1968 y la idea del socialismo

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Autor(es): Radice, Hugo

 

              En todos los países del mundo, una enorme tribu de escritorzuelos de partido y astutos profesores se afanan por «demostrar» que el socialismo no significa nada más que un capitalismo de Estado planificado, que no elimina el lucro como motivación. Por fortuna, también existe una visión del socialismo completamente diferente. Lo que lleva a los hombres hacia el socialismo, y los mueve a arriesgar su vida por él, la «mística» del socialismo, es la idea de la igualdad; para la gran mayoría, el socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido.
            George Orwell, Homenaje a Cataluña, pág. 52.
 
La atención que se presta actualmente a los hechos de 1968 basta para mostrar la importancia de ese año en la formación de nuestra comprensión sobre cómo ha navegado la humanidad los últimos cuarenta años. Dado que a la memoria siempre se la construye desde el presente, y es continuamente reconstruida a medida que pasa el tiempo, hoy necesariamente estamos recordando 1968 desde el 2008 y lo hacemos de manera que sea apropiada a nuestras particulares necesidades y propósitos. Mi propio propósito subyacente en 2008 es el desarrollo de una política socialista que pueda referirse a los múltiples problemas de guerra, pobreza, opresión, desigualdad y degradación ambiental que nos enfrentan.

 

 

Afirmaré que lo que sea que hallemos para celebrar en 1968 como un año de despertar y de rebelión, la evolución de la memoria colectiva desde entonces ha implicado también un olvido, a saber, ha olvidado la idea de socialismo, y más específicamente, de socialismo en relación con la auto-actividad de la clase obrera y socialismo como la sociedad sin clases imaginada por Orwell. Lo explicaré examinando el desarrollo de la política socialista en el siglo XX, y sostendré que necesitamos romper de una vez y para siempre con las fracasadas trayectorias del socialismo revolucionario.
 
La izquierda en 1968 y hoy
 
La evidencia prima facie de que el socialismo, como un movimiento de y para la clase obrera, ha sido separada de 1968 puede hallarse rápidamente en los medios de difusión de Gran Bretaña. Se recuerda la ofensiva del Tet como el momento en que los Estados Unidos comenzaron a comprender que enfrentaban la derrota en Vietnam, en lugar del amanecer de la victoria para el pueblo de ese país. En la memoria del discurso de Enoch Powell sobre emigración, recordamos a los trabajadores que marcharon en apoyo de Powell, pero no la simultánea oposición al capitalismo en el seno del movimiento obrero organizado y especialmente entre los por entonces influyentes representantes sindicales. Los sucesos de mayo en Francia ahora son vistos simplemente como una rebelión estudiantil en la Rive Gauche, olvidando los millones de trabajadores de todo el país que ocuparon sus fábricas, inicialmente en solidaridad con los estudiantes, pero rápidamente formulando sus propias demandas. La primavera de Praga es, análogamente, vista principalmente como un movimiento de intelectuales y artistas que presionaban por un cambio político en el Partido Comunista Checoslovaco, mientras que el papel vital de los comités de base en las fábricas, apoyando la reforma y luego defendiendo a sus líderes, es dejado de lado. Y si algunos de los hechos más citados de 1968, como los asesinatos de King y Kennedy, la convención del Partido Demócrata en Chicago, y la masacre de Tlatelolco en Ciudad de México, tuvieron menos relación directa con la política laboral y sindical, también alentaron a muchos estudiantes radicales a buscar esas relaciones con la idea de ampliar la base de oposición contra los que estaban en el poder.
Para algunos de quienes participábamos en la política estudiantil radical de la época, ésta no era sólo una cuestión de identificarse románticamente con una clase obrera idealizada y reificada. Más bien, la misma variedad de eventos y su alcance global nos incitaba a investigar mucho más ampliamente en sus orígenes históricos y, por esa razón, nos impulsaba hacia un renovado interés por las ideas políticas socialistas. Sin embargo, esta renovación tuvo lugar en el contexto muy específico de la Guerra Fría. La relación internacional entre el capitalismo y el comunismo (Occidente y Oriente) siempre contuvo elementos de adaptación como de confrontación, especialmente en el contexto de “destrucción mutuamente asegurada” por armas nucleares. Igualmente, la lucha local en Occidente contra el comunismo no se basaba exclusivamente en la oposición agresiva (tal como era concebida por la teoría del totalitarismo), sino también en los argumentos más sutiles de la teoría de la convergencia, que incluía las tesis del industrialismo, el determinismo tecnológico y el fin de las ideologías. En cuanto a la clase obrera, para 1968 estas ideas se discutían muy extensamente entre los intelectuales liberales progresistas que se habían “aburguesado” por el consumismo y la seguridad social suministrada por el estado de bienestar.
En este contexto, cuando nosotros como estudiantes protestábamos contra las injusticias en Occidente, o perpetradas en su nombre por los líderes occidentales, los medios de comunicación de masas nos etiquetaban como chicos consentidos, o comunistas. Por supuesto, la etiqueta de “chicos consentidos” tenía alguna justificación: habíamos crecido en un período de prosperidad ininterrumpida sin paralelo que abarcaba a la gran mayoría de quienes asistían a la universidad. Recordemos que sólo un 10-15 % de nuestro grupo etario en Gran Bretaña emprendió la educación superior de algún tipo, aunque la proporción de estudiantes en esa época que provenían de familias encabezadas por trabajadores manuales era mayor que la de hoy. Recordemos también que teníamos la admisión a carreras profesionales o gerenciales mucho más garantizada. Sin embargo, el Informe Robbins, que allanó el camino para las nuevas universidades de los años sesenta, había derivado su lógica de la filosofía general del estado de bienestar de la posguerra: la educación superior era un derecho, no un privilegio, que no exigía, ni podía imponer, conformidad social e ideológica.
En cuanto al comunismo, desde 1956 la “línea de Moscú” había perdido toda influencia seria sobre la izquierda en la mayoría de los países occidentales, y la gran mayoría de los participantes de la generación de 1968 consideraba al sistema soviético como el hermano gemelo malo del capitalismo. En cambio, investigamos en la historia de las ideas y la práctica socialistas, buscando una renovación de objetivos, tratando de reconstruir las memorias colectivas de las luchas pasadas y rescatarlas de las escrituras sagradas, tanto del marxismo-leninismo como de la socialdemocracia. También respondimos creativamente a la importancia creciente de terrenos de lucha menos obviamente relacionados con la producción, especialmente los de género y raza. Además, la toma de conciencia de que la independencia postcolonial de ningún modo terminó con la dominación imperialista del tercer mundo sirvió para expandir nuestros horizontes políticos, y reavivar la tradición del internacionalismo que había sido tan comprometida por la Guerra Fría (en realidad caliente en muchas partes del tercer mundo).
En la Gran Bretaña, la mayoría de los activistas estudiantiles eran atraídos hacia alguna de la tres organizaciones que se auto-consideraban promotoras de los intereses de los trabajadores: el Partido Comunista, el grupo International Socialism (precursor del actual Socialist Worker’s Party), y el Partido Laborista. El PC había recuperado hacia 1968 su vitalidad desde la debacle de 1956 y la afluencia de nuevos miembros que eran estudiantes contribuyó sustancialmente al proceso de renovación que condujo a un “eurocomunismo” que se distanció crecientemente de la URSS. El IS en esa época era un grupo relativamente abierto y democrático, que había escapado del sofocante clima conspirativo de la minúscula tradición trotskista: reclutó muchos estudiantes con tendencias más libertarias, aunque la mayoría dejó la organización durante y posteriormente a las purgas que precedieron a la creación del SWP a mediados de los setenta. En el Partido Laborista, la izquierda estaba emergiendo del anticomunismo idiotizador que es uno de los legados olvidados de la denominada era dorada de Attlee, y los estudiantes laboristas pudieron vincularse con una nueva generación de líderes sindicales más radicales, así como la izquierda parlamentaria alrededor del semanario Tribune. Además de esta variedad de oportunidades más convencionales para el compromiso político, los estudiantes radicales podían también descubrir las delicias del anarquismo, el sindicalismo, el situacionismo, el maoísmo, el trotskismo (todas sus 57 variedades, como solíamos decir) o, por supuesto, cualquier cantidad de misticismos “orientales” o de algún otro modo esotéricos, con o sin sustancias ilegales. Aun si no éramos consentidos, teníamos demasiado de dónde elegir.
Cuarenta años después, ¿qué ha quedado de todo esto? Es fácil mirar hacia atrás, hacia 1968, y al frente, a los estudiantes de 2008, y concluir que la respuesta es: en verdad, muy poco. En Londres, París, Roma, Berlín, podemos haber luchado, pero evidentemente no triunfamos. Sin embargo eso sería auto defraudarnos. Al rechazar las polaridades osificadas de la Guerra Fría, pudimos dar forma a un nuevo programa político para los setenta, centrado en (sin poner un orden particular) la igualdad, los derechos humanos, la paz internacional y el desarme, y la protección del medio ambiente. Fueron precisamente los desafíos desde abajo alrededor de estos temas los que condujeron a las elites dominantes (de Occidente, Oriente y también del Sur) hacia la restauración liberal que fue ganando fuerzas de 1979 a 1991, y más allá.
La pregunta importante es por qué triunfó el neoliberalismo. Una respuesta es que ofreció a quienes abandonaron sus pasadas ideas socialistas y adhirieron a la nueva derecha, casi siempre alguna variante del viejo argumento de la “naturaleza humana”. Las clases trabajadoras rechazaron nuestro idealismo porque son naturalmente holgazanas, racistas, sexistas y, sobre todo, sólo están interesadas en el progreso materia. Una segunda respuesta es el habernos aferrado devotamente al mismo programa político, sin tener en cuenta el paso de los años, con la continuada esperanza de que eventualmente las masas verían la luz: de aquí, la continua supervivencia de los harapientos remanentes del comunismo, el trotskismo y la izquierda laborista. Una tercera es haber adoptado la política de los “movimientos sociales” y las ideas similares del post-modernismo: éste está basado en rechazar la vieja política del “conflicto de clases”, ya que sería reduccionista. Se argumenta que los trabajadores son un montón de otras cosas también –ciudadanos, padres, consumidores- y que cubiéndonos alternativamente con estos sobreros podremos definir una agenda progresista.
Sin embargo, muchos de la generación de 1968 no son ni apóstatas, ni reaccionarios, ni revisionistas postmodernos: podemos ser a menudo cínicos y sentirnos cansados de la vida, pero todavía estamos guiados por nuestros viejos ideales socialistas cuando nos enfrentamos a la refinada crueldad de los gobernantes, y todavía consideramos al capitalismo como una forma de sociedad dividida e injusta. Sin embargo, somos suficientemente realistas para saber que no tiene sentido repetir mantras supuestamente revolucionarios que han caído en oídos sordos durante cuarenta años. Algunos de nosotros todavía tendemos a buscar en otra parte inspiración y esperanza: NewLeft Reviewcontinúa como siempre trayéndonos las últimas ideas intelectuales radicales desde todo el mundo, y todos ovacionamos cuando algún gobierno remotamente progresista es nombrado en Brasil, España o Nepal. Algunos de nosotros hasta recibimos algún consuelo de la idea de que el error clave fue la elección del momento adecuado: con una reverencia a los muy despreciados mencheviques rusos, podemos pensar que 1917 fue irremediablemente prematuro, y que el capitalismo todavía no ha completado su misión mundial histórica. Pero aún así, queremos hacer algo más que esperar impacientemente hasta que la situación haya “madurado”.
 
Los fracasos del socialismo del siglo XX 
 
Para quienes todavía procuran reemplazar al capitalismo con un socialismo auténtico y popular, seguramente el punto de partida debe ser tener en cuenta el fracaso abyecto de todos los movimientos socialistas en el siglo XX. Claro que hace cien años existían en oferta muchas visiones diferentes del socialismo, así como muchos caminos a ser seguidos hacia ellas. Pero existía una comprensión común mínima acerca de que la brecha entre dominantes y dominados en la sociedad capitalista se basa en la relación con los medios de producción. Los capitalistas son los dueños de los medios de producción y derivan su sustento de la explotación del trabajo asalariado; el mismo es suministrado por la gran mayoría de la sociedad, mediante la venta de su fuerza de trabajo. El socialismo fue concebido como una forma de sociedad en la que ya no existía esta división: en su lugar, la libre asociación de productores determinaría la puesta en funcionamiento de los recursos naturales y humanos disponibles, para satisfacer las necesidades de todos.
En Europa, el período que va desde la derrota de la Comuna de París hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial fue testigo del surgimiento de los partidos políticos organizados con objetivos abiertamente socialistas, basados la mayoría en dos nuevos rasgos socio-económicos distintivos del capitalismo: sindicatos masivos y estados de bienestar incipientes. Estos suministraron respectivamente los músculos y el cerebro para los nuevos partidos.
Los sindicatos reunieron varios millones de trabajadores, especialmente en las industrias manufactureras, alrededor de sus posiciones compartidas en el mercado laboral y en el lugar de trabajo. Los trabajadores pagaron el precio exigido por los ritmos cíclicos del capital, impulsados al empleo en los momento de auge y descartados en las depresiones. Los cambios estructurales en el largo plazo destruyeron comunidades enteras y construyeron nuevas a medida que las industrias se levantaban y caían. En el lugar de trabajo, la gestión científica (scientific management) observaba y medía, intensificando el ritmo de trabajo y buscando constantemente reducir o subvertir las destrezas sobre las que se basaban los trabajadores al negociar un salario digno. Pero sobre la base altamente práctica de luchar para resistir estas tendencias se construyeron perspectivas más amplias: luchando contra el desempleo o condiciones laborales espantosas, los sindicatos agitaron en las calles y en la prensa, y procuraron la legislación que pudiera promover sus intereses colectivos.
Los comienzos del estado de bienestar pueden ser considerados en gran parte como una respuesta pensada por las clases dirigentes, concebida para satisfacer las demandas desde abajo sin comprometer las estructuras del poder económico y político. Pero también dio como resultado un crecimiento sustancial en las filas de la intelligentsia urbana. Esto fue alimentado por la expansión en los aparatos estatales para satisfacer las necesidades de educación, vivienda, salud pública, administración colonial y guerra, que significaba que las actividades y las perspectivas de los estratos profesionales fueron crecientemente moldeadas por los intereses públicos más que los privados.
 
La política socialista extrajo no sólo activistas y líderes de los sindicatos, sino también intelectuales “públicos” de las profesiones: abogados, médicos, ingenieros y maestros. Fueron los últimos quienes suministraron cuadros dirigentes, cuando esta política tomó la forma creciente de partidos políticos basados en membresías. Los partidos, en contraste con las alianzas informales de representantes electos, fueron un fenómeno político reciente; en forma muy similar al estado de bienestar, pudieron ser considerados como un medio de canalizar, y así controlar, aquellos impulsos que vinieran desde “abajo” y resultaran ser potencialmente peligrosos. Los sindicatos y las profesiones se enorgullecieron de tener estructuras internas complejas que se encargaban de educar a sus miembros, establecier normas de conductas y dar forma a sus programas. Ese enfoque pudo rápidamente ser transferido a partidos explícitamente políticos, con sus ejecutivos, comités, organismos representativos locales, conferencias, candidatos electorales y publicaciones. Mientras los trabajadores, a través de erupciones periódicas, formulaban demandas de justicia, el propósito del partido político fue transformar esas demandas y traerlas a las arenas electorales y legislativas del estado.
Hacia mediados de la década de 1920, la política socialista estaba irremediablemente dividida en dos alas, la de la reforma y la de la revolución. El ala reformista, etiquetada como típicamente “socialdemócrata”, patrocinó un programa gradualista, centrado en lograr éxitos electorales seguidos de una legislación en el marco estructural general del gobierno liberal-capitalista. El ala revolucionaria –eventualmente en su mayoría “comunista”- proponía derribar al estado capitalista, y la transformación radical del orden económico, en uno basado en la propiedad estatal o social: para los revolucionarios, la participación en la política burguesa convencional era en esencia una cuestión táctica, y ocupaba un lugar secundario frente a la agitación en las fábricas y comunidades obreras.
Para resumir una larga historia, hacia fines del siglo XX ambas alas habían fracasado totalmente en lograr sus objetivos originales. Los partidos socialdemócratas ya hacía tiempo que habían abandonado todo eventual propósito socialista: en el contexto del triunfo del neoliberalismo, en todos lados se contentaban simplemente con mitigar las depredaciones sociales y ambientales del capitalismo. En algunos países, como la Gran Bretaña, esto ha implicado un giro ideológico consciente y deliberado hacia el liberalismo económico, mientras que en otros el giro fue más pragmático o incluso reticente. El segmento socialdemócrata de la elite política ahora proviene naturalmente de profesionales universitarios en leyes, administración, educación, salud y en ocasiones hasta en ciencias e ingeniería. Dado que lo mismo también sucede con los altos funcionarios sindicales y los ejecutivos de empresas, la elite política de conjunto es abrumadoramente lo que se denomina “clase media” (un término al que volveremos más tarde). Mientras tanto, la principal conquista de la socialdemocracia, el estado de bienestar, ha mutado desde el modelo de justicia social y de derecho de la posguerra a uno de redistribución y provisión social selectivo y limitado, todo crecientemente orientado a las demandas de trabajo empleable por parte del capital. Paralelamente a esta trayectoria en el capitalismo avanzado, el movimiento de los no alineados que dominó el mundo postcolonial durante unos treinta años fue arreado por la crisis de la deuda global de la década de 1980 y se sometió de buena gana o no al neoliberalismo.
En cuanto al ala supuestamente revolucionaria, todo lo que queda del comunismo tal como realmente existía en la Unión Soviética y su progenie son los restos empobrecidos y acosados de Corea del Norte y Cuba. El neoliberalismo mantiene su dominio en Europa Oriental, los barones del robo en Rusia y gran parte de la antigua URSS, y el capitalismo de estado autoritario en China y Vietnam. El Partido Comunista de Italia ha logrado llegar del 30 % de las bancas en la cámara de diputados en 1948 –cuando la derecha fue generosamente apoyada por el dinero estadounidense- a un puñado de bancas en una coalición de centro-izquierda en 2008, derrotada por tercera vez por un charlatán populista de tercera clase.
Sigue en pie la pregunta del por qué. No me preocupa mucho el por qué fracasó la socialdemocracia, pues su funcionamiento estaba explícitamente moldeado primero por un rechazo al cambio revolucionario, y luego por el rechazo al socialismo por cualquier medio. Pero, ¿por qué fracasó el ala revolucionaria? Para responder esto debemos considerar cómo entendían al capitalismo los revolucionarios, y cómo eso ayudó a moldear sus acciones.
Esa comprensión del capitalismo se desarrolló explícitamente sobre la base de la crítica a la economía política de Marx. El singular éxito del movimiento comunista internacional en Rusia en 1917 señaló a Lenin, en particular, como la fuente de toda la sabiduría, y aseguró de ese modo que la comprensión del marxismo desarrollada por el Partido Comunista de la Unión Soviética dominara las formulaciones teóricas de la izquierda revolucionaria. El primer elemento clave de la ortodoxia resultante concernía a la naturaleza y trayectoria del sistema económico capitalista, centrado en la secuencia evolutiva desde el capitalismo competitivo al monopolista y al monopolista de estado, y sobre la teoría del imperialismo. Estas teorías, elaboradas por Hilferding, Bujarin y Lenin, fueron construidas aplicando una lectura economicista de Marx a los estudios empíricos de la escuela histórica alemana de la economía política, y su contraparte británica, Hobson. Dado que la conclusión más importante de la ortodoxia fue que el capitalismo era por entonces un sistema en decadencia en el que las fuerzas productivas habían sobrepasado las relaciones de producción, el robusto reavivamiento del capitalismo luego de 1945 y la moderación de su tendencia a las crisis periódicas pegaron un severo golpe a estas teorías. Se hicieron intentos de actualizar la teoría económica comunista, en su mayor parte fusionado con el pensamiento keynesiano progresista sobre la base de un enfoque compartido sobre la tendencia del capitalismo al estancamiento, pero esto resultó ser un callejón sin salida, una vez que la corriente dominante del keynesianismo se derrumbó ante el asalto monetarista en los setenta.
El segundo rasgo clave de la ortodoxia comunista fue el papel del partido revolucionario como el agente necesario de la revolución. Algunos comunistas (por ejemplo, Luxemburgo y por un tiempo Gramsci) sugirieron que los trabajadores podrían hacer su propia revolución, pero luego del levantamiento de Kronstadt en 1921, esta “enfermedad infantil” izquierdista (como la denominó Lenin) fue confinada a los márgenes disidentes del comunismo; es más, los dos principales movimientos de oposición dentro del comunismo mundial, primero el trotskismo y luego el maoísmo, no eran menos autoritarios y antidemocráticos que el PCUS. El dominio del partido único bajo el “centralismo democrático” llevó directamente a las purgas de Stalin y el GULAG, y el revisionismo que siguió al informe secreto de Jruschev nunca trató la cuestión subyacente de la relación entre el partido y la clase, o sea, la democracia.
En todo caso, con las invasiones soviéticas de Hungría en noviembre de 1956 y Checoeslovaquia en agosto de 1968, el movimiento comunista mundial entró en su propio proceso ineluctable de decadencia, rechazando todas las oportunidades para una reforma democrática real que podría haber atraído a los obreros comunes y corrientes que vivía bajo el sistema soviético, o de hecho a quienes vivían bajo el capitalismo.
 
¿Qué no hacer?
 
Queda el problema clave de que la mayoría de quienes no han abandonado toda esperanza de cambio revolucionario sigue atrapada en el legado de Lenin. De ahí los repetidos esfuerzos por establecer un “nuevo” partido socialista, con cada grupo creyendo que puede arribar con un programa que llevará a la clase obrera a la acción. Dado el fracaso evidente de todos estos esfuerzos, ¿no es hora, de una vez por todas, de enterrar no sólo al pobre cadáver momificado de Lenin, sino todo el corpus del pensamiento leninista? En cambio, veamos algunos de los muchos desafíos alternativos al capitalismo que hubo en los dos últimos siglos, desafíos que de una manera u otra comienzan desde la auto-actividad de la gente común y ordinaria, y su propia articulación de las necesidades sociales que el capitalismo ha sido incapaz de satisfacer, ya sea mediante el mercado o mediante el estado.
Aquí, 1968 puede proporcionar una entrada. Un principio común de nuestra política en 1968 fue que todas las formas de autoridad necesitaban ser permanentemente cuestionadas. Esto es lo que nos atraía de la revolución cultural china, aunque a algunos nos tomó un largo tiempo despertar a sus brutales realidades y a la cínica manipulación del idealismo juvenil por la elite del partido comunista chino. En un ámbito más cercano los estudiantes cuestionábamos la autoridad en la universidad: queríamos de los maestros que trataran los temas del día, respetaran nuestro derecho a tener nuestras opiniones y cuestionar las de ellos, y nos permitieran participar en la toma de decisiones y la gestión de la universidad. Pero también relacionábamos esto con otras arenas en las que el poder estaba siendo cuestionado, ya fuera el poder de la gerencia sobre los trabajadores, de los hombres sobre las mujeres, de los dictadores sobre los ciudadanos en el sur de Europa, o de los gobernantes coloniales y postcoloniales sobre el Tercer Mundo. La idea de autonomía desafiaba fundamentalmente toda la hipocresía con la que los poderosos trataban de justificar las grotescas desigualdades de riqueza y poder que veíamos a nuestro alrededor.
El impulso a cuestionar todo nos llevó a las ocultas historias de resistencia. Preguntábamos por qué la promesa de igualdad de género no había progresado más allá de la esfera formal de los derechos legales y políticos, y descubrimos una historia de luchas económicas, sociales y culturales que inspiraron los movimientos feministas de los setenta. En respuesta directa a los movimientos por los derechos civiles y de poder negro en los EEUU y al Powellismo en Gran Bretaña, leímos a Fanon, Cleaver y Rodney, ligando la pelea de las minorías étnicas por su reconocimiento y capacitación a nuestra historia nacional de esclavitud y explotación colonial. Las huelgas y ocupaciones de fábricas que se propagaron por todos los centros del capitalismo industrial durante esa época, eran, nos dimos cuenta, tanto en desafío a las rutinas negociadoras de los sindicatos, como contra el impulso de los empleadores a las ganancias: descubrimos que la cuestión del control obrero había sido repetida aunque fugazmente levantada en la historia global del capitalismo. Hasta las ocupaciones de universidades podrían conducir no simplemente al muy ridiculizado absurdo sobre las “bases rojas”, sino al análisis meticuloso del paulatino control de las corporaciones sobre la educación superior (y cuánta razón tuvimos sobre eso).
Durante los más o menos siguientes diez años, los establishments políticos de este y el oeste respondieron defensivamente a estos desafíos desde abajo. Los acuerdos de posguerra en ambos lados habían sido adoptados bajo los términos dictados por los desastres de 1914-45, y centrados en la provisión de una medida sustancial de seguridad económica mediante una gestión económica activa y el estado universal de bienestar. Ideológicamente, el liberalismo económico había aparentemente sido reemplazado por un “industrialismo” despolitizado, en el que un estado ilustrado trabajaba con una nueva elite profesional gerencial en la industria para maximizar el empleo, el crecimiento y la innovación. Sin embargo, como había predicho genialmente en 1944 The Times, una vez que fue eliminado el garrote del desempleo, el capital perdió su fuente de poder más básica sobre el trabajo. Al mismo tiempo, la confianza de los ciudadanos sobre sus nuevos derechos sociales socavó la vieja deferencia hacia sus gobernantes, las reverencias y el servilismo cultural. Puede narrarse una historia paralela en el Este, de cómo una vez que fue abandonado el instrumento del terror universal en 1956, el dominio comunista pasó a depender de la capacidad del estado-partido de satisfacer las demandas siempre crecientes de los trabajadores no sólo por bienestar material, sino también democracia y derechos humanos.
En esta perspectiva, el resurgimiento del viejo liberalismo económico, fechado distintamente entre 1976 y 1982 (desde el impulso del FMI de Healey hasta la capitulación de Mitterrand a las finanzas globales) debería ser visto como indicador no de la debilidad, sino de la fuerza del desafío que planteaba 1968. Por supuesto, podemos ver que en la Edad Dorada económica de 1945-1976, el liberalismo siempre estuvo bajo la superficie: por ejemplo en el modelo alemán occidental de la “economía social de mercado”, lo social siempre estuvo subordinado al mercado (el Bundesbank obtuvo su independencia en 1957, no en 1997 como el Bank of England). Pero la amenaza planteada por nuestros intentos por impulsar más allá de los límites de la igualdad y la redistribución, era muy real, porque en el orden capitalista occidental de posguerra no había un mecanismo automático que pudiera imponer límite alguno a nuestros desafíos. En lugar del dominio del mercado, la ley del valor, el capital tenía que apoyarse directamente en el dominio político; y en la década de 1970 se evidenció abundantemente que lejos de poner un fin a la democracia liberal como tal, a favor de alguna forma de fascismo, esto simplemente no funcionó. Pues el capitalismo todavía tiene que producir una teoría social que pueda en forma confiable y aceptable justificar la apropiación directa de la riqueza y el poder de la sociedad por parte de una elite dominante.
La restauración del liberalismo económico ha resuelto este problema reinstalando la premisa más fundamental del capitalismo: la separación impuesta de la economía y la política, y la supremacía concomitante de los derechos de propiedad sobre los derechos humanos. El resultado ha sido, en la esfera económica un regreso al orden de pre-guerra. Ahora los amos de las finanzas globales ponen abiertamente los límites a las intenciones redistributivas de los gobiernos democráticos, como había temido Keynes. Los sindicatos han visto eliminados sus derechos legales, mientras el sector público es parcelado y rematado al mejor postor. Pero la democracia política también se ha transformado. Los partidos políticos se han convertido en grupos de profesionales que compiten entre sí por el derecho a administrar a la sociedad para las empresas, como Anthony Downs argumentó en el caso de los EE. UU., cincuenta años atrás, los programas partidarios se construyen armando una agenda en la que se incluyan las demandas de suficientes “grupos de intereses” como para dar una mayoría electoral al partido. Por supuesto, esto se combina con la compra de todos los partidos políticos importantes por parte de los super-ricos y la complacencia de los medios de comunicación masivos prostituidos.
 
Volver a lo básico
 
No escasean los comentaristas que describen este proceso de degradación económica y política. Pero lo que ha desaparecido completamente, desde la academia hasta los medios masivos, es todo concepto político subyacente y unificador desde el cual construir una alternativa. Por cierto, el enfoque actualmente dominante en la  intelligentsia afirma que el problema son los “conceptos políticos unificadores”, con el resultado inevitable del totalitarismo. Quizás es hora de sugerir que podríamos beneficiarnos con un regreso a alguna teoría sencillamente social.
El concepto de la clase obrera, tal como fue elaborado por Marx especialmente el El capital, no es difícil de comprender. Consiste en aquellos que obtienen sus medios de subsistencia en base a la venta de su fuerza de trabajo. Es un concepto relacional, y su correlativo es la clase capitalista, aquellos tienen suficientes propiedades para poder vivir de los ingresos que éstas rinden. Lo que produce un obrero, sean los anillos de pistones que se usan en la construcción de un motor a nafta, o los documentos legales que se requieren para completar la venta de una casa, no importa un ápice. La idea convencional de “clase obrera” y “clase media”, distinguidos hasta hace poco como cuello-azul contra cuello-blanco y ahora mayormente por los niveles educativos, está basada en un clasificación ocupacional relacionada con lo que se produce, más que con la organización social de la producción: es realmente una división en el seno de la clase obrera como se la definió. El hecho de que muchos trabajadores aparentemente poseen una participación en sus fondos de jubilación, que a su vez es invertida en acciones, bonos u otras formas de propiedad negociable, de ningún modo los convierte en capitalistas. Más aún, la función de los fondos de pensión, como sucede con todas las formas de ahorros de los obreros, es fundamentalmente suministrar un fondo de capital dinero que puede ser por distintos medios, en su mayoría legales, expropiado por los capitalistas para sus propios fines. En cuanto a las clases “profesionales y gerenciales” (un 25 % de los trabajadores del Reino Unido, si nos guiamos por los títulos de los empleos), éstas proveen un fondo de trabajadores relativamente más educados, de cuyas filas puede renovarse la clase capitalista, cuando el principio hereditario es insuficiente para conservar la cantidad de sus miembros.
Los trabajadores de la educación superior ofrecen un adecuado caso para estudiar. El maestro profesional aparentemente autónomo ha sido subordinado a un “nuevo gerencialismo” que, como el antiguo, equivale al dominio desbocado de quienes tienen autoridad. En la Gran Bretaña, nuestros puestos de trabajo puede no haber sido privatizados legalmente, pero organizativa y culturalmente, y sobre todo en nuestras mentes, no tenemos más autonomía que un empleado de comercio o un obrero fabril. A lo largo de todas las profesiones supuestamente “superiores” –abogados, contadores, médicos, ingenieros, hasta gerentes mismos- ha tenido lugar un proceso de diferenciación implacable, en el que la gran mayoría se ha convertido en trabajadores, mientras una pequeña minoría puede ahora generar suficiente riqueza para mínimamente, cuando son apalancados por finanzas externas, aspirar a convertirse en capitalistas.
Entre las posibles fuentes de oposición al neoliberalismo, los movimientos sociales cuyos orígenes son tan a menudo atribuidos a 1968 nunca han generado un movimiento unido y singular. Por supuesto, pueden contar con algunos éxitos importantes, por ejemplo con referencia a los derechos homosexuales y defensa del medio ambiente. Desde un punto de vista capitalista, su mayor triunfo ha sido ocultar como un pilar potencial de oposición a la única condición realmente universal de la humanidad bajo el capitalismo: el trabajo asalariado. La responsabilidad de esto reside precisamente en los intelectuales de 1968. Nos sentamos y nos retorcemos las manos sobre la cultura de bandas y los reality shows de la TV y los crímenes atroces tanto de las corporaciones como de los estados, pero hemos olvidado la única salida de todo ello, a saber, reconocernos por lo que somos: un segmento de la clase obrera que no ha sido simplemente cómplice, sino activo en perpetuar las condiciones de pobreza y dependencia que soporta la mayoría los trabajadores del mundo. Parloteamos sobre igualdad de oportunidades, porque ello significa que podemos simular que las grotescas desigualdades de riqueza y poder se deben a la naturaleza humana, o al “esfuerzo” o sólo a la suerte.
Pero no es así: son el resultado de las elecciones políticas que adoptamos. En cambio, podemos comenzar a partir de principios básicos de justicia social: igualdad, solidaridad y la libertad para todos los individuos en lugar de sólo los propietarios. Podemos sostener que toda vida humana tiene igual valor, y que esto le da a todos el derecho no sólo a la simple subsistencia, sino a una existencia social totalmente desarrollada, una igual porción de los recursos materiales de la sociedad e igual participación en todos los mecanismos sociales de toma de decisiones y administración. Esto implica una transformación radical de la educación de modo que produzca ciudadanos iguales en general en su capacidad para el trabajo mental como manual, confiados en la expresión de sus opiniones y ansiosos por descubrir nuevas y mejores formas para satisfacer sus necesidades de expresión creativa, así como para el consumo de bienes y servicios. En un enfoque igualitario de la educación, los recursos serían distribuidos en proporción inversa, en lugar de directa, a los logros (como iban a ser distribuidos los recursos sanitarios bajo los principios fundadores del Servicio Nacional de Salud de la Gran Bretaña). Más aún, este igualitarismo radical tiene un carácter necesariamente global; mi solidaridad no se detiene en las fronteras británicas o de la Unión Europea.
Al proponer esta imagen de la política socialista, el lugar para comenzar no se halla en espacios políticos especiales, en elecciones y gobiernos y partidos, sino en nuestra existencia social cotidiana, y ante todo en nuestro lugar de trabajo. Pues allí, en lo que Marx llamó el oculto recinto de la producción, todos trabajamos juntos para un fin común, y buscando la autorrealización como también la subsistencia. A pesar de todo lo que el nuevo gerenciamiento ordena, prescribe, monitorea y premia desde arriba, los empleadores no pueden escapar a la necesidad de que sus trabajadores colaboren libre y creativamente por encima de las divisiones de ocupación, destreza y status. Pero precisamente porque el capitalismo coloca esa barrera entre el lugar de trabajo y el mundo en general, entre la “economía” y la “política”, no tomamos conciencia de que nuestra capacidad para la comunicación creativa y la reconciliación de intereses y opiniones diferentes podría ser desplegada para objetivos ahora considerados “políticos”.
En el siglo XX fue precisamente en los momentos de la desintegración social más aguda que surgía la acción colectiva de esta clase, e invariablemente surgía no de partidos políticos autoproclamados, creados por y para intelectuales, sino de la gente ordinaria en sus fábricas, granjas, oficinas y comunidades. En el colapso del zarismo, fue esa auto-actividad la que creó los cambios dinámicos y radicales que los bolcheviques acorralaron, luego de 1921, en su grotesca parodia de socialismo. En Barcelona en 1936, en las áreas liberadas de Europa y Asia luego de la Segunda Guerra Mundial, en Budapest en 1956, en las fábricas francesas en 1968 y en las polacas en 1970, 1976 y 1980, hallamos la misma historia, de un pueblo impulsado por las circunstancias a trabajar en común para satisfacer necesidades sociales. En la historia de la izquierda, los movimientos del socialismo gremial, el sindicalismo, y el comunismo consejista pusieron la auto-actividad de los trabajadores en sus lugares de trabajo en el centro de su teoría y práctica, inspirándose en los “niveladores” y los “enterradores” [i] de la Guerra Civil Inglesa, y de las cooperativas y comunidades utópicas de mediados del siglo XIX. En esta historia, quizás, se hallan los fundamentos para una renovación del tipo de socialismo que avizoraba Orwell.
 

 
Este artículo fue enviado por el autor para su publicación en Herramienta, y traducido del inglés por Francisco T. Sobrino.
 
[i] Dos grupos que actuaron en Inglaterra durante la revolución burguesa pero que tendían hacia soluciones colectivistas. Por ello se los suele caracterizar como “antecesores socialistas” (N. del T.)