La estupidez: desde el calentamiento terrestre al calentamiento financiero

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Autor(es): Rosenzvaig, Eduardo

Rosenzvaig, EduardoRosenzvaig, Eduardo. Escritor, doctor en Historia y profesor titular de Historia General de la Cultura en la Universidad Nacional de Tucumán desde 1985, colaborador de Herramienta. Ver varios de sus trabajos en números anteriores. Recientemente recibió por segunda vez el Premio Casa de las Américas en Literatura testimonial, con "Mañana es lejos (memorias verdes de los años rabiosos)".


1 Crisis y sueños

Hay una película del director japonés Akiro Kurosawa llamada Los sueños. Son los sueños del realizador. Fue una de sus postreras creaciones, hace ya muchos años. Y lo que yo tengo para mí son sueños de aquellos sueños filmados por Kurosawa.

Había uno que lo recordaré ahora tal y como lo tengo hoy, a tantos años en la cabeza, con las imperfecciones del sueño. Se ve a una madre con su hijita junto al mar. Desde el horizonte marino, con un cielo de color impreciso, a la madre le llega de pronto la visión de un estallido rojo, como un pequeño hongo rojo. La madre no sabe de qué se trata. Se acerca un hombre que también mira y ella le pregunta qué fue eso. “Estalló una usina nuclear”, responde el hombre. “¡¿Y ahora?!”, dice la madre. “Ahora… ahora… vendrá una nube color rojo desde el lugar de la explosión que matará a las plantas y a los pájaros…” “¡Oh!, qué terrible”, desespera la madre. Entonces se ve avanzar una nube roja desde el horizonte marino que los envuelve íntegramente a los tres. La madre abraza interminable a su niña, preguntando al hombre: “¿Y ahora?” El hombre observa el horizonte y responde: “Ahora… ahora vendrá una nube amarilla que matará inmediatamente a todos, los seres humanos”. Petrificada, muda, la madre abraza a su hijita. La nube roja se disipa y, desde el horizonte, viene otra nube magnífica y bella de densidad amarillenta. “¡¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué ocurrió esto?!” grita la madre mientras la niebla amarilla los va envolviendo. El hombre reflexiona: “Por una estupidez”.

Sí, había ocurrido la peor estupidez.

Finales de octubre de 2008. En la Cumbre Mundial reunida en Pekín para tratar el calentamiento global, las naciones ricas impusieron un cambio en la agenda. Decidieron tratar la crisis financiera global. No cómo salvar la vida sino cómo salvar los bancos. No de estrategias para proteger al vasto genoma humano, sino de estrategias para proteger las ofuscadas burbujas hipotecarias. No de amparar células sino de amparar títulos de bolsa. En el fondo de la cumbre, sobre el horizonte con un cielo de color indefinido, ocurrió un estallido. Primero avanzó una nube roja, detrás la gran niebla amarillenta. Cubrió a todos los asistentes sentados. Alguien preguntó “¿por qué?” Alguien, bebiendo de un vaso de agua en plástico impecablemente higiénico, contestó: “Por una estupidez”.

Ya no se trata de otra cosa la suerte de la Tierra. La sensibilidad contra la estupidez. Una pócima de lucidez contra tanta baqueteada ineptitud.

Tuve un sueño.

Octubre 13, 2008, lunes, se anuncian las cifras gigantescas que Europa, siguiendo a Estados Unidos, lanzará no al mercado financiero como se creía, sino en devolución a la Tierra, evitando un colapso global por efecto invernadero. Las acciones suben con la sorpresiva noticia.

Alemania compromete en el rescate de la Tierra 480 mil millones de euros; Francia, 360 mil millones; Holanda 200 mil millones; Austria y la España del socialismo, 100 mil millones cada una. Todo ello, más los aportes de Gran Bretaña y otros países europeos trepan a la cifra jamás oída de 2.2 billones de dólares, los cuales, agregados al monto de los EE. UU., hacen 3 billones.

Ese mismo día Berlusconi, primer ministro de Italia, en un banquete en su honor desde la Casa Blanca, dice: “Confiamos en el Presidente (Bush) que tuvo el coraje de poner en práctica lo que consideraba justo, lo que debe hacer para sí, para su pueblo y para el mundo”.

Estados Unidos, el mayor emisor de gases invernadero y el segundo mayor emisor per cápita después de Australia, decidió que esas fortunas salidas del Tesoro público, es decir de la sociedad, no irán a parar a los gigantescos bancos privados apostadores en el Casino de hipotecas y sus acciones en Bolsa, sino a la Tierra que espera la última oportunidad para salvarnos todos. Las industrias que utilizan carbón como fuente de energía, automóviles, chimeneas y otros subproductos lanzan a la atmósfera en CO2 el equivalente de 6.000 millones de toneladas de carbón puro cada año. El equivalente a una mochila de mil kilos de carbón por habitante en el mundo cada año a la atmósfera. Lo sabemos. Esta concentración atmosférica se incrementó en un 31% desde el año 1750, y ahora es más alta que en cualquier momento de los últimos 40 millones de años. Lo sabemos. Los cálculos eran que, para el 2050, la cuarta parte de todas las especies de plantas y animales terrestres estarán exterminadas. Pero ahora, esta inyección única de capitales varía la filosofía.

La década de los 90 fue la más caliente de los últimos mil años, pero el dinero salvará la Antártida que, si se funde, el nivel del mar aumentaría 61 metros. Indonesia podrá salvar en los próximos meses las 128 especies de mamíferos y 104 de pájaros al borde de extinción. Los Estados Unidos proponen recuperar ya no el 11% de sus residuos sólidos (frente al 30 de Europa) sino el 100%. Estamos al borde de otro mundo posible. Brasil reforestará el equivalente a la superficie de Bélgica que deforestó en los años 90. Entre 2005 y 2007, el Ártico perdió en hielos, según la NASA, el equivalente a dos Españas. Nunca más.

Michael Moore, que había injuriado, en medio del colapso financiero, diciendo que Wall Street y sus aliados crearon el desastre para robarse luego todo “como bandidos”, saqueando cada dólar del Tesoro, acaba de retractarse, porque ahora el esfuerzo será detener la bomba de relojería planetaria. Entre otras miles de iniciativas y millones de puestos de trabajo creados para el freno al calentamiento global, está el llenar un planeta de árboles. Un árbol elimina una tonelada de CO2 a lo largo de su vida. Lo sabemos. Con algunos árboles eliminamos un automóvil. Sabemos también que consumir alimentos frescos es racional, porque producir comida congelada dilapida diez veces más energía. Sabemos asimismo que la fabricación de papel reciclado consume entre 70 y 90 por ciento menos energía y evita la deforestación. ¡Por fin sabiendo tanto se está haciendo más!

Se inició pues la era de la “justicia climática”. Los contaminadores de antaño restauran las heridas terrestres, todo gracias a la genial, humanitaria epopeya de no subsidiar a las finanzas de los ricos, sino de darnos una última chance a todos.

 

2 Crisis y pesadillas

Salidos de los sueños para penetrar en los reinos de la pesadilla, habrá que formular aunque sea una pregunta. La pesadilla es un sueño poblado de imágenes espantosas. Respiran dificultosamente las células, y ellas mismas, bajo este gravoso sitio de monstruos, se preguntan: ¿Cuál es el pronóstico para la vida bajo esta situación de crisis del capitalismo? No podemos dejar de contestar a la pregunta, porque no podemos dejar de darnos tareas a lo que vendrá. ¿Pronóstico para la vida? ¿Cómo definir a las pesadillas?

Keynes escribía que en el siglo XIX se formó una amplia, poderosa y respetable clase de personas acomodadas y muy ricas que no poseían inmuebles, tierra, empresas ni metales preciosos, sino únicamente un título de renta anual en dinero legal. El rentista fue el orgullo del siglo XIX. Los capitales de los rentistas, concentrados en poderosos bancos, crearon la bancocracia. Los bancos tomaron a las industrias para sí y pasaron a determinar la política estatal, orientándola hacia un nuevo reparto del mundo. El gigantesco crecimiento de los medios de comunicación -de navegación, ferrocarriles, telégrafo eléctrico, canal de Suez y otros- crearon el mercado mundial. La producción e intercambios crecían geométricamente pero los salarios permanecían estables. Con los avances tecnológicos y de la productividad, los depósitos se llenaban de productos sin colocar, así que el negocio resultaba cada vez más el dinero. La crisis del capitalismo de 1907 apresuró los preparativos para un nuevo reparto del mundo colonial, y de los territorios adonde exportar mercancías que no podían colocarse, y de capitales que no hallaban expresión para el beneficio de los rentistas. La salida a esta crisis mundial fue una guerra mundial. Con destrucción, la guerra mundial corrigió los parámetros mundiales. Se mancilló a la tierra, se envenenaron sus aguas, se arrancó de ella lo posible para continuar engordando ejércitos que se exterminaban de trinchera a trinchera un momento después.

La guerra destruyó los almacenes atiborrados de mercancías sin colocación entre los vencidos, destruyó el paro forzoso aniquilando seres humanos, destruyó las fábricas competitivas, así que recién entonces se pudo volver a empezar de nuevo, bien, sin angustias, por lo menos sin la angustia de las mercancías no colocadas, pero apareció la angustia de la revolución. Se derrotaron, degeneraron e infamaron las revoluciones muy rápidamente. Pudo volverse a producir con salarios inamovibles después de haber acabado, hacia 1923, con las revoluciones de los hombres que volvían perturbados de los frentes de guerra.

Pero la sobreproducción volvió a instalarse rápido en el horizonte económico. Ahora, además, ocurría que el mercado mundial, eslabón de enlace entre los mercados nacionales, se desorganizaba por los desajustes del sistema crediticio dejado por la guerra. Una de las causas del desbarajuste fue que los países acreedores y, ante todo Estados Unidos, obligaban a los países deudores a que saldasen sus cuentas con oro y ello impedía exportar a los propios países acreedores. A los deudores se les acabó el oro rápido.

En marzo de 1929 Estados Unidos alcanzó el menor porcentaje de desocupación conocido, un 0.9%. Parecía que la prosperidad no tenía fallas. La prosperidad era emocionante. Pero la economía norteamericana se basaba en los créditos fáciles y en empréstitos a Europa para subordinarla. Los créditos fáciles empezaron a no pagarse y a retrasarse la devolución de los empréstitos europeos. La emisión de títulos resultó exorbitante. A finales de ese año 29 del Wall Street próspero no quedaba nada. Muchos millonarios se tiraron por última vez en la historia desde los pisos altos de los rascacielos. En 1930 se intentó corregir la crisis emitiendo más títulos, pero el paro forzoso estaba ya en el 7.8% y en 1933 alcanzó un 25.1%. Uno de cada cuatro obreros industriales estaba en la calle mendigando. Cinco mil bancos en unos meses fueron tragados por las ballenas bancarias. Como el oro desaparecía rápido, en 1933 Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro. El gobierno obligaba a cada ciudadano a entregar el oro al Tesoro. Se nacionalizó el oro y devaluó el dólar. Por ley el contenido de oro de un dólar disminuyó en un 40%, de ese modo se aumentaban las reservas, pero la gente pobre perdía los pocos ahorros. La inflación se tragaba los bolsillos de los trabajadores. Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Suiza de inmediato hicieron lo mismo. El paro crónico en los Estados Unidos se mantenía en un 16.7% en el año de 1939. La salida a la crisis volvió a concebirse fabricando armas. Alemania por ejemplo, entre 1931 y 1935 perdió casi el 90% de su oro, pero invirtiéndolo en fábricas de armas, y sacando a los obreros del hambre con puestos en fábricas de armas. El arma también es una mercancía. Para realizarla se necesita un mercado que es la propia guerra, porque si no se consume, los depósitos continúan invariablemente creciendo como en los de cualquier tienda. Millones de hombres se preparaban para comer armas, fecundar a sus mujeres con obuses, reemplazar a las aves con bombarderos y a los peces con acorazados. Millones de hombres se salvaban con las armas. La “salvación” fue un esbozo de la tempestad.

En esos años 30, las potencias capitalistas líderes, para liquidar las consecuencias de esta crisis inaudita y a costa de otros países competidores, constituyeron bloques financieros y comerciales. Gran Bretaña el suyo, Francia, Japón, Alemania e Italia, cada uno los suyos. Luego se redujo el comercio multilateral. Se marchaba pues a la segunda guerra mundial por otro reparto más duro y colosal. Una guerra que estragara la tierra. Que estragara el concepto de lo humano. Auschwitz fue la alegoría más ordenada en la solución de la crisis: “El trabajo os hace libres” en la entrada de los campos a los esclavos, y desparecido el salario en la desenfrenada quimera de una clase que decía: por fin fábricas sin salarios y cámaras de gas en vez de jubilaciones. Cincuenta millones de muertos abonaron el envenenamiento general de las aguas, de la atmósfera, de los campos y de las ciudades destrozadas. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki fertilizaron centenares de pruebas atómicas bajo tierra y sobre tierra, donde se ensayaba por abajo y por arriba para una guerra final.

Los bancos hiperengordaron a inicios de la década de 1970 con el cebo de las empresas extractoras de petróleo. Una masa inverosímil de capitales volátiles, los petrodólares, buscaban una colocación rentística. En vez del rentista individual del siglo XIX, el rentista corporativo. Hubo una crisis aguda del sistema. No había dónde colocar tal masa de petrodólares y se pensó, naturalmente, en otra gran guerra. Pero distinta. Se echó mano para ello a una teoría económica en descrédito, atrincherada en la rica Universidad de Chicago. Una teoría que sostenía crear dictaduras en el tercer mundo bajo una comandita de economistas y militares, obligando esa sociedad, en dichos estados, a tomar créditos externos fabulosos para ellos mismos saquearlos como grupo fundante luego, pasando los depósitos a los propios bancos de los créditos. La deuda externa se multiplicó por diez en unos meses. Créditos externos para obligar a cerrar fábricas, para dejar saneadas las empresas estatales de servicios públicos e indemnizados los trabajadores de manera que las empresas sean rematadas bajo el concepto de privatización; créditos externos para atraer empresas mineras contaminantes; créditos externos para dejar a millones de hombres sin nada y créditos para cerrar las escuelas públicas que ya no necesitarían esos hombres sin nada, y créditos externos para achicar el Estado ahora innecesario para hombres sin nada, creando un Estado pequeño y consumado en la praxis para hombres que se quedaran con todo. Que los seres sin nada de golpe, apoyasen el proyecto con los dientes, bajo la consigna de que “estamos mal pero vamos bien”. El contrato social propuesto desde arriba decía: “ustedes roben todo lo que quieran por abajo a cambio de dejarnos robar a nosotros lo que deseamos por arriba”. La llave simbólica para esta guerra se llamó “ajustes”. Había que ajustar esta posmodernidad sin absolución. La deuda externa de los países sumergentes fue la forma inédita que adoptó la guerra.

La crisis se resolvía con otra categoría de guerra. La exclusión abrazó como un incendio al mundo. Países que desaparecían en unos meses. Desde Estocolmo y otras conferencias internacionales, la nueva conciencia ambiental impugnaba la locura de los directores de la guerra. Los dos sujetos sociales que no cabían en el nuevo modo de producción bajo condiciones de esta guerra, los dos sujetos sociales enviados como soldados de infantería a la primera línea del frente, fueron los jóvenes y los viejos. No había lugar productivo para ellos. Se los consideró un “gasto”. Totalmente improductivos e innecesarios los jóvenes, lo que otrora se llamaba “juventud divino tesoro” en la voz de Darío, se echó a un desagüe, a un albañal. Ni siquiera interés en un “mercado de trabajo flotante”, herramienta de compresión de salarios. Los hombres clamaban la gracia de un puesto donde ser explotados hasta la exculpación. Los jóvenes pasaron a ser los “nuevos indios”. A los jóvenes pobres se los exterminaba con drogas impuras y gatillo fácil en las calles de las ciudades entusiastas del mercado. A los viejos, como en la Argentina de los años 90, con suicidios.

El neoliberalismo cayó estrepitosamente. Cayó con explosiones sociales y muertos en las calles. Pero en la posguerra de la última década, se inició una nueva vuelta al rentismo, ahora con las burbujas hipotecarias lanzadas al mercado de valores. Cosechó miles de millones en ganancias. Se creó lo que alguien titulaba “el futuro”, esto es un presente repetido de ganancias ilimitadas. Con los fondos de pensión de millones de trabajadores colocados en el casino, cosechó fortunas sin misericordia. Las ganancias eran netas, pero las pensiones quedaban en un limbo, peor, en fichas para la probabilidad del cero. Mientras tanto, aparecían los índices excitados, desconcertantes, turbadores del calentamiento global.

Cuando ya no hubo dónde colocar más burbujas financieras en alza, teniendo en cuenta que en las bolsas del mundo se juega por dinero cada día el equivalente a medio siglo del comercio mundial, la burbuja reventó y se nos dijo que esta será la peor crisis conocida del capitalismo en su historia. Entonces no se salió a salvar a los seres humanos, parte integrante del ecosistema, no se salió a salvar la tierra de la contaminación con que las burbujas de la bolsa acicateaban al hiperconsumo banal, el despilfarro de energía, sino se salió a socorrer a los bancos que habían hecho fortunas vendiendo a tiempo las acciones que sabían caerían, y que se quedaban con millones de viviendas de los deudores, y que se quedan ahora, además, con los capitales más grandes reunidos en la historia para premiarles, los Estados, por la crisis que crearon. Esta crisis ya no es sólo de un modelo de economía, es una tierra incógnita.

El estancamiento, sabemos, puede evitarse como ocurrió en todo el siglo XX mediante grandes gastos militares y, cuando aún fuera insuficiente ello, por deflación del salario e inflación de los valores y especulación. La insolvencia se propaga por toda la economía, desde los consumidores hasta los bancos y la industria. En los bancos la insolvencia es insolencia. Los bancos están echando a 200 mil trabajadores por mes en los EE UU.

Se considera que en Islandia, el país modelo de vida, hasta hace poco el crack fue el canario ese de las minas de carbón. Mientras el canario cantaba, sabían los mineros que había oxígeno suficiente en la mina. En Islandia se hizo lo que en Argentina, expropiar a los ahorristas pequeños y medianos para salvar a los bancos que ya se habían fugado con todo.

Una crisis tan honda el prototipo tratará de resolverla con otra guerra, superior. Ahora, en esta reunión misma, estamos obligados a pensar la forma que adquirirá esta guerra.

 

3 Crisis y vigilia

Si el ambiente –al decir de Enrique Leff- no es la ecología, sino el campo de relaciones entre la naturaleza y la cultura, de lo material y lo simbólico, del ser como existir y pensar, del saber sobre las estrategias de apropiación del mundo y la naturaleza, es posible intuir que la guerra próxima será definitivamente contra el ambiente.

Dijimos que primero los bancos asaltarán los Estados, luego asaltarán a un nivel global los ahorros de los ahorristas. De la globalización feliz a la globalización bélica de las que hablaba Ramón Fernández Durán en la primera sesión, a esta globalización por asalto, que incluirá el chantaje por una Tierra al borde de secarse y/o ahogarse.

Una crisis ambiental alucinante puede –bajo esta suicida percepción- conducir a producciones y finanzas proyectadas para sacar al sistema de la amenaza crítica. Estamos en los límites de la racionalidad. El itinerario epistemológico desborda a las demarcaciones antiguas. Una guerra contra la Tierra para beneficiarse de los resultados devengados por salvar a la Tierra. Una Tierra como enemigo luego de dejarla al borde del desastre –por omisión de acciones- y entonces sí, vencerla, otorgándole un plan Marshall, y convocar a los pueblos para que den todo lo de sí -que lo darán-, y que los bancos administren el Plan, iniciando la “restauración” ambiental. Un dislate.

La epistemología ambiental pasa pues, hoy, por las vigilias. No un oficio de difuntos, ni comidas con abstinencia, sino un trabajo hecho durante la noche. Una epistemología ambiental que no sólo pase por un saber, sino ante todo por un trabajo global durante la noche, y que ponga en el primer punto de su plataforma política, el deseo humano de seguir viviendo sobre la tierra de día, iluminada con la fertilidad del sol. Incluso de un sol desproporcionado. La epistemología ambiental como política de lo humano contra un grupo cada vez más reducido y que, evidentemente, está loco. El encuentro de identidades, saberes, diversidades, no ya un obstáculo utópico, sino al decir de Leff, alimentado en la verdad por venir. Un diálogo de saberes y un diálogo de acciones. Dicho en la metáfora de los bordes con que Guillaume Apollinaire lo definiera

Acérquense al borde” –les dijo-/ “No, no podemos, nos vamos a caer”./ “Acérquense al borde”, les repitió/ “No, no queremos, tenemos miedo”./ “Acérquense al borde”./ Y ellos se acercaron./ Él los empujó./ Y ellos volaron.

En los bordes de la epistemología ambiental están los recursos para enfrentar esta guerra. En los bordes está la vigilia. Una cumbre sobre el calentamiento global cambiada en el día de su apertura en Pekín a la cuestión del calentamiento financiero, implica que el paradigma con que se mueve la economía clásica de la posmodernidad y sus grupos dominantes está fracasado. Cultural, social, moral, productiva, simbólica, epistemológica, ambientalmente fracasado.

Si la vida es siempre incierta –acertó a decir Edgar Morin-, la muerte en cambio es cierta e ineluctable. La única certeza que nos deja esta crisis de las burbujas globales, es la muerte. Como una “señal genética”, como si se hallara la muerte en el “programa” de su formación económica, y las burbujas desencadenaran la muerte de las especies, de la biocenosis, de una necrosis de fertilidad, una caducidad temprana de las hojas terrestres. Si en los insectos la muerte sobreviene inmediatamente después de la reproducción, en las bolsas globales la muerte está sobreviniendo de inmediato al placer de sentir que la Tierra ni siquiera es un insecto.

En la definición de Bichat: “La vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte”, lo que repetido en términos ecoantropológicos, sería: “el ambiente es el conjunto de las funciones que resisten a las bolsas y sus burbujas”.

La vida hoy es recomenzar en cada instante una embestida sobre la guerra declarada por corporaciones productivas y financieras de la burbuja que, después, intentarán gozar con las ganancias del plan de salvación. No muy lejos a la estrategia de las edificadoras del gobierno Bush en Irak, destruirlo todo para después reconstruirlo caro. Destruirlo todo para reconstruirlo a cuenta de los destruidos. Pero la Tierra es un delicado hilo.

De allí que aquello que permita vivir permitirá sobrevivir. Las cualidades que permitieron el desarrollo y la expansión de la vida permiten la embestida contra esta guerra declarada y no declarada.

La guerra posmoderna de las finanzas contra la Tierra, de un modelo de economía y financiarización contra la Tierra, es el conjunto de los constreñimientos y desórdenes que desbaratan la biología, el pensar, la emotividad, la conducta y el arte. En este sentido, esta guerra –“solución” a la crisis- es a la vez aniquilamiento y posibilidades de transformación de nuestras actitudes frente a la Tierra y sus enemigos.

Cada ser que nace es un cosmos. Cada acción empujada al sobreprecio es la metáfora de la muerte de universos. Apenas estamos comprendiendo lo que ocurre.

Frente al principio de Bichat, también ahora es posible usar otro principio contradictorio: “La vida es el conjunto de las funciones capaces de utilizar la muerte”. Las amenazas mortales a la Tierra, en el homo sapiens están nutriendo respuestas a la muerte. Esta misma reunión ocurre en esa dirección, es un nutriente. El gran desarrollo de la vida en la Tierra futura dependerá de la recuperación e integración de la muerte. Organismos viviendo de la muerte de células que los constituyen. La muerte del sistema bélico como respuesta única a las crisis hará revivir, nutrirá la vida y los nuevos ciclos humanos. De allí la solución de Simmel, anotada por Morin, “La vida exige interiormente la muerte como lo otro cuya adicción le procura ser”.

La muerte interiorizada puede presentarse cáncer o puede presentarse el límite de sí mismo en lo viviente, borde al desastre o vuelo. Llegamos a un punto de la cultura ambiental donde la vida en la Tierra se convirtió en prórroga, destrucción, degeneratividad y basurales. La cultura ambiental entonces ocurre como una conciencia en vigilia. Y si es verdad que quien no está naciendo, es que está muriendo, bajo las actuales condiciones de globalización por asalto, la Tierra está muriendo. Y a la inversa, si es verdad que quien no está muriendo es porque está renaciendo, es que nos debemos moral y antrópicamente el borde de un renacimiento.

La muerte que plantea esta guerra es la simplificación de cualquier guerra. Por eso resulta tan sencillo su programa, tan seductor su placer entre el orgasmo y la asfixia. Hay muchas formas de placer y se optó por la peor, por la más turbadora y depravada. El prototipo no quiere sueños sino delirios. La guerra simplifica todo, reduciendo lo complejo viviente a sus parámetros constitutivos: desintegración y autodestrucción por ende. Pero complejiza todo en el sentido de nuestras actitudes y saber ambiental. Tendremos, en la línea de complejizar la vida, que reciclar esa guerra, desintegrándola y desciclándola. No hay mucho tiempo ni espacio. No es cualquier muerte la salida a la crisis plateada por sus ejecutores, es un cáncer en el sentido de que roe los principios autoorganizadores de la vida en ciernes, hundiendo los cuerpos y los bienes en la nada, en el sentido de nutrirse de células sanas y optimistas, de golpear desde el egocentrismo e hiperantropomorfismo con un absurdo martillo sobre los genitales de la Tierra. Estamos experimentando la muerte cancerosa que significa esta guerra más allá de lo primero que es, para la vida, experimentar el fin natural. Estamos experimentando en utilizar el cáncer que es esta guerra. Dialéctica y tragedia de la existencia. Morirán miles de especies, se romperán miles de ciclos, pero no puede acabarse con la voluntad y obsesión del combate contra el cáncer, brecha irracionable hasta ahora en la vida, para un retorno a la apertura que está naturalmente en el vivir. Sin con la muerte hemos nacido, también en la filosofía Zen la muerte está en el querer vivir.

Separar pues la guerra como un cáncer, del principio vital que incluye finales de regeneración y sobrevivencia. Bajo esta perspectiva “La vida es el conjunto de las funciones que resisten a la filosofía económica de la desigualdad, de sus desarmonías y explotación de unos mundos contra otros, de unos pocos seres contra todos”. En cada instante de este pensar nuevo y haceres nuevos, recomenzamos la vida y su complejidad.

El vivir, que es “solitario y solidario”, desde la mirada ambiental ante la crisis es “solidario en red”. La cadena de vidas humanas que hacen vivir cada vida en particular, ahora también son programas contra la guerra que haga vivir la Tierra en general y la conciencia de ello como universal. En el proyecto de la guerra todos están solos. En el proyecto de la contraguerra cualquiera es constituyente de vida solidaria.

La solución parricida a la crisis crea murallas entre naturaleza y cultura. Toda esta guerra está en el hombre, se nos dice, pero contestamos que todo el hombre no está en esta guerra. En la máquina de treinta mil millones de células del cuerpo humano y su sistema genético evolucionado durante tres mil millones de años, no está necesariamente contenida la muerte de la Tierra por su propia vocación.

Lo biológico en el homo sapiens está embebido de cultura. La propia reproducción en el hombre es cultural. El ser humano es tal porque vive y vive como una totalidad cultural. No somos sobrenaturales, pero el pensamiento puede serlo. El baño de vida y pensamiento que es el hombre, se constituye también de azar. La individuación de un espermatozoide fructificado entre otros ciento ochenta millones de espermatozoides muertos. Esta conciencia ambiental de la vigilia asume el azar como herramienta, asume la ciencia abusada, la tecnología atracada por malhechores, el exceso de explotación de la biocenosis, los asaltos nocturnos con herbicidas, los umbrales críticos, la crisis civilizatoria, las transgresiones a las filosofías antiguas sobre el universo de los granos, la demasía de banalidad, la ferocidad de ecocidios, los incumplimientos de pactos ambientales, la injusticia de fallos condenatorios a la naturaleza que permanece callada, para asumirlo todo, para hacerlo todo barro con que iniciar la pared parturienta de la sostenibilidad.

Un nuevo ambiente se hace con todo lo podrido y desde todo lo podrido que dejó el ambiente anterior.

Las universidades jugarán como fuerza aguda en la oposición a la globalización por asalto y al chantaje de una Tierra bagdadizada. No sólo desde el andamio educativo, también propagandístico, de participación pública y científica. Pero sobre todo actuarán los jóvenes. Habrá una revolución juvenil ambiental. Los jóvenes como el fondo genético cultural básico d eun cambio de paradigma. Ayer se dijo que en un Estado mexicano con 5 millones de personas el 99% no consideraba importante para sus vidas a la cuestión ambiental. Aunque estoy seguro que ese uno por ciento son jóvenes: 50.000 jóvenes en todo caso con la pasión y la voluntad de creación ambiental pueden representar una vanguardia numerosa, prolífica y magmática.

La Universidad latinoamericana fue barrida por el proyecto de desigualdad durante estos años. Creó en buena parte de los profesores, una moral de adaptación, creó ricos y pobres al interior de los claustros. Los jóvenes, por fuera de la universidad, envían mensajes de telefonía celular a los viejos indios.

¿Cómo cambiar el clima espiritual y mental de las ciudades por ejemplo, para oponernos a la globalización por asalto? ¿Cómo orar –aquellos que oran- mientras al lado suena la alarma de un automóvil? Habrá que hacer más bellas las ciudades. ¿Cómo? Ahora mismo podríamos ejecutar un mapa de Guadalajara según la belleza u horror de sus lugares. Estoy seguro que los sitios de la fealdad maciza, los lugares más ausentes de amabilidad, están en las vías rápidas de alta concentración de automóviles. Y aunque los vehículos sean nuevos, cómodos, cibernéticos e incluso bellos. No hay otra salida que el transporte público para erradicar el horror urbano y que otros climas anímicos entonces, nos reintegren a la función de la semilla.

La estupidez actual es un entorpecimiento a la evolución antrópica. Es gastarse en el casino las necesidades de las generaciones futuras. Es más que un desliz torpe de la complejidad. Un desliz convertido en una desconcertante declinación de la cuarta dimensión de lo humano, la finalidad de vivir, que completa al individuo, a la especie y a la sociedad. La estupidez que vislumbró genialmente Akiro Kurosawa. La estupidez que desliza la cuarta dimensión de lo humano, esto es, la finalidad de vivir, la finalidad de reconocernos como el más alto grado de desarrollo de la materia conocida y como el más alto grado conocido en el obrar sobre la materia, hacia el repudio y su eliminación. La estupidez es un fracaso. Es una contaminación de mentiras. La inestabilidad, la incertidumbre y las contradicciones no tienen porqué tener la forma de la estupidez.

La humanidad, de comunidad de destino, por impulso de la estupidez, transita al desencadenamiento de conquistas y goces ofuscados contra lo humano comunitario.

La cumbre de Pekín aminorada desde el cambio climático al orden financiero, es un exceso de estupidez. Un desquicio de estupidez. Los tres billones de dólares subsidiando a los responsables de la crisis económica global es un exceso de estupidez casi lindando con el ocaso de lo antropológico. La nueva unidad de la diáspora humana requiere pasar pues, en la idea de Compte, de la Patria a la Matria, el principio de la Pachamama entre los quechuas, para precisar. Un vientre de cerámica en sus grandes tinajas, vientres parideros de semillas y de muertos colocados en posición fetal.

Frente a la estupidez, una obcecación por resistir desde la vida. Ambientalismo o barbarie, diría. En la idea John Bellamy Foster, editor de Monthly Review, el asunto verdaderamente histórico que plantea este momento, es en qué medida la población mundial se limitará a esperar que la crisis se resuelva en los términos del prototipo, hasta que todo vuelva a recomenzar en las bolsas, o por el contrario, las poblaciones y sus redes digan “¡basta!” y se impliquen políticamente. No alcanza con el espiritualismo. No alcanza con un único traje. No alcanza con el yo integrado a Dios. No alcanza siquiera sólo con Dios. La función holística del momento es esto: No alcanza siquiera con todo. Hace falta más. En ello radica el apasionante momento en que vivimos. Todo sirve y nada alcanza. Lo que Foster no advierte, es que ya no hay tiempo para salir de la crisis sin otra crisis sucesiva y mayor. Salir de la crisis sin la Tierra es imposible. Salir de la crisis sin nosotros, trataremos de que sea imposible.

Abandonada en la guerra toda esperanza de complejidad, queda la barbarie de una Tierra sin pachamama, sin retornos enriquecidos de muertos y de vivos, de amor matrio es decir de inteligencia de ser y hacernos en la trama de la naturaleza y la cultura en devenir, de convivencia y usos multiplicados, de optimización mutua y evolución, de creación y morfogenia, de realización y reinvención, de redescubrimiento y refloración. La Tierra Prometida no puede ser la Tierra Conocida. No hay solución única como tampoco futuro esplendoroso, pero hay la asunción de la conciencia sobre la estupidez global. La vigilia contra la estupidez programada incluye vocación de lucha contra la indiferencia. Con Morin argumentamos que aún no comprendimos las fuentes de la aventura que vivimos. Pero estamos en los bordes. Alguien debe empujarnos por la espalda a volar. Nosotros mismos. Aquí mismo. Podemos no esperar nada desde ahora, podemos esperarlo todo desde ahora, lo que no podemos es transigir con tanta criminal estupidez. La complejidad de los problemas planteados por la crisis posmoderna del hombre, no es reductible a una crisis de burbuja financiera. Pero la gran burbuja reventó y lo que queda es el hombre desnudo. Nosotros. Hoy y aquí con vida.

Para detener la nube amarilla hay que descolgar el cielo. Lavarlo en el mar de los sueños y las vigilias, y volverlo a su lugar.


Ponencia presentada en el II Seminario Internacional de Sustentabilidad, Guadalajara, México, Noviembre de 2008. Enviado para el Foro el 19 de noviembre de 2008.