Foro de elaboración y debate: Capitalismo en trance. A modo de introducción

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La burbuja financiera, como ocurre con todas las burbujas, explotó, y al estallar explicitó una crisis sin antecedentes que hace crujir al sistema; sus consecuencias desbordan lo económico y sus efectos tendrán profundas y prolongadas secuelas en la vida de millones.

¿Cómo reaccionará la población mundial ante este cuadro inédito? Es un interrogante que en tiempos breves empezará a develarse.

Las valoraciones sobre sus causas, profundidad y duración varían según la lógica utilizada para el análisis, desde la simplificación burda de responsabilizar a una elite de ejecutivos voraces, hasta el anuncio del próximo fin del capitalismo.

Más certidumbre existe entre quienes vienen argumentando con solidez que estamos ante el fin de una etapa que comenzó en los ’70, que produjo enormes transformaciones reestructurando los espacios productivos, de distribución y comercialización, para lo cual se requirió desmontar el conjunto de normas y controles estatales existentes, lo que dio lugar al nacimiento de un nuevo régimen de acumulación. Este modo, llamado flexible o posfordista, fue liderado políticamente por la dupla Thatcher -Reagan y conocido universalmente como neoliberalismo.

Algunos autores entendieron que esa abrupta modificación de la topografía socio-económica anunciaba el ingreso a una nueva fase, quizás la última, de lo que dieron en llamar capitalismo tardío, senil, agónico o desorganizado, anticipando la hipótesis de una sociedad poscapitalista.

En esta fase neoliberal, el mecanismo financiero fue la forma adoptada para enfrentar la crisis generada por sus propias limitaciones. Su continuidad sistémica siempre dependió de la capacidad para sortearlas, aunque en ese camino fuera construyendo sus nuevos obstáculos, sus barreras inmanentes. En este periodo se afirmó el mito de su superación ilimitada, donde el fetichismo del dinero alcanzó jerarquía religiosa; el principal ritual para ampliar artificialmente la necesaria demanda fue imponer como paradigma la cultura del consumo.

El futuro no era más que un presente repetido de ganancias ilimitadas. Ahora, después de la debacle, la elite corporativa, en una conducta bipolar, pasó de la fiesta interminable a la oscuridad del abismo. La resaca amenaza ser duradera, alegoría y escarnio. El resultado del despilfarro significa nuevas cargas para las mayorías, pesado sayo que condiciona ya a varias generaciones.

El Estado fue apropiado por el núcleo hegemónico, el financiero, para garantizar su expansión. Toda la literatura publicada como parte de su doctrina fundamentalista alimentó una excepcionalidad sin normas para legitimar ese mecanismo.

Después de años de recortes al gasto social sustentado en el discurso eficientista, en pocos días se vuelcan en un virtual agujero negro cifras de una magnitud difícil de mensurar.

La desesperada respuesta de los gobiernos para salvar a los principales agentes de la implosión, al tiempo que niegan recursos para planes de salud, educación, pensiones para ancianos, transforma el estupor en indignación y abre una fisura por donde puede emerger el cuestionamiento hacia una sociedad capaz de generar estas ominosas barbaridades.

Los medios de información deben extremar su capacidad para no decir lo evidente, para encontrar las palabras justificatorias que hagan creíble el discurso gatopardista; el termino “regulación” se repite tan asiduamente como antes el de “libertad de mercado”.

El capitalismo no está fallando, ha estado haciendo lo que está en su naturaleza, pero ese hacer destruyó parte de las bases para seguir acumulando.

Los llamados a volver a una economía productivista deben asumir que la esencia del capitalismo del siglo XXI está dominado por el monopolio financiero, rentista y parasitario. Su gigantesca riqueza se construyó sobre la especulación, generando una enorme deuda y un volumen inabarcable de capital ficticio. Sin embargo, los mayores deudores del mundo siguen comprando valores sin valor.

El ideal de hacer dinero con el dinero, eludiendo el doloroso y conflictivo proceso de producción, evidenció su falacia. La fuga hacia el paraíso financiero no es una disfunción circunstancial, ni un atajo para optimizar ganancias: evidencia un rasgo crónico propio, los límites del propio capital. La veloz y salvaje reconversión de los países del Este europeo y la incorporación de China a la globalización no alcanzan para superar la contradicción entre superproducción y consumo. Tarjetas de crédito e hipotecas son sólo plástico y papel.

Nadie quiere blanquear la gigantesca estafa, asumir que gran parte de los activos no existen, son ficticios. En esa maniobra no sólo participaron los agentes financieros sino todo el estado mayor del sistema, políticos incluidos; los mismos que ahora hipócritamente se preguntan por qué lo que nunca iba a suceder, de pronto aconteció.

La búsqueda de cargar el colapso en un pequeño número de aventureros irresponsables no es más que una maniobra mediática; ese sector, ayer brillantes ejecutivos, es protegido con la impunidad. La metamorfosis del culpable no resultará tan sencilla como en el 11 de Septiembre.

La codicia, el culto al individualismo, la apropiación sin límites del trabajo ajeno y la naturaleza son parte de un patrón que no existe sólo en Wall Street, en la City de Londres y en la bolsa de Tokio.

En la periferia, los tímidos intentos de mostrarse exentos se evaporaron con la misma velocidad con que los efectos se hicieron sentir en todas las latitudes Todo está conmocionado por la crisis. Ningún país o región puede considerarse fuera, aunque las formas y tiempos sean diferentes; la globalización impone un espacio que hace tiempo supera las líneas de frontera. Huracanes recientes, de menor intensidad, demostraron su efecto en todo el planeta; de este tsunami nadie está protegido.

No se trata sólo de una desaceleración circunstancial; se inicia un cuadro recesivo cuyo horizonte final es difícil de prever, y en el tránsito entre recesión y depresión se intuye el primer resultado: el desempleo masivo.

Hemos llegado a un estadio crítico con implicancias inéditas, potencial disparador de una nueva ola de resistencias y confrontaciones. En tiempo de descuento, el capitalismo deberá modificar y replantearse condiciones creadas en décadas. Nada sencillo, por cierto.

Es impensable suponer que las corporaciones de los Estados Unidos o Gran Bretaña, que en su afán por maximizar beneficios y externalizar costos desarmaron su estructura productiva, retrocedan en la historia. ¿Volverán a Detroit o a Inglaterra, donde el 80% trabaja en servicios? ¿Desaparecerán las maquiladoras del norte de México?

El período que se inicia será más polarizado y jerárquico. En un cuadro recesivo o, peor aun, de depresión severa habrá menos para repartir, por lo cual la disputa puede ser más violenta. Por lo pronto, vemos la impotencia y obsolescencia de las instituciones para actuar en un nuevo orden que impone aceleradamente nuevas relaciones.

La estructura cruje, tiene grietas profundas, no es un mal de superficie; toda su construcción esta viciada, ya nada podrá ser igual.

La propuesta de refundar el capitalismo es un reconocimiento innegable del naufragio, pero allí se agota su originalidad. Su debacle no sólo se da en el mundo de las finanzas; basta con repasar todos los dramas sociales y políticos de nuestro tiempo, desde el hambre hasta el medio ambiente, desde la marginalidad hasta la guerra, para reconocer cuánta dosis de cinismo encierra el planteo re-fundacional. La confianza y credibilidad en el sistema se desfleca y puede desaparecer; su reemplazo no es predecible, el más allá aún está por definirse: una nueva fase del capital o algo diferente. Esta probabilidad será factible sólo si surgen múltiples sujetos capaces de cuestionarlo, resistirlo, empezar a pensar la posibilidad de otro sistema.

Establecer cómo y sobre todo quiénes decidirán el sistema por venir, será tal vez la lucha político-social más importante en estos tiempos.

Revista Herramienta