Difusión y recepción del "Manifiesto" en Italia desde 1889 a 1945

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Autor(es): Musto, Marcello

A causa de conflictos teóricos o de acontecimientos políticos, el interés por la obra de Marx jamás ha sido constante y, cuando se ha manifestado, conoció indiscutibles momentos de declinación. Desde la “crisis del marxismo” a la disolución de la “Segunda Internacional”, desde discusiones sobre los límites de la teoría del plusvalor a las tragedias del comunismo soviético, las críticas a las ideas de Marx parecieron, en cada ocasión, superar definitivamente su horizonte conceptual. Siempre, sin embargo, hubo un “retorno a Marx”[i]. Constantemente, se desarrolló nuevamente la necesidad de referirse a su obra que -a través de la crítica de la economía política, las formulaciones sobre la alienación o las brillantes páginas de los panfletos políticos- siguió ejerciendo una irresistible fascinación sobre seguidores y opositores. Y pese a que con la finalización del siglo se le decretó unánimemente el olvido, desde hace algunos años a esta parte, inesperadamente, Marx se ha vuelto a presentarse sobre el palco de la historia. En efecto, está en curso una verdadera recuperación del interés a su respecto y, en los estantes de las bibliotecas de Europa, Estados Unidos y Japón, sus escritos son despolvados cada vez más frecuentemente.

El redescubrimiento de Marx está basado en su persistente capacidad explicativa del presente y en su conservación como instrumento indispensable para su comprensión y transformación. Frente a la crisis de la sociedad capitalista y las profundas contradicciones que la atraviesan, vuelve a interrogarse a aquel autor dejado de lado, muy apresuradamente, después de 1989.
Así, la afirmación de Jacques Derrida: “será siempre un error no leer, releer y discutir a Marx”[ii], que hace apenas pocos hace años parecía una provocación aislada, ha pasado a ser cada vez más compartida. Desde fines de los años 90, en efecto, diarios, periódicos, emisiones televisivas y radiofónicas no hacen sino discutir sobre el pensador más actual para nuestros tiempos: Carlos Marx. El primer artículo en esta dirección que tuvo cierto eco fue The return of Karl Marx, aparecido en el The New Yorker[iii]. Llega después el turno de la BBC que, en 1990, confería a Marx el cetro del más grande pensador del milenio. Algunos años más tarde, un número del Nouvel Observateur fue íntegramente dedicado al tema “Karl Marx, el pensador del tercer milenio”[iv] Y, poco después, Alemania rindió su tributo a aquel a quien había forzado al exilio durante 40 años: en el 2004, 500.000 telespectadores de la televisión nacional ZDF señalaron a Marx como la tercera personalidad alemana de todos los tiempos (y la primera, en la categoría “actualidad”) y, durante las últimas elecciones políticas, la conocida revista Der Spiegel lo presentaba en su tapa, titulando Ein Gespenst kehrt zurük (Un fantasma ha vuelto), con los dedos en signo de victoria[v]. Completando esta curiosa reseña, está la encuesta realizada por el canal radiofónico BBC4, que ha asignado a Marx la palma del filósofo más amado por los escuchas ingleses.
También la literatura sobre Marx, casi completamente abandonada hace 15 años, da difusas señales de retorno y, junto al florecer de significativos estudios nuevos, aparecen, en varias lenguas, opúsculos del tipo Why read Marx today? Análogo consenso logran las revistas internacionales abiertas a las contribuciones referidas a Marx y al marxismo, y se han puesto de moda encuentros, cursos y seminarios universitarios dedicados a este autor.
Finalmente, aunque sea tímidamente o en formas algo confusas, desde América Latina al movimiento altermundialista, una nueva demanda de Marx llega también desde el lado político.
Y una vez más, el texto marxiano que más que cualquier otro ha suscitado la mayor atención de lectores y estudiosos ha sido el Manifiesto del Partido Comunista. En 1998, en efecto, en ocasión del sesquicentenario de su publicación, el Manifiesto de Marx y Engels ha sido impreso en decenas de nuevas ediciones en todos los rincones del planeta y celebrado no sólo como la más formidable previsión del desarrollo del capitalismo a escala mundial, sino también como el texto político más leído de la historia de la humanidad. Por tal motivo, puede resultar de interés volver a recorrer los acontecimientos que acompañaron su primera propagación en nuestro país.
 
El desconocimiento italiano.
 
En Italia, las teorías de Marx han gozado de una popularidad extraordinaria. Inspirando a partidos, organizaciones sindicales y movimientos sociales, han influido más que cualquier otra en la transformación de la vida política nacional.
Difundidas en todos los campos de la ciencia y de la cultura, los han cambiado irreversiblemente en su orientación y en su mismo léxico. Contribuyendo a la toma de conciencia de la propia condición de las clases subalternas, han sido el principal instrumento teórico en el proceso de emancipación de millones de mujeres y de hombres.
El nivel de difusión que lograron puede ser parangonado al de muy pocos países. Es necesario interrogarse, por lo tanto, sobre el origen de esta notoriedad. Es decir ¿Cuándo se habló por primera vez de “Carlos Marx”? ¿Cuándo aparece en los primeros escritos traducidos este nombre en los diarios a pie de página? ¿Cuándo se propagó su fama en el imaginario colectivo de los obreros y militantes socialistas? y, sobre todo ¿de qué modo y a través de qué circunstancias se desplegó la consolidación de su pensamiento?
Las primerísimas traducciones de los escritos de Marx, casi completamente desconocido durante los movimientos revolucionarios de 1848, aparecieron solo en la segunda mitad de los años 60. Ellas, sin embargo, fueron poco numerosas y relacionadas solamente a la Orientación y a los Estatutos de la “International Working Men´s Association”.
Incidió en este retardo, sin duda, el aislamiento de Marx y Engels con Italia, país en el que, no obstante la fascinación que alimentaron por su historia y cultura y la demostrada comunicación con su realidad, no tuvieron corresponsales epistolares hasta 1860 y efectivas relaciones políticas hasta 1870[vi].
Un primer interés en torno a la figura de Marx afloró sólo en coincidencia con la experiencia revolucionaria de la Comuna de París. Al “fundador y jefe general de la Internacional”[vii], en efecto, la prensa nacional así como la miríada de hojas obreras existentes, dedicaron en pocas semanas esbozos biográficos y la publicación de extractos de cartas y de resoluciones políticas (entre estas La guerra civil en Francia). También en esta circunstancia, los escritos impresos - que incluyendo los de Engels alcanzaron el número de 85 sólo en el bienio 1871/72 - concernían exclusivamente a documentos de la “Internacional”, testimoniando una atención inicialmente política y sólo posteriormente de carácter teórico[viii]. Por otro lado, en algunos diarios aparecieron fantasiosas descripciones que contribuyeron a conferir a su imagen una aureola legendaria: “Carlos Marx es un hombre astuto y valiente a toda prueba. Viaja veloz de un Estado a otro, continuos disfraces hacen que eluda la vigilancia de todos los espías policíacos de Europa”[ix].
La autoridad que comenzó a rodear su nombre fue tan grande como genérica[x]. Durante este período, en efecto, manuales de propaganda difundieron las concepciones de Marx - o al menos las que presumían de tales - junto a las de Darwin y Spencer[xi]. Su pensamiento es considerado sinónimo de legalismo[xii] o de positivismo[xiii]. Sus teorías fueron inverosímilmente sintetizadas con las que estaban en sus antípodas, de Fourier, Manzini y Bastiat[xiv]. Su figura fue asociada -según el equívoco- con la de Garibaldi[xv] o la de Schäffle[xvi].
 El interés hacia Marx, además de aproximativo, no se traduce siquiera en adhesión a sus posiciones políticas. Entre los internacionalistas italianos -que en el enfrentamiento entre Marx y Bakunin tomaron posición de manera prácticamente compacta con este último-, en efecto, su elaboración siguió siendo casi desconocida y el conflicto en el seno de la “Internacional” fue receptado más como un enfrentamiento personal entre ambos que como una confrontación teórica[xvii].
A pesar de ello, en el siguiente decenio signado por la hegemonía del pensamiento anarquista - al que le fue fácil imponerse en la realidad italiana caracterizada por la ausencia de un capitalismo industrial, por la consiguiente aún limitada consistencia obrera, tanto como por la viva tradición conspirativa provista por la reciente revolución en el país[xviii]-, los elementos teóricos de Marx fueron afirmándose lentamente en las filas del movimiento obrero[xix]. Aún más, paradojalmente, tuvieron una primera divulgación a través de los propios anarquistas, que compartían completamente las teorías de la auto-emancipación obrera y de la lucha de clases contenidas en los Estatutos y en las Orientaciones de la “Internacional”[xx]. Ellos continuaron luego publicando a Marx abundantemente, en polémica con el socialismo que fue verbalmente revolucionario pero, en la práctica, legalista y revisionista. La más importante iniciativa realizada fue, sin duda, la publicación en 1879 del compendio del primer libro de El capital, al cuidado de Carlo Cafiero. Fue está la primera ocasión en la cual, si bien en forma popular, los principales conceptos teóricos de Marx pudieron comenzar a circular en Italia.
 
Los años 80 y el “marxismo” sin Marx
 
Los escritos de Marx no fueron traducidos durante los años 1880. Excepto poquísimos artículos aparecidos en la prensa socialista, las únicas obras publicadas fueron ambas de Engels (El socialismo utópico y el socialismo científico en 1883 y El origen de la familia, la propiedad privada y el estado en 1885) y vieron la luz -en ediciones de escasísima difusión- sólo gracias a la tan terca como virtuosa iniciativa del socialista beneventano Pasquale Martignetti.
Por el contrario, comenzaron a ocuparse de Marx importantes sectores de la cultura oficial, que lo recibieron con menos prevenciones que las manifestadas, en cambio, en el ámbito alemán. Así, por iniciativa de los más importantes niveles editoriales y académicos, la prestigiosísima “Biblioteca dell´economista”, la misma que Marx había consultado muchas veces en el curso de sus investigaciones en el British Museum, publicó, entre 1882 y 1884 en fascículos separados y en 1886 en un volumen, el libro primero de El capital. Demostrando la inanidad del movimiento italiano, Marx toma conocimiento de esta iniciativa (que fue la única traducción de la obra realizada en Italia hasta después de la segunda guerra mundial) solo casualmente y apenas dos meses antes de morir[xxi] (y Engels, solamente en 1893)[xxii].
Aún con todas las limitaciones que se ha intentado hasta aquí describir brevemente, la primera circulación del “marxismo” puede datarse precisamente en este período. Sin embargo, a causa del número reducidísimo de traducciones de los escritos de Marx y de su difícil disponibilidad, esta difusión no llega casi nunca a través de las fuentes originales, sino a través de referencias indirectas, citas de segunda mano, compendios efectuados por la miríada de epígonos o presuntos continuadores, surgidos en poco tiempo[xxiii].
Durante estos años se desarrolló un verdadero y propio proceso de ósmosis cultural, que alcanzó no sólo las diversas concepciones socialistas presentes en el territorio, sino también ideologías que con el socialismo no tenían nada que ver. Estudiosos, agitadores políticos y periodistas formaron sus propias ideas hibridando el socialismo con todos los otros instrumentos teóricos de que disponían[xxiv].
Si el “marxismo” logró rápidamente afirmarse sobre otras doctrinas, también en razón de la ausencia de un socialismo italiano autóctono, el éxito de la homogenización cultural fue el nacimiento de un “marxismo” empobrecido y contrahecho[xxv]. Un “marxismo” passe-partout. Sobre todo, un “marxismo” sin conocimiento de Marx, visto que los socialistas italianos que lo habían leído en sus textos originales podían contarse aún con los dedos de las manos[xxvi].
Pese a ser elemental e impuro, determinista y en función de las contingencias políticas, este “marxismo” fue de todas maneras capaz de conferir identidad al movimiento de los trabajadores, a afirmarse en el Partido de los Trabajadores Italianos constituido en 1892 y hasta desplegar su propia hegemonía en la cultura y en la ciencia italiana[xxvii]. Del Manifiesto del partido comunista, no hay aún ningún indicio hasta el fin de los años 80. No obstante, ejercerá, junto con su principal intérprete, Antonio Labriola, un rol importante en la ruptura con aquel “marxismo” adulterado que había, hasta entonces, caracterizado la realidad italiana.
Antes de hablar de ello, sin embargo, es necesario dar un paso atrás.
El prólogo a la primera edición del Manifiesto del partido comunista, anunciaba su publicación “en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés”[xxviii]. En realidad este propósito no fue realizado. O, como sería mejor afirmar, el Manifiesto deviene uno de los escritos más difundidos de la historia de la humanidad pero no según los planes de sus dos autores.
 
Las primeras ediciones del Manifiesto en Italia.
 
La primera tentativa de traducción de “el Manifiesto en italiano y en español” fue emprendida en París por Hermann Ewerbeck, dirigente de la Liga de los Comunistas de la capital francesa[xxix]. Sin embargo, con años de distancia, en Herr Vogt, Marx señaló erróneamente la existencia de una edición italiana[xxx], empresa que no fue jamás realizada. Del proyecto inicial, la única traducción posterior fue la inglesa en 1850, precedida por la suiza de 1848. Posteriormente, después de las derrotas de las revoluciones del bienio 1848- 49, el Manifiesto fue olvidado.
Las únicas reimpresiones, dos en los años 50 y tres en los años 60, aparecieron en lengua alemana y, para la aparición de nuevas traducciones, será necesario esperar una veintena de años. En 1869, en efecto, se dio a imprimir la edición rusa y en 1871 la serbia. En el mismo período, en New York, vieron la luz la primer versión inglesa publicada en los Estados Unidos (1871) y la primera traducción francesa (1872). Siempre en 1872 aparece en Madrid la primera traducción española, seguida, al año siguiente, de la portuguesa procedente de esta última.
Al tiempo, en Italia, el Manifiesto es todavía desconocido. Su primer breve exposición, compuesta por resúmenes y extractos del texto, aparece sólo en 1875, en la obra de Vito Cusumano, Le scuole economiche della Germania in rapporto alla questione sociale.
En ella se podía leer que: “desde el punto de vista del proletariado este programa es tan importante como la Déclaration des droits des hommes para la burguesía: es uno de los hechos más importantes del siglo XIX, uno de aquellos hechos que caracterizan, que dan nombre y dirección a un siglo”[xxxi]. Después, las referencias al Manifiesto fueron poco frecuentes.
Sin embargo, el escrito está citado, en 1883, en los artículos que dieron noticia de la desaparición de Marx. La hoja socialista La Plebe lo señalaba como uno “de los documentos fundamentales del socialismo contemporáneo […] símbolo de la mayoría del proletariado socialista de occidente y de América del Norte”[xxxii]. El periódico burgués la Gazzetta Piamontese, en cambio, presentaba a Marx, como el autor del “famoso Manifiesto de los comunistas, que deviene el lábaro del socialismo militante, el catecismo de los desheredados, el evangelio sobre el cual votan, juran, combaten los obreros alemanes y la mayor parte de los obreros ingleses”[xxxiii]. Al pesar de estas apreciaciones, su edición debería sin embargo esperar todavía. En 1885, después de haber recidido una copia del Manifiesto por Engels, Martignetti realizó su traducción.
Sin embargo, por falta de dinero, la edición jamás fue publicada. La primera traducción italiana aparece, con más de 40 años de retardo, solamente en 1889, año en el cual habían sido ya publicadas varias ediciones en alemán, 12 en ruso, 11 en francés, 8 en inglés, 4 en español, 3 en danés (la primera en 1884), 2 en suizo, y una (respectivamente) en lengua portuguesa, checa (1882), polaca (1883), noruega (1886) e yidisch (1889). El texto italiano fue dado a la imprenta con el título de Manifiesto de los socialistas redactado por Marx y Engels, en 10 entregas entre agosto y noviembre, en el diario democrático de Cremona L´Eco del popolo.
Esta versión, sin embargo, se distingue por la pésima calidad, omitiendo los prefacios de Marx y Engels, la tercera sección (“Literatura socialista y comunista”) y diversas partes que fueron omitidas o resumidas. Por otro lado, la traducción de Leonida Bissolati, desde la edición alemana de 1883 y confrontada con la francesa en 1885 revisada por Laura Lafargue, simplificaba las expresiones más complicadas. Por lo tanto, más que de una traducción, se trató de una popularización del escrito, con un cierto número de pasajes textualmente traducidos[xxxiv].
La segunda edición italiana, que fue la primera en aparecer encuadernada, llega en 1891. La traducción, procedente de la versión francesa de 1885 del diario parisino Le socialiste, y el prefacio, fueron obra del anarquista Pietro Gori. El texto se destaca por la ausencia del prólogo y por los diversos errores que presenta.
El editor Flaminio Fantuzzi, cercano también a las posiciones anarquistas advirtió a Engels sólo después de hecho, y éste, en una carta a Matignetti, expresó su particular fastidio por los “prefacios del desconocido tipo Gori”[xxxv].
La tercera traducción italiana apareció en 1892, como folletín  en el periódico Lotta di classe de Milán. Esta versión, que se presentaba como la “primera y única traducción italiana del Manifiesto, que no es una traición”[xxxvi], fue dirigida por Pompeo Bettini sobre la edición alemana de 1883. Aunque ella también presentaba errores y simplificaciones de algunos pasajes, se afirmó decididamente sobre las otras, tuvo numerosas reediciones hasta 1926 y puso en marcha el proceso de formación de la terminología marxista en Italia[xxxvii].
Al año siguiente, con algunas correcciones y mejoras de estilo y con la indicación de que “la versión completa [había sido] hecha sobre la quinta edición alemana (Berlín 1891)”[xxxviii], esta traducción aparece encuadernada y en 1000 copias. En 1896 se reimprime en 2000 ejemplares. El texto contenía los prefacios de 1872, 1883 y 1890, traducidos por Felippo Turatti, director de Critica Sociale, por entonces la principal revista del socialismo italiano, y el adecuado proemio Al lettore italiano que habían logrado obtener de Engels para la ocasión, a fin de poder distinguir la nueva edición de la que la habían precedido. Este prefacio a la edición italiana fue el último escrito para el Manifiesto por uno de sus autores.
En los años siguientes fueron publicadas otras dos ediciones que, aunque privadas de las indicaciones del traductor, reemprendían decididamente la versión de Bettini. La primera, a la que faltaban sin embargo, el prefacio y la tercera sección, fue realizada para dar al Manifiesto una edición popular y barata. Fue promovida, en ocasión del 1º de mayo de 1897, por la revista Era Nuova y aparece en Diano Marina (Liguria) en 8000 copias. La segunda, sin prefacios, en Florencia, en 1901 por el editor Nerbini.
 
El Manifiesto entre fines del 800 y el fascismo.
 
En los años 90, el proceso de difusión de los escritos de Marx y Engels obtiene un gran progreso.
La consolidación de las estructuras editoriales de lo que había devenido el Partido Socialista Italiano, la obra desarrollada por los numerosos periódicos y editores pequeños y la colaboración de Engels a la Critica Sociale, fueron todas circunstancias que contribuyeron a un mayor conocimiento de la obra de Marx. Ello no bastaba, sin embargo, para contener el proceso de alteraciones que acompañaba su divulgación. La elección de combinar las concepciones de Marx con las teorías más disparatadas fue tanto una obra de aquel fenómeno denominado “socialismo de cátedra” como del movimiento obrero, cuyas contribuciones teóricas, aunque devenidas de cierta importancia, se caracterizaban aún por un estrechísimo conocimiento de los escritos marxianos.
Marx había asumido ya una indiscutible notoriedad, pero era todavía considerado como un primus inter pares en la multitud de los socialistas existentes[xxxix].
Sobre todo, fue puesto en circulación por pésimos intérpretes de su pensamiento. Entre todos, valga de ejemplo quien fue considerado “el más socialista, el más marxista [...] de los economistas italianos”[xl]: Achille Loria; corrector y perfeccionador de aquel Marx que ninguno conocía lo bastante como para decir en qué había sido corregido o perfeccionado. Dado que es conocida la descripción pintada por Engels en el Prefacio al Libro Tercero de El capital- “imprudencia ilimitada, agilidad de anguila para escaparse en situaciones insostenibles, heroico desdén por las patadas recibidas, rapidez para apropiarse de productos ajenos...”[xli]- para mejor describir la falsificación sufrida por Marx puede ser útil recordar una anécdota escrita en 1896 por Benedetto Croce. En 1867, en Nápoles, en ocasión de la constitución de la primera sección italiana de la “Internacional”, un desconocido personaje extranjero “muy alto y muy rubio, con el modo de los viejos conspiradores y de hablar misterioso”, intervino para convalidar el nacimiento del círculo. Todavía muchos años después, un abogado napolitano presente en el encuentro, estaba convencido que “aquel hombre alto y rubio había sido Carlos Marx” [xlii]y nos dio un gran trabajo lograr convencerlo de lo contrario. Dado que en Italia muchos conceptos marxianos fueron introducidos por el “ilustre Loria”[xliii], se puede concluir que lo que ha sido inicialmente divulgado haya sido un Marx desnaturalizado, un Marx, también “alto y rubio”[xliv].
Tal realidad cambió solo gracias a la obra de Labriola, que por primera vez introdujo en Italia el pensamiento marxiano de manera auténtica. Más que ser interpretado, actualizado o “completado” con otros autores, se puede afirmar que, gracias a él, Marx es descubierto por primera vez[xlv]. Esta empresa llega a través de los Saggi sulla concezione materialistica della storia, publicados por Labriola entre 1895 y 1897. El primero de estos, In memoria del Manifesto dei comunisti, consistía precisamente en un estudio sobre la génesis del Manifiesto que, a consecuencia de la aprobación aportada por Engels poco antes de su muerte[xlvi], lo convierte en el más importante comentario e interpretación oficial desde el lado “marxista”.
Muchas de las limitaciones de la realidad italiana pudieron entonces ser afrontados. Según Labriola, la revolución “no puede resultar de la sublevación de una turba guiada por algunos, sino que debe ser y será el resultado de los mismos proletarios”[xlvii]. “El comunismo crítico - que para el filósofo napolitano era el nombre más adecuado para describir las teorías de Marx y Engels- no fabrica las revoluciones, no prepara las insurrecciones, no arma las sublevaciones [...] no es en suma, un seminario en el que se forme el estado mayor de los capitanes de la revolución proletaria; sino que es sólo la conciencia de tal revolución”[xlviii]. El Manifiesto, entonces, no es “el vademécum de la revolución proletaria”[xlix], sino el instrumento para desenmascarar la ingenuidad que se piensa posible “sin revolución, o sea sin cambios fundamentales de la estructura elemental y general de la sociedad”[l].
Con Labriola el movimiento obrero italiano tiene, finalmente, un teórico capaz de conferir, al mismo tiempo, dignidad científica al socialismo, de compenetrar y revigorizar la cultura nacional, de medirse con los máximos niveles de la filosofía y del marxismo europeo. Sin embargo, el rigor de su marxismo, problemático por las inmediatas circunstancias políticas y crítico de los compromisos teóricos, lo hizo también impracticable[li].
A caballo entre dos siglos, en efecto, la publicación de La filosofia de Marx de Giovanni Gentile (libro señalado luego por Lenin como “digno de atención”[lii]), de los escritos de Croce que proclamaban la “muerte del socialismo”[liii] y -del lado militante- de los trabajos de Francesco Saverio Merlino[liv] y de Antonio Graziadei[lv], hicieron soplar también en Italia el viento de “la crisis del marxismo”. En el Partido Socialista italiano, sin embargo, no había -como en Alemania- un “marxismo” ortodoxo y, en realidad, el enfrentamiento se produjo entre dos “revisionismos”, uno reformista y el otro sindical-revolucionario[lvi].
En este mismo período, a partir de 1899 y hasta 1902, hubo un proliferar de traducciones de Marx y Engels que proveyeron al lector italiano buena parte de las obras en ese tiempo disponibles. Fue en ese contexto que, en 1902, como apéndice a la tercera edición del escrito de Labriola In memoria del Manifesto dei comunisti, aparece una nueva traducción del Manifiesto, la última realizada en Italia hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta, cuya paternidad fue asignada por algunos a Labriola y por otros a su mujer Rosalía Carolina De Sprenger, contenía algunas inexactitudes y omisiones retomadas en otras pocas reediciones del escrito.
La versión más utilizada hasta el fin de la segunda posguerra fue, entonces, la de Bettini, reproducida en numerosas reimpresiones. A una primera de 1910, le siguieron varias al cuidado de la “Società Editrice Avanti”, devenida el principal vehículo de propaganda del Partido Socialista. En particular, dos en 1914, la segunda de las cuales incluía I fondamenti del comunismo de Engels. Todavía entre 1914 y 1916 (reimpresa en el bienio 1921-22) aparece introducida en el primer tomo de la edición de las Opere de Marx y Engels que, confirmando la confusión general dominante, en Italia -como en Alemania- fueron recogidas junto con las de Lasalle. Después en 1917, por dos veces en 1918 con un apéndice con los 14 puntos de la Conferencia de Kienthal y el Manifiesto de la Conferencia de Zimmerwald, en 1920 (con dos reimpresiones en 1922) en una traducción realizada por Gustavo Sacerdote y, finalmente, en 1925. A estas ediciones Avanti, se agregan otras siete reimpresiones de casas editoriales menores, entre 1920 y 1926.
Durante la primera década del siglo, el “marxismo” fue desplazado de la práctica política cotidiana del Partido Socialista italiano. En un famoso debate parlamentario de 1911, en efecto, el presidente del Consejo Giovanni Giolitti podría afirmar: “el Partido Socialista ha moderado bastante su programa. Carlos Marx ha sido enviando al desván”[lvii]. Los comentarios sobre textos de Marx, que sólo un poco tiempo antes habían inundado el mercado librero, se retrajeron. Si se excluye el “retorno a Marx” de los estudios filosóficos de Rodolfo Mondolfo[lviii] y pocas otras excepciones, lo mismo se verificó durante los años 1910. En cuanto a las iniciativas provenientes desde otras realidades, el campo burgués hacía tiempo que había celebrado la “disolución del marxismo”, mientras en la Iglesia católica las condenas prejuiciosas prevalecieron largamente sobre las tentativas de análisis.
En 1922 irrumpe la barbarie fascista. Desde 1923, todos los ejemplares del Manifiesto fueron retirados de las bibliotecas públicas y universitarias. En 1924 todas las publicaciones de Marx y las ligadas al movimiento obrero fueron arrojadas al fuego[lix]. Las leyes “fascistísimas” de 1926, finalmente, decretaron la disolución de los partidos de oposición y dieron inicio al período más trágico de la historia italiana moderna.
Si se excluyen algunas ediciones ilegales dactilografiadas o mimeografiadas, los pocos escritos de Marx publicados en lengua italiana entre 1926 y 1946 aparecieron en el exterior (entre éstas se señalan dos versiones del Manifiesto impresas en Francia, en 1931 y en 1939, y otra publicada en Moscú en 1944, con una nueva traducción de Palmiro Togliatti). Únicas excepciones a esta conjura del silencio fueron tres diversas ediciones del Manifiesto del Partido Comunista. Dos de éstas aparecieron “para uso de los estudiosos” y con derecho de consulta sólo a través de una solicitud previa, en 1934. La primera en el volumen compilado Politica ed economia, que recoge, junto al de Marx, textos de Labriola, Loria, Pareto, Weber y Rimmel; la traducción era la de Bettini revisada por Robert Michels[lx]. La segunda en Florencia en la versión de Labriola, en otro volumen colectivo, Le carte dei diritti, primero de la colección “Classici del liberalismo e del socialismo”. Por último, en 1938, esta vez al cuidado de Croce, como apéndice a una compilación de los ensayos de Labriola, con el título de La concezione materialistica della storia, en la traducción por él mismo realizada. El volumen comprendía también un ensayo de Croce, devenido después famoso, con el título mucho más explícito: Come nacque e come morì il marxismo teorico in Italia (1895-1900). El filósofo idealista, sin embargo, se equivocaba.
El “marxismo” italiano no estaba muerto, sino solamente prisionero en los Quaderni del carcere de Antonio Gramsci[lxi] que pronto habrían de desplegar todo su valor teórico y político.
Con la liberación del fascismo, el Manifiesto recomenzó a aparecer en diversas ediciones. Federaciones provinciales del Partido Comunista Italiano, iniciativas individuales y de pequeñas casas editoras en la Italia meridional ya liberada, dieron al texto de Marx y Engels una nueva savia. Tres ediciones aparecieron en 1943 y ocho en 1944. Y así luego en los años sucesivos: desde nuevas ediciones publicadas al final de la guerra, en 1945, al exploit de 1948, en ocasión del centenario.
 
Vitalidad del Manifiesto
 
Recorriendo la historia de la edición italiana del Manifiesto del partido comunista resalta, con evidencia, el enorme retardo con el cual fue publicado. Contrariamente a muchos países donde el Manifiesto fue el primer escrito de Marx y Engels en ser traducido, en Italia aparece sólo después de otras obras[lxii]. También su influencia política fue modesta y no incide nunca directamente sobre los principales documentos del movimiento obrero. Mucho menos fue determinante en la formación de la conciencia política de los dirigentes socialistas. Sin embargo, fue de mucha relevancia para los estudiosos (se ha visto el caso de Labriola) y, a través de sus ediciones, desarrolló un rol importante entre los militantes, hasta devenir la referencia teórica privilegiada.
A otros 150 años de su publicación, puesto en examen por un número ya incalculable de exégetas, opositores y seguidores de Marx, el Manifiesto ha atravesado las más variadas estaciones y ha sido leído de los modos más diversos. Piedra miliar del “socialismo científico” o plagio del Manifeste de la démocratie de Víctor Considerant; texto incendiario culpable de haber fomentado el odio entre las clases en el mundo o símbolo de liberación del movimiento obrero internacional; clásico del pasado u obra anticipadora de la realidad actual de la “globalización capitalista”. Cualquiera que sea la interpretación que se proponga, una cosa es cierta: poquísimos otros escritos en la historia pueden jactarse de análoga vitalidad y difusión. Aún hoy, en efecto, el Manifiesto continúa siendo impreso y dando que hablar tanto en América latina como en China, en los Estados Unidos como en toda Europa.
Si la perpetua juventud de un escrito está en su capacidad de saber envejecer, o de ser siempre capaz de estimular nuevos pensamientos, se puede entonces afirmar que el Manifiesto posee sin duda está virtud.
 


Traducción revisada por Francisco T. Sobrino.
 
[i] Cfr. Gian Mario Bravo, Marx e il marxismo nella prima sinistra italiana, in Marcello Musto (a cura di), Sulle tracce di un fantasma. L’opera di Karl Marx tra filologia e filosofia, Roma, Manifestolibri, 2006 (2005), pág. 97.
[ii] Jacques Derrida, Spettri di Marx, Milano, Raffaello Cortina Editore, 1994, pág. 22.
[iii] Cfr. John Cassidy, The return of Karl Marx, in The NewYorker, ottobre 20/27 1997, págs. 248-259.
[iv] Cfr. Le Nouvel Observateur, octubre/noviembre 2003.
[v] Cfr. Der Spiegel, 22 de agosto de 2005.
[vi] Cfr. Giuseppe Del Bo (a cura di), La corrispondenza di Marx e Engels con italiani (1848-1895), Milano, Feltrinelli, 1964, págs. IX-XXI.
[vii] “Carlo Marx capo supremo dell’Internazionale”, in Il proletario Italiano (Torino), 27 de julio 1871.
[viii] Cfr. Roberto Michels, Storia del marxismo in Italia, Roma, Luigi Mongini Editore, 1909, pág. 15, que subraya como “originariamente fue el Marx político que impulsa poco apoco a los italianos a ocuparse también del Marx científico”.
[ix] Carlo Marx capo supremo dell’Internazionale, cit.
[x] Cfr. Renato Zangheri, Storia del socialismo italiano, tomo I, Torino, Einaudi, 1993, pág. 338.
[xi] Como ejemplo del caso puede verse el manual de Oddino Morgari, L’arte della propaganda socialista, Libr. Editr. Luigi Contigli, Firenze 1908 (2ª ed.), pág. 15. Proponía a los propagandistas del partido utilizar este modo de aprendizaje: leer en primer lugar un resumen cualquiera de Darwin o de Spencer que dará al estudioso la dirección general del pensamiento moderno; después vendrá Marx a completar la “formidable tríada” que comprenderá dignamente el “evangelio de los socialistas contemporáneos”. A propósito cfr. Roberto Michels, Storia del marxismo in Italia, op. cit., pág. 102.
[xii] Ibid., pág. 101.
[xiii] Véase el escrito muy difundido de Enrico Ferri, Socialismo e scienza positiva. Darwin, Spencer, Marx, Roma, Casa Editrice Italiana, 1894. En su prefacio el autor italiano afirmaba: “entiendo probar como el socialismo Marxista [...] no es sino lo completamente práctico y fecundo, en la vida social, de la revolución científica [...] decidida y disciplinada de las obras de Carlo Darwin e Herbert Spencer”.
[xiv] Cfr. Gnocchi Viani, Il socialismo moderno, Milano, Casa di pubblicità Luigi Pugni, 1886. A propósito véase la crítica a Gnocchi Viani de Roberto Michels, Storia critica del movimento socialista italiano. Dagli inizi fino al 1911, Firenze, Società An. Editrice “La voce”, 1926, pág. 136.
[xv] A modo de ejemplo véase la carta de la “Associazione democratica di Macerata” a Marx del 22 de diciembre de 1871. Esta organización propone a Marx como “triunviro onorario insieme ai cittadini Giuseppe Garibaldi e Giuseppe Mazzini”, in Giuseppe Del Bo (a cura di), op. cit., pág. 166. Al reportar la noticia a Wilhelm Liebknecht, el 2 de enero de 1872, Engels escribe: “Una sociedad de Macerata en la Romagna ha nominado come sus 3 presidentes honorarios a: Garibaldi, Marx y Mazzini. Esta confusión refleja fielmente el estado de la opinión pública entre los obreros italianos. Sólo falta Bakunin para completar el cuadro”, MEW 33, Berlin, Dietz Verlag, 1966, pág. 368.
[xvi] Cfr. Roberto Michels, Storia del marxismo in Italia, op. cit., pág. 101, que revela como “a los ojos de muchos Schäffle pasó por el más auténtico de todos los marxistas”.
[xvii] Cfr. Paolo Favilli, Storia del marxismo italiano. Dalle originialla grande guerra, Milano, FrancoAngeli, 2000 (1996), pág. 50.
[xviii] Cfr. Paolo Favilli, Storia del marxismo italiano. Dalle origini alla grande guerra, cit., pág. 45.
[xix] Ibid, pág. 42.
[xx] Ibid, págs. 59-61.
[xxi] Cfr. Tullio Martello a Karl Marx, 5 de enero de 1883, in Giuseppe del Bo (a cura di), op. cit., pág. 294.
[xxii] Cfr. Filippo Turati a Friedrich Engels, 1° de junio de 1893, in Ibíd., págs. 479 - 480.
[xxiii] Cfr. Roberto Michels, op. cit., pág. 135, que afirma como, en Italia, el marxismo no brota, “en la casi totalidad de sus adeptos, de un profundo conocimiento de las obras científicas del maestro, sino de contactos hechos un poco por cada lado con escritos políticos menores o cualquier resumen de economía hecho por otro y a menudo, lo que es peor, a través de sus epígonos de la social-democracia alemana”.
[xxiv] Cfr. Antonio Labriola, Discorrendo di socialismo e filosofia, in Scritti filosofici e politici, a cura di Franco Sbarberi, Torino, Einaudi, 1973, pág. 731, que afirmaba como “muchos de los que en Italia se hacen socialistas, y no como simples agitadores, discursistas o candidatos, sienten que es imposible persuadir científicamente, si no es relacionándola de cualquier modo o a través de la remanente concepción genética de las cosas; que está más o menos en el fondo de todas las ciencias. De aquí la manía que hay en muchos de pescar dentro del socialismo todo aquel resto científico de la que más o menos disponen”.
[xxv] Cfr. Gian Mario Bravo, op. cit., pág. 103.
[xxvi] Cfr. Roberto Michels, op. cit., pág. 99.
[xxvii] Cfr. Benedetto Croce, Storia d’Italia dal 1871 al 1915, Bari, Laterza, 1967, págs. 146 y 148.
[xxviii] Friedrich Engels, Karl Marx, Manifest der kommunistischen Partei, MEW 4, Dietz Verlag, Berlin 1959, pág. 461.
[xxix] Cfr. Friedrich Engels a Karl Marx, 25 de abril de 1848, MEGA2 III/2, pág. 153.
[xxx] Cfr. Karl Marx, Herr Vogt, MEGA? I/18, pág. 107.
[xxxi] Vito Cusumano, Le scuole economiche della Germania in rapporto alla questione sociale, Prato, Giuseppe Marghieri Editore, 1875, pág. 278.
[xxxii] En La Plebe (Milano), abril 1883, N° 4.
[xxxiii] Dall’Enza: Carlo Marx e il socialismo scientifico e razionale, in Gazzetta Piemontese (Torino), 22 marzo de 1883.
[xxxiv] Cfr. Bert Andréas, Le Manifeste Communiste de Marx et Engels, Milano, Feltrinelli, 1963, pág. 145.
[xxxv] Friedrich Engels a Pasquale Martignetti, 2 aprile 1891, in MEW 38, Berlin, Dietz Verlag, 1964, pág. 72.
[xxxvi] En Lotta di classe (Milano), 1892, N° 8.
[xxxvii] Cfr. Michele A. Cortellazzo, La diffusione del Manifesto inItalia alla fine dell’Ottocento e la traduzione di Labriola, in Cultura Neolatina, 1981, N° 1-2, pág. 98, que afirma: “1892 separa aguas y divide el conjunto de las traducciones ochocentistas del Manifiesto en dos campos bien distintos: al otro lado del cual quedan las traducciones aproximativas, lagunosas y largamente deudoras de las versiones extranjeras, más importantes por su valor de primeros documentos de la difusión del texto en Italia que por la calidad de la traducción; de este lado las traducciones completas y escrupulosas que, también por su tirada , influyeron decididamente en la difusión del marxismo en Italia”.
[xxxviii] Carlo Marx, Friedrich Engels, Il Manifesto del Partito Comunista, Milano, Uffici della Critica Sociale, 1893, pág. 2.
[xxxix] Cfr. Gaetano Arfé, Storia del socialismo italiano (1892-1926), Milano, Mondadori, 1977, pág. 70.
[xl] Filippo Turati ad Achille Loria, 26 de diciembre de 1890, in Appendice a Paolo Favilli, Il socialismo italiano e la teoria economica di Marx (1892-1902), Napoli, Bibliopolis, 1980, págs. 181-182.
[xli] Friedrich Engels, Vorwort a Karl Marx, Das Kapital. Dritter Band, MEGA II/15, págs. 21.
[xlii] Benedetto Croce, Materialismo storico ed economia marxistica, Napoli, Bibliopolis, 2001, pág. 65.
[xliii] Friedrich Engels, op. cit., pág. 21.
[xliv] Benedetto Croce, Materialismo storico ed economia marxistica, cit., pág. 65.
[xlv] Cfr. Antonio Labriola a Benedetto Croce, 25 de mayo de 1895, in Benedetto Croce, Materialismo storico ed economia marxistica, cit., pág. 269. Al respecto véase también Mario Tronti, Tra materialismo dialettico e filosofia della prassi. Gramsci e Labriola, in Alberto Caracciolo, Gianni Scalia (a cura di), La città futura. Saggi sulla figura e il pensiero di Antonio Gramsci, Milano, Feltrinelli, 1959, pág. 148.
[xlvi] “Todo muy bien, sólo algún pequeño error de hecho y al inicio un estilo un poco demasiado erudito. Es muy curioso ver el resto”, in Friedrich Engels a Antonio Labriola, 8 de julio de 1895, MEW 39, Berlin, Dietz Verlag, 1968, pág. 498.
[xlvii] Cfr. Antonio Labriola, In memoria del Manifesto dei comunisti, in id., Scritti filosofici e politici, cit., pág. 507.
[xlviii] Ivi, pág. 503.
[xlix] Ivi, pág. 493.
[l] Ivi, págs. 524-525.
[li] Cfr. Eugenio Garin, Antonio Labriola e i saggi sul materialismo storico, in Antonio Labriola, La concezione materialistica della storia, Bari, Laterza, 1965, pág. XLVI.
[lii] Vladimir Illich Lenin, Karl Marx, in Opere, volume XXI, Roma, Editori Riuniti, 1966, pág. 76.
[liii] Al respecto véase el ensayo de Benedetto Croce, Come nacque e come morì il marxismo teorico in Italia (1895-1900), in Benedetto Croce, Materialismo storico ed economia marxistica, cit., págs. 265-305.
[liv] Cfr. Francesco Saverio Merlino, L’utopia collettivista e la crisi del socialismo scientifico, Milano, Treves, 1897; Francesco Saverio Merlino, Pro e contro il socialismo. Esposizione critica dei principi e dei sistemi socialisti, Milano, Treves, 1897.
[lv] Cfr. Antonio Graziadei, La produzione capitalistica, Torino, Bocca, 1899.
[lvi] Cfr. Roberto Michels, Storia del marxismo in Italia, cit., pág. 120.
[lvii] La frase fue pronunciada por Giolitti en el parlamento el 8 de abril de 1911. Véanse los Atti parlamentari, Camera dei Deputati, Sessione 1909-1913, vol. XI, p. 13717. Al respecto véase Enzo Santarelli, La revisione del marxismo in Italia. Studi di critica storica, Milano, Feltrinelli, 1964, pág. 131-132.
[lviii] Cfr. Rodolfo Mondolfo, Umanismo di Marx. Studi filosofici 1908-1966, Torino, Einaudi, 1968.
[lix] Cfr. Antonio Gramsci, La costruzione del partito comunista (1923-1926), Torino, Einaudi, 1978, págs. 475-476.
[lx] Las modificaciones a la versión de Bettini contenidas en esta nueva edición fueron una verdadera y propia tentativa de deformación y supresión de algunas partes del texto, para hacerlo menos peligroso y más conforme a la ideología fascista. Al respecto cfr. Franco Cagnetta, Le traduzioni italiane del «Manifesto del partito comunista», in Quaderni di Rinascita, 1949, n. 1: Il 1848, pp. 28-29.
[lxi] Cfr. Enzo Santarelli, La revisione del marxismo in Italia, cit., pág. 23.
[lxii] La cronología de las ediciones de los escritos mayores de Marx y Engels hasta la publicación del Manifesto del partito comunista es la siguiente: 1871. Karl Marx, La guerra civile in Francia; 1873. Friedrich Engels, Dell’autorità; 1873. Karl Marx, Dell’indifferenza in materia politica; 1879. Carlo Cafiero, Il capitale di Carlo Marx brevemente compendiato da Carlo Cafiero; 1882-84. Karl Marx, Il capitale; 1883. Friedrich Engels, L’evoluzione delsocialismo dall’utopia alla scienza; 1885. Friedrich Engels, L’originedella famiglia, della proprietà privata e dello Stato; 1889. Karl Marx-Friedrich Engels, Manifesto del partito comunista (traduzione Bissolati); 1891. Karl Marx-Friedrich Engels, Manifesto del partito comunista (traduzione Gori); 1892. Karl Marx-Friedrich Engels, Manifesto del partito comunista (traduzione Bettini).