América latina en la ancianidad del tío Sam

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Capote, Salvador

En América Latina la población pasó de 166 millones de habitantes en 1950 a 513 en el año 2000 y se espera que crezca a más de 800 para el 2050. En 1950 tenía aproximadamente la misma cantidad de habitantes que Estados Unidos pero, a partir de esa fecha, debido a su mayor tasa de crecimiento, se ha ido distanciando y se estima que hacia el año 2050 su población será casi el doble que la de Estados Unidos.
Por otra parte, el crecimiento de la población no es homogéneo a través de toda la América Latina, con valores considerablemente menores en el cono sur del continente (Uruguay, Chile, Argentina) y en Cuba y Puerto Rico en el Caribe. Entre los países más cercanos geográficamente a Estados Unidos -si las tendencias demográficas se mantienen- hacia el final del presente siglo México verá duplicada su población, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Colombia y República Dominicana la triplicarán, mientras que Guatemala y Haití la cuadruplicarán.

Estados Unidos continuará creciendo (TGR 0.88 %) pero su crecimiento tendrá por causa principal la inmigración y el aumento de la esperanza de vida, pues su tasa de fertilidad es 2.1 niños / mujer, exactamente la cifra que se considera como tasa de reemplazo, es decir, la necesaria para que la población se mantenga constante.
Una actualización del censo de Estados Unidos, dada a conocer el pasado mes de abril, señala que para el año 2042, nueve años antes de lo que se pronosticaba, los blancos norteamericanos no-hispanos constituirán menos de la mitad de la población. El cambio tendrá por causa principal el crecimiento acelerado de la población hispana en Estados Unidos, que para esa fecha alcanzará la cifra de 133 millones.
La mayoría blanca no-hispana, por tanto, a partir de 2042 se convertirá en una minoría, y esta tendencia continuará seguramente durante el resto del siglo, ya que la población hispana aumenta por una fuerte inmigración de personas en edad reproductiva y porque al entrar en Estados Unidos conservan, como parte de su cultura, una alta tasa de fertilidad, mientras que la población blanca no-hispana se reproduce mucho menos y está sujeta a un marcado proceso de envejecimiento.
Hemos dicho que la tasa de fertilidad de Estados Unidos es 2.1, pero esta cifra, según los últimos datos del censo, se descompone de la manera siguiente: 1.7 para los asiático-americanos; 1.8 para los blancos no-hispanos; 2.0 para los afro-americanos y 2.3 para los hispanos, de manera que el único grupo que alcanza y sobrepasa la tasa de reemplazo es el de los hispanos. La combinación de ambas variables, es decir, fuerte inmigración con altos índices de fertilidad, es lo que determina que el crecimiento de la población hispana supere todos los pronósticos.
Ha corrido mucha agua por el río Grande desde que “Black Jack” Pershing y su subordinado, el futuro general George S. Patton, cruzaban Chihuahua inútilmente tratando de capturar a Pancho Villa, y mucha más desde que Sam Houston considerase la creación de la “República de Texas” como el resultado de una lucha “entre la gloriosa estirpe anglo-sajona y la inferior gentuza mexicana”, o desde que, refiriéndose a la anexión de Texas en 1845, James Buchanan, secretario de Estado del presidente James Polk, (y luego presidente) sentenciase: “nuestra raza de hombres nunca podría estar sujeta a la imbécil e indolente raza mexicana”. Sin embargo, los prejuicios y la discriminación contra los inmigrantes hispanos, si juzgamos por las deportaciones masivas que con frecuencia destruyen la unidad familiar, las redadas continuas contra los indocumentados, y las leyes y ordenanzas puestas en vigor por algunos Estados que prohíben ofrecerles empleo o prestarles cualquier ayuda, parecen hoy tan fuertes como hace más de un siglo.
Todas las claves demográficas indican que la proporción de hispanos dentro de la población de Estados Unidos continuará creciendo indefinidamente y con un componente mexicano mayoritario. No pasará demasiado tiempo sin que un presidente de Estados Unidos tenga por apellido González, Fernández, Gutiérrez, o simplemente Pérez. A este dominio demográfico hispano algunos irreverentes le llaman con sorna “la venganza de Pancho Villa”.
Sin duda, el aspecto más importante de los cambios demográficos en Estados Unidos es el envejecimiento acelerado de su población. En la clasificación por edades, son los grupos de ancianos los que registran aumentos más notables. Tomemos como ejemplo la categoría de cien años o más. En 1956 había en Estados Unidos 2.500 personas con esa edad; en 1986, 25.000; en 2000, 58.000; y se pronostica que en 2010 habrá 79.000; 105.000 en 2015; y 601.000 en 2050. A su vez, los mayores de 64 años pasarán de 46.8 millones en 2015 a 88.5 millones en 2050, cifras que señalan un colosal envejecimiento de la población norteamericana, sobre todo en el periodo 2015 a 2050. 
Peter G. Peterson, el billonario ex-secretario de comercio, considera en su obra Gray Down que el envejecimiento de la población es, tanto en la esfera económica como política, el hecho más trascendental del siglo XXI. Aunque no comparto esta afirmación tan categórica, sí creo que es necesario prestar la mayor atención al hecho de que, al menos en los países desarrollados, no sólo aumenta constantemente el número de ancianos tanto en cifras absolutas como relativas en la pirámide de la población, sino que, a medida que los ciudadanos envejecen, las enfermedades crónicas (Altzheimer, diabetes, arteriosclerosis, osteoporosis, afecciones reumáticas y cardiovasculares, etc.) son cada vez más frecuentes y los gastos necesarios para la atención y el cuidado médico de los ancianos se multiplican. Ya es un hecho que el actual sistema de seguridad social de Estados Unidos, tal como está diseñado, no es capaz de hacer frente a los gigantescos gastos que se avecinan debido al envejecimiento de la población, aún sin considerar los fraudes millonarios al Medicare y Medicaid, ni los 45.7 millones de personas que aún carecen de seguro de salud en el país que presume de ser el más rico de la tierra.
La gravedad de la situación puede apreciarse mejor mediante un índice estadístico que cobra cada vez mayor importancia, el Potential Support Ratio (PSR), el cual se obtiene dividiendo el número de trabajadores que pagan impuestos entre el número de pensionados que no trabajan. El ex-presidente Jimmy Carter, en su libro The Virtues of Aging (Las virtudes del envejecimiento) señala que en 1935, cuando el sistema de seguridad social norteamericano fue establecido, 40 trabajadores sostenían con el pago de sus impuestos a cada retirado. En 1990 la proporción se había reducido a 3.3 trabajadores por cada receptor, y para el año 2010 –según Carter- sólo 2 trabajadores estarán pagando por el retiro y los gastos médicos de cada anciano jubilado. Podría tal vez servir de consuelo conocer que para otros países desarrollados, como Italia o Alemania, los pronósticos son algo peores.
Añade complejidad a la situación el fenómeno llamado “age wave” (ola de envejecimiento). Esta “ola” se origina en el extraordinario número de nacimientos (“baby boom”) que tuvo lugar en Estados Unidos en los dieciocho años que siguieron a la terminación de la Segunda Guerra Mundial. En ese periodo nacieron 76 millones de niños que, al ir pasando por las diferentes etapas de la vida, han obligado a producir bruscos aumentos en las capacidades del sistema de educación y en la creación de empleos, y han creado tensiones en muchos otros campos. La avanzada de los “baby boomers” llegará a la edad de retiro en el año 2010, dando comienzo a una ola de ancianidad que estremecerá hasta sus cimientos no sólo al sistema de seguridad social sino a toda la sociedad norteamericana.
La consecuencia más predecible será el aumento de la demanda de trabajadores inmigrantes, proceso en el cual Estados Unidos tiene ventaja sobre otros países desarrollados, como Japón por ejemplo, pues puede obtener prácticamente del mundo entero y principalmente de América Latina todos los trabajadores que necesite mediante incentivos económicos; de manera que no sólo continuará extrayendo los cerebros de otros países, como ha venido haciendo por décadas (sin ofrecer compensación alguna) sino que, con la ilusión del sueño americano, intentará robarles también su juventud. Para hacer frente a la disminución de la tasa de natalidad y al envejecimiento, Estados Unidos no tiene otra alternativa que la inmigración. Con toda seguridad, nunca antes se vió en mayor necesidad de importar mano de obra extranjera. Serán los inmigrantes, sobre todo los hispanos, los que tendrán que enfrentar la crisis de la ancianidad en Estados Unidos, y esperemos que no tengan que servir como carne de cañón para futuras guerras imperiales.
El vital papel que desempeñarán los inmigrantes en el enfrentamiento a la crisis de la ancianidad en Estados Unidos no pasa inadvertido. Stephen Moore, economista y analista político, miembro del consejo editorial del Wall Street Journal, en su testimonio ante el Subcomité de Inmigración del Senado el 4 de abril de 2001, afirmó: “nuestra herencia migratoria nos permite traer trabajadores inmigrantes productivos, quienes ayudarán a pagar los beneficios del retiro de todos…” ¡Señores, no hay por qué preocuparse! ¡Tendrán la vejez asegurada con la importación de fuerza laboral extranjera! Con declaraciones como ésta, no me sorprendería que el diario ultraconservador publicase, llegado el momento, un editorial con el título: “Apología del espermatozoide hispano”.
El papel de los inmigrantes se presentará, además, con múltiples aspectos. Calculen ustedes, por ejemplo, cuántos millones de personas no podrán realizar trabajos productivos porque tendrán que dedicarse –tiempo completo- a la atención y al cuidado de los ancianos que no puedan valerse por sí mismos. Los que hoy promueven la xenofobia y obstaculizan con criterios racistas poco disimulados el logro de racionales acuerdos migratorios, deberían pensar que llegará un día en que necesitarán que alguien les mueva su silla de ruedas, les administre sus medicamentos, les cure sus escaras y, tal vez, hasta les cierre sus ojos al morir, y que, seguramente, la piel de ese alguien no será muy blanca.
Se aproxima el día en que los países desarrollados verán a los inmigrantes del Tercer Mundo no como un peligro sino como la salvación, y competirán entre sí por atraer el mayor número posible. Ojalá que para entonces, en nuestros países de América Latina hayan ocurrido los cambios estructurales revolucionarios imprescindibles que garanticen para nuestros pueblos la preservación y la defensa de nuestro mayor tesoro: el ser humano.
 

 
Artículo enviado por el autor para Herramienta