El individualismo metodológico

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Autor(es): Galafassi, Guido

Galafassi, Guido. Doctor por la Universidad de Buenos Aires (con orientación en Antropología), además es Especialista en Cooperación y Desarrollo (Universidad de Barcelona) y Licenciado en Ecología (Universidad Nacional de La Plata). Investigador del CONICET y Profesor Asociado en la Universidad Nacional de Quilmes. Es director del Proyecto “Modos de acumulación y conflictos sociales en la Argentina Contemporánea” y Director de la Revista Theomai, Estudios sobre Sociedad y Desarrollo. Ha sido profesor invitado por las Universidades de Bologna, Bari, Ancona, Padova, Zacatecas, Autónoma de México y por la Universidad de Veracruz. Fue director del Programa de Extensión Nexos de Trabajo con Movimientos Sociales. Trabaja actualmente en temas vinculados con el análisis teórico y empírico de la relación entre conflictos sociales y modelos de acumulación y desarrollo.


(Una mirada neofuncionalista y posmoderna sobre los conflictos sociales)

La situación, intermitente, de crisis y conflicto político-económico vivida en Argentina en los últimos años, contrasta muy fuertemente con las preocupaciones que vienen estructurando a las teorías dominantes sobre los movimientos sociales y las protestas, gestadas en los países del Norte y adoptadas casi acríticamente por buena parte de los intelectuales y académicos locales. Son mayoritariamente los recortados fenómenos puntuales aquellos estudiados por el individualismo metodológico, dejando de lado casi cualquier intento por indagar sobre la más compleja totalidad. Los repertorios de acción, la gestión de recursos, la identidad, la racionalidad o no de las elecciones individuales, la capacidad emprendedora-organizacional de los líderes, las motivaciones egoístas de los integrantes, las oportunidades políticas, los agravios sociales, etcétera. son los interrogantes fundamentales y casi exclusivos de estos marcos teóricos, quedando olvidados los contextos y entramados socio-políticos, las relaciones de poder entre sujetos, sectores sociales y clases, los idearios de cambio social y las disputas sobre la desigualdad y la injusticia social inherentes a un sistema de dominación y explotación social. 

Un recorrido histórico también marcó el devenir de estas interpretaciones teóricas de la academia dominante; ya que fueron evolucionando, en consonancia con la propia evolución de la teoría social en su conjunto, desde un funcionalismo más cerrado y mecánico –y políticamente más obtuso- hacia una relativa apertura en dirección a las dimensiones más organizacionales y del significado de la acción, permitiéndose al mismo tiempo la posibilidad de una mirada más comprensiva - e inteligentemente menos cercana al “espanto”- en relación con los conflictos y los movimientos de protesta. Igualmente nunca dejó de estar presente una marcada tendencia a la naturalización de las sociedades de mercado, lo que imposibilita el tener presente siquiera la posibilidad de un cambio social más radical que conlleve a considerar las dimensiones socio-políticas y socio-estructurales de los conflictos y los procesos de movilización social.

Decíamos que la teoría dominante viene del “espanto”. Así, en el período de entreguerras, la ciencia norteamericana consideraba a la movilización social como portadora de un comportamiento político no institucionalizado, espontáneo e irracional por lo cual era potencialmente peligroso, al tener la capacidad de amenazar la estabilidad del modo de vida establecido. Según estas corrientes, los cambios estructurales generan situaciones de colapso o bien de los órganos de control social, o bien en la adecuación de la integración normativa. Las tensiones, descontento, frustraciones y agresividad resultantes llevan al individuo a participar en el comportamiento colectivo, caracterizado como comportamiento no institucional-colectivo (en contraposición al colectivo institucional, que es aquel “normal” dentro de una sociedad), que de la acción espontánea de masas avanza a la formación de opinión pública y movimientos sociales. Aparece también por aquellos años una variante basada en la noción (psico-sociológica) de la “privación relativa”, que denotaba un proceso por el cual una sensación de frustración provocaba una reacción hacía alguna forma de protesta. Los “sentimientos de privación relativa” (es decir, y para decirlo en términos no funcionalistas, sentimientos y conciencia de desigualdad entre los sectores, clases o subclases sociales) surgidos a partir de una situación social o económica desventajosa, conducían a la violencia política.
Estas interpretaciones van entrando en declive y ante la serie de revueltas, conflictos, manifestaciones y procesos de movilización social de los años sesenta (pro-derechos civiles, panteras negras, hippies, anti-guerra de vietnam, etcétera), se comienza a debatir, en tanto única alternativa, la idea del comportamiento desviado e irracional y la idea de la aparición de movimientos sociales vistos exclusivamente como reacción a desajustes estructurales. Así comienza a aparecer una renovada caracterización de los movimientos sociales como actores “racionales” que definen objetivos concretos y estrategias racionalmente calculadas. Surge así el enfoque de la “elección racional” (rational choice) de raíz fuertemente individualista. De un funcionalismo cuasi mecánico se pasa a un funcional-interpretativismo que se conjuga de mejor manera con la “victoria de la sociedad libre de mercado”. Lo que explicaría la acción colectiva sería el interés individual por conseguir beneficios privados, motivando esto la participación política en grandes grupos. Mancur Olson (1965), el principal mentor de esta corriente, elaboró un modelo de interpretación en donde los individuos participan en acciones colectivas siempre que exista una racionalidad básica basada en el hecho que los “costos” de su acción tienen que ser siempre menores que los “beneficios”, y es este cálculo de costos y beneficios es lo que le da el carácter de racional al comportamiento. Aparece en este contexto el “problema del gorrón” (free-rider) por el cual cualquier sujeto que incluso coincida y racionalmente vea que sus intereses son los del colectivo, puede tranquilamente no participar, pues obtendría igualmente los beneficios gracias a la participación de los demás.
En este marco, surge la teoría de la “movilización de recursos” (resource mobilization), que es, por mucho, la que ha cosechado la mayor parte de los adeptos y la que se mantiene vigente hasta la actualidad. La diversidad de matices es muy grande pero podemos mencionar a modo de ejemplo los siguientes autores como aquellos más afines a esta línea: McAdam (1982), McCarthy (1977), Tarrow (1997), Tilly (1978, 1990), Craig Jenkins (1994), etcétera. Aquí, la preocupación ya no gira alrededor exclusivamente del individuo egoísta sino alrededor de la “organización” y de cómo los individuos -sin dejar de ser básicamente egoístas- se reúnen en organizaciones sociales y gestionan los recursos de que disponen (recursos humanos, de conocimiento, económicos, etcétera.) para alcanzar los objetivos propuestos. Al darse por sentada la existencia de cierta insatisfacción individual, lo importante pasa a ser como los movimientos sociales se dan una organización capaz de movilizar y aunar esta insatisfacción individual –insatisfacción que por cierto y para estas teorías no va más allá de las aspiraciones de tipo consumista que son la idea-fuerza de las sociedades de mercado-. El énfasis en la gestión y en lo organizacional los lleva a definir un concepto clave, que es la figura del “empresario movimientista” que es aquel sujeto individual o grupal que toma la iniciativa, precisamente en la organización del movimiento. Es la sociología de las organizaciones dedicada al estudio de las organizaciones empresariales la nueva fuente de categorías y conceptos para el estudio de las protestas. Los movimientos sociales  surgen entonces como resultado de la acción colectiva en un contexto que admite la existencia de conflictos y estos, por si solos, ya no son vistos como anormalidades del sistema, sino sencillamente como el resultado esperable en una situación de puja de intereses. Una sociedad moderna y capitalista está atravesada por conflictos, que por si solos no desestabilizan al sistema. Sigue siendo fundamental el concepto de acción colectiva y ya no se establecen diferencias entre una acción colectiva institucional (normal) y otra no institucional (patológica). Esta acción colectiva involucra la búsqueda racional del propio interés por parte de grupos, es decir que estamos ante una socialización del principio de “elección racional”; no se abandona este supuesto sino que se lo somete a la acción de grupos, en lugar de relacionarlo solamente con una acción individual. El agravio es considerado un motor fundamental de la acción colectiva, entendiendo por tal, a toda manifestación del sistema que perjudique a individuos o grupos. Pero como los agravios y sus reacciones son resultados permanentes de las relaciones de competencia y de poder y por tanto no pueden explicar la formación de movimientos, ésta depende, más bien, de cambios en los recursos con que cuentan los grupos, la organización y las oportunidades para la acción colectiva. Es decir que dado un agravio, se generará un movimiento social en tanto los individuos y los grupos cuenten con los recursos organizacionales necesarios para la formación. La movilización involucra entonces organizaciones formales de relativa gran escala y con propósitos definidos.
Una categoría clave que se suma a las anteriores es la de “nuevos movimientos sociales”. La preocupación fundamental radica en diferenciar los movimientos sociales post 1968 de los anteriores y es así que surgen las “teorías de los nuevos movimientos sociales”. Alain Touraine (1978, 1991), Clauss Offe (1985, 1996) y Alberto Melucci (1984, 1994) son tres de sus representantes más conspicuos. Este énfasis en la figura de “nuevo movimiento” lo relacionan con transformaciones fundamentales de las sociedades industriales, definiendo a las revueltas de 1968 como los orígenes del cambio y a los movimientos pacifistas, ecologistas, feministas, etcétera, como los portadores del nuevo estandarte post-clasista. Mientras los “viejos” movimientos sociales, eran organizaciones institucionalizadas centradas casi exclusivamente en los movimientos de la clase obrera, los nuevos movimientos, por oposición, poseen organizaciones más laxas y permeables. Esto lo relacionan estrechamente con la diferenciación entre un viejo y un nuevo paradigma político. Los contenidos del viejo paradigma se relacionan con el crecimiento económico y la distribución, la seguridad militar y social y el control social; y para el nuevo, con el mantenimiento de la paz, el entorno, los derechos humanos y las formas no alienadas de trabajo. Los valores se orientan hacia la libertad y la seguridad en el consumo privado y el progreso material dentro del viejo paradigma; y hacia la autonomía personal e identidad en oposición al control centralizado, para el nuevo paradigma. Por último, en los modos de actuar, para el viejo paradigma se daba una organización interna formalizada con asociaciones representativas a gran escala y una intermediación pluralista en lo externo unida a un corporativismo de intereses basado en la regla de la mayoría junto a la competencia entre partidos políticos; en cambio, para el nuevo paradigma, en lo interno se basa en la informalidad, la espontaneidad, el bajo grado de diferenciación horizontal y vertical, y en lo externo, por una política de protesta basada en exigencias formuladas en términos predominantemente negativos. En buena parte de los estudios argentinos la preocupación fue y es caracterizar como “nuevos movimientos sociales” a los sujetos colectivos que participaron de los diferentes procesos de protesta. Vale aquí acotar que por ejemplo los desocupados, rápidamente se autocalificaron como “trabajadores desocupados” atando claramente su suerte a la de la clase obrera ocupada e identificándose como integrantes del mismo colectivo social; o las fábricas recuperadas estaban sostenidas precisamente por trabajadores que nunca dejaron de identificarse como tal, o que buena parte de las asambleas barriales tejieron rápidos mecanismos de colaboración tanto con desocupados como con fábricas recuperadas; o que un conflicto importante fue el de los trabajadores de subterráneos que tuvo como consecuencia la conformación del “Movimiento Intersindical Clasista” reivindicando el clasismo de los años setenta y tirando definitivamente por tierra cualquier interpretación posmoderna de las protestas. En todos estos casos, el bajo grado de diferenciación horizontal y vertical fue el eje estructurante de las organizaciones, al igual que los conflictos más clásicos de la clase obrera desde mediados del siglo XIX.
A estos autores también se los llama “teóricos de la identidad” pues esta categoría es clave en sus análisis. Así, mientras para la teoría de la “movilización de recursos” lo fundamental para definir un movimiento social es la forma de la organización, para estos enfoques europeos, la cuestión de la identidad que se construiría a partir del agregado de individuos en organizaciones sociales, constituye el foco a dilucidar, siendo la identidad equivalente a la organización, en cuanto son los conceptos clave por los cuales se explica un movimiento social. Un movimiento social implica para esta corriente un proceso de interacción entre individuos con el objetivo fundamental de encontrar un perfil identitario que les permita ubicarse en el juego de la diversidad social. A partir de asumir una identidad es que el movimiento social parecería que habría consumado su razón de ser. Esta corriente dice responder así al reduccionismo político de las interpretaciones clasistas dominantes hasta los años setenta.
Llegados a este punto, es importante recordar que la serie diversa de manifestaciones, con predominio estudiantil sucedidas en Europa, Japón y México en 1968, muy lejos estaban del supuesto carácter restringido que implica un mero “interés individualista” o una simple “búsqueda de identidad”. En el Mayo Francés, icono emblemático de estas revueltas, así como en muchas otras, el imaginario de un cambio radical guiaba las protestas, más allá que estas hubieran surgido por problemáticas puntuales del régimen universitario alienante. Lo que predominaba en todas estas era un profundo pero integral anticapitalismo (es decir que no sólo se reducía a denunciar la opresión económica sino la alienación en todos los planos de la vida social) pero también una crítica profunda a la burocratización de la izquierdas, que en el poder (ya sea sindical, como gubernamental) habían negociado un pacto de coexistencia pacífica con el liberalismo. Esta crítica a las izquierdas esclerosadas es la que livianamente es tomada como un claro indicador de un paradigma post-socialista, cuando en realidad lo que justamente se debatía era la inoperancia de una izquierda que se había vuelto inocua y la necesidad de retomar las originarias reivindicaciones de liberación en todos los planos. El ecologismo, el pacifismo y el feminismo posteriores, si bien es cierto dejaron parcialmente de lado las visiones y reivindicaciones explícitamente clasistas, apuntaban sin embargo a contradicciones inherentes a las sociedades patriarcales y productivistas de mercado, así como a los regímenes también industrialistas pero de economía centralizada autodefinidos como socialistas. Por su parte, el movimiento contracultural y el hippismo, desde una mirada más basada en las “sensaciones” que en la reflexión racional (característica de la modernidad) cuestionaba hasta los pilares más profundos de la sociedad industrial, basada en el conocimiento científico, el materialismo productivista, la lógica de la competencia individual y la disputa por el poder centralizado. En síntesis, lo que se estaba poniendo en duda era la supuesta “libertad” de las sociedades capitalistas y la supuesta “igualdad” de las sociedades de Europa del Este, autodefinidas como socialistas. La alienación en su sentido más profundo e integral y en sus diversas manifestaciones constituía el principal argumento de las denuncias y las protestas; y la superación de estas sociedades alienantes era el objetivo que motorizaba a los distintos procesos de movilización.
De ninguna de estas problemáticas podían dar cuenta las teorías dominantes que solo miraban los fenómenos organizacionales internos o las cuestiones ligadas a la identidad (aspectos todos ellos ligados a expresiones parciales y puntuales de los acontecimientos), por cuanto desconocían la interrelación dialéctica con la totalidad social. Ni el agravio, ni la privación relativa, ni el empresario movimientista, ni lo supuestamente nuevo, ni la preocupación por la identidad, alcanzan a explicar toda la complejidad de los procesos de protesta y movilización social de los años sesenta en el Primer Mundo, por cuanto en todos los casos expresan limitadas miradas frente a procesos totales.
Mientras esto ocurría en los países del norte, en América Latina se vivían diferentes y muy variados procesos que provenían de largas luchas por la descolonización económica y política. El objetivo era la liberación -nacional y social- frente a lo que se identificaba como “imperialismo” (categoría pasada de moda en la jerga tanto científica como política contemporánea), por cuanto éste representaba una aceitada maquinaria de dominación y explotación social orientada por parte de los capitales multinacionales, y en donde los Estados Unidos de Norteamérica tenían un papel clave en lo que ellos mismos consideraban su “patio trasero”. La Revolución Cubana signó definitivamente todos los procesos de movilización, protestas, revueltas y rebeliones desde los inicios mismos de los años sesenta. La lucha armada, las guerrillas, las movilizaciones de masa, la alianza entres campesinos, obreros y estudiantes constituían la clave de un proceso que se veía casi irreversible y que expresaba la lucha por la “liberación nacional y social de los pueblos latinoamericanos”. El marxismo en sus diversas variantes y combinaciones era el marco teórico dominante, quedando muy lejos la discusión sobre movimientos sociales (nuevos o viejos) planteada en los países centrales.
Pero es en la Argentina y América Latina neoliberal de estos últimos años, en donde las teorías de la “acción colectiva”, la “movilización de recursos” o los “nuevos movimientos sociales” hacen su principal desembarco, creciendo en unos pocos años este espacio académico llegando a generar una nueva especialización (como nueva forma de parcelamiento de la realidad). A partir de esto y renegando de los abordajes complejos, dialécticos y en muchos casos clasistas de los años sesenta y setenta, las protestas y procesos de movilización social del presente son aislados para su estudio en tanto sujetos cuasi autónomos, caracterizándolo primordialmente como fenómenos organizacionales e identitarios. La emergencia de los movimientos de trabajadores desocupados primero y la explosión social y revuelta de diciembre del 2001 fueron el acicate fundamental para el estudio de la “acción colectiva” y los “nuevos movimientos sociales”. Veamos entonces que fueron estas protestas y conflictos y que sujetos intervinieron en el proceso dialéctico de la redefinición del capitalismo neoliberal.
 

 

Bibliografía

 

 
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