El debate sobre la derivación del estado en Alemania Occidental: la relación entre economía y política como un problema de la teoría marxista del estado

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Elmar Altvater y Jürgenn Hoffmann
 
Para entender las peculiaridades del debate sobre el estado en Alemania Occidental desde fines de los sesenta, y especialmente el debate sobre la derivación del estado [Staatsableitungdebatte], es necesario revisar las precondiciones históricas de la trayectoria social de este país.
            Primero: la tradición crítica y, por lo tanto, también la marxista que floreció en el periodo de Weimar fue interrumpida por el terror nazi y después por la posterior vulgarización estalinista de posguerra, de manera que las discusiones marxistas más recientes encontraron pocos elementos para vincularse con esa tradición. Durante décadas, la Escuela de Frankfurt ofreció el punto de referencia teórico más importante para la maduración de la izquierda crítica —aparte de un puñado aislado de eruditos que consideraban estar trabajando dentro de la tradición marxista (Wolfgang Abendroth, Leo Kofler y Ernest Mandel, habiendo hecho mucho este último por la preservación del marxismo en la República Federal)—.
            Segundo: Alemania Occidental no vivió las numerosas predicciones izquierdistas acerca del colapso económico y el empobrecimiento progresivo. No vivió, en particular, los pronósticos de los círculos del Partido Comunista, que adhirieron estrechamente a la línea oficial del campo socialista. En lugar de ello, la sociedad de Alemania Occidental experimentó un “milagro económico” en los cincuenta y sesenta. El desarrollo político de la República Federal como una democracia autoritaria y anticomunista, bajo el canciller Adenauer en la década del cincuenta, fue sostenido por un amplio consenso. Este consenso posibilitó la marginalización e incluso la criminalización de la izquierda (cuya mejor expresión fue la proscripción del Partido Comunista en 1956).
Tercero: en el curso de estos eventos el Partido Socialdemócrata (SPD) adhirió a las demandas de restauración, una adhesión consumada en el famoso “viraje de Bad Godesberg” de 1959.[1] Además, esta adhesión fue completamente activa en el sentido de que desarrollaron un distintivo proyecto político de “reforma doméstica”, acompañado por una distención en asuntos exteriores (la Ostpolitikde Brandt).[2] Después de un largo periodo de política económica neoliberal, pusieron en marcha lo que se denominaría un keynesianismo ilustrado, orientado hacia el pleno empleo y la redistribución del ingreso para el beneficio de las amplias masas.
Cuarto: estos tres factores no solamente tuvieron influencia decisiva en la teoría social de Alemania Occidental (desde izquierda hasta la derecha) sino que, desde 1965-66, también sirvió como un punto de partida socio-político y marco de referencia para el movimiento estudiantil. Este último, a su vez, iba a convertirse en el núcleo de la renovación de la teoría marxista. Su experiencia con una praxis de cambio social tuvo un efecto decisivo en la discusión sobre el estado y, no menos importante, sirvió para que el debate teórico general de la izquierda se concentrara específicamente en el estado mismo.    
 
1. El contexto histórico de la discusión sobre el estado
 
El fascismo terminó con la discusión crítica en Alemania. Desde entonces, el dialogo entre los exiliados alemanes sobre el legado marxista fue moldeado  fuertemente por el ambiente teórico y político de aquellos países en donde estos estudiosos y políticos fueron obligados a exiliarse. Esto fue así tanto para el desarrollo de la “teoría crítica” por parte de los miembros del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, quienes en su mayoría huyeron hacia Estados Unidos después de 1933, como también para la consolidación de la llamadas corrientes revisionistas dentro de la socialdemocracia en el exilio (fuertemente influenciadas por las experiencias sueca e inglesa) e incluso también para la elaboración de la teoría del capitalismo monopolista de estado (Stamokap) del Partido Comunista en el exilio. En los años inmediatamente posteriores a la fundación de la República Federal, ninguno de estos tres grupos teóricos era capaz de alcanzar algún poder político significativo. Además, a medida que se desarrollaba la República Federal y crecía la euforia apolítica del milagro económico, la importancia social de todas las variantes de la teoría marxista fue decreciendo; independientemente de su calidad, pudieron ser caracterizadas en consecuencia como acientíficas, ideológicas, e incluso “hostiles a la constitución”.
Este proceso, que teóricos “solitarios” como Abendroth, Mandel y los miembros del Instituto de Frankfurt que habían retornado eran incapaces de prevenir, puede reconducirse en parte a la erradicación política del movimiento obrero durante el fascismo. Igualmente importante, sin embargo, fue el “éxito” del rejuvenecido capitalismo de Alemania Occidental y la formación de un nuevo “consenso básico” en la población (y, correspondientemente, en la ciencia), debido esencialmente a la estabilidad del capitalismo (el “milagro económico”) y al anticomunismo de la Guerra Fría. La discusión sobre la teoría marxista no tenía lugar en este contexto social: sus diagnósticos y pronósticos parecían ser refutados tanto por los sucesos actuales del capitalismo como por el inconvincente ejemplo del comunismo en la RDF.  Y, a menos que tal desarrollo acordara con las premisas de las posiciones de ese momento –como era el caso de la Escuela de Frankfurt, cuyo pesimismo socio-político fue bastante confirmado por la “americanización” de la sociedad de Alemania Occidental-, sólo quedaba una defensa en el terreno teórico. Esta tomó la forma de una insistencia en los principios democráticos, tal como estaban constitucionalmente sancionados, e intentó preservar al menos la opción por la emancipación social por medio de la resistencia contra el autoritarismo (esto es particularmente claro en los trabajos de Abendroth de los cincuenta y sesenta).[3]
El desarrollo de la democracia de Alemania Occidental en un estado y un sistema social autoritario bajo Adenauer y su sucesor de la Democracia Cristiana fue imposible de ignorar. Este proceso fue sostenido por la supervivencia de facto, incluso la restauración, de las estructuras autoritarias previas a 1945 (incluyendo continuidades de personal proveniente del nazismo). Fue este estado autoritario –que había perdido o integrado a su oposición a través de la Gran Coalición entre el Partido Socialdemócrata y la Democracia Cristiana de 1966– más aún que las condiciones sociales o económicas lo que dotó de ímpetu a las corrientes críticas en la ciencia y, sobre todo, a la revuelta de intelectuales en la segunda mitad de los años sesenta. La revuelta se organizó contra la “reestructuración” [“Formierung”] de la sociedad a través de la Gran Coalición, contra las leyes de emergencia instituidas con su ayuda y contra la incorporación corporativa de los sindicatos en el triángulo de “Acción Concertada” entre el capital, el trabajo y el estado. Teóricamente, esta “nueva critica” se basaba en los análisis de la Escuela de Frankfurt sobre el “estado autoritario del capitalismo tardío” (de Adorno, Horkheimer y Marcuse) y en los análisis concretos de la “transformación de la democracia” (de Agnoli).[4] (No es casual que el periódico teórico de la Asociación de Estudiante Socialistas se llamara “La nueva critica”).
            Con la formación de un nuevo gobierno de socialdemócratas y liberales en 1969, el estado se convirtió necesariamente en un tópico central en la discusión de la izquierda. El régimen proclamó eufóricamente un programa de regulación económica y de desarrollo sociopolítico, con los objetivos del pleno empleo y de una distribución más justa de la riqueza. Además, bajo la consigna de “Atreverse a más democracia”[5], consideró seriamente las demandas sociopolíticas básicas del movimiento estudiantil y prometió implementarlas (por ejemplo, en educación, salud y derecho penal, como así también respecto de la protección de las minorías). De repente, apareció como muy importante la posibilidad de un estado que reformara a la sociedad en el sentido de una emancipación social, una perspectiva que se apoderó de buena parte del movimiento estudiantil. En los años inmediatamente posteriores a 1969, la política reformista de la socialdemocracia fue capaz de generar un gran consenso que se extendía desde la clase media progresista pasando por los trabajadores hasta la intelligentsia crítica antes opositora. El sistema político parecía disfrutar de una capacidad relativamente autónoma para regular la economía capitalista con el fin de producir un orden social más justo. Las crisis económicas parecían finalmente relegadas al pasado; el manejo anti-cíclico de la demanda efectiva iba a transformar los “ciclos de crecimiento” en un crecimiento equilibrado con pleno empleo y estabilidad de precios. Estas ideas no solo estaban presentes en la conciencia de las masas, en la retórica de los socialdemócratas y de los sindicatos y en  la autoconciencia de la clase política; estaban además teóricamente formuladas dentro de la teoría de la crisis política[6], principalmente en las de Jürgen Habermass y Claus Offe[7], quienes plantearon un desafío a la teoría marxiana y marxista. Debe tenerse en cuenta todo este panorama cuando se evalúa el significado del debate sobre la derivación del estado.
 
2. Aproximaciones a la reconstrucción de la crítica de la economía política
 
A principios de los años sesenta, ciertos círculos teóricos se reunieron alrededor del programa de la “reconstrucción de la crítica de la economía política”. A través de lecturas sistemáticas de El Capital de Marx, se dispusieron a crear las bases teóricas para una crítica tanto del modo de producción capitalista como del (democrático) estado capitalista. Estas teorías, por supuesto, ya habían sido formuladas antes. Sin embargo, en líneas generales permanecieron como reconstrucciones teóricas y no podían reclamar nuevas bases conceptuales. Así como el movimiento estudiantil auto-conscientemente, incluso arrogantemente, inventó nuevas formas de práctica política y rechazó despectivamente la “política tradicional”, también buscó una aproximación teórica a las cuestiones políticas contemporáneas nueva, original y provocadora. En este proyecto, la teoría del estado era, por así decirlo, el primer paso de la recuperación y la aplicación del método de Marx a la reconstrucción conceptual de la totalidad social. El modelo metodológico para la realización de esta tarea también había sido desarrollado: en la obra magna de Rosdolsky sobre la génesis de El Capital de Marx, en el esbozo de Szeleny de la lógica científica de El capital, en la Dialéctica de lo Concreto de Karel Kosik, etc.
Después de 1970, junto con el proyecto de reconstrucción conceptual de la realidad de la sociedad burguesa, el debate marxista sobre el estado se fijó una doble tarea: formular alternativas teóricamente fundamentadas y políticamente significativas respecto del concepto de estado de la extrema izquierda (“el estado [fascista] no deja lugar para el progreso social”), así como de las ilusiones socialdemócratas sobre el estado de bienestar (“el estado bajo el SPD domestica el monstruo de la economía capitalista”). El factor determinante de ambas posiciones era, en última instancia, una comprensión incorrecta de la relación entre la economía y la política en la sociedad burguesa - una comprensión basada en la larga tradición de la “separación revisionista” entre estas dos áreas en la Segunda y la Tercera Internacional.
La contribución de Wolfgang Müller y Christel Neusüss[8] de 1970 abrió el debate sobre el estado con el programático título de “La ilusión del estado social y la contradicción entre trabajo asalariado y capital”. El ensayo intentó formular una crítica teórica rigurosa de las denominadas interpretaciones revisionistas sobre el estado. Los dos autores evaluaron posiciones diversas e incluso contrarias como la teoría socialdemócrata del estado y del capitalismo de la República de Weimar, la teoría del capitalismo monopolista de estado y la teoría de la crisis política de Häbermass y Offe. Encontraron que todas estas teorías estaban atrapadas en las ilusiones del estado de bienestar y, por consiguiente, eran revisionistas. El estado en la sociedad burguesa, argumentaron, no tiene la capacidad de evitar las tendencias hacia la crisis y ni siquiera de canalizar estas tendencias hacia áreas sistémicamente seguras mediante el uso de una intervención exitosa en el proceso social. El estado, por el contrario, está doblemente limitado: en tanto estado intervencionista, se ve obligado a respetar las condiciones de la acumulación de capital; en tanto estado de bienestar, implementará medidas para redistribuir el ingreso y la riqueza en beneficio de la clase obrera, incluso en contra de la resistencia del capital individual (medidas “impuestas contra el capital” a través de  enfrentamientos de clase), pero esto sólo creará nuevas condiciones generales para la producción de plusvalía, junto con nuevas posibilidades de acumulación. Por lo tanto, si el estado intenta limitar las condiciones de producción de plusvalía (por ejemplo, a través de política social), creará inmediatamente otras nuevas. El horizonte de acción del estado es sustancialmente menor del que asumen los “revisionistas”. A la luz de esto, las teorías o las investigaciones conspirativas sobre la influencia personal del capital y de los capitalistas en la política, como las versiones propagandísticas de la literatura del capitalismo monopolista de estado en la RDA o de El Estado en la sociedad capitalista de Miliband[9], son teóricamente insostenibles y políticamente problemáticas.
Müller y Neusüss remiten a la discusión de Marx del proceso de reproducción capitalista en la parte tres del segundo tomo de El Capital para poner en evidencia los límites de la redistribución, y a su relato sobre la introducción de la jornada de diez horas en el octavo capítulo del primer tomo de El Capital para probar lo que Bernhard Blanke más tarde describiría como la “ambivalencia funcional del reformismo”.[10] La reducción de la jornada de trabajo simplemente limita la producción de plus valor absoluto al limitar la prolongación extensiva del tiempo de trabajo. Simultáneamente, sin embargo, se incrementa la presión política y económica en el sentido de producir bases tecnológicas y organizacionales para la producción de plus valor relativo. El a través de mecanismos institucionales la “integración pasiva” de la clase obrera. El “transformismo”, como lo llamaba Gramsci, no sería posible sin el sistema institucional del estado de bienestar.
En este enfoque, al igual que en otras contribuciones al debate sobre la derivación, la clave sigue siendo los límites estructurales de la actividad del estado (más allá del nivel de la influencia personal). Estos límites están determinados por las leyes de la reproducción del capital. Cada uno de los diferentes enfoques en el debate examina la descripción que hace Marx de la forma y el contenido de la reproducción capitalista con el fin de reconstruir teóricamente la forma del estado burgués en pasos derivativos precisos y especificables. La forma y la función del estado son, por lo tanto, extraídas del “desarrollo del concepto general de capital”. Haciendo referencia explícita al “sistema de la crítica de la economía política”, el debate de la derivación del estado otorga un papel central a la cuestión de la forma del estado. Este enfoque no fue de ninguna manera nuevo, pero había sido enterrado por las teorizaciones del estado enmarcadas dentro de la teoría jurídica, de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt y de las definiciones marxistas del estado provenientes de El Estado y la revolución de Lenin.
Los juristas entienden esencialmente al estado en términos de sus fronteras, es decir, de su “soberanía” respecto de o en relación con la sociedad. En la configuración del estado constitucional burgués, que Althusser llamó una “ilusión legal”, el estado se limita a sí mismo y por lo tanto abre al sector privado un espacio libre en el que pueden perseguirse contractualmente asuntos económicos. Sin embargo, aparecen problemas cuando el estado “moderno”, “socio-industrial”[11], se convierte en un estado constitucional social que ya no se limita a definir las reglas del juego a través de leyes generales y asume el papel de árbitro en las disputas, sino que también interviene deliberadamente en la sociedad. El estado de bienestar y el estado constitucional fueron estilizados en la antítesis que, en la década de 1950, formaron la línea divisoria entre las posiciones progresivas, orientadas socialmente (Abendroth), y las posiciones conservadoras (Forsthoff y Werner Weber, por ejemplo). Surgieron fundamentaciones totalmente nuevas para la legitimación del estado. El “estado en la sociedad industrial moderna”, escribió Forsthoff, no requiere “auto-representación espiritual” [geistigen Selbstdarstellung] y “en consecuencia, la obediencia a él no puede entenderse como un acto de cumplimiento ético de deber”, como se seguiría de la idea hegeliana del estado ético.[12]
            Desde este punto de vista, una orientación racional hacia el modo de funcionamiento de la sociedad industrial define la “mentalidad en el estado y en la sociedad”. Esto se basa, nuevamente, en la estabilidad de la sociedad industrial. “Pero todos los riesgos de la sociedad industrial son riesgos inmediatos y al mismo tiempo riesgos del estado. Por lo tanto, la susceptibilidad del estado respecto de las crisis adquirió nuevas dimensiones”.[13] Por otra parte, la estrategia del estado para evitar las crisis, junto con el desarrollo de una capacidad correspondiente de intervenir, responden al propio interés del estado como institución. Aquí Forsthoff utiliza un argumento que también se encuentra -en un contexto diferente, por supuesto- en la obra de Marcuse y de otros representantes de la Escuela de Frankfurt, así como en el ensayo Ciencia y técnica como ideología de Habermas.[14]
            Los seguidores de la Escuela de Frankfurt ahora reformularon esta manera de pensar. En el “capitalismo tardío”, el estado está inmerso en las relaciones de producción y disuelve ampliamente dentro de sus medios de control político el sistema de intercambio del mercado. En consecuencia, surgen problemas nuevos para la legitimación de la dominación burguesa, especialmente en el ejercicio del poder del estado así como en la relación entre lo público y lo privado.
            Esta línea de pensamiento condujo a Horkheimer a postular la inevitabilidad del estado autoritario, articulando así temores de la década de 1930 que ya habían sido sustentados teóricamente durante la República de Weimar por Hermann Heller y Otto Kirchheimer entre otros. Para Offe y Habermas, sin embargo, la politización de todas las esferas de la vida en el capitalismo tardío desplaza el problema de la legitimación hacia el sistema político-administrativo, que debe utilizar sus recursos de gestión para estabilizar la economía evitando las crisis, garantizar la seguridad militar, implementar la política exterior y organizar la lealtad de las masas. Forsthoff habla en este contexto del “estado de performance” [Leistungsstaat] en la certeza de que se ejecutarán todos los deberes del estado. Para Offe y Habermas, por otro lado, las contradicciones sistémicas sólo pueden precipitar crisis en la forma de crisis políticas. Partiendo de la tesis de que el estado intervencionista moderno básicamente puede regular las crisis económicas y que, dado el “imperativo de evitar las crisis” (Offe), el estado realmente es capaz de hacer esto, concluyen que la posibilidad de suprimir la crisis económica se traduciría en crisis políticas –esencialmente, en crisis de legitimación. Sin embargo, el “interés propio del estado”[15] conduce al sistema político a realizar reformas sociales, precisamente en la medida que estas reformas fortalecen las condiciones en que se basa su existencia. Según Habermas, la tarea decisiva es hacer frente a las crisis “menores” en el sistema económico a través de la movilización de los “mecanismos de auto-adaptación”, con el fin de evitar crisis “mayores” que amenacen la existencia de la sociedad.
Como Esser observa, la teoría del estado se convierte así en una teoría de las crisis políticas.[16] El presupuesto es siempre que la sociedad capitalista sufrió un proceso de transformación -planteado al modo de una teoría de las etapas (y no suficientemente fundamentado por Offe o Habermas): desde el capitalismo competitivo, en el que la legitimidad puede generarse a través de la red de intercambios del mercado, hacia el “capitalismo tardío” o la etapa monopolista del capitalismo, que implica la politización extrema de todas las áreas del sistema y del mundo de la vida como consecuencia de la disolución a través del estado [durchstaatlichten][17] de los canales de intercambio. La legitimidad ya no es una fuente de estabilidad generada como un cuasi subproducto de los procesos de mercado. Debe ser producida y reproducida políticamente cada vez más por medio de la acción del estado.
En el debate alemán, estas tesis se abordaron en dos niveles. En primer lugar, se criticó como teóricamente insuficiente la llamada “nueva cualidad” de los monopolios, ya que Marx no distinguió claramente el concepto de monopolio del concepto de “capital en general” (el debate de la derivación del estado en Alemania se planteó problemas similares a los abordados por la Escuela de Uno en Japón, aunque ninguna de ambas partes estaba al tanto del trabajo de la otra.[18]  Los cambios en la forma social que indudablemente se produjeron fueron sobre todo relacionados fenotípicamente con cambios en los atributos, pero no había análisis teóricamente satisfactorios de su dialéctica inmanente.
En segundo lugar, debido a esto, la necesidad de un concepto diferente del estado ya no podía explicarse a partir de la transición hacia el capitalismo tardío o monopolista ni tampoco a partir de la politización del problema de la legitimación. Esta politización innegablemente existía; sin embargo, debía responder a algo diferente de lo propuesto por la teoría crítica y la teoría de las crisis políticas. Los participantes en el debate de la derivación del estado, por lo tanto, trataron de vincular esta politización con los principios estructurales generales de la reproducción capitalista. Esencialmente, se trataba de definir la relación entre la forma del estado en la sociedad burguesa y el contenido que se expresa en la forma específica de estado.
Sin embargo, una discusión del desarrollo social estaba ahora a la orden del día. Sólo unos pocos dogmáticos llegarían al extremo de reducir la teoría del estado a su aspecto formal. El concepto de monopolio no caracteriza adecuadamente las fases del desarrollo social. El desarrollo social puede producir cambios en la forma, en otras palabras, transformaciones. Sin embargo, estos afectan a la totalidad del sistema de regulación social y no sólo a la relación externa de la economía y el estado; el desarrollo social afecta a los procesos de trabajo y de valorización, así como al mercado en su totalidad. Por lo tanto, sería tan inaceptable el ignorar las estructuras sociales y el desarrollo como lo sería asumir que la forma adoptada por el estado es históricamente invariante.
 
3. Aproximaciones a la teoría del estado en el “debate de la derivación”
 
En lugar de hacer un relato cronológico de las contribuciones al debate, parece preferible descomponerlas sistemáticamente. La cuestión de la forma general del estado burgués remite a la contradicción material del valor en el proceso de socialización, o a la mediación forma-contenido, cuya dinámica produce la particularización específica de una instancia que debe constituirse a sí misma más allá de la red del intercambio.[19] Esto retoma la “pregunta clásica” de Pashukanis de 1929: “¿por qué la dominación de una clase no permanece como lo que es, es decir, la sujeción de una parte de la población a otra? ¿Por qué reviste la forma de una dominación estatal oficial, o lo que equivale a lo mismo, por qué el aparato de coacción estatal no se constituye como el aparato privado de la clase dominante, por qué se separa de esta última y reviste la forma de un aparato de poder público impersonal, separado de la sociedad?”. [20] Esta pregunta se refiere a lo que Marx en La ideología alemana denominó duplicación de la sociedad en sociedad y estado, las razones de esta estructura doble (el doble carácter de la mercancía y del trabajo) que marca la sociedad burguesa y que hace que la economía y la política sean autónomas la una de la otra, pero autónomas como momentos de una unidad contradictoria y no como subsistemas de un sistema social total con relaciones externas.
La forma del intercambio y la forma jurídica
En el segundo capítulo del primer tomo de El Capital, Marx se preguntó: ¿Cómo puede garantizarse que las mercancías que se han de intercambiar sean llevadas al mercado y cómo el “poseedor de la mercancía” puede realizar el mayor beneficio posible, tomando así ventaja del otro, mientras que al mismo tiempo el principio de intercambio de equivalentes está formalmente garantizado? La respuesta: existe una relación jurídica, establecida entre los sujetos del intercambio, que se corresponde con el principio económico de equivalencia. No puede ser sino una relación jurídica, ya que lo único que reúne a los sujetos del intercambio es el interés por intercambiar sus propias mercancías por otras mercancías que poseen valor de uso para ellos. Las relaciones de intercambio se duplican a sí mismas en relaciones contractuales, las relaciones jurídicas surgen de las relaciones económicas y las primeras deben ser “sancionadas” y, sobre todo, vigiladas. Tiene que haber sanciones contra la violación de las relaciones jurídicas. Esta autoridad, de nuevo, no puede residir en los que llevan a cabo el intercambio, ya que su interés es unilateral. Debe delegarse, por así decirlo, en una autoridad neutral, o debe ser usurpada por la autoridad, en la medida en que ya exista.
El supuesto de que la autoridad para sancionar puede delegarse es fundamental para los primeros teóricos burgueses del contrato y está muy claramente discutido por Jean-Jacques Rousseau. La tesis de la usurpación es explícita o implícita en aquellos enfoques que entienden la aparición del sistema político burgués como resultado de la transformación del estado feudal en Europa.[21] En esta interpretación, por lo tanto, el estado a ser “derivado” ya existía desde hace mucho tiempo. Sin embargo, su forma cambia con el proceso de transformación social. ¿Puede considerarse entonces al estado simplemente como una institución que establece las reglas del juego y vigila su cumplimiento, como en las teorías neoliberales actuales?
Propiedad y apropiación
Blanke, Jürgens y Kastendiek, en su contribución quizás más sistemática al debate de la derivación, dejan claro que entre todas las leyes que el estado hace y garantiza una es la más importante: la de los derechos de propiedad.[22] Como mostró  MacPherson[23], los primeros teóricos burgueses, Hobbes y sobre todo Locke, entendieron esta ley en términos esencialmente formales. Marx fue el primero en clarificar la conexión entre la propiedad y la apropiación.[24] Al hacer esto, hizo una sugerencia de extraordinaria importancia para el análisis del estado: la institución que ofrece garantías jurídicas asegura la propiedad. ¿Pero qué sucede para esta institución cuando, sobre la base de la ley de la apropiación capitalista, emergen clases de propietarios, es decir, de aquellos que disponen de la propiedad de los medios de producción y de aquellos que no pueden reclamar más propiedad que la de su propia fuerza de trabajo? Y, en segundo lugar, ¿qué sucede cuando la apropiación no puede ser garantizada políticamente a partir de la propiedad, ya que el proceso de apropiación está mediado económica y por lo tanto cíclicamente y está sujeto a cambios estructurales de largo plazo –conforme a lo que Marx denominó la “ley fundamental del modo de producción capitalista”, “la ley de la tasa decreciente de ganancia”?
Es crucial para responder a esta pregunta el hecho de que los derechos de propiedad son siempre derechos de exclusión; esto es, los derechos de propiedad requieren el poder de excluir a todos aquellos que no tienen derecho a una propiedad privada en particular. Por lo tanto, por necesidad, no sólo surgen a partir de la propiedad clases de propietarios y de no-propietarios, sino también las estructuras de poder y las relaciones de poder, y estas se convierten en relaciones políticas de poder cuando son neutralizadas o separadas de la propiedad específica. Aquí, de nuevo, la pregunta “clásica” de Pashukanis es pertinente: ¿por qué, en lugar seguir siendo un poder de clase simple, brutal y abierto, estas relaciones de poder se convierten -para utilizar los términos de Weber– en relaciones legítimas, basadas en el consenso de todos, los propietarios y los no-propietarios por igual?
Superficie y “fuentes de ingresos”
Sin entrar en más detalles sobre el complicado problema de la legitimación, Sybille von Flatow y Freerk Huisken trataron de responder a esta pregunta en el contexto del debate sobre la derivación.[25] Su argumento se basó completamente en el complejo de mistificación descripto por Marx en El Capital: en la “superficie” de la relación capital, las estructuras de clase que se derivan de la propiedad y la apropiación, de la oposición entre el trabajo asalariado y el capital, son borroneadas, mistificadas por las formas de socialización (el intercambio de mercancías, la mediación monetaria, la forma salario, etc.), reificadas como fetiches, de manera que ahora todos los desiguales aparecen como iguales. Por otra parte, como ciudadanos del estado, son incluso considerados materialmente iguales. Hasta este punto, Flatow y Huisken simplemente parafrasean las reflexiones de Marx sobre la relación entre la circulación y la producción (por ejemplo, en el primer tomo de El Capital, capítulo 4) o la relación entre el “burgués” y el “ciudadano” (por ejemplo, en la La cuestión judía de 1844).
Sin embargo, Flatow y Huisken van más lejos en la medida en que explican la igualdad de los individuos sociales como ciudadanos a través de su igualdad cualitativa como propietarios de fuente de ingresos (se refieren aquí a la exposición de Marx sobre la “fórmula trinitaria” en El Capital, tomo III, parte 6). El interés de todos los “propietarios de las fuentes de ingresos” es que su fuente sea tan productiva como sea posible y que continúe siéndolo. Esta unidad de intereses cruza las fronteras de clase y es independiente de la extensión cuantitativa de la fuente de ingresos (riqueza) y del ingreso (renta), así como de su función en el proceso de reproducción capitalista (en la distribución funcional de salario, ganancia, interés). Es esta unidad la que posibilita que los miembros de clases opuestas se constituyan como ciudadanos y como personas.
En contraste con las teorías discursivas o populistas del estado, que serán abordadas más adelante, este enfoque supone una relación sistemática entre el modo de producción (estructurado por las oposiciones de clase entre capital y trabajo) y las formaciones sociales (como el terreno para la acción cívica). Esta conexión entre la “estructura profunda” y la “superficie” se establece a través de la categoría de Marx de mistificación, por la cual es captada la inversión específica, fetichizada. Esto no sólo constituye “falsa conciencia” en el sentido de Lukács, sino que también prefigura la experiencia cotidiana y circunscribe el marco de acción en el que los individuos pueden operar en la sociedad burguesa. Son una “realidad falsa”, es decir, el contexto de la alienación. Por lo tanto, la igualdad cualitativa de los ciudadanos como propietarios de las fuentes de ingreso no es solamente una “representación falsa” que quizás podría ser corregida mediante un esclarecimiento, sino una realidad y una experiencia del proceso de la vida, las cuales son las principales responsables de la estabilidad de la sociedad burguesa. En consecuencia, la existencia de capitalistas y proletarios como ciudadanos con igualdad de derechos no es una mera ilusión. Está materialmente enraizada.
Por lo tanto, la posibilidad del estado burgués (y no sólo su necesidad) es un producto de esta igualdad superficial de intereses. El estado, en consecuencia, no puede “derivarse” a partir de las contradicciones entre intereses existentes en el corazón o en la “esencia” de la sociedad. Esta posición de Flatow y Huisken, aunque lógica, ha sido criticada en muchos aspectos. Gerstenberger y Reichelt señalaron acertadamente que los desarrollos históricos no tienen cabida en este esquema.[26] “Superficie y estado” se convierten en los vértices de una teoría marxista del estado[27]; la estructuración de ambos por las relaciones de producción fundamentales y su desarrollo contradictorio quedan explícitamente excluidos del análisis. Por otra parte, los ingresos de los propietarios de las fuentes de ingresos están desigualmente afectados por el movimiento del capital y esto a su vez genera conflictos sociales que necesariamente son omitidos por la consideración aislada de “superficie y estado” de Flatow y Huisken. Finalmente, como otros críticos señalaron, su enfoque se basa en una teoría de la armonía social y así también podría sentar las bases para una teoría del pluralismo.
Relaciones de clase y reproducción del capital
Pero volvamos a la pregunta antes planteada: ¿cuáles son las consecuencias de la forma capitalista de apropiación (que emana de los derechos de propiedad) para las relaciones políticas y sus formas institucionalizadas? Un primer punto importante es que la apropiación por el propietario de los medios de producción determina la explotación de aquellos que no poseen los medios de producción (que, sin embargo, poseen la mercancía fuerza de trabajo). La forma de explotación como producción de plusvalía da origen a intereses opuestos, por ejemplo con respecto a la duración de la jornada de trabajo, un ejemplo tomado por Müller y Neusüss en el artículo antes mencionado y por lo tanto ya discutido. Aquí basta con señalar que, en este enfoque, no se considera al estado como el agente de los intereses colectivos, como en la obra de Flatow y Huisken, sino más bien como una institución que regula los conflictos. Bernhard Blanke extiende esta idea –sin hacer referencia explícita a Müller y Neusüss– al argumentar que ya no se considera al estado como una caja negra que funciona de acuerdo a los requerimientos sociales de regulación.[28] Más bien, con la experiencia de la socialdemocracia y el estado del bienestar en mente, se tiene en cuenta la “entrada de las masas en el estado”.
Aquí hay un vínculo con la discusión francesa: se entiende al estado con su multiplicidad de instituciones como “un campo de conflictos de clase”.[29] Porque si “el” estado, forzado por las luchas sociales, debe intervenir en nombre de aquellos que dependen de los salarios (por ejemplo, mediante la limitación de la jornada de trabajo o, como hace el estado de bienestar, mediante la compensación de las consecuencias negativas de la subsunción de la población bajo el sistema fabril), entonces es lógico que las organizaciones de la clase trabajadora “supervisen” el cumplimiento de las reformas adoptadas. Dado que el estado del bienestar, en su desarrollo, asume formas institucionales (instituciones paraestatales como el seguro social, la compraventa de trabajo, los contratos de infraestructura pública, etc.), es obvio que las organizaciones de la clase trabajadora “entren” en estos acuerdos y ellas mismas se comprometan a la aplicación de reformas dentro de las posibilidades sistémicas. De esta manera, el conflicto de clases es “institucionalizado”, entre otras cosas, por medio de los logros del estado de bienestar y los derechos correspondientes a la participación de la clase y las organizaciones de masas. La forma del estado se transforma a través de los contenidos de los conflictos sociales y su dinámica. Por otra parte, sobre la base de estos procesos, cambian las condiciones sociales que enmarcan la apropiación y, por lo tanto, la explotación. Marx analizó la reducción de la jornada de trabajo como la ocasión histórica de la transición general de la producción de plusvalía absoluta a la de plusvalía relativa; esto es, la reacción política ante el mecanismo económico de apropiación provoca una reestructuración de la economía y de la política y de la relación entre ellas. El resultado es la “ambivalencia funcional del reformismo” enfatizada por Blanke.[30] Este punto de vista (a diferencia del de Flatow y Huisken) tiene en cuenta la estructura social del conflicto y está abierto al análisis de tendencias históricas.
El estado y las "condiciones generales de la producción"
Dado el requisito funcional general de la valorización del capital, la formación del estado como una agencia separada también puede explicarse por las “condiciones generales de la producción”, que no pueden ser generados por el capital individual sino que requieren un “capitalista colectivo ideal”, para usar la expresión de Engels del Anti-Dühring. Projekt Klassenanalyse abogó este enfoque en el estilo típicamente polémica de la época.[31] El resultado no fue particularmente emocionante: puesto que las condiciones de la producción (por ejemplo, la infraestructura o el marco jurídico general) son de carácter general, no pueden ser percibidas por los individuos, ni por los capitales individuales, sino sólo por una institución “separada” para tareas generales, a saber, el estado. En este caso, el estado ya no es derivado de un análisis formal, sino que es tautológicamente definido en una especie de manera quid pro quo.
Más ambiciosa, sin embargo, fue la versión de Dieter Läpple, quien también utiliza las “condiciones generales de la producción” para dar cuenta de la necesidad del estado como una institución separada, situada al lado y por fuera de la sociedad.[32] En referencia a las pocas observaciones sobre estas condiciones en los Grundrisse y también en el segundo tomo de El Capital[33], se las arregla para desarrollar categorialmente las “condiciones generales de la producción en el capitalismo” en su especificidad y en su diferencia respecto del “modo de producción asiático” y, al mismo tiempo, aunque someramente, para relacionar las investigaciones histórico-empíricas con la derivación. Mientras Flatow y Huisken intentaron dar cuenta de la posibilidad del estado, aquí la cuestión central es la necesidad del estado, que se debe a deficiencias en las capacidades de socialización del modo de producción capitalista. El estado es funcionalmente necesario para mantener el proceso de reproducción capitalista, es decir, el sistema de la valorización del capital. El sistema se vuelve diferenciado en respuesta a las deficiencias funcionales que surgen durante el proceso de desarrollo. Aquí, sin embargo, el análisis formal debe dejarse afuera en favor del análisis funcional.
La acumulación y la tasa decreciente de ganancia:
En este punto del debate sobre la derivación, el siguiente paso es abordar explícitamente la tendencia histórica de la valorización del capital, tal como se expresa en lo que Marx llamó “la ley más importante del modo de producción capitalista”, es decir, la caída de la tasa media de ganancia. Esta ley es extraordinariamente importante para la relación entre economía y política, dado que los derechos de propiedad y apropiación pueden ser políticamente garantizadas y aún así perder significado económico, si la valorización del capital ya no tiene éxito como resultado de la caída de la tasa de ganancia. La política ya no se circunscribe principalmente a los fundamentos del orden económico, sino que más bien interviene en los procesos económicos. La transición desde “la política del orden” hacia “la política del proceso” –la Caída del Hombre del liberalismo– se inscribe en el carácter contradictorio del mecanismo de la acumulación. Aquí se manifiesta la contradicción inherente a la propiedad privada en tanto capital entre la garantía formal de su existencia por parte del estado y las tendencias económicas de la ganancia a erosionarse durante el proceso de acumulación. Dos cosas se siguen: por un lado, en el curso de la acumulación se establecen límites a las garantías estatales y a los esfuerzos políticos de regulación; y por el otro lado, el sistema político debe desarrollar mecanismos de adaptación, de modo que sea capaz de intervenir políticamente de manera reiterada para ayudar a la valorización de capital. Por motivos que incumben a la dinámica de la acumulación de capital, el estado se convierte en el factor económico activo en el proceso de reproducción.
Altvater propuso una derivación del estado basada en la “teoría de la acumulación”.[34] Explicó la necesidad del estado en términos de las deficiencias de la estructura de la reproducción del capital, que se expresa en la tendencia a la caída de la tasa de ganancia: el estado debe hacerse cargo u organizar todos los procesos de producción (en la forma de empresas del estado o de servicios públicos) que son indispensables debido al contexto material de la reproducción (en otras palabras, el aspecto valor de uso del proceso de producción) pero que no pueden ser generados en las condiciones del cálculo individual de la valorización del capital ya que, o bien no son rentables, o se volverían no rentables con la tasa decreciente de ganancia.
Aquí, a diferencia del argumento tautológico del Projekt Klassenanalyse, el concepto de “condiciones generales de la producción” adquiere sustancia histórica: se refiere a los aspectos del proceso social de la reproducción que son materialmente necesarios pero no rentables para ser producidos de manera privada. En la medida en que el estado pasa a gestionar los sectores no rentables del proceso de reproducción social, contribuye a retardar la caída de la tasa de ganancia del capital privado o incluso a compensar al capital privado en crisis por medio de una política de “socialización de las pérdidas”.
El “enfoque de teoría de la acumulación” fue desarrollado más tarde por Altvater, Hoffmann, Schö1ler y Semmler en el contexto de un análisis histórico de las tendencias de la acumulación de capital en Alemania Occidental.[35] El supuesto básico se expresó más claramente en el concepto de Blanke y de Hoffman de “ajuste de la política a la economía”.[36] La política puede ser relativamente autónoma respecto de la economía y sus tendencias contradictorias de desarrollo. Sin embargo, en última instancia, las contradicciones y las crisis del sistema económico se transponen a la esfera política y provocan procesos adaptativos, “movimientos de ajuste” [Anpassungsbewegungen], esto es, transformaciones institucionales.
En la teoría de las crisis políticas, se asume que el desplazamiento de las tendencias a las crisis económicas hacia el sistema político indica que la estrategia intervencionista del estado para evitar las crisis tuvo éxito y que, en todo caso, con el “fin” de la crisis económica en el estado keynesiano, la crisis potencialmente se produciría como una abrumadora crisis de legitimación. En el “enfoque de la teoría de la acumulación”, sin embargo, se considera a la vía keynesiana para evitar las crisis con mucho mas escepticismo.[37] Como Blanke, Jürgens y Kastendiek explican, el potencial del estado para actuar no sólo parece estar restringido por el límite sistémico (la garantía de la propiedad y la apropiación capitalista); está determinado de antemano por el “límite de actividad” del estado en una sociedad dada, que está marcado por sus estructuras de clase y de poder históricamente específicas.[38] Estos límites no pueden definirse con independencia del desarrollo de la economía.
Naturalmente, debe tenerse en cuenta que una crisis “meramente económica”, en el sentido de Habermas, es una crisis “menor”, que no plantea ningún problema irresoluble para el sistema hegemónico. Sólo en una crisis política[39] se pone en peligro la existencia del sistema, porque los fundamentos del consenso y, por lo tanto, la lealtad de los ciudadanos pueden ser destruidos. Pero esta afirmación evidente no revela nada acerca de las contradicciones económicas que pueden cristalizar en crisis estructurales con la tasa decreciente de ganancia. Por lo tanto, los autores orientados por la “teoría de la acumulación” pusieron por delante los análisis de la evolución de la tasa de ganancia, a la que interpretaron como un “indicador sintético” de las contradicciones económicas y sociales. Estas investigaciones proporcionaron una mayor precisión histórica en la evaluación de la estructura y dinámica de las crisis sociales y sus consecuencias respecto de los ajustes necesarios del sistema político.
Forma y funciones del estado
En este enfoque, se asignan ciertas tareas o funciones al estado (o, de manera más general, al sistema político) dentro del contexto social de la valorización. Por lo tanto, se avanza –quizás prematuramente– hacia un análisis funcional antes de completar el análisis de forma en su totalidad. Una serie de autores han criticado el trabajo de Altvater por esto (Flatow y Huisken, Gerstenberger, Holloway y Picciotto, Blanke, Jürgens y Kastendiek).
Se distinguen cuatro funciones básicas del estado: primero, la provisión de las condiciones generales de la producción (es decir, la infraestructura); segundo, el establecimiento de normas jurídicas generales, tanto para los miembros de la sociedad como para las intervenciones del propio estado; tercero, la regulación del conflicto entre el trabajo asalariado y el capital, no sólo mediante la ley sino también mediante la institución del “aparato represivo del estado”; y cuarto, por último, la garantía del movimiento del capital nacional total hacia el exterior en la competencia del mercado mundial, incluida la política exterior y militar.[40]
En contra de las críticos en el sentido de un análisis funcional, puede observarse desde la esta perspectiva que forma y función mantienen, naturalmente, una conexión interna: si, con Wolfgang Müller, la forma puede entenderse como “resultado y disfraz de un proceso anterior generado por una contradicción inicial”, entonces las funciones son determinaciones más precisas de la forma. Esto puede argumentarse en analogía con el análisis de Marx sobre el dinero, donde la derivación de la forma dinero a partir de la mercancía (en El Capital,tomo I, capítulo 1) conduce a la determinación más precisa de esta forma a través de sus funciones que adquiere (capítulo 3). Las funciones del estado pueden distinguirse por medio de instituciones específicas que forman históricamente el aparato del estado. Estas instituciones intervienen de modos que corresponden a sus funciones en el sistema de la reproducción con medios de intervención específica, especialmente con los medios de la ley y el dinero.[41] La forma sólo se define cuando las funciones, las instituciones y los medios del estado específicos para la sociedad están claramente establecidos. Sólo entonces es claro por qué un contenido específico toma una forma determinada y por qué, a la inversa, la forma burguesa del estado -la estructura y el movimiento de la sociedad burguesa- es adecuada al contenido. Esta es la única manera de dar cuenta de la “estructura desdoblada” de la sociedad burguesa en sociedad y estado, que se abordó muchas veces y que está implícita o explícitamente en la raíz de todos los enfoques de la derivación del estado.
El estado como campo de relaciones de clase
Joachim Hirsch planteó en varias contribuciones, inicialmente dentro del marco estándar de la derivación (economía e intercambio, derecho y política, el estado como garante), las cuestiones de la tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia y la consecuente tendencia del capitalismo a las crisis.[42] A diferencia de Altvater, Hirsch (y un grupo de investigación de Frankfurt[43]) interpretó la tasa decreciente de ganancia como un resultado de la lucha de clases. Mediante esta afirmación se distanció de las interpretaciones economicistas a menudo presentes en la tradición marxista.
¿Qué consecuencias tiene la tasa decreciente de ganancia para la relación entre lo económico y lo político y, específicamente, para el estado? A través de la relación capital, Hirsch asigna tres funciones básicas al estado, a saber: en primer lugar, garantizar la relación de capital y las condiciones generales de la producción; en segundo lugar, la redistribución administrativa de los ingresos y el control de la circulación;y en tercer lugar, el desarrollo de las fuerzas productivas un tema que había considerado previamente.[44] La tendencia histórica de las funciones del estado a aumentar es resultado de las perturbaciones en la ejecución de las funciones político-administrativas, alteraciones inevitablemente vinculadas con las crisis originadas en la tasa decreciente de ganancia. De este modo, el sistema político-administrativo se diferencia de acuerdo con los requerimientos de las funciones económicas.
Hasta este punto, dejando de lado su argumento acerca de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, tanto los teóricos de sistemas como los defensores de la teoría del capitalismo monopolista de estado podrían estar de acuerdo con Hirsch. Sin embargo, él enriquece su enfoque de una manera que resultará significativa para sus análisis posteriores: ya que la tasa decreciente de ganancia es el resultado de la lucha de clases, el estado sólo puede contrarrestar esta tendencia mediante la reorganización de las condiciones sociales de la reproducción, y en un nivel particularmente fundamental durante las crisis estructurales de la sociedad.[45] Inicialmente, Hirsch sólo define el proceso de reorganización en términos generales, en referencia a las tendencias a la monopolización, a la expansión de capital en el mercado mundial y a la aceleración del progreso científico-técnico. Más tarde, analiza este punto con más detalle, mediante la afirmación de que la teoría del estado sólo puede desarrollarse como una teoría del “desplazamiento de las luchas de clases”.[46] Remitiendo explícitamente a Gramsci, a Althusser y, sobre todo, a Poulantzas, Hirsch también define al estado como el “campo de las relaciones de clase”.[47] Dada la “naturaleza especial de las relaciones de clase”[48], Hirsch, con Althusser, distingue entre los aparatos estatales represivos e ideológicos, pero luego añade la categoría de los aparatos “integradores de masas”. Mientras que, en Gramsci, la societá política –correspondiente al aparato represivo del estado– y la societá civile –correspondiente a los aparatos ideológicos– son entendidas como relaciones irreductibles a los “aparatos", ya que también incluyen instituciones inmateriales, en Althusser y por consiguiente en Hirsch, el concepto de “aparatos” designa la “estructura institucional del aparato de dominación burguesa”.[49]  
Sumario
A pesar de referencias aisladas, el “enfoque de la derivación” no está vinculado con la tradición gramsciana, que llegó a ser importante en Italia (y en los países latinos en general), ni hay –dejando de lado unas pocas excepciones– referencias a la obra de Althusser y Poulantzas, que fueron muy leídos en los círculos anglosajones. Paradójicamente –mientras que su producción nunca se fue más que nominalmente conocida en otros países y tradiciones teóricas– la propia estrechez del debate de la derivación del estado de Alemania Occidental fue vista como productiva. Holloway y Picciotto (1978) se refieren a esto en su introducción a la versión en inglés del texto seminal (de Müller y Neusüss) del debate (un artículo frecuentemente abreviado hasta el punto de la distorsión).[50] Dadas ciertas “insuficiencias” en la teoría del estado en Gran Bretaña, su intención es subrayar “los avances que [ellos consideran que; E.A y J.H.] hizo el debate alemán en el análisis del estado”.[51] Para ellos, la contribución esencial del debate sobre la derivación fue tematizar el problema de la forma del estado, antes que realizar investigaciones empíricas sobre las estructuras de poder (Miliband) o abordar los debates, en última instancia, inconducentes, sobre la primacía de lo económico o de lo político. Para “la distinción entre las dos tendencias [politicismo y economicismo; E.A y J.H] no depende del punto de partida del análisis sino de la concepción de la totalidad social que subyace al análisis”.[52]  
Más allá de todas las divergencias y polémicas, nunca hubo desacuerdo alguno en el debate de la derivación respecto de que el problema no era la primacía de la política o de la economía, del estado o de la sociedad, sino más bien cómo captar su separación en la sociedad burguesa en términos de la idea del capital de Marx. En esta medida, la postura de Laclau[53] de que el problema del estado en la “escuela de la lógica del capital” se plantea dentro de un “marco de referencia económico” que toma al “capital” como punto de partida de la derivación sólo sería correcta si se demostrara que el capital es entendido de una manera reduccionista economicista. Demostrar esto, naturalmente, sería difícil. Dentro del debate de la derivación había ciertamente consenso en entender el capital como una relación social y no como un “sujeto económico automático”. Pero las especificidades de esta construcción teórica eran un punto sensible, un tema para diferentes enfoques y estridentes controversias.
Más allá del debate de la derivación del estado
Hirsch se ocupó sistemáticamente de los problemas que formuló en su enfoque, pero muchos otros participantes en el debate se distanciaron de él hace mucho tiempo y no desean que se les recuerden sus pasadas contribuciones. Comentarios acerca de la reorganización o la reestructuración de la relación entre la economía y la política en las crisis, como resultado de la tasa decreciente de ganancia, dispararon investigaciones posteriores acerca del sistema de regulación capitalista desde la perspectiva de la teoría de las etapas. Los análisis del “Modell Deutschland[54] asumieron el concepto de “fordismo”, utilizado por Aglietta a partir de Gramsci, para entender la capacidad de reorganizarse del estado de Alemania Occidental.[55] Hirsch también podría basar su enfoque en otro aspecto: en su descripción de los sindicatos, las asociaciones y los partidos como “aparatos integradores de masas”, como componentes del sistema que  asegura la hegemonía burguesa[56], articuló un proceso social que iba a ser ampliamente conocido como “corporativismo” en la ciencia social crítica hacia finales de la década de 1970, aunque sin hacer referencia explícita al resto de su sistema conceptual. Esto no es sorprendente ya que el concepto de corporativismo es descriptivo y no puede utilizarse analíticamente, ni siquiera en enfoques refinados, mientras que el sistema conceptual de Hirsch, aunque sólo es capaz de describir de manera sistemática las estructuras sociales de poder, permanece enteramente dentro de la tradición del debate de la derivación del estado que pretendía ir más allá de la investigación histórica-empírica hacia una definición categorial de la forma. Como señala Heide Gerstenberger resumiendo el debate de la derivación del estado: “será imposible pasar de la descripción histórica al análisis histórico sin reflexionar fundamentalmente sobre las categorías teóricas que deben aplicarse”.
Sin embargo, la transición de Hirsch desde la reconstrucción conceptual del estado en la sociedad burguesa hacia el análisis de las tendencias de las estructuras sociales y políticas que determinan la tasa de ganancia podría ser el puente que conectara el análisis conceptual con la investigación histórica. Queda por ver si este puente no lleva de vuelta al punto en que la discusión sobre el estado había comenzado, es decir, a un análisis que concibe un estado autoritario en la línea de una teoría de los aparatos o de las élites, sin ninguna de las complejidades y las contradicciones que se subrayaron con tanto esfuerzo.[57]
Blanke, Jürgens y Kastendiek, así como Hoffmann, indican otra posibilidad.[58] Tratan de concretizar las categorías con el fin de analizar la estructura y las funciones del sistema político en el capitalismo desarrollado. Sin tener que caer nuevamente en la teoría del aparato, ven los conflictos y las contradicciones del proceso de acumulación en el capitalismo desarrollado como mediados por el sistema político.
En retrospectiva, la discusión de Alemania Occidental sobre la forma y la función del estado, sobre la relación entre la política y la economía en la sociedad burguesa –la discusión sobre la derivación del estado– no sólo resultó circunscripta, sino también rechazada. Los críticos interpretaron el concepto de “derivación” como si los participantes en el debate sólo estuvieran preocupados por derivar la compleja realidad de la sociedad burguesa moderna del concepto de capital. Muchas contribuciones al debate de la derivación soportaron esta acusación implícita de idealismo, de tratar de reconstruir el mundo material a partir del concepto. Sin embargo, esta crítica pierde de vista el objetivo del análisis de la forma y la función del estado burgués. El debate fue un intento de reconstruir conceptualmente el conjunto caótico de relaciones sociales, incluidas las complejas conexiones entre la política y la economía que salen a la superficie en la sociedad burguesa, como una estructura social orgánica y sistemática. Esto se lograría reconduciendo estas relaciones de nuevo a la forma más simple de socialización y “elevándose de lo abstracto a lo concreto” como programáticamente formuló Marx en los Grundrisse. El debate, en este sentido, también es empírico.
Todavía no hay, por supuesto, ninguna teoría de la acción. Los límites de la política reformista de la socialdemocracia que se establecieron en el debate del estado se convirtieron en realidad histórica durante los acontecimientos desencadenados por la crisis que tuvieron lugar después de 1973 (la estanflación). Por lo tanto, las políticas de reforma enfrentan alternativas cada vez más estrechas: ya sea para hacer retroceder políticamente los limites sistémicos de la política (la propiedad privada) o para “ajustarse” a límites cada vez mayores.[59] Con el fracaso de la reforma, la discusión sobre el estado perdió su “objeto” político privilegiado y llegó a un callejón sin salida. Las ideas encaminadas a superar los límites del sistema no tenían ninguna posibilidad de realización política cuando fueron defendidas por una oposición minoritaria. Y el fracaso político al que fueron destinadas fue más doloroso en la medida en que no era meramente teórico. Cuando el boom económico terminó en la crisis de la década de 1970, se acabó el aire para las políticas reformistas y los planes socialdemócratas se volvieron prácticamente vacíos, programas económica y políticamente irrealizables. En su lugar, se inició un período de represión política (prohibición de practicar la propia profesión [Berufsverbote], el “otoño de Alemania Occidental”) y de limitaciones a las políticas estatales económicas y de bienestar (la política de austeridad). En la década de 1970, la República Federal fue identificada como una “democracia autoritaria”, como un “estado de seguridad”, en dos sentidos: se concede un grado considerable de seguridad social y, al mismo tiempo, se extiende la seguridad policial.[60] En la década de 1980, la República Federal dio un “giro” político desde una coalición social-liberal hacia una hegemonía conservadora-liberal, un giro anticipado en muchos aspectos por la socialdemocracia de los setentas. Pero este desarrollo también fue el comienzo de la formación de los nuevos movimientos sociales. Con la creciente división económica y política en la sociedad y la cada vez más grave crisis ecológica, surgieron como una alternativa respecto de las formas políticas tradicionales.
Aquí se hizo evidente no sólo un déficit teórico, sino también político en el debate sobre la derivación. Teniendo en cuenta el nivel de abstracción del debate, concebir una política capaz de superar el sistema habría requerido un análisis de los movimientos sociales. Sin embargo, las referencias a esto eran muy abstractas. Además, estos “nuevos movimientos sociales” (por ejemplo, los movimientos por la paz, por la ecología y de las mujeres) eran precisamente los que pusieron radicalmente en cuestión las formas sociales de dominación. Las organizaciones de la clase trabajadora no podían formular esta crítica porque, habiendo sido cooptadas y permaneciendo dentro del modelo de acumulación capitalista, se vieron obligadas a aceptar los criterios existentes de compromiso. El reconocimiento de esto fue uno de los resultados esenciales del debate de la derivación del estado. Sin embargo, el paradigma de la “lógica del capital” no permitía el hecho de que, más allá de los criterios de clase, surgieran nuevos movimientos radicales ni que éstos, en parte, pudieran ser radicalmente críticos de la sociedad y plantear nuevas preguntas para el debate sobre el estado (por ejemplo, el problema de las decisiones de la mayoría sobre los usos de las tecnologías que amenazan la vida y el derecho a la resistencia).
Las cuestiones planteadas por estos movimientos alternativos tenían con frecuencia una gran afinidad con las “viejas” problemáticas de la discusión del estado. La cuestión nuevamente planteada acerca del papel del estado de bienestar[61], las discusiones sobre una política económica alternativa más allá de estatismo socialdemócrata, la cuestión de las posibilidades de reestructurar la producción para democratizar la economía y alcanzar un sistema que satisfaga las necesidades, la resistencia al control potencialmente total de la ciudadanía por parte del estado con la ayuda de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, etc. -todas estas preguntas planteadas por el rápido desarrollo de los movimientos alternativos regresaron a los viejos problemas. Al mismo tiempo, sin embargo, se formularon nuevas respuestas, respuestas claramente diferentes de las consignas clásicas de la “izquierda”, que se convirtieron a menudo en fórmulas vacías (por ejemplo, la demanda de nacionalización).
Para la teoría marxista, la existencia de movimientos alternativos es una crítica práctica inconfundible de las deficiencias estratégicas de la discusión marxista: la falta de una concepción del cambio social más allá de las respuestas “clásicas” (estatistas y reduccionistas de clase). Estas deficiencias se manifestaron a fines de la década de los setentas como la “crisis del marxismo”, que difícilmente podía restringirse a la República Federal (recordemos su “proclamación” por parte de Althusser, en Venecia, en 1976). En cualquier caso, está claro que la determinación formal no es suficiente para la planificación estratégica.
No fue simplemente el aburrimiento inducido por las verbosas polémicas que pusieron fin al debate sobre la derivación del estado en algún momento de mediados de la década de los setenta. La verdadera razón concernió a los inequívocos límites del análisis de la forma del estado burgués. ¿Pero era erróneo, en consecuencia, aventurarse en el análisis formal, buscar un mapa de sus coordenadas? La respuesta es clara: ciertamente no porque, aunque muchos aspectos de la relación entre el estado y la sociedad son oscurecidas por el análisis de la forma, recurrir a él es necesario para  responder a una pregunta que siempre es contemporánea: ¿cuáles son los límites sistémicos de la intervención del estado en la sociedad? Las respuestas a esta pregunta deben formularse en el futuro y, en ese proceso, muchas de las reflexiones del debate de la derivación del estado todavía pueden ser útiles.
 
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[1] [Se refieren al viraje involucrado en la adopción, por parte del SPD, de un nuevo programa durante el congreso partidario realizado en Bad Godesberg (hoy un barrio de Bonn) en noviembre de 1959. A través de este “programa de Godesberg”, el SPD abandonó explícitamente cualquier perspectiva revolucionaria; NdT.]
[2] [La Ostpolitik o Política del Este fue la política de distensión respecto de los países de Europa del Este (incluyendo la ex Alemania Oriental) llevada adelante por Willy Brandt como Ministro de Relaciones Exteriores y Vicecanciller a fines de los sesenta y más tarde como Canciller de Alemania Occidental a comienzos de los setenta; NdT.]
[3] Abendroth, W.: Antagonistische Gesellshaft and politische Demokratie, Neuwied, 1968.
 
[4] Véase Agnoli, J.: “Die Transformation der Demokratie”, en J. Agnoli y P. Brückner: Die Transformation der Demokratie, Frankfurt, 1967.
[5] [“Queremos más democracia” (Wir wollen mehr Demokratie wagen) o simplemente “Atreverse a más democracia” (mehr Demokratie wagen) fue la consigna central de la campaña de Willy Brandt de 1969, que concluiría con su designación como canciller; NdT]
[6] Véase la interpretación de Jänicke, M. (ed.):  Herrschaft und Krise, Opladen, 1973 [esta obra no figura en las referencias de la edición en inglés del artículo, pero seguramente E.A y J.H. se refieren a ella; NdT]
[7] Habermas, J.: Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Madrid, Cátedra, 1999; Offe, C.: Strukturprobleme des kapitalistischen Staates, Frankfurt, 1972 [véase alternativamente Offe, C.: Contradicciones del estado de bienestar, Madrid, Alianza, 1990].
[8] Mientras trabajábamos en este ensayo, Christel Neusüss murió tras una larga enfermedad, el 2 de abril de 1988. Con ella, la izquierda de Alemania Occidental perdió a una de sus teóricas más distinguidas y originales. En los últimos años, se concentró en la teoría feminista, y a través de ella formuló una particular crítica del conocimiento tecnológico.
 
[9] Miliband, R.: El Estado en la sociedad capitalista, México, Siglo XXI, 1991.
[10] Blanke, B.: “Sozialdemokratie und Gesellschaftkrise”, en W. Luthardt (ed.): Sozialdemokratische Arbeiterbewegung und Weimarer Republik, tomo II, Frankfurt, 1978.
[11] Forsthoff, E.:  Der Staat der Industriegesell-schaft, Münich, 1971.  
[12] Idem, p. 56.
[13] Idem, p. 57).
[14] Habermas, J.: Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos, 1986.
[15] Offe, C.: Strukturprobleme…, ed. cit.
[16] Esser, J.: Einführung in die materialistische Staatsanalyse, Frankfurt, 1975.
[17] Renner, K..: Marxismus, Krieg und Internationale, Stuttgart, 1917.
[18] Véase el dossier de la revista Actuel Marx 2, Paris, 1987 [aquí hay también una referencia a un texto del marxista japonés Thomas Sekine de 1978, que no figura en la bibliografía; NdT].
[19] Sauer, D.: Staat und Stattsapparat, Frankfurt – New York, 1978.
[20] Pashukanis, E. B.: La teoría general del derecho y el marxismo, México, Grijalbo, 1976, p. 142 [E.A. y J.H. tomaron la cita de Pashukanis del artículo de John Holloway y Sol Picciotto incluido en este volumen, NdT].
[21] Heide Gerstenberger hace hincapié en este punto (en “Zur Theorie der historischen Konstitution des bürgedichen Staates”, en PROKLA 8-9, Berlin, 1973); también Perry Anderson (en Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, Madrid, Siglo XXI, 2012).
[22] Blanke, B; Jürgens, U. y Kastendiek, H.: “Acerca de la reciente discusión marxista sobre el análisis de la forma y función del estado burgués. Reflexiones sobre la relación entre política y economía” [incluido en este volumen].
[23] MacPherson, C. B.: La teoría política del individualism posesivo. De Hobbes a Locke, Madrid, Trotta, 2005.
[24] Véase, como anticipo, la carta a Annenkow de 28/12/1846 [la carta suele estar publicada en español junto con la Miseria de la filosofía, por ejemplo Marx, K.: Miseria de la filosofía, Bs. As., EDAF, 2004, p. 65 y ss.]
[25] Flatow, S. y Huisken, F.: “El problema de la derivación del estado burgués. La superficie de la sociedad burguesa, el estado y las condiciones generales de la producción” [incluido en este volumen].
[26] Gerstenberger, H.: op. cit.; Reichelt, H.: “Algunos comentarios acerca del ensayo de Sybille von Flatow y Freerk Huisken ´Sobre el problema de la derivación del estado burgués” [incluido en este volumen].
[27] Arbeitskonferenz / Rote Zellen München: Resultate der Arbeitskonferenz 1, Münich, 1974.
[28] Blanke, B.: “Sozialdemokratie…”,  ed. cit.
[29] Poulantzas, N.: Staatstheorie. Politischer Überbau, Ideologie, sozialistische Demokratie, Hamburgo, VSA, 1978 [en esta edición equivale a Poulantzas, N.: Estado, poder y socialismo, México, Siglo XXI, 1979].
[30] Blanke, B.: op. cit.
[31] Projekt Klassenanalyse: Materialien zur Klassenstruktur der BRD, tomo I: Theoretische Grundlagen und Kriterien, Berlin, 1973.
[32] Läpple, D.: Staat und allgemeine Produktionsbedingungen, Berlin, 1973.
[33] Marx, K.: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI, 2007, tomo II, p.12 y ss.
[34] Alvater, E.: “Sobre algunos problemas del intervencionismo estatal” [incluido en este volumen].
[35] Altvater, E.; Hoffmann, J.; Schöller, W. y Semmler, W.: “Entwicklungsphasen und - tendenzen des Kapitalismus in Westdeutschland”, en: PROKLA 13 (primera parte) y 14 (segunda parte), Berlin, 1974; Altvater, E.; Hoffmann, J.; Schöller, W. y Semmler, W.: “Produktion und Nachfrage im Konjunktur, und Krisenzyklus”, en WSI-Mitteilungen 7, 1978.
[36] Blanke, B.: “Formen und Formwandel des politischen Systems in der bürgerlichen Gesellschaft” en V. Brandes et alii. (eds.): Handbuch 5, Staat, Frankfurt, 1977 y Hoffmann, J.: “Staatliche Wirtschaftspolitik als Anpassungsbewegung der Politik an die kapitalistische Ökonomie”, en: V. Brandes; J. Hoffmann; Jüirgens, U. y Semmnler, W. (eds.), Handbuch, Staat, Frankfurt – Colonia, 1977.
[37] Para la evidencia en tiempos de prosperidad, véase Altvater, E.: “Zur Konjunkturlage der BRD Anfang 1970. Versuch einer Methodik für Konjunkturanalysen”, en: Sozialistische Politik 5, Mirz, 1970 y Hoffmann, J. y Semmler, W.: “Kapital-akkumulation, Staatseingriffe und Kohnbewegung”, en PROKLA 2, Berlin, 1972.
[38] Blanke, B.; Jürgens, U. y Kastendiek, H.: “Zur marxistischen…”, ed. cit.
[39] Berger habla aquí de “interferencias” entre  la economía y la política (Berger, J.:  “Wandlungen von Krisenursachen im wohlfahrtsstaatlichen Kapitalismus”, en Alternative Wirtschaftspolitik 3, Berlin, 1981.
[40] Altvater, E.: “Zur einigen…”, ed. cit.
 
[41] Véase Blanke, B., Jürgens, U. y Kastendiek, H.: “Zur marxistischen…”, ed. cit.
[42] Hirsch, J.: “Elementos para una teoría materialista del estado” [incluido en este volumen]; “Bemerkungen zum theoretischen Ansatz einer Analyse des bürgerlichen Staates”, en Gesellschaft 8-9, Frankfurt, 1976; “Kapitalreproduktion, Klassenausein-andersetzungen und Widersprüche im Staatsapparat”, en V. Brandes et alii. (eds.): Handbuch 5, Staat, Frankfurt – Colonia, 1977.
[43] Von Auw et alii: “Klassenbewegung und Staat in der Bundesrepublik Deutschland: eine Arbeitsskizze zur Untersuchung des westdeutschen politischen Systems”, en Gesellschaft 8-9, Frankfurt, 1976.
[44] Hirsch, J.: “Elementos …”, ed. cit. y también antes Hirsch, J.: Wissenschaftlich-technischer Fort-schritt und politisches System, Frankfurt, 1970.
[45] Hirsch, J.: “Elementos …”, ed. cit..
[46] Von Auw et alii: “Klassenbewegung…”, ed. cit., p. 128.
[47] Hirsch, J.: “Bemerkungen…”, ed. cit., p. 107).
[48] Idem, p. 115.
[49] Ibidem.
[50] Holloway, J. y Picciotto, S.:  State and capital. A Marxist debate, London, E. Arnold, 1978.
[51] Introducción, pero no es al art de Muller y N. sino al libro. 
[52] Holloway; J. y Picciotto, S.: State and capital…”, ed. cit. p. 10 [la referencia corresponde, en realidad, a la introducción general de Holloway y Picciotto, incluida en este volumen; NdT].
[53] Laclau, E.: “Teorías marxistas del estado: debates y perspectivas”, en N. Lechner (ed.): Estado y política en América Latina, México, Siglo XXI, 1981, p. 37.
[54] Véase Hirsch, J. y Roth, R.: “'Modell Deutschland' und neue soziale Bewegungen”, en PROKLA 40, Berlin, 1980, p. 14 y ss.
[55] Aglietta, M.: Regulación y crisis del capitalismo: La experiencia de los Estados Unidos, México, Siglo XXI, 1986.
[56] El “estado de seguridad” de Hirsch (Hirsch, J.: Der Sicherheitsstaat. Das 'Modell Deutschland', seine Krise und die neuen sozialen Bewegungen, Frankfurt, 1981).
[57] Véase Hirsch, J.: “Nach der 'Staatsableitung'. Bemerkungen zur Reformulierung einer materialistischen Staatstheone”, en Argumen, Sonderband AS 100: Aktualisierung Marx, Berlin, 1983.
[58] Blanke, B.; Jürgens, U.; Kastendiek, H.:  Kritik der politischen Wissenschaft, tomo 2, Frankfurt, 1975 y Hoffmann, J.: “Staatliche…”, ed. cit.
[59] Véase Hoffmann, J.: “Staatliche…”, ed. cit.
[60] Altvater, E.; Hoffmann, J.; Schöller, W. y Semmler, W.: “Produktion…”, ed. cit., y Hirsch, J.: Der Sicherheitsstaat…”, ed. cit.
[61] Véase Neusüss, Ch.: “Der 'freie Bürger' gegen den Sozialstaat”, en PROKLA 39, Berlín, 1980, p. 79 y ss.

[62] [Incluimos sólo la bibliografía que E.A. y J.H. no mencionaron en las notas al pié; NdT]