El “desarrollo desigual y combinado” de la crisis neoliberal: Argentina como índice de las tendencias generales

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Autor(es): Schaumberg, Heike

Schaumberg, Heike Schaumberg, Heike . Doctora en Antropología Social por la Universidad de Manchester. Es Investigadora Visitante en IESAC (Centro de Investigaciones sobre Economía y Sociedad en la Argentina Contemporánea), Universidad Nacional de Quilmes (hasta julio del 2016) y participa en un proyecto de investigación sobre movimientos sociales, educación y medios de comunicación en el Instituto Gino Germani (UBA, 2014 - 2017). Ha publicado varios artículos y capítulos en libros sobre su tema de investigación de la crisis neoliberal y sus alternativas en Argentina, como también sobre asuntos profesionales de la disciplina de antropológica. Es coeditora regional para Latino América de la revista Interface acerca de movimientos sociales. Email: heikes1@gmail.com


 
 
Introducción
Con la llegada de Mauricio Macri al poder, en Argentina se vive un clima de cierre de época y de apertura de otra. Ese contexto nuevo demanda una reevaluación de lo que fue, lo que hay, y lo que puede suceder en el futuro. Pero esto no es el eje de éste artículo, sino más bien cómo Argentina encaja con los procesos de la crisis global.1 Esa percepción epocal ocurre en paralelo a los sombríos –y finalmente alarmantes– pronósticos para la economía mundial en el año 2016.
Apenas tres semanas después de iniciado el nuevo año, una fuerte caída de las bolsas del mercado mundial generó mucha angustia sobre un posible retorno a una crisis mundial al estilo de la del 2008. Los datos económicos anuncian un impulso potente hacia la contracción y mayor inestabilidad en los mercados globales. La fuerte baja del precio del petróleo a menos de US$30 el barril y los esfuerzos frustrados de las intervenciones gubernamentales en estabilizar la bolsa china, ponen en duda el análisis del economista marxista Costas Lapavitsas (2013), quien argumenta que la crisis actual es, al fin y al cabo, la del capitalismo financiero en lugar de una de sobreproducción. Sin embargo, la Agencia Internacional de Energía “advirtió recientemente de una sobreproducción de petróleo de al menos un millón de barriles por día para un tercer año consecutivo en el 2016” (Raval, 2015). Se trata de un producto que sigue siendo una mercancía clave en la cadena de producción capitalista y que motoriza la economía mundial a la vez que dirige la política bélica del capital. El mercado financiero refleja la sobreproducción y la tendencia a la caída de la tasa de ganancia la impulsa a través de la competencia capitalista.2
Ya que el capitalismo tardío es un sistema profundamente global, ¿acaso los procesos históricos, políticos y económicos en Argentina tienen alguna relevancia para el resto del mundo y viceversa? Para poder contestar a ésta pregunta, hay que saber cómo se puede analizar y diferenciar entre los procesos particulares a una localidad y aquellos generales al sistema y la época. Es ésta la pregunta a la cual se dedica este artículo en relación con la crisis actual y argumentamos que la teoría de Trotsky del “desarrollo desigual y combinado” (DDC) nos ofrece el mejor esquema hoy existente para un análisis comprehensivo. Lo verificamos, primero, en establecer por qué la crisis argentina es un asunto global para luego bosquejar la naturaleza de la crisis en general. Pasando de lo concreto a lo abstracto, seguiremos con una exploración de los debates teóricos recientes sobre DDC. Para volver a lo concreto, rastreamos las combinaciones y particularidades argentinas.
 
El tango se baila de a dos: Argentina y la crisis neoliberal mundial
Por razones teóricas, metodológicas y prácticas, nos restringimos al análisis de la crisis del modelo neoliberal. La izquierda marxista señala correctamente que la actual crisis mundial surgió del país más poderoso, los EEUU (Lapavitsas, 2009). Fija su comienzo en el año del 2007 al 2008, cuando estalló la crisis financiera en los EEUU y el Reino Unido (Albo y Chibber, 2010; Lapavitsas, 2009, 2013). A nuestro entender, esa argumentación economicista ampliamente reproducida refleja un marco analítico eurocéntrico, o, mejor dicho, anglosajón. Lapavitsas centra su análisis exclusivamente en los países líderes: Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Japón. Sus observaciones acerca de un par de otros países son muy marginales y superficiales. Es así que excluye a las experiencias anteriores de la crisis que se manifestaban –aun si no se originaban– en los países de Asia y Latinoamérica, como irrelevantes para conceptualizar la crisis global. Incluso si de tal manera se puede observar los movimientos dominantes, difícilmente se logra diferenciar entre causa y efecto. Las crisis del sistema suelen manifestarse primero en sus rincones más frágiles y por último en su interior más fuerte. Al mirar solo a los países más fuertes, la crisis se nos presenta con dinámicas y tendencias ya desarrolladas. La crisis también aparece más joven de lo que es y captar los tiempos de aquella es crucial para entender sus dinámicas. Es más, aun sin que sea la intención, el peligro es que se afirma implícitamente la categorización errónea, por ejemplo, de la crisis argentina (o luego la griega, etc.) como un problema autóctono nacional.
Aquí resulta propicio hacer memoria. Cuando estalló la crisis argentina en el 2001 –cuando detonó políticamente, porque ya hacía cuatro años que el país estaba en recesión–, muchos analistas y comentaristas nacionales e internacionales de diferentes colores políticos la atribuyeron a las particularidades argentinas. Culparon a las instituciones estatales, a “los políticos” especialmente corruptos y hasta a la historia misma del país, del descenso económico supuestamente continuo desde la “bella época” (Taylor, 1992) hasta la depresión del 2002. En el extremo de este espectro, Escudé (2002) responsabilizó al “estado parásito” por vivir de la benevolencia de los organismos financieros multilaterales como el Banco Mundial, entre otros. Críticas liberales insistieron sobre que el problema era que Argentina no había avanzado suficientemente con las reformas neoliberales y que las movilizaciones masivas diluían la democracia (Waisman, 2002). Pero fue la crisis de Asia en 1997 la que impactó directamente sobre Brasil y Argentina (este último país no registró señales de recuperación hasta fines del 2002).
Seis años después, a partir de fines del 2007, la crisis se desplegó en las economías rectoras de los EEUU, Gran Bretaña y –en forma desigual– en Europa continental. Pero entonces se habló de una crisis global y del sistema. Ajena quedaba cualquier culpabilidad por las medidas adoptadas y mantenidas agresivamente por los gobiernos de las economías líderes del mundo, en particular los EEUU y las instituciones financieras multilaterales que lidera tales como el FMI y el Banco Mundial. No obstante, las últimas quedaban periódicamente descreditadas (Bello, 2001) por su actuar promotor en las crisis financieras asiáticas de 1997 y luego, en la Argentina en recesión entre 1997 y 2001 (en depresión en 2002). Más recientemente, se repitió la saga en Grecia a partir del 2007, donde estos organismos integraban la así llamada TROIKA junto a la Comisión Europea y el Banco Central Europeo. Estos países fueron los más castigados por la deuda externa, a pesar de lo cual sus gobiernos luego de los defaults le devolvieron la credibilidad institucional reconociéndola con el pago de la misma.
No solo las crisis se parecen de un país al otro. También las medidas aplicadas por parte de los organismos internacionales: acceso a créditos y préstamos endeudadores a condición de darle paso a políticas de austeridad y desregulación a favor de la especulación financiera global y a costa de la producción local. Esto sugiere que desde la crisis asiática en adelante poco cambió en la trayectoria impulsada por los movimientos del capital.
 
¿De qué crisis se trata? Temporalidades combinadas y desiguales
Entonces, en resumidas cuentas sugerimos que, primero, se trata de una crisis del sistema en expansión desde al menos 1997, aun si se caracteriza por suaves recomposiciones locales en formas, tiempos y niveles desiguales. Pero de acuerdo con el blogger economista marxista Michael Roberts (2016), la tendencia global es hacia la contracción. Segundo, se trata de una crisis de sobreproducción, con articulaciones financieras, e impulsada por la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.
Además notamos que la crisis neoliberal por ser sistémica no es solo económica sino también política y que tiene sus antecedentes en el abandono del acuerdo de Bretton Woods en 1971 (Hart, 2012). A partir de entonces, no es tanto que se haya generado una “vulnerabilidad inherente al sistema financiero” que se encadenara en crisis tras crisis en distintos países del mundo (Gambina, 2013: 68), sino que a pesar de sus limitaciones las finanzas ocupan cada vez más una parte mayor del capital (Lapavitsas, 2013), observación que lleva a Lapavitsas hacia la teoría de la crisis del capitalismo financiero mencionada al inicio de este artículo. También se trata de una crisis de hegemonía hacia el interior de los países y entre los países (Gambina, 2013). Que es así, se dibujó claramente en, por ejemplo, las conmociones de los países occidentales luego del voto inglés el 23 de junio de este año a favor del Brexit, la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea, y el temor a sus efectos de contagio.
Es por este camino que llegamos a un asunto clave para considerar las salidas a esta crisis del sistema capitalista para el establishment: la necesidad –y su actual ausencia– de un modelo socioeconómico que reemplace al modelo neoliberal y logre reinstalar la hegemonía del capital. Parece claro que un retorno al keynesianismo no es deseable para el capital, según demuestra la experiencia argentina post-2001. Aquel modelo, nacido de las cenizas de la segunda guerra mundial, había entrado en crisis hacia fines de la década del ‘60, lo que dio origen a la implementación de un modelo neoliberal. Además, por el aumento de las presiones sobre la tasa de ganancia, un modelo de capitalismo de estado hoy no sería factible, por la ausencia de una Guerra Fría que contenía y sostenía equilibrada a la competencia bélica internacional. En este sentido llama la atención la militarización actual por los países líderes mundiales (EEUU, Reino Unido, y la Comunidad Europea) de la frontera oriental europea anunciando una peligrosa intensificación y ampliación del conflicto, por ahora diplomático y comercial, con Rusia.
La era que se abrió a partir del 2001 en Argentina fue la oportunidad para el capital de generar un nuevo modelo socioeconómico en el sur de América, justamente porque la crisis se manifestó en esta región cuando todavía había crecimiento del capitalismo global. A pesar de la consigna kirchnerista de un nuevo modelo, los gobiernos locales solo lograron generar un manejo de la crisis y no un nuevo modelo socioeconómico que la pudiera resolver (Schaumberg, 2016). En Davos, donde se reunió a comienzos de este año el poder político y del capital global y que tuvo lugar casi en el momento de escribir estas líneas, los representantes claves de los capitales no-financieros plantearon una vuelta hacia la política fiscal en base de la Participación Privada y Pública (PPP). Es ese el modelo que se instaló a lo largo de la década luego del levantamiento del 2001 en el Sur de las Américas pero que allí ahora está en derrumbe ante la recesión renovada e incluso el fantasma de depresión amenazando en el horizonte brasileño. La economía brasileña se contrajo en un 4.5% el año pasado, el gobierno de Rousseff contaba con un déficit de 9.5% del PBI y la expectativa era que empujará la deuda pública bruta por encima del 70 por ciento (Leahy, 2015). Más allá de que este escenario facilitó al poder económico de concretar el actual “golpe institucional” en ese país, lo que sucede económicamente en Brasil tiene fuertes implicaciones para el resto de Latinoamérica, en particular para Argentina, ya que Brasil es hoy el principal destino para sus exportaciones (INDEC, 2015).
Cabe remarcar que el hecho de que si se adopta la PPP para el “Norte”, no necesariamente se traduce en política prescripta para el “Sur”. Siempre existió disparidad entre el “Norte” y el “Sur” con respeto a la regulación del capital extranjero y la protección de los mercados internos; mientras el país líder nórdico, los EEUU, reclamaba apertura de los mercados internos en el “Sur” y en gran parte del mundo, mantenía bien protegido su propio mercado interno.
Por lo tanto, la conclusión de que con esta crisis neoliberal se trata del fin del capitalismo nacional (Hart, 2012), nos parece no solo apresurado sino irrealizable bajo el capitalismo. La prueba del budín está en comérselo: las medidas excluyentes adoptadas por parte de los gobiernos y el cierre rápido de las fronteras ante la crisis migratoria masiva de los países (aunque no sólo) del Medio Oriente principalmente hacia Europa, que ya llevó a la suspensión del acuerdo Schengen en la práctica y al proceso de su redefinición actualmente en Davos (The Times, 2016), sugiere que las fronteras nacionales no van a desaparecer mientras dure el capitalismo. No hay por qué tener esta expectativa: desde su inicio el capitalismo es creador tanto del mercado global y simultáneamente del mercado nacional; son las dos patas necesarias que facilitan los movimientos del capital, lo cual coincide con la afirmación de Callinicos (2009) sobre la relación necesaria entre el capitalismo y el sistema de los estados. Es una de las contradicciones fundamentales del capitalismo y generalmente no captada por los estudios enfocados en la temática de la globalización: ocurre, como también argumenta Davidson (2009), que el capital es a la vez global y nacional, y se articula a través de la competencia cuya intensificación por escalas estamos observando y sintiendo, desde la caída de Bretton Woods y el fin de la Guerra Fría.
Por las condiciones desiguales del desarrollo local y como consecuencia de las temporalidades diferenciadas que se cristalizan en las dinámicas de la crisis global, sostenemos que con la mirada fijada en los países líderes no se logra captar las dinámicas de la crisis económica y mucho menos de la crisis política, tanto al nivel nacional como también al nivel global. En la medida en que se extiende a las economías líderes, las dinámicas de la crisis se van cambiando, no gradualmente sino en saltos y en zigzag.
Justamente para comprenderlas, exploraremos ahora la relevancia de la teoría del DDC como marco teórico marxista alternativo a la del desarrollo desigual que domina tanto en economía política como en la economía clásica.
 
La teoría del DDC en resumidas cuentas
Los movimientos antiglobalizadores hacia fines de la década del ’90, el comienzo de un nuevo siglo y su coincidencia con la rebelión argentina del 2001, hizo que reviviera en la izquierda el viejo debate entre perspectivas marxistas y de la crítica “subalterna”. Se centraba en la cuestión de la universalidad. Chakrabarty (2000), un exponente influyente del grupo de los estudios subalternos, rechazaba correctamente la connotación evolucionista en la teoría dominante del desarrollo desigual por reafirmar el status quo de la desigualdad. Sin embargo, en el análisis histórico de Chakrabarty está ausente una noción de la revolución (e incluso de conflicto) que impulse la transformación abrupta y profunda del sujeto y de las estructuras, destruyendo algunas y creando nuevas, o lo que Trotsky describe como “saltos” históricos. Es justamente el concepto de revolución el que inspira a la teoría del DDC. Trotsky trataba de entender cómo fue posible que en un país atrasado como era el caso de Rusia en 1905, sin una revolución burguesa previa, y con condiciones capitalistas apenas incipientes, se llegaba a una situación que hacía posible una revolución social de magnitud. Para Trotsky, la historia no caminaba en líneas rectas, sino que lo hacía a saltos. Incluso hasta ahí se podría ver como Chakrabarty encontró, lo que articuló en un comentario al pasar, la influencia de una concepción evolucionista del historicismo en Trotsky. Esta percepción, sin embargo, ya no es posible con un examen más a fondo de la teoría del DDC.
Trotsky desarrolla su teoría del DDC primero en Resultados y perspectivas escrito luego de la revolución del 1905, y en La revolución permanente de 1929 (Trotsky, 1969), donde la emplea para criticar, entre otros, al “socialismo nacional”, el socialismo en un país, de Stalin.Trotsky parte del conocimiento establecido del desarrollo desigual como una realidad observable de la condición histórica. Sin embargo, en contraste con Lenin, quien localizó a la revolución rusa dentro del marco histórico propio de Rusia, Trotsky enfatizó el contexto internacional para entender los desarrollos tanto económicos como políticos rusos (Blackledge, 2006; Rosenberg, 2005). Por ejemplo, la debilidad del liberalismo ruso resultaba justamente del hecho de que la burguesía en Rusia no se había desarrollado espontáneamente en las condiciones locales, por lo cual carecía de las raíces domésticas de sus precedentes europeas (Blackledge, 2006). Blackledge, como otros, entiende que la teoría del DDC estaba intrínsecamente ligada a la estrategia de “la revolución permanente” (Barker, 2006; Blackledge, 2006; Davidson, 2005, 2010). Pero el aspecto teórico más interesante de Trotsky son las sutilezas del concepto de desarrollo combinado.
Es notable que el DDC volviera a surgir como punto de debate en el marxismo justamente a comienzos de este nuevo siglo marcado por la crisis mundial. Son contribuciones importantes, pero suelen limitarse a discutir el alcance internacional de la teoría (Callinicos y Rosenberg, 2008), o la forma en la cual desarrollos desiguales se combinan y una crítica a la calidad transhistórica del DDC, anclándolo en los procesos productivos (Ashman, 2009).
Pero lo que los debates suelen desatender o, si está, lo está en forma críptica e imprecisa, es precisamente lo que Trotsky enfatizaba: el proceso de crear las combinaciones engendra nuevas particularidades en el desarrollo de las relaciones sociales de la producción. Vemos por ejemplo, que a pesar de las similitudes entre Grecia y Argentina como economías industrializadas de media escala, son a la vez muy diferentes y produjeron articulaciones económicas y alternativas antineoliberales tanto parecidas como dispares.
Los grandes conglomerados industriales eran muy limitados en los dos países. Pero el rumbo general del desarrollo industrial se perfila en forma diferenciada; la industrialización argentina fue la primera en Latinoamérica que comenzó hacia fines del siglo XIX y con una tendencia hacia la desaceleración a partir de la década del setenta, mientras la industrialización griega se conoce como proceso titubeante y finalmente detenido por el crecimiento del sector de servicios a partir de la afiliación griega a la Comunidad Europea en 1981 (Louri y Minoglou 2015). Esta configuración geopolítica también contribuye a varias distorsiones en la economía griega, cuyo PBI en general es bastante menor que el de la Argentina, mientras su PBI per cápita es más alto. Además, la industrialización argentina es más diversificada, descansando fuertemente en las PyMES (Pequeñas y Medianas Empresas), sector de mano de obra intensiva, donde se instalaron la mayoría de las ERTs (Empresas Recuperadas por sus Trabajadores), principalmente a través de la toma de la empresa por los trabajadores. Las diferencias en los paisajes productivos dan cuenta de las alternativas posibles para los trabajadores. Por ejemplo explican la resonancia muy limitada en Grecia de las ERTs, pues gran parte del empleo depende de la producción agrícola de pequeña escala por un lado, y por el otro, del Estado. De hecho, la sindicalización predomina en los sectores estatales en Grecia. La militancia sindical, sin embargo, sufre de fuertes fragmentaciones políticas en los dos países. A su vez, redes y acciones solidarias importantes caracterizan a las luchas antineoliberales en los dos países, pero con matices particulares, como en el caso de Grecia parte de la solidaridad se dirige a atender a los refugiados de las regiones africanas y de Oriente Medio devastadas por las guerras. Es así que de estas combinaciones se desarrollan las nuevas particularidades que nos indican las barreras y el potencial insurreccional en cada país.
Fue el surgimiento de las nuevas particularidades lo que hizo posible como hecho histórico y lo que Trotsky trataba de entender en su profundidad: la revolución en Rusia sin que las fuerzas capitalistas hubieran sido desarrolladas plenamente, según contemplaba la teoría marxista hasta aquel momento. Es más, para Trotsky, lo político y lo cultural son intrínsecos al desarrollo de las relaciones sociales de producción. Las “combinaciones” y las “particularidades” permiten entender des-coyunturas (temporarias) entre “lo político”, “lo cultural” y la conciencia colectiva, y el desarrollo productivo del cual germinan. En otras palabras, los “saltos” no suceden bien coordinados. Es ahí que el nivel político logrado por la revolución rusa no correspondía a las fuerzas productivas desarrolladas en el país, lo cual al fin y al cabo se traducía en su debilidad.
Tales “descoyunturas” también fueron observables en el levantamiento argentino del 2001 y en instancias sucesivas en otros países anteriormente mencionados. En términos concretos para el levantamiento argentino, fueron notables la capacidad organizativa a lo largo y ancho del país, la solidaridad entre diversos sectores, el afán por reemplazar la democracia representativa con la democracia colectiva y directa al nivel local, y el desarrollo de los proyectos productivos integrales y comprehensivos. Sin embargo, para dar respuesta a las necesidades inmediatas dependían no de la solidaridad de los trabajadores en control de la producción principal del país, sino del Estado que, debilitado y estremecido, sin embargo quedaba bajo el control del capital. En estos momentos cuando las alternativas recién nacidas se enfrentaban a una clase trabajadora que todavía sufría de su propia desorganización por parte de las políticas neoliberales y el avance de la informalización y la flexibilización laboral, ante la miseria que amenazaba con el desempleo estructural, la gran mayoría de los trabajadores aceptaron sueldos bajos, retrasos salariales, e incluso la falta de pago de sus salarios para mantener la fuente laboral. Era una experiencia ya conocida de la crisis de fines de los años ochenta entre aquellos trabajadores pertenecientes a ese pequeño sector, pero no menos importante, que sí se animaron a tomar las empresas para inhibir el vaciamiento de las mismas y la eliminación de sus puestos de trabajo. Pero ellos entonces carecían del poder y la capacidad económica como para afrontar a las necesidades de los millones de argentinos afectados por la crisis.
En la concepción de Trotsky la historia no procede en una línea recta sino que va en zigzag (Trotsky, 1961, 1969). No hay una línea que la historia sigue, sino que a la vez que se combinan procesos disimilares, nuevas particularidades se generan. Además de los “saltos” y los “zigzags”, la teoría de DDC nos permite concebir cómo también se generan tendencias combinadas –pero no iguales– políticas, sociales y culturales al nivel mundial.
Este punto, que se suele perder de vista, es crucial para entender no solo cómo el concepto de DDC de hecho rompe con una concepción histórica evolucionista, sino también cómo se puede aplicar para analizar las dinámicas de la crisis actual del capitalismo neoliberal. Si la teoría sirve para explicar el desarrollo capitalista en general y en particular, también nos permite analizar sus fases tanto de crecimiento como de crisis.
 
Neoliberalismo: tendencias a la homogeneización dialéctica de la desigualdad
La ley tendencial a la caída de la tasa de ganancia no solo se refleja en la mayor expansión financiera a costa de la producción, sino también en las proporciones absurdas de la desigualdad. Un reciente informe contencioso de Oxfam (2016) publicó el dato de Credit Suisse según el cual el 1% más rico del mundo ha acumulado más riqueza que el resto del mundo en su conjunto. Los “millonarios, quienes representan el 0.7% de la población adulta, son los dueños del 45.2% de la riqueza global” (Credit Suisse, 2015). Shorrocks, experto en el asunto de la riqueza global y coautor del informe de Credit Suisse, concluye en una comunicación personal con Roberts (2016) que a partir del 2000, el 90% más pobre de la población mundial sufría una reducción en su riqueza, así que el total de la ganancia en riqueza personal globalmente fue transferida al top 10%, con la parte del león al 1%. Los datos para todas las regiones del mundo de 1972 en adelante en el informe de Oxfam también revelan que se escindió la relación entre productividad y participación de la fuerza laboral en la riqueza. Es significativo que estos datos desafían a la ilusión reformista de la redistribución progresiva de la riqueza, lo que llevó a articularse como crisis política del sistema. Así la realidad argentina ya parece menos excepcional.
Interesantemente, los procesos de neoliberalización hacen más visibles las combinaciones de desarrollo tanto económico como político. El fin de la Guerra Fría y la “apertura” de los mercados que caracterizaban al proceso neoliberal contribuyeron a una mayor intensificación de la competencia capitalista. Impulsaron fusiones empresariales y el traslado de gran parte de la producción industrial en búsqueda por bajos precios de producción beneficiándose de la “revolución tecnológica” y de la expansión de la economía especulativa. Estos procesos contribuyeron al surgimiento de las nuevas potencias económicas como es hoy el caso de la India, Indonesia, Japón, Brasil y México. En el caso de China, fue –además de un reciente empresariado autóctono– el propio estado quien se benefició del nuevo escenario de los recursos naturales privatizados en, por ejemplo, América Latina. Su adquisición motorizó el proceso extraordinario de industrialización en China en la década del ’90 en base a la extrema explotación de la fuerza laboral doméstica y de los trabajadores latinoamericanos como consumidores de los productos baratos de la era de “todo por un peso”.
A este impulso de movimiento de los capitales salvajes por el mundo no le importó ni las sensibilidades históricas, políticas, económicas o religiosas de las sociedades que penetraba. Es ahí donde se nota una onda intensa de combinaciones y hasta ciertos procesos de homogeneización de algunas tendencias generales. En términos económicos, esta observación se confirma con los números para el caso argentino. El cuadro abajo demuestra, primero, el crecimiento global y lo compara con el crecimiento argentino entre 1990 y 2014. A su vez, las líneas punteadas demuestran las tendencias de crecimiento en base del promedio de cada uno. Interesantemente dibujan una convergencia gradual entre los dos durante este periodo de tiempo, y más marcado a partir del 2007, año del inicio de la crisis en el “Norte Global”.
 
 
    Fuente: propia elaboración gráfica en base de datos del e-Library del FMI/ International Financial Statistics.
 
Esta convergencia significa que a pesar de las claras diferencias económicas (el crecimiento de Argentina es mucho más errático –y por lo tanto, más inestable– que el promedio mundial) hay procesos de homogeneización en cuanto a las dinámicas del crecimiento (y por consecuencia, ciclos de crisis). La dinámica refleja predominantemente (no exclusivamente), primero, la renta productiva, y segundo, la tasa de ganancias que a su vez germina y se cristaliza en las combinaciones. Ésta dinámica de combinaciones hegemoniza no solo estos procesos económicos sino también algunas de sus articulaciones políticas y culturales. Podemos aquí señalar, sin que sea una lista completa, seis tendencias principales y generales, económicas y políticas, para los países industrializados:
  1. Endeudamiento y trasnacionalización del capital financiero. Con el resultante poder mundial principalmente concentrado en los EEUU, se incrementó el índice de endeudamiento de gran parte del mundo, presionado tanto por el poder adquisitivo y la capacidad de préstamo financiero tanto como militar indiscutible de los EEUU y sus aliados. Favoreció también una subordinación de la política estatal a los dictados del capital originados de los EEUU, ya que la transnacionalización del capital financiero también benefició a las élites propias (England y Ward, 2007; Saad-Filho y Johnston, 2005).
  2. Reestructuración estatal. Los movimientos del capital impulsaron a los estados a la autorreestructuracióny achicamiento. Sin embargo, según se observó en varios estudios empíricos, en realidad este proceso generó crecimiento del estado en la medida en que éste fue captando una parte de la desocupación masiva para negociar la “contención social”. La necesidad del estado fue reconocida por el Consenso Post-Washington en la década del ’90.
  3. Desarme sindical. Los países industrializados también cuentan con una clase trabajadora organizada y experimentada en la defensa de sus intereses. Sin embargo, el impulso del capital supuso la reducción del costo laboral. Por lo tanto, la pasivización y la desarticulación de la clase trabajadora organizada fueron objetivos de la política neoliberal. Las instituciones sindicales se transformaron de herramientas de lucha y negociación colectiva entre fuerza de trabajo y capital en proveedores de servicios. Estos procesos, junto con el disciplinamiento a través del desempleo, la flexibilización e informalizaciónlaboral, produjeron una fuerte caída en la afiliación sindical (es un aspecto observable en general, aún si la excepción confirma la regla: caso Alemania, por ejemplo, cuya reunificación distorsionó estos procesos).
  4. Corrupción y chantaje. Esta política neoliberal se llevó adelante no tanto en base de una cooptación ideológica (Basualdo, 2001) sino más bien de una fuerte tendencia hacia el “apriete” político y económico, la corrupción y el chantaje, muchas veces enmarcado bajo la cobertura –en el habla neoliberal– de la democracia participativa de los consumidores. Más adelante se comenzó a aclarar su costo con el rechazo popular al sistema político existente. Se genera la crisis de la democracia representativa ante el desafío que le plantean los experimentos populares con la democracia directa y colectiva durante las puebladas en este siglo.
  5. Aceleración de la crisis global y su diversificación temporal. En vez de resolver la crisis del sistema, el fetichismo del mercado y la intensificación de la competencia aceleraron los momentos de crisis, pero con intensidades y tiempos diferentes entre distintos lugares del mundo industrial y a medida en que se profundizaba la crisis a nivel global.
  6. Desigualdad y revueltas contestatarias. La fuerte concentración de la riqueza y la creciente desigualdad social generaron descontento y procesos de reorganización “desde abajo”. Esto se reflejó ya parcialmente en los disturbios callejeros de Los Ángeles en 1992 detonados por el brutal asalto policial al joven trabajador negro Rodney King, hasta el movimiento antiglobalizador hacia fines de la década, y finalmente, la era de los levantamientos populares que se inició con “la guerra del agua” en Cochabamba en Bolivia en 2000 y la pueblada argentina en 2001, seguido por los movimientos insurgentes en varios países de Europa y la así llamada “primavera árabe” en el Medio Oriente y África del Norte.
Significativamente desde el punto de vista de las combinaciones, todos los ejemplos de insurgencia antineoliberal comparten lemas y demandas muy parecidos: contra la corrupción, por la dignidad, el trabajo genuino ∕ digno, la educación, vivienda y el surgimiento de prácticas de democracia colectiva y directa. Pero a su vez, las condiciones históricas particulares produjeron árbitros del poder como el kirchnerismo en Argentina, las limitaciones reformistas de Syriza en Grecia, la vuelta del gobierno militar en Egipto y la “guerra civil” en Siria, entre otros.
Por lo tanto, mientras hay una tendencia homogeneizadora de la tasa del crecimiento (PBI real) en el mundo, podemos establecer aquí que la homogeneización de los procesos que engendran los movimientos del capital no es total. Las desigualdades se combinan y en el proceso generan nuevas particularidades como variaciones en tiempos, ritmos, efectos diversos sobre las configuraciones económicas, políticas y culturales locales. Esta relación dialéctica reproduce al capital neoliberal y a la vez genera espacios de resistencia. Concluimos con una exploración de las particularidades del caso argentino.
 
Tendencias políticas a modo de conclusión: la Argentina peculiarmente universal
En su momento, recuperar, como lo hizo el grupo de estudios subalternos, un énfasis analítico en las particularidades de los países como Argentina era importante para señalar las condiciones únicas que generaban allí la dominación colonial, y luego, imperialista. Pero ya hemos mencionado las falencias analíticas que redujeron al plano nacional las causas de la crisis del 2001.
No obstante, en Argentina se suelen subrayar las particularidades del país, de su historia ya sea por el peronismo, las fuertes inmigraciones europeas, y la intensidad de los conflictos. Popularmente se habla de la idiosincrasia argentina como algo impenetrable, en parte por la intensidad del sentimiento asociado con los símbolos nacionales y en parte por una conciencia de las numerosas contradicciones. Pero discutimos aquí ese “sentido común” e insistimos en que el caso argentino es tan universal que sirve como ejemplo e índice de las dinámicas de la crisis neoliberal, al menos para las economías industrializadas de escala mediana. Es ésta su particularidad, arraigada en su inserción histórica en el mercado mundial.
Argentina ha sido un país importante para la experimentación neoliberal en la región latinoamericana debido a su rol político como legado de su poder dominante en la historia regional. Cuenta con el desarrollo industrial más antiguo de Latinoamérica, como también con cierta infraestructura que es atractiva para los movimientos del capital. Pero también significa que cuenta con las organizaciones de la clase trabajadora más antiguas y más experimentadas en la región. Involucra características de radicalización desde su inicio por las experiencias de trabajadores que emigraron de la Europa de guerras y revoluciones, y en formas más ocultas pero no por eso es para menospreciar, las resistencias criollas y aborígenes contra la desposesión. El resultado fue una historia de intensa lucha entre las clases que se imprimió de algún modo en “la idiosincrasia” popular de Argentina.
Que no iba a ser fácil de imponer el ajuste neoliberal en Argentina se evidenció durante la llamada “transición a la democracia”, luego de la dictadura militar. En el contexto del “desencanto” general (Echegaray y Raimondo, 1987), en varias ramas sindicales listas plurales generadas desde las bases le ganaron a las cúpulas gremiales tradicionales las elecciones locales como sucedió, por ejemplo, en el “Yacimiento Norte” de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales). Fue desde estas bases ideológicamente heterogéneas que surgió la resistencia a los intentos alfonsinistas de privatizaciones e implementación del ajuste, el cual fracasó en gran parte. Por su histórica dominación gremial, solo un peronista en el poder en la figura de Menem pudo implementar el ajuste neoliberal como forma de administrar una terapia de shock “sin anestesia”. No sucedió sin costos. Uno fue el fomento de la resultante desconfianza total en el sistema no solo económico sino también político y la fragmentación espectacular de las instituciones principales de dominación política: los partidos y el estado.
“La importancia del proletariado depende únicamente del rol que tiene en la producción a gran escala”, razonaba Trotsky (1969: 92). No obstante, no fue coincidencia que la radicalización de los desocupados en Argentina se iniciara con los trabajadores “desvinculados” del sector petrolero estatal. Fue una rama productiva anteriormente crucial para el desarrollo de la industria argentina, cuyos trabajadores contaron con el salario social más alto del país y que demarcaba a las aspiraciones y el sentido de “justicia social”. Luego del incremento de las puebladas locales y los movimientos de desocupados, junto al masivo voto en blanco que deslegitimizó la elección legislativa de octubre del 2001, estalló la pueblada en los centros metropolitanos el 19 y 20 de diciembre del 2001 con la famosa consigna del “¡que se vayan todos!”. Pero ahí no se terminó: se ampliaron los movimientos sociales en muy diversos sectores de la sociedad: desde los barrios, los desocupados, los cartoneros, hasta los ahorristas y los deudores hipotecarios quienes enfrentaban desalojos luego de no solo la vivienda sino la vida construida con crédito durante la década del 90.
Lo más impresionante durante el levantamiento en Argentina era el nivel de las ideas, el realismo de la situación, y la integralidad de los proyectos alternativos que surgieron. Realismo, porque ampliamente se entendía que había debilidades en la relación de fuerzas por lo cual la revolución no estaba planteada como posibilidad y que la lucha que habían emprendido iba a ser de largo plazo. Faltaba un análisis de en qué residía esa debilidad. Pero para quien quiso verlo, rápidamente se revelaron las debilidades del levantamiento en forma de dependencias del estado por los recursos básicos, las necesidades y sus impactos sobre la conciencia. Claramente, como ya señalé, les faltaba el poder económico.
Menos de 10 mil trabajadores en los márgenes de la producción manufacturera, en pequeñas empresas y algunas pocas medianas, se veían obligados a tomar los medios de producción para defender su fuente de trabajo. Pero el resto de más de ocho millones de trabajadores empleados en blanco sobre un total de la población activa de 14.3 millones (en el resto, quien no se encontraba entre los casi 2.5 millones desocupados trabajaba en el sector informal) seguía trabajando incluso sin sueldos ante la amenaza de la desocupación definitiva. “Hay que cuidar el laburo, quien lo tiene”, se escuchaba. Este adagio terminó siendo una herramienta moralista para aislar a los movimientos piqueteros, ya que supuestamente impedían llegar a sus empleos a los trabajadores que todavía los tenían. Golpeaba la realidad de la desactivación y desorganización de las bases sindicales en la década anterior.
Desde estos contextos de debilidad, los movimientos sociales negociaron la reconstrucción del poder estatal y del gobierno, intentando condicionarlo con las demandas del 2001 y manteniendo espacios políticos independientes abiertos. Es así que el levantamiento popular del 2001 generó las condiciones favorables para la reorganización de la clase trabajadora, la sociedad y las instituciones del estado y se empezaron a ajustar las aspiraciones que fueron despertadas por el levantamiento. Su potencial inicialmente visible, objetivamente no fue realizable en aquellos tiempos debido a la realidad de las fuerzas productivas en Argentina, en primera instancia, y en la segunda, por su inserción en la economía mundial que todavía estaba creciendo, aun si ya bajaba en intensidad. “La historia no se hace por encargo. [...]. No hay que proceder de una armonía preconcebida de desarrollo social” (Trotsky, 1969: 254), lo cual apunta a otro aspecto de la teoría del DDC: elegir las estrategias y tácticas revolucionarias apropiadas para cada instante y cada lugar, pero siempre con el sistema global en la mira.
Lo interesante es que estas tendencias que se demostraban en Argentina, tanto las económicas como las políticas, han resurgido en diferentes medidas en otros países medianos industrializados adonde posteriormente la crisis se manifestó, desde Egipto y Grecia a España e Islandia entre otros. En cada país surgieron variaciones de las opciones organizativas que habían emergido en Argentina: desde asambleas populares, sindicatos alternativos, a organizaciones de ahorristas, empresas recuperadas, y cortes de ruta, entre otros. Y cada país demuestra varias de las aparentes particularidades argentinas, tal es el caso con la debilidad de las organizaciones sindicales existentes a la hora de los levantamientos, las fragmentaciones políticas tanto de la izquierda, de los movimientos sociales como también de los partidos dominantes (un aspecto importante).
Es aquí que se renueva una alternativa reformista, lo que en Argentina ofreció el kirchnerismo, pero que toma colores más militantes en otros lados. Especialmente notable son los desarrollos más recientes en países dominantes. En los EEUU, en base del apoyo movilizado de las masas descontentas por el proyecto neoliberal y el racismo institucional, el candidato izquierdista, Bernie Sanders, logró sorpresivos avances en su carrera con Hilary Clinton por el liderazgo del partido Demócrata, pero sin ganar al aparato partidario. En el Reino Unido la izquierda avanzó mucho más. Contra todas las expectativas y gracias a un amplio apoyo de base movilizado, Jeremy Corbyn captó al liderazgo del Partido Laborista británico y amenaza al establishment global con ganar las próximas elecciones generales de ese país. Para contextualizar el significado un poco, durante más de dos décadas del New Labour liderado en su mayoría por Tony Blair,Corbyn se resistió a abandonar al partido a pesar de su aislamiento político en él. Sin embargo, durante este tiempo fue cobijado por las plataformas de la izquierda revolucionaria británica y luego los movimientos que se generaban. Con consistencia elogiable Corbyn se opuso activamente a las políticas nefastas del gobierno Blair, especialmente la guerra en Iraq. Es más, en la semana movida luego del Brexit renunciaron, contrariamente a las predicciones de las fuerzas liberales pro-Unión Europea, las principales figuras derechistas, como es el caso con Nigel Farage de UKIP y el Primer Ministro conservador, David Cameron. Elegida solo por los afiliados del partido gobernante, Theresa May, la nueva Primer Ministra, carece de mandado y legitimidad. Corbyn, mientras tanto avanza venciendo a las ofensivas blairistas en su partido.
Sean cuales sean las diferencias entre los EEUU y el Reino Unido, se puede presentir que las dinámicas de la crisis cambian a medida en que se desarrollan en los países líderes ya que estos movimientos engendran a otros procesos todavía no visibles o apenas destacables, por ejemplo, en relación con una renovada carrera de armas nucleares y la intensificación de las confrontaciones por ahora diplomáticas y comerciales con Rusia. Por lo tanto, mientras hay tendencias desarrollándose, sus direcciones y resultados no son previsibles.
Países como Argentina van a estar sujetos a las dinámicas en los países líderes. A su vez, con sus puebladas y luchas antineoliberales, la clase trabajadora argentina ha demostrado su capacidad propulsora y creativa para reiniciar los procesos de reorganización, como parte inicial de un largo proceso de conflictos sociales y políticos en el mundo. Estas luchas dejaron como legado un registro de las actividades emprendidas de inmensa complejidad que entre ellos (los diversos movimientos sociales y sus prácticas autogestivas) apuntaron, en resumidas cuentas y sin ningún tipo de idealización, a) a la expropiación de la producción de los patrones a los trabajadores, b) a reemplazar a la democracia representativa con la directa y colectiva, c) a la autoorganización/ gestión/ convocatoria, y d) a desafiar las leyes capitalistas de la propiedad). No es poco, pero para transformarlo en realidad duradera y no solo una manifestación de afán, el caso argentino también nos señala que queda pendiente la tarea de desarrollar estos ejes en el seno del sistema, donde potencialmente germina una salida trabajadora y socialista a la crisis sistémica más comprehensiva de la historia capitalista. Al contrario, para una salida para el capital, lo que falta es un nuevo modelo socioeconómico que pueda asegurar el crecimiento de la tasa de ganancia. Ante el brote pandémico de guerras y miseria, esperemos que la solución surja de la clase trabajadora, y no de la mano del capital. La teoría del DDC es la única teoría hoy existente que captura adecuadamente las emergentes tendencias locales y globales de la crisis; sus desigualdades, combinaciones y particularidades (las viejas y las nuevas).
 
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1. Para una elaboración sobre éste tema, véase (Schaumberg 2016).
2. Para una crítica excelente de los actuales debates marxistas sobre el origen de la crisis capitalista véase Roberts, 2011.