La pedagogía crítica revolucionaria, el socialismo y los desafíos actuales

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): McLaren, Peter

Entrevistado por Sebastjan Leban

En tu página web[1] afirmas que la pedagogía crítica que apoyas y practicas, defiende el disenso no-violento, el desarrollo de una filosofía de la praxis guiada por un humanismo marxista, el estudio de los movimientos y el pensamiento sociales revolucionarios y la lucha por una democracia socialista, que es diametralmente opuesta a la actual democracia neoliberal. ¿Podemos decir que en tanto educador crítico básicamente lideras una lucha contra la valorización de la educación del neoliberal capitalismo global?

La pedagogía crítica en Norteamérica fue muy impactada por lo que ha venido ocurriendo desde que el capital comenzó a responder a la crisis de los setenta del capitalismo fordista-keynesiano –que William Robinson ha caracterizado como la feroz búsqueda del capital para liberarse de las limitaciones a la acumulación por los Estados-nación y las relaciones reguladas entre el capital y el trabajo establecidas en el siglo XX basadas en algunos (al menos unos pocos) derechos y obligaciones recíprocos; un movimiento que desarrolla un nuevo modelo de acumulación en el que las fracciones transnacionales del capital se han convertido en dominantes. Los nuevos mecanismos de acumulación incluyen: 1) un abaratamiento de la mano de obra y un incremento de la flexibilización, desregulación y desindicalización del trabajo, donde las mujeres siempre sufren una mayor superexplotación que los hombres; 2) la dramática expansión del capital mismo; 3) la creación de una estructura normativa mundial para facilitar la emergencia de circuitos globales de acumulación; y 4) un programa de ajuste estructural neoliberal que tiene como objetivo crear las condiciones para las operaciones sin trabas del capital transnacional emergente a través de las fronteras y entre los países. Todavía existe el capital nacional, el capital global, los capitales regionales, etcétera, pero la fracción del capital hegemónico a escala mundial es ahora el capital transnacional. Entones estamos viendo el profundo desmantelamiento de las economías nacionales, la reorganización y reconstitución de economías nacionales como elementos componentes o segmentos de una mayor producción global y el sistema financiero, que se organiza de manera globalmente fragmentada y descentralizada pero de un modo en que el poder se concentra y centraliza. En otras palabras, como señala Robinson, existe una descentralización y una fragmentación del actual proceso productivo nacional en todo el mundo, al tiempo que el control de ese proceso –esas interminables cadenas de acumulación– está concentrado y centralizado a escala mundial por una clase capitalista transnacional.

Entonces, respondo que sí a tu pregunta; esa sería una muy justa descripción. Evidentemente, no estoy solo en esta lucha. Hay otros que a escala internacional trabajan en las universidades con el mismo objetivo, pero es justo decir que en los Estados Unidos somos muy pocos en el campo de la educación y, en este sentido, el futuro parece indudablemente poco prometedor. Déjame decirlo en estos términos: hay gente –digna de mucho reconocimiento– que tiene una gran capacidad para someter a un riguroso análisis y atacar en forma sofisticada y aguda a los canallas e hipócritas del gobierno de Bush, a los capitalistas mafiosos y oportunistas políticos, a la camarilla inepta de los “militantes pro-familia” derechistas que despliega su racismo advirtiendo sobre el próximo “invierno demográfico” que enfrentarán los Estados Unidos, a menos que la población blanca procree suficiente cantidad de hijos que permitan alcanzar a “una fertilidad a nivel de reemplazo”, y a los fanáticos del evangelio económico que exigen renovar el ataque contra los pobres con sus recetas y principios neoliberales económicos, políticos y sociales. Sin embargo, estos críticos de los horribles estragos causados por el neoliberalismo, al mismo tiempo no reconocen una alternativa; una alternativa que vaya al menos más allá de los prudentes, pero yo diría en gran parte vacíos principios pluralistas liberales. Hasta aproximadamente mediados de los noventa, yo mismo me encontraba en igual dilema, y consideraba que la lucha estaba focalizada en la democratización de la esfera pública. Pero desde entonces he sido un defensor incondicional de la educación como un medio para promover el socialismo, o sea, para lograr un mundo que esté fuera del proceso de valorización del capital o, en otras palabras, fuera de la forma valor del trabajo.

He descrito al capitalismo y la democracia como dos ladrones que planifican un robo en común y, simultáneamente, intentan robarse el botín el uno al otro. He sido parte del movimiento por la construcción de un socialismo humanista radical, dedicado a desafiar a la clase capitalista transnacional. Borrando en parte la idea de que el socialismo es cosa del pasado y rescribiendo la pedagogía crítica como una lucha por una alternativa poscapitalista. Haciéndolo, he asumido la posición según la cual el socialismo y los principios socialistas no son letra muerta, sino páginas abiertas en el libro de la justicia económica y social, páginas que aún están por ser escritas o re-escritas por la gente que lucha por transformar nuestra prehistoria capitalista y por construir un orden social realmente igualitario donde, como expresó Marx, pueda comenzar la verdadera historia de la humanidad.
Esto puede hacerse de muchas maneras, pero me he estado concentrando principalmente, aunque no de manera exclusiva, en la ideología crítica, desnaturalizando lo que se supone como inmodificable, des-reificando la capacidad humana, des-objetivando la cultura mercantil del capitalismo contemporáneo. He estado tratando de disuadir a los educadores progresistas para que no dependan exclusivamente de una política de derechos humanos asépticamente escindida de la cuestión de los derechos económicos. Y de aligerar los estudios culturales de su textualidad de lo negativo, eso que la profesora marxista Teresa Ebert llama “un lugar de la significancia sin significado y de lo pensante sin pensamiento” que supuestamente llegó en alas del Ángel de la Historia para salvarnos del viejo demonio barbado: Karl Marx. Con la llegada del “giro lingüístico” al arte y las ciencias sociales –en una época, desgraciadamente, en la que la lucha de clases se estaba escribiendo en la terminología atomizada de la política de la diferencia, y la diferencia era tratada como diferencia en sí misma– el marxismo ha sido un blanco popular entre los académicos progresistas. Sin embargo, la sustitución de la lucha de clases por la política de la “diferencia” y la “diversidad” allana y vacía la estructura total del antagonismo o conjunto de relaciones de oposición dentro de la estructura jerárquica de relaciones sociales capitalistas. Las relaciones sociales de opresión son, en este caso, disueltas en la diferencia –en relaciones de complementariedad– en vez de subrayar las relaciones laborales o las luchas entre los trabajadores y la clase capitalista. Ebert ha escrito en forma detallada y apasionada, pero también con una claridad prístina, sobre esto. Y también, por supuesto, he desafiado lo que Quijano llama “colonialidad del poder”. Admiro mucho el trabajo de Quijano, Mignolo y Grosfoguel, aunque tengo algunas objeciones a ciertos aspectos de su crítica al marxismo. Los educadores, especialmente, necesitan ir más allá de los miedos creados y de la retórica histérica divulgada por lo que llamamos medios corporativos-estatal-militares de comunicación de masas, o simplemente “complejos de poder” y, en lugar de ello, buscar formas de desafiar la represión y la violencia social estructural que aparecen con las nuevas encarnaciones del capitalismo global. En algunos casos podemos frenar y revertir la actual tendencia de los órganos legislativos, ejecutivos y líderes políticos que tanto contribuyen a la inmundicia y a la basura moral que ha llegado a determinar la presente guerra contra los pobres dentro de los Estados Unidos y la lucha contra la clase obrera por parte de la clase capitalista transnacionalizada.
A nivel internacional, desde 1987 he venido visitando a educadores radicales, grupos de estudiantes, filósofos, organizaciones contra-culturales, inconformistas, mediadores y formadores culturales (los más recientes, en Finlandia, Portugal, Grecia, Venezuela, Brasil y Cuba) tratando de incorporar sus mensajes y un amplio e intenso apoyo a una causa transnacional que ayude al desarrollo de un activo movimiento por una alternativa poscapitalista. A diferencia de mi trabajo en la década pasada, ahora indago más profundamente en el terreno de la teoría marxista, con más exigencia y urgencia, intentando crear espacios/lugares en diferentes escalas y registros donde los estudiantes puedan informarse ellos mismos acerca de las oportunidades de resistir más plenamente la geopolítica del imperialismo y comprender cómo forjar nuevas relaciones sociales de tal modo que puedan reemplazar a las nacidas en el subsuelo violento de los Estados Unidos. Un subsuelo ponzoñoso que supura un miasma hipócrita de modales sofisticados que flota por todos lados y penetra en la estructura misma de nuestra conciencia a través de los orificios electrónicos que constituyen los centros sensoriales neoliberales de propaganda, propaganda absorbida por una ciudadanía embaucada con el aroma de la “democracia”. Todo esto es parte de la geopolítica del imperialismo y determina en gran medida la política interior y exterior de los Estados Unidos y por supuesto impacta en cómo vemos y desarrollamos nuestro rol en tanto ciudadanos educados (en mi caso, un ciudadano del mundo, pues estoy en contra de la mayoría de las diversas formas de nacionalismo) y en tanto cosmopolitas críticos. El nuevo presidente Barack Obama no curará la gangrena en el alma del país. La cuestión va más allá de los Estados Unidos, pues tiene que ver con la clase capitalista internacional, pero este país ciertamente juega un rol principal. A la luz de la invasión “humanitaria” a Irak de la administración Bush y otros crímenes de guerra demasiado numerosos para mencionarlos, de la actual guerra contra los pobres, la salvaje represión a 12 millones de trabajadores inmigrantes y la participación en el derrocamiento de regímenes democráticamente elegidos en todo el mundo, debemos separar del concepto de “democracia” las connotaciones de igualdad ante la ley, libertad de expresión, derecho a la asociación, sufragio universal y autonomía que se le han endilgado durante décadas y reconocerlas como una condición vil que asegura la servidumbre involuntaria del trabajo asalariado, la división racial y de género en el trabajo y el saqueo de los recursos naturales por parte de las potencias imperiales.
Lo que en su momento fue el gran rechazo de la pedagogía crítica a reproducir las ideologías dominantes y sus prácticas inherentes de la educación escolar capitalista y, en un sentido más amplio, del capitalismo globalizado, para asumir en cambio la posibilidad de descolonizar la dimensión conceptual, filosófica, epistemológica y cultural del aprendizaje, ha sido expurgado por la chatura antipolítica del posmodernismo. Mi trabajo se opone a esta apostasía de moda, llevada a cabo por los que una vez denominé vanguardistas “alborotadores de seminario”.
Una vez, Gore Vidal proféticamente señaló que el gobierno de los Estados Unidos prefiere que “el dinero público no vaya al pueblo sino a las grandes empresas. El resultado es una sociedad única en la que tenemos libre empresa para los pobres y socialismo para los ricos” y esta verdad es más evidente que nunca con la reciente nacionalización de Fannie and Freddie, donde se puede ver claramente que Estados Unidos es un país donde existe socialismo para los ricos y privatización para los pobres, todo bajo el sol en lo que Nouriel Roubini llama “la gloria del laissez-faire desbocado de la jungla capitalista del Salvaje Oeste”; que ha permitido que la burbuja crediticia más grande de la historia se expandiera sin control, causando la mayor crisis financiera desde la Gran Depresión. De hecho, el socialismo sólo es condenado cuando beneficia a los pobres e indefensos y amenaza a los ricos. Pero los capitalistas se abrazan rápido al socialismo para ricos, que no es realmente más que el capitalismo neoliberal. Pero, por supuesto, esto se llama capitalismo de libre mercado y es considerado como sinónimo de la lucha por la democracia. Es por eso que hoy tenemos democracia para los ricos mientras los pobres son arrojados a un despreciable escenario cuasi-feudal de desesperada lucha de todos contra todos. Aquellos cuyo trabajo es explotado para la producción de la riqueza social -o sea, los asalariados- cargan ahora con la mayor parte de crisis económica en los Estados Unidos.
 
En la entrevista “Pedagogía y Praxis en la Era del Imperio” (que es también el título de uno de tus libros), publicada en el otoño de 2007, sostienes que la pedagogía crítica revolucionaria opera desde la concepción de que la base de la educación es política y que tenemos que crear un espacio donde a los estudiantes se les brinden recursos para imaginar un mundo diferente, por fuera de la ley del valor del capitalismo. ¿Podrías describir qué tipo de espacio en particular tienes en mente? ¿Puedes definir el momento de lo revolucionario en la pedagogía crítica?
 
El momento de lo revolucionario. Me gusta el término. Supongo que hay tantos momentos revolucionarios como educadores críticos existen. Permíteme terminar la respuesta ofreciendo algún contexto teórico. En un artículo reciente he expresado este dilema y desafío diciendo que si bien es cierto que –como muchos posestructuralistas señalan continuamente– estamos semióticamente situados en horizontes hermenéuticos, divididos en posiciones de raza y género por relaciones influidas por el poder y ampliadoras del mismo, de privilegio asimétrico, alineados geopolíticamente y cuadriculados socio-culturalmente en el espacio social, también es verdad que el poder totalizador del capital ha creado una matriz global de explotación en la cual todos esos antagonismos se valorizan en relación con la venta de fuerza de trabajo humana en el mercado mundial, donde, como cerdos alimentados a la fuerza, cegados y mutilados preparándolos para el consumo masivo, hombres y mujeres son conducidos al matadero del capital y colgados de los ganchos de la pobreza y las deudas. Con esto quiero decir que seguramente no se dejará de investigar solemnemente nuestra heterogeneidad étnica y las temporalidades heterodoxas que impulsan nuestra subjetividad. No me opongo a esto, ni a las cuestiones relacionadas con la construcción de identidades fronterizas que escapen a los lineamientos de la episteme eurocéntrica. Todo esto es bueno y está bien. Pero no debemos olvidar que el poder totalizador del capital impone constricciones constitutivas en que se forman las subjetividades. He argumentado que esto puede ser visto como una forma de consentimiento controlado, hecho posible gracias a la producción de amnesia social generada y aplicada por los medios corporativos y la psicología profunda, que disfraza los mecanismos de propaganda mediática bajo la forma de un libre mercado de ideas... donde el único queso gratis que se puede conseguir está en la trampa para ratones. La democracia se ha convertido en un sinónimo de lucro, que impuso un retroceso del poder sindical y el vaciamiento generalizado de la socialdemocracia, no por medio de una dictadura militar sino por un torrente sinfín de maldiciones y execraciones contra los movimientos de izquierda y los análisis marxistas que se ocupan de la totalidad de las relaciones sociales capitalistas y abordan cuestiones relativas a la universalidad. Estamos inmersos en una cultura popular directamente saturada por un sinfín de espectáculos destinados a desviar la atención de cuestiones y debates políticos sustantivos y orientados hacia el proselitismo, buscando crear silencios cómplices con los estragos del expansionismo de las corporaciones y el imperialismo. En nombre de los santísimos actos de consumo, los medios de comunicación estatales –impulsados por las turbinas de la bajeza moral– no sólo no resisten a la completa absorción de la esfera pública por la lógica del capital, sino que la promueven activamente. En otras palabras, con el pretexto de atacar la alienación producida en el trabajo y de hacernos ciudadanos más críticamente informados, los medios de comunicación promueven activamente dicha alienación.
Para abordar estas y otras cuestiones relacionadas, la pedagogía crítica necesita ser renovada. Efectivamente, necesita ser puesta cara a cara con el momento de lo revolucionario. Ahora tiene que interesarse en el problema de la reafirmación de la acción humana y de hallar formas de organización que faciliten el desarrollo humano y la praxis revolucionaria. Los pedagogos progresistas (o sea, liberales de izquierda) a menudo han hecho estragos al subordinar la praxis al reino de las ideas, de la teoría y del régimen de la episteme. Pero la pedagogía crítica socialista reconoce el papel fundamental de la acción política pública, lo que denominamos “pedagogía pública”. Es una pedagogía de la praxis revolucionaria. Y aquí quisiera argumentar a favor de una pedagogía anticapitalista descolonizante. Ya he hablado de una pedagogía anticapitalista, ahora permíteme explicar qué quiero decir con pedagogía descolonizante. Un enfoque pedagógico descolonizante apoya iniciativas progresistas como la reducción del tamaño de los cursos; la reducción del impacto ambiental de los establecimientos escolares; terminar con el school traking [sistema de división del alumnado en grupos por niveles de aptitud]; la creación de escuelas a escala humana en las comunidades o tan cercanas a éstas como sea posible; la cooperación entre las escuelas y las autoridades locales en lugar de la competencia en el mercado; un fuerte aumento del presupuesto educativo; dar más poder a las autoridades locales para redistribuir los recursos y participar en el desarrollo de políticas y prácticas antirracistas, antisexistas y antihomofóbicas, y políticas igualitarias destinadas a ayudar a lograr resultados educativos más iguales, independientemente de la clase social, el género, la raza, la orientación sexual o discapacidad; y un plan de estudios orientado a la cooperación socialista y la justicia ecológica. Pero también va más allá de estas iniciativas. La descolonización de la pedagogía en esta instancia no sólo significa desarrollar estrategias de aula diseñadas para impugnar las políticas y prácticas neoliberales, el imperialismo y el militarismo; también se refiere a la elaboración de un lenguaje crítico con el que desafíe fundamentalmente la concentración del poder estatal y de las corporaciones, tanto a nivel transnacional como local. Dicha pedagogía está orientada para entender la sociedad como una totalidad forjada en lo que Aníbal Quijano llama colonialidad del poder. Los educadores descolonizadores deben saber que el concepto de globalización, por sí solo, es inadecuado para comprender al imperialismo político y económico, las guerras de conquista y el interés del imperio. La descolonización de la pedagogía por la que abogo reconoce que con el ejercicio de los medios neocoloniales de explotación a otros países (tal como los capitales estadounidenses y otros han hecho con la fuerza de trabajo de las poblaciones locales, metiéndolas en el mercado mundial del trabajo), los medios de comunicación y cultura en general constituyen también medios para asegurar el consentimiento de las mayorías populares por la clase capitalista transnacional que busca consolidar sus actividades lucrativas. Una importante premisa para la explotación económica es la subordinación subjetiva de las mayorías populares a través de la educación, el entretenimiento, la literatura y el arte. Estas estrategias de subordinación pueden verse más claramente con una pedagogía descolonizadora que emplea medios críticos de alfabetización tal como lo sugieren filósofos como Doug Kellner.

Las prácticas pedagógicas descolonizadoras son fundamentalmente actividades, más que una contemplación de conceptos abstractos; están diseñadas para socavar el imperio, creando conexiones entre los sentimientos subjetivos de alienación que experimentan los estudiantes y una comprensión de su ubicación objetiva en la división social del trabajo. En otras palabras, el proyecto de descolonización implica una lucha histórica concreta y no una lucha por una utopía abstracta. Implica dar oportunidades a los estudiantes para aprender algunas de las herramientas cuantitativas y cualitativas básicas de los sociólogos y activistas urbanos, para realizar análisis y proyectos en sus propios barrios y comunidades y en las escuelas mismas. Más fundamentalmente, la descolonización de la pedagogía es la creación de una identidad histórica mediante la comprensión de los orígenes del sistema que produce la alienación y la enajenación que experimentan los estudiantes. Al ayudar a los estudiantes a analizar cómo los síntomas de su alienación se relacionan con las condiciones objetivas de la sociedad de clases, los maestros contribuyen a abrir una relación entre los estudiantes y el presente histórico. El objetivo general es socavar la relación social establecida entre las clases, individuos y grupos, así como los sistemas estatales sobredeterminados de significado hasta tal punto que sea posible redefinir qué significa ser humano fuera de las restricciones represivas del Estado. Lo que está en juego aquí es algo más que seguir una metodología: es desarrollar el carácter histórico del ser social. Por ejemplo, algunos educadores radicales como Jeff Duncan-Andrade y Ernest Morrel están enseñando a estudiantes del colegio secundarioa convertirse en sociólogos radicales que puedan analizar sus propios colegios como instituciones de dominación, colonización y control social. Ellos llaman a su enfoque “pedagogía del thug life”,[2] al estilo del fallecido artista del hip-hop, Tupac Shakur. Aquí la pedagogía crítica constituye los cimientos de una relación con otras personas y al hacerlo ayuda a continuar su propia odisea de lucha contra los obstáculos del miedo, la ignorancia y la inseguridad. Tupac Shakur que murió a los 25 años solía llamar a la lucha juvenil contra la opresión como “rosas que crecen desde el asfalto”. De acuerdo a Duncan-Andrade, “ellos son los únicos que ponen en evidencia lo malo del dominio de la sociedad manteniendo vivo el sueño de una sociedad mejor creciendo a pesar del frío, insensible e indiferente ambiente del asfalto. Los estudiantes de Andrade crean “block-umentaries” donde grupos de estudiantes organizados por barrios documentan cómo se utilizan las herramientas históricas, sociológicas, psicológicas y educacionales de la opresión para mantenerlos sometidos a ellos y a sus familias. Por supuesto, al hacer todo esto, es importante también tratar de imaginar lo que podría ser en la práctica, en las calles, un proyecto poscapitalista, cómo se vería al nivel del sistema y de la estructura, los aparatos del Estado y el mundo de la vida. Estos son los desafíos que, como educadores, tenemos que enfrentar.


Entrevista enviada por Peter McLaren para su publicación en Herramienta. Traducción del inglés de Juan Manuel Lorenzini, corregida por Francisco T. Sobrino. Por su extensión será difundida en tres entregas sucesivas. 
Sebastjan Leban, es miembro del colectivo político-artístico-cultural Reartikulacija, en la República de Eslovenia, que difundió la entrevista en su página http://www.reartikulacija.org
 
[2] Thug life: literalmente “vida de matón”, alude en realidad a alguien que, careciendo de todo lo necesario para ser exitoso, remueve los obstáculos que enfrenta hasta lograr sus metas. En la teoría de la humanización desarrollada por Tupac THUG LIFE era también una acrónimo: The Hate U Gave Little Infants Fucks Everyone: el odio que transmitiste a los niños jode a todos.