La realidad de los indignados

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Infranca, Antonino

España está pasando por una situación muy parecida a la que vivieron o están viviendo algunos países árabes: la rebelión pacífica de algunos sectores de la sociedad civil. Es necesario precisar de inmediato que en España hasta ahora el movimiento se encuentra restringido a un sector particular de la sociedad civil: la juventud. Además no todos los jóvenes están participando de la ocupación de plazas en 60 ciudades españolas, sobre todo se trata de la juventud desocupada. Esta composición social reduce el número de manifestantes pero los hace asumir un alto significado social. En la práctica se trata de jóvenes “indignados” –de aquí el nombre que han adoptado, que también se deriva del título del afortunado panfleto del intelectual franco-alemán Stéphane Hessel, que en estos días está teniendo un éxito estrepitoso en Europa– por su condición social y económica. Se trata de chicos que se han recibido, con especializaciones o doctorados y que hablan dos o tres idiomas pero que no tienen empleo o que, en el mejor de los casos, logran conseguir trabajos de tiempo parcial, mal pagos o temporales, que no se corresponden con los estudios y los títulos obtenidos. Así puede darse el caso de especialistas en lingüística aplicada que trabajan de mozos en un bar o en un call center y que, si tienen suerte, llegan a ganar mil euros al mes (de aquí el nombre de mileuristas), pero estos son casos rarísimos ya que lo más habitual es que cobren entre 500 y 600 euros mensuales. Son el producto de la crisis que ha golpeado fuertemente a España después de 2008. España tiene un 20% de desocupación global pero en el sector juvenil esta cifra alcanza el 43%.

 

La sensación de frustración e impotencia entre los jóvenes españoles es muy fuerte, la incertidumbre acerca del futuro es una certeza y la imposibilidad de construir una familia o un proyecto de vida es la dimensión de su vida cotidiana. Frente a esta imposibilidad de sostener la cotidianeidad y ante la cercanía de estas elecciones municipales y autonómicas que han involucrado a toda España, el 15 de mayo pasado los jóvenes indignados ocuparon las plazas del país. Empezaron por la Puerta del Sol, en Madrid, clásico punto de encuentro para el festejo de las victorias del Real Madrid o de algún triunfo político, y poco a poco el ejemplo de la Puerta del Sol se fue extendiendo a otras 60 plazas españolas para luego ampliarse a otras ciudades europeas y del mundo hasta alcanzar la impactante cifra de 705 plazas ocupadas. En las plazas los jóvenes levantaron carpas, llevaron sus computadoras, organizaron grupos de lectura, de estudio y de documentación, comenzaron a intercambiar experiencias, descubrieron que tienen mucho en común y la percepción de esta comunión de experiencias volvió aún más dramático el sentido de la realidad que están viviendo. Pero son jóvenes y por eso se pusieron a cantar, bailar y divertirse. El drama parecía tomar las formas de una fiesta, pero siempre era un drama. Si se hubiera tratado de trabajadores desocupados probablemente no hubieran cantado ni bailado, pero la apariencia de fiesta es nada más que una consecuencia de las edades de los protagonistas, e incluso siendo tan jóvenes muchos están desesperados ya que frente a sí no tienen futuro alguno. Cada día a las 9 de la mañana y durante diez minutos se podía escuchar en las plazas ocupadas el sonido de las cacerolas: el cacerolazo argentino hizo escuela hasta en las antiguas metrópolis.
Las elecciones municipales pasaron (dejando como saldo un amplio triunfo del Partido Popular de Rajoy) pero los indignados no se fueron, quizás porque en muchos casos no sabían a dónde ir. Marcelo, de 30 años, recibido como ingeniero en Barcelona, me cuenta: “Estoy en crisis con mi novia, tengo que pagarle la habitación que me subalquila pero no tengo los 400 euros que ella quiere, así que me quedo en la plaza y, al menos durante algunos días, no pago por la habitación, que será ocupada por algún turista”. Su protesta no es tanto política como social, y así se vuelve antisistema. Jóvenes como él son las víctimas de la globalización: su trabajo se transfirió al extranjero. Puede que hoy el puesto de Marcelo esté siendo ocupado por un ingeniero rumano o chino al que se le pagan 800 euros al mes en el primer caso o 500 en el segundo. ¿Y Marcelo? Sigue en la plaza Catalunya, le explica cómo funciona una computadora a una joven egresada de Letras que lo mira admirada por su pericia y toca el bajo junto a un negro jamaiquino y a un percusionista brasileño.
Los periódicos españoles de los días inmediatamente posteriores a las elecciones se explayaron largamente sobre este fenómeno de los indignados. Algunos intelectuales se acercaron a las plazas para tratar de entender qué pasaba y algunos de los más valerosos incluso hablaron con estos jóvenes. En Barcelona he visto a Manuel Castells hablar con centenares de jóvenes. Luego los diarios comenzaron lentamente a dejar de hablar y, ya sin la cobertura mediática y a pesar de las redes de contacto entre las 60 plazas españolas, parecía que el movimiento no podía llegar a asumir las dimensiones del de aquellas plazas árabes. Parecía destinado a quedar como una dramática fiesta de algunos miles de jóvenes desesperados por la falta de interlocutores: los socialistas de Zapatero seguían ocupados procesando su clamorosa derrota y los populares de Rajoy no tienen la más mínima intención de dialogar con este sujeto social, los indignados, que se encuentra en las antípodas de su forma de concebir la política. Entre otras cosas, los indignados no dejaron pasar la ocasión de llevar sus carteles de denuncias a los casos de corrupción (que son decenas) de los que fueron protagonistas miembros del Partido Popular.
El viernes 27 de mayo, sin embargo, los indignados encontraron un interlocutor imprevisto: el nacionalismo catalán. A 4 días de las gran victoria del partido Convergencia i Union (el partido nacionalista catalán) la policía de Barcelona, los tristemente célebres Mossos d'Esquadra, desencadenó una violenta represión contra los indignados reunidos en la Plaça de Catalunya. Fue una auténtica batalla que duró desde las primeras luces del alba hasta la hora del almuerzo, con algún tímido intento de recuperación la mañana del sábado, durante los grandes festejos por la victoria del Barcelona en la Champions League. Las fuerzas de intervención rápida de los Mossos d'Esquadra son famosas por un pasado de acciones represivas, tanto colectiva como individualmente. El ex consejero de Interior del Partido Socialista Catalán, Soria, ordenó a los Mossos que instalaran telecámaras en las comisarías, para impedir acciones violentas contra los presos. El año pasado los Mossos golpearon salvajemente a estudiantes de Barcelona y Girona que protestaban contra la reforma universitaria. Naturalmente, luego de la victoria del pasado marzo en la provincia de Cataluña, el nuevo consejero de Interior, Puig, buscó el choque con esa alternativa política radical que estaba surgiendo en las plazas.
De este modo, el viernes 27 de mayo, con la excusa de que la mañana siguiente era probable que el festejo de los hinchas del Barcelona se transformara en un peligro para los acampados, empezó a desalojarlos de la plaza. Naturalmente, el político Puig no podía prever lo que efectivamente sucedió: los jóvenes indignados tuvieron el coraje de no ofrecer resistencia alguna pero de permanecer en el lugar que ocupaban, en ese metro cuadrado que es la mínima dimensión que el cuerpo humano puede ocupar. Sobre ese metro cuadrado de humanidad se desencadenó la violencia inhumana de los Mossos d'Esquadra. Centenares de jóvenes fueron golpeados. Alejandro, de 18 años y estudiante de Liceo, me contó: “Vine a la plaza como respuesta a la convocatoria que los indignados hicieron por Twitter. Su protesta no es aún la mía, que soy estudiante del Liceo Italiano de Barcelona, pero lo será dentro de algunos años, después de graduarme, y además mi abuelo chileno apoyaba a Allende y mi padre tuvo que dejar Chile a los 15 años, pero yo no voy a dejar España para buscar trabajo en el exterior. Convencí a mi compañero de escuela, Carlo, que es italiano, de que venga conmigo. Así fue que recibimos algunos de los bastonazos de la policía, a pesar de que nos quedamos sentados y con los brazos en alto. A mí solamente me golpearon en las costillas y en las piernas pero lo que me hizo peor fue ver cómo le pegaban salvajemente a un tetrapléjico en su silla de ruedas y a un grupo de budistas que estaban rezando”. Junto a éstos jóvenes también fueron apaleados los viejos que se acercaron a defender a sus nietos y los padres que habían venido a convencer a los hijos de que desalojen la plaza, es decir, la sociedad civil de una sociedad tradicionalmente muy civilizada. El resultado fueron 121 heridos, entre los cuales, según fuentes oficiales, habría 37 policías (quienes, obviamente, estaban vestidos con prendas de cuero, cascos y escudos, mientras que los jóvenes sólo tenían remeras y jeans). La violenta e inhumana represión de los Mossos fue documentada en cientos de fotografías aparecidas en los diarios y en Internet. La derrota política de Puig y de los nacionalistas catalanes no podía ser más completa. La acción política de represión fue condenada por el gobierno socialista de Zapatero, por la Iglesia Católica, por la Asociación de Abogados, por sindicatos, partidos, por el mismo Gobierno de Cataluña, por el Consejo Europeo y hasta por los mismos policías, que le habían avisado a Puig que era probable que la resistencia no violenta de los indignados fuera difícil de manejar para las fuerzas policiales. La mañana del sábado, luego de la victoria en la Champions League, los hinchas del Barcelona festejaban en la Plaza Cataluña junto a los indignados.
Se trató de un claro intento del nacionalismo catalán de cerrar la brecha que se había abierto entre el sector más avanzado de la sociedad civil (los indignados) y el poder político por medio de una acción violenta de cuño xenófobo. Los nacionalistas catalanes están acostumbrados a identificar el aspecto ético de una protesta con el aspecto étnico y, por lo tanto, todo el que protesta sin ser catalán no es ético y, entonces, se convierte en un enemigo. Ahora el enfrentamiento se trasladó a las instituciones, pero los indignados no dejaron sus puestos: aún están en la Plaça de Catalunya. Su permanencia es simbólicamente victoriosa y la acción violenta del nacionalismo catalán multiplicó el efecto de la protesta, aumentando el consenso en torno a ella y haciéndola conocer por toda la sociedad española, que toma partido por ella.
¿Por qué los indignados resultan tan incómodos para el poder democrático y tan peligrosos para el poder autoritario? Antes que nada, la ocupación del espacio público es un derecho democrático y además los campamentos indignados se volvieron espacios de encuentro, de estudio y de producción artística en los que no se le prohibía participar a nadie: es una vida en común que hace concreto el enfrentamiento contra el poder, es la democratización de la vida cotidiana. Es una práctica colectiva que está poniendo a prueba los primeros mecanismos de liberación respecto del poder de los partidos. La acción política de represión por parte del nacionalismo catalán puso en evidencia que la crisis de la democracia es mucho más profunda de lo que se pueda creer: los partidos políticos fijan reglas democráticas (ocupación libre del espacio público) pero luego impiden su efectivización (una vida cotidiana alternativa a la de producción de riqueza por parte de los excluidos de la producción). Los excluidos de la producción comienzan a cambiar de estilo de vida y el poder se opone violentamente al cambio ya que éste cambio no respeta las reglas que el poder fijó. Los indignados empezaron un lento pero constante cambio desde la democracia de los partidos hacia la democracia de los individuos, hacia el reconocimiento de los derechos y los proyectos de vida de estos individuos.
De los grupos de estudio de los indignados comenzaron a nacer propuestas democráticas y una de ellas es la de la democratización y liberalización del uso de Internet. Pidiendo zonas para la libre conexión a Internet quieren escapar prácticamente al control por parte de las empresas de producción cultural ya que son conscientes de que la libre comunicación y difusión es un derecho democrático. Su vida en común en la plaza nace de la libertad que ofrece Internet: se convocaron a través de Facebook o Twitter y ahora no están dispuestos a abandonar el espacio público de las plazas. Una política de libre comunicación se opone a la política de la producción. Es prematuro y difícil decir si los indignados vencerán su batalla por la democratización de la vida cotidiana pero mientras tanto han desencadenado el enfrentamiento dentro de las instituciones españolas y han revelado que el rostro verdadero del nacionalismo catalán es muy parecido al del fascismo franquista, aunque de signo contrario (es decir, luego de haber sido perseguidos por el franquismo los nacionalistas catalanes acabaron adoptando sus sistemas y procedimientos más totalitarios y violentos). Un ejemplo en este sentido fue dado el verano pasado por la Corte Constitucional española, que rechazó el texto del Estatuto de Cataluña porque allí se planteaba que el uso de la lengua catalana era un deber y no un derecho. Y la lengua es uno de los instrumentos indispensables de la comunicación, es decir que puede haber una mayor comunicación si se habla una lengua muy difundida. Luego de la represión los indignados ganaron el reconocimiento universal de la sociedad civil y de las instituciones por el coraje de su práctica no violenta. Permanece irresuelta la cuestión del futuro que aguarda a estos jóvenes indignados pero es justamente esta cuestión la que nos veta toda expectativa no positiva en cuanto a su protesta. En sus debates deben encontrar el modo para cambiar las relaciones de producción así como encontrar la forma de realizar sus proyectos de vida. El cambio será lento, no puede ser rápido porque el sistema interviene cada vez más rápida y violentamente. La lentitud ofrece la posibilidad de que las ideas penetren más profundamente, de que se vuelvan hábitos, de que las tendencias tengan tiempo para volverse movimientos radicales.