Apuntes sobre la crisis

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Autor: Andrés Méndez·i

Decir que la crisis actual es la más grave desde la de los años
’30 se ha vuelto un lugar común. Sin embargo, no hay
manera de eludirlo. Desde que los Estados Unidos superaron aquella
famosa crisis con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, ese país
no atravesó un sacudimiento económico de la misma
magnitud. Algunos estudios señalan que ese país se
encuentra en recesión desde diciembre de 2007 y, si esto es
exacto, ya se trata de la crisis más larga en más de
treinta años, con el agregado de que la recesión se
está profundizando. El otro aspecto importante es que en esta
oportunidad, como hace más de setenta años, el
terremoto atraviesa la entera geografía del capitalismo
mundial.


Gran Bretaña, Alemania, España e Italia están en
recesión y Francia aún sostiene un crecimiento tan
insignificante que equivale al estancamiento. Las autoridades
japonesas también han admitido que ese país está
en recesión. La OCDE, que agrupa a las 30 naciones centrales,
prevé que el conjunto de sus miembros transitan bajas del
producto en estos meses finales de 2008 y que seguirán en
caída por lo menos durante la primera mitad de 2009. En lo que
hace a la duración, este pronóstico parece
excesivamente optimista.


* * *


La crisis actual presenta algunos rasgos comunes con las que se vivieron en el
mundo en los ’90 y los dos primeros años de este siglo:
todas ellas han comenzado como crisis financieras, al estallar
burbujas especulativas. Pero más importantes que esos rasgos
comunes son las diferencias, al menos en lo que hace a la magnitud,
extensión y posible duración.


En primer lugar, hay una diferencia abismal entre las crisis que aparecieron y
se desarrollaron fundamentalmente en países periféricos
(México, Sudeste asiático, Rusia, Brasil, Argentina),
con mayor o menor impacto sobre otros países periféricos
y escasa incidencia en los centrales. También hay diferencia
con crisis producidas en países centrales, pero que fueron
relativamente suaves y no afectaron al conjunto de estos países
(Estados Unidos en 1990-91 y 2001-02) o que tuvieron efectos graves
limitados a un solo país (la recesión japonesa seguida
de estancamiento durante toda la década). Ahora, en cambio, el
estallido se produjo en la primera economía mundial, la de
EE.UU. y se ha ido extendiendo a la economía mundial en su
totalidad. Más aún, el contagio, a diferencia de los
casos anteriores, ha afectado en primer lugar a los países
centrales.


Otra diferencia de importancia es el hecho de que esas crisis anteriores
tuvieron efectos acotados sobre el sector productivo de las mayores
economías y el comercio internacional. Por eso, bastó
con una poda más o menos importante del capital ficticio para
que las economías se reencarrilaran en plazos no muy largos.


Como ya queda dicho, todas las crisis mencionadas comparten con la actual su
origen en el sector financiero, sobredimensionado durante las tres
décadas de predominio de la valorización financiera en
el capitalismo mundial.


El puntapié inicial de ese predominio lo dio la resolución
de la Fed (el banco central norteamericano) de 1979, que decidió
subir las tasas de interés todo lo que fuera necesario para
suprimir la inflación. Esta medida, que dio a las clases
medias (principal, pero no exclusivamente, de los países
centrales) la sensación de valorización de sus ahorros,
incorporándolas al circuito financiero, y constituyendo así
la base social indispensable para el lanzamiento de la ofensiva
thatcheriana-reaganiana contra los trabajadores. La combinación
de altas tasas de interés, aumento de las tasas de ganancia y
amplia libertad de movimientos de capitales y mercancías
dieron forma a la nueva etapa capitalista que se conoce con el nombre
de neoliberalismo.


Se trata de un período de ataque masivo a las conquistas de los
trabajadores, de aumento brutal del desempleo y de las desigualdades
sociales y de crecimiento de la dependencia de los países
periféricos respecto de los centrales.


La absorción fulminante de Europa del Este y la antigua Unión
Soviética por parte del capitalismo mundial, con crisis
devastadoras en esos países y penetración masiva del
capital imperialista en casi todos ellos, es uno de los rasgos
decisivos de esta ofensiva general del capital financiero y las
empresas transnacionales.


Desde luego, este proceso ha tenido diferencias apreciables según
los países y la resistencia que presentaron las masas y las
viejas estructuras forjadas durante la vigencia del compromiso
keynesiano de posguerra. Así, el neoliberalismo no llegó
a imponerse completamente en Francia o en Brasil, para citar dos
casos. Y en China, el férreo control del aparato burocrático
del Partido Comunista nunca cedió las palancas de mando de la
economía y la sociedad a los capitales que penetraron en el
país. Así, el neoliberalismo ha llegado a su
declinación sin haber conseguido imponerse de manera completa.


* * *


La magnitud de la crisis y el impacto que tiene sobre la conciencia de
millones constituye una oportunidad para la explicación del
carácter irracional, destructivo y perverso del capitalismo y
de la imperiosa necesidad de destruir ese sistema económico-social
como condición para el desenvolvimiento de la vida humana
sobre el planeta.


No es casual que en la reciente feria de libros de Frankfurt haya habido un
repentino interés por la obra de Marx y, particularmente, de
El capital.


La crítica del capitalismo y la necesidad de su reemplazo por otro régimen
social en que no haya propiedad privada de los medios de producción
(el socialismo) está en marcha en numerosos y valiosos
trabajos sobre la crisis. Por ese motivo, no es ese aspecto el que me
propongo desarrollar aquí.


Por lo demás, el retroceso en la vida material, en la organización
y en la conciencia de la clase trabajadora que hemos sufrido durante
las décadas neoliberales, así como el desprestigio que
arrojó sobre la idea socialista el fracaso de los regímenes
de corte soviético, hacen más difícil y lento el
camino hacia una revolución socialista. Aun en condiciones más
favorables, la lucha de los trabajadores siempre requirió de
una combinación de combates por reivindicaciones económicas,
democráticas y nacionales. Con mayor razón, esa
combinación es indispensable cuando la conquista de la
conciencia de las masas es una tarea pendiente, como es el caso
actual.


Por eso, la batalla anticapitalista ha de exigir una multiplicidad de luchas,
de alianzas más fugaces o más prolongadas, de
aprovechamiento de las contradicciones al interior de la burguesía
(forzosamente exacerbadas por la propia crisis), de combates en los
planos económico y político, por reivindicaciones
particulares de distintos sectores explotados y oprimidos.


Ante tal situación, resulta indispensable, a mi juicio, examinar
algunas condiciones que se derivan de la crisis mundial y que,
debidamente aprovechadas, constituyen otras tantas posibilidades para
hacer avanzar la lucha de los trabajadores.



* * *



La reciente reunión cumbre de veinte países, que
oficialmente se catalogó como un éxito, pero que en
verdad no produjo ni una sola medida acordada en común, indica
con claridad que la crisis, lejos de promover acciones colectivas, va
a provocar toda clase de enfrentamientos entre las naciones. La
dimensión, intensidad y grado de violencia de esos
enfrentamientos dependerá de múltiples factores, pero
no hay dudas de que se han de producir. La reunión realizada
en Washington no tuvo otro resultado que la foto de costumbre, en la
que las sonrisas de compromiso no ocultaban las divergencias reales.


Estas divergencias no son consecuencia de la crisis actual y forman parte
de la lucha permanente entre los sectores capitalistas que tienen su
base en cada Estado nacional, así como entre distintos
sectores capitalistas dentro de los Estados nacionales. Pero la
crisis agrava esas luchas interburguesas y con mayor razón lo
hace una crisis de las dimensiones de la actual.


Tanto más, porque la hegemonía que EE.UU. conquistó dentro del
mundo capitalista en la Segunda Guerra Mundial ha comenzado a crujir.
Lejos de ser el acreedor universal, se ha convertido en el deudor
universal. Lejos de ser el emporio industrial por excelencia, ha
pasado a ser el gran importador de manufacturas. Su situación
es hoy muy distinta y mucho más precaria que en 1945. Desde
luego, los procesos de cambio de hegemonía no se resuelven de
un día para el otro; son prolongados, toman décadas y
no se completan hasta que surge un competidor capaz de tomar la
posta, un factor que hoy no está presente. Pero una hegemonía
en decadencia aviva el apetito de competidores más débiles,
pero con fuerza suficiente para presentar desafíos parciales y
para arrancar sectores económicos y geográficos a la
influencia del imperialismo hegemónico. Estamos en los
primeros tramos de ese proceso. Desechar esta perspectiva con el
argumento de que EE.UU. tiene un poder económico, político
y militar muy superior al de cualquier otro país equivale a
afirmar que en el capitalismo la hegemonía es eterna. Porque
siempre el país hegemónico lo es porque supera
ampliamente el poderío de los otros. De lo que se trata es de
las contradicciones generales del capitalismo y particulares de la
hegemonía, que hacen posible su decadencia. Si no se confía
en el carácter dialéctico de la realidad, por lo menos
se debe admitir que la historia muestra varios cambios de hegemonía.



* * *



Lo dicho sobre las contradicciones entre los Estados nacionales de los países
centrales o con aspiraciones fundadas a ingresar a ese club se aplica
con tanto o más motivo a la relación entre los países
centrales y los periféricos.


Esa relación, en medio de una crisis muy fuerte, tiene efectos
distintos y contradictorios. Por una parte, los países
centrales, validos de su poder económico y político y
de la palanca que constituyen sus bancos y empresas instalados en los
periféricos, se esfuerzan en arrojar el peso de la crisis
sobre los más débiles. Esta tendencia, naturalmente,
provoca resistencias en los que así se ven condenados a pagar
facturas ajenas. Pero la crisis también debilita los lazos
entre centro y periferia, facilitando así la resistencia de
esta última.


Por supuesto, este debilitamiento no es absoluto y los países
imperialistas cuentan con medios para enfrentar las insolencias del
mundo dominado. Las tensiones tenderán a crecer y los
resultados en cada caso dependerán de múltiples
factores, entre los cuales no es el menor la acción que
desplieguen las masas, sobre quienes recaerá el peso mayor de
las penurias económicas.


La experiencia de los años ’30 es aleccionadora. El mundo
semicolonial se pobló de regímenes que intentaron, y en
algunos casos lograron, mayores márgenes de autonomía
respecto de las potencias imperialistas. Incluso en el caso de la
Argentina, donde –lejos de cualquier pretensión de
autonomía– el régimen de la Década Infame
firmó el pacto Roca-Runciman con Gran Bretaña (pacto
que fue justamente bautizado “estatuto legal del coloniaje”),
la potencia dominante no pudo aprovechar en su totalidad las ventajas
pactadas. Y, sin que el régimen político local se lo
propusiera, en esos años se sentaron en la industria y en el
aparato estatal las bases materiales para el bonapartismo sui géneris
peronista de las décadas siguientes.


Desde luego, no fueron (ni serán los que vengan) procesos lineales,
sino poblados de avances y retrocesos, contradicciones y
contraofensivas imperialistas. No se trata de prever desarrollos
lineales y tranquilos en una sola dirección, sino convulsivos
y tal vez cruentos.


Pero sería un error descartar la existencia de este factor de debilitamiento de
los lazos de dependencia y un error aún mayor ignorarlo cuando
se manifieste.



* * *



Durante el período neoliberal, se ha afianzado como fracción
dominante de la clase capitalista el capital financiero en estrecha
alianza con la capa más alta de la clase media. Esta alianza
se ha basado en la creciente concentración de ingresos en los
tramos más altos de la pirámide social y en la
asociación de esa capa más alta de la clase media al
capital financiero mediante su participación en los
rendimientos de títulos, a través de fondos de pensión
y fondos de inversión. El descalabro financiero actual, con la
creciente desvalorización de los títulos amenaza las
bases materiales de la alianza social sobre la que se asentó
el predominio del capital financiero, al mismo tiempo que causó
un debilitamiento de las instituciones financieras, tanto los bancos
como los fondos. También, y no es una cuestión menor,
la brusca desvalorización de acciones, bonos, derivados y
demás títulos, la destrucción de enormes masas
de capital ficticio y la necesidad de recurrir a salvatajes con
dinero de los Estados para evitar la quiebra masiva de las
instituciones financieras las ha desprestigiado y ha puesto en tela
de juicio a la ideología neoliberal. Ya hace diez años
que numerosos economistas del establishment venían denunciando
la endeblez del sistema y los riesgos de crisis cada vez mayores.
Cuando se presenta la crisis con la intensidad y la extensión
de la presente, esas críticas saltan las verjas de las
universidades y centros de investigación y se convierten en
temas generalizados.


Mientras las graves consecuencias del neoliberalismo se limitaban al terreno
social, con desempleo estructural, distribución regresiva de
los ingresos, desmantelamiento de las redes de bienestar social y
hundimiento de las naciones más pobres, la preocupación
por estos efectos era un tema de menor importancia para la clase
dominante. Cuando el neoliberalismo provoca un cataclismo general en
las economías y amenaza las tasas de ganancia, la solidaridad
de clase del capitalismo comienza a resquebrajarse y sectores
capitalistas se interrogan sobre la solidez de las conquistas
logradas a costa de los trabajadores del mundo.


La tendencia a las crisis periódicas es, sin duda, un rasgo del
capitalismo en general, pero el agente inmediato del actual sismo
económico es el capital financiero, sus instituciones y su
expresión ideológica neoliberal. No es extraño,
pues, que sobre ellos se centren los cuestionamientos.


Es de prever, entonces, que la burguesía mundial explore vías
de salida ajenas a las de las últimas décadas, para
escapar a la crisis. Y, en la medida en que el mayor poder económico
se encuentra concentrado en las manos de la fracción
capitalista vinculada a la valorización financiera, se puede
prever que los sectores que busquen nuevas vías recurran al
Estado para contrapesar ese mayor poderío. Los Estados pueden
así recuperar una mayor autonomía respecto de la
fracción dominante de la burguesía, jugando un papel de
árbitro en relación a los sectores burgueses y también
en relación con el descontento creciente de los trabajadores y
de la población en general. Las ardorosas polémicas que
tienen lugar hoy en el seno de la clase capitalista norteamericana (e
incluso en sus fracciones más derechistas) sobre el salvataje
estatal de los bancos y de las automotrices, así como del
papel del Estado, son un indicio de tales contradicciones.


Aunque se haya tratado de un episodio de menor envergadura y hasta ahora
aislado, la reciente ocupación de la fábrica Republic
Windows and Doors, un método de lucha que no se había
visto en décadas en los EE.UU., ha mostrado una inédita
ola de apoyo por parte de numerosos sindicatos, así como de
dirigentes políticos, incluido el presidente electo.


Se trata de un desarrollo, más que posible, probable en todo el mundo
capitalista, es decir, en todo el mundo. Y probablemente, más
acentuado en los países que se encuentran en los márgenes
de ese mundo, cuyo centro son los EE.UU., Europa occidental y Japón.


Sin duda, las burguesías nacionales de las naciones periféricas
tienen como rasgo dominante la debilidad, la cobardía y las
relaciones estrechas con el capital globalizado. Las excepciones son
escasas y poco convincentes.


Así y todo, si algo muestran las reiteradas y fracasadas negociaciones de
la Ronda Doha y el fracaso del ALCA es que las presiones
insoportables del capitalismo imperialista obligan a sus contrapartes
del mundo dominado a resistencias no deseadas, como única
alternativa al suicidio.


Pero, precisamente por las características de las burguesías
nativas, es previsible un crecimiento del papel de los Estados, que
de alguna manera deberán sustituir a la burguesía
nacional débil, cobarde y en gran medida transnacionalizada,
en la tarea defensiva.


Mientras que las naciones centrales tratarán de redoblar su explotación
del mundo entero para descargar sobre el resto su propia cuota de la
crisis, las naciones dominadas ensayarán formas de escapar a
ese destino funesto. Se sucederán, por lo tanto,
enfrentamientos de destino incierto, pero que abrirán
posibilidades enormes para la acción de la clase que vive de
su trabajo.



18/12/08


i·
Andrés Méndez, integrante del
consejo de redacción de Herramienta
y miembro del colectivo Economistas de Izquierda. Colaboración
enviada al Foro el 20 de diciembre de 2008.