La revolución cubana en una encrucijada

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Autor(es): Almeyra, Guillermo

Almeyra,  Guillermo  Almeyra, Guillermo . Marxista argentino que vivió durante muchos años en México. Doctor en Ciencias Políticas y Master en Historia, recibido en la Universidad de París VIII, enseñó Política Contemporánea en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Posgrado Integrado en Desarrollo Rural de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, donde se especializó en movimientos sociales y en las consecuencias de la mundialización. Es editorialista y comentarista internacional del diario La Jornada.


Para el gobierno cubano y –los partidarios del llamado socialismo real, o sea, del sistema económico, político y social imperante en la ex Unión Soviética y en los países de Europa oriental o en China y Viet Nam– Cuba es socialista desde los años 60, cuando así la declaró por radio Fidel Castro. Para los enemigos de Cuba y del socialismo, en los gobiernos y en el sistema capitalista mundial, también lo es (como lo era la Unión Soviética) pero por obvias razones de propaganda antisocialista, o sea, para identificar el socialismo –que según Marx sería el reino de la democracia y la abundancia y de la agonía del Estado como poder por sobre los ciudadanos– con la escasez, el partido único, la fusión de éste con el aparato estatal, el decisionismo vertical desde el vértice de la burocracia estatal-partidaria. En cambio, para la ultraizquierda, que sólo conoce el blanco y el negro y se guía por el todo o nada, el carácter de clase del régimen existente en Cuba es igualmente claro: Cuba no sólo sería capitalista sino que también imperaría en ella “la dictadura de los hermanos Castro”, apoyada en una burocracia totalitaria.[i] 

La cuestión sin embargo no es tan simple. La revolución cubana fue posible porque formó parte de una revolución anticolonial a escala mundial y tuvo lugar después de la muerte de Stalin y en plena crisis del estalinismo, todo lo cual le dio una fuerza y una dinámica peculiar. La revolución antitotalitaria, democrática y antiimperialista iniciada con el asalto al Moncada y triunfante en enero de 1959 se fue depurando de aquellos de sus dirigentes que eran simplemente burgueses o pequeñoburgueses antibatistianos y estaban dispuestos a mantener la sumisión del país al imperialismo estadounidense –los cuales huyeron a Miami o se levantaron en armas y después cayeron presos– y, como respuesta a los ataques de los Estados Unidos y a la necesidad de profundizar el proceso (y de encontrar aliados internacionales), se declaró socialista por boca de Fidel Castro –y no por consulta o decisión de masas, aunque el apoyo a esa declaración fue muy grande–. La expropiación de las tierras de los grandes capitalistas y del imperialismo, la estatización del comercio exterior y de la producción, los intentos de planificación anticapitalista de la economía, base para el desarrollo económico y cultural de la isla, constituyeron el punto de partida anticapitalista de la lucha por el socialismo y de la transición hacia él y fueron y son los elementos no estrictamente capitalistas que permitieron hacer frente al aislamiento y la crisis y debilitaron la propiedad privada de los medios de producción, o sea, al sector capitalista propiamente dicho.[ii]

El capitalismo, sin embargo, subsistió por la relación de Cuba con el mercado mundial, por la vigencia de la ley del valor, que regía la economía cubana. El Estado surgido de la revolución cubana tuvo una dirección revolucionaria de clase media, que contaba con la simpatía pero no con el protagonismo de los trabajadores. Dicho aparato de Estado había disuelto el ejército de Batista y se apoyaba sobre las milicias y sobre el pluralismo dentro de la revolución expresado en la presencia en el gobierno de los militantes del Movimiento 26 de julio dirigidos por Fidel Castro, pero también de algunos ex miembros del Partido Socialista Popular (comunista) en ruptura con este partido que se había opuesto inicialmente a la revolución, de jóvenes estudiantes, en su mayoría católicos, del Directorio Revolucionario y de militares antibatistianos, todos los cuales integraron las Direcciones Revolucionarias Integradas que terminaron fusionándose en el Partido Unido de la Revolución, después transformado en Partido Comunista Cubano a mitad de los sesenta del siglo pasado.
De este modo la revolución no nació dirigida por el partido comunista local sino por la democracia radical; en su comienzo fue pluralista y se fue profundizando al mismo tiempo que, por la necesidad de contar con el apoyo de la URSS[iii] , comenzaban a penetrar en el proceso revolucionario ideas y métodos burocráticos de cuño estalinista. Los burgueses cubanos y sus servidores, por último, partieron hacia Miami poco después de aplastada la invasión de Bahía de los Cochinos. Cuba pasó a ser un país capitalista sin capitalistas –como calificaba Lenin a la URSS inmediatamente posterior a la revolución– y con un aparato estatal que luchaba por la construcción del socialismo en la isla y a escala mundial.[iv] Aunque Cuba no se contaba entre los países más pobres y atrasados de América Latina –por el contrario, en los ’50 era el segundo en desarrollo después de la Argentina–, se encontró por diversos motivos obligada a centralizar el poder, reduciendo los márgenes de la democracia, y creando las condiciones para una vasta burocracia desde el inicio mismo de la revolución.
 
La burocracia a la cubana
 
Ese cuerpo nuevo fue el resultado de diversos factores. Por un lado, de la necesidad de defender la revolución sacando de la producción a los más enérgicos y mejores hombres y mujeres para crear un aparato de contrainformación y contraespionaje y un ejército numeroso y bien armado, ya que los atentados y las amenazas de invasión estadounidense y de guerrillas contrarrevolucionarias no permitían otra opción. Se puede decir, por lo tanto, que el bloqueo y la amenaza del imperialismo son un poderoso factor de creación, mantenimiento y desarrollo de una vasta burocracia improductiva pero necesaria sobre la cual se insertaron toda la serie de organizaciones derivadas del modelo militar y de defensa y de los armamentos procedentes de la Unión Soviética en los últimos años sesenta.
A ese importante factor se agrega la fuga de los técnicos y administradores con experiencia, lo cual obligó a sustituirlos por una camada de militantes llenos de voluntad pero bisoños y con pocos conocimientos y, por lo tanto, con baja productividad y escaso rigor en la organización del trabajo, lo cual infló el aparato de control partidario y productivo. Una buena parte de la burocratización hay que achacársela además a los errores voluntaristas iniciales, como la innecesaria y contraproducente estatización del pequeño comercio, del artesanado, de la distribución y los servicios, que hoy está tratando de corregir tardíamente el gobierno cubano al suprimir de la nómina estatal 500 mil personas[v] para lanzarlas al cuentapropismo y a la creación ab novo de cooperativas (sobre esto volveremos más adelante).
Pero la principal fuente de la burocracia fue la eliminación en nombre del centralismo de la participación de los ciudadanos en la adopción de las decisiones políticas, económicas y técnicas, las cuales quedaron en manos de los “especialistas” y tecnócratas, reduciendo así la creatividad, la socialización de las experiencias de los productores, el ahorro de materiales, la productividad, y semiparalizando todo en una maraña de reglamentaciones y pasos burocráticos aprendidos de la Unión Soviética. A la ineficiente tradición burocrática española, heredada por nuestros países y en particular por Cuba, la última colonia hispana en América, se le agregó la burocratización ultracentralizada importada del estalinismo, que la heredó a su vez del ineficiente zarismo. Y, por último, de modo general, la burocracia tiene por base la división entre trabajo manual e intelectual, propia del capitalismo, sobre todo en los primeros tiempos en los que el nivel medio de preparación de los cubanos era mucho menor que el actual, y la consiguiente división entre “los que saben” y deciden y los que simplemente ejecutan, también muy marcada en tierras de caudillos, como las nuestras.
El voluntarismo de Fidel Castro contribuyó también a este proceso al tratar de corregir burocráticamente, con organismos de control de los controladores, el caos y la parálisis resultantes de decisiones erróneas –como la copia de métodos capitalistas provenientes de la Europa Oriental o como la aventura, desquiciante de toda la economía, del intento de lograr a cualquier precio una zafra de 10 millones de toneladas o el deseo, a caro precio e insostenible, de tener la vaca lechera más productiva del mundo o la autosuficiencia en espárragos–. La fusión entre el partido y el Estado, al mismo tiempo, impidió que el primero controlase al segundo y lo burocratizó, mientras introdujo en el aparato estatal, donde siempre existe la necesidad de adoptar decisiones técnicas precisas, eficaces y sostenibles, una imprevisibilidad y discontinuidad desorganizadoras y desmoralizadoras para los productores que son, no hay que olvidarlo, también consumidores de productos básicos.
La baja productividad de los trabajadores cubanos y la exhuberancia del personal estatal tienen sus raíces en décadas de errores económicos graves, a partir sobre todo del momento en que el Che Guevara fue derrotado en la discusión sobre la orientación de la economía por el triunfo de la concepción burocrática defendida por el maoísta Charles Bettelheim, que no se diferenciaba mucho de lo que planteaban también los asesores del llamado bloque socialista. En ese marco, el más grave de todos esos errores fue creer –contra toda evidencia y contra las advertencias hechas ya en 1936 por León Trotsky[vi]– que la Unión Soviética sería eterna y, por lo tanto, que eterno sería también el intercambio favorable a Cuba de azúcar por petróleo en abundancia, sin tener en cuenta los precios del mercado mundial. Esos errores políticos y esa falta de capacidad teórica para juzgar a los regímenes y las economías que la dirección cubana consideraba “socialistas” y en los cuales formaba sus economistas “marxistas” impidieron aprovechar la ayuda del CAME (o Comecon) para desarrollar la infraestructura cubana y las bases para la autosuficiencia alimentaria en la isla. Por eso el derrumbe del llamado bloque socialista precipitó en Cuba la crisis profunda del período especial y provocó una caída, en un año, de más de un tercio del PIB.
Si en la isla la burguesía no volvió al poder mezclada con los viejos apparatchiks estalinistas fue porque la revolución cubana fue y es, antes que todo, una revolución independentista y antiimperialista y porque no había allí restos de burguesía, como en los países de Europa Oriental, y porque en Cuba la burocracia no era aún, antes de la gran crisis iniciada con el Período Especial en los ochenta, una casta burocrática cristalizada, con nivel de vida y aspiraciones capitalistas, como la de la URSS. El gobierno, además, no estaba aislado sino que gozaba, en cambio, del consenso logrado gracias a la firme e intransigente defensa de la independencia cubana frente al imperialismo y al notable desarrollo material y cultural logrado durante casi treinta años, entre 1959 y 1986; y la burocracia, que la influencia soviética por un lado inflaba y estimulaba, sufría al mismo tiempo la presión de los trabajadores cubanos, a diferencia de la Unión Soviética y de Europa Oriental donde la sociedad civil había sido aplastada y desmoralizada. La actual burocracia, por otra parte, tiene diversas capas. Una, que trabaja con las ideas y la creación artística y literaria, siente más y refleja mejor las presiones democratizadoras y antiburocráticas de la sociedad y comprende mejor la necesidad de un cambio urgente en la economía y la vida política. Una parte de esta capa está influenciada por la idea de la generalización del mercado libre mientras otra, mucho menor, cree en la necesidad de una profundización del curso hacia el socialismo, recurriendo a la autogestión social generalizada. Otro sector de la burocracia, el ideológico, conservador e improductivo y reaccionario, busca mantener el statu quo ante del cual desprende sus privilegios y se abroquela en el partido, en una lucha perdida de antemano porque éste está fusionado con el Estado, que debe cambiar debido a los imperativos económicos y sociales. El sector militar, a la vez ideológico y productivo, ya que las fuerzas armadas garantizan la producción estratégica cubana, tiene privilegios y poderes mayores y tiende a alianzas con la tecnocracia. Esquematizando, la propuesta de este sector sería un Estado a la vietnamita o china, con un fuerte poder tecnocrático-militar y un partido único, que dirige un libre mercado burocráticamente controlado. Por último, en todos los sectores del aparato (intelectuales, burócratas partidarios, tecnócratas) existen los que in pectore se preparan para una “solución” similar a la de sus colegas de Europa Oriental, transformándose en capitalistas, sobre todo en el caso de una gran apertura al turismo y a las inversiones provenientes de los Estados Unidos.
 
Desde los ochenta hasta la actualidad
 
El derrumbe inglorioso y sin disparar un tiro de la Unión Soviética y su enorme y absolutamente impotente y corrompido partido comunista de 18 millones de miembros, así como el de los países del “socialismo real” y la inmediata transformación de los burócratas de esos países en capitalistas, apoderándose de modo mafioso de las empresas que antes administraban, o en socialdemócratas, tuvo enormes consecuencias en Cuba.
En primer lugar, ese proceso dio un golpe muy duro a la pretendida infalibilidad de la dirección del partido comunista cubano y del Estado, desde Fidel para abajo, al mismo tiempo que modificó profundamente la relación de fuerzas internacional, desmoralizando a sectores de la población y sobre todo del aparato burocrático. La brutal caída del Producto Bruto Interno y la necesidad de recurrir al turismo y a las inversiones extranjeras dispuestas a ignorar la ley Helms-Burton y el bloqueo llevó a muchos funcionarios y dirigentes partidarios a buscar “arreglarse” por su propia cuenta, en lo económico y en cuanto a la obtención de un seguro clandestino e ilegal para lo que pudiera venir, utilizando para ellos sus cargos y poderes. Al mismo tiempo generalizó el robo, la corrupción, la prostitución, el trabajo a desgano porque los salarios no alcanzaban y se tornaban ínfimos, ridículos, y porque los mecanismos de asistencia –y los salarios indirectos de todo tipo, como la educación, la salud, los subsidios a los alimentos, la libreta para comprar productos básicos– perdían constantemente calidad, se degradaban o desaparecían. El lujo ostentado de los inversionistas y turistas, el mercado especial para ellos, los irritantes privilegios de que disponían a la vista de todos –ir a los mejores hoteles y las mejores playas, donde no iban los cubanos, poder moverse libremente– crearon por su parte una sociedad de dos velocidades, o en dos capas. Una dolarizada y fuerte, promotora del capitalismo por su ejemplo de hedonismo y de consumismo y otra, desprovista y pagada en pesos por un Estado que perdía jirones de independencia y soberanía. En el medio, una burocracia cuyos sectores más fuertes están ligados a la primera capa mientras los más pobres sufren los problemas de la segunda, de la mayoría. Para colmo, quienes habían optado por construir la revolución y no por emigrar se encontraron con que los parientes de los contrarrevolucionarios o de los individualistas emigrados para prosperar contaban con dólares y apoyos mientras ellos debían contentarse con sus magros sueldos.
Desde los años 80 hasta hoy Cuba está dividida grosso modo, horizontal y generacionalmente, en dos grandes bloques: los que conocieron el período anterior a 1959 y las luchas revolucionarias inmediatamente posteriores y los que en cambio nacieron en la crisis económica aparentemente interminable y en ella se formaron, con el agravante del derrumbe del sostén soviético a la isla y del desgaste moral producido por la transformación de la isla en paraíso para el goce ajeno. Cuba es un país donde la juventud constituye la minoría de la población pues la expectativa de vida, como resultado de los progresos en la educación y en la sanidad, se eleva continuamente y la natalidad, como consecuencia de la crisis, se reduce. Pero la juventud es el futuro. Y ese futuro está hipotecado porque en las ciudades buena parte de la juventud, sobre todo en las familias más pobres, cree en una solución individual, incluso sueña con la expatriación, no persigue ninguna utopía. En el campo, donde hay menos contacto con el turismo y su influencia deletérea y con el consumismo, y son mucho menos visibles las desigualdades y loa privilegios, la juventud se diferencia de la ciudadana, pero Cuba es un país esencialmente urbano con enormes extensiones de tierra baldía. Es un país rural, pero sin campesinos ni suficiente producción de alimentos y otros productos rurales.
El mercado negro es como ácido que disuelve la economía cubana, porque los burócratas que desean hacer refacciones en su casa saben que el electricista, el plomero, el albañil trabajarán con herramientas y materiales robados al Estado, como robados al Estado son los falsos remedios afrodisíacos o los malos puros que se venden a los turistas por las calles o los alimentos vendidos en los “paladares”.
Lo cierto es que la actual situación no puede seguir, ni puede subsistir una economía con dos monedas oficiales paralelas (el CUC y el peso) y otra, decisiva y omnipresente, el dólar. Cuba está en una encrucijada: o va hacia el capitalismo, como dependencia semicolonial de los Estados Unidos, o avanza audazmente y se renueva por el camino del socialismo.
Pero aclaremos: no se trata de una oposición entre mercado y construcción del socialismo, porque las concesiones al mercado son obligatorias y legítimas cuando hay que asegurar el abastecimiento y la sobrevivencia de la gran conquista de la revolución antiimperialista mundial que fue y es la revolución cubana. Además, mercados hubo en la historia antes del capitalismo y los habrá después de él en los regímenes de transición que podrían sucederse durante más de un siglo hasta el derrumbe mundial del capitalismo. El asunto es si el mercado libre dirige la sociedad o si ésta dirige y controla el mercado y da su lugar a las inversiones capitalistas extranjeras, portadoras de know how y de innovación.
 
La vía de la autogestión
 
Hagamos un poco de historia. La autogestión, en Aragón, durante la Revolución española, duró demasiado poco y por eso no pudo demostrar otra cosa que la posibilidad de extender al máximo la democracia de los productores-consumidores-ciudadanos. La autogestión yugoslava fue una autogestión a medias, por su origen y su desarrollo.
En efecto, por un lado, fue organizada desde el poder central por Edouard Kardelj después de un primer intento de imitar el modelo económico burocrático centralizado del estalinismo, que se interrumpió cuando Stalin expulsó del Cominform y quiso borrar del mapa a Tito y su partido, hasta entonces ejemplos de estalinismo, pero que buscaban crear una Federación Socialista balcánica escapando al control total que pretendía imponer Moscú a los gobiernos y partidos comunistas. Por otro, fue una autogestión deformada desde su origen mismo por la dependencia del partido (la Liga de los Comunistas Yugoslavos) y por el nacionalismo y el federalismo burocrático y a la vez localista de las distintas repúblicas que llevó al estallido de la Federación yugoslava.
Las empresas en la autogestión yugoslava podían elegir sus directores, pero teniendo en cuenta las sugerencias del partido y sólo con la venia de éste y podían decidir sus planes de producción y de inversión, su tecnología, los salarios, pero el Estado controlaba los insumos, y la producción y la comercialización estaban fijados por el mercado, con el control caro y redundante de las distintas repúblicas federales. El justo principio de la federación estaba deformado por la existencia de un partido único burocratizado por el nacionalismo puntilloso de cada república e igual cosa sucedía con el principio justo de la autogestión.
En cuanto a la autogestión en la Argelia independiente dirigida por Ahmed Ben Bella duró poquísimo y fue asfixiada por el control del aparato del Estado sobre las empresas agrícolas que intentaron desarrollarlo sin contar con apoyo técnico ni créditos. Las experiencias posteriores –en la fábrica de relojes Lipp, así como recientemente en Philips, en Drouet, Francia, o las fábricas recuperadas en la Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela– han sido o son, más que experiencias de autogestión, ejemplos de control obrero en empresas de propiedad capitalista o con propiedad en disputa. En efecto, excepto por la organización del trabajo y la fijación de los salarios, funcionan como antes porque obtienen sus insumos de todo tipo en el mercado capitalista, venden los mismos productos que vendía el antiguo patrón en el mismo mercado y dependen de la obtención de un status particular que les otorga el aparato estatal –expropiación por causa de utilidad pública, comodato, organización como cooperativas para no pagar impuestos o, como en el caso del proyecto de ley argentino en discusión, de una protección especial mediante créditos muy baratos y aportes técnicos–.
En Cuba, hoy, el gobierno se ve obligado por la crisis mundial a hacer continuas concesiones al mercado capitalista y encara ahora el desarrollo de la agricultura y de los productos para la alimentación sobre la base de una miríada de pequeños agricultores privados. Al mismo tiempo, trata de reparar con un retraso de cincuenta años el error cometido al haber estatizado junto con los ingenios y empresas imperialistas todo el pequeño comercio y decenas de miles de empresas artesanales. Y, ante la necesidad de dar trabajo al millón de trabajadores que califica de “excedentes”, aparentemente, según sugieren los artículos nostálgicos de Juventud Rebelde sobre las fondas habaneras, está encarando la posibilidad de permitir y apoyar la creación de cafés, casas de comida, heladerías, zapaterías y otros trabajos privados por cuenta propia, controlándolos mediante impuestos.
De este modo el sector de las empresas estatales debería convivir y competir por los recursos en el mercado capitalista con un vastísimo sector de pequeños productores agrarios y otro igualmente enorme insertado en los intersticios del mercado. De hecho, ya existe un sector de la sociedad que no trabaja con la moneda nacional y está ligado al dólar y, puesto que la economía ya está desquiciada y los controles estatales no son ni efectivos ni eficaces, una nueva política económica más apegada a la realidad social no aumentaría mucho los peligros –grandes– que ya enfrenta Cuba y podría eliminar algunos.
A condición, sin embargo, de realizar economías de escala y de elevar la productividad mediante cooperativas de compra, de comercialización, de preparación técnica, de crédito con los cuentapropistas. Y sobre todo de poner en marcha la autogestión generalizada que permita que los productores-consumidores conozcan y reorganicen los recursos en el territorio, reduciendo la burocracia y elevando la responsabilidad colectiva y la moral de trabajo, así como el índice de participación y de democracia en el país.
La autogestión, lejos de ser un posible lujo de los países ricos, puede ser una formidable fuerza productiva multiplicadora ya que pone en marcha la creatividad y el sentimiento de responsabilidad de quienes sienten que deciden en su vida cotidiana y aportan a todos, con todos. En un mercado capitalista y en la escasez que acentúa los problemas sociales, crea además lazos solidarios y conciencia colectiva, indispensables para contrarrestar la tendencia al “primero yo” y al hedonismo que introduce el capitalismo y la corrupción de la burocracia. Ésta, por supuesto, se opondrá a la autogestión, que le quita protagonismo y privilegios y la controla. Precisamente por eso, si se quiere mejorar la producción y, al mismo tiempo, preservar la democracia, hay que darle espacio a la autogestión y espacio al “partido” que impulsa el socialismo frente al “partido” del conservadurismo.
Previsiblemente, la crisis mundial a –la que se agrega el criminal bloqueo estadounidense– aumentará aún más su peso sobre la isla, reduciendo el turismo e incluso las remesas de los cubanos emigrados. Las dificultades crecientes de la economía venezolana así como el agravamiento de los desastres climáticos son también factores que hay que tener en cuenta cuando se piensa en cómo sacar del actual pozo a la economía cubana y en cómo reducir las tensiones sociales y políticas en un país que está instalado en una crisis profunda desde hace más de veinte años (la vida de una entera generación) y que no ve en el horizonte ni cambios reales ni objetivos alentadores sino sólo una dura lucha por la supervivencia dirigida además por el mismo sistema y por los mismos cuadros que ayudaron a llegar a la actual dramática situación o que no supieron cómo evitarla.
Para salir de esta crisis, que se agrava con la crisis mundial pero se viene arrastrando dese hace decenios por causas específicamente cubanas, se necesita tensar todas las fuerzas de la población, recurrir a su capacidad creativa, su cultura, sus conocimientos, movilizarla como protagonista de todas las decisiones, como patrona de su propio destino, darle como objetivo la igualdad, la participación plena y creativa. En una palabra, dejar de tratar a los cubanos como súbditos y reconocerlos como ciudadanos plenos, movilizando su voluntad, su conciencia, su voluntad de socialismo, no detrás de huecas consignas desgastadas sino en pos de objetivos democráticos y autogestionarios para que por Estado no se entienda un aparato por sobre la sociedad y que pretende controlarla sino la gestión colectiva de los ciudadanos en primera persona.
La democracia no es un obstáculo en el trabajo de los especialistas, burócratas y tecnócratas: es una necesidad vital para aumentar la producción y la productividad y lograr nuevas invenciones colectivas. ¿Quién discutió previamente las actuales medidas para salir de la crisis que permiten vender propiedades en Cuba, por 99 años, a extranjeros, cuando los cubanos mismos no pueden comprarlas; que decide construir gran cantidad de campos de golf de 18 hoyos (para extranjeros), costosísimos en agua y en esfuerzos, que eliminan totalmente el magro subsidio por desocupación o la gratuidad de los entierros? ¿La Asamblea Nacional, que sólo se reúne siempre a posteriori para refrendar las decisiones del vértice partidario? ¿Un congreso o una conferencia del partido, siempre postergados pues ese partido único, en el que milita lo mejor y también lo peor del funcionariado cubano, está fusionado con el aparato estatal, no tiene objetivos diferentes de éste y a él está subordinado y, por supuesto, no controla en lo más mínimo a los dirigentes del Estado-partido? ¿Los llamados sindicatos, que en vez de ser la voz de los trabajadores frente al aparato estatal son simplemente una parte de la burocracia estatal, al extremo de ser incapaces de decir una palabra frente a la pérdida de grandes y viejas conquistas, de evaluar las políticas del Estado, de formular propuestas y contrapropuestas surgidas de asambleas democráticas en las empresas?
¿Por qué no se discuten las medidas gubernamentales en cada empresa, en cada barrio, en cada comunidad campesina? ¿Por qué no se escucha la voz y las sugerencias de quienes deberán sufrir las consecuencias de dichas medidas y, al mismo tiempo, deberán poner el hombro para sacar al buey del barranco?
Una crisis es una oportunidad de cambiar. En vez de recurrir fundamentalmente a un hipotético turismo o inversionismo de lujo, ¿por qué no discutir cuáles inversiones productivas son hoy necesarias y deben ser permitidas al capital privado, por ejemplo, en la producción agroalimentaria y la distribución de los alimentos en la isla?
En vez de centralizar una vez más, ¿por qué no descentralizar y dar poder de decisión y de organización a nivel territorial, horizontal, a los productores y poner a su disposición insumos y medios de transporte?      
El combate a la burocracia no consiste sólo en reducir el número de funcionarios redundantes o improductivos y de reglamentaciones absurdas: consiste en cambio fundamentalmente en trasladar el poder de información y de discusión a los ciudadanos, que son usuarios-productores-consumidores atados por esa burocracia.
La democracia, la autogestión, la planificación desde el territorio y desde los lugares de producción, la libertad de opinar, disentir, expresarse, informarse, son indispensables si se quiere sacar a la población de una desmoralizante y creadora de apatía resignación ante las decisiones que llueven desde el vértice del Estado tal como llegan los huracanes.
Repetimos: la vía china o vietnamita son irrepetibles en Cuba no sólo por razones demográficas, históricas, culturales sino también porque esa es una salida que sólo se podría encarar abriendo completamente el país al capital y la intervención de los Estados Unidos y eliminando lo que queda de la revolución para que acabe el bloqueo y lleguen inversiones masivas.
Cuba nunca fue socialista, aunque sí luchó por aportar a la construcción del socialismo en la isla y en el mundo. Pero su revolución democrática, antiimperialista, de liberación nacional, fue importantísima para la isla y para todo el continente y, aunque está estancada desde hace rato porque no puede profundizar su curso y, por el contrario, retrocede, sigue siendo la garantía de la independencia nacional y es la base del consenso político que aún mantiene el gobierno, sobre todo entre las generaciones más viejas, que conocieron el pasado y no quieren retornar a él, como lo expresa claramente Silvio Rodríguez. Es suicida enterrar los restos de revolución para atraer inversionistas. Por el contrario, hay que reanimarla con un gran cambio, sobre la base de la descentralización y la planificación hacia arriba de necesidades y recursos desde el territorio, sobre la base de la democracia de la población organizada en comités de empresa y consejos locales, de la autogestión social generalizada, de la libre organización, la eliminación de la autocracia y la burocracia y de la extensión al máximo del poder de los productores.  


[i] Mercedes Petit, “Ajuste a la cubana”, 11/09/2010, Unidad Internacional de los Trabajadores.
[ii] Estatización, contra lo que muchos creen, no es sinónimo de socialismo –el México de Cárdenas, la Argentina peronista, por no hablar de la Italia de Mussolini, tenían un alto grado de estatización– como no lo es tampoco el monopolio estatal del comercio exterior. Son, sin embargo, a medio y largo plazo incompatibles con el capitalismo. Pero el problema reside en quién controla el aparato del Estado que aparece como “propietario” colectivo de lo estatalizado. Si no lo controlan con sus organismos los trabajadores, lo hará una burocracia que usufructuará el poder de ese Estado capitalista sin capitalistas y que funcionará como semillero de la reorganización de la clase capitalista a partir de los advenedizos en el poder estatal o mediante la mezcla entre éstos y algunos de los viejos dueños del capital. El Estado es una relación de fuerzas social y, en segunda instancia, un aparato que la concretiza, no es un sujeto social.
[iii] Que fue concedido sólo dos años después del triunfo de la revolución en enero de 1959.
[iv] A pesar de que Fidel Castro proclamó un buen día que Cuba era socialista, había conciencia en los revolucionarios de que, en realidad, el país emprendía el largo y tortuoso camino de la construcción del socialismo y de que éste no es posible en un solo país, y menos aún en uno poco poblado y con escasos recursos, situado además a 150 kilómetros de la primera potencia capitalista mundial.
[v] Que representan el 20 por ciento de la Población Económicamente Activa, pero a las cuales se sumarían otras 500 mil más, con lo cual se llegaría al 40 por ciento de la misma.
[vi] En La Revolución Traicionada, traducción de Andreu Nin, edición de Juan Pablos editor, México (2000). El libro fue publicado en ruso sólo en 1991.