado en su carácter dual. Por un lado, las funciones socio-políticas del estado sólo pueden cumplirse, si se cumplen, a través de luchas obreras reales o potenciales.[160] Sin ellas, la existencia del estado como capitalista colectivo en idea y como institución aparentemente independiente sería imposible. Por otro lado, las luchas de clase siempre constituyen a los obreros como clase, i.e., como un sujeto actuante con una tendencia a superar el capitalismo y su estado. Esta tendencia, a su vez, es enfrentada por la función de opresión militar del estado. La policía, etc., sería superflua si la clase obrera no fuera periódicamente forzada a luchar por su derecho como vendedor de su mercancía o, al menos, amenazar con luchar. Sin embargo, la función “socio-política” del estado (i.e., la satisfacción de necesidades) perdería su credibilidad si el siempre presente carácter dominante del estado de clase se pusiera de manifiesto en los malos tiempos. La doble cara del aparato de estado, “cuidado” y opresión, es una expresión necesaria de la antinomia del propio proceso de valorización del capital, tal como se manifiesta en la compraventa de la fuerza de trabajo como mercancía.[161]
2. El capital como prerrequisito de la particularización del estado[162]
La particularidad especial de la producción social basada en la relación entre el capital y el trabajo asalariado es que, bajo estas condiciones, la gente no puede anticipar la manera en la cual pueden sostenerse a sí mismos ni participa en su planificación. Más bien, las propias tendencias contradictorias ancladas en las relaciones capitalistas y mediadas por las acciones de los agentes capitalistas conducen a consecuencias no deseadas concientemente por los propios funcionarios individuales del capital y contra las cuales son impotentes como capitalistas individuales. El estado existe, sin duda, por el bien de la propiedad privada y el capital, y no es “más que la forma de organización que se dan necesariamente los burgueses, tanto en lo interior como en lo exterior, para la mutua garantía de su propiedad y de sus intereses”.[163] Pero esto no constituye una simple identidad entre el estado y el capital, según la cual el estado sería idéntico con esta particularizada forma de la producción social. Más bien, el estado burgués se caracteriza precisamente por el hecho de que se basa en la separación de la propiedad como propiedad privada respecto de la unidad originaria de la propiedad común[164], y sobre esta base, se convierte en “una entidad separada, por encima y por fuera de la sociedad civil”.[165]  
Es importante enfatizar que esta particularización de una existencia “por encima y por fuera” de la sociedad burguesa tiene lugar sobre la base de la sociedad burguesa, i.e., sobre la base inherentemente contradictoria de la producción capitalista. La particularización real sobre la base de esta contradicción conduce entonces a la concepción idealista “equivocada”, “mistificada”[166], que yuxtapone al estado como algo independiente respecto de la sociedad, como el sujeto real cuyo objeto es “la sociedad”. Marx criticó esta conceptualización en su crítica a la filosofía del derecho de Hegel. Los lectores de El capital no tendrán problema en comprender el desarrollo del estado como una “una existencia particular, por encima y por fuera de la sociedad burguesa” si recuerdan el movimiento dialéctico de la forma valor y, a continuación, de la forma dinero, desarrollada a partir de la contradicción entre valor y valor de uso inherente a la mercancía.[167] Esta contradicción, inherente al carácter dual del producto del trabajo como mercancía, sólo se vuelve visible porque se pone de manifiesto en una mercancía particular, la mercancía dinero. La forma valor de la mercancía, que no puede expresarse a sí misma en su propio valor de uso, se manifiesta en el valor de uso de una mercancía particular, que se convierte entonces en dinero. El dinero aparece como una entidad independiente, apariencia vinculada con el carácter particular, socio-histórico, del valor como algo natural o como algo adscripto por los hombres en base a un acuerdo conciente. La forma estado posee el mismo tipo de “fetichismo”. De acuerdo con las nociones burguesas, el estado existió siempre: el hombre “fue creado por naturaleza en relación con el estado,” o el estado es indispensable para la vida humana (i.e., burguesa), o el estado fue establecido deliberadamente por contrato.[168] El hecho de que el estado es una mera particularización específica del modo de producción capitalista aparece invertido. Esta reificación y objetivización del estado es una ilusión necesaria basada en el modo de producción burgués, de la misma manera que las ilusiones concernientes a las formas dinero, capital, salario de los obreros, ganancias, factores de producción, ingreso, etc. Los mecanismos particulares del modo de producción capitalista imponen estas ilusiones a los agentes del capital y determinan en los hechos sus acciones. 
Es precisamente por esta razón que el estado burgués no es “capitalista colectivo real”, sino “capitalista colectivo ficticio”, “ideal”.[169] El compromiso del capital en el mantenimiento de sus bases de existencia sólo viene después, cuando se ve enfrentado con la desaparición de los fundamentos de este modo de producción. La relación esencial que determina la conducta real del capital es la que existe entre el capital individual y su fuente individual de plus valor, i.e., el trabajo asalariado que explota.[170] “¿Qué podría caracterizar mejor al modo capitalista de producción que la necesidad de imponerle, por medio de leyes coactivas del estado, los más sencillos preceptos de limpieza y salubridad?”.[171] Este proceso de “imposición” paulatina, mediada por catástrofes y conflictos, victorias y derrotas, constituye al “estado social”, a la “intervención estatal”, etc., en un poder de imposición que confronta extrañamente al capital en cada instancia. Este proceso genera también aquellas luchas entre diferentes “grupos de interés” y sus instituciones cristalizadas en el estado mismo así como la “formación de la voluntad política” (que, como un fenómeno proveniente de sus raíces, se convierte entonces en objeto de la ciencia política). Puesto que la intervención en las leyes inmanentes a la valorización del capital debe ser impuesta por la fuerza al capital en la forma de legislación compulsiva por parte de una institución externa, esta institución requiere control sobre una jurisdicción y poderes de sanción efectivos. En pocas palabras, debe estar equipada con un enorme y creciente aparato burocrático de fuerza. La mera existencia de este “aparato de estado” refuerza a continuación la ilusión de la independencia del estado y de su capacidad de “intervenir” en “la economía”. Pero la existencia en los hechos de este aparato no indica que pueda intervenir real y efectivamente (dejando de lado la erección sistemática de contra-aparatos para evadir o resistir el poder de imposición del estado como, por ejemplo, organizaciones de industriales y lobbies, estudios de asesoramiento impositivo, etc.).  
Esta existencia particular del estado no es entonces un asunto simple y obvio, aún en una sociedad de clase. La existencia particular de una institución de imposición exclusivamente política, del estado, proviene de dos fuentes que la hicieron posible y necesaria. En primer lugar, la privatización de la omniabarcante esfera de la vida social de las formaciones sociales precapitalistas; en segundo lugar, y en conjunción con ello, la formación de la propiedad privada en oposición a la propiedad comunal. Ya en su crítica a la filosofía del derecho de Hegel (1843), Marx describió el “misticismo” burgués que convertía “la relación real entre la familia y la sociedad civil con el estado” al revés, haciendo así de la presuposición la consecuencia: “lo productor como siendo el producto de su producto”.[172] “Es evidente que la constitución política como tal no es desarrollada sino allí donde las esferas privadas han adquirido una existencia independiente. Donde el comercio y la propiedad agraria no son libres, aún no han llegado a ser independientes, también la constitución política no lo es. [...] La abstracción del Estado como tal sólo pertenece a los tiempos modernos, puesto que la abstracción de la vida privada únicamente pertenece a ellos. [...] En el medioevo había siervos, bienes feudales, corporaciones de oficios, corporaciones de sabios, etc., es decir, que en la Edad Media la propiedad, el comercio, la sociedad, el hombre son políticos; pues el contenido material del estado es formulado como su forma y cada esfera privada tiene un carácter político, o la política es igualmente el carácter de las esferas privadas”.[173] El punto que plantea Marx a propósito de la Edad Media se aplica a toda formación social pre-burguesa; él más tarde sostiene esto repetidamente en los Grundrisse con respecto a la polis de la antigüedad.[174] En el viejo “sistema comunal”, “tribu”, “comunidad” o “comuna”, el estado no existía como “una entidad separada al lado de la vida social real”, sino que la organización “política”, por ejemplo, la pertenencia a la tribu, era el prerrequisito y garantía para la apropiación de las condiciones objetivas de vida mediante el trabajo. Este trabajo estaba dedicado a la producción de los valores de uso necesarios para los miembros de la comunidad. (Los esclavos o siervos, como un tipo especial de animales de trabajo, no eran miembros de la comunidad, pero recibían, como instrumentos de trabajo, más o menos el producto de su trabajo. Si su propietario los devastaba, sabía lo que estaba haciendo: estaba dañándose a sí mismo, tal como si cortara su propio pié o hambreara a la mula que lo llevaba. Esta es la razón por la cual Aristóteles justificaba la imposibilidad de una relación ética entre amo y esclavo.) La relación del individuo que trabajaba con la tierra, i.e., el lugar de trabajo y los recursos que constituían la condición objetiva de su trabajo, era “igualmente mediada a través de la existencia natural, en mayor o menor grado desarrollada históricamente y modificada, del individuo como miembro de una comunidad[175] (muy elemental inicialmente, en la apropiación pacífica o agresiva de esa tierra, que solo fue posible en la asociación de la comunidad). En tanto “posesión” de las condiciones objetivas de trabajo, la propiedad no existía como propiedad privada, sino que fue desde el comienzo mismo propiedad sólo en la medida en que estaba socialmente mediada. La comunidad “política” de los miembros de tales cuerpos comunales pre-capitalistas es particularmente evidente en la organización compartida de las tareas que parecían necesarias para su existencia futura: regulación de ríos, construcción de caminos, acaparamiento de víveres, así como la apropiación de la tierra a través de las tareas compartidas de la guerra, la devoción a los dioses que simbolizaba la unidad de la comunidad, etc. Aquí, las tareas comunales no aparecían como necesarias ex post, no eran asumidas gradualmente por instituciones políticas particulares después de complejas disputas y dentro de los límites impuestos por la valorización del capital, sino que eran ex ante parte de la supervivencia social a través del trabajo (que incluía la reproducción de las generaciones futuras).[176] 
La medida en que en la sociedad pre-capitalista el proceso de supervivencia social en su conjunto, incluyendo la producción de valores de uso materiales, formaba una unidad puede ser ilustrada más gráficamente por el hogar autónomo o la propiedad feudal. La estructura básica de tales unidades de reproducción social de la vida fue la misma: desde la gran casa del Faraón hasta la tienda del patriarca Abraham o la casa del campesino libre. La única diferencia estaba en la estructura de la unidad comunal: si se expresaba en la forma de una persona única o en la de una comunidad de personas más o menos libres e iguales (monarquía, oligarquía o democracia). Cada amo tenía debajo suyo a los respectivos miembros de su “familia”, incluidos los siervos, etc. Dejando de lado formas especiales, todas estas unidades se basaban en la posesión de la tierra, i.e., en la apropiación de las riquezas del suelo a través del trabajo social.[177] Viejos manuales del arte de la “administración del hogar” (la “economía”) indican qué tareas se incluían en tal administración del hogar o señorío. Un manual del siglo XVII[178] instruía al señor en las siguientes tareas entre otras. (Desde luego, podía delegarlas, pero era responsable en última instancia de ellas y debía planificarlas de antemano.) En primer lugar, estaba la relación con dios (esta tarea podía dejarla a un cura), a continuación con su esposa y sus hijos, con los trabajadores del campo y con los siervos. Esta relación de dominación incluía la guía, instrucción y sanciones. A continuación había instrucciones relacionadas con la amenaza de epidemias, con el empleo del calendario y planes para las distintas tareas (“los gansos deben ser sacrificados a finales del otoño”) y con la vigilancia del clima. Las tareas especiales de la esposa incluían lo siguiente: la educación, especialmente de las niñas, la cocina, el horneado, la preparación de la oferta de alimentos a través de las conservas, el ahumado de carnes, el salado, cómo hacer y remendar vestidos, la medicación y el cuidado de los enfermos, la cocina, hierbas, jardines de flores, etc. A continuación se hacía referencia a los viñedos, las bodegas, la siembra de frutas, la agricultura general, incluyendo la fabricación de cerveza, la molienda, el cuidado de los caballos, el ganado, las ovejas, las abejas y los gusanos de seda; el agua potable y la construcción de represas (para el agua de los molinos), la pesca, la forestación y la caza, los molinos y el horneado de ladrillos, las canteras y minas. Esta enumeración puede aparecer como dispersa desde el punto de vista de la departamentalización burguesa de la ciencia, que divide este enfoque holístico en las disciplinas separadas de la teología, la ética, la educación, la medicina, la meteorología, la sociología, la gerencia, etc. Pero la enumeración puede dar una idea de la totalidad de la reproducción social, que sólo puede ser formada y planificada de nuevo después de la abolición de las relaciones capitalistas. No había separación entre sociedad y estado, entre economía y política. El señor desempeñaba la función de control total, la cual, sin embargo, estaba precisamente circunscripta por la tradición. Había estratificación de rangos, que posicionaba a su esposa, a los hijos y a los trabajadores. Incluía el derecho al castigo corporal, incluso la pena de muerte. Si el señor no era el único a cargo del control, entonces el dominador (como el Inca en Perú) podía delegar partes de sus derechos y privilegios a señores inferiores (sistema feudal). También podía cumplir sus derechos y obligaciones junto con otros señores en pié de igualdad, p. ej. en el senado o el tribunal (en principio, estos sólo incluían señores libres con su propia tierra). La tarea más importante era la guerra (la reunión [Thing] en la vieja Alemania es una ilustración interesante en este sentido, puesto que sería para la elección del “duque” [Herzog], el jefe de las tropas).
En tales sistemas comunales pre-capitalistas ocurrían catástrofes, ya sea como verdaderas catástrofes naturales o a través de choques con otros sistemas comunales, pero no sucedían como catástrofes naturales sociales, como en el perverso mundo del capital. En El capital, después de haber desarrollado la categoría de plus valor absoluto, Marx vuelve inmediatamente a las catástrofes que sufre el trabajo vivo como resultado de la producción de plus valor. De esto deriva la particularidad del estado en relación con la legislación fabril. En la medida en que el trabajo perseguía la producción de valores de uso y la reproducción de la vida de los individuos sociales, no había necesidad de un control particular y de una institución coactiva dedicada a evitar que el individuo y la sociedad se asesinaran a sí mismos a través del exceso de trabajo. Sólo la producción capitalista de mercancías destruyó esta red y creó el problema de la auto-destrucción de la sociedad. La concentración de la sociedad burguesa en la forma del estado, i.e., su corporización en una institución que aparece como externa a la sociedad y parece flotar sobre ella como una “existencia particularizada”, es necesaria porque sólo de esta manera puede asegurarse la existencia de la sociedad (como sociedad capitalista). El fin directo de la producción no es la reproducción social de la vida, sino la producción de plus valor. El proceso de producción, en consecuencia, es conducido por leyes que son ajenas a la voluntad conciente de los individuos y que operan a sus espaldas, pero se desarrolla a través de sus propias acciones. Surge entonces la necesidad de una institución social particular, contrapuesta a la sociedad productora. Este control suplementario e insuficiente del estado sobre la forma natural del proceso de reproducción social es necesario para mantener la producción de plus valor: la apropiación del prevaler de una clase por la otra. Este control sostiene el carácter de clase de la sociedad. Es una de las funciones que el estado debe asumir. (No se trata en este contexto de la función del estado de opresión directa, puesto que no es una función primaria específica de esta forma social, aunque la malinterpretación de este hecho crucial conduce frecuentemente a conclusiones erróneas a propósito de la organización y la acción revolucionarias; véase la parte V.)  Así la “política social” (i.e., la actividad del estado de intervención en la sociedad ex post facto para resolver “problemas sociales”) tiene el carácter de una supervisión que priva de derechos al productor: un control que recae sobre las especificidades de la vida cotidiana, llamado “bienestar”. (Todo obrero enfermo o herido está familiarizado con esto porque ha de volver al trabajo: haciendo cola a la espera de su turno para ver al burócrata social detrás de su escritorio del bienestar, siendo revisado y certificado por el funcionario del “servicio de salud”, etc.) Mientras las políticas del estado social ofrecen una cierta seguridad a los productores individuales en caso de pérdida total o parcial de su fuerza de trabajo, fracasan completamente en material de un cuidado conciente, planificado, para el mantenimiento, la innovación y la extensión de la fuerza de trabajo social del obrero colectivo, i.e., de los productores asociados mismos. En una sociedad verdaderamente comunista semejante planeamiento conciente sería simplemente parte de un proceso de reproducción social holístico. Habría un servicio público [öffentliche Aufgabe], en tanto aporte de cada miembro al sostenimiento de la vida de la sociedad y de sus miembros; pero no sería objeto de la actividad burocrática abstracta de una organización política particularizada [besonderen politischen Organisation].[179]
Ciertos elementos de una reducción de las funciones del estado ya se reconocen claramente, por ejemplo, en Alemania del Este, pero siguen escondiéndose frecuentemente detrás de la figura del estado (la Comisión Estatal de Planificación [Staatliche Plankommission]). Esto es así porque este estado se arroga el derecho de tomar decisiones sobre todos los asuntos esenciales del proceso de reproducción social total. Son particularmente interesantes en este contexto aquellas áreas del proceso que, en el estado burgués, son normalmente descuidadas en lo que respecta a la política social y son marginales respecto de la producción “real”. Esto abarca, por ejemplo, la calificación del trabajo no-planificada de acuerdo con el desarrollo de condiciones esenciales de producción (los éxitos en Alemania del Este en esta área, que no son simplemente más avanzados sino cualitativamente diferentes, no requieren argumentación). También abarca el bienestar planificado de antemano, que asegura la salud del obrero colectivo a través de una red comprehensiva de clínicas y de cuidado de pacientes ambulatorios, asesoramiento, exámenes preventivos y vacunación, el establecimiento de estrictas regulaciones para evitar accidentes de trabajo y viajes de vacaciones para todos los trabajadores (es un hecho bien conocido que en Alemania Occidental sólo unos pocos trabajadores pueden irse de vacaciones.) Numerosas estadísticas muestran que Alemania Oriental supera a Alemania Occidental en este sentido,a pesar de los “estándares de vida” más altos de esta última.[180] En Alemania del Este, el estado reclama para sí esta planificación comprehensiva y tiene el poder para implementarla; difiere fundamentalmente, en este sentido, del estado burgués. Pero sigue siendo un estado, puesto que los productores aislados siguen estando en gran medida al margen de la planificación social total del proceso de producción y de vida. Esto también es evidente en el hecho de que los productores aún no están realmente asociados, sino que más bien siguen estando aislados y son incentivados a incrementar la producción a través de incentivos materiales individuales, de la misma manera en que las partes inconcientes de una máquinas son impulsadas por una palanca. (Y en este contexto, si el control de las empresas individuales y de las VVBs [Vereinigung Volkseigener Betriebe, Asociación de Empresas Públicas] sobre el plus trabajo sigue expandiéndose de manera que puedan expandir sus medios de producción, existe una potencial independencia creciente de las plantas y, por consiguiente, se debilita la planificación social.) El camino para construir el comunismo incluye, sin embargo, revolucionar la conciencia de los productores en el sentido de la comprensión y de la planificación y el control activos del proceso de reproducción social por parte de los individuos asociados. Recién entonces el estado puede perder su carácter político y convertirse realmente en “control público” [öffentliche Gewalt]. La realización de una sociedad comunista presupone entonces el pleno desarrollo de las fuerzas productivas materiales y humanas, i.e., un aumento en las fuerzas productivas materiales así como un desarrollo comprehensivo de las fuerzas productivas de los individuos sociales. En los hechos, el progreso general de las fuerzas productivas materiales requiere específicamente un creciente control comprehensivo por parte de individuos sociales asociados, auto-concientes y completamente desarrollados. El hombre mismo es la mayor fuerza productiva. Este control comprehensivo también incluye aspectos del proceso de reproducción social que son ignorados por el capital en su producción de plus valor y son salvaguardados por el estado de una manera primitiva dentro de los límites impuestos por el capital.                          
 
V. Sobre la relación entre las luchas económica y política de la clase obrera
 
A continuación queremos extraer algunas conclusiones a partir de las consideraciones que realizamos en las partes I-IV, haciendo hincapié sobre todo en la problematización de algunas opiniones ampliamente compartidas acerca de la relación entre las luchas económicas y políticas.Estas consideraciones son provisorias porque se basan únicamente en la crítica de la ilusión del estado social. La función imperialista del estado, que ignoramos a propósito aquí, juega, sin embargo, un rol esencial en la relación entre la clase obrera y el estado burgués, como se demostró en las discusiones sobre el imperialismo en el movimiento obrero alemán antes, durante y después de la I Guerra Mundial. Por consiguiente, dejamos abierta la pregunta acerca de en qué medida el carácter de la relación entre la clase obrera y el estado, que nosotros desarrollamos exclusivamente en términos del estado social, puede alterarse si incluyéramos en la discusión las funciones imperialistas del estado.[181]
 
1. La fundamentación materialista de la ilusión del estado
La tendencia del movimiento práctico del capital a la destrucción del trabajo vivo, i.e., a destruirse a sí mismo a través de la destrucción de la base de su existencia, es contrarrestada por las luchas de los obreros por el precio de su fuerza de trabajo y, conjuntamente, por la jornada normal de trabajo, que permiten el mantenimiento normal de su fuerza de trabajo. En este sentido, las luchas de clase de los obreros son momentos del propio movimiento del capital, puesto que resguardan su existencia.
Así, las luchas de clase no pueden evitar el dilema de funcionar simultáneamente para “mantener el sistema” mientras apuntan a mantener la fuerza de trabajo de los obreros. La clase obrera y sus organizaciones no pueden simplemente evitar este momento de la lucha de clases a través de un acto de la voluntad. Entonces, la distinción entre las luchas de la clase obrera que perpetúan y las que quiebran al sistema, a este nivel, es aún idealista. Los conflictos económicos al nivel de las demandas subjetivas tendientes a mantener o a quebrar el sistema sólo pueden juzgarse concluyentemente en relación con la acción recíproca entre ambos lados de la lucha –cuando, por ejemplo, los sindicatos y la gerencia acuerdan desde el comienzo de qué manera pueden asegurarse mejor las ganancias, i.e., cuando en los contratos la organización de los obreros no se esfuerza sino por salvaguardar las condiciones para la valorización del capital. Esto significa que los sindicatos mismos también tratan a los trabajadores como objetos del capital. Pero incluso la acción concertada es un residuo de la lucha de clases institucionalizada: detrás suyo se oculta la lucha abierta. En contraste, las así llamadas demandas “económicas” –p. ej., “el 15% y ningún aumento menor”- también tienen lugar al nivel de la antinomia descripta por Marx del derecho contra derecho, del derecho del trabajo asalariado contra el derecho del capital, determinados ambos por las leyes del intercambio de mercancías. Esta antinomia no puede resolverse a través de las leyes: es el corazón de la lucha de clases.      
El carácter contradictorio de las luchas de clases -el hecho de que estabilizan temporariamente la valorización del capital- origina cambios en la propia organización de los obreros durante la historia de la lucha de clases. La clase obrera aprende, como consecuencia de su lucha, que el estado se hace cargo de funciones de política social, imponiendo legislación compulsiva al capital. El estado aparece así como una “entidad particularizada” frente al capital. Se genera la ilusión de la neutralidad de clase del poder de estado y de aquí la existencia del reformismo burgués en la clase obrera y de la teoría revisionista. La coincidencia retroactiva de los intereses del capital y del trabajo asalariado (véase la legislación fabril) fue preparada por la legislación compulsiva del estado, que ciertamente contradice el “movimiento práctico del capital” pero salvaguarda a la vez la existencia del capital. Esta coincidencia sienta la base de la ilusión de una posible reconciliación de las contradicciones de clase, de una eventual transformación de la sociedad a través del estado como sujeto.               
Sin embargo, precisamente porque tienen intereses contradictorios, los capitalistas y el estado burgués mismos estuvieron dispuestos a reconocer a las organizaciones de la clase obrera y a intentar arbitrar en la antinomia entre trabajo asalariado y capital a nivel de las negociaciones. Esta disposición surgió primariamente de la experiencia de los capitales y de su estado de que las leyes de movimiento del capital generan a la clase obrera como contradicción en el seno de la propia sociedad. Y de que esta contradicción se origina en la propia producción capitalista y no puede ser resuelta por medios políticos o terroristas, sino que solo puede ser controlada mediante la institucionalización -esto fue particularmente evidente en el desarrollo de las organizaciones de la clase obrera en Alemania Occidental.               
Sin embargo, en la medida en que los capitalistas y el estado burgués tienden a reconocer a las organizaciones de la clase obrera como partes en el proceso de negociación –que es, para ellos, la manera más simple de regular el conflicto-, las organizaciones de la clase obrera se sintieron a su vez obligadas a ver al estado como un sujeto neutral, que no es hostil a ellos y está interesado en el bien común, y al mismos tiempo como un instrumento para concretar las demandas cotidianas más amplias de la clase obrera. Pero esto, desde luego, requiere una posposición temporaria de sus objetivos revolucionarios, que sólo es una anticipación de su tarea final.[182] Tan pronto como la socialdemocracia percibe a la reforma social como el objetivo de sus políticas, se adhiere necesariamente a sí misma y a los obreros al sistema de gobierno existente y al capitalismo, pues las reformas sociales sólo pueden realizarse a través del estado capitalista. Esto aparece también conceptualizado como la relación pasiva entre el ciudadano y el estado en las “teorías del estado de providencia [Versorgungsstaatstheorien]”, cuya primera versión ya se encontraba en la “actitud de consumidor [Konsumentenhaltung]” de la temprana teoría revisionista. Junto con el abandono del objetivo revolucionario, la superación del viejo orden y la conquista del poder por el proletariado, se abandona también la lucha política autónoma como una precondición para cambiar la calidad de vida. Si el objetivo es el progreso social, la mayor justicia en la distribución y la reforma social, pueden sustituirla las organizaciones obreras, los sindicatos y los partidos. El camino trazado es un camino de cooperación entre clases a través de la cooperación de sus organizaciones sociales y políticas. Más aún, no hay ningún otro camino, si uno tiene la esperanza de que los capitalistas y el estado burgués con su propio consentimiento entreguen una porción de su poder y su riqueza para repartirlo en la clase obrera.             
2. La lucha política y económica
La legislación fabril fue el resultado de prolongadas luchas de clase. En su presentación, Marx no especifica si se refiere por luchas de clase sólo a aquellas que dirigían las demandas de la clase obrera directamente al estado. Más bien, las luchas de clase en este contexto inicialmente aparecieron como la lucha colectiva de los obreros contra las arbitrariedades del capital. Las demandas fueron por limitaciones gubernamentales, i.e., sancionadas de manera general y oficial, de la jornada de trabajo por el estado: estas demandas se desarrollaron en el curso de la lucha. 
La forma general de la demanda emergió, a su vez, de la experiencia del proletariado: si el capital era forzado en un sitio, aún encontraba otro sitio donde podía hacer lo mejor de sí. Tampoco puede decirse que Marx, en el contexto de la legislación fabril, designaba como lucha de clases sólo aquellos fenómenos impulsados por una organización política consciente. La legislación fabril (la jornada de diez horas) se originó en un momento en el que el movimiento cartista estaba destruido, pero en el que según los informes de los inspectores fabriles los antagonismos de clase sin embargo habían alcanzado una altura increíble. Por consiguiente es evidente que Marx no fue tan lejos como para afirmar que las luchas de clase ocurren sólo en aquellas instancias en que el proletariado es conducido por una organización política conciente. Más bien, las organizaciones del proletariado son ellas mismas resultado de luchas que se desarrollan a partir de la relación antagónica entre el trabajo asalariado y el capital en el proceso de valorización del capital. Desde luego, Marx, en una carta a Bolte (1871), resumía otra vez este punto: “El movimiento político de la clase obrera tiene como último objetivo, claro está, la conquista del poder político para la clase obrera y a este fin es necesario, naturalmente, que la organización previa de la clase obrera, nacida en su propia lucha económica, haya alcanzado cierto grado de desarrollo. Pero, por otra parte, todo movimiento en el que la clase obrera actúa como clase contra las clases dominantes y trata de forzarlas «presionando desde fuera», es un movimiento político. Por ejemplo, la tentativa de obligar mediante huelgas a capitalistas aislados a reducir la jornada de trabajo en determinada fábrica o rama de la industria es un movimiento puramente económico; por el contrario, el movimiento con vistas a obligar a que se decrete la ley de la jornada de ocho horas, etc., es un movimiento político. Así pues, de los movimientos económicos separados de los obreros nace en todas partes un movimiento político, es decir, un movimiento de la clase, cuyo objeto es que se dé satisfacción a sus intereses en forma general, es decir, en forma que sea compulsoria para toda la sociedad. Si bien es cierto que estos movimientos presuponen cierta organización previa, no es menos cierto que representan un medio para desarrollar esta organización. Allí donde la clase obrera no ha desarrollado su organización lo bastante para emprender una ofensiva resuelta contra el poder colectivo, es decir, contra el poder político de las clases dominantes, se debe, por lo menos, prepararla para ello mediante una agitación constante contra la política de las clases dominantes y adoptando una actitud hostil hacia ese poder”. [183]
Para resumir la concepción de Marx: el movimiento político de la clase obrera emerge de sus movimientos económicos. Su organización política como clase, ya no dirigida contra el empresario individual sino contra la clase capitalista en su conjunto, no se impone sobre ella simplemente desde afuera, sino que se origina en el contexto de las luchas económicas y políticas. Las organizaciones políticas de la clase tienen entonces la tarea de impulsar las luchas de los trabajadores mediante la educación del proletariado en el sentido de que su oponente no es el empresario individual, sino la clase de los capitalistas y el estado clasista. Estas organizaciones deben generar entonces simultáneamente la conciencia de la unidad del proletariado como clase más allá de la fábrica individual.          
Si revisamos ahora en la historia del movimiento obrero las funciones designadas aquí por Marx como funciones de la lucha política, i.e., las luchas para imponer legislación general a través del estado, con el estado como receptor de las demandas del proletariado, ya no resulta  posible hacer una distinción simple entre las luchas económica y política que presente a la lucha económica como exclusivamente económica, permitiendo evitar el peligro constante de caer en el oportunismo, mientras concibe a la lucha política como lucha contra el estado y, por consiguiente, revolucionaria. Por el contrario, es evidente que también existe una tendencia contraria, a saber, que focalizar las luchas de clase en el estado puede convertirse fácilmente en la base de la ilusión del estado en la historia del movimiento obrero, en la base de la ilusión de que el estado como entidad política puede quebrar el poder del capital mediante la legislación compulsiva. La conquista del poder político como objetivo del movimiento no es el resultado del desarrollo continuo e ininterrumpido de la lucha política de la clase obrera por la imposición de leyes generales que la protejan de las brutalidades del capital. Esta lucha, como demuestra la historia entera del revisionismo, puede en cambio hacer perder de vista el objetivo: la dictadura del proletariado y la destrucción del estado burgués.     
La carta a Bolte antes citada no debe interpretarse en el sentido de que sólo las luchas que se focalizan directamente en el estado deben ser consideradas como luchas políticas. La legislación fabril sólo sirve como una ilustración del tipo de lucha en la cual el proletariado, como clase, confronta a las clases dominantes. Por el contrario, en las discusiones contemporáneas de la izquierda, es típica la siguiente idea: “la lucha de clases ha sido, desde Marx y Lenin, la lucha política contra el capital organizado como clase y apoyado por el estado, la lucha contra el poder de estado”.[184] Es equivocado, en este contexto, invocar la distinción de Marx entre las luchas económica y política. Y más equivocado aún es respaldar este punto de vista refiriéndose al análisis de la legislación fabril de El capital. Aquí hay de hecho (y debe criticarse a fondo) un proceso cuasi-natural de constitución del proletariado como clase a través de los mecanismos del modo de producción capitalista: “Con la disminución constante en el número de los magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de trastocamiento, se acrecienta la masa de la miseria, de la opresión, de la servidumbre, de la degeneración, de la explotación, pero se acrecienta también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción”.[185]
Marx, desde luego, no veía y ni probablemente hubiera podido ver en esta época que la lucha de la clase obrera por intervenciones puramente negativas de parte del estado es una fuente esencial de estrategias y nociones teóricas burguesas-reformistas para la organización de la clase obrera pero, por otra parte, la idea de una constitución cuasi-automática de la clase obrera como un sujeto históricamente consciente parece mecanicista. Esto se vuelve especialmente visible en el desarrollo de los EEUU. Ambos juicios errados pueden relacionarse: Marx acertaba completamente en su evaluación de la necesidad de la lucha económica para la emergencia de una organización de la clase obrera, pero no pudo prever el pantano reformista en el que podían caer tales organizaciones. Es un hecho histórico que esta lucha crea organizaciones. Pero, puesto que en esta lucha la clase obrera acaba a menudo salvaguardando la existencia del capital, contribuye a la deformación de las propias organizaciones del proletariado. Esta deformación no puede ser revertida simplemente, como ya asumía Luxemburgo, por las luchas espontáneas del proletariado contra las intenciones de sus organizadores. Esto se aplica tanto a las organizaciones que se limitan a sí mismas a la lucha económica como a las organizaciones políticas. Estas organizaciones representan un verdadero obstáculo para el proletariado y pueden suprimir temporariamente su lucha espontánea y solidaria contra el capital presentando solo demandas aisladas de los asalariados. Pero sólo son semejante obstáculo porque representan y satisfacen parcialmente esas demandas -esto se aplica incluso al Frente Alemán del Trabajo [Deutsche Arbeitsfront o DAF] fascista.[186] Y no pueden satisfacer esas demandas sin concesiones prácticas por parte de los capitalistas –concesiones que, sin embargo, no son de ninguna manera resultado de la buena voluntad de los capitalistas.
Sin embargo, el reclamo de confrontar simplemente a las desgastadas organizaciones políticas con una nueva organización revolucionaria es voluntarista en la medida en que esta última no se sustente en las luchas necesarias del proletariado. Los conflictos entre trabajo asalariado y capital son la base de la organización política efectiva, es decir, anclada en el proletariado.   
3. El rol decreciente del estado en la lucha entre trabajo y capital
Marx comienza asumiendo que la intervención del estado para proteger la fuerza de trabajo como mercancía juega un papel esencial en el desarrollo del capital en su plena madurez. La legislación fabril es efectiva a propósito de la concentración del capital y de la destrucción de las formas de producción antiguas así como pequeño-burguesas. “Con ello, la legislación fabril generaliza también la lucha directa contra la dominación. Mientras que en los talleres individuales impone la uniformidad, la regularidad, el orden y la economía, al mismo tiempo acrecienta –por el enorme estímulo que para la técnica significan la limitación y regulación de la jornada laboral- la anarquía y las catástrofes de la producción capitalista en su conjunto, así como la intensidad del trabajo y la competencia de la maquinaria con el obrero”.[187]
En cierto sentido, esto significa que la lucha del trabajo asalariado contra el capital individual bajo el capitalismo desarrollado, que ahora controla en los hechos grandes porciones de la producción nacional e internacional, ya no es una lucha meramente económica en el viejo sentido, sino que aquí la clase trabajadora como clase y el capital como clase dominante confrontan verdaderamente uno con otro. La generalización de la lucha y su carácter de lucha de clase política ya no depende del requisito de que esta generalidad sea mediatizada por el estado, sea como oponente o como intermediario. Una huelga en una compañía gigante o en una rama de la industria hoy plantea una presión política al capital, aunque sólo sea por lo que significa para la reproducción del capital colectivo. La interdependencia de la producción y su centralización convierte a esa huelga en una preocupación para gran parte del capital.      
Pero hay también aquí otro elemento significativo. Las regulaciones generales del tiempo de trabajo, sin importar cuán a menudo sean violadas por el capital.[188] Frecuentemente, en períodos de auge, se presenta al tiempo de trabajo como una demanda general de la clase obrera, i.e., como una demanda que sólo puede satisfacer el estado burgués en la forma de una legislación general. La jornada de ocho horas no tiene nada que ver con la naturaleza específica de los medios de producción ni con la organización de la producción en las empresas individuales. Puede ser impuesta como una ley general. Esta limitación general de la producción de plus valor absoluto por parte del estado dirige entonces los apetitos del capital hacia la producción de plus valor relativo, i.e., hacia el aumento de la productividad mediante cambios en la estructura técnica de los medios de producción y en la estructura organizacional de las empresas, así como mediante “un control más estrecho de los tiempos muertos” a través de una intensificación del trabajo. “No bien la reducción de la jornada laboral, que crea primordialmente la condición subjetiva para la condensación del trabajo, o sea la capacidad del obrero de desplegar más fuerza en un tiempo dado, es impuesta coercitivamente por la ley, la máquina deviene, en las manos del capital, en un medio objetivo y empleado de manera sistemática para arrancar más trabajo en el mismo tiempo. Ocurre esto de dos modos: mediante un aumento en la velocidad de las máquinas y por medio de la ampliación en la escala de la maquinaria que debe vigilar el mismo obrero, o del campo de trabajo de este último. La construcción perfeccionada de la maquinaria en parte es necesaria para ejercer la mayor presión sobre el obrero, y en parte acompaña de por sí la intensificación del trabajo, ya que la limitación de la jornada laboral fuerza al capitalista a vigilar de la manera más estricta los costos de producción”.[189]
Junto con el pasaje de la forma absoluta a la relativa de extraer plus valor también cambian necesariamente las formas en las cuales se desenvuelve primariamente el conflicto entre el trabajo asalariado y el capital, en las cuales el capital usa al trabajo vivo como un mero objeto y se pone en cuestión el mantenimiento normal de la fuerza de trabajo. La intensificación del trabajo y la subordinación absoluta del obrero a la maquinaria, su degradación a un mero apéndice suyo, son las formas de las primeras invasiones del capital en las condiciones del capitalismo desarrollado. El trabajo asalariado ya no puede esperar protección contra tales invasiones de una ley general que el estado imponga al capital. En la regulación del tiempo de trabajo, la clase obrera experimenta que las limitaciones de carácter general (la semana de 40 horas) peleadas por los sindicatos son, ya sea esquivadas, ya sea rotas, por el capital individual, dependiendo de las fluctuantes necesidades de la valorización del capital. Esto se aplica también a otras leyes generales del estado, p. ej., a la jornada de ocho horas, a las leyes de protección de las madres y los niños, etc.[190] Sobre la base de estas experiencias, los obreros deben considerar como inadecuada la satisfacción de las demandas de protección de los sindicatos, tales como el acortamiento del tiempo de trabajo y la extensión de las vacaciones. Aunque estas demandas son tan importantes como siempre, no pueden evitar las invasiones inmediatas a las que los obreros están más expuestos -en parte, ellas mismas son la causa directa de aceleraciones adicionales de los tiempos de trabajo.[191]
En la medida en que aparecen cambios materiales y organizacionales en el proceso de producción y en la intensificación del trabajo como formas primarias usadas por el capital para subyugar al trabajo, no pueden ser enfrentados mediante reglas generales, a menos que uno piense en una inmensa red que especificaría tales limitaciones en miles de artículos y reglas. Pero incluso en este caso resultaría obsoleto en el momento de su terminación y contendría nuevos vacíos que inmediatamente podrían ser usados por el capital. Requeriría además una burocracia igualmente enorme para supervisar la aplicación de esas reglas en cada lugar de trabajo. (Sin tener en cuenta la forma de explotación, que plantea un límite absoluto a la  intervención regulativa general del estado, hay también un límite inmanente: ¿adónde podría dirigir su apetito el capital si, después de que la duración de la jornada de trabajo ha sido limitada, la producción de plus valor relativo también fuera recortada?) La forma de control para contrarrestar esta forma de explotación, en todo caso, sólo puede concebirse como el control directo de los productores sobre el proceso de producción, en cuyo caso el control, en tanto poder externo al proceso de producción social, se negaría a sí mismo. 
Lo que se entiende por una relación modificada entre los productores y los medios de producción quizás pueda ser planteado más claramente si consideramos la relación entre la estructura del valor de uso, el aspecto técnico del proceso de trabajo, y la calificación especial de la fuerza de trabajo. En una sociedad comunista, los productores podrían establecer una relación racional con los medios de trabajo sólo mediante la conformación, desde el comienzo mismo, de la estructura técnica del proceso de trabajo desde la perspectiva de sus propias habilidades y capacidades y del desarrollo de las mismas, así como desde la perspectiva de sus necesidades concretas. Los productores junto con los especialistas podrían, por ejemplo, planificar e implementar desde una mejora de un proceso de producción específico hasta una concepción completamente nueva de sus tareas compartidas, en el marco de una empresa dada o para una rama entera de la producción.[192] Así, desde el comienzo mismo, el sistema de la maquinaria no emplearía al trabajo vivo meramente como recurso complementario, sino que los productores planificarían y organizarían la cooperación en tanto interacción entre el aspecto objetivado y el aspecto vivo del proceso de trabajo.  
La reintegración de las funciones del estado a la sociedad se vuelve obviamente necesaria debido al proceso de producción. El estado, como una institución separada capaz de alcanzar una cierta protección de la fuerza de trabajo a través de legislación general, se vuelve crecientemente incompetente puesto que el proceso de trabajo mismo se deshace cada vez más de regulaciones generales. A través de este desarrollo de la producción y de las características materiales de los medios de producción y de la fuerza de trabajo, a través de los métodos a los que recurre el capital para extraer plus trabajo extra, se reduce crecientemente la base que otrora permitió que el estado se constituyera a sí mismo como una comunidad ilusoria de la sociedad en su conjunto y se convierte en un obstáculo para la conciencia de clase.       
En este contexto, por supuesto, debe plantearse la pregunta acerca de si está justificado hablar de una única forma particular de explotación relevante para las luchas de clase contemporáneas y futuras. Después de todo, la producción de plus valor relativo estuvo presente en toda la historia del capitalismo. Ella es, en tanto desarrollo de las fuerzas productivas, su característica esencial y es mucho más importante, comparativamente, que la producción de plus valor absoluto. Debe decirse en este sentido que, en el presente, esto sólo puede considerarse como un intento de describir una tendencia histórica y que, como tal, afecta también al trabajo asalariado en tanto productor, para quien se vuelve cada vez más necesario controlar los medios de producción. En segundo lugar, debería determinarse hasta qué punto es necesario distinguir fases dentro del desarrollo histórico concreto del capitalismo. Bajo la creciente presión de la competencia (en el mercado mundial contemporáneo), que sólo pone de manifiesto los crecientes problemas de la valorización del capital, la fase actual exige un aumento de la plusvalía relativa. La crisis de 1967 condujo muy claramente a un vehemente impulso hacia la “racionalización” de la producción en Alemania Occidental, racionalización que involucró el desarrollo de los medios de producción técnicos en vistas de la intensificación del trabajo. (Despido de la fuerza de trabajo “superflua”, análisis estrictos de los costos totales de la estructura organizativa de las empresas así como de la incidencia de libertad que quedaba en manos del trabajador individual para determinar su trabajo y su tiempo de trabajo. Estas medidas se aplicaron especialmente a los empleados, a los oficinistas, pero también al trabajo calificado –aumentos por productividad, evaluación de la eficiencia de los puestos de trabajo, sistemas MTM, etc.). El carácter abarcativo y profundo de esta “campaña de racionalización” sólo puede ser comparado en los hechos con la fase que se extendió entre 1924 y 1929, en la que, con parecida euforia, los sindicatos estaban tan intoxicados por el progreso tecnológico del capital y por la posibilidad simultánea de mejorar la posición de la clase obrera como lo están hoy.[193]
En cualquier caso, la producción de plus valor relativo no aumentó continuamente ni ejerció continuamente una presión creciente sobre el trabajo asalariado, pero hubo fases de presiones crecientes sobre la clase obrera y el capital se encuentra actualmente en una de estas fases. En tercer lugar, es importante el hecho de que los obreros, en este contexto, advierten que pueden defender sus intereses. Aquí radica una razón esencial de la pérdida de influencia de los sindicatos, que continuará en la medida en que estén organizados burocráticamente e involucrados en la integración dentro del sistema capitalista. Esto se evidencia en las huelgas salvajes de los EEUU, que cuestionaron principalmente la intensificación del trabajo y la subordinación total a la maquinaria.[194] Lo mismo vale para las huelgas salvajes en Suecia, que se centraron en las nuevas tasas de productividad, junto con los pequeños métodos para impulsar un mayor trabajo. Las grandes huelgas de Fiat y Pirelli probaron el mismo punto en Italia (en Fiat, por ejemplo, la velocidad de la línea abrumó a los obreros: fueron empujados tan duramente por la tecnología que muchos debieron tomarse varios días de licencia por mes por enfermedad, simplemente en vistas de continuar operando y evitar la destrucción total). Más evidencia proporciona el movimiento huelguístico de septiembre en Alemania Occidental, cuando el disgusto de los obreros a causa del estancamiento de los salarios y de los exorbitantes beneficios de las compañías aumentó vehementemente gracias al simultáneo aumento de la presión sobre el trabajo en las empresas.                
En todo caso, actualmente, no hay lugar para que los obreros planteen al estado demandas concernientes a la velocidad del trabajo, a la tasa creciente de trabajo a destajo, a la mayor intensificación del trabajo, etc. Aquí el conflicto tiene como protagonistas exclusivos al trabajo asalariado y al capital. Entonces, desaparece la base de la ilusión de la conciencia de que el estado puede mejorar la posición de los obreros dentro de la relación entre trabajo asalariado y capital.[195]
Desde esta perspectiva, las luchas de los obreros del norte de Italia durante 1969, ante las cuales el estado permaneció irremediablemente en la retaguardia, requieren mayor investigación. Dadas estas luchas, se vuelve cada vez menos creíble que el estado pueda seguir sacando de la manga nuevos recursos socio-políticos para manipular satisfactoriamente a las masas. En función de asegurar la dominación del capital, al estado no le quedan otros medios que el poder de estado: la policía, el ejército y la justicia penal. Existe, en cambio, una base material para la ilusión del estado social en las crecientes “tareas” del estado en el área de la “política educativa”. A través del empleo en la producción de obreros que ya fueron calificados a través de la educación, la lucha se desarrolla cada vez más directamente entre empleador y empleado, entre trabajo asalariado y capital, pero el rol del estado en la calificación de la fuerza de trabajo se está incrementando. En los conflictos que surgen en el área de la formación el estado, como “aparato de estado”, aparece como uno y el único oponente. Aquí está la base material de la enorme sobreestimación del rol del estado en el “capitalismo tardío”, que caracteriza a una importante porción del movimiento estudiantil de todos los niveles. La base de esta ilusión, sin embargo, no está sólo en la experiencia de las batallas con la policía y la persecución legal, sino también en el hecho de que se hacen concesiones y se garantizan reformas, de la “modernización del sistema educativo”. La medida en que estas reformas resultan de las propias contradicciones de la valorización del capital, el hecho de que sólo son implementadas después de prolongadas luchas y a menudo a medias y –más importante aún- de que todos los planes de reforma educativa por parte del estado están severamente limitados -i.e., “no toquen el plus valor”-, todo esto normalmente permanece oculto para aquellos que ven al “aparato de estado” como el único oponente. Así, puede surgir un nuevo revisionismo entre aquellos que, sobre la base de la rígida separación entre la educación y la producción en la sociedad capitalista, olvidan que sólo reciben su educación en función de satisfacer adecuadamente el apetito del capital. Las medidas políticas actuales del Partido Socialdemócrata (SPD) (amnistía, reducción de la edad de votación, reducción del servicio militar) son hechas a medida para evitar el reconocimiento de lo que realmente está sucediendo. Si, por otra parte, los estudiantes de todos los niveles (excluyendo, desde luego, a los que se preparan a sí mismos concientemente para carreras en las funciones opresivas del estado) reconocen esta situación, entienden que sus luchas con el estado no giran alrededor de privilegios duraderos sino que se relacionan con la contradicción entre trabajo asalariado y capital, y ven las consecuencias de esto para la praxis política, entonces es posible que la lucha contra la producción de fuerza de trabajo al servicio del capital por parte del estado se convierta en una lucha parcial más dentro de la lucha de clases entre el trabajo asalariado y el capital.                      
 
* El traductor del artículo al inglés, R. V. Heydebrand, vuelca el término Sozialstaat como state socialism, aunque nosotros preferimos el de estado social porque nos parece que designa más adecuadamente la forma de estado a la que se refieren Müller y Neusub, a saber, el denominado estado de bienestar de posguerra [NdT].


[1] Véase Lapinski, P.: “Der Sozialstaat, Etappen und Tendenzen seiner Entwicklung“, en Unter dem Banner des Marxismus II, 1928; reimpreso en Gegen den Strom I,  1959.
[2]Luxemburg, R.: “Reforma o revolución”, en Obras escogidas, Bs. As., Pluma, 1976, p. 115-116.
[3]Marx, K.: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Bs. As., Siglo XXI, 1986, tomo I,p. 30. Véase tambiénMarx, K. y Engels, F.: La ideología alemana, Bs. As., Pueblo Unidos, 1985, p.72: “Como el estado es la forma bajo la que los individuos de una clase dominante hacen valer sus intereses comunes y en la que se condensa toda la sociedad civil de una época,  se sigue de aquí que todas las instituciones comunes tienen como mediador al Estado y adquieren a través de él una forma política. De ahí la ilusión de que la ley se basa en la voluntad y, además, en la voluntad desgajada de su base real, en la voluntad libre”.
[4] Marx, K.: Critica del Programa de Gotha, Bs. As., Anteo, 1973, p. 50. Véase también Marx, K.: Critique of Hegel's Philosophy of Righ, Cambridge, 1970: “¿cuál es el contenido de la constitución política, del fin político; cual es la finalidad de este fin? […]. ¿Qué poder ejerce el Estado político sobre la propiedad privada? […] El de estar aislado de la familia y de la sociedad, el de llegar a su propia autodenominación abstracta? ¿Cuál es el poder del Estado político sobre la propiedad privada? El propio poder de la propiedad privada, su ser conducido a la existencia. ¿Qué le queda al Estado político en oposición a este ser? La ilusión de determinar allí donde es determinado” (p.124). [...]. [L]a  ´inalienabilidad´ de la propiedad privada es al mismo tiempo la ´inalienabilidad´ del libre arbitrio general y de la moralidad social. Aquí la propiedad no es más ´en tanto que yo pongo en ella mi voluntad´, sino mi voluntad es ´en tanto que ella está colocada en la propiedad´. Mi voluntad no posee aquí; es poseída" (p. 126).
[5] Marx demostró muy temprano, a propósito de la administración gubernamental, que las contradicciones sociales se reflejan en el estado. Véanse su “Glosas marginales al artículo «El Rey de Prusia y la reforma social. Por un Prusiano»” (en Escritos de juventud sobre el derecho. Textos 1837-1847, Barcelona, Anthropos, p.123-4): "El Estado no puede, de una parte, suprimir la contradicción entre la determinación y la buena voluntad de la administración y sus medios y posibilidades sin suprimirse a sí mismo, pues él descansa sobre esta contradicción. El descansa sobre la contradicción entre la vida pública y la vida privada, sobre la contradicción entre el interés general y los intereses particulares. La administración debe limitarse por ello a una actividad formal y negativa, pues allí donde comienzan la vida burguesa y su trabajo cesa el poder de la administración. Aún más, frente a la consecuencia que conlleva la naturaleza no social de esa vida burguesa, de esta propiedad privada, de este comercio, de esta industria, de este saqueo recíproco de las diferentes esferas burguesas, frente a estas consecuencias, la impotencia es la ley natural de la administración. Pues esta fragmentación […] de la sociedad burguesa constituye el fundamento sobre el cual reposa el Estado moderno […].  Si el Estado moderno quisiera suprimir la impotencia de su administración tendría que suprimir la vida privada actual. Si quisiera suprimir la vida privada tendría que suprimirse a sí mismo, pues él existe sólo en contraposición a la misma”. La siguiente cita ilustra, por el contrario, la teoría actual del capitalismo monopolista de estado: “Como se dijo, los monopolios deben usar el estado como un instrumento, que puede ser usado en contra de ellos” (en Meissner, H. (ed.): Bürgerliche Oekonomie im modernen Kapitalismus, East Berlin, 1967, p. 422). Aunque todavía finge atenerse a las contradicciones de la sociedad capitalista, la teoría del capitalismo monopolista de estado olvida que esas contradicciones se reflejan en el aparato de estado así como en su capacidad de acción política. Por consiguiente, el aparato de estado no puede concebirse como un instrumento homogéneo que es neutral por naturaleza y por consiguiente puede ser empleado para servir los intereses de cualquier clase.
[6] Lenin, V. I.: El estado y la revolución, Bs. As., Anteo, 1973. En su crítica a la mistificación del estado por parte de Hegel, en quien el estado aparece como la encarnación de la razón, Marx mismo muestra claramente que solo el proletariado como sujeto puede superar las contradicciones de la sociedad burguesa. Véase también  Polak, K.: "Karl Marx über Staat, Eigentum und Recht" (en Karl Marx. Begründer der Staats- und Rechtstheorie der Arbeiterklasse, East Berlin, 1968, p. 35 passim). También en su crítica a la filosofía del derecho de Hegel Marx reconocía que “el principio determinante de la realidad es la lucha de clases, i.e., la contradicción, y el poder político en la forma del estado es la expresión de esta contradicción de la lucha“ (Marx-Engels Werke,I, p. 51). Y que “[l]a dictadura de los jacobinos fue el intento de controlar las contradicciones en la sociedad civil a través del poder político. Fracasó y debía fracasar” (MEW, I, p. 42). Para más detalles, véase Gurland, A.: Produktionsweise, Staat, Klassendiktatur(disertación no publicada, Leipzig, 1928).
[7] Véanse en este contexto el ensayo de J. Deppe y J. Agnoli enNeue Kritik,VIII, No. 44 (1967), pp. 48-66; IX, No. 47 (1968), pp. 24-33, así como Pannekoek, A.;  Lukacs, G.; Friedländer, P. y Rudas, L.:Parlamentarismusdebatte, Berlín, 1968. Un grupo de estudio de la Freie Universität, de Berlín, y B. Rabehl discuten el debate en su libro DKP—eine neue sozialdemokratische Partei, Berlín, 1969. El libro también presenta y critica las expresiones tradicionales y contemporáneas de las teorías revisionistas del estado así como sus consecuencias políticas y estratégicas. Muestra las semejanzas entre el revisionismo de los socialdemócratas de Alemania y Austria de los años veinte (Otto Bauer, Karl Renner, Rudolf Hilferding, Eduard Bernstein, Karl Kautsky y otros, las tesis del “capitalismo organizado” como una nueva forma del modo de producción capitalista potencialmente libre de crisis), la teoría del capitalismo monopolista de estado del DKP contemporáneo y la sociología política de Habermas y Offe, quienes continúan la tradición de la teoría socialdemócrata del estado durante la República de Weimar así como la de la sociología burguesa de Max Weber en adelante. Para más detalles, véanse las pp. 65-119 de su libro, donde se describen las distintas formas y contenidos de la teoría revisionista del estado, que aquí solo pueden mencionarse. Véase también el ensayo introductorio de P. Lapinski et al. a la nueva edición de Gegen den Strom (véase nota 1 más arriba). Su reiterado reclamo, también planteado en el libro del DKP, de un análisis “histórico-genético” del estado capitalista no se satisfizo en su publicación (si es que lo intentaron). En su intento de proporcionar una visión completa de las ideas políticas revisionistas, la crítica comienza invariablemente por lo particular. Esto es adecuado porque se basa en la crítica del revisionismo en el movimiento obrero, pero en el proceso se pierde de vista el contexto sistemático de las teorías revisionistas junto con una crítica contextual de ellas. Es difícil, por consiguiente, encontrar en esta crítica un punto de partida teórico para un análisis realmente materialista del capitalismo y de la clase. 
[8] Este ensayo es un prolegómeno para este propósito. Véase también Altvater, E.: "Konjunkturanalyse", en Sozialistische Politik 5, 1970.
[9] ¿No será el caso de que la teoría revisionista corresponda primariamente a la conciencia de funcionarios sindicales burocratizados, quienes ya no experimentan personalmente el conflicto con el capital sino que se caracterizan esencialmente por su actividad parcialmente exitosa como mediadores en relación con las “organizaciones generales” y la administración de estado? ¿Predomina en la masa de los trabajadores, por el contrario, la “conciencia dicotómica” que muestran muchos estudios actuales? ¿No es demasiado asimilada en este texto la conciencia de los organizados a la del aparato organizador? ¿Se puede explicar la formación de una conciencia revisionista sin tener en cuenta las formas organizativas a través de las cuales de desarrolla la lucha de clases?  ¿Se puede hablar de una “experiencia real” sin tener en cuenta el nivel de organización y la situación social en que se realiza esa experiencia? Formulamos estas preguntas para indicar los problemas que dejamos abiertos. Véase más abajo II, 4. 
[10] Sering, P.: "Wandlungen des Kapitalismus", en Zeitschrift fur Sozialismus 22-23, 1935, p. 717.
[11] Parece que la experiencia de la indispensabilidad de la cooperación “exitosa” con el aparato de estado durante la I Guerra Mundial (incluyendo la denuncia de los obreros rebeldes) fue de una importancia decisiva para los aparatos sindicales. El recuerdo del así llamado socialismo de guerra fue importante para la ilusión del “capitalismo organizado” así como lo fue la economía de guerra organizada por el estado (i.e., esencialmente, los representantes de los intereses del amplio complejo militar). Esto vale, por ejemplo, para  Wissel y Hilferding. En este contexto, véase el ensayo de Lapinski antes citado, que trata en detalle la emergencia de cooperación de clase institucionalizada durante la I Guerra Mundial y demuestra su continuidad en Weimar. La formación del Consejo Central para la Cooperación [Zentralen Arbeitsgemeinschaft] entre sindicatos y patronales (Noviembre de 1918) con la finalidad de detener la revolución, aun cuando por razones diferentes, es solo un hito aquí. Véase también Deppe, F.; Freyberg, J.;  Kievenheim, C.; Meyer, R. y Werkmeister, F.: Kritik der Mitbestimmung, Frankfurt, 1969, y Rabehl, B.: op.cit., p. 74.
[12]Marx, K.: Grundrisse, op.cit., p. 90. En la sociedad burguesa, el concepto de „distribución“ está a priori limitado al nivel del producto neto social; en consecuencia, la posibilidad de una distribución en un nivel diferente, i.e., el de los agentes productivos –el de la fuerza de trabajo y los medios de producción-, está excluida de antemano. En este contexto, se afirma usualmente que el producto social distribuido por el estado está en un proceso de crecimiento continuo. Esto requiere algunos comentarios. La proporción del producto bruto social apropiado por el estado en concepto de impuestos y contribuciones a la seguridad social ascendía a 11,8% (8,9 más 2,9) en 1913; 23,1% (16.7 más 5.6) en 1929; 34.4% (25.1 más 9.3) en 1963, para el “Reich” y la RFA respectivamente, incluyendo Berlín. Véase Eisholz, K.: „Strukturänderung der Sozialpolitik“, en Kleine Schriften zur Sozialpolitik und zum Arbeitsrecht IV (10), Munich, 1963, p. 36. Dejando de lado el hecho de que durante las últimas décadas hubo un definido descenso de las contribuciones del estado al crecimiento del producto bruto social, la incrementada proporción no cambió el hecho de que, antes de la recaudación gubernamental de impuestos y seguridad social, la „distribución“ del producto social tiene lugar como un conflicto directo entre dos clases, i.e., concretamente, en las negociaciones salariales o en implícitas luchas de clases latentes o abiertas. Obviamente, en lo que respecta a las contribuciones a la seguridad social (9,3% en 1963), sería dificil hablar aquí de una redistribución por el estado, puesto que no involucra otra cosa que un seguro garantizado por el estado. Nadie puede albergar seriamente la idea de que una compañía de seguros privada, por ejemplo, podría ser intervención del estado en la distribución capitalista. La seguridad social simplemente significa una redistribución dentro de la masa salarial y, desde una perspectiva general, ya sea pagada inmediatamente en la forma de salarios o después de la utilización del trabajo en la forma de jubilaciones, pertenece por completo al valor de la fuerza de trabajo. Puesto que su valor incluye también sus „costos educativos“ –i.e., una educación formal-, en última instancia la porción de los gastos gubernamentales destinados a ella es una proporción del capital variable adelantado por el capital colectivo que, sin embargo, no circula como salario individual. Una porción muy considerable de los gastos gubernamentales cae, por consiguiente, en la categoría de capital variable o –vagamente expresado- de masa salarial. De manera similar podría atribuirse una porción del excedente social colectivo a los distintos sectores del presupuesto, donde partes del mismo es redistribuido a ciertos sectores del capital (subvenciones, excensiones impositivas, etc.) o es gastado en las formas ideológica, militar, etc. de proteger las relaciones capitalistas. La „redistribución“ podría entonces convertirse en un lote estrecho. Esta es una de las cuestiones que deben encararse en un análisis concreto del intervencionismo del estado social.
[13] Kirchheimer, O.: "Weimar und was dann?", en suPolitik und Verfassung, Frankfurt, 1964, p. 42. Tugan-Baranowsky ya percibía a la distribución como un puro asunto de poder, mientras que veía a la producción como determinada por leyes económicas y técnicas. Véase Preiser, E.: Handwörter­buch der Sozialwissenschaften, bajo „Distributionstheorie“, vol. VIII, p. 623.
[14] Sering, P.:Jenseits des Kapitalismus, Nuernberg, 1946, p. 59. Una edición de varios miles de copias fue financiada por la I. G. Metall. Fritz Vilmar, enRüstung und Abrüstung (Frankfurt, 1965), se apoya ampliamente en Sering. Rudi Dutschke gusta citar a Sering; sin embargo, él prefiere los ensayos de los 1930s.
[15] Peter Gay, en Das Dilemma des demokratischen Sozialismus(Nuernberg, 1954), se refiere a estas palabras de un discurso de Bernstein de 1925. Véase la crítica de Marx a John Stuart Mill en El capital, ed. cit., tomo. III, pp. 1114; también la crítica de Luxemburg a Bernstein, op. cit., pp. 90-91: “Una y otra vez Bernstein se refiere al socialismo como un esfuerzo por lograr un modo de distribución `justo, más justo y aún más justo´ [...] [L]a socialdemocracia quiere establecer el modo de distribución socialista mediante la supresión del modo de producción capitalista. El método de Bernstein, por el contrario, propone combatir el modo de distribución capitalista con la esperanza de instaurar así, gradualmente, el modo de producción socialista”.
[16]Protokoll des SPD-Parteitages in Kiel,1927, p. 170. Hilferding, quien se convirtió al revisionismo durante la República de Weimar, ya presuponía en su Finanzkapital, donde se ocupaba primariamente de la esfera de la circulación e ignoraba esencialmente el proceso de producción, que el proceso de desarrollo de la producción capitalista podría tender hacia la formación de cárteles generales, eliminando así la anarquía de la producción. La primera tarea de la revolución socialista consistiría principalmente, entonces, en la eliminación de las desigualdades de la distribución. En ese tiempo, matizaba su afirmación diciendo que tal desarrollo sólo sería posible económica, aunque no social o políticamente. Véase El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963. Durante Weimar, Hilferding usó esas ideas como una base para desarrollar su teoría del “capitalismo organizado” y, en ese contexto, su concepción de un “salario político”. Para una crítica de su teoría, véase Kriwizki, M.: “Die Lohntheorie der deutschen Sozialdemokratie“, en Unter dem Banner des Marxismus III, 1928-29, pp. 381 y ss, reimpreso en Gegen den Strom, op. cit.,pp. 75 y ss; véase también Gottschalch, W.: Strukturveränderungen der Gesellschaft und politisches Handeln in der Lehre von Rudolf Hilferding, Berlin, 1962.
[17] Véase Offe, C.: “Political authority and class structures: an analysis of late capitalist societies”, en International Journal of Sociology II (1), 1972, pp. 73-108. Habermas se refiere a las fuertes intervenciones del estado en el “sistema de producción y distribución de mercancías” (Habermas, J.  et al. : Student und Politik, Neuwied, 1961, p. 22), pero luego se ve forzado a conceder que “la disposición privada de los medios de producción continúa siendo la base del proceso económico” (p. 23). Su teoría del estado social descansa ampliamente en la explicación de la soberanía del poder de estado como distributivo  vis-à-vis el proceso de producción capitalista, lo cual se vuelve más visible en sus tesis sobre los determinantes de las acciones políticas del poder de estado.
[18] Este es un breve panorama de los aspectos decisivos de las teorías del estado social de Hilferding, Sering, Offe, Habermas, Hennis y otros, concernientes a la fórmula de la distribución de acuerdo con la cual el producto social es dividido entre los distintos « grupos sociales » y las actividades del estado (consumo social, inversión social, lo militar). Hay una diferencia entre aquellas teorías del estado que ya se refieren al estado capitalista contemporáneo como estado social (Offe) y aquellas que presuponen que el estado social puede eventualmente ganar terreno a través de la restricción gradual del poder de los monopolios por medio de las fuerzas democráticas en el parlamento. Esta distinción está basada primariamente en la asunción de estas últimas de la influencia directa de los monopolios en el estado, viendo en consecuencia al estado como un instrumento de los monopolios. La primera presupone que hoy es « problemático » imputar « la dependencia de las acciones políticas del interés económico ». Véase Habermas, J.: Teoría y praxis, Madrid, Tecnos, 1987, p.251. En la p. 212 se refiere explícitamente al “estadio del capitalismo organizado” donde “el ámbito del tráfico de mercancías” está ya ampliamente mediado políticamente. Pero en la medida en que aquí en particular la teoría del capitalismo monopolista de estado argumenta al nivel de la influencia política, no se ve una clara relación entre el estado y el proceso de valorización del capital (precisamente, a diferencia de la mera “dependencia” de los “intereses económicos”).
[19]Marx, K. :Grundrisse,op. cit.,p. 7. “Se trata [...] de presentar a la producción, a diferencia de la distribución, etc., como regida por leyes eternas de la naturaleza, independientes de la historia, ocasión esta que sirve para introducir subrepticiamente las relaciones burguesas como leyes naturales inmutables de la sociedad in abstracto. [...] En la distribución, por el contrario, los hombres se habrían permitido de hecho toda clase de arbitrariedades” (las cuales, en este contexto, son sinónimo del “cambio social”). La incapacidad para entender la producción capitalista como el proceso de circulación del capital resulta en la eliminación de la distribución de este contexto. De aquí, entonces, viene la ilusión de la redistribución por el estado al nivel del “ingreso”. Desde el comienzo mismo el revisionismo se adapta a este patrón de pensamiento básico de la economía burguesa (lo cual no le impide caer presa de ilusiones mucho más grandes). Esto es lo que Marx está criticando aquí. Véase también su Crítica del Programa de Gotha, op. cit., p.35. “El socialismo vulgar (y con él, además, una parte de la democracia) ha tomado de los economistas burgueses la idea de considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción y representar por esta causa al socialismo como girando esencialmente en torno a la distribución”. El desarrollo real de esta crítica está contenido, desde luego, en El Capital.   
[20] Véase aquí Habermas, J.:Student..., op. cit., pp. 42 y 50. Lo mismo puede verse ya en Bernstein, Kautsky, Cunow, Renner y otros: véase Fetscher, I. (ed.): Der Marxismus, seine Geschichte in Dokumenten,vol. III (Múnich, 1965), pp. 41-56. El Godesberger Program, op. cit., afirma: “La economía de mercado como tal no garantiza una distribución justa del ingreso y la riqueza: para esto es necesaria una política intencional concerniente al ingreso y la riqueza” (p. 16). Véase también Brenner, O.: “Technischer Fortschritt und Gewerkschafte“, en Automation und technischer Fortschritt in Deutschland und den USA, Frankfurt, 1963, pp. 308ff: “La automatización y el progreso tecnológico permiten un mayor bienestar para todos. Pero en qué medida la fuerza de trabajo participará del mismo depende de la manera en la cual se ditribuya el mayor ingreso nacional. [...] El objetivo declarado de los sindicatos ha sido y será el aumento de la participación de los obreros en el ingreso nacional“ (p. 312).
[21] Como en el revisionismo original, los actuales apologistas del capital en la ciencia política ven las actividades distributivas del estado como un desarrollo nuevo. Entonces, denuncian esta función con conceptos como “estado de bienestar”, el estado como “el gran igualador”, etc., puesto que esta función viola los principios del desempeño y del ingreso de mercado. Véase Forsthoff, E.: “Begriff und Wesen des sozialen Rechsstaats“, en Veröffentlichungen der Vereinigung der Staatsrechtslehrer12, Berlin, 1954, pp. 8 y ss.; Weber, W.: Spannungen und Kräfte im Westdeutschen Verfassungs­system, Stuttgart, 1951. En los siguientes análisis del capitalismo avanzado señalaremos repetidamente analogías entre cientistas revisionistas y burgueses reaccionarios para mostrar que no hay una tercera vía entre los análisis sociales marxista y burgués y que las teorías revisionistas necesariamente caen en la teoría burguesa. Es imposible deducir conclusiones sociales completamente diferentes sobre la base de hallazgos „científicos“ a partir de Forsthoff o Hennis, como Habermas querría hacer.Siempre se queda en una crítica (moralizante).
[22] Shonfield, A.: Modern Capitalism: The Changing Balance of Public and Private Power, London, 1965; y Müller, W.:”Habermas und die Anwendbarkeit der Arbeitswerttheorie”, in Sozialistische Politik I, 1969, pp. 40-44. El arbitrario uso revisionista de los conceptos de “producto social”, “riqueza social” o, a veces, de “abundancia de mercancías”, y por ende de “productos”, indica por sí mismo que ellos ya no ven un problema en lo que Marx describe al comienzo mismo de El capital, i.e., que en el capitalismo la riqueza social aparece como un enorme cúmulo de mercancías. La arbitrariedad de la conceptualización indica el descuido de la problemática específica del modo de producción social: el carácter dual de la mercancía como valor de cambio y valor de uso y, en consecuencia, el carácter dual del proceso de trabajo y de producción.
[23] Luxemburg, R.: op.cit., p. 82.
[24] Marx, K.: El capital, México, Siglo XXI, tomo I, p. 219.
[25]Ibid.,p. 226.
[26]Ibid.,p. 237.
[27] Naphtali, F.:Wirtschaftsdemokratie, Frankfurt, 1966, p. 23.
[28] Véase Sering, P.:Jenseits..., op. cit., pp. 47-49.
[29] Véase aquí especialmente Marx, K.: Capital I, pp. 224 y ss. y 235 y ss.
[30]Ibid., III, pp. 106-118.
[31]Imperialismus Heute, Berlin, 1968, pp. 239 y 727. Véase el capítulo “Die demokratische Alternative gegen den staatsmonopolistischen Kapitalismus“,  pp. 724-751; véase también su crítica por Rabehl, op. cit., pp. 67 y ss.
33 Así, para el Secretario Auerbach del Ministro de Trabajo, la cobertura económica de pensiones y seguros de salud está asegurada sólo si los salarios y sueldos brutos aumentan anualmente en 5.8% hasta 1985. (Véase Tagesspiegel, 23 de Diciembre, 1969. Véase también Sozialenquete: “Soziale Sicherung in der BRD”, Stuttgart, 1966, pp. 143 y ss., esp. p. 153, donde se muestra que la seguridad social y particularmente el seguro de desempleo podrían caerse completamente bajo condiciones de desempleo de masas.
[33] Véase el ensayo de Eugen Varga “Probleme der Monopolbildung und die Theorie vom 'organisierten Kapitalismus'“, en su Die Krise des Kapitalismus und ihre politischen Folgen, Frankfurt, 1969, pp. 11-41. Véase también Rabehl, op. cit., pp. 97 y ss.
[34] Aquí estamos tratando con un problema que no podremos abordar completamente en nuestras discusiones. ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de la ilusión de la autonomía de la esfera de la distribución o de los salarios políticos bajo las condiciones de boom de las políticas anticíclicas? ¿Hasta qué punto no involucran de facto el reconocimiento de la dependencia de la distribución respecto de la producción así como los límites que esta dependencia impone?
[35] J. M. Gillman, en Prosperity in the Crisis, New York, 1965, demuestra cómo las teorías del estado de bienestar de la era del New Deal consideraban a la seguridad social como un mecanismos de regulación de la crisis (p. 132). Así Gillman confronta esta afirmación sobre la base de los movimientos cíclicos del capital en los EEUU y muestra que su significancia es sólo de importancia secundaria puesto que no es un factor de la estabilización económica.
[36] Tarnow, F.:Warum arm sein?, Berlin, 1928, pp. 71 y 49. Para una crítica, véase Kriwizki, M.:op. cit.;König, E.: Vom Revisionismus zum demokratischen Sozialismus, East Berlin, 1964, pp. 158 y ss.
[37]Metall16, 1967, y Weissbuch der I G. Metall, 1968. Puede verse también cómo Brenner, en 1967 y 1968, argumentó en favor de la teoría de regular la crisis mediante aumentos del ingreso general.
[38] Tarnow, F.: Warum arm sein?, op. cit., p. 53.
[39] Marx, K.: Grundrisse, op. cit., p. 373. Véase también p. 374: “El capital mismo, pues, considera que la demanda proveniente de los obreros –esto es, el pago del salario, sobre lo cual se funda esta demanda- no es una ganancia, sino una pérdida. Vale decir que lo que prevalece es la relación inmanente entre el capital y el trabajo. Es aquí nuevamente la competencia entre los capitales, su indiferencia y autonomía recíprocas, lo que lleva a que el capital individual no se comporte ante los obreros de todo el capital restante como ante obreros: hinc [de ahí] que se infrinja la proporción correcta”. Y afirma en El Capital, tomo II, “Pero si se quiere dar a esta tautología [de que la crisis proviene de la falta de consumo solvente] una apariencia de fundamentación profunda diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado exigua de su propio producto, y que por ende el mal se remediaría no bien recibiera aquella una fracción mayor de dicho producto, no bien aumentara su salario, pues, bastará con observar que invariablemente las crisis son preparadas por un período en que el salario sube de manera general y la clase obrera obtiene realiter [realmente] una porción mayor de la parte del producto anual destinada al consumo. Desde el punto de vista de estos caballeros del `sencillo` (!) sentido común, esos períodos, a la inversa, deberían conjurar las crisis. Parece, pues, que la producción capitalista implica condiciones que no dependen de la buena o mala voluntad, condiciones que sólo toleran momentáneamente esa prosperidad relativa de la clase obrera, y siempre en calidad de ave de las tormentas, anunciadora de las crisis”. (p. 502). Véase también Kriwizki, M.: Lohntheorie, op. cit., quien muestra que la teoría de los salarios políticos se basa en el supuesto de que el capitalista puede economizar capital constante y destinar ese ahorro al obrero: “A la luz de Marx, cuando encontramos que contrapone el capital variable o los salarios al plus valor, los salarios están contrapuestos al capital constante. En todos los casos a los que nos referimos, los cambios en los salarios están relacionados con cambios en el capital constante. Por consiguiente, la división del nuevo valor creado en el valor del trabajo y el plus valor está descartada. Esto elimina el campo de batalla en el cual el choque entre las dos clases tiene lugar... Esta es la misma transferencia del análisis desde las relaciones de producción hacia la tecnología, que es concebida como situada por fuera de las relaciones sociales de producción” (pp. 97 y ss.).
[40] Véase Sozialenquete, op. cit., pp. 140 y ss.
[41]Ibid., pp. 153 y ss. Se argumenta aquí que, en las condiciones de una economía recalentada, los beneficios sociales tienen un efecto inflacionario, pero son económicamente posibles y quizás incluso razonables durante una crisis (Aquí, la ilusión es similar a la de los sindicatos). No se recomienda esto último, sin embargo, sobre la base de factores políticos, puesto que tales medidas son difíciles de revertir más tarde sin el peligro potencial del descontento social. 
[42] Una y otra vez es necesario evitar completamente los conceptos científicos burgueses, que tan obviamente velan la realidad, o al menos ponerlos entre comillas. Así, según la opinión predominante, “el pleno empleo” incluye una tasa oficial de desempleo de “sólo” el 3-5%. Los datos de las estadísticas oficiales de desempleo, a su vez, son errados (particularmente durante una “recesión” o una “descenso”) porque no incluyen a los trabajadores extranjeros sumidos en el desempleo prematuramente (especialmente las obreras mujeres) o quienes retornan al hogar por su propia cuenta. Los datos ocultan un ejército industrial de reserva mucho más amplio, que es en los hechos el concepto apropiado para la realidad capitalista. Este es otro recordatorio que indica cómo, en la sociedad burguesa, uno se mueve constantemente entre muñecos que, sin embargo, desde la perspectiva de la sociedad capitalista y de su ciencia son la única realidad y la que determina en los hechos las acciones de los agentes del capital y de los funcionarios estatales.
[43]Sozialenquete, op .cit., p. 153.
[44]Ibid.., p. 144. Aquí los límites de la política social son correctamente subrayados en líneas generales. Por otra parte, el estado, i.e., los EEUU, es menos capaz de tener en cuenta los límites inferiores. Los límites sólo son considerados para las fases de prosperidad del capital. Véase también p. 145: “la disposición de la industria a invertir es necesaria en virtud del crecimiento del bienestar general así como en virtud del pleno empleo. [...] En virtud del mantenimiento de la capacidad internacional de la economía, es imposible reducir el volumen de las exportaciones [...]. Una expansión del presupuesto social compite primariamente con un aumento en el ingreso real”. 
[45] Habermas, J.: Teoría y praxis, ed. cit., p. 249.
[46] Véase la anterior nota 13.
[47] Véase Rudolf Hilferding, "Probleme der Zeit," enGesellschaftI (1924), p. 13, y su "Realistischer Pazifismus," enGesellschaft II (1924), p. 111. Véase también W. Gottschalch, op.cit, pp. 198-218.
[48] En este contexto amplio, véase Hartwich, H.-H.: "Sozialstaatspostulat und gesellschaftlicher status quo" (manuscrito inédito), pp. 1-66.
[49] Habermas, J.: Historia y crítica de la opinión pública, Barcelona, Gustavi Gili, 1980, p. 259. Aquí puede trazarse un paralelo con la siguiente afirmación de Erhard: „Es mucho más fácil otorgar a cada individuo una porción más grande de una torta que se está volviendo cada más grande que intentar beneficiarse de una pugna sobre la distribución de una torta pequeña“ (Erhard, L.: Wohlstand für alle, Düsseldorf, 1957, p. 10). Rabehl señala que en la “sociología del estado” “no es la lucha de clases la que determina esta sociedad monopolista; más bien, esta era está basada en la lucha democrática de los ´no-privilegiados´ por el reconocimiento y el apoyo del estado” (Rabehl, op.cit., p. 93). Esta idea política descansa precisamente en la reducción de las contradicciones capitalistas a problemas distributivos. Los grupos sociales no privilegiados son aquellos a los que el estado no concede una porción suficiente. En la medida en que el estado ponga porciones más grandes en sus bocas, su status no-privilegiado finaliza. Offe extrae la conclusión correcta de esto cuando escribe: “en general, el carácter represivo del sistema político –esto es, aquellos aspectos que sirven para fortalecer la autoridad- puede medirse en términos de si [...] concede iguales expectativas de consideración política a todas las distintas clases de intereses, necesidades y demandas mutuamente incompatibles, o si estas expectativas están distorsionadas o inclinadas en alguna dirección específica” (“Political Authority...”, op.cit., p.80). Aquí los grupos no-privilegiados se refinaron a sí mismos en necesidades no-privilegiadas.
[50] Fraenkel, E.: "Strukturanalyse der modernen Demokratie," en Aus Politik und Zeitgeschichte(suplemento del semanario Das Parlament), 6 de diciembre de 1969, p. 23: "El pluralismo es la teoría del estado del reformismo. Rechaza implícitamente la tesis de que el antagonismo entre capital y trabajo, de cuya existencia no duda, conduce por necesidad histórica a la Aufhebung de este antagonismo en la sociedad sin clases". Véase también del mismo autor Deutschland und die westlichen Demokratien, Stuttgart, 1964.
[51] Sering, P.: "Der Faschismus," enZeitschrift für Sozialismus24-25 y 26-27, 1935, p. 775.
[52]Habermas,Student..., op. cit., pp. 35 y 45.
[53]Ibid.,p. 35.
[54]Ibid.,pp. 52 y ss.
[55] La investigación crítica de las élites toma la misma dirección. Véase, por ejemplo, Pross, H.: Manager und Aktionäre in Deutschland, Frankfurt, 1965 y Zapf, W.: Wandlungen der deutschen Elite, Munich, 1965. Véase también la teoría del capitalismo monopolista de estado (así como los correspondientes estudios de historia contemporánea publicados en la República Democrática de Alemania), que intenta probar la naturaleza particularmente agresiva y reaccionaria de los monopolios y del estado sobre la base de la identidad de la estructura de elite en la Alemania fascista y contemporánea. Según este enfoque, el argumento más importante para afirmar que Alemania Occidental es un estado monopolista es la existencia de los mismos individuos en las élites políticas y económicas.
[56] Offe, C.: op. cit., pp. 95-96.
[57] Ibid., p. 103.
[58] Ibid., pp. 83 y ss.
[59]Ibid., p. 85.
[60] Hennis, W.: "Aufgaben einer modernen Regierungslehre", en Politische Vierteljahres VI, 1965, pp. 422-441.
[61] Altmann, R.: Späte Nachricht vom Staat, Stuttgart, 1969, p. 51.
[62] Esta expresión fue empleada por primera vez en las publicaciones industriales y en el discurso de Erhardt de 1965.
[63] Véase Habermas, J.: "Wissenschaft und Politik", enOffene Welt86 (1964), pp. 413-423.
[64]Widmayer, H. P.: "Aspekte einer aktiven Sozialpolitik. Zur politischen Ökonomie der Sozialinvestitionen," conferencia en elVerein für Sozialpolitik de 1969.
[65] Véase Hennis, op. cit., p. 429. Véase también p. 427: "si es correcto percibir en la ciencia del gobierno algo así como una ciencia de la gerencia del estado moderno, entonces nuestro campo (la ciencia política)crea la impresión de una ciencia de la gerencia, cuyo único tema es la co-determinación”. Este punto se volvió atractivo para el público por primera vez en las ideologías de la sociedad formada (Voegelin, etc.), un eslogan que se tragó también una parte de la izquierda.
[66] Hax, K.: Personalpolitik und Mitbestimmung, Colonia, 1969, p. 16. Véase, en este contexto, Marx, K.:  El capital, I, p. 356: “Es muy característico que los apologistas entusiastas del sistema fabril no tengan nada más condenable que argüir contra una organización general del trabajo de la sociedad que el que esto convertiría a toda la sociedad en una inmensa fábrica”. Los primeros economistas burgueses no eran   tan osados como para preguntarse acerca de la total subordinación del trabajador asalariado durante la jornada de manera que sería libre para sus “ambiciones mentales y morales más altas”. Sin embargo, ellos distribuyeron sagazmente esta “contradicción interna” entre las diferentes clases. Así Storch (1815) alaba las ventajas de la sociedad capitalista: “El progreso de la riqueza social [...] engendra esta útil clase de la sociedad [...] que realiza las funciones más fatigosas, más viles y más desagradables, que carga, en pocas palabras, sobre sus espaldas todo lo que es desagradable y servil en la vida, y procura así para otras clases ocio, serenidad de mente y dignidad convencional (c'est bon!) de carácter” (ibid., p. 647).
[67] Para una ilustración véase el conocido slogan, tan efectivo ahora y siempre: “la democratización de la economía es tan carente de sentido como la democratización de las escuelas, los cuarteles y las prisiones”. Citado de Industriekurier, 1965.
[68] Hax, K.: op.cit., pp. 24 y 16.
[69] Incluimos también bajo el concepto de revisionismo a los autores alemanes occidentales más recientes por una cuestión que al menos debería sugerirse aquí. Se trata de la relación entre una clase obrera dirigida contra el estado mediante sus propios organizadores y sus teóricos. Esta relación es obvia a la luz de Hilferding y Tarnow, por ejemplo, pero no es tan obvia en Habermas y Offe. Esta fuera de dudas, sin embargo, al menos en lo concerniente a algunos sociólogos de Frankfurt que están vinculados con  direcciones sindicales. Por otra parte, debe esclarecerse en qué medida es correcto seguir refiriéndose al reformismo en relación con el rol contemporáneo de los sindicatos y el SPD –un reformismo que estaría relacionado con la teoría revisionista en tanto opuesta al marxismo revolucionario.
[70] Habermas, J.: Student..., op.cit., p. 32.
[71] Luxemburg, R.: op.cit., p. 54.
[72] Aquí, una vez más, nos referimos a las consecuencias lógicas de las recetas no-revolucionarias contra el capitalismo, cuyas consecuencias lógicas ya fueron caracterizadas por Luxemburgo. Como ya indicamos, ella demostró cómo la vía no-revolucionaria, en el caso de Bernstein, puede conducir a un lugar diferente, i.e., a mantener en estado de cosas vigente con unas pocas mejoras. Aquí, debe agregarse que Habermas traduce muy hábilmente su lógica interna en su manifestación externa.
[73] Véase la Illustrierte Geschichte der deutschen Revolution, reimpresa en Frankfurt, 1968, donde se registran frecuentemente las memorias de los luchadores.
[74] Rabehl, B.: op.at., p. 154: "Puesto que el reformismo concibe al capitalismo monopolista de estado como una garantía para la introducción del socialismo en la sociedad, adhiere a los obreros a la constitución democrática, i.e., los condiciona a la pasividad durante las etapas de crisis”. Pero nunca queda totalmente claro a lo largo del libro en su conjunto por qué una fijación negativa en el estado debería ponerse como la única cura posible a una fijación positiva, que es correctamente criticada en términos de sus consecuencias para la historia de la socialdemocracia. Entonces, Rabehl afirma en la p. 106: “La teoría revolucionaria se convierte en la estrategia para la acción, que observa las contradicciones de la producción capitalista y capitalista monopolista, las distorsiones entre las clases industriales, los estancamientos, las crisis parciales, los procesos de disolución y formación de clases [...] pero la estrategia pone en escena o intensifica estas contradicciones latentes o abiertas a través de la acción de clase. Esto requiere el ataque continuo contra instituciones estatales individuales, cuya tarea es dirigir ciertas áreas sociales (por ejemplo la educación y la calificación, la salud y los sistemas legales, la policía, el ejército, etc.) en función de revelar y evitar las funciones del estado, de manera que no puedan consolidarse como un poder contrarrevolucionario”. Si la contradicción se encuentra al nivel de la producción capitalista, debería existir también al nivel de la contradicción entre trabajo asalariado y capital. Pero entonces no resulta claro por qué aquellos concernidos deberían desarrollar su estrategia de acción principalmente contra el estado capitalista y no contra el capital mismo. Esta fijación negativa en el estado (antes que en el capital y luego, a través de él, en el estado) amenaza con perder de vista el enemigo real. Esto se evidencia, por ejemplo, apenas la ejecución del poder del estado se diluye superficialmente (amnistía, reducción de la policía y del terror legal o ilusiones sobre el gobierno del SPD en general). Cuando sucede esto, surge la ilusión de un cambio fundamental. Esto es evidente en las concepciones puramente políticas de la organización que están determinadas por esta concepción del estado, concepciones que, en el mejor de los casos, sólo conceden verbalmente la necesidad de una base “económica” para la lucha de clases. 
[75] La imagen de “la torta” es una manera de ver las cosas extremadamente popular e incluso grandes ases de la economía gustan complacerse con ella. Véase, por ejemplo, Keynes, J.M.: Las consecuencias económicas de la paz, Barcelona, Crítica, 2002: "Por un lado, las clases trabajadoras aceptaban, por ignorancia o impotencia [...], una situación en la cual podían considerar como propia una porción muy pequeña de la torta que ellas mismas, la naturaleza y los capitalistas habían cooperado a producir [!]. Por otro lado, se les consentía a los capitalistas considerar como propia la mayor porción de la torta [...]”. E incluso hoy, en la “sociedad industrial moderna”, es sólo un grupo de reposteros el que cocina la torta: “Este ingreso nacional es la creación actual de valor de la economía alemana occidental. Es la ´gran torta´, i.e., el total que está disponible para los salarios y los ingresos del capital, para la renta del suelo y el gasto público. Todos intentan apropiarse la porción más grande posible de esta torta”. Cf. Walter, K. y Leistico, A.: Anatomie der Wirtschaft, Hamburgo, 1969, p. 42.
[76] Preiser, E.: "Distribution. Theorie", enHandwörterbuch der Sozialwissenschaften, vol. II, p. 624. Preiser describe el “poder” como una categoría política y social que también es económicamente relevante, puesto que las categorías económicas y las leyes “puras” necesariamente reflejan poder social y político. De esta manera formal intenta expresarse el poder como una “potencia económica”. Cf. Marx, K.: El capital I, pp. 938-950.
[77] Krelle, W.:Verteilungstheorie, Tubingen, 1962, p. 110. Aquí nos abstenemos de discutir los distintos tipos de distribución (personal, funcional, sectorial). Por „distribución“ entendemos „distribución del ingreso“. Cf. Preiser, E.: op.cit., y Kowalski, L.: Einkommensverwendung, Einkommensverteilung und Vermögensverteilung, Tügbingen, 1967, que se ocupa de los enfoques más recientes de la economía burguesa. Aquí nos interesa la distribución como tal, sino la relación entre la distribución y la valorización del capital.
[78] No es necesario discutir aquí los distintos tipos de distribución (distribución personal, funcional, sectorial; siempre se entiende que nos referimos por “distribución” a la “distribución del ingreso”). Véase E. Preiser: op. cit. y L. Kowalski: Einkommensverwendung, einkommensverteilung und vermögensverteilung, Tübinguen, 1967, donde se refieren los nuevos enfoques de la economía burguesa. En nuestro artículo no nos ocupamos de la distribución en sí, sino de la relación entre la distribución y el proceso de valorización del capital.           
[79]Küster, G.H.: Untersuchungen zur Einkommensverteilung im Wirtschaftswachstum, Berlin, 1969, p. 15. Küster se refiere a Krelle, W.: "Bestimmungsgründe der Einkommensverteilung in der modernen Wirtschaft," en W.G. Hoffman (ed.): Einkommens­bildung und Einkommensverteilung, Berlin, 1957.
[80] Giersch, H.: Allgemeine Wirtschaftspolitik: Grundlagen, Wiesbaden, 1960, p. 23.
[81] “A juzgar por el resultado de la teoría de la distribución en su conjunto, encontramos una estabilidad totalmente inesperada del sistema económico de mercado.  Prácticamente todos los cambios de corto plazo provocan reacciones a largo plazo, que en los hechos pueden cancelarlos…” (Krelle, W.:Verteilungstheorie,op.cit., p. 257).
[82]Föhl, C. y Hennies, M.:Vermögensbildung in Arbeitnehmerhand, Pfullingen, 1966.
[83]Föhl, C.: Kreislauf analytische Untersuchungen der Vermögensbildung in der Bundes­republik und der Beinßussbarkeit ihrer Verteilung, Tübingen, 1964, p. 40. Esto no es sino una tergiversación de la ley de la acumulación. Marx, K.: El capital, I, p. 805: “Pero todos los métodos para la producción del plus valor son a la vez métodos para el desarrollo de la acumulación, y toda expansión de ésta se convierte, a su vez, en medio para el desarrollo de aquellos métodos. De esto se sigue que a medida que se acumula el capital, empeora la situación del obrero, sea cual fuere su remuneración. […] La acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo, pues, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital”.
[84] Como una ilustración típica del punto de vista de la ciencia burguesa, véase Leber, G.: (ed.): Vermögens­bildung in Arbeiternehmerhand:Wissenschaftliche Beiträge, Dokumentation, Frankfurt, 1965. Todos los colaboradores siguen la dirección anticipada por Leber en su introducción: „Es posible dar pasos, sobre la base segura del conocimiento científico, hacia la modificación de una estructura de ingresos injusta y superada“.
[85] Erich Preiser y Gerhard Weisser, co-autores del artículo en dos partes sobre la distribución en el  Handwörterbuch der Sozialwissenschaften, disienten acerca del procedimiento que usan los cientistas burgueses para lidiar con el problema. En su ensayo, Erich Preiser presenta su versión tres veces, sólo para asegurarse: “Si queremos discutir el problema [de la formación de capital], debemos asumir que [en el proceso de negociación] ambas partes actúan de buena fe, lo cual podría resultar en alguna pérdida de beneficios para la gerencia, pero no podría amenazar su existencia...” Y: “las expectativas para las políticas de inversión (y de aquí la riqueza) son tanto mejores (!) cuanto más cautelosamente proceden”. Preiser, E.: "Theoretische Grundlagen der Vermögenspolitik", en G. Leber (ed.): op. cit.,pp. 34, 38, 41. Pero ¿en qué consiste en los hechos esta cautela? Gerhard Weisser, en "Distribution: Politics" (enHandwörterbuch,op. cit., p. 645) tiene una respuesta: “Las correcciones a la política distributiva entran en conflicto parcialmente con la regla de compatibilidad. Las medidas extremas pueden ser demasiado fuertes como para mantener en funcionamiento la economía de mercado. Si en virtud de la autonomía óptima de los agentes económicos del sistema se toma una decisión en favor de una clase de sistema que es básicamente una economía de mercado, entonces uno debe reconocer algunos límites a las correcciones en la distribución. Por supuesto, la determinación de estos límites no puede considerarse aquí ni en general ni para Alemania Occidental. En esta área, la ciencia difícilmente sea capaz de alcanzar una posición que elimine los riesgos de la praxis política”. Afirmaciones semejantes, dicho sea de paso, pueden encontrarse en Sozialenquete,op. cit. No hay nada nuevo aquí: los cientistas burgueses ceden cuidadosamente el terreno a los políticos, en pleno conocimiento de que el funcionamiento de la “economía de mercado” se cuidará a sí mismo. El fin de la política concerniente al ingreso y a la riqueza consiste en los hechos en la satisfacción del trabajador asalariado. Esto es admitido francamente por innumerables representantes de nuestro “orden democrático”. Véase, por ejemplo, Georg Leber, según quien la tarea es “garantizar la libertad y la propiedad como los elementos básicos de nuestro orden democrático”. Leber, G.: "Die Gretchenfrage ist gestellt", en Die Zeit, 2 de octubre de 1964, reimpreso en su Vermögensbildung in der Arbeitnehmerhand,Dokumentation,vol. II, Frankfurt, 1965, p. 63. Puede encontrarse más acerca de esto en Altvater, E.: "Gewerkschaften und Vermögenspolitik", enHeidelberger Blätter11-12, abril-octubre de 1968, pp. 61 y ss, y en Müller, W.: "Grenzen der Sozialpolitik in der Marktwirtschaft", en Nedelmann, C. y Schäfer, G. (eds.): Der CDU-Staat, Frankfurt, 1962.
[86]Marx, K.: El capital, III, p. 1120: “Las denominadas relaciones de distribución corresponden a formas específicamente sociales e históricamente determinadas del proceso de producción y de las relaciones que los hombres contraen entre sí en el proceso de reproducción de su vida humana y derivan de esas formas. El carácter histórico de estas relaciones de distribución es el carácter histórico de las relaciones de producción, de las que aquellas sólo expresan una faceta. La distribución capitalista es diferente de las formas de distribución que surgen de otros modos de producción, y cada forma de distribución desaparece con la forma determinada de producción de la que procede y a la que corresponde”. 
[87] Véase El Capital, II, pp. 479 y ss.
[88] Aquí dejamos de lado las formas específicas de distribución estatal que involucran una distinción estadística entre producto social neto a precios de mercado e ingreso nacional, que deriva de los impuestos indirectos y el pago de subsidios. Esta distinción es irrelevante para nuestro argumento.
[89] “El pago por el rendimiento de los factores en la empresa constituye ingreso para sus perceptores”, en  Paulsen, A.: Volkswirtschaftslehre, III, Berlín, 1965, p. 9.
[90]Wirtschaftslexikon (edición económica) del Dr. Gabler,vol. 6, Frankfurt, 1969, columna 2955.
[91] “En capital-ganancia o, mejor aún, capital-interés, suelo-renta de la tierra, trabajo-salario, en esta trinidad económica como conexión de los componentes del valor y de la riqueza en general con sus fuentes, está consumada la mistificación del modo capitalista de producción, la cosificación de las relaciones sociales, la amalgama directa de las relaciones materiales de producción con su determinación histórico-social: el mundo encantado, invertido y puesto de cabeza donde Monsieur le Capital y Madame la Terre rondan espectralmente como caracteres sociales y, al propio tiempo de manera directa, como meras cosas”. Marx, K.: El capital, III, p. 1056.
[92] A propósito de la presentación de estas teorías, véase Preiser, E.: "Distribution," op cit.
[93] Marx, K.: El Capital, ed. cit., tomo 1, 234.
[94] Marx, K.: El capital, I, p. 234.
[95]Ibid.,p. 241.
[96]Ibid., p. 251.
[97]Ibid.,p. 249-50.
[98] “Puede decirse, por cierto, que el capital [...] ya presupone, a su vez, una distribución: la expropiación a los obreros de las condiciones de trabajo, la concentración de estas condiciones en manos de una minoría de individuos [...]”. Estas relaciones de distribución “determinan el carácter total y el movimiento total de la producción”. Marx, K.: El capital, III, p. 1115-6.
[99] Marx, K.: El capital, I, p.222.
[100] Marx, K.: El capital, I, pp. 752.
[101] Para contrarrestar la ilusión de que v más p sería la expresión marxista de la categoría burguesa de “ingreso nacional” debe señalarse que la teoría burguesa y las estadísticas incluyen en el ingreso todo lo que se destina a individuos privados o a entidades corporativas. Pero v + p designa sólo el valor añadido per annun, el cual puede ser sobreestimado estadísticamente considerando en su totalidad los ingresos provenientes de salarios y beneficios, que incluyen los ingresos de los empleados públicos, aunque la parte del estado viene de v + p. Este complejo de problemas, que incluye asuntos tales como la relación entre trabajo productivo e improductivo, requeriría un análisis por separado. Aquí, debería enfatizarse simplemente que es imposible sustituir sin más v + p por “ingreso nacional”.
[102] El capital total del capitalista también incluye la porción gastada en la compra de fuerza de trabajo. La compra de materias primas, etc., también constituye gasto de capital dinero y cambia de forma en capital productivo. La diferencia entre el capital productivo que funciona durante más de un período de producción y el otro capital que es adelantado por un corto período de tiempo sólo tiene gran importancia práctica para el capitalista. Fue conceptualizada en consecuencia en las categorías de capital circulante y fijo. Esta distinción se aproxima a la distinción entre fondos invertidos y fondos flotantes dentro de la teoría de la gerencia. Por el contrario, las categorías de capital constante y variable no tienen tal significación práctica en la economía burguesa; de aquí que no las use. Ella en los hechos no puede aplicarlas, porque expresan el carácter de clase de la producción capitalista, i.e., de la producción de plus valor.
[103] Pigou, A. C.: La economía del bienestar, Madrid, Aguilar, 1946, p. 40.
[104]Ibid.,p. 42: “La conservación del capital intacto en nuestro sentido equivale entonces a la conservación en un sentido absoluto, excepto solamente en caso de ´actos de dios o de los enemigos del rey´” [en ingles en el original, NdT]. Pigou fue capaz de poner por escrito semejante afirmación en 1932, mientras tenía lugar una destrucción de capital a gran escala debida a la crisis económica mundial. Pero parece que la crisis económica fue provocada por nuestro querido dios y el proletariado en profana alianza.
[105]Ibid.,p. 49.
[106] “La gerencia de la empresa [Unternehmerleistung] consiste en los hechos en la conservación de la empresa [Leistung des Unternehmens] (!) –en alguna medida, en una empresa familiar (!)- en la disponibilidad de capital, tierra y estructuras [...]”. Del „baúl del tesoro“ de  Walter y Leistico, i.e., Walter, K. y Leistico, A.: Eine Einführung in die Volkswirtschaftslehre,op.cit., p. 44.
[107] Incluso el gran Paul A. Samuelson deja en claro que la determinación social e histórica de estos procesos posiblemente no pueda entrar en una cabeza llena de ideas burguesas, de manera que siguen apareciendo como leyes naturales. Véase su Economics (7th ed., New York, 1967), p. 177: "Uno no pensaría bien de un estadístico que estimara el cambio en la población mundial ignorando las muertes. Si sólo agregara los nacimientos en bruto, sin restarles una correcta estimación de los muertos, tendría una noción exagerada del cambio neto en la producción. Lo mismo vale para las inversiones en equipos y edificios; el cambio neto es siempre los nacimientos de capital en bruto [!] menos las muertes [!] (o depreciación del capital)” [La analogía figura en la edición en español (Curso de economía moderna, Madrid, Aguilar, 1960, cap.10), pero redactada diferente; NdT].
[108] Kuznets, S.: “On the valuation of social income: reflections on prof. Hick's article”, parte I, en Economica, vol. XV, 1948, p. 13.
[109] Véase también Schneider, E.: Einführung in die Wirtschaftstheorie, Tübingen, 1958, especialmente el vol. I: Theorie des Wirtschaftskreislaufs.
[110] Keynes, J.M.: Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Madrid, Planeta-Agostini, 1994, p. 99.
[111]Ibid., p. 96.
[112]Wöhe, G.: Allgemeine Betribswirtschaftslehre, Berlin, 1962, p. 389.
[113]Ibid.,p. 403.
[114]Statistisches Jahrbuch für die Bundesrepublik Deutschland,1969, "Vorbemerkungen zu den Statistiken der volkswirtschaftlichen Gesamtrechnung", p. 485.
[115]Marx, K.: Crítica del Programa de Gotha, ed. cit., p. 50.
[116]Marx, K.: Grundrisse, ed.cit., p. 30.
[117] Luxemburg,op.cit., p. 72.
[118] P. Sering, Jenseits des Kapitalismus, op.cit., pp. 50ff. See also Capital, I, p. 295. Further, F. Nephttali, Wirtschaft..., op.cit., p. 19, where he talks about a significant curb to capitalist arbitrariness (!).
[119] Este concepto de “raza de los obreros” [Arbeiterrasse], usado frecuentemente por Marx, se refiere a la colectividad de los obreros como vendedores individuales de la mercancía fuerza de trabajo, en tanto contrapuesto con “clase obrera” [Arbeiterklasse].
[120]Marx, K.: El capital, I, p. 281-2.
[121]Ibid., p. 319.
[122]Ibid., p. 319.
[123] Ibid., p.320.
[124]Ibid., p. 285. Por supuesto, esto no se refiere a la sociedad en general, sino solo a la sociedad capitalista.
[125]Ibid., p. 287.
[126]Ibid., pp. 585. ¿No es falsa, en los hechos, esta comparación entre los obreros y la tierra? El agotamiento de la tierra fuerza al terrateniente capitalista, que calcula a largo plazo, a preocuparse por el asunto (tal como el propietario de esclavos, quien podría no agotar a sus esclavos si no hubiera una oferta amplia y barata en el mercado de esclavos que permitiera ese agotamiento). La tierra no puede actuar como un sujeto conciente, no hay una oferta sin límites de ella como la hay de población obrera. Marx parece contradecir aquí el resto de su presentación, en la cual muestra cómo esta necesidad se impone a través de la luchas de clases.
[127] Marx mismo se refiere a su presentación como un “bosquejo histórico” (El capital, I, p. 359).
[128] Véase E. Altvater en „Die Probleme einer marxistischen Konjunkturanalyse“, en Sozialistische Politik 5. No es casual que se hayan acercado al pluralismo de la ciencia política en Alemania algunos de los mismos teóricos revisionistas que vivieron durante, y participaron de, tales conflictos de intereses en el sindicato y el partido. Ellos fueron los primeros en convertir las investigaciones mas o menos aisladas de tales „conflictos“ en una disciplina y en ponerla sobre bases teóricas. Arribaron así a las consecuencias ideológicas de rigor, extraidas de la manera en que percibían sus „grupos de interés“ en la práctica. Esto comenzó a más tardar después de la I Guerra Mundial, aunque frecuentemente aún en una terminología marxista. Ernst Fraenkel lo afirmó muy sucintamente: “el pluralismo es la teoría reformista del estado” (Cf. Fraenkel, E.: "Strukturanalyse der modernen Demokratie", en Aus Politik und Zeitgeschichte, op.cit., p. 23). Ya en 1928, Fraenkel presentó los elementos esenciales de la concepción pluralista, bajo el título de "Kollektive Demokratie", en Arbeitsrecht und Politik. Quellentexte, 1918-1933, ed. Th. Ramm, Neuwied, 1966, pp. 79-95. Véase también Neumann, F. L.: Behemoth (Oxford, 1944).
[129] Marx, K.: El capital, I, p. 336.
[130] Ibid., p. 338.
[131] Ibid, p. 338-9.
[132] Véanse también los puntos citados a continuación.
[133]Ibid.,p. 339-40.
[134] Ibid.,p. 340.
[135]Ibid.,p. 341.
[136]Ibid.,p. 343.
[137]Ibid.,p. 344-45.
[138] Véase id., p.335-365.
[139]Ibid.,p. 352.
[140] Ibidem.
[141] La ley sólo se aplicaba a las mujeres y a los “jóvenes” y sólo en las grandes industrias donde el capitalismo estaba completamente desarrollado. El sistema de relevos, i.e., la dispersión del tiempo de trabajo legal de, digamos, diez horas, en un período mucho más largo a través del establecimiento de numerosas pausas, fue totalmente arbitrario en cuanto concierne a los obreros, pero tenía sentido en términos de los intereses de los capitalistas. Véase Marx, K.: El capital, I, pp. 352-53.
[142] Entonces, Marx no entiende para nada este contra-movimiento en el sentido de las interpretaciones revisionistas posteriores, i.e., como una “regulación de la humanidad de acuerdo con las necesidades humanas” (Sering, P.: Jenseits des Kapitalismus, op.cit., p. 50). En este contexto, él también se refiere a la “economía política de la clase obrera” (esto en el marco de un debate político en la Asociación Internacional de los Trabajadores: Cf. Naphtali, F.: Wirtschaftsdemokratie, op.cit., p. 19). Lo que esto significa se vuelve realmente explícito sólo en la presentación de la legislación fabril: es imposible para el capital, entendido como el control del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, tomar en consideración práctica el hecho de que extrae valor del trabajo vivo. En última instancia, el trabajo vivo es la “riqueza en general opuesta al capital”. Ciertas consideraciones sobre el “factor de producción humano”, i.e., restricciones del uso devastador de la fuerza de trabajo, son forzadas al capital a través de la lucha de clases como precondición de su propia existencia
[143]Ibid, p. 356.   
[144]Ibid., p. 597.
[145] Ibidem.
[146]Ibid., p. 320.
[147] Véase en este sentido El capital, I, 203-214 así como Marx, K.: Trabajo asalariado y capital, Bs. As., Ediciones del siglo, 1972, p. 41 y ss.
[148] Ibid., pp. 325.
[149]Ibid., pp. 325-26.
[150] La explotación en Alemania occidental, hasta hace poco disfrazada como “milagro económico” y “empresa social”, se movió crecientemente hacia “estándares internacionales”. La ley interna del capital, que sólo explicita completamente sus efectos en el mercado mundial, se aplica crecientemente a Alemania occidental, en parte a través de los agentes del invasor capital norteamericano. El director norteamericano de una gran compañía eléctrica alemana occidental comprada por capital estadounidense, durante una crisis reciente, sugirió a la gerencia alemana horrorizada que despidiera a un tercio de los obreros. Esto ahorraría un tercio de los salarios y resultaría en el mismo desempeño que antes a través de un incremento de la “moral” (i.e., miedo a ulteriores despidos). Durante la próxima crisis, la supervivencia de muchos capitalistas individuales dependerá de si están dispuestos a “reducir costos enérgicamente” de esta manera. La competencia dicta así la conducta de los agentes del capital. 
[151]El capital, I, p. 361. 
[152] Ibid., p.364.
[153]Ibid., p. 302.
[154] Véase la parte V.
[155] Lo mismo se aplica actualmente a las regulaciones legales sobre accidentes en las fábricas, a las leyes sobre empleo juvenil, a la ley de protección de la maternidad y a otras medidas de protección de los trabajadores asalariados frente al capital.
[156] Véase por ejemplo El capital I, p. 604, nota al pié: “La Comisión investigadora de 1840 había hecho revelaciones tan terribles y sublevantes, y desencadenado tal escándalo ante los ojos de Europa entera, que el parlamento se vio obligado a tranquilizar su conciencia con la Mining Act [ley minera] de 1842, en la cual se limitó a prohibir que trabajaran bajo tierra las mujeres, así como los niños de menos de 10 años”.
[157] Véase Habermas, J.: Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, Barcelona, G. Gili, 1981.
[158] Véase el comienzo de la última parte.
[159] Así, la legislación sobre seguros por accidentes se justificó de la siguiente manera: “[e]l fenómeno problemático que necesita legislación, contra las aspiraciones de la socialdemocracia que son peligrosas para el público en general” supuestamente ha de ser combatido mediante “medidas positivas tendientes a mejorar la posición de los obreros”. Véase Vossler, O.: Bismarcks Sozialpolitik, Darmstadt, 1961, p. 17. La política social “canaliza las demandas del movimiento obrero desarrollando una alternativa a las soluciones radicales”. Esta ha sido y sigue siendo la concepción de la ciencia burguesa. Véase Ferber, Ch.: Sozialpolitik in der Wohlstandsgesellschaft, Hamburg, 1967, p. 46. En el Reichstag, Bismarck se dirigió a los partidos burgueses con las siguientes palabras (26 de noviembre de 1884): “Si los socialdemócratas no existieran y si mucha gente no sintiera miedo de ellos, el moderado progreso que alcanzamos en la reforma social no hubiera existido”. (Esta y otras afirmaciones están en Peschke, P.: Geschichte der deutschen Sozialversicherung: Der Kampf der unterdrckten Klassen um soziale Sicherung, East Berlin, 1962, p. 278.)
[160] Véanse las palabras de Bismarck mencionadas en la cita anterior. Ejemplos históricos no faltan. En Alemania, el mayor impulso hacia la reforma de las políticas sociales tuvo lugar en 1918-19 en vísperas de la amenazante revolución. En Italia, después de dos huelgas generales, etc., en 1969 se aumentaron las jubilaciones aproximadamente del 65% al 74% del ultimo ingreso y, en 1976, alcanzaron arriba del 80% (en Alemania occidental equivalen al 45%). La pregunta es, sin embargo, en qué medida las concesiones en un área son necesariamente contrarrestadas a través de recortes del bienestar y de los salarios en otras áreas. Esta sería una consecuencia necesaria de los mecanismos de la acumulación capitalista que afectan a los capitales individuales a través del mercado mundial. Es sabido, por ejemplo, que las concesiones a la clase obrera francesa del verano de 1968 fueron parcialmente revertidas mediante aumentos de precios, etc.
[161] See also P. Lapinski, Der Sozialstaat...op.cit., p. 36.
[162] Elegimos este título preliminar abstruso porque quedó demostrado en la discusión que la versión aparentemente más comprensible de la “existencia particularizada del estado” [besondere Existenz, en vez del Besonderung des Staates que figura en el título; NdT] puede generar la impresión de una autonomía del estado. El significado de esta expresión se aclara en el desarrollo posterior.
[163] Marx, K. y Engels, F.: La ideología alemana, op.cit, p.72. La formulación en este libro temprano no impide completamente la malinterpretación de que los burgueses qua burgueses serían algo distinto de meras máscaras del capital (i.e., que los burgueses adoptarían concientemente esta forma estatal de organización).
[164] Esto se tratará más adelante.
[165] Marx, K. y Engels, F.: ibídem.
[166] Marx emplea reiteradamente estos términos; véase más abajo.
[167] Véase Marx, K.: El capital, I, sección I, en particular el primer capítulo.
[168] Esta ficción vale hasta el presente para todas las constituciones, donde es especialmente transparente ya que todas las decisiones básicas relevantes de la sociedad son precedidas por la constitución, a saber, por la restauración de las relaciones capitalistas; véase más arriba II.4.
[169] Véase Engels, F. :Anti-Duhring, Buenos Aires, Cartago, 1975, p. 226: “Pero las fuerzas productivas, al convertirse en sociedades anónimas o en propiedad del Estado, no pierden su condición de capital. Por lo que se refiere a las sociedades anónimas, es palpablemente claro. Por su parte, el estado moderno no es más que la organización creada por la sociedad burguesa para defender las condiciones exteriores generales del modo capitalista de producción contra los atentados, tanto de los obreros como de los capitalistas aislados. El estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas asuma su propiedad, tanto más se convertirá en capitalista colectivo real y tanta mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. Las relaciones capitalistas, lejos de eliminarse se agudizan. Más, al llegar a la cúspide, se produce un viraje. La propiedad del estado sobre las fuerzas productivas no es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a la solución”. 
[170] Marx, K.: Grundrisse, op.cit., p. 373.
[171] El capital, I, p. 586. Los torpes intentos de legislar contra la polución del aire y del agua, las débiles reacciones contra un aumento mayor de la nociva polución de los autos y los aviones etc., demuestran cómo esta caracterización de Marx permaneció sin cambios y es literalmente actual. Recientemente, hubo un informe de un estudio según el cual las centrales nucleares ya planeadas, si operaran al máximo de su capacidad, incrementarían la temperatura del río Rhin a 122º F y destruirían el clima, el ambiente del río, exterminarían los peces, crearía polución del aire, etc.
[172] Marx, K.: Crítica de la filosofía del estado de Hegel, México, Grijalbo, 1970,p. 16. Véanse también en la parte 1 los pasajes citados de las glosas de Marx al artículo de “un prusiano”.
[173] Marx, K.: idem, p. 43. Véase también la disertación de Gurland, A.: "Produktionsweise. . .," op.cit.
[174] Marx,K.: Grundrisse, op. cit., pp. 433 y ss. Aquí, la unidad original entre el trabajo y sus precondiciones materiales como mediada por la comunidad se yuxtapone a su separación en trabajo asalariado y el capital. 
[175]Ibid., p. 445.
[176] Términos como comunidad o trabajo comunitario sirven a propósitos ideológicos cuando se los traslada sin más de su contexto pre-burgués a sociedades dominadas por las relaciones capitalistas (comunidad nacional, trabajo comunitario alemán y similares). Sin embargo, pueden recuperar de alguna manera su significado original en la construcción del comunismo.    
[177] Véase Marx, K.: Grundrisse, ed. cit., p.433 y ss., acerca de las diversas formas en que se establece esta relación fundamental. 
[178] W. H. Von Hohberg: Geórgica curiosa, 1682; la cita está tomada de Brunner, O.: "Das 'ganze Haus' und die alteuropaische 'Oekonomik'", en sus Neue Wege der Sozialgeschichte, Gottingen, 1956, pp. 33-61.
[179] Véase Marx, K. y Engels, F.: Manifiesto comunista, ed. cit., p.63: “Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra”.
[180] Algunas ilustraciones: en 1968, había 6,9 nuevos casos de tuberculosis por cada 10.000 habitantes (en 1950, 50,4) en Alemania Oriental, contra 36,8 en Alemania Occidental. Durante el mismo año, sólo 7 años después de que las fronteras de Alemania Occidental habían sido cerradas y por consiguiente acabara la emigración de médicos, la proporción de los médicos dentro de la población era casi la misma que en Alemania Occidental (uno sobre 751 contra uno sobre 677). Debe recordarse que el total de médicos de Alemania Occidental incluye una gran proporción de cirujanos plásticos, cotizados doctores de moda, etc., cuya principal preocupación es atender a la burguesía. En el campo socialista, cuya industria aún está parcialmente “subdesarrollada”, el cuidado médico es significativamente mejor que en Europa Occidental. Estas estadísticas indican algo acerca de la situación real de los productores frente a los medios de producción: la constante evasión o el descuido de las reglas para proteger a los trabajadores confirma la observación de Marx en El capital. Véase Wo lebt man besser?, editado por la Secretaría de Estado para Asuntos de Alemania Occidental, Berlín del Este, 1970, esp. p. 57; Statisches Jahrbuch der BRD, 1969, p. 35; véase también Tittel, G.: Die Legende von der Bonner Sozialstaatlichkeit, East Berlin, 1967.
[181] Dejando de lado la cuestión acerca de las consecuencias del imperialismo para la clase obrera de los países capitalistas, puede afirmarse lo siguiente respecto de la relación entre las luchas económica y política en estos países y los efectos del imperialismo en los países subdesarrollados. Los movimientos políticos en estos países se basan también en los movimientos del capital pero, desde el comienzo mismo, esto resulta en una relación diferente entre las luchas económica y política en comparación con las desarrolladas por clase obrera en los países capitalistas. Esto es especialmente verdadero para países que sólo recientemente cayeron bajo la influencia directa del capitalismo, i.e., cuya tradición pre-capitalista apenas acaba de romperse. Es aquí donde la penetración del capital (que siempre incluye la penetración de las correspondientes formas de la superestructura, p.ej., la creación de individuos burgueses en escuelas confesionales que puedan ser agentes “confiables” y predecibles del capital en su propio entorno), se concibe como un ataque a la vieja unidad, que fue escindida en la sociedad capitalista entre estado y sociedad, i.e., como un ataque a la dignidad nacional, a la cultura originaria, a las formas de vida colectiva, etc. Es por esta razón que la lucha anti-imperialista (que es más que la lucha producida por el capital contra la clase capitalista) se basa en la apropiación de elementos de su propia historia y en la “liberación nacional” del “pueblo”. Estas luchas son “políticas” desde su origen mismo, en el sentido de que no se basan en absoluto en la separación entre la economía y la política, entre la producción capitalista y la existencia particularizada del estado. Por otro lado, este carácter específico de la lucha política no permite que las experiencias adquiridas en estas luchas y las formas derivadas de ellas sean transferidas directamente a aquellas sociedades donde la relación entre el trabajo asalariado y el capital está completamente desarrollada.
[182] Luxemburg, R.: op. cit, p. 97.
[183] Marx, K.: "Carta de Marx a Friedirch Bolte (23 de noviembre de 1871)", en K. Marx y F. Engels: Obras Escogidas, Moscú, Progreso, 1980, vol. 2, p. 447.
[184] Rote Presse Korrespondenz  48, 1970, p. 2. La carta a Bolte, usada aquí para documentar este punto, es citada en una versión extrañamente editada.
[185] Marx, K.: El capital, ed. cit., I, p. 953.
[186] Mason, T.: "Der Primat der Politik", en Argument 14, p. 485: "Durante la guerra fue vital para el sistema nacional-socialista asegurarse la participación positiva de la población en su Weltanschauung y todas sus políticas. El intento de involucrar a los trabajadores en ellas a través de la propaganda, mejoramiento de las condiciones de trabajo, programas recreativos, etc., fue un fracaso claro y obvio. Por consiguiente, su aceptación del sistema fue comprada mediante altos salarios, vacaciones pagas, etc. El      Deutsche Arbeitsfront se dio la tarea de ganar a los obreros para el nacionalsocialismo –no se permitió que nada, ni siquiera la ininterrumpida preparación de la guerra, interfiriera con el cumplimiento de esta tarea, incluso cuando el Deutsche Arbeitsfront se volvió crecientemente activo como representante de los intereses económicos de los obreros, primero de una manera disimulada, pero abiertamente desde 1936”.
[187] Marx, K.: El capital, ed. cit., I, p. 606-7.
[188] Las variaciones cíclicas en el movimiento del capital sólo evitan la imposición de una jornada de trabajo limitada de manera general y precisa. Las horas de trabajo semanales van de 60 durante los períodos de boom a 30 durante las crisis. Esto no es excepcional incluso hoy. Aquí de nuevo se vuelve obvio que la legislación estatal general y la “intervención en la producción” no debe alcanzar el punto en que interfiera con el movimiento natural del capital y el uso específico de la fuerza de trabajo relacionado con él. Puesto que, además, el capitalista debe pagar extra por el tiempo extra, tiene toda clase de sanciones en sus manos para imponer la prolongación de la jornada de trabajo, “triunfos” tales como la semana de trabajo de 40 horas significan para el obrero durante los períodos de boom poco más que un aumento en los salarios. 
[189] Marx, K.: El capital, ed. cit., I, p. 502.
[190] El sistema de premios y castigos disponible del que dispone el capitalista para poner a sus obreros a trabajar más tiempo permite al capitalista apuntar siempre a la falta de voluntad de los obreros de trabajar más tiempo. Esto es así también por el hecho de que los salarios y las horas de trabajo, en tanto reguladas por los sindicatos, siempre proporcionan ingresos relativamente bajos.
[191] Los sindicatos plantean actualmente esta demanda correcta de reducir el tiempo de trabajo. Durante las reuniones de la I. G. Metall, los sindicatos intentaron presentar esta demanda como atractiva para el capital planteando una relación ideal entre el acortamiento del tiempo de trabajo, los altos salarios y el progreso tecnológico. Véase, por ejemplo, Brenner, O.: Automation und technischer Fortschritt,op. cit.,p. 313: “La gerencia y el Ministro de Economía Schiller deberían agradecernos porque la política de los sindicatos sobre los salarios y las horas de trabajo les garantiza crecientes retornos y una economía en crecimiento”. Similarmente el ideólogo de los sindicatos Theodor Prager, en Wirtschaftswunder oder keines (Viena, 1963), p. 100, escribe: “Cuanto más altos los salarios, más alto el nivel de mecanización y de productividad... El pleno empleo, el aumento de la productividad y los altos salarios están inseparablemente interrelacionados. A largo plazo, sólo puede alcanzarse un aumento de la productividad si el obrero, como su base, se interesa en él a través de salarios más altos. Al mismo tiempo, los aumentos de salarios actúan como un estímulo para la gerencia que la fuerza a realizar progresos tecnológicos y organizacionales. Los bajos salarios son equivalentes al estancamiento del progreso tecnológico. Y en la p. 101: “Al mismo tiempo, es tan cierto hoy como siempre que la productividad debe estar a la cabeza de los salarios, puede desarrollarse más rápido que estos últimos”, Aquí, lo que no se reconoce es que el acortamiento del tiempo de trabajo intensifica la subordinación de los obreros a la maquinaria, fuerza al capitalista a aumentar la intensidad del trabajo de los obreros, en la medida en que el acortamiento del tiempo de trabajo, a su vez, origina la intensificación del trabajo (Véase El Capital I, 498 y ss.). Ni hay aquí la menor comprensión del hecho de que el aumento de la composición orgánica del capital vinculada con la mayor productividad del trabajo significa la caída tendencial de la tasa de ganancia y es, por consiguiente, una causa de las crisis y las catástrofes de la sociedad capitalista. Parece como si hubiera una coincidencia ideal entre los intereses del trabajo asalariado y del capital. No habrá más demandas contra la intensificación del trabajo y su subordinación a la maquinaria. Uno puede sorprenderse acerca de por qué los sindicatos no desafían al capital respecto de estos fundamentos de la explotación: ¿será porque los sindicatos –en tanto las organizaciones centralizadas y burocráticamente organizadas en que se convirtieron- son incapaces de percibir las formas de explotación vinculadas a los procesos de trabajo específicos en la fábrica?
[192] Una tarea de estos especialistas sería, por ejemplo, estudiar los efectos a largo plazo de ciertos procesos de trabajo sobre la salud y el bienestar de los obreros o incluso sugerir cambios relevantes durante la construcción del aparato técnico. Precisamente este tipo de funciones fue presentada y elaborada con algún detalle por un médico en una serie de TV en Alemania Oriental durante marzo de 1970. Desde luego, semejante desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo humano requiere que la producción se desenvuelva dentro de un marco de una planificación social abarcativa y no, como sucede en el capitalismo, sobre la base de los movimientos cíclicos del capital y los movimientos azarosos de la competencia.
[193] Para la racionalización después de 1924 véase Bauer, O.:Kapitalismus und Sozialismus nach dem Weltkrieg,vol. I, Berlín, 1931. Respecto del aspecto técnico de la racionalización, debería notarse que desde la crisis de 1967 el procesamiento electrónico de datos en la industria dio un salto adelante cualitativo.
[194] Véase Leviathan 1, 1969 (una revista de la izquierda norteamericana).
[195] Aquí uno debe preguntarse si los sindicatos están en condiciones de contrarrestar este desarrollo en el largo plazo gritando demandas que pueden ser satisfechas mediante regulación general (licencia paga por enfermedad, aumento de las jubilaciones, demandas salariales). Al menos puede mostrarse que los éxitos aparentes en este sentido, p.ej., la legislación que establece la continuidad del pago del salario a los obreros en uso de licencia por enfermedad (sancionada en el verano de 1969) no originó una mejora real en la situación de los obreros enfermos, puesto que se incluyeron en la ley cláusulas que permitieron esquivar la realización de los pagos, de manera que la inseguridad de los obreros en caso de enfermedad, en parte, se ha incrementado (véase aquí Rote Kommentare, SDS Heidelberg, 20/3/1970).