El debate sobre la derivación del estado. Una reflexión reminiscente

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 John Holloway*

 
            Me da muchísimo gusto que se esté editando en español una colección de los aportes más importantes al debate sobre la derivación del estado. Considero que este debate sigue siendo fundamental para entender los alcances y los límites de la acción estatal y la imposibilidad de cambiar la sociedad de manera radical a través del estado.
            Fue a mediados de los años ´70 que empecé a leer el debate alemán sobre la derivación del estado. Acababa de terminar mi doctorado (en derecho europeo) y quería pensar en otra cosa. Empecé a leer El capital y a participar en las reuniones de la Conference of Socialists Economists (CSE), una organización no sectaria para la discusión de la teoría marxista. En ese entonces (1975) hubo en Gran Bretaña un referendo (otro referendo, con otro resultado) sobre la cuestión de la membresía a la Unión Europea (o Comunidad Europea, como se llamaba entonces). En el marco de la CSE organizamos un encuentro para discutir el tema y llegamos a la conclusión de que, para entender la cuestión de la unificación europea, era necesario entender el estado y su relación con el capital. Formamos un grupo de discusión sobre el estado que se reunía de manera regular (a veces mensualmente) en Londres y que fue un lugar importante de debate durante varios años. Fue en este contexto que Sol Picciotto y yo (él, profesor en la Universidad de Warwick, yo en la de Edimburgo) empezamos a concentrarnos en el debate alemán, convencidos de que era un enfoque mucho más riguroso que los otros que tenían influencia en ese entonces, sobre todo los de Miliband y Poulantzas. Esta colaboración nos llevó a publicar un artículo, “Capital, crisis and the state”, en Capital and class, la revista de la CSE, y luego a coordinar juntos un libro que presentó el debate alemán en inglés por primera vez, State and capital: a marxist debate.[1]
            El debate sobre la derivación del estado nos abrió otra manera de entender el estado, el capital y la teoría marxista. El debate empieza con un salto conceptual realmente extraordinario de parte de Wolfgang Müller y Christel Neusüss.[2] Tomando como punto de partida la relectura cuidadosa de El capital que estaba desarrollándose en esos años en Alemania (como consecuencia de 1968 y el  movimiento estudiantil), se enfocaron en la metodología de Marx como proceso de derivación de las diferentes formas de las relaciones sociales capitalistas. En El capital, Marx empieza con la mercancía, deriva de ahí el valor, de ahí el doble carácter del trabajo, de ahí el dinero, de ahí el capital, etcétera. Desde la perspectiva de esta lectura de El capital se sigue que una reflexión seria sobre la relación entre capital y estado tiene que plantear el problema en términos de cómo derivar el estado como forma del conjunto de relaciones sociales capitalistas. Fue una ruptura total con todo lo que se había escrito sobre el estado desde la teoría marxista, con una sola excepción. Esta excepción (citada por primera vez dentro del debate por Hirsch, me parece) fue el libro de Evgueni Pashukanis, un profesor de derecho en Moscú, quien en 1924 publicó La teoría general del derecho y el marxismo, un libro poco conocido en occidente hasta entonces. Pashukanis abordó la comprensión del derecho y del estado a partir de un análisis cuidadoso de la mercancía y llegó a la conclusión de que el estado tiene que entenderse como una forma de relaciones específicamente capitalista, de la misma manera que el valor o el dinero. Su argumento entró en conflicto con los esfuerzos de Stalin y sus seguidores de consolidar a la Unión Soviética como estado obrero, lo que finalmente condujo a la ejecución de Pashukanis en 1937.
            Pasukanis planteó la pregunta acerca de “¿por qué la dominación de clase no permanece como lo que es, es decir, la sujeción de una parte de la población a otra? ¿Por qué reviste la forma de una dominación estatal oficial?”.[3] Esta pregunta se volvió la pregunta central del debate. Mientras que Miliband buscaba explicar el carácter capitalista del estado a través de los vínculos personales entre funcionarios y capitalistas, y Poulantzas buscaba desarrollar una teoría política marxista para complementar lo que él veía como la teoría económica desarrollada en El capital, el debate alemán partió de la comprensión del capital como un conjunto de formas particulares de dominación y buscó entender la particularidad del estado en este contexto, es decir, buscó derivar la particularización de la forma estado. Mientras que Poulantzas hablaba de la relación entre estado y capital en términos de la “autonomía relativa” del estado, un concepto que daba apoyo a la idea de que un cambio radical se podría lograr a través de la conquista del poder estatal, la idea de la particularización del estado enfatizaba más en la relación de unidad-en-la-separación, o separación-en-la-unidad, entre estado y capital y, por implicación, en la imposibilidad de transformar la sociedad a través del estado.
            Hablar del estado como forma particular del capital tenía implicancias importantes para el entendimiento del estado, pero también para el concepto del capital. En la tradición estructuralista (y de los partidos comunistas), el capital se entendía como una categoría económica, y El capital se entendía como la obra básica de la economía marxista. El debate sobre la derivación del estado surge de una lectura muy distinta de El capital, es decir, como crítica de la economía política, y de un entendimiento del capital no como fenómeno económico sino como el conjunto de las relaciones de dominación en esta sociedad. Derivar el estado del capital, entonces, no es derivar lo político delo económico, sino derivar la particularización de lo político y lo económico de la estructura básica de las relaciones de dominación. Es decir que el hecho de que la explotación esté mediada por la compra y venta de la fuerza de trabajo como mercancía significa que se da una separación entre lo económico (el proceso de mercantilización y explotación) y lo político (la instancia extra económica que busca asegurar la reproducción del conjunto de relaciones de dominación). Lo económico y lo político están constituidos por su particularización y son específicamente capitalistas.
            El estado es capitalista por su forma, no por lo que hace, no por las funciones que cumple. Es simplemente por ser una instancia separada del proceso de producción y explotación que el estado es capitalista. Su separación o particularización significa que depende del proceso de explotación para obtener sus ingresos y, por lo tanto, para su existencia material. Su propia existencia depende de que haga todo lo posible para asegurar las condiciones necesarias para la reproducción del capital. Su función se deriva de su forma. Entre otras cosas, esto significa que cualquier gobierno de unestado, sea de izquierda o de derecha, tiene que promover la acumulación del capital. Puede haber diferentes estrategias para hacerlo, pero finalmente todos los estados tienen que perseguir la acumulación del capital (es decir la expansión del poder del capital y del dinero). Si tomamos en cuenta que la acumulación del capital es un proceso mundial y que el estado es, en realidad, una multiplicidad de estados (este es el aporte importante de Claudia von Braunmühl)[4], esto significa que todos los estados existen en competencia unos con otros para atraer el capital a su territorio, es decir, para asegurar las mejores condiciones posibles para la acumulación del capital. Esto no quiere decir que haya un vínculo personal cercano entre el estado y los capitalistas sino, al contrario, que esta vinculación existe a veces (como en la composición actual del gobierno de Estados Unidos, por ejemplo), pero que otras veces puede constituir un impedimento a la creación de las mejores condiciones posibles para la acumulación del capital en general. Es una presión sistémica que resulta de la estructura básica de las relaciones sociales, no de la composición, ni de la ideología, de los gobiernos.
            Nuestro libro State and capital difundió el debate en inglés por primera vez y también, en nuestra introducción, expresó algunas dudas. Estas dudas tenían que ver con la relación entre la lógica del capital y la lucha de clases. Nosotros habíamos aprendido del artículo de Joachim Hirsch sobre “The state apparatus and social reproduction”[5] –un artículo, además, que me influenció enormemente, lo cual agradezco mucho a Joachim– que la acumulación es lucha de clases, pero sentíamos que tal vez él no se había dado cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, que él (y todos los otros participantes en el debate) todavía tenía la tendencia a separar la lógica del capital respecto de la lucha de clases. Por eso el comentario en nuestra discusión de su artículo: “Hay quizás un cambio sutil entre argumentar que la acumulación debe verse como un proceso de lucha de clases determinado por la forma y tendiente a crisis (y de aquí que la lucha de clases deba verse como enfocada a y formada por la lucha por acumular) y sugerir que la relación entre la acumulación y la actividad del estado debe verse como mediada a través de la lucha de clases. Por sutil que sea el cambio, pueden advertirse las consecuencias: mientras que el primer énfasis conduciría a un análisis de la separación e interrelación entre lo económico y lo político en el proceso concreto de la lucha por reestructurar el capital, el último énfasis fuerza a sugerir la necesidad para el análisis del “vínculo perdido” (político) entre el proceso de acumulación (económico) y la actividad del estado. Nos parece que es más fructífero seguir el primer camino, el análisis de la acumulación como lucha de clases.”.[6]Y así fue: Joachim desarrolló su trabajo en muchos libros, usando inicialmente categorías tomadas de Poulantzas para concretar sus ideas, obras siempre brillantes, pero que nunca me convencieron totalmente.
            A mí me interesó más la cuestión de la forma estado y sus implicaciones prácticas y políticas. Hubo dos cosas, más o menos al mismo tiempo. Primero, escribí junto con otros, bajo el nombre colectivo del London Edinburgh Weekend Return Group, un librito llamado “In and against the state”.[7] Fue un intento de llevar el debate a un nivel mucho más práctico y accesible, con entrevistas y fotos. El punto de partida fue el dilema de nosotras y nosotros que trabajamos en el estado, como profesores, enfermeros, trabajadores sociales, choferes de autobús, etcétera. Si reconocemos que el estado es capitalista y nosotros somos anti-capitalistas, ¿cómo podemos evitar lo que llamamos el síndrome de Penélope: como trabajadores estatales, construimos el capitalismo durante el día, como militantes, tratamos de desmantelarlo durante la noche? Dimos una respuesta en términos de una distinción entre el aparato estatal y la forma estatal: aunque trabajamos dentro del aparato estatal, sí hay posibilidades de ir en contra de la forma estatal, de romper con el estado como forma de las relaciones sociales, superando la separación entre el estado y la sociedad en nuestra práctica. Fue el primer intento de entender la forma como un proceso que se enfrenta con un movimiento en sentido contrario.
            Segundo, fue en un artículo escrito más o menos al mismo tiempo y presentado en un congreso en Puebla, México, en 1979 (y publicado en español en 1980 en Cuadernos políticos, y en inglés recién en 1991, en un libro coordinado por Simon Clarke, The state debate[8]), que desarrollé la noción de forma como forma-proceso, un concepto que tomé de Sohn-Rethel: “es pues esencial que concibamos a esas formas, no como entidades estáticas, sino como ´formas proceso´, procesos en que intentan imponerse formas siempre cambiantes pero siempre fragmentadas de relación social a la resistencia inevitablemente provocada por la opresión clasista. Las formas determinadas del capital no son únicamente las formas de existencia del capital, sino las formas-proceso por las cuales se produce el capital. El capital se reproduce mediante el constante procesamiento formal (por ejemplo procesamiento en, hacia ciertas formas, Formierung, formación) de la actividad social”.[9]
            Entender al estado como forma-proceso significa abrir la categoría. Es entender al estado como un verbo transitivo. Si el estado es un proceso de formar relaciones sociales, es un proceso de estatificar, de canalizar la actividad humana dentro de ciertos patrones compatibles con la reproducción del capital. Pensar en el estado como forma-proceso significa también que hay un movimiento contrario, algo que es el objeto de esta canalización, es decir, que existen anti-estados, movimientos o maneras de hacer las cosas que no son compatibles con la reproducción del capital. Dentro de la tradición anti-capitalista existe, por ejemplo, una tradición larga de organización anti-estatal: la asamblea, o concejo, o soviet. Es una forma de organización que busca articular la auto- determinación colectiva, mientras que el estado, con su separación entre funcionarios y ciudadanos, con su promoción del dominio del dinero, es todo lo contrario, una forma de organización que excluye la posibilidad de auto-determinación colectiva. Abrimos la categoría de estado para encontrar un conflicto escondido por la forma: el conflicto entre estatificación (como momento de la imposición del dominio del capital), por un lado, y, por el otro, anti-estatificación, revuelta contra el estado y empuje hacia otra forma de organizar la vida.
            Si el estado se tiene que entender como proceso, como verbo, entonces lo mismo se puede decir de todas las formas capitalistas de relaciones sociales. El dinero es un proceso de monetizar las relaciones entre personas, un proceso muy real que mata a miles y miles de personas cada día y que enfrenta un movimiento contrario y constante, es decir, el movimiento de todos los intentos de establecer relaciones sociales sobre una base no monetaria. El trabajo también puede entenderse como una “trabajización” de la actividad humana, una conversión de la actividad humana en trabajo productor de valor. Marx no usa la palabra “trabajización” (¡qué bueno!) en El capital: el habla de la abstracción del trabajo, que tiene el mismo significado. Incluso podemos hablar de la clase como un proceso de clasificar las relaciones sociales, y nos damos cuenta de que eso es lo que Marx nos dice en la discusión sobre la reproducción simple del capital: que la acumulación clasifica todo el tiempo a la gente en proletarios y capitalistas, algo que nos hace pensar que la lucha de clases es, desde nuestra perspectiva, una lucha contra la clasificación, una lucha anti-clase, anti-identitaria. La lógica del capital, el punto de partida del debate sobre la derivación del estado, es una “logicización” (otra palabra que, por fortuna, Marx no usa), una lucha constante para imponer la coherencia de las formas capitalistas en las relaciones sociales, un ataque que está conduciendo al mundo hacia la aniquilación final de la humanidad, pero que afortunadamente no es una ley sino una lucha que provoca un movimiento en sentido contrario, una lucha constante y urgente para detener el avance de esta lógica.
            Así, el debate sobre la derivación de la forma estado nos lleva a la anti-forma: a la creación, en contra de la agresión capitalista, de otras maneras de organizar la vida, de otras maneras de hacer las cosas. Lo que empieza como debate sobre los alcances y los límites de la acción estatal se metamorfosea en una investigación acerca de las formas anti-estatales, o de las anti-formas anti-estatales.
            Los felicito por la producción de este libro, del cual es un honor y un placer formar parte.
 
Puebla, 30 de marzo de 2017


*Agradezco los comentarios a la versión original de Edith González Cruz, Lars Stubbe, Panagiotis Doulos, Daniele Fini y Sergio Tischler.
[1] [Holloway se refiere, respectivamente, a su artículo pionero –escrito en colaboración con Sol Picciotto- “Capital, crisis and the state”, publicado en Capital and class2 (1), Londres, CSE, 1977, y disponible en español como “Capital, crisis y estado”, en J. Holloway: Marxismo, estado y capital. La crisis como expression del poder del trabajo, Bs. As., Tierra del Fuego, 1994, y a la compilación de J. Holloway y S. Picciotto (eds.): State and capital. A Marxist debate, Londres, Edward Arnold, 1978, a la que haremos referencia más adelante. NdE]
[2] [Holloway se refiere al artículo de W. Müller y Ch.Neusüß “La ilusión del estado social y la contradicción entre trabajo asalariado y capital”, incluido en este volumen; NdE.]
[3] Pashukanis, E. B.:La teoría general del derecho y el marxismo, México, Grijalbo, 1976, p. 142.
[4] [Se refiere al artículo de C. Von Braunmühl “El análisis del estado nacional burgués en el contexto del mercado mundial. Un intento por desarrollar una aproximación metodológica y teórica”, incluido en este volumen; NdE.]
[5] [Se refiere al artículo de J. Hirsch “El aparato de estado y la reproducción social: elementos de una teoría del estado burgués”, también incuido en este volumen; NdE.]
[6] J. Holloway y S. Picciotto (eds.): “Introduction: toward a materialist theory of the state”, a J. Holloway y S. Picciotto (eds.): State and capital, ed. cit., p. 28 [incluido en esta compilación, NdE].
[7] [Se refiere al panfleto del citadoLondon Edinburgh Weekend Return Group In and against the state, Londres, 1979, nunca traducido al español; NdE.l
[8] [Se refiere al artículo “El estado y la lucha cotidiana”, publicado originalmente en Cuadernos politicos 24, México, 1980, y reproducido más tarde en la citada compilación de J. Holloway: Marxismo, estado y capital. La crisis como expresión del poder del trabajo, Bs. As., Tierra del Fuego, 1994. Luego fue publicado en inglés como “The state and everyday struggle”, en S. Clarke (ed.): The state debate, Londres, Macmillan, 1991; NdE.]
[9]Sohn-Rethel, A.: Intellectual and manual labour, Londres, Macmillan, 1978, p. 17. [En español, Sohn-Rethel, A.: Trabajo intelectual y trabajo manual, Bogotá, El Viejo topo, 2001. No se encuentra la cita indicada en la edición en español, NdE].