Valoraciones en torno al pensamiento de izquierda en Haití

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Autor(es): Aguilera Horta, Esperanza

 

Introducción
La polarización de las entidades caribeñas y latinoamericanas hacia esferas diferentes de dominación colonial e imperialista ha implicado la imposición de moldes económicos y socioculturales diversos. Esta situación determina que un antillano, desde su universo económico, político y cultural, conformado por la dominación foránea, se sienta más identificado con su metrópoli que con América Latina y el Caribe.
Si bien la estructura económica de las entidades caribeñas se ha hecho desde fuera y hacia adentro, su composición social también manifiesta una orientación similar. La irradiación va desde arriba hasta abajo, actuando con mayor o menor intensidad sobre el carácter de clase, la conciencia colectiva y clasista y el comportamiento (incluyendo hábitos de consumo) de la población subordinada. Todos los esfuerzos colonizantes están destinados a llevar al colonizado a confesar la inferioridad de su cultura. “Los países del llamado primer mundo, con su concepción etnocéntrica del mundo, se han valido de todos los medios a su alcance para desarticular nuestras culturas como requisito indispensable de su liderazgo y de nuestra dominación.”[1] Solamente los sectores más populares y nacionales, desde el punto de vista de sus intereses objetivos o del arraigo cultural, guardan la autenticidad esencial. Ésta ha de mantenerse y cultivarse a pesar de los intentos imperialistas y conquistadores, pues “cultura es la memoria que un pueblo tiene de sí mismo, es su forma de ser y de pensar”[2].

En las comunidades nacionales que tienen una tradición independentista (Haití, Republica Dominicana, Cuba) la afirmación de la personalidad nacional toma las expresiones más diversificadas y vigorosas. El nacionalismo tiene raíces en el pueblo. La imposición o adopción de ciertos valores de la sociedad dominante no altera la opción nacionalista, expresada o potencial, del grueso de la población. La resistencia a la opresión parte de los trasfondos culturales e históricos y es más susceptible de proyectarse hacia una dimensión económica y política, conformándose un sistema de clases influenciado por el exterior que no sólo va a estar determinado por las contradicciones internas clasistas surgidas al calor de la propiedad y la pugna por el ejercicio de la democracia, sino también por la lucha por mantener la identidad e independencia nacional ante la intervención extranjera.
Haití presenta características de un desarrollo sui generis de la economía, una arritmia global con relación a los demás de la región. Y también presenta una trayectoria antidesarrollo que se manifiesta en una crisis estructural y permanente que conduce a la degradación, a la extrema miseria y a la condición de país más pobre del continente americano.
El sistema político, por su parte, manifiesta tanto el grado de deformación e inserción externa en la infraestructura, como las particularidades de la estructura clasista de la lucha de clases y de la polarización de los grupos sociales alrededor o en contra de las fuerzas de dominación. El perfil estructural de la dependencia viene a ser la base de sustentación y el armazón del edificio social y del sistema político, y configura el tipo de vinculación que el poder externo de dominación establece con los grupos y clases dominantes internas. Éste igualmente conforma el grado de autonomía relativa que pueden adquirir, dentro de la lógica del sistema, las burguesías supeditadas locales y el Estado subalterno. A esos factores habría que añadir enfoques anacrónicos de la realidad social y política por parte de quienes ostentan el poder, que conduce al agotamiento de esa formación social portadora de renovación, nacida de la pulsión creadora del pueblo haitiano.
 
I - Condicionamiento histórico y claves sociales del surgimiento del pensamiento de izquierda en Haití
El pensamiento de izquierda en Haití surgió en el medio intelectual a partir de la coyuntura histórica que provocó la ocupación norteamericana, Lo que trajo consigo una serie de contradicciones. Con una influencia abarcadora de todos los sectores de la sociedad, estos elementos redirigieron la cuestión nacional de un camino de lucha entre oligarquías negra y mulata, y en otro momento entre los campesinos y la oligarquía en general -cuando fue necesario satisfacer las necesidades del pueblo, esta escisión en la élite desapareció, manteniéndose unida por los mismos intereses de dominio económico y político- a un camino inspirado en el orgullo nacionalista y en un fuerte sentimiento antiimperialista.
Durante el siglo XIX, la sociedad haitiana se vio sacudida por fuertes pugnas internas. Estas poseían dos direcciones fundamentales: las contradicciones entre los campesinos productores y la oligarquía nacional; y entre la oligarquía mulata y la negra por la conquista del poder. Estas pugnas poseían un carácter altamente racista en su manifestación, elemento este heredado del sistema colonial, lo cual permitía a la élite definir a los grupos dominados en términos antropológicos-culturales, eludiendo el planteamiento económico social del fenómeno de la explotación.
El sistema político haitiano a principios del siglo XX entró en una crisis sin precedentes en sus estructuras e instituciones. Todo el orden establecido a raíz de la independencia nacional en 1804 comenzó a ser sacudido por conflictos permanentes entre los diversos grupos dominantes incapaces unos y otros de afianzar el control del aparato político. Esto se produjo acompañado de contradicciones económicas y de antagonismos regionales.
De manera que mientras las luchas populares fueron creciendo, los conflictos entre terratenientes y comerciantes, entre caudillos militares y políticos se hicieron más crónicos, agravándose aún más la situación interna del país. Un hecho que confirma esta crisis es que no se pudo estabilizar ningún jefe de Estado, como resultado del desequilibrio de la estructura económico-social y el desgaste de las instituciones políticas, o sea, la incapacidad de dirección y escaso poder político en el país. Esta crisis política reflejaba un orden de contradicciones situadas a nivel del modo de producción y de las relaciones sociales correspondientes al sistema político que surgió a raíz de la independencia nacional.
En 1915 se produjo un viraje en la sociedad haitiana. En este año terminó un período de la historia de Haití y comenzó otro que viene manifestándose sobre todo a nivel del sistema político, un sistema concebido y moldeado por las fuerzas de ocupación norteamericanas que vino a sostener todo el orden económico, social y cultural haitiano. En el conjunto de la historia norteamericana y de sus relaciones exteriores, las frecuentes intervenciones de los Estados Unidos en Haití y su eventual ocupación no fueron más que episodios menores de significación extranjera. En Haití, sin embargo, estas invasiones y la ocupación fueron hechos que marcaron épocas. La ocupación realineó a Haití con los Estados Unidos pero también cambió la forma como se definían a sí mismos muchos intelectuales. Frente a un invasor racista, la intelectualidad haitiana desarrolló un profundo orgullo racial, consolidó la conciencia nacional y surgió un pensamiento de izquierda con un carácter antiimperialista y de defensa de la identidad nacional, cristalizándose la conciencia nacional.
Este pensamiento fue madurando y comenzó a cuestionar el sistema desde lo nacional, partiendo de elementos constituidos por la influencia colonizadora, hasta arribar al cuestionamiento del sistema de relaciones de producción, manifestando una posición antioligárquica y de defensa del campesinado como la verdadera representación del pueblo, destacando el papel fundamental del campesinado en la economía nacional, considerándolo como el corazón de la nación haitiana.
El desarrollo de una verdadera izquierda en el cuerpo político haitiano fue por mucho tiempo impedido por el control hegemónico de la élite pero finalmente surgió, en parte como respuesta a las intervenciones de los Estados Unidos. El nacionalismo haitiano también se vio fortalecido por la dominación norteamericana, y los intelectuales haitianos, desde una visión contraria a la del centro dominante, sumamente racista y excluyente, usaron el racismo para trascender las razas.
A esta etapa le continuó una permanente desestabilización de gobiernos, y como resultado de la agudización de las contradicciones “Haití es sacudido por una gran crisis institucional que se manifiesta en la inestabilidad y conflictos políticos del período electoral que comprende de 1956 hasta el 22 de octubre de 1959, fecha esta en que se consolida el régimen de Francois Duvalier”[3].
Una de las tares del nuevo régimen duvalierista fue aplastar lo que aún quedaba de las agrupaciones electorales de oposición. Esta fase represiva señaló el inicio de la dictadura con arrestos arbitrarios, la tortura y el asesinato, y fue también el inicio del éxodo; la meta final del régimen era desarticular a la oposición y aniquilar al mismo tiempo la resistencia popular apoyándose en sus elementos más incondicionales y en fracciones armadas de sus propios partidarios, los Tontons Macoutes, así como promover y preparar sus elementos más allegados. El aumento de la represión no solo se llevó a cabo debido a la dinámica de los haitianos sino por la influencia que podía ejercer la revolución cubana que acababa de triunfar. Pero este aumento de la violencia dio lugar a una mayor resistencia popular proveniente de todos los sectores sociales.
En Haití, el objetivo de la política norteamericana fue mantener la estabilidad proporcionando al régimen duvalierista el respaldo que necesitaba para cumplir con su proyecto de clase y satisfacer sus ambiciones vitalicias y dinásticas. Esta política se insertaba en una visión sumamente pragmática tendiente a usar la maquinaria opresiva montada por Francois Duvalier por redimir los conflictos inter-oligárquicos y reforzar el sistema frente al cuestionamiento del mismo por parte de los pujantes grupos revolucionarios surgidos a principios de los años 60 inspirados por el marxismo y el ejemplo del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, sobre el que Suzy Castor se refirió como “una nueva alternativa a la lucha latinoamericana”.[4]
A medida que las expresiones de violencia se manifestaban, tomaba cuerpo y avanzaba en organización clandestina un movimiento de izquierda unificada, donde convergían todos los grupos marxistas y no marxistas que no pertenecían o que en cierta forma habían sucedido a la oposición de los grupos políticos tradicionales. Sin embargo, la resistencia a esta empresa de fascistización, aún cuando estuvo generalizada no logró organizarse en medio del terror creciente, de la huida masiva para el exilio, de la impotencia cada día manifiesta de la ciudadanía. El terror generalizado, como forma de represión, fue utilizado en Haití, por primera vez en América Latina, como una estrategia concertada y científica, y en gran medida cumplió su cometido. Tendrían que pasar varios años para que las dictaduras militares, especialmente las del Cono Sur del continente, reeditaran la experiencia creando formas sistemáticas y masivas de terror. En este contexto se dio la estructuración de los pocos núcleos democráticos del país. Los más persistentes y decididos tuvieron que transferir su actividad al campo de la clandestinidad.
En 1986, como resultado de un movimiento social heterogéneo y la situación crítica del país haitiano, el pueblo logró derrotar a la dictadura. Sin embargo no llegó a realizarse un desbordamiento popular ya que los Estados Unidos, previendo la situación crítica, le ordenó a Jean Claude salir del país dejando la presidencia. Lo que evitó que se diera una posible situación revolucionaria, con unos ánimos ya completamente caldeados.
Se comenzó a reconstruir el país. En la Constitución de 1987, en aras de evitar el desarrollo de otra dictadura, se crearon instituciones que descentralizaron y dispersaron el poder: debilitaron la presidencia con introducción de un primer ministro, establecieron distinciones entre ejército y policía, y restituyeron una legislatura bicameral. Pero lo más importante fue el establecimiento de gobiernos locales y la disposición de que los impuestos fuesen invertidos en las propias comunidades bajo la responsabilidad de líderes electos. Prácticamente todos los sectores habían llamado a la ratificación: organizaciones sindicales y campesinas, las iglesias protestantes y la católica, así como la mayoría de los partidos políticos y agrupaciones, incluyendo al Partido Unificado de los Comunistas Haitianos (PUCH), que fue legalizado con la aprobación de la propia Constitución.
A finales de 1986, al regresar del exilio en México, Suzy Castor, junto a su esposo Gerard Pierre-Charles, fundaron el Centro de Investigación y Formación Social para el Desarrollo (CRESFED) para el trabajo, proyección y promoción de los cambios en el Haití postdictatorial, al que se incorporaron los intelectuales que regresaban del exilio y los elementos de izquierda. En 1987 editaron la primera publicación, de Gerard Pierre-Charles, Los orígenes de la estructura agraria en Haití. En esta etapa se abrió un período de legalidad de la izquierda. Durante cinco años hubo un aumento de estas fuerzas en consonancia con un desarrollo político turbulento. El periodismo de izquierda jugó un papel importante en la movilización popular y como comunicadora de una posición revolucionaria.
En el desarrollo del pensamiento de izquierda haitiano existen etapas que parten de coyunturas históricas, y se fueron especializando en su proyección, evolucionando de problemas más generales como la cuestión nacional y la negritud, representando al sentimiento antiimperialista, hasta el cuestionamiento al propio sistema instituido y a la crítica desde posiciones marxista de la realidad.
Actualmente las fuerzas de izquierda están representadas por la Plataforma Democrática, esta es la formación que reúne a las dos principales coaliciones opositoras: Convergencia Democrática y el Grupo de los 184. La Convergencia Democrática se creó en 1990, uno de sus animadores fue Gerard Pierre-Charles, la cual reunía a jóvenes, militantes venidos de diversos horizontes del pensamiento y de la acción, particularmente de la Teología de la Liberación, de los agrupamientos de base y de los movimientos campesinos, deseosos de encontrar los instrumentos eficaces contra la miseria y la exclusión. El Grupo de los 184 es una coalición política que surgió como forma de aglutinar a diferentes sectores de la sociedad civil haitiana. Reúne a partidos políticos, asociaciones patronales y de estudiantes, y sindicatos. Existe también una izquierda independiente en la cual se ubica el CRESFED, que se considera como una organización no partidista.
 
II - Características del pensamiento de izquierda en Haití
Por tanto, al intentar definir la izquierda haitiana hay que remitirse sin duda a los estudiosos de este fenómeno que, partiendo del análisis desde el ámbito caribeño y latinoamericano, han logrado un reconceptualización de la izquierda acorde con nuestras coyunturas históricas y características culturales.
Fernando Martínez Heredia[5] nos indica que: “El problema principal  al que se refiere la izquierda es al  de  las identificaciones de los dominados y de sus luchas contra  la dominación (...) Los comportamientos e ideas tendientes a  la rebelión  que pudieran ser de izquierda, forman parte de la construcción  de realidades sociales  de  grandes   grupos humanos”.[6] La izquierda en América Latina y el Caribe no sólo se va a referir a partidos que levantan un estandarte marxista, sino a grupos que por la situación política, económica y cultural en que se encuentran se elevan en contra del grupo social, de la clase que en nombre de la propiedad privada detenta el poder en función de sus intereses minoritarios. Por tanto, cuando se realiza un intento teórico de analizar la izquierda latinoamericana como un proceso político se debe partir de las relaciones culturales y de poder que se establecen entre los diversos grupos que coexisten en la región, y de los condicionamientos que establecen prioridades en los paradigmas sociales para cada pueblo.
Los movimientos sociales son elementos que al analizar la izquierda latinoamericana y caribeña resulta imposible excluir; estos tienen características diversas, pueden expresar a organizaciones y actores sociales pertenecientes a un mismo sector social. Isabel Rauber nos dice que: “En realidad, son la expresión de una identificación colectiva respecto al tratamiento y enfrentamiento de un tema, de una problemática, o de la situación de un sector social”[7]. En muchos movimientos sociales aparecen sectores y grupos de actores no vinculados a ninguna clase, ya que no tienen relación directa con la base económica que impera, pero tácticamente no deben ser soslayados para involucrarlos en las luchas sociales.
Rauber considera que “una concepción de izquierda que se corresponda con esta movilidad socioclasista que hoy vive América Latina tiene que considerar todo este amplio espectro que se enfrenta de una manera u otra a la despiadada política de las clases dominantes y se levanta en variadas alternativas que luchan por el desarrollo de nuestros países así como el rescate de la cultura de nuestros pueblos”[8] . Esta concepción comporta la diversidad de sujetos que componen a la izquierda latinoamericana en la actual coyuntura y señala la necesidad de la construcción de una alternativa contra el neoliberalismo en la región, no obstante no precisa el carácter ni el sentido de ruptura que las proyecciones teóricas y la práctica política demandan.
En la región y de acuerdo con nuestro condicionamiento histórico-político, no se concibe una izquierda que no enarbole una posición anticapitalista. El intelectual Atilio Borón, en una conferencia impartida en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello el día 6 de mayo de 2004, plantea: “…ser de izquierda significa, antes que nada, adoptar una postura teórica y práctica crítica, frontal e intransigente en contra del capitalismo y, por la positiva, a favor de una sociedad poscapitalista, llámese socialista o de transición, pero inequívocamente encaminada a la construcción definitiva de una sociedad no- capitalista.”[9] La historia de la consolidación de las conciencias nacionales en Latinoamérica está indisolublemente ligada a la expansión imperialista europea y norteamericana, el sentimiento antiimperialista ha cimentado el arraigo nacional, identitario como única defensa ante los esfuerzos colonizantes.
En torno a la reconceptualización de la izquierda, la politóloga Marta Harnecker plantea: “Cuando hablo de izquierda estoy pensando en el conjunto de fuerzas que se oponen al sistema capitalista y su lógica del lucro y que luchan por una sociedad alternativa humanista y solidaria, construida a partir de intereses de las clases trabajadoras, libres de la pobreza material y de las miserias espirituales que engendra el capitalismo. La izquierda no se reduce, entonces, a la izquierda que milita en partidos u organizaciones políticas de izquierda, sino que incluye a actores y movimientos sociales[10].
En esta concepción de la izquierda, Marta Harnecker ofrece un margen de participación que incluye a los movimientos sociales, elemento que se destaca en las fuerzas representativas del pensamiento de izquierda latinoamericano y caribeño; sin embargo, no incluye a la izquierda reformista que sin llevar en su proyecto una transformación radical revolucionaria representa una alternativa de lucha, participa del paradigma democrático y de la visión en torno al carácter popular que deben poseer los cambios en las naciones de la región.
Emir Sader[11] entiende a la izquierda latinoamericana como parte componente de las fuerzas anticapitalistas a escala mundial, por ello plantea que no debe excluirse a ningún movimiento, fuerza o partido que se afilie al proyecto antineoliberal, aunque también él es portavoz de la idea de que la verdadera izquierda debe de reivindicar un proyecto socialista alternativo del socialismo eurosoviético, enraizado en los valores culturales latinoamericanos y cuyo objetivo primordial sea resolver los problemas económicos, la enajenación social e individual y los modos de concebir y construir la política en la actualidad.
Esta comprensión de la izquierda latinoamericana se ajusta más a nuestra realidad y toma en cuenta a todas las fuerzas progresistas que se proyectan contra el neoliberalismo a favor de la democracia más plena y que claman por un nivel de vida más justo para las grandes mayorías empobrecidas, marginadas y sometidas a gobiernos dictatoriales y a condiciones de vida infrahumana.
La lucha de la izquierda no puede dirigirse sólo a la gran meta de alcanzar el poder, sino que debe sopesar el problema de la correlación de lo social y lo personológico, porque es necesario abrir espacios para el trabajo en la base, para imbuir a todos en la realización personal del proyecto emancipatorio, por lo que puede tributarle como enriquecimiento humano, contribución impostergable y necesaria para luchar contra la enajenación que el neoliberalismo ha generado en los marginados.
El intelectual cubano Darío Machado, en una serie de tres artículos publicados por la revista Cuba Socialista, nos presenta dos conceptos asociados a la izquierda: “Cuando un individuo, grupo u organización política rechaza, por ejemplo, el neoliberalismo y la acción depredadora de las transnacionales, se sitúa ‘a la izquierda’ de esa realidad, pero para ello no necesariamente se es ‘de izquierda’ (…)’ser de izquierda’ implicará estar en contra de la explotación del hombre por el hombre, del egoísmo que genera la propiedad privada, implica la conciencia de la necesidad de superar integralmente el sistema capitalista”.[12]
El estar a la izquierda se refiere entonces a un pensamiento que no va a definir una dirección práctica, pero que asume un determinado posicionamiento en defensa de la conciencia nacional, con una noción de identidad que va a enfocarse en aspectos que potencien el desarrollo económico-social y fomenten la elevación del nivel de vida del pueblo, en defensa de la identidad cultural nacional y la ciudadanía. Sin embargo, no va cuestionar la estructura social existente, va a atacar la injerencia imperialista, las dictaduras, la corrupción gubernamental y la falta de democracia.
El ser de izquierda implica un posicionamiento político que evidencie una postura ante el poder y en cuanto a la necesidad de transformaciones revolucionarias. Esta cosmovisión en torno a la izquierda se adecua a los cambios que ha estado sufriendo la estructura socioclasista de las naciones de América Latina y el Caribe ante la crisis global, resultado del modo de producción capitalista; los posicionamientos se van redefiniendo en grupos y sectores sociales que mantenían una alianza con el sistema explotador. Concibiendo entonces dentro de la izquierda a los grupos reformistas y sin un proyecto inmediato revolucionador.
El doctor José A. Soto, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Oriente, plantea que “una conceptualización de  la  izquierda  en   el ámbito latinoamericano implica concebirla como una posición social, política, económica y sociocultural que proyectan los más variados sujetos que desde su cosmovisión, accionar práctico y sus contextos perfilan sus acciones emancipatorias contra  la dominación económica, política y cultural que ejerce el imperialismo norteamericano en  la región (…) Tienen un determinado posicionamiento respecto al poder y a los cambios socioeconómico, sociopolítico y sociocultural que exigen las circunstancias históricas sociales (…) lo que determina su carácter reformista o revolucionario”.[13]
Esta concepción abarca las distintas manifestaciones de la izquierda que se perfilan en la actualidad, determinadas por dos posicionamientos sociopolíticos principales: el reformista y el revolucionario. El primero, desde los movimientos sociales y algunos frentes armados se enfrenta a las consecuencias del status económico y político del neoliberalismo, hace valer los derechos étnicos y socioculturales de los sujetos que representa, lucha por la democracia participativa más plena y por llevar a cabo entre los que dirigen estos movimientos y los sujetos involucrados procedimientos de comunicación más eficaces, ajenos al verticalismo y al autoritarismo, apoyados en el desarrollo consensual para lograr la relación dialéctica entre lo personológico y lo colectivo.
Muchos de estos movimientos aspiran a desarrollar desde la base el escenario necesario para que los actores se constituyan en un poder consciente, es el llamado poder desde abajo, pero esto no es suficiente por cuanto para lograr los verdaderos cambios de las estructuras económicas, políticas y sociales es necesario tomar el poder político para llevar a cabo los cambios a través de reformas, las cuales por el nivel de radicalización que alcancen llevan a la revolución.
Cuando las reformas no están planteadas con un nivel de radicalización sino sólo de reivindicaciones determinadas dentro del sistema capitalista imperante y del poder establecido, aunque las luchas tengan un carácter antineoliberal se quedan en el status del reformismo, ya que actúan dentro de un esquema de enfrentamiento-resistencia y no de ofensiva frente a la oleada neoliberal. El sentido de los proyectos que formulan en los órdenes teórico y práctico se queda en un plano de denuncia y de petición de cambios a los gobiernos neoliberales de turno. Sus demandas se proyectan por un reconocimiento de su existencia social, por los derechos de autonomía y de respeto a sus identidades culturales.
No obstante, en la actualidad este status no se puede considerar definitivo en muchos de estos movimientos, ya que muchos de ellos van radicalizando sus posiciones y se proyectan por un paradigma revolucionario. Puede producirse desde el interior de los movimientos una mayor radicalización de sus paradigmas emancipatorios o coincidir con la alianza de estos movimientos con fuerzas políticas que tienen una mayor profundidad en sus proyecciones y alcanzan una vía revolucionaria.
Un posicionamiento de izquierda de carácter revolucionario está concebido a partir de aquellas posiciones conceptuales y accionar práctico que se proponen cambios profundos en los órdenes sociopolítico, socioeconómico y sociocultural del sistema capitalista. La izquierda revolucionaria no debe renunciar al socialismo, esto no implica asumirlo como meta inmediata, sino como programa de futuro. En consecuencia las proyecciones teóricas y prácticas deben potenciar estos ideales.
El doctor José A. Soto propone como indispensables determinados indicadores para definir a la izquierda como proyecto social emancipatorio: “El posicionamiento en relación con el sistema socioeconómico vigente; la participación de diversos sujetos en las luchas emancipatorias; el problema de la unidad a lo ancho y a lo profundo en la correlación de tácticas y estrategias de las luchas emancipatorias; la proyección de los cambios sociopolíticos a realizar desde el poder, qué nivel de profundidad tienen estos; las proyecciones teóricas y prácticas se asumen en relación con el problema del poder; la asunción de la democracia en los proyectos políticos de las distintas fuerzas de izquierda.[14]
A partir de estos indicadores, su contexto político-social y de sus coyunturas históricas, podemos llegar a una conceptualización de la izquierda haitiana, concebida como un movimiento heterogéneo, compuesto por representantes o grupos representantes que defienden un paradigma democrático, popular, antiimperialista y antineoliberal, en defensa de la integridad nacional y regional. Sus tendencias más radicales reconocen el socialismo como alternativa frente al capitalismo alienador; sin embargo es esencialmente reformista por sus proyecciones teóricas y prácticas que adolecen de un proyecto revolucionario capaz de transformar su realidad.
Las principales características de la izquierda haitiana están dadas en que aspira al cambio a través de reformas democráticas que no llegan a transformar las estructuras del sistema, reformas sostenidas a partir de un sentimiento antiimperialista, antineoliberal, antioligárquico, antiabsolutista. Una deficiente política de integración y búsqueda de consenso de los frentes y partidos de izquierda con los movimientos sociales. El movimiento de izquierda haitiano se identifica con el grupo de intelectuales que dirigen la lucha democrática, a través de la vía electoral, fundamentalmente, también a través de vías de resistencia (huelgas, paros, protestas pacíficas); están también los campesinos en su lucha contra los terratenientes, la masa en general con un índice abrumador de pobreza, y los representantes de la Teología de la Liberación.
Consideran el pluripartidismo como una garantía democrática, estableciendo el pluralismo ideológico nacional, en cuestión de objetivos y de propuestas de reformas y accionar. Los proyectos de los partidos que se erigen de izquierda adolecen de inviabilidad. Su táctica va dirigida a proporcionar un gobierno que sobre las mismas estructuras del Estado logre la superación del status de miseria del país, partiendo de una estrategia democrática. Consideran la violencia como un elemento inherente al gobierno y a los grupos paramilitares que apoyan fuerzas proaristide y produvalieristas, incluso facciones antielectorales, todos estos grupos están empeñados en la desestabilización del país. Su discurso va a coincidir con el de la derecha (que propugnan mejoras en la calidad de vida del pueblo, desarrollo de la economía nacional, etc.) que presenta el modelo neoliberal como la “solución al subdesarrollo” y la instauración del “estado de bienestar” existente en los países capitalistas desarrollados.
En los elementos más radicales existe una posición de transformación democrática, un análisis de su realidad partiendo del instrumental marxista. Se plantea el problema de la democracia como preparación política de las masas populares en sus diferentes movimientos, partidos, organizaciones, con el fin de librar la batalla por el poder desde abajo, creando un frente común de lucha que tiene como paradigma la revolución civil, en la cual actúan todos los sujetos involucrados en el cambio, pertenecientes a la sociedad.
No podemos identificar solamente a la posición de izquierda con la asunción de un proyecto socialista, por cuanto muchas fuerzas de izquierda en América Latina sin asumir una posición socialista y marxista se proponen cambios económicos que son una alternativa al neoliberalismo y que en lo político implican una proyección profundamente democrática que no sólo se agota en lo puramente administrativo del gobierno, es decir, la llamada gobernabilidad, sino que contienen la intención de subvertir la situación actual de pobreza de las mayorías y promover el desarrollo económico y social con la perspectiva de lograr la equidad distributiva, la amplia participación popular y el despliegue de la más vasta espiritualidad. Esta posición es hoy revolucionaria aunque no se comprometa, en un primer momento, con el proyecto de carácter socialista.
El principal desafío a que se enfrenta la izquierda haitiana es el no tener bien determinado cómo lograr los programas políticos. No ha sido capaz de presentar un programa viable de transformación de la realidad haitiana. Los métodos, la combinación acertada de las formas de lucha y la unidad constituyen uno de los mayores obstáculos para crear un frente de batalla contra el neoliberalismo y alcanzar un adecuado equilibrio entre reforma y revolución, que conduzca a la transformación a fondo de todo el sistema socioeconómico y sociopolítico capitalista actual.
La izquierda haitiana presenta dos tendencias fundamentales donde se agrupan a partir de los tipos de reformas y análisis elaborados partiendo de las coyunturas histórico-sociales de su realidad. Se distingue una tendencia de corte progresista y democrático representada por los movimientos sociales (protección del medio ambiente, por los derechos de la mujer, los campesinos, y otros sectores representantes de la sociedad civil haitiana) y religiosos (representantes de la Teología de la Liberación). La otra tendencia está representada por los intelectuales y grupos de estudiantes universitarios, va a tener como característica fundamental el fundar su análisis y crítica de la sociedad haitiana partiendo de una visión marxista, adecuándola a su realidad, se plantea el socialismo como una alternativa al capitalismo devastador, sin embargo no presenta un proyecto viable de transformación de la realidad, por lo cual se queda en el reformismo.
Compartimos los criterios de la destacada intelectual de izquierda Marta Harnecker, cuando apunta que: “(...) en la actual situación del mundo se da la paradoja de que si bien es cierto que las revoluciones antiimperialistas son más difíciles que antes, también hoy son más necesarias que en cualquier otro momento para poder sacar a nuestros pueblos del atraso y de la miseria (...) por otra parte, en la izquierda hay conciencia de que se carece de un proyecto alternativo convincente, pues hay un exceso de diagnóstico y una ausencia de terapéutica.”[15]
En la actualidad los cambios socioeconómicos y sociopolíticos han conllevado al reconocimiento dentro de las fuerzas de izquierda a clases y sectores de la sociedad, tales como la pequeña burguesía arruinada que trabaja en la esfera de los servicios, en la producción directa o sobrevive en la marginalidad; los intelectuales, los trabajadores de los servicios y a sectores no propiamente clasistas como los marginales, los indígenas, las mujeres y otros grupos y sectores sociales diversos. Esto plantea la necesidad de que los proyectos unitarios como vía necesaria de hacer frente al neoliberalismo y al imperialismo en la región tengan como fundamento los intereses de todos los involucrados y una dirección más abierta y democrática del proceso.
Para refundar una izquierda es necesario tener en cuenta algunas consideraciones que permitan una revolución en la concepción y praxis de los movimientos que encabecen esta línea. Los principios o el factor moral son elementos que no han sido considerados como ineludibles en la estructuración de la izquierda. Esta idea no se toma como lo primordial, se asimila y considera como necesario el desarrollo de una proyección social antiimperialista y antineoliberal; en la cuestión de la praxis política la necesidad de crear el nuevo individuo moral para esa sociedad que promulgan ha sido visto solo desde un punto de vista teórico no práctico-constructivo.
Heinz Dieterich,[16] en su libro El socialismo del siglo XXI y la Democracia Participativa, nos plantea que las sociedades actuales están caracterizadas por una economía nacional de mercado, un estado clasista y una democracia plutocrática-formal, a lo que responde una sociedad anti-ética y disfuncional para las necesidades de lo demás. Pero para un siglo XXI debe presentarse una búsqueda de proyecto en los movimientos de izquierda, pues para la constitución de una sociedad justa a favor de todos es necesaria también la construcción de un ciudadano racional ético estético. También es necesaria una clara vocación de cambio y acción social, que incluya grados de confrontación y de ruptura con el sistema económico, pues es imposible tratar de crear un sistema social a partir de la misma estructura capitalista, de esto resulta un círculo vicioso.
La lucha electoral como instrumento y la lucha popular como articulación de las fuerzas sociales para el cambio social deben ser los dos pies de un mismo avance. Un partido o un representante con un proyecto socialista no pueden llegar a erigirse en el poder sin el apoyo de las masas, ni tampoco mantenerse. La lucha del pueblo debe articularse con el ejercicio del gobierno y participar en la estructuración de la nueva sociedad, las propuestas capaces de dar solución real a los problemas de la población solo pueden ser dadas por el mismo pueblo, afectado directamente. También sin el apoyo de las masas el proyecto de izquierda adquiere vulnerabilidad subjetiva y objetivamente.
Es necesario propugnar y practicar un partido democrático, abierto a la pluralidad, fraterno, que promueva la solidaridad. La cuestión no está en el pluralismo partidista ni ideológico, sino que es una cuestión de aceptar y asimilar contradicciones inherentes al proceso de estructuración de una sociedad desde un proyecto social. De tomar el concepto de partido gramsciano, es necesario no encerrarse en la constitución de un partido político, sino verlo como una estructuración diferenciada de funciones dirigentes sobre el terreno específicamente político, a partir de la constitución política de los sujetos. Un partido que se erija representante de los intereses del pueblo, que elija a sus dirigentes de manera transparente, que sea combatiente contra la tendencia al acomodamiento. Que se supere a partir del análisis de las contradicciones que surgen en su interior, considerando las coyunturas históricas y culturales, y sosteniendo el respeto a la diversidad de su composición como uno de los elementos más importante para la consolidación de su unidad.
Defender la unidad del pueblo y las alianzas sociales frente a la fractura frente al accionar de los partidos tradicionales, frente a la ola neoliberal que procura la división social y el individualismo a ultranza. Sin importar la afiliación política es sumamente importante incorporar todos los sectores de la sociedad al proceso de renovación social, pues cada sector, aun no constituido como clase, es necesario para la transformación; también es probable que no tomadas en cuentan se erijan en sectores opositores o, en casos más comunes, el proceso pierda su carácter social.
Es necesario un programa que se presente a condición de que represente una alternativa humanista, como una propuesta no tan sólo para un mejor reparto de los bienes, sino de una nueva civilización. Un proyecto que debe manifestarse en la acción política y social, pero también en el estilo de vida de los dirigentes. Esto último apunta a la cuestión de establecer una consecuencia entre el discurso y la práctica. Es necesario decir las cosas de un modo nuevo, renovado, variar el discurso que en cuestiones de proyección resulta el mismo de la derecha. La izquierda necesita ser distinta, en la medida en que desea encarnar una propuesta de sociedad y de civilización.
 
CONCLUSIONES
A partir de lo anteriormente expuesto se pueden destacar las siguientes conclusiones:
1-Los cambios que ocurren en la sociedad haitiana del siglo XX, inmersa en una profunda crisis estructural y caracterizada por un sistema político represivo y dependiente, son los que sustentan el surgimiento y desarrollo del pensamiento de izquierda.
2-En este contexto sociocultural emergen intelectuales que asumen una interpretación nueva y revolucionaria de la realidad haitiana, que alcanzan madurez cuando constituyen convicciones que los conducen a plantearse la necesaria transformación de la sociedad haitiana hacia un estado democrático y justo.
3-La izquierda haitiana es esencialmente reformista, pues busca subvertir su realidad a través de la vía democrática y electoral. Carece de viabilidad en sus proyectos emancipatorios.
4-La izquierda haitiana es un movimiento heterogéneo, que incluye a los intelectuales marxistas y a los más diversos actores sociales y movimientos religiosos, motivados por la necesidad de dar respuestas a los problemas de su país.

5-La realidad actual de este país requiere una urgente movilización de su vanguardia social, representada por los movimientos, partidos e intelectuales que representan el pensamiento de izquierda haitiano. Sólo mediante una revolución en sus proyecciones reformistas será posible trascender la degradación a la que le han destinado los “dueños neoliberales” de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

 



[1] De Magdalena, Armando: “Apuntes para la revolución americana”, pág. 15.
[2] Ídem, pág. 13.
[3] Bellegarde-Smith, Patrick: “Haití. La ciudadela vulnerada”, pág. 57.
[4] Castor, Suzy: “La ocupación norteamericana de Haití y sus consecuencias (1915-1934)”, pág. 39.
[5] Intelectual cubano, ensayista e investigador de las Ciencias Sociales. Tiene en su haber varios libros: El ejercicio de pensar y En el horno de los 90.
[6]Martínez Heredia, Fernando: “Izquierda y marxismo en Cuba”, en Temas nº 3, pág. 16.
[7] Rauber, Isabel: “Movimientos sociales, género y alternativas populares en Latinoamérica y el Caribe”.
[8] Rauber , Isabel: “Crisis y desafíos de la izquierda”, en Una izquierda que se renueva, pág.52.
[9] Borón, Atilio: El tema del poder en el pensamiento de izquierda en América Latina.
[10] Harnecker, Marta: “Sobre la estrategia de la izquierda en América Latina”.
[11]Sader, Emir: “Los desafíos de la izquierda”, en América Libre nº 8, pág. 50.
[12] Machado Rodríguez, Darío L: ¿Qué es hoy ser de la izquierda? (I).
[13] Soto Rodríguez, José Antonio: “Poder y paradigmas emancipatorios en América Latina”.
[14] Soto Rodríguez, José Antonio: “Poder y Paradigmas emancipatorios en América Latina”.
[15] Harnecker, Marta e Isabel Rauber: “Hacia el siglo XXI, una izquierda que se renueva”, pág. 101-102.
[16] Dr. En Ciencias Sociales y Económicas en la RFA, miembro del Sistema de Investigadores de México y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, presidente del Foro por la Emancipación e Identidad de América Latina.
 
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