La división sexual del trabajo y de la reproducción: una reflexión teórica

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Autor(es): Mazzei Nogueira, Claudia

Mazzei Nogueira, Claudia Mazzei Nogueira, Claudia . Doctora y Profesora del Departamento de Servicio Social de la Universidad Federal de Santa Catarina –UFSC-, Brasil. Es autora de los libros A Feminizaçao no Mundo do Trabalho , Editora Autores Associados, 2004 y O Trabalho Duplicado, Editora Expressao Popular, 2006. Es también investigadora del CNPq.


La división sexual del trabajo
 
El trabajo, a lo largo del proceso histórico se presenta de muy diversas formas, respondiendo a las necesidades de cada momento. Se mantiene siempre, sin embargo, como un momento de realización de relaciones sociales, dirigido a la producción social y a la reproducción de la humanidad. Lo que permite afirmar que el trabajo es un poner teleológico del ser social, que lo capacita como ser consciente.
Por dicha razón afirma Lukács que Marx tenía razón al precisar que:
 
Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, es trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural eterna sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana (Marx, 1973:10).
 
Y agrega:
 
Antes de que el valor de uso haya entrado en una relación de reflexión con el valor de cambio -lo que sólo puede ocurrir en un estadio ya relativamente muy elevado-, el valor de uso no designa más que un producto de trabajo que el hombre está en condiciones de aplicar provechosamente en la reproducción de su existencia. En el trabajo se hallan contenidas in nuce todas las determinaciones que, tal como veremos, constituyen la esencia de lo nuevo dentro del ser social. ( Lukács, 2004:59)
 
Engels ofrece a su vez una valiosa contribución cuando analiza el papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, y se refiere al rol del trabajo en la humanización del ser social. La misma condición biológica humana, en tanto constituyente de la ontología del ser social, tiene como base y fundamento el trabajo humano. Inicialmente (y en gran medida hasta el día de hoy) las manos de los hombres son responsables de la producción de objetos, de mercancías.
Esto ocurre según la fundamental constatación ontológica de Marx, que se refirió al trabajo demostrando que el mismo es el resultado de
 
…un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que este realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza. En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina. Aquí, no vamos a ocuparnos (...) de las primeras formas de trabajo, formas instintivas y de tipo animal. (Marx, 1973:130)
 
Siendo expresión de una actividad esencialmente humana, el trabajo, al tiempo que responde a las necesidades y carencias del ser social, autotransforma la misma naturaleza humana.
Así planteada, podemos pensar la relación hombre-naturaleza como una relación específicamente social, dado que diferenciamos al animal con respecto del hombre por medio del trabajo, que tiene como objetivo responder a las necesidades inherentes del mismo ser.
Por lo tanto, la categoría trabajo se presenta como la forma primera, o en términos de Lukács protoforma del actuar humano, dado que la esencia del trabajo es la expresión de la acción teleológica existente en toda praxis humana[i] (Lukács, 2004:72). Aquí el filósofo húngaro se apoya en la conocida indicación de Marx:
 
…partimos de el supuesto del trabajo plasmado ya bajo una forma en la que pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja,y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyectra en su cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que ya tenía existencia ideal. El obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley laa modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. (Marx, 1973 vol. 1:130)
 
Así, considerando al trabajo como un proceso que da origen a una nueva objetividad, como productor de valores de uso, confirmamos la existencia de una relación metabólica entre el ser social y la misma naturaleza. Es precisamente a esta relación de transformación directa entre ser social y naturaleza a la que podemos atribuirle significado de “posición teleológica primaria”, es decir, el mismo sentido originario del trabajo que tiene como atributo el estatuto ontológico fundante.
Según sostiene Antunes, el trabajo en el nivel más “genérico y abstracto” tal como lo consideró Marx, como expresión exclusivamente del acto laboral, toma la materia bruta (natural) con el propósito único de transformarla en cosas útiles. Más adelante, con una praxis social más desarrollada, con el desarrollo de la sociedad y su complejización, junto con la relación hombre-naturaleza, se amplían las interrelaciones con otros seres sociales, incluso con el mismo objetivo de producción de valores de uso. Sin embargo, en este escalón más avanzado, encontramos
 
la praxis social interactiva, cuyo objetivo es convencer a los otros seres sociales para realizar determinado acto teleológico. Eso ocurre porque el fundamento de las posiciones teleológicas intersubjetivas tiene como finalidad la acción entre seres sociales”. (Antunes, 2005:132).
 
Según la síntesis de Lukács:
 
Este problema aparece en cuanto el trabajo se ha vuelto ya tal punto social, que se basa en la cooperación de varios hombres; esta vez al márgen de que el problema del valor de cambio haya aparecido ya, o de que la cooperación solo se encuentra orientada a los valores de uso. De ahí que esta segunda forma de posición teleológicas, en la que cual el fin puesto es inmediatamente un fin puesto por otros hombres, ya aparezca en un nivel muy primitivo”. (Lukacs, 2004:103/104).
 
Esta segunda forma de posición ideológica, que se da en una relación interactiva con otros seres sociales y se desarrolla en el curso del avance de la sociedad humana, aparece sin embargo desde los momentos históricos más rudimentaria, como lo ejemplifica el convencimiento de optar por la caza en lugar de la pesca con fines de supervivencia. Para la realización del acto de caza, fue necesaria la interacción, la cooperación entre un determinado grupo de hombres, incluyendo en este acto una división social del trabajo. Basándose justamente en esta división social del trabajo Lukacs. afirmará que
 
Las posiciones teológicas que aquí tienen lugar realmente, poseen, pues, desde el punto de vista del trabajo inmediato, un carácter secundario; deben ir precedidas de una posición teológica que determine el carácter, el papel, la función, etc. de las posiciones individuales, ahora concretas y reales, orientadas a un objeto natural. El objeto de esta posición secundaria no es, pues, ya algo puramente natural, sino la conciencia de un grupo humano; la posición del fin ya no tiene por fin transformar un objeto natural, sino la ejecución de una posición teleológica que, por cierto, está orientada ya a objetos naturales; los medios, igualmente, ya no son inmediatamente intervenciones sobre objetos naturales, sino que quieren provocar estas intervenciones en otros hombres. (Lukács, 2004: 104)
 
Tales posiciones teológicas secundarias están mucho más relacionadas con la praxis social en niveles más evolucionados que el trabajo mismo, tal como aquí lo concebimos. Para el ser social primitivo o contemporáneo, el desarrollo del planeamiento que precede y orienta la acción es denominado por Lukacs “previa-ideación”, puesto que los hechos que se derivan de la acción son idealizados subjetivamente en la conciencia antes de concretarse.
Esto no significa que el momento de subjetividad no sea real, sino que, al contrario, expresa una influencia material directa en las acciones humanas, en la praxis social. Además, es en este momento cuando los seres sociales pueden tener contacto, concomitantemente, con el pasado, con el presente y el futuro, idealizando su porvenir, su praxis. Sin embargo, no podemos dejar de recordar que la previa-ideación solo existe si la misma se concreta a través de la praxis humana.
También para Marx, el trabajo es el único punto en que puede demostrarse ontológicamente una posición teleológica en cuanto factor real de la realidad material”. Este conocimiento acertado de la realidad es el fundamento para comprender “que todo trabajo sería imposible si no lo precediera una posición tal, a fin de determinar su proceso en todas sus etapas. (Lukács, 2004: 67).
Sin embargo, al asumir una posición teleológica, es necesario prestar especial atención a la totalidad de los actos y “sus interrelaciones recíprocas en una determinada sociedad” y no sólo al “acto singular de una precisa posición teleológica”. Será en la totalidad donde inevitablemente se encontrarán los actos análogos tendencialmente, las confluencias, etcétera, y el peso de tales tendencias para la “convergencia o para la divergencia” en el núcleo de tal totalidad será lo que defina, en gran medida, el espacio concreto de las posiciones teleológicas.
Por lo tanto, el trabajo como posición teleológica primaria tiene, en su origen e incluso también en su recorrido, una intencionalidad orientada hacia el desarrollo de la condición humana del hombre, en su sentido más abarcativo y profundo. Cuando enfoquemos las relaciones sociales en el sentido de interacción entre los seres y la intencionalidad del convencimiento atendiendo diversas dimensiones, como se explicitan en el arte, en la política, la religión, la ética, etcétera, debemos considerarlas como posiciones teleológicas secundarias. Por esta razón Antunes, recordando a Lukács, afirma que las posiciones teleológicas primarias “remiten directamente al trabajo y a la interacción con la naturaleza”, y las posiciones teleológicas secundarias más complejizadas y desarrolladas que las anteriores “suponen la interacción entre seres sociales, como praxis interactiva e intersubjetiva, pero que se constituyen como complejos que ocurren a partir del trabajo en su forma primera.” (Antunes, 2005:139).
 
Eso quiere decir que el trabajo, en cuanto expresión de la posición teleológica primaria, tiene ya presente, así sea en germen, elementos de la posición teleológica secundaria, o sea, no es posible establecer una separación binaria y dual entre ambas posiciones.[ii] Y esto porque
 
…la búsqueda de una vida llena de sentido, dotada de autenticidad, encuentra en el trabajo su locus primero de realización. La misma búsqueda de una vida llena de sentido es socialmente emprendida por los seres sociales para su autorrealización individual y colectiva. Es una categoría genuinamente humana, que no se presenta en la naturaleza. (…) Decir que una vida llena de sentido encuentra en la esfera del trabajo su primer momento de realización es totalmente diferente a decir que una vida llena de sentidos se resume exclusivamente al trabajo, lo que sería un completo absurdo. (Antunes, 2005:136)
 
Con esto se marcha en dirección contraria a la lógica capitalista misma, que se apodera del trabajador hasta extenuarlo, impidiendo en gran medida que exista algún sentido en su vida, tanto dentro como fuera del trabajo. Porque una vez que el valor de uso entra en una relación reflexiva con el valor de cambio (lo que sólo puede ocurrir, como ya dijimos, en un estadio relativamente muy elevado), deja ya de indicar un producto del trabajo que el ser social pueda utilizar para la reproducción de su propia existencia.
Lukács, al tomar en su forma más general lo que Marx denominó la metamorfosis de las mercancías, la compra y venta simple de mercancías, recuerda que para que existan las relaciones mercantiles sobre la base del valor de cambio y del dinero debe existir en la sociedad una división del trabajo. Y esta división social del trabajo, siempre en palabras de Marx, hace que los trabajos de los poseedores de mercancías sean tan limitados como ilimitadas son sus necesidades. De tal modo que esta consecuencia elemental y contradictoria de la división del trabajo genera una situación en la que actos objetivamente interdependientes como la compra y la venta, en la práctica se separen, haciéndose mutuamente autónomos, contingentes uno con respecto al otro. “Nadie puede vender si no hay quien compre” (Lukács, 2004:137).
La división del trabajo, mediada y puesta en acción por el valor de cambio, produce el principio de control del tiempo a través de la optimización del mismo. Según Marx, a esto se reduce en definitiva toda la economía. Del mismo modo que la sociedad debe repartir de forma planificada su tiempo con el fin de conseguir una producción adecuada al conjunto de sus necesidades, también el individuo debe dividir correctamente su tiempo con el objetivo de alcanzar los conocimientos necesarios y/o satisfacer las diversas exigencias de su actividad. “Economía de tiempo y división planificada del tiempo de trabajo entre las distintas ramas de la producción resultan siempre la primera ley económica sobre la base de la producción colectiva” (Marx in Lukács, 2004:138).
Cabe destacar que el espacio productivo con la introducción de maquinaria en el momento de la Revolución Industrial, que ocurrió en Inglaterra entre 1771 1830, permitió intensificar la inserción de la fuerza de trabajo femenina, además de la enorme explotación de la fuerza de trabajo infantil. El capitalismo, que necesitaba expandir la extracción de plusvalía, amplió el campo productivo de explotación, incorporando ampliamente a las mujeres y los niños en este espacio, intensificando aún más la precarización de toda la clase trabajadora. No sólo se produjo en ese momento una reducción de los salarios del trabajador, sino que también se amplió, según demostró Marx, el ejército industrial de reserva de modo que:
 
Durante los períodos de estancamiento y prosperidad media, el ejército industrial de reserva presiona ejerce presión sobre el ejército obrero en activo, y durante las épocas de superproducción y paroxismo pone un freno a sus exigencias. La sobrepoblación relativa es, por tanto, el telón de fondo sobre la el cual se mueve la ley de la oferta y la demanda de fuerza de trabajo. Gracias a ella, el radio de acción de esta ley se encierra dentro de los límites que convienen en absoluto a la codicia y al despotismo del capital. (Marx, 1973vol. 1:541)
 
Este hecho termina garantizando, por un lado, la expansión capitalista y, por otro, la intensificación de la explotación y la miseria la clase trabajadora, dado que los salarios en cierto modo son determinados justamente por esta relación entre los trabajadores activos y los de la reserva, generando una competencia ininterrumpida debido al constante excedente de trabajadores.
Con la inserción de la mujer en el mundo del trabajo productivo, ella se transforma en trabajadora asalariada, haciéndose parte de los engranajes de un proceso que sustituye trabajadores calificados por no calificados (ya que las mujeres y los niños eran considerados trabajadores no calificados), o sea, sustituían adultos por niños y hombres por mujeres. De este modo, la descalificación del trabajador, que es consecuencia del advenimiento de la gran industria y el fin de la manufactura, amplió significativamente la inserción de la mujer en el espacio productivo.[iii]
Así, las mujeres trabajadoras en las fábricas quedaron a merced, junto con los trabajadores, de los extenuantes mecanismos de explotación y opresión propios de la regulación de la producción industrial denominada taylorista/fordista, esto es: intensa productividad, rígida disciplina, bajos salarios, etcétera. En el caso de la fuerza de trabajo femenina, que históricamente era poco valorada, la intensificación de la precarización era enorme, o sea que las trabajadoras recibían salarios indignos, ocupaban los cargos más bajos de la jerarquía productiva, etcétera.
De modo que, además de ser las más explotadas en el mundo del trabajo, se les sumaban a las agotadoras y largas jornadas de trabajo del espacio productivo, las interminables tareas del espacio reproductivo. Se configuraba, entonces, una división sexual del trabajo que además de precarizar al máximo la fuerza de trabajo femenina, les reservaba además las tareas del espacio reproductivo en tanto que a los hombres cabía la responsabilidad de la subsistencia de la familia, reservándoles, consecuentemente, el espacio productivo.
 
La división sexual de la reproducción
 
Por otro lado, la categoría de reproducción se refiere a un fenómeno presente tanto en el individuo como en el género humano. Así como el individuo intenta reproducirse a sí mismo –reproducción individual–, también el género humano necesita reproducirse.
La reproducción humana es tanto individual como colectiva, y esto es simultáneamente fundamental y contradictorio. Esta reproducción fundamental y contradictoria se da en una tensión constante entre los objetivos genéricos y los particulares.
Por eso, mientras que en la vida orgánica el predominio de la preservación de la especie, más allá de sí mismo, implica las reproducciones en sentido strictum, o sea, son las reproducciones biológicas de un ser vivo, en el ser social la reproducción implica cambios internos y externos. Por lo tanto, la sustancia social es “la síntesis de actos singulares en totalidad social y en individualidades” y esta es la cuestión básica en el análisis de la reproducción social: cómo se dan esos dos procesos sintéticos reflexivamente fundamentales y contradictorios (Lessa, 1996:94).
En esta tensión, la moral, las costumbres, la tradición, el derecho, la política, la ética, entre otros, tienen un papel importante. Cabe a este conjunto de complejos sociales ser la mediación en el proceso de superación de la contraposición individualidad/género humano, transformando la individualidad en-sí en individualidad-para-sí, o sea, en individualidad vuelta efectivamente humana y social (Lessa, 1996: 101 y Antunes, 2005: 164).
Para Lukács, en el proceso reproductivo del individuo y de la sociedad también están presentes otros complejos de mediación que articulan las necesidades humano-colectivas y las de individuación. Ejemplos de ello son la división del trabajo, el lenguaje, la alimentación, la sexualidad y la educación. Estos otros complejos son también fundamentales en nuestra investigación, en la medida que ellos pueden suministrar elementos que facilitan la comprensión de la situación femenina en el seno del espacio reproductivo.
La división del trabajo, según el filósofo húngaro, se superpone a la diferenciación biológica de los seres humanos. El desplazamiento de la barrera natural a consecuencia del ser social surge, inicialmente, de que esa diferenciación biológica incorpora en sí espacios de sociabilidad cada vez mayores, que pasan entonces a ser determinantes en la división del trabajo. Esto queda claro si pensamos en el papel que tienen los sexos en la división social del trabajo. Engels destaca que el lugar de la mujer en la vida social (matriarcado, patriarcado, etcétera) está directamente relacionado con el hecho de que la acumulación de riquezas es atribuida a las funciones económicas masculinas y no a las femeninas. Es decir, “se encuentran siempre determinadas por la estructura de la sociedad respectiva, y no por la constitución biológica de sus miembros” (Lukács, 2004:61).[iv]
En las sociedades precapitalistas el sistema de metabolismo social se desarrolla a través de las mediaciones primarias que, como dice Antunes citando a Mészáros, tienen como finalidad la preservación de las funciones vitales de la reproducción del individuo y de la sociedad, pues “los seres humanos son parte de la naturaleza, debiendo realizar sus necesidades elementales por medio del constante intercambio con la propia naturaleza”. Y completa diciendo que los seres humanos “están constituidos de tal manera que no pueden sobrevivir como individuos de la especie a la que pertenecen (...) basados en un intercambio sin mediaciones con la naturaleza (...) regulados por un comportamiento instintivo determinado directamente por la naturaleza, por más complejo que este comportamiento instintivo sea” (Antunes, 2005: 5).
De acuerdo con Mészáros, el ser humano atiende las siempre presentes exigencias materiales y culturales de su supervivencia a partir de estas condiciones ontológicas. Esto significa “asegurar y resguardar las condiciones objetivas de su reproducción bajo circunstancias que cambian inevitable y progresivamente bajo el impacto de su propia intervención mediante la actividad productiva –la ontología del trabajo exclusivamente humana– en el orden original de la naturaleza” (Mészáros, 2001:158).
En los comienzos del capitalismo la principal tarea que existía en el espacio reproductivo era la de “producir” gran número de hijos. La inserción de la maquinaria en el espacio productivo industrial exigía una cantidad creciente de trabajadores y, según Marx:
 
El proceso de acumulación mismo no es más que un momento inmanente del proceso capitalista de producción. Implica una nueva creación de asalariados, para la realización y el aumento del capital existente, ya sea porque subsume en él partes de la población aún no abarcados por la producción capitalista, como niños y mujeres, ya porque gracias al crecimiento natural de la población se le somete una masa acrecentada de obreros. Estudiando el asunto de cerca, resulta que el capital regula, conforme a sus necesidades de explotación, esta producción de la fuerza de trabajo misma, la producción de la masa humana que él habrá de explotar. El capital, entonces, no sólo produce capital: produce una masa obrera creciente. (Marx, 1990:102/3)
 
Pero en el capitalismo contemporáneo, ya la industria no necesita una gran cantidad de obreros, muy por el contrario se produce una “liofilización” de los trabajadores, según el término utilizado por Antunes. Lo que se requiere es una menor cantidad de fuerza de trabajo, más calificada y que permita la intensificación de su trabajo. Por lo tanto, la familia, mayoritariamente, termina adaptándose a esa nueva realidad del mundo del trabajo. Según Peggi Morton:
 
Las ganancias dependen cada vez más de la organización eficiente del trabajo y de la autodisciplina de los trabajadores, más que de la aseveración simple y otras formas directas utilizadas para aumentar la explotación de los trabajadores. (...). La familia debe crear hijos que asimilen las relaciones sociales jerarquizadas, se ha autodisciplina y trabajen de manera eficiente sin la necesidad de una supervisión constante (...). La mujer es la responsable de llevar a cabo la mayor parte de este tipo de socialización. (Morton, 1977: 170)
 
Podemos advertir, por lo tanto, que el espacio reproductivo es una especie de imitación “caricaturizada” del mundo productivo. El trabajo doméstico abarca una enorme porción de producción socialmente necesaria. Esto es, en el proceso de acumulación de capital el quantum de mercancía fuerza de trabajo es imprescindible, dado que la plusvalía se genera a través de la explotación del gasto de energía socialmente necesaria para la producción de mercancías. Por lo tanto, el espacio doméstico familiar es fundamental para que el capital garantice la reproducción y la manutención de la clase trabajadora.
No podemos olvidar que no existe la fuerza de trabajo sin la existencia del trabajador/a, que fue generado y mantenido[v] por una mujer. Por lo tanto, la venta de la fuerza de trabajo del proletario/a está garantizada por las actividades domésticas realizadas, la gran mayoría de las veces, por la mujer, sea ella trabajadora productiva o no. Es decir, el trabajo realizado diariamente por las mujeres en el espacio reproductivo hace posible que el capitalista tenga asegurada la reproducción y perpetuación de la fuerza de trabajo y, de este modo, garantizada también la reproducción y manutención de la misma lógica del capital.
Se entiende entonces que esa garantía para el capital sea una de las principales razones para que el capitalismo mantenga viva la forma de unión de la familia patriarcal, como parte de sus intereses. El casamiento, con su “contrato de dependencia” de la mujer hacia el hombre, facilita el control del capitalismo en relación a la participación femenina en el mundo del trabajo productivo, reafirmando la importancia de las actividades domésticas y maternales (Toledo, 2001: 44).
 
A modo de conclusión
 
Por lo tanto, la familia patriarcal es un importante aliado para el funcionamiento de la sociedad capitalista. Los quehaceres domésticos, es decir el “cuidado” familiar, constituyen una actividad reproductiva fundamental. Siempre en términos de Marx, el trabajo doméstico no se objetiva en la creación de mercancías, sino en la creación de bienes útiles indispensables para la supervivencia de la familia. Y ésta es una de las diferencias esenciales entre el trabajo asalariado y el trabajo doméstico, puesto que mientras uno está vinculado al espacio productivo, creando mercancías y consecuentemente generando valores de cambio, el otro está relacionado con la producción de bienes útiles necesarios para la reproducción de los mismos componentes de la familia, permitiendo en gran medida que el capital también se apropie, aunque sea indirectamente, de la esfera de la reproducción.
Esto ocurre porque el capital necesita constantemente disminuir el gasto en la reproducción de la fuerza de trabajo, lo que termina acarreando la disminución de los valores de los salarios de toda la clase trabajadora. Y en particular, ese proceso es más acentuado aún en la fuerza de trabajo femenina, que en cierta forma ya se encuentra depreciada por las relaciones de poder existentes entre los sexos, principalmente en el seno de la familia patriarcal.
En este proceso la mujer se transforma en una especie de “ejército de reserva” de fuerza de trabajo sub-remunerada, posibilitando que el modo de producción capitalista tenga “argumentos” como para continuar en gran medida su proceso de precarización del proletariado en general y de la mujer trabajadora en particular.
El interés en preservar la familia patriarcal en función de la lógica capitalista sostiene, en cierto modo, la relación de una desigual división socio-sexual del trabajo. Como Mészáros afirma:
 
Sería un milagro si se pudiese ordenar a los “microcosmos” del sistema de capital mismo de acuerdo con el principio de igualdad sustantiva. Porque este sistema en su conjunto, no puede mantenerse en existencia sin reproducir exitosamentes sobre una base continuada las relaciones de poder históricamente específicas gracias a las cuales la función de control se encuentra radicalmente separada de, y le es impuesta de modo autoritario a, la fuerza laboral por las personificaciones del capital. (Mészáros, 2001:215)
 
De modo que este debate asume una importancia vital para la comprensión de la división sexual del trabajo y de la reproducción, puesto que por medio de esta división es como el capital mantiene su lógica de explotación/opresión y en consecuencia su perpetuación.
 
Bibliografía
 
Antunes, Ricardo, Los sentidos del trabajo. Ensayo sobre la afirmación y la negación del trabajo. Trad. de Sergio Dima, TEL-Ediciones Herramienta, Buenos Aires: 2005.
Lessa, Silvio, A ontología de Lukács. Maceió: Edufal, 1996.
Lukács, György, Ontología del Ser Social. El Trabajo. Trad. de Miguel Vedda, Ed. Herramienta, Buenos Aires: 2004.
Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Trad. de Wenceslao Roces. 3 vols. FCE: México, 1973.
Marx, Karl, El capital. Libro I Capítulo VI (inédito). Trad. de Pedro Scarón. Siglo veintiuno editores, México: 1990.
Métzáros, István, Más allá del Capital. Hacia una teoría de la transición. Trad. de Eduardo Gasca, Vadell hermanos editores, Valencia-Caracas, 2001.
Morton, Peggi, “A woman’s work is never done”, en Mitchell, J. La condición de la mujer. Editorial Anagrama, Barcelona: 1977.
Toledo, Cecilia, Mulheres. O gênero nos une, a classe nos divide. Xama, San Pablo: 2001.


Artículo escrito y enviado por la autora para su publicación en Herramienta.
Traducción del portugués de Aldo Casas.
 
[i] Lukács argumentó muchas veces que ciertos actos humanos no pueden ser reducidos a actos de trabajo, pese al hecho de que el trabajo sea la forma originaria y fundante ontológicamente de las diferentes formas de praxis social.
[ii] Separación que parece realizar Habermas cuando critica el “paradigma del trabajo”. Antunes lo discute cuando aborda la polémica Lukács-Habermas en Los sentidos del trabajo
[iii] Una exposición mas detallada de este tema puede verse en Nogueira, 2004.
[iv] Hay otras determinaciones ligadas a la cuestión de la división del trabajo, como la de su división técnica, por ejemplo, cuando algunas ocupaciones se autonomizan como profesiones y sobre todo cuando se inicia el período al que Marx denomina “la Gran Industria”, que acarrea con la maquinaria una concreta división del trabajo determinada por la teconología y con ella una real relacion mercantil. Sin embargo, por no ser central para este artículo no nos detendremos acá en el desarrollo de la división técnica del trabajo.   
[v] Usamos acá la expresión “mantenido” en el sentido de cuidados domésticos como alimentar, vestir, bañar, etc.