La crisis me da risa: una mirada desde los Grundrisse del capitalismo contemporáneo

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Autor: Adrián Sotelo Valencia* **

Para la mayoría de la humanidad, que es la clase trabajadora y el
proletariado todo, debe quedar muy claro que la presente es una crisis
estructural, prolongada y derivada de las profundas contradicciones históricas
acumuladas por el sistema en las últimas tres décadas y que son coincidentes
con lo que se ha dado en llamar "neoliberalismo", es decir, un patrón de
producción y reproducción, intercambio y consumo del capital internacional y de
Estado, fundado en la división internacional del trabajo y en la dinámica
empresarial de las fuerzas del mercado (oferta-demanda) y que, para ello,
cuenta con todos los instrumentos jurídico-políticos e
institucionales―así como de las fuerzas represivas― del Estado y de
otros instrumentos del sistema de dominación, por ejemplo, el poder persuasivo
de los medios de comunicación, la educación y los procesos ideológicos.

Por lo tanto de ninguna manera se trata de una "crisis inmobiliaria" o
simplemente "financiera" como se viene propagando desde los círculos oficiales
del poder político-ideológico de Estados Unidos y de la Unión Europea y en los
medios de comunicación privados y oficiales. Sí ha así fuera, sencillamente por
sentido común, se entendería que con la inyección de 700 mil millones de
dólares que el Congreso norteamericano aprobó con el objetivo de que el
Departamento del Tesoro adquiera la deuda llamada de "mala calidad" de los
bancos privados, el problema ya se hubiera resuelto o, por lo menos,
distendido, en vez de pronunciarse y profundizarse como está ocurriendo, al
grado de estar el sistema todo en riego de precipitarse en un ciclo recesivo de
incalculables consecuencias para la humanidad.

Se equivocaron los teóricos de las ondas largas que auguraban la
existencia un nuevo ciclo Kondratiev de tonalidad expansiva que por lo menos se
debería extender hasta el año 2025, cuando ya hubiera una "nueva hegemonía"
ubicada en un "nuevo polo geopolítico con centro en Asia: sea Japón, China,
Rusia, India, Pakistán o un "hegemón combinado", sui generis que hiciera
las veces de reemplazo del imperio norteamericano, cuestión que no se ve muy
clara en estos tiempos. Más bien, lo que ocurrió, por lo menos desde la crisis
mundial de 1974-1975, fue que el actual ciclo recesivo que allí se originó, fue
constantemente regenerado, en los ochenta y los noventa del siglo pasado, con
las políticas liberales y mercantilistas del gran capital y del Estado
keynesiano, al grado de cambiar, luego de la industrialización de los países
del tercer mundo y, en particular, de los de América Latina, su proceso de
acumulación y reproducción de capital en función de las prerrogativas que
demandaba el mercado mundial gobernado por las empresas transnacionales de las
potencias imperialistas (al respecto consúltese literatura relevante de la teoría
de la dependencia y sobre el intercambio desigual). Porque muchos teóricos se
fueron con la finta de que el problema era "estrictamente financiero" y de
dificultades de los precios ("deterioro de los términos de intercambio") y de
las tasas de ganancia. Basta recordar la propagandística tesis de la CEPAL para
calificar y reducir toda la crisis estructural, financiera, industrial,
productiva, laboral y comercial de los países latinoamericanos de los ochenta
como un "crisis de la deuda" que repitieron como pericos tirios y troyanos,
mientras que el "período" lo calificaron como una "década perdida", aunque
nunca se aclaró perdida para quién.

Por el contrario, si bien la crisis es una crisis de sobreproducción
(mayor la oferta que la demanda) y de realización de mercancías y de capital
(por ende: de producción de anti-valor y dificultades de realización de
plusvalía), sin embargo, también es cíclica; es decir, atraviesa por un ciclo
de prosperidad, expansión, recesión, depresión y crisis donde intervienen, en
cada uno de esos momentos, el Estado y las políticas del capital. Pero debemos
observar, y aguzar, su carácter cualitativo y en espiral: queremos indicar con
ello que se trata de un proceso histórico estructural del desarrollo
capitalista global y dependiente que en cada ciclo histórico, por ejemplo, cada
diez años, ve reducirse la duración de los periodos de crecimiento económico y
de producción de riqueza y aumentar los de recesión, depresión y de crisis como
está sucediendo en la actualidad. Es decir, la gripe en el paciente enfermo y
en el adulto es la misma, pero su manifestación en ambos, completamente
diferente. Por ello

"…las categorías más abstractas, a pesar
de su validez ―precisamente debida a su naturaleza abstracta― para
todas las épocas, son no obstante, en lo que hay de determinado en esta
abstracción, el producto de condiciones históricas y poseen plena validez sólo
para estas condiciones y dentro de sus límites (Marx, Karl, Elementos
fundamentales para la crítica de la economía política
" ( Grundrisse )
1857-1858, Siglo XXI, México, 1980, octava edición).

Tesis fundamental contra el pensamiento conservador en el sentido de la
afirmación de que las categorías son fiel reflejo tanto de la realidad externa
(el mundo empírico, la naturaleza, de la "cosa en sí" kantiana, según Lenin en Materialismo
y empiriocriticismo
), como de la historia, pero de ninguna manera
constituyen categorías aisladas o eternas (globalización, fin de la historia,
postcolonialismo, democracia) como pregonan las corrientes del pensamiento
idealista.

La actual crisis capitalista del mundo, tanto en el centro del sistema,
como en su periferia (subdesarrollada y dependiente), es esencialmente una
crisis de producción de valor y de plusvalía, y que Marx vislumbró hace 150 años
en el magnífico borrador de los Grundrisse y desarrolló
posteriormente en su monumental obra El capital, crítica de la
economía política
, en una suerte de secuencia epistemológica y conceptual
entre ambos, muy distante de la tesis de Antonio Negri en su Marx más allá
de Marx
, donde presupone lo contrario, o de su fragmentación generacional
y "ruptura epistemológica" de Louis Althusser que divide el pensamiento de Marx
en rebanadas ideológicas, como dice Mandel.

Planteamos que una vertiente de la crisis estructural del capitalismo
mundial actual se deriva de la insuficiencia, y hasta cierto punto,
incapacidad, de los mecanismos del sistema para generar el valor en general
suficiente que restituya la producción de valor en el proceso de trabajo, valorice
el capital invertido (en medios de producción, materias primas y en fuerza de
trabajo o capital variable); cree plusvalía y restituya el aumento de la tasa
de ganancia. Esta tesis deriva de aquélla constatada ejemplarmente por Marx
cuando expone que el trabajo, la fuerza de trabajo, es el único factor
productor de valor y, por ende, de plusvalía y que cuando el capital no está en
la esfera de la producción, sino en la de la circulación, es improductivo, de
tal manera que "Este proceso de realización es a la par el proceso de
des-realización del trabajo. El trabajo se pone objetivamente, pero pone esta
objetividad como su propio no-ser o como el ser de su no-ser: del capital" (Grundrisse,
L.I., p. 415). Por eso, como está ocurriendo en la actualidad, cuando el
capital global desplaza crecientemente parcelas de fuerza de trabajo en todas
las industrias, servicios y actividades, países, territorios y regiones y en el
mundo entero, al mismo tiempo que se disloca hacia las actividades
especulativas características del capital ficticio (es decir, el capital
que se desconecta, durante determinados períodos, de la esfera de la
producción), si bien es cierto que crea más productos (valores de uso), sin
embargo, progresivamente en el largo plazo crea cada vez menos valor (de
cambio), lo que termina por castigar severamente la tasa de plusvalía y, por
ende, la media de ganancia del sistema. Como la tendencia del capital es la de "…volver
superfluo (relativamente) el trabajo humano, la de empujarlo como trabajo humano
hasta límites desmesurados" (Grundrisse, L. I., p. 350), esta tendencia
termina por castigar la tasa de plusvalía y, a través de las categorías como
competencia, distribución, apropiación, a la tasa de ganancia; fenómenos
concatenados que precipitas al sistema a la crisis.

Además, cuando el capital, como está ocurriendo hoy en la economía
capitalista global, se concentra en la esfera financiera, en los bancos, en el
comercio, en la circulación, de acuerdo con Marx, se reafirma el proceso de
desvalorización, porque ese capital no crea valor ni plusvalor en esa esfera,
sino solamente en la de la producción, que es el espacio-tiempo donde la fuerza
de trabajo se articula con los medios de producción y la transformación de la
naturaleza para ―poder― producir medios de consumo y nuevos medios
de producción que revitalicen el proceso de reproducción del capital en una
nueva escala superior. De esta forma,

"…la desvalorización constituye un elemento del proceso de
valorización, lo que ya está implícito en que el producto del proceso en su
forma directa no es valor, sino que tiene que entrar nuevamente en la
circulación para realizarse en cuanto tal. Por lo tanto, si mediante el proceso
de producción se reproduce el capital como valor y nuevo valor, al mismo tiempo
se le pone como no-­valor, como algo que no se valoriza
mientras no entra el intercambio
" (Grundrisse, L.I., p. 355).

Según Marx, el proceso de valorización de capital, además de esta
desvalorización implícita, también incluye tanto la conservación del valor como
la creación de plusvalor por la fuerza de trabajo. Debemos constatar que el valor
de uso
de la fuerza de trabajo ―que es el que en el mercado compra el
capital―, produce la plusvalía (vital para el sistema) y se
determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción y
reproducción, y no al revés. Por esa misma razón Marx aclara que "El tiempo
vivo de trabajo que el capitalista adquiere en el intercambio no es el valor de
cambio, sino el valor de uso de la capacidad de trabajo" (Grundrisse, L.
II., p. 195). Disipándole a Ricardo y, por extensión a los teóricos de la
economía política clásica, esta confusión entre valor de uso y valor de cambio
y su relación con la producción de plusvalía Marx aclara que: "Lo que el
capitalista recibe en el intercambio es la capacidad de trabajo: es este
el valor de cambio que paga. El trabajo vivo es el valor de uso que tiene para
él este valor de cambio, y de este valor de uso surge el plusvalor" (Grundrisse,
L. II, p. 54). Categorías simples, pero que son la base de toda la confusión de
la economía política clásica y neoclásica de nuestros días que no atinan a
entender el papel central del trabajo y del valor en nuestros días.

Y justamente, en la constante valorización-desvalorización del capital, lo
que este castiga, contradictoriamente en aras de obtener plusvalía y ganancias,
es justamente ese trabajo que supone la reproducción del obrero (o sea: su
valor de uso determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su
producción y que se expresa en una proporción monetaria bajo la forma de
salario). Lo que comprime dentro de la jornada de trabajo el capital (en la
plusvalía relativa, véase la Sección Cuarta de El Capital) es justamente
el tiempo socialmente necesario para aumentar el tiempo de trabajo excedente no
remunerado que representa la plusvalía. Entonces por esto la categoría "tiempo
de trabajo", que había sido el eje alrededor del cual se calculaban todos los
valores y precios de las mercancías, en el capitalismo entra, primero, en
tensión y, más tarde, en la crisis (Véase mi libro: El mundo del trabajo en
tensión. Flexibilidad laboral y fractura social en la década de 2000
,
coedición Plaza y Valdés-FCPyS-Posgrado en Estudios Latinoamericanos-UNAM,
México, 200).

De tal manera que la proyección científica de Marx (válida hoy para el
siglo XXI y para la explicación esencial de la crisis contemporánea del
capital), es que en el capitalismo se agudiza, como está ocurriendo por todo el
sistema, la contradicción-lucha entre el tiempo de trabajo y lo que llamaríamos
desmedida del valor, es decir, que en cada ciclo de aumento real de la
productividad social del trabajo, debida entre otros factores, al incesante
incremento e incorporación de tecnología de punta en el proceso de trabajo, la
categoría "tiempo de trabajo" deja de ser un factor suficiente para aumentar el
plusvalor y, por ende, en el largo plazo, de la tasa de ganancia, la cual, por
el contrario, tiende a declinar, estimulando por todo el sistema el ciclo
especulativo, la concentración y centralización del capital y, como su
producto, las crisis financieras, monetaria e inmobiliarias como las que estás
en curso en Estados Unidos.

Ciertamente que ese tiempo, que es promedial, social y necesario, crece,
pero lo hace cada vez menos, debido entre otros factores, al desplazamiento de
fuerza de trabajo conforme aumenta la composición orgánica del capital (la
relación entre el capital constante y capital variable, o sea, la fuerza de
trabajo); al desarrollo tecnológico (que en sí no crea valor ni, por ende,
plusvalía, sino sólo lo transfiere al producto final, contrariamente a las
afirmaciones posmodernistas) y, finalmente, a la constante producción de
plusvalía relativa (articulada eficazmente con la plusvalía absoluta), de tal
manera que la hipótesis que aquí sostenemos es que: por más que siga aumentando
la productividad, desarrollándose la revolución tecnológica y "ahorrando fuerza
de trabajo" (desempleo, ejército industrial de reserva, etcétera), la reducción
del tiempo socialmente necesario para la producción de mercancías y de fuerza
de trabajo se va volviendo cada vez más marginal; es decir, cada vez más
insignificante para producir valor y plusvalor, aunque progresivamente esté
aumentando en la sociedad el volumen general de la riqueza física (valores de
uso), pero, sin embargo, con un valor contenido cada vez menor. Entonces el
sistema entra en crisis orgánica, estructural y civilizacional, como está
ocurriendo en la actualidad.

Las salidas que tiene el capital, por supuesto, son varias y ésta no es la
última crisis, a pesar de su severidad y espectacularidad. No hay una crisis
terminal del sistema, como a veces postulan sin bases ciertos marxistas
dogmáticos y trasnochados. El sistema del capital y su metabolismo social (István
Mészáros), tiene dispositivos muy serios que implementar para auto-regenerarse,
por supuesto, como la represión y la fuerza bruta (como en Irak y Afganistán),
cuando la crisis y la lucha de clases son incontrolables para el imperio.

Nosotros apuntamos dos tendencias importantes: la guerra imperial y la
generalización por todo el sistema del régimen socioeconómico de
superexplotación del trabajo como "salidas" inmediatas de la crisis, que
podrían recolocar una cierta corrección de la tasa promedio de crecimiento
económico del sistema capitalista, aunque en una proporción infinitamente menor
a la tasa alcanzada por el capitalismo durante los llamados "treinta años
gloriosos".

En este contexto, desde la década de los años ochenta del siglo pasado,
cuando asumen la supremacía las estrategias estabilizadoras del neoliberalismo
y del capital financiero, las crisis capitalistas modernas están hoy mucho más
que nunca en el pasado indisolublemente asociadas a la reestructuración del
capital y del mundo del trabajo (en materia de salarios, organización del
proceso de trabajo, formación sindical, calificación y adiestramiento, así como
del ejército industrial de reserva, con el fin de adecuarlos a la lógica y
condiciones de funcionamiento del mercado en el marco del cual asumen un papel
estratégico las políticas del Estado y del capital encaminadas a estimular el
crecimiento de la tasa de ganancia, contrarrestar las tendencias a la
disminución del ritmo de acumulación y a favorecer los procesos de reestructuración

y desregulación de la fuerza de trabajo (Cf. James O' Connor, Crisis de
acumulación,
ediciones Península, Barcelona, 1987).

En ese lapso ocurrieron cambios cuantitativos y cualitativos en aspectos
importantes de las estructuras de acumulación y valorización de capital; en los
regímenes políticos y estatales (por ejemplo en América Latina), así como en
las estructuras de clase y en las instituciones de las sociedades
contemporáneas.

Es así como en el aspecto estructural de la dimensión económica, se fue
consolidando un nuevo patrón de acumulación y reproducción de capital
neoliberal, con fuerte propensión a volcarse al mercado mundial capitalista,
particularmente en los países dependientes y subdesarrollados de América Latina
(Cf. mis libros: México: dependencia y modernización, Ediciones El
Caballito, México, 1993, Globalización y precariedad del trabajo en México,
Ediciones El Caballito, México, 1999, La reestructuración del mundo del
trabajo, superexplotación y nuevos paradigmas de la organización del trabajo
,
coedición ITACA-UOM-ENAT, México, 2003).

Hoy ese patrón privilegia la producción de productos primarios para la
exportación así como de biocombustibles, donde Brasil posee la segunda
industria de biocombustibles del mundo por su tamaño después de Estados Unidos
y proporciona alrededor de 40% del combustible que consumen sus automóviles y
se calcula que pronto podrá suministrar 15% de su electricidad mediante la
quema del bagazo de la caña de azúcar (Cf. Economist Intelligence Unit, "El
futuro de la energía", La Jornada, 1 de julio de 2008). De esta forma,
para aumentar las exportaciones la mayor parte de los países latinoamericanos
se vio orillado a reconvertir sus aparatos productivos y sus patrones de
acumulación de capital en función del sacrosanto principio neoliberal de
especializar los aparatos productivos en beneficio de sectores tradicionales
primario-exportadores dependientes de la producción de petróleo, gas,
agricultura, ganadería, minerales, frutas, en suma, de recursos naturales que,
dígase de paso, hoy constituyen la base de los patrones de reproducción de
capital de América Latina destacando el Cono Sur y países de la región andina y
centroamericana. De esta forma, la condición del crecimiento económico que
vienen imponiendo los organismos internacionales como el Banco Mundial, el
Fondo Monetario, la OCDE y el BID, pasa a depender del grado que alcance la
especialización productiva en cada economía nacional ―dentro del marco de
la nueva división internacional del trabajo y del capital― para exportar
recursos naturales y productos básicos -que otrora consumía la población- como
ocurrió en los países del Cono Sur, antes que de mercancías complejas de alto
valor tecnológico agregado que resultaban del proceso de industrialización,
como plantearon reiteradamente los autores de la CEPAL y, hoy, los
neo-estructuralistas del desarrollo y las corrientes evolucionistas de la
tecnología .

El Otro elemento que se coloca como "dinamizador" de la economía es la
exportación de fuerza de trabajo barata y supernumeraria como muestra el caso
de México y de Centroamérica principalmente hacia Estados Unidos. Aunque este
fenómeno hoy presenta dificultades, sobre todo, derivadas de la contracción de
la economía norteamericana en materia de remesas y migraciones.

Estas políticas conservadoras de reconversión industrial y de ajuste de
las economías a los requerimientos de las grandes empresas no bastaron en la
década de los ochenta y de los noventa, como no bastan hoy, para resolver la
crisis capitalista, sino que se proyectan a nuevos espacios y sectores que
amenazan seriamente la viabilidad tanto del sistema como de la propia
humanidad.

En el ámbito político-jurídico y social el perfil correspondiente de ese
patrón de reproducción se expresa a nuestro entender en la gestación de cambios
significativos en el Estado que por ello pasa de ser "bienestarista"a
francamente neoliberal, minimalista y empresarial, es
decir, un Estado burgués, penal y de seguridad (Bensaid), que prácticamente se
está extendiendo e imponiendo con mucha fuerza en todo el mundo para legalizar
las políticas del gran capital en materia económica, social y ambiental
tendientes a su mercantilización. Y obviamente en la imposición y
funcionamiento de tal tipo de Estado se hace imprescindible el permanente uso
de la fuerza, los sistemas de exclusión social de la población de los mínimos
vitales de subsistencia y de su participación activa en los asuntos públicos
del gobierno. O sea, un Estado permanente de seguridad nacional y de contrainsurgencia
fundado en lo que Ruy Mauro Marini denominó Estado del cuarto poder, que
es capaz de revitalizarse tanto en los países del capitalismo avanzado como, y
con mucho mayor fuerza, en los dependientes y subdesarrollados de su periferia.

Es así como hoy el Estado capitalista contemporáneo es sustancialmente
(más) funcional y orgánico a la reproducción del capitalismo en esta fase
neoliberal y conservadora, y completamente incapaz para cubrir los
requerimientos de la fuerza de trabajo y las crecientes necesidades de las
grandes masas de la población en materia alimentaria, de salud, educación,
vivienda y recreación como llegaron a postular, insuficientemente en el pasado,
autores keynesianos como el brasileño Francisco de Oliveira, Os direitos do
antivalor. A economía política da hegemonía imperfeita
, Editora Vosez, Sao
Paulo, 1998, a través de la categoría analítica que él denomina en esa obra "fundo
público"
o sean los recursos que el Estado destina a la reproducción de la
fuerza de trabajo en materia de seguridad social, bienestar, alimentación,
subsidios, pero sin explicar ―y aquí radica toda la debilidad de su
análisis― el origen de los recursos de ese fondo público.

No hay que ir muy lejos para constatar esta situación frente a la crisis
energética, alimentaria, financiera e inmobiliaria que azota en nuestros días
al sistema capitalista, a partir de la crisis de Estados Unidos en curso y que
justamente se está tratando de paliar mediante la expropiación de derechos y
garantías de los trabajadores, así como de las reformas tendientes a aumentar
la superexplotación del trabajo en todo el mundo.

De cierto ángulo la crisis de agotamiento del viejo patrón de reproducción
de mediados de los setenta y el advenimiento del nuevo a partir de los ochenta
se explica por una cierta asincronía entre lo que Marx llamó el ser social como
determinante de las categorías correspondientes a la superestructura pero que,
equivocadamente o por miopía acomodaticia, los críticos y los enemigos del
marxismo la tomaron al pié de la letra sin ver su dimensión metafórica, crítica
y cualitativa y, por supuesto, su carácter metodológico para imaginar los
rumbos de la investigación científica que, por cierto, se desplazan desde lo
abstracto a lo concreto y nuevamente a lo abstracto, para brindar una
perspectiva de múltiples relaciones e interrelaciones de carácter global y
dinámica. (Karl Marx, Prólogo de la contribución a la crítica de la economía
política
, OE, Progreso, Moscú, p. 182).

Dos décadas y media de neoliberalismo mundial y vernáculo es la historia
crítica de esa contradicción entre el viejo modo de vida, de producción y
trabajo capitalista que se resiste a perecer (el antiguo Estado del bienestar:
desarrollista, industrializador y fordista) y uno presuntamente nuevo, neoliberal,
global, agresivo, excluyente, polarizante, anti-industrializador que se está
afianzando a toda costa, incluso con la represión de los movimientos populares
que a él se oponen en cualquier parte del mundo.

En esta lógica el neoliberalismo privatizó el sistema económico y social
para adaptarlo a las necesidades de la acumulación y reproducción del capital
de los países desarrollados de occidente mediante la imposición de políticas
económicas de choque-ajuste-estabilización y a través de fases de crecimiento
económico (relativo) que, más tarde, produjeron crisis estructurales y
financieras del sistema capitalista mundial, siendo su momento más álgido la de
México en 1994-1995.

Otra línea, en la lógica de desarrollo del capital, se dio mediante el
expansionismo de las grandes empresas trasnacionales-red apoyadas en el Estado
burgués dependiente y en los Estados imperialistas de Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón en función de una supuesta globalización y democratización como
"valores universales". Esto provocó un refuerzo de la cohesión del capital en
los niveles industrial, comercial, rentista, bancario, financiero y ficticio,
presentando un panorama de verdadera globalización del poder trasnacional sin
contradicciones sustanciales aparentes, que sólo pueden ser "resueltas" dentro
del propio sistema capitalista.

De aquí las fórmulas ideológicas del "fin de la historia y del trabajo"
(Fukuyama y Bell, respectivamente), el "auge" de la "new economy" y del "consenso
de Washington que difunden un mensaje subliminal relativo a que el sistema es "todopoderoso"
ante el cual no existen fuerzas sociales y políticas que lo puedan superar
(Bush) en un contexto en que el capital está asumiendo una configuración desde
la década de los ochenta del siglo pasado, la forma parasitaria del capital
ficticio: una cierta supremacía hegemónica en el capitalismo globalizado del
siglo XXI que castiga con severidad los sistemas productivos y las tasa de
crecimiento del empleo productivo de una buena porción de la humanidad trabajadora
(François Chesnais, "A fisionomia das crises no regime de acumulação sob
domináncia financeira", Novos Estudos, CEBRAP no. 52, noviembre de
1993).

La supremacía del capital ficticio (que no crea valor, ni plusvalía)
aunado a la contracción de las tasas de crecimiento promedio del sistema
productivo y económico, sumergieron al capitalismo en la crisis más severa que
estamos padeciendo. En breve, recordemos los factores de la recuperación de la
rentabilidad del capital que Marx indica en el Libro III, Sección III: "Ley de
la tendencia decreciente de la cuota de ganancia"; capítulo XIV: "Causas que
contrarrestan la ley" ( El Capital, vol. III, FCE, México, pp. 232-239)
:

a.
Aumento del grado de explotación del trabajo.

b.
Reducción del salario por debajo de su valor (superexplotación).

c.
Abaratamiento de los elementos que constituyen el capital constante
(máquinas, materias primas, edificios).

d.
Incremento del desempleo y del subempleo.

e.
Ampliación del comercio exterior en el mercado mundial.

f.
Aumento del capital-acciones (capital ficticio).

Es evidente que, contra aquéllos que plantean que Marx "ya es obsoleto" o,
como dijo alguien: "antiguo", esos mecanismos utilizados por el capital para
contrarrestar la caída de la tasa de ganancia no sólo se mantienen, sino que
hoy en día se han desarrollado infinitamente, junto a otros nuevos
efectivamente como el espectacular desarrollo del capital financiero
especulativo (capital ficticio), la dinámica transnacional de las empresas
multinacionales, la generalización y universalización de la superexplotación
del trabajo y de la ley del valor (globalización), el uso de nuevos métodos de
producción y organización del trabajo al amparo de la informática y del
constante desarrollo tecnológico, así como la dirección que el Estado
neoliberal le imprime a sus políticas públicas en beneficio de la rentabilidad
y la expansión general del capital.

Al respecto basta mencionar, en tanto elementos de la superexplotación del
trabajo, las 65 horas de aumento de la jornada de trabajo que el 9 de junio de
2008 aprobó el Consejo Europeo de Ministros Estado y la patronal organizada de
los países de la Unión Europea, o sea, para prolongar legalmente la jornada de
trabajo para producir plusvalía absoluta. Ello supone que un empleado podrá
trabajar hasta un máximo de 65 horas semanales, si así lo "acuerda" con el
empresario (preguntémosles a los trabajadores gallegos qué opinión tienen de
este "acuerdo voluntario"). Esta es la esencia del nuevo contrato flexible de
trabajo con el capital en la modernidad capitalista

Por otro lado, el desarrollo inusitado de nuevos métodos de explotación y
organización del trabajo, como el toyotismo de origen japonés que, como
demuestran autores y estudios especializados, tiene como eje de sustentación la
intensificación de la fuerza de trabajo, para aumentar la plusvalía relativa.
Por último, el tercer elemento de la superexplotación y que expone Ruy Mauro
Marini en su Dialéctica de la dependencia, es, dice, la disminución
del fondo de consumo de los trabajadores y su conversión en fuente de
acumulación
del capital. Situación esta última que presupone la disminución
de los salarios por debajo del valor real promedio de la fuerza de trabajo.
Fenómeno que ya se comienza a advertir en el capitalismo central, pero que
requiere de más profundización y de serios estudios de caso que lo verifiquen.

Por lo pronto el régimen de superexplotación del trabajo ―en tanto
categoría constituyente del capitalismo dependiente que se desarrolló
históricamente entre 1850 y 1982― hoy en día también se generaliza al
seno mismo del capitalismo central, para operar allí como un genuino mecanismo
de contención de la crisis y de los serios problemas de reproducción y de
rentabilidad como los que se están verificando en el capitalismo mundial y
donde la crisis inmobiliaria y financiera son sólo manifestaciones de esas
profundas mutaciones y ajustes del mundo del trabajo y de la explotación.


* El autor se incorporó al Foro y contribuyó al mismo
con éste artículo el 8 de noviembre de 2008. El trabajo fue inicialmente
publicado en www.rebelion.org y reproducido en RGE 493/08.

** Adrián
Sotelo Valencia es investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la
FCPyS de la UNAM y catedrático del Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la
misma universidad. E mail: tecamatl@hotmail.com