Un buen intento con un magro resultado

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Crítica al libro de John Holloway
“Cambiar el mundo sin tomar el poder”

Ernesto Manzana

 

Introducción

El proceso que va desde la caída del Muro de Berlín hasta el desplome y desaparición de la Unión Soviética marca un hito histórico en la lucha de clases mundial.

Las secuelas de dichos acontecimientos tiñen, de alguna u otra forma, todos los aspectos de la realidad social contemporánea.

Especialmente decisiva es su repercusión al interior del marxismo revolucionario. Puede decirse, sin exagerar, que dichos eventos determinan “un antes y un después” en la política anticapitalista. Y esto en un doble sentido. Por una parte porque tuvieron un desarrollo novedoso que “no figuraba” en la mayoría de los esquemas teóricos pre-existentes, algo que obliga - siempre - a reexaminar la teoría y la estrategia revolucionaria.

Pero, la caída de la URSS tiene una consecuencia aún más trascendente: sucede, a veces, que políticas equivocadas se siguen practicando por años pues no son percibidas como tales hasta que algún hecho tremendamente impactante hace trastabillar todo el andamiaje teórico - político. Me parece que hoy nos encontramos en una situación así: gran parte de la estrategia revolucionaria llevada adelante como una especie de paradigma durante todo el “corto” siglo XX - y que se puede definir, genéricamente, como “estrategia leninista” - ya “hacía agua” desde bastantes años (¿décadas?) antes de 1989, pero recién ahora, luego del derrumbe de los mal llamados países “socialistas” del Este de Europa, se dan las condiciones para cuestionarla radicalmente e intentar modificarla.

Lamentablemente no toda la militancia marxista revolucionaria ha visto las cosas así. Muchos grupos y partidos no consideran que lo sucedido implique modificar absolutamente nada. Siguen “en sus trece”, diciendo y haciendo lo mismo que antes. Y esto, a mi modo de ver es un problema gravísimo. El mundo había cambiado mucho entre 1917 y 1989, por tanto ya antes del fin de la URSS era un error seguir repitiendo los análisis y posiciones que Lenín y Trotsky habían desarrollado 80 o 60 años atrás; pero luego de 1989, persistir en esa política implica, lisa y llanamente, transformar el marxismo en un dogma, convertir nuestro movimiento en una iglesia, en suma: cristalizarnos como una secta sin destino.

En función de esto puede decirse que los sucesos del 89’ establecen, en cierta forma, una “divisoria de aguas” dentro de las filas de la militancia anticapitalista. Por un lado encontramos a aquellos que creen que todo sigue igual y, por el otro, los que consideran que es necesario revisar, re-examinar, el andamiaje teórico-político anterior.

Hace años que yo me ubico, decididamente, dentro de este último grupo. Lo mismo puedo decir de John Holloway (de ahora en adelante: JH) y su libro. Obra que, comenzando por su provocativo título, me parece un importante intento por abordar los grandes problemas que los hechos del 89’-91’ han puesto sobre el tapete. Y, por lo mismo, un aporte valioso al impostergable proceso de rearme y actualización de la teoría y la política anticapitalista en general y marxista en particular.

 

Conclusiones inconsistentes o decididamente equivocadas

Pero, más allá de ser un buen intento y de presentar ideas parciales interesantes, este libro de JH es bastante problemático. Por tanto he llegado a la conclusión que tomaré al pie de la letra su ferviente alegato en pro de la “crítica negativa” y realizaré una “crítica” más o menos extensa a su propia obra.

En este sentido, comenzaré por una definición general: tanto la fundamentación que esgrime para demostrar lo incorrecto de la “vía leninista” así como el camino alternativo que propugna no me resultan nada convincentes. Más aún, en varios temas puntuales mis discrepancias son muy grandes.

Cabe señalar aquí que cuando - hace un par de años - conocí el borrador que presentó en el seminario que hizo en Rosario lo estudié con bastante detenimiento, incluso en aquel momento había esbozado una crítica que finalmente no completé. Mi valoración en ese momento fue “súper” negativa. El tiempo transcurrido me ha servido para suavizar dichas diferencias, no porque la versión final de JH haya cambiado demasiado del borrador de aquel entonces[1] sino porque ha sido mi punto de vista el que se ha modificado bastante. Pero, aún aceptando muchas de las cosas que en ese momento no aceptaba, me sigue resultando un libro poco convincente, con evidentes contradicciones e inconsistencias.

En lo que sigue intentaré, entonces, demostrar el porqué de tales diferencias. Diferencias que deben ser tomadas como parte de un diálogo constructivo y abierto entre revolucionarios que están tratando de buscar el mejor camino posible para llevar adelante la dura y difícil lucha para derrotar a este terrible sistema capitalista que nos está machacando sin pausa ni tregua. Es decir, sin creer que “todo” lo que escribió JH sea un “desastre”, ni lo que yo digo sea “la verdad”. Sinceramente, hace tiempo que he aprendido que en todo debate es muy difícil - por no decir imposible - que el enfoque correcto esté en un solo lado; muchas veces ni siquiera está en ninguna de las posturas iniciales sino en una nueva que “atraviesa” ambos extremos.

Por lo demás, vale aquí ese proverbio español de que “la vida da y quita razones”. Será, entonces, en la lucha de clases, en la experiencia práctica cotidiana, como se irá determinando lo acertado o no de tal o cual afirmación que hoy se presenta en un papel.

Algo más para finalizar esta introducción. Escribo esto con una doble referencia. Por un lado, obviamente, el libro de JH; pero, por otra parte, tengo presente las posiciones esenciales del trotskismo, que necesita - según mi entender - un profundo reexamen y actualización. Esto último ha representado para mí un motivo de preocupación central en los últimos años. En realidad, presentar un balance y una revisión seria y sistemática del trotskismo y en particular de su variante “morenista” - corriente de la que he formado parte durante cerca de 30 años (casi toda mi vida militante) - es una de mis “tantas” asignaturas pendientes.

En este sentido, aunque no era la intención inicial ni central, en esta crítica al libro de JH he encontrado, aquí y allá, varias cuestiones que pueden servir como un aporte de cara a una revisión del trotskismo.

Acotaciones y reflexiones sobre la política y teoría trotskista que no he resistido la tentación de agregarlas a esta minuta ( o folleto, pues como minuta a quedado un poco larga...). Lo he hecho como digresiones a la ilación principal y están escritos en cursiva al final de los puntos (o capítulos) donde critico lo dicho por JH sobre esos mismos temas. [2]

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1. Algunos puntos de acuerdo

Intentando ser coherente con el “espíritu” constructivo que he mencionado unas líneas arriba y, además, con el fin de evitar de antemano falsas discusiones, voy comenzar mi “crítica” a las posiciones de JH no por las diferencias - como podría pensarse -, sino señalando aquellos puntos de su tesis que me parecen correctos o, al menos, muy próximos a mi punto de vista.

Hay varias nociones que aparecen a lo largo del libro con las cuales coincido mucho. En algunos casos son temas menores, que prefiero no mencionar pues aparecen enmarcados en comentarios más generales con los cuales discrepo. Sin embargo, hay cinco definiciones que sí me interesan señalar aquí, pues más allá de cualquier matización me parecen importantes y válidas.

De esas cinco proposiciones sólo sobre las dos primeras verteré ahora algunos comentarios; las otras tres simplemente las enunciaré pues serán cuestiones que retomaré más adelante y será allí donde me extienda sobre ellas.

1.1. El método de JH

La forma que tiene Holloway de exponer sus ideas, tanto en el libro, como en la Conferencia que dio en Rosario, me parece muy positiva, totalmente reivindicable. Para alguien que, como yo, viene de una tradición dogmática e intolerante esta cuestión metodológica no es algo menor.

Por una parte, comparto su rechazo a cualquier tipo de “verdad revelada” y a “las recetas definitivas”. En este sentido me parece importante ser explícito en señalar que hay muchas cosas que no se pueden definir, dejándolas “abiertas” y confiando que en el futuro se irán aclarando.

En paralelo con esta concepción, está esa otra idea que subyace en todo el texto y que también me parece muy pertinente para los tiempos que corren: aceptar explícitamente que si bien sobre los errores pasados se puede tener cierta seguridad y certeza, pasa todo lo contrario respecto a que se debe hacer de aquí en más, dónde hay más interrogantes que respuestas.

Criterio, totalmente coherente, para todo aquel que - como es mi caso - esté convencido que en “la larga marcha” del marxismo revolucionario los errores han sido muchísimos; especialmente en los últimos años donde han superado con creces a los aciertos. Y que los acontecimientos del 89-91’ no estaban en los cálculos de nadie.[3]

1.2. La impugnación al “determinismo histórico”

En términos generales no me convence demasiado el duro ataque epistemológico que JH acomete contra lo que él llama “marxismo científico”. Sobre ello diré algo más adelante; aquí me interesa detenerme en un aspecto de esa crítica que sí comparto: me refiero a lo que suele definirse como “determinismo histórico”.

Para ser más preciso, dado que la cuestión del determinismo en la historia tiene muchas aristas, estoy pensando en la creencia de la “inevitabilidad del socialismo” que, desde el “Manifiesto Comunista”, Marx y Engels (sí ambos, no sólo Engels) sostuvieron constantemente, como una de las premisas esenciales de su andamiaje teórico - político.

Concepción, por lo demás, muy propia del evolucionismo del siglo XIX [4] y que, como señala JH tiene que ver con la idea de que las leyes de la historia son similares a la de la naturaleza y, por lo tanto, se cumplen inexorablemente.

(Desde ya el tema da para mucho y no es mi intención desarrollarlo aquí. En todo caso lo retomaré cuando analice con más detenimiento la crítica que hace JH al “marxismo científico”)

1.3. El cuestionamiento específico que hace a las corrientes marxistas revolucionarias por haber considerado a “la toma del poder del Estado” una tarea tan importante que, prácticamente, se convirtió en el “único” objetivo.

Como ya he dicho, la explicación que da JH de porqué no se debe tomar el poder no me convence para nada. Pero eso no es un obstáculo para reconocer el cuestionamiento que él hace a las posiciones revolucionarias, como las leninistas y trotskistas, que privilegiaron tanto la cuestión de “la toma del poder” que todos los demás problemas de la estrategia revolucionaria quedaron subordinados a dicho objetivo.[5]

Desarrollaré esta cuestión más adelante, pero me apresuro a señalar que en este punto, más allá de algunas diferencias de enfoque, acepto la crítica de JH.

1.4. El rechazo al nacionalismo como vía revolucionaria

En su balance de las revoluciones del siglo XX, especialmente en lo que hace al proceso de degeneración de la revolución rusa, me parece errada la forma en que ubica el problema del nacionalismo; sin embargo comparto plenamente - como concepción política- la tesis de que no hay destino para una revolución anticapitalista en los marcos nacionales.

En suma: su rotundo anti -nacionalismo me parece muy válido y me interesa destacarlo.

1.5. La necesidad de reivindicar la acción autodeterminada de las masas en el proceso revolucionario.

Por supuesto que esta afirmación hay que desarrollarla mucho más y, además, debe matizarse en varios aspectos. Pero, en términos generales, me parece muy importante rescatar el concepto de que la revolución es un proceso auto - emancipatorio del conjunto de las masas.

Significa volver a colocar en primer plano el principio de Marx y Engels de que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, algo que el paradigma leninista terminó modificando desde el momento que se consideró más importante el papel de las vanguardias (partidarias o guerrilleras) y se rebajó al movimiento de masas al papel de acompañante de segunda línea.

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2. ¿Porqué no se debe “tomar el poder”?

Muchas son las razones que esgrime JH a lo largo del libro para tratar de convencernos que no es bueno “tomar el poder” para “cambiar el mundo”.

Sin embargo, creo que hay tres que, por mucho, son las de mayor relevancia.

En primer lugar está lo que podría denominarse “fundamentación histórica”; es decir, una evaluación - un balance - de lo sucedido durante las revoluciones del siglo XX.

En segundo lugar nos encontramos con un extensísimo desarrollo filosófico y epistemológico donde, partiendo de la teoría de la enajenación (=fetichismo, =cosificación) y de un ataque en toda la línea a la tradición del “marxismo científico”, intenta establecer una “fundamentación filosófica - epistemológica” a su negativa a una revolución política (estatal).

Por último está la que podemos llamar “fundamentación por el ejemplo” o “fundamentación zapatista”. Aquí se abandona el terreno de la “crítica negativa” ya que JH trata de demostrarnos que el accionar del EZLN en Chiapas es la alternativa “concreta” al modelo leninista.

Debo decir que en el borrador de hace dos años este tercer argumento tenía mucho más presencia que en esta versión final; ahora JH utiliza bastante menos a los decires y haceres del zapatismo como una prueba positiva de lo que él preconiza. De todas formas la política zapatista sigue estando ahí; en forma explícita o implícita el “espíritu” del EZLN campea a lo largo del texto.

Por supuesto, que - como ya dije - JH presenta muchas más razones para cuestionar “la toma del poder”. Pero las tres arriba mencionadas no sólo son las principales sino que, además, se pueden ver como tres bloques dónde quedan englobados los restantes argumentos.

Por lo demás, estas tres explicaciones principales no tienen la misma entidad en el libro: la primera, la “fundamentación histórica” sólo abarca un capítulo. En cambio a la “fundamentación filosófico-epistemológica” le dedica cuatro capítulos en forma exclusiva (cinco, si incluimos el primero), es decir, cerca de la mitad del texto; además, de una u otra forma, todo el libro desde el principio al final gira alrededor de esta problemática.

En lo que respecta al zapatismo ya he señalado que en la versión definitiva no tiene un lugar tan importante como sí lo tenía en el borrador.

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3. El balance de las luchas revolucionarias del siglo XX

En el capítulo 2 (“Más allá del Estado”), JH realiza un recorrido por las revoluciones del siglo XX.

Este intento por fundamentar su tesis “anti - toma del poder” a través de una evaluación histórica me parece un enfoque metodológicamente válido. Sólo si analizamos las distintas políticas que aplicó el movimiento revolucionario desde la Comuna de París a la fecha, en una correspondencia estrecha con la dinámica objetiva de dichos procesos, es posible arrojar alguna luz sobre las insuficiencias habidas, sobre los errores cometidos y las correcciones necesarias de hacer.

Pero la forma en que JH acomete esta empresa es decepcionante. Al menos a mí no me convence para nada pues creo que ha hecho una interpretación excesivamente simple de lo sucedido en la lucha de clases durante el siglo XX y, por tanto, presenta una visión impresionista, unilateral, sesgada.

3.1. Un silogismo simplista

JH no analiza dichos procesos en forma concreta, intentando captar las múltiples determinaciones y contradicciones en el complejo entramado que la historia fue tejiendo en estos ciento y pico de años terribles.

En su lugar nos presenta, en unos pocos párrafos, un esquema abstracto, ultra simplificado, del tipo “identitario” ( “blanco o negro” o “X excluye a no-X”); prácticamente como si fuese un silogismo.

Su “historia” del siglo XX es, más o menos, como sigue:

- Todos los partidos y corrientes que intervinieron en los procesos revolucionarios del siglo XX tuvieron como objetivo “la toma del poder” estatal.

- Todas las revoluciones fracasaron y todos esos procesos fueron derrotados.

- Conclusión: De ahora en más hay que abandonar el objetivo de “tomar el poder”.

Es decir, para JH está lo “viejo” y lo “nuevo”. Lo “viejo” son todos los partidos marxistas que hubo hasta hace poco, todos sin excepción, y que fracasaron por querer “tomar el poder”. Por tanto, a partir de ahora hay que conformar un “nuevo” movimiento anticapitalista - cuya primera expresión consciente es el zapatismo - que haga exactamente lo opuesto: intentar “cambiar el mundo” evitando “tomar el poder”.

Más allá de lo paradojal que resulta encontrar un razonamiento de este tipo en un texto donde hay cientos de páginas dedicadas a reivindicar “apasionadamente” a la dialéctica - incluso con referencias implícitas contra la lógica formal por ser una forma “burguesa”, “cosificada”, de pensamiento -, está la cuestión de que tal esquema simplista no se condice con la realidad “viva” de la lucha de clases de esos años.

Porque si uno analiza con cierto detenimiento el capítulo 2 puede ver, enseguida, que JH sólo puede darle cierta coherencia a su afirmación “forzando” los hechos de una manera un tanto burda con olvidos significativos o “metiendo en la misma bolsa” posturas que no tienen nada que ver unas con otras.

3.2. El anarquismo: un olvido esencial

Cuando hablo de “olvidos significativos” estoy pensando, en primer lugar, en el Anarquismo.

Al inicio del capítulo (en página 28), JH menciona al Anarquismo, junto al “Marxismo Revolucionario” y al “Marxismo Reformista”, como las tres corrientes que ocuparon la escena política en esos años. Pero, luego, no habla más de él. [6]

El tener que omitir al Anarquismo representa, a mi modo de ver, la prueba más importante de lo inconsistente de su “fundamentación histórica”. Esto por muchas razones.

La más importante estriba en que si se ubica al Anarquismo como parte fundamental de la experiencia revolucionaria pasada la primera premisa del silogismo resulta falsa y, por lo tanto, todo el esquema se viene abajo. Ya que el Anarquismo, una de las corrientes más importantes en la historia del movimiento obrero mundial, se distinguió - esencialmente - por su rechazo a la estrategia marxista de “la toma del poder”.

Por tanto la verdadera historia de los movimientos revolucionarios anticapitalistas nos muestra que no “todos” los que intentaron “cambiar el mundo” lo hicieron por la vía de “la toma del poder”; una porción muy importante del proletariado - una de sus fracciones más combativas y multitudinarias - siguió un camino opuesto, similar al que ahora pregona JH.

Pero la cosa no termina allí, lamentablemente el anarquismo también fue un movimiento que sufrió severas derrotas. En este sentido, es parte del fracaso de la lucha revolucionaria del siglo XX; incluso en algunos países dónde fue una verdadera “potencia” como España o Argentina terminó debilitándose hasta la desaparición e, incluso, sufriendo importantes crisis por caer en serias incoherencias políticas.

Con lo que la evaluación del fracaso de los movimientos anticapitalistas del siglo XX se hace mucho más compleja desde el momento que no sólo fue derrotado el paradigma leninista de “cambiar el mundo tomando el poder”, sino también el paradigma anarquista de “cambiar el mundo sin tomar el poder”.

Dicho en otras palabras: La historia del Anarquismo muestra que la evaluación del fracaso de estos 100 años de revoluciones va mucho más allá de la explicación simplista de que el error estuvo en poner todo el acento en el objetivo de “tomar el poder”.La cosa es mucho más compleja y exige tomar en consideración muchos más elementos en el análisis.

Pero hay otras razones por las cuales es un grave error “olvidarse” del Anarquismo. Pues, como ya he dicho, esta corriente se caracterizó - y ese fue su rasgo distintivo con el marxismo - por su rechazo a una revolución política[7] y, más en general, por su negativa a todo accionar a escala estatal. En este sentido es evidente que existen muchos puntos de contacto entre esos planteos y los que ahora esboza JH en el libro. Por tanto si se quieren explorar caminos ya recorridos por el anarquismo me parece que se ganaría mucho en claridad si se tomase a dicho movimiento como una referencia central.

Y en caso de que JH piense que su propuesta sólo tiene semejanzas aparentes con la praxis anarquista, también sería fundamental que desarrollase a fondo un análisis de dicha corriente para mostrar donde está la diferencia - lo “nuevo” - en lo que él nos propone.

3.2.1. Son tiempos de revalorizar el legado anarquista

Personalmente sí creo que es necesario una re-evaluación del movimiento anarquista. Creo que “después de todo lo que ha llovido” es muy importante analizar con detenimiento la actuación del anarquismo en los tiempos en que fue un pujante movimiento revolucionario de masas. Revalorizar sus puntos fuertes (que los marxistas habíamos minusvalorados encandilados por el paradigma leninista), como así también precisar sus errores e inconsistencias.

A este respecto puedo decir que yo conozco poco del legado anarquista.[8] Por ejemplo no sé de su actuación durante la Revolución Rusa. Conozco algo de su accionar en México antes y durante la Revolución, y un poco más sobre su trayectoria en Argentina y España. De este último país, de la experiencia de la Revolución Española del 36’, se puede hablar mucho. Dos son los hechos que me han llamado la atención de la praxis anarquista en ese momento; dos procesos políticos que, creo, merecerían un (nuevo) estudio a fondo pues pueden servir para re-enfocar el programa revolucionario: Por un lado está la experiencia de las colectividades de Cataluña, impulsada - esencialmente - por el Anarquismo. Por el otro, está su apoyo al Frente Popular, incluso entrando al gobierno.

Ambos hechos, quizás, la cara y la cruz del anarquismo español.

En el caso de la Revolución en Cataluña, que llevó a la colectivización generalizada tanto de los grandes establecimientos industriales y comerciales como de la tierra, es fundamental revalorizarla porque, hasta donde yo conozco, fue el único caso de una revolución social donde se aplicó un programa económico post-capitalista sin planificación centralizada. Y, por todo lo que he leído, funcionó muy bien hasta que el Frente Popular (con el estalinismo a la cabeza) logró desarticularla desatando una violenta ofensiva por... “centralizar y estatizar la economía” (¡!)

Pienso, también, que es clave analizar - esta vez por el error trágico que implicó - la política mayoritaria de las FAI y la CNT de apoyo al gobierno de Frente Popular, que llega al punto de avalar la entrada de García Oliver y Federica Montseny en el gabinete de Largo Caballero.

Esta actitud adquiere aún mayor dramatismo si se piensa que apenas cuatro meses antes de integrar el gobierno burgués del Frente Popular, se negaron, en Cataluña - ¡y teniendo todas las posibilidades de hacerlo! - a “tomar el poder” para los trabajadores que, armados, habían destruido a todos los ejércitos de Barcelona (y de gran parte de España).

¿Cómo explicar ese rosario de errores? ¿Cómo pudo el Anarquismo, después de haber estado 60 o 70 años llenándose la boca de que ellos nunca tendrían nada que ver con algo cercano a la política estatal, convertirse en ministros de un gobierno contrarrevolucionario en plena revolución? ¿Y si en 1936 decidieron dejar de lado su “tabú” respecto al Estado, porqué no lo tomaron en Julio, en Barcelona, dónde el poder estaba en manos del proletariado armado?...Y podría seguir con más preguntas del mismo tono.

No es este el lugar para contestarlas. Repito, que son temas que merecen un estudio detallado sin simplismos ni pre-juicios. Pero hay algunas cosas que, en lo inmediato me vienen a la mente, y no puedo dejar de señalar. Por una parte, está el hecho de que el Anarquismo intentó, en su teoría, resolver el complicado problema del Estado con el recurso, facilista, de la negación. Y creo que, en todos los órdenes de la vida, lo peor que se puede hacer con “un problema” (más aún si nos enfrentamos a un “gran” problema, tal el caso del Estado) es ignorarlo.

Por otro lado, y esto es lo más importante, creo que la experiencia de la revolución española muestra que, tarde o temprano, tener una política en el plano estatal es insoslayable. De allí que ni siquiera los anarquistas pudieron escapar a ese dilema.

(Pero esto hace a algunas cuestiones centrales de esta crítica al libro de JH, por tanto lo retomaré más adelante)

3.3. Generalizaciones arbitrarias y simplificaciones abusivas (La ubicación histórica de la socialdemocracia)

Excluir al Anarquismo no es el único error que puede apreciarse en la evaluación histórica que hace JH. En su afán por simplificar las cosas, demostrando que todos los errores, y todas las derrotas, son fruto de una única causa - haber tenido como eje estratégico a “la toma del poder” -, JH “mete en la misma bolsa” a sujetos políticos que poco tienen que ver unos con otros. Hay dos posibilidades para explicar porque cae en semejante inconsistencia histórica y teórica: o no conoce con profundidad la “verdadera” historia del siglo XX o, lo que es más probable, está tan convencido de su esquema teórico que la realidad, los hechos, sólo le interesan como una confirmación de su tesis, de allí que los “acomoda” como mejor le parezcan.

Reseñaré, a modo de ejemplo, algunos de los puntos donde más claramente se puede apreciar estos errores.

Por un lado está la caracterización que hace de la Socialdemocracia. JH, nos dice que las corrientes reformistas y revolucionarias son dos caras de la misma moneda desde el momento que ambos tuvieron el objetivo de “tomar el poder para cambiar el mundo” y, que hoy ambos movimientos han fracasado. Yo acepto que el marxismo revolucionario ha sufrido una gran derrota, derrota que venía de antes, pero que luego del 89’ resultó descarnada, evidente. Más todavía, estoy convencido que el proletariado mundial y las masas explotadas por el capitalismo sufrieron una derrota de gran envergadura en los años 80’ y 90’ del siglo que terminó. Pero decir lo mismo de la socialdemocracia es un sin sentido. Porque luego de la Primera Guerra Mundial, los partidos socialistas europeos se pasaron con armas y bagajes al campo de la burguesía.[9] De allí en más la socialdemocracia se convirtió en un partido del sistema y, además, en un activo enemigo de la revolución rusa y de cuanta revolución anticapitalista estalló en algún lugar del planeta (incluso haciendo uso de la violencia armada).

Por tanto, si queremos definir la política de la socialdemocracia en función de la ingeniosa frase que JH utiliza como título del libro, debemos decir que su objetivo fue “tomar el poder para no cambiar el mundo”.

O sea, la realidad viva de la lucha de clases colocó a la socialdemocracia inequívocamente en el otro lado de la barricada: entre los defensores acérrimos del “mundo actual”. De allí que resulte incoherente, por más simplificación que se haga, tratar de poner “en la misma bolsa” a este sector y a los movimientos revolucionarios anticapitalistas.

Por lo mismo, es ilógico ubicar a la socialdemocracia en el campo de los derrotados de fines del siglo XX. Todo lo contrario, el lograr que el capitalismo siga “vivito y coleando” es un gran triunfo de la “estrategia” de los “socialistas” de la Segunda “internacional”. Basta leer las declaraciones de un Blair o un Felipe González en los 90’ para comprobar esto. Sus opiniones sobre “el fin del comunismo”, sus loas “a la globalización”, etc., etc., no suenan a lamentos de “derrotados” sino a bravuconadas de eufóricos apologistas del capitalismo; opiniones, por lo demás casi calcadas a las de un Clinton, un Chirac e, incluso, de una Thatcher.

3.4. La ausencia de un análisis concreto de la lucha de clases.

Más no es sólo la socialdemocracia quién es analizada por medio de una simplificación abusiva; tampoco me satisface esa generalización de ponerle el mismo signo a corrientes políticas tan dispares como son el bolchevismo (en vida de Lenín), el trotskismo, el maoísmo o el castrismo, el estalinismo (!!??), etc.

Al revés de lo que nos “muestra” JH, la realidad es compleja, múltiple. Los procesos de la lucha de clases - y más aún en este tumultuoso siglo que acaba de finalizar - es un choque de fuerzas sociales vivas que es necesario analizar en concreto, tratando de captar las especificidades y particularidades, los aspectos positivos y negativos de cada acontecimiento, y teniendo mucho cuidado en que las necesarias conclusiones generales que puedan extraerse no se conviertan en esquemas simplistas como, a mi entender, sucede en este libro.

Es cierto que en el último párrafo de la página 32 ( y que continúa en la siguiente) JH trata de establecer una distinción entre las distintas corrientes del marxismo. Señalando que “es importante evitar caricaturas crudas”. No por nada considero a ese párrafo el único realmente rescatable de este capítulo. Pero, no hay continuidad en esta línea de razonamiento. En todo el resto del capítulo - y del libro - vuelve a su esquema unilateral de considerar que no hay diferencias esenciales entre las distintas corrientes que se reclamaron marxistas. En suma: para la evaluación histórica que nos muestra JH en este trabajo cabe aquello de que “en la noche (de la derrota) todos los gatos son pardos”.

En función de este defecto metodológico es que JH no encuentra ninguna diferencia entre procesos muy distintos como - por ejemplo - el ruso del 17’, la revolución china, sin dudas una gran revolución pero conducida desde “el vamos” por una dirección estalinista, o la “revolución desde arriba” que se dio por la ocupación del ejército soviético en Europa Oriental, luego de la Segunda Guerra Mundial.[10]

Por la misma razón, no creo que sea correcta su crítica a la concepción del Estado que tuvieron todos estos sectores: puedo aceptar que en el estalinismo haya habido una visión instrumental del Estado. Pero es totalmente equivocado atribuir esa tesis a Marx y Engels, a Lenín o a Trotsky.

Algo similar sucede con el supuesto malentendido entre Estado y Nación. De nuevo no tengo dudas que algunos de los partidos y movimientos que llevaron a cabo revoluciones, como el castrismo o el maoísmo, cometieron este error. Es decir, desde su origen fueron nacionalistas. Pero, en lo que atañe a las corrientes revolucionarias que hicieron la Revolución Rusa o fundaron la III Internacional (Lenín, Trotsky, Rosa Luxemburgo) dicho análisis resulta totalmente incorrecto. Por tanto me pregunto, una vez más: ¿qué se gana con presentar generalizaciones tan forzadas? Para mí, nada. Porque si lo que buscamos ( y no dudo que JH lo busca) corregir errores y reelaborar la política, no avanzaremos demasiado si evaluamos mal o, incluso, al revés, lo que pasó en las revoluciones anteriores.

Sigo... En su “manía” por demostrar que todo el “viejo” marxismo tuvo el mismo error no le interesó analizar, por ejemplo, la diferencia estratégica que Rosa Luxemburgo tuvo con la concepción leninista de organización. O sus clarividentes y certeras críticas a los primeros meses de gobierno bolchevique.

Tampoco hay la más mínima mención a la terrible lucha que la Oposición de Izquierda (lucha que le costó la vida a miles de revolucionarios) llevó a cabo contra la burocratización del Estado Soviético. A pesar que - entre otros puntos - dicha lucha giró en torno a Internacionalismo o Nacionalismo, algo que preocupa tanto a JH.

Y así podría seguir con decenas de cuestiones. Pero creo que lo dicho es suficiente para mostrar lo inadecuado del silogismo simplista que realiza JH al tratar de analizar las experiencias de las revoluciones del siglo XX.

3.5. La crítica a la estrategia leninista y trotskista

Mi diferencia global con la “fundamentación histórica” que esgrime JH, no es un obstáculo para rescatar como válida la crítica que, en forma específica, dedica a las posiciones leninistas y trotskistas en el párrafo ya mencionado de la página 32-33.

Allí el planteo es más preciso y, por tanto, más pertinente: los movimientos revolucionarios (menciona especialmente a Lenín y Trotsky) cometieron el error de colocar al objetivo de “la toma del poder” en un plano tan privilegiado de la estrategia revolucionaria que de hecho condicionó todo el accionar permanente y cotidiano de las organizaciones revolucionarias.

Mi acuerdo con esta crítica yo lo mencioné en el apartado 1.3. pero, dado que mi enfoque del problema difiere del JH, creo que es conveniente decir algunas cosas más al respecto.

Por ejemplo, en el trotskismo fuimos contundentes en este sentido. Para nosotros toda la estrategia se reducía a dos ejes íntimamente relacionados entre si: “la toma del poder” y la “construcción del partido revolucionario”. Y digo que eran dos ejes íntimamente relacionados entre si puesto que - siguiendo a Lenín - dicho partido debía ser “centralizado”, “de combate”, etc., todas características elaboradas en función de “la toma del poder”.

Y creo que una de las conclusiones centrales que se debe extraer del proceso de Rusia y demás países donde triunfaron revoluciones anticapitalistas es la siguiente: resultó mucho más difícil mantener el poder (y avanzar hacia el comunismo) que “la toma del poder” en sí misma.

Si esto es así, resulta un error prepararnos durante años sólo en función de “la toma del poder”. Habrá que trazar la estrategia pensando más en la sociedad futura, post-revolucionaria ya que fue allí, en la “Transición”, donde los procesos revolucionarios flaquearon y luego terminaron hundiéndose.

En este sentido, adquiere una importancia decisiva comprender que el accionar autodeterminado de las masas debe ser colocado en el centro de la política cotidiana. Porque sólo así los trabajadores podrán entrar en la nueva sociedad “por sus propias fuerzas”, con una “gimnasia” y una conciencia de democracia directa importantísima a fin de evitar - o al menos combatir con más fuerza que en el pasado - las degeneraciones burocráticas en los procesos post-revolucionarios.

Desde ya, también la concepción de organización de la vanguardia debe ser revisada totalmente a la luz de esta modificación de las prioridades estratégicas.

Es posible que alguien considere que plantear la política en función de la sociedad futura y no en “la toma del poder” implica caer en el “utopismo” tan cuestionado por Marx. Yo creo que no es así, pues de lo que yo hablo es de 70 años de experiencias concretas de sociedades post-capitalistas, surgidas luego de grandiosas revoluciones (pienso, esencialmente en Rusia y - aunque ya mediatizadas por la burocratización en la URSS - en las revoluciones China y Cubana). Entonces no estamos hablando de un nebuloso futuro sino de lo sucedido en el pasado reciente y de las decisivas enseñanzas que debemos extraer de él.

Es cierto que Marx o Lenín, hablaron poco de lo que se debería hacer en el Estado Obrero post-revolucionario, pero creo que esto se debió a una creencia en que la cosa iba a resultar mucho más fácil de lo que luego sucedió. Basta comparar por ejemplo “El Estado y la Revolución” de Lenín, escrito apenas días antes de la “toma del poder” y sus últimos escritos antes de morir.

En el primero - por lo demás un buen análisis del Estado Capitalista, incluso con intuiciones geniales sobre los problemas en el Estado transicional[11] - se aprecia un Lenín seguro en que una vez tomado el poder y expropiado a los capitalistas todo avanzará en forma bastante rápida y fácil. En cambio sus últimos escritos, luego de 5 años de gobierno revolucionario, muestran un tono sombrío, casi desesperado, al analizar el proceso de burocratización que se desarrolla ante sus ojos.[12]

Y es que la burocratización ha sido y es, como supieron decir los trotskistas, la sífilis del movimiento obrero. Por tanto, es hora que entendamos que es necesario adecuar nuestra “estrategia” a dicho flagelo. Para ello es necesario reconocer que mientras haya capitalismo e, incluso, en las sociedades post-capitalistas pero aún todavía con desigualdades sociales y económicas, la burocracia es un problema terrible, tan grande como la existencia del propio capitalismo. Es por ello que - me parece - se hace necesario colocar la lucha contra la burocracia en el mismo plano de importancia que la lucha contra la burguesía. Aceptando, de una vez por todas que no hay institución obrera y popular a salvo de la burocratización, ni siquiera las instituciones revolucionarias.

En este sentido no es posible continuar con la idea que se va a combatir a la burocracia recién después de “la toma del poder”, la lucha contra la burocratización es una tarea de primer orden hoy y que obliga a readecuar todas las estrategias tradicionales; de manera especial las organizaciones cerradas, del tipo de los partidos leninistas, que han mostrado - una y otra vez - su gran vulnerabilidad al peligro de la burocratización.

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Una digresión sobre el trotskismo (y, de paso, unas palabras sobre Rosa Luxemburgo)

Antes de finalizar mis comentarios respecto a la “fundamentación histórica”, me parece conveniente decir unas palabras respecto al trotskismo. Tanto este capítulo como el resto del libro me hace pensar que JH conoce poco y mal su legado. Es llamativo, por ejemplo, que ninguna obra de Trotsky figure en la bibliografía.[13] Tampoco de algunos de los cuadros o teóricos de la Oposición de Izquierda rusa o del trotskismo. Pienso en un Rakosky, o en un Deustscher, Rosdolsky o Mandel.

Personalmente hace años que he llegado a la conclusión que el andamiaje teórico-político del trotskismo adolece de enormes fallas. Comenzando por la Teoría de la Revolución Permanente, que, más allá de aciertos parciales, posee una lógica determinista que la hace muy poco fiable. Y siguiendo con el Programa de Transición[14]; y con la concepción de partido (“leninista elevada al cubo”) que alimenta una praxis sectaria, ultimatista y aparatista.

Praxis sectaria que es, por encima de todo, el rasgo más negativo de esta corriente revolucionaria.

Pero señalar estas diferencias profundas no me impide reivindicar un elemento esencial del trotskismo. Me refiero al acierto histórico de Trotsky de haber combatido con una firmeza y clarividencia sin par al proceso de burocratización de la Unión Soviética. Combate que no lo hizo sólo pues el trotskismo no es más que el continuador histórico de la Oposición de Izquierda Rusa.

De allí que muy pocos marxistas hayan podido llegar a los niveles de un Trotsky o, incluso, de un Rakovsky, a la hora de analizar los problemas del Estado en general y de los Estados post-revolucionarios en particular.

Desde ya, viéndolo retrospectivamente, algunos de los conceptos de Trotsky en esta cuestión se demostraron inconsistentes, tal el caso de la categoría de “Estado Obrero burocrático” conque definió al régimen soviético. Pero ello no es obstáculo para reivindicar su acierto político indiscutible: luego de la burocratización de la URSS, cuando la mayoría aplaudía a Stalin u optaban por un silencio cómplice, sólo unos pocos marxistas supieron estar en el lugar exacto de la trinchera. Ese mérito histórico corresponde a la Oposición de Izquierda primero y del trotskismo después. Y, lo que es más importante, su accionar y sus escritos son una enseñanza que no se puede soslayar de cara al futuro.

Que JH no vea la importancia decisiva que tiene el problema de la burocracia en lo concerniente a cualquier teoría sobre el Estado demuestra dos cosas: una, que no conoce el legado trotskista y que, dada esa falta de referencia teórico- política, su análisis del Estado queda muy pobre, muy limitado.

Ya he dicho, al pasar, algo sobre Rosa, pero quisiera agregar un par de comentarios más: JH la cita en su polémica con Bernstein y hasta puedo coincidir en que allí muestra una concepción determinista cuestionable. Pero JH, en otra muestra del simplismo que tanto he criticado, no destaca dos aspectos de Rosa que - mirados retrospectivamente - tuvieron un enorme mérito. Mérito que durante décadas, cegados por el paradigma leninista, la mayoría de los marxistas no supimos valorar.

En primer lugar está su rechazo a la concepción bolchevique de partido. Rosa siguió fiel a Marx y Engels en su creencia de que “la revolución será obra de los trabajadores mismos”. Ella creyó, hasta el último día, en que la acción auto-determinada de las masas era mucho más importante que la organización política.

El hecho de que Lenín triunfase en Rusia, y los espartaquistas fuesen derrotados en Alemania llevó al grueso de los marxistas revolucionarios a sacar la conclusión (simplista y “exitista”) de que “la historia le había dado la razón a Lenín” y el “espontaneísmo” de Rosa fue “excomulgado”. Creo que está claro que este veredicto debe ser revisado urgentemente.

En segundo lugar, Rosa escribió un texto (que no llegó a publicar en vida), cuestionando varios de los primeros pasos del régimen bolchevique. Leyéndolos hoy, uno se asombra de lo que esa mujer vio en ese momento. Pues ahora es relativamente fácil comprender como las limitaciones a la democracia proletaria o la forma en que se aplicó el terror fueron errores de Lenín y Trotsky que tuvieron graves consecuencias. Pero Rosa fue de las pocas que supo criticarlo en el mismo momento en que se estaban llevando a cabo.

Una vez más digo: no es posible hacer una evaluación de las revoluciones del siglo XX, ni intentar extraer enseñanzas de esos procesos con el fin de no repetir los errores cometidos, si no tenemos en cuenta la crítica que Rosa L. le hizo a los bolcheviques en 1918.

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4. La fundamentación filosófica - epistemológica.

Voy a analizar ahora el segundo argumento que JH utiliza para tratar de convencernos que el problema de los problemas en la lucha anticapitalista está en la concepción estatalista de la revolución o, dicho llanamente, en tener el objetivo de “tomar el poder”.

Es lo que yo llamo “fundamentación filosófica - epistemológica”. Cualquiera que le de una lectura aunque más no sea superficial al libro puede apreciar que este enfoque es central para el autor. Él mismo se preocupa en dejarlo claro en numerosos párrafos.[15]

Es por ello que cuatro capítulos íntegros están dedicados al tema y, de hecho, todo el libro está articulado alrededor de esta problemática.

Cómo no puede ser de otra manera esto lleva a que el libro se deslice hacia un lenguaje un tanto oscuro - “difícil” - al menos para todo aquel que, como es mi caso, no se encuentra familiarizado con las categorías filosóficas y epistemológicas que el autor desarrolla.

De todas formas, dado que da tantas vueltas con estas cuestiones, los puntos nodales de su reflexión se hacen más o menos evidentes: Para JH la “teoría de la alienación o enajenación” del Marx de los “Manuscritos de 1844” y “rebautizada” como “fetichismo” en sus escritos maduros, es la clave de la estrategia revolucionaria. En la visión que tiene JH del “fetichismo” - o como él prefiere, del “proceso de fetichización” -, éste tiene implicancias no sólo económicas (fetichismo de la mercancía) sino de alcance general sobre todos los aspectos sociales e, incluso, existenciales del ser humano. En este sentido, se desemboca en un problema epistemológico, puesto que “fetichización” implica “cosificación” y, por lo tanto, una visión falsa - reificada - del funcionamiento social y de todas las categorías sociales.

De allí que, para JH, “el marxismo científico”, fundamento del paradigma leninista de la revolución, está en el corazón de todos los errores cometidos. Por ejemplo, para hablar del tema que nos ocupa: la concepción estatalista es equivocada desde el momento que, epistemológicamente, el Estado fue analizado, por los “viejos” marxistas como una “cosa”. Lo mismo sucede con las clases sociales, los partidos, etc. Detrás del error de “tomar el poder” está el grave error epistemológico de analizar la realidad como una cosa aislada (separación del sujeto del objeto) o, lo que es lo mismo, como algo que puede ser conocido objetivamente.

Tan grave es esto para JH que intentar conocer la realidad en forma “positiva” implica una capitulación del movimiento revolucionario o, peor aún, una desviación provocada desde el poder (es decir, el capitalismo). Cito textualmente: “Con la positivización de la ciencia el poder- sobre penetra en la teoría revolucionaria y la socava de manera mucho más efectiva de lo que lo hacen los agentes gubernamentales encubiertos que se infiltran en una organización revolucionaria”[16]

En suma, los errores de la estrategia leninista, centrada en la “toma del poder” nacen de una minusvalorización (o rechazo) de la teoría de la enajenación (=fetichización, =cosificación) y el consiguiente error epistemológico de intentar analizar la realidad en forma positiva, o sea, posible de ser conocida en forma objetiva.

4.1. Algunos comentarios sobre la génesis y el marco histórico de esta concepción

La tesis que tan extensa y apasionadamente nos presenta JH no es nueva en el marxismo. Se puede decir que, en gran medida - y con los matices que luego señalaré - es casi punto por punto la misma reflexión que el joven Lukács realizó en “Historia y Conciencia de Clase”. Es cierto que éste, al momento de redactar dicho escrito no conocía los “Manuscritos de 1844”, pero la categoría de “fetichismo” que extrajo de “El Capital” le resultó suficiente para desarrollar una crítica al marco epistemólogico que, en ese tiempo, prevalecía en la teoría marxista, tanto sea el de la 2ª Internacional (Kausky), como el del “Manual” de Bujarín[17] que tanto predicamento tenía en la naciente 3ª Internacional.

Posteriormente, cuando los “Manuscritos” se hacen públicos, apareció un amplio abanico de teóricos marxistas que le dieron una importancia decisiva al problema de la enajenación. En general todos ellos, al igual que JH hace aquí, inmediatamente asociaron dicha teoría al concepto de “fetichismo” que “el Marx maduro” había utilizado en “El Capital”. Fueron los años en que los escritos filosóficos marxistas volvieron a ser importantes. Es “la época de oro” del llamado “marxismo occidental”.[18]

En muchos de estos casos, particularmente la Escuela de Frankfurt, el concepto de alienación tuvo una connotación epistemológica dando basamento al surgimiento de lo que se ha llamado “teoría crítica”.

Cómo el propio JH reconoce es ese recorrido teórico el que él retoma en “Cambiar el mundo sin tomar el poder”.

Aunque debo hacer notar que exagera cuando insinúa que estas cuestiones teóricas fueron rechazadas por la tradición del leninismo. A decir verdad, en este punto JH es equívoco, de allí que me interesa precisar algo. Si él quiere decir que en la tradición estalinista, concretamente en el “Dia-mat” elaborado por los escribas del Kremlin, estas cuestiones fueron no sólo ignoradas sino también atacadas (incluso enviando a sus sostenedores a Siberia), estoy totalmente de acuerdo. Pero, una vez más se cae en una generalización abusiva (por no decir en una amalgama) cuando él da a entender que esa fue la postura de todas las corrientes revolucionarias que defendieron al paradigma leninista y el marco conceptual de lo que llama “marxismo científico”. Por ejemplo, por citar un caso que yo conozco perfectamente, en el trotskismo “la teoría de la alienación” gozó de amplia aceptación.[19]

Por tanto, decir como lo hace JH en página 203 que “La tradición del ‘marxismo científico’ es ciega al tema del fetichismo” es completamente inexacto.

Para finalizar este sucinto análisis del recorrido histórico de la concepción epistemológica que JH desarrolla en el libro cabe agregar que posiciones de este tenor están gozando de cierto auge en estos tiempos. Tanto desde adentro como desde afuera del marxismo es bastante generalizado el cuestionamiento (por “positivista”) a cualquier tipo de conocimiento objetivo de la sociedad. Poniendo el énfasis en la subjetividad tanto del conocimiento como, más que nada, del hacer. De allí que - dentro del marxismo - se ha desarrollado una relectura de los escritos económicos de Marx en forma bastante semejante al enfoque que hace JH.

Sin ir más lejos, en la Revista Herramienta, esta problemática se ha visto reflejada en numerosos textos, recuerdo particularmente los de Cyril Smith y Enrique Dussel.[20]

4.2. El error esencial que comete JH

Pero más allá del marco histórico de las concepciones filosóficas - epistemológicas de JH lo importante es valorar el contenido de sus posiciones. Y sobre esto, debo decir inmediatamente, que hay un error de base en su argumentación.

Este error consiste en establecer una relación de correspondencia directa entre las cuestiones políticas y los problemas filosóficos y epistemológicos.[21]

Dicho de otra forma: justamente lo que JH cree más importante, es decir que la estrategia política está subordinada a una determinada concepción epistemológica,[22] es en realidad, su error decisivo.

Con esto no quiero decir que todo lo relacionado con “la teoría de la enajenación” o la epistemología, carezca de valor, o no deba estudiarse y debatirse en el marxismo. Al contrario, estoy convencido que son temas interesantes e importantes. Más aún, no dudo que existe cierta relación entre dicha problemática y la política revolucionaria, pero es una relación muy indirecta y, por lo demás, relativa.

El error se produce cuando se cree que la correspondencia es directa y, más aún, cuando se piensa que el marco epistemológico condiciona a la política revolucionaria. En todo caso, si se quiere establecer alguna relación deberá ser totalmente mediatizada y con una inversión completa de los roles.

Prueba de esto es que determinadas personas o corrientes políticas pueden coincidir en la cuestión epistemológica (o en la teoría de la enajenación) y disentir abiertamente con la política a llevar a cabo; o, viceversa, estar de acuerdo en lo político y discrepar en cuestiones epistemológicas.

Dicho de otra forma, si bien como se dice vulgarmente “todo tiene que ver con todo”, ello no significa que sea correcto y, además, útil intentar establecer una unidad absoluta entre temas que tiene una importante independencia uno con otro. Esto en vez de aportar claridad, agrega confusión. Si JH quiere re-elaborar la política revolucionaria es necesario centrarse en ese ámbito. La orientación filosófica - epistemológica que imprime a su argumentación es un “rodeo”, un sendero enmarañado, que no vale la pena recorrer pues nos aleja del problema que nos ocupa.

Por eso así como yo señalé que me parecía válido - más allá del resultado obtenido - el método que JH utiliza en el capítulo 2, debo decir aquí que este largo, larguísimo, “rodeo” filosófico - epistemológico es un esfuerzo vano é intrínsecamente errado pues en lo que atañe a la estrategia política no agrega ni quita nada

Para bajar más a tierra mi cuestionamiento presentaré cinco ejemplos que demuestran que no hay ninguna correspondencia entre el problema filosófico - epistemológico que tanto preocupa a JH y la política revolucionaria.

4.2.1. Primer ejemplo: Toni Negri, quién preconiza una política prácticamente igual a la de Holloway a pesar de que su concepción epistemológica es opuesta por el vértice.

Este caso es tan evidente que el propio JH debe hacer mención a este problema. En página 244 del libro reconoce que en lo esencial la orientación revolucionaria que propone Negri - más allá de que éste habla de “contrapoder” y JH de “anti-poder” - es prácticamente similar a la suya. Y ante la evidencia de que el basamento epistemológico de Negri es muy diferente reconoce estar ante “un dilema”; de allí que se pregunte: “¿Tendremos que decir que el método no importa, que existen varias maneras diferentes de llegar a la misma conclusión? Pero si adoptamos esa posición, se desmorona gran parte de lo que hemos sostenido respecto al fetichismo y a la crítica...”.

A partir de allí, y durante varias páginas (hasta el final del capítulo 9), JH desarrolla una crítica a las posiciones que Negri y Hardt presentan en “Imperio” pero deja sin responder el interrogante que él mismo se hizo. Ya que sigue reconociendo que en el terreno político las coincidencias son importantes.

Y no responde a su propia pregunta pues, de hacerlo, JH debería aceptar que sólo cabe decir que sí en ambos supuestos pues, por un lado, es perfectamente posible que pueda haber distintos concepciones epistemológicas o enfoques sobre el fetichismo y, sin embargo, “llegar a la misma conclusión” política; y, en segundo lugar, ello implica que inevitablemente “se desmorona gran parte de lo que (ha) sostenido respecto al fetichismo y la crítica”

Quiero repasar brevemente “el caso Negri”. Casi no hay diferencias entre Negri y Holloway en el planteamiento político central: el rechazo a “la toma del poder” como estrategia de cambio social, sustituyéndolo por una acción auto-emancipatoria, auto-organizada y “prefigurativa” de las masas ( o de la multitud) por la vía de un “anti - poder” o “contrapoder”.

Pero, mientras el enfoque epistemológico de JH es, como él mismo lo señala en numerosos párrafos, dialéctico y crítico ( o negativo). El de Negri es “furiosamente” antidialéctico y positivo.[23] No sólo son concepciones distintas, ¡son diametralmente opuestas!

4.2.2. El joven Lukács de “Historia y Conciencia de clase”

Ahora presentaré tres ejemplos, donde al revés que el anterior, las visiones filosóficas y/o epistemológicas son esencialmente semejantes mientras que la diferencia se manifiesta en la orientación política.

La primera referencia es la postura de Lukács en “Historia y Conciencia de Clase”.

En el propio libro, JH dedica varios párrafos a analizar esta posición.[24] Tal como allí lo señala JH, es muy evidente la gran coincidencia que existe en la forma en que tanto JH como Lukács tratan la cuestión del fetichismo, ubicándolo como algo cardinal en la teoría marxista y equiparándolo con el concepto de “cosificación” o “reificación”, con el problema de la separación del sujeto y del objeto tanto en el plano material como epistemológico y la crítica al conocimiento objetivo de la sociedad. Las coincidencias continúan con la reivindicación común a la dialéctica y a Hegel, con una interpretación similar del significado de la dialéctica (cuyo objetivo central sería superar la separación entre sujeto y objeto) e, incluso, en el cuestionamiento a Engels como deformador del “verdadero” método de Marx.

Es importante destacar, para finalizar, que otra coincidencia esencial entre ambos estriba en que los dos consideran a las cuestiones epistemológicas el fundamento esencial de la política revolucionaria.

Hasta aquí está todo perfecto. Pero cuando se pasa al terreno político el acuerdo se termina. Para Lukács la conclusión lógica de su teoría sobre el fetichismo es la concepción bolchevique de partido. Obviamente, para JH el paradigma leninista es la negación de su fundamentación epistemológica.

JH esboza una explicación del porqué de tal diferencia. Según nos dice uno de los problemas radica en que Lukács considera a “la totalidad” como una categoría central de la dialéctica. Más, por encima de todo, intenta demostrar que hay una inconsecuencia teórica en el tratamiento que Lukács da a al concepto de “fetichismo”. Para esto presenta un engorroso - al menos para mí - desarrollo donde establece distintos tipos de fetichismo: “fetichismo duro”, “fetichismo blando” o “proceso de fetichización”, “fetichismo inconsecuente”, etc.

Más adelante intentaré decir algo sobre esta “galleta” teórica - terminológica; mientras tanto lo importante es resaltar que, una vez más, nos encontramos con un divorcio total entre cuestiones epistemológicas por una parte y orientación política por el otro.

4.2.3. La Escuela de Frankfurt

En el caso de la Escuela de Frankfurt, especialmente Horkheimer, Adorno y Marcuse quienes son citados constantemente en el libro, puede comprobarse fácilmente que - a semejanza de Lukács - hay innumerables puntos de contacto con la concepción de JH en cuanto al tratamiento de la alienación y al enfoque epistemológico (ciencia crítica y dialéctica negativa). Pero, para los “frankfurteanos” todo ello da como resultado una postura política totalmente opuesta a la que propugna JH. Como éste mismo reconoce, la Escuela de Frankfurt se limita a una crítica puramente teórica del sistema capitalista mientras está impregnada de un completo pesimismo en cuanto a la acción revolucionaria se refiere; no la impulsa ni cree en ella.

4.2.4. Milcíades Peña

En la obra ya citada de Peña, este gran pensador y militante revolucionario dice: “El concepto de alienación y de la lucha por la desalienación, son la esencia, el corazón del pensamiento marxista.” [25]

Como se ve en este punto el acuerdo con JH es prácticamente total; ambos colocan al problema de la enajenación en el centro de la teoría marxista, y ambos consideran a la lucha por la desalienación el objetivo central del movimiento revolucionario. Pero la forma, los medios para lograr dicho objetivo son totalmente distintos. Para Peña la desalienación es un fin al que se llegará por distintos medios, entre ellos la toma del poder por parte de los trabajadores.[26]

Es decir, a diferencia de Holloway, el problema de la alienación no implica una contradicción con “la toma del poder”. Para Peña son cuestiones compatibles en la medida que esté claro que “la toma del poder” es un medio y “la des-alienación” el objetivo final.

Lo otro a destacar de Milcíades Peña es que su concepción “humanista” del marxismo, tan semejante a JH, no le impedía reivindicarse trotskista y avalar la concepción leninista de organización.

4.2.5. Marx y Engels

En el capítulo 7, “La tradición del marxismo científico”, JH trata de demostrar que la concepción epistemológica de Marx era diametralmente opuesta a la de Engels. Más abajo diré algo al respecto, pues esa interpretación me sugiere unas cuantas reflexiones, pero aquí daré por “buena” tal aseveración.

Pero, entonces, si para JH epistemologías opuestas implican políticas distintas y Marx y Engels estaban enfrentados en el terreno epistemológico ¿cómo explicar que siempre coincidieran completamente en la estrategia política?

Porque es innegable que desde sus primeras obras políticas como el “Manifiesto Comunista”, pasando por el combate contra el Anarquismo dentro de la Primera Internacional, hasta la “Crítica al Programa de Gotha”, redactado contra sus “discípulos” alemanes, Marx y Engels siempre coincidieron políticamente. Y en el punto que nos ocupa, cual es la actitud de la Revolución hacia el Estado, es uno de los temas donde tal coincidencia no muestra la más mínima fisura.

4.2.6. Breve conclusión de los cinco ejemplos.

En el primer ejemplo (Holloway - Negri) nos encontramos con que ambos coinciden políticamente, pero discrepan - incluso chocan - a nivel epistemológico.

Lo mismo sucede en el quinto ejemplo (Marx - Engels).

Pero mientras en el primer caso coinciden en la postura “anti - toma del poder”. En el segundo, la coincidencia política es a favor de “la toma del poder”.

La misma “mezcolanza” se puede observar con los ejemplos 2, 3 y 5. En todos los casos hay coincidencias con JH en lo que hace a la teoría de la alienación. Y, además, en los casos 2 y 3 (Lukács y “Frankfurt”) la coincidencia se extiende al plano epistemológico. Pero ninguno de los tres coincide con Holloway en lo que hace a la orientación política. Tampoco hay demasiados coincidencias políticas de los tres entre sí.

En suma: entre los tres términos, “fetichismo”, “problema epistemológico” y “orientación política”, no hay ninguna relación directa. Los cinco ejemplos muestran que puede haber infinidad de combinaciones posibles, en un intrincado entrecruzamiento que no permite establecer ninguna “lógica secuencial” entre los tres problemas.

No niego que alguna relación pueda haber, pero siempre en un plano muy indirecto, muy relativo. Pero la utilidad y validez de una determinada política necesariamente hay que analizarla dentro de su ámbito. Mezclarlo con el problema epistemológico o peor aún, creer como hace JH (o hizo Lukács), que esto último determina a la política, es confundir completamente las cosas.

Si se quiere estudiar y debatir el problema de la enajenación: perfecto, debatamos ese tema, pero no lo mezclemos con la estrategia política (o en todo caso, hagámoslo como algo marginal, indirecto).

Si queremos discutir de epistemología: lo mismo, remitámonos a esta cuestión, incluso apelando a los grandes avances que en esa materia ha habido por fuera del marxismo.

Pero sí lo que queremos analizar y debatir es la política revolucionaria concentrémonos en ella: haciendo un balance concreto de las experiencias pasadas, tratando de captar los cambios objetivos que ha habido en la sociedad; analizando, incluso, los cambios a nivel subjetivo (estado de ánimo y conciencia de las masas), etc. Estos y otros temas parecidos son los que configuran el ámbito de la política revolucionaria. Y sobre ellos debemos debatir.

Intentar fundamentar una determinada política revolucionaria con cuestiones tan distantes (conceptualmente hablando) como lo hace JH, lamentablemente, sirve de poco. Por no decir nada

4.3. Una incoherencia en el propio libro

Acabo de exponer, en el punto anterior (4.2), la crítica central que le hago a “la fundamentación epistemológica” de JH. Por el carácter de mi cuestionamiento debería finalizar con ella todo lo referente a esta problemática. Pero dado que prácticamente todo el libro gira sobre el problema del fetichismo y sus consecuencias epistemológicas no puedo dejar de hacer 3 o 4 comentarios más respecto a dichas cuestiones.

En este sentido lo primero que me interesa destacar es que existe una marcada contradicción metodológica en el propio libro. Porque desde el vamos, JH nos dice que la realidad no se la puede conocer. Sólo se la puede criticar, y criticando - fundamentalmente - “las categorías por medio de las cuales aprehendemos la realidad”. Dicho de otra forma, para JH pretender llevar a cabo un análisis objetivo de la realidad implica caer en una concepción “cosificada”, burguesa, del conocimiento.

Pero luego de leer decenas de veces afirmaciones de este calibre nos encontramos, en el capítulo 10 con una descripción objetiva - un análisis - del funcionamiento económico de la sociedad capitalista.

JH alega allí que su punto de vista de la economía es distinto al tradicional pues él enfoca los problemas económicos no como categorías económicas abstractas sino como relaciones sociales. Y que su análisis de la crisis capitalista lo realiza colocando al sujeto social (es decir al accionar de los oprimidos) como el factor determinante del proceso en lugar de las contradicciones inherentes a la acumulación del capital.

Pero aquí, según mi modo de ver, JH confunde los planos. Su análisis económico puede ser “subjetivo” por poner al proletariado en el eje del problema. Pero ese proletariado que lucha, desde el punto epistemológico no deja de ser un “objeto” de conocimiento. Por más vueltas que le dé, en el capítulo 10, JH hace un análisis tan “objetivo” como el de cualquier otro economista. De hecho, al igual que cualquier teórico que describe la sociedad parecería que JH está “parado en la Luna” observando como funciona la economía capitalista - lucha de clases incluida - y tratando de extraer de dicho funcionamiento las leyes tendenciales que pueden llevar a una crisis “objetiva” del modo de acumulación capitalista.

Por lo demás, el colocar a los oprimidos como un elemento central del análisis económico es algo que economistas “positivistas” (en el sentido de JH) vienen haciendo desde hace décadas. El mismo JH señala el caso de la corriente Autonomista italiana (con el propio Negri en primer lugar)[27] Pero también Mandel, desde una óptica aún más “ortodoxa” supo colocar a la lucha de clases en el centro del análisis económico.[28]

En síntesis: Me parece que el capítulo 10 muestra lo difícil, por no decir imposible, que resulta escribir un libro sobre estrategia política con la concepción epistemológica que defiende JH. Salvo que no se diga nada de nada, tarde temprano uno no puede dejar de realizar análisis y caracterizaciones objetivas.

4.4. Fetichismo: una categoría imprecisa que, en el terreno político, deja todas las puertas abiertas.

Lo que acabo de señalar (en el párrafo final del punto anterior), en realidad, es un “dilema” que sobrevuela todo el libro. El propio JH lo manifiesta constantemente: dado que la fetichización o alienación es el centro de todo y que, en consecuencia, afecta tanto al pensar como a la lucha, prácticamente desde el primer párrafo nos dice que la realidad no puede ser conocida ni modificada, que es absurdo ubicarse como “si estuviésemos en la Luna” analizando objetivamente a la sociedad.[29]

Con dicho enfoque le “pega” durísimo a la tradición principal del marxismo revolucionario - el paradigma leninista - por su pretensión “científica”. E, incluso a aquellos que aún reivindicando el fetichismo (por ejemplo el joven Lukács) son inconsecuentes con dicha visión.[30]

Pero estas consideraciones ocupan sólo una parte del libro. En algún momento JH nos alerta sobre el error que implica tener una concepción “dura” del fetichismo: como si éste estuviese cristalizado - estático - y abarcase a la totalidad de la realidad social. Entonces introduce el concepto de “fetichismo como proceso” (fetichismo “blando”) lo que le permite diferenciarse de tesis fetichistas “pesimistas” del tipo Escuela de Frankfurt o, desde una óptica distinta, Foucault.

Pero, entonces surge una pregunta: ¿qué hacer con los primeros capítulos del libro, o su crítica al “marxismo científico” (capítulo 7) donde su enfoque es fetichista sin matices, es decir fetichista “duro”? ¿Se deben tomar en cuenta o no?

Señalo esto porque, según yo entiendo, JH no deja de utilizar las dos “formas” de fetichismo, según con quién esté polemizando. Tan es así que por momentos se ubica en una posición “fetichista dura”, por ejemplo cuando crítica al “marxismo científico” y a todo el paradigma leninista. Pero, otras veces, alega que es muy equivocado caer en una visión “fetichista dura”: por ejemplo cuando critica a Lukács o a Adorno. (A Lukács, incluso, le “pega” de los dos lados: por “inconsecuente” y por “duro”).

Desde ya estos vaivenes me parecen muy confusos, lo que me hace pensar que toda la elaboración sobre los distintos tipos de “fetichismo” resulta rebuscada y sumamente imprecisa. Quizás yo entienda muy poco de todo esto. Además mi visión de la alienación no es igual a la de JH. Pero, aún aceptando su tesis, creo que es obvio que el fetichismo es imposible verlo como algo estructurado y cristalizado definitivamente. Pues, si fuese así nadie podría ni siquiera balbucear algo contra el sistema y contra la explotación. O, menos que menos, a nadie se le hubiese ocurrido descubrir que existe un problema llamado fetichismo = alienación. O, por fin, que algunos pensadores revolucionarios escribiesen extensos tratados sobre el tema.

Así que, me parece, en toda esta “historia” de los distintos tipos de fetichismo JH se “mete” en una “galleta” teórica - terminológica plagada de contradicciones.

Para ser más claro en mi crítica tomaré el ejemplo de Lukács. A diferencia de los que le endilga JH, para mí en “Historia y Conciencia de clase” hay una concepción flexible, relativa, - “blanda” - del fetichismo. Por lo demás, como ya dije, la única posible. De allí que Lukács es explícito en definir a la “cosificación” como un proceso para nada cerrado ni homogéneo, por ello permanentemente establece “grados” de pensamiento fetichizado; por caso, el pensamiento de la burguesía está - para Lukács - total o casi totalmente cosificado, pero no el de la clase obrera. Esta última, tanto por su ubicación social, como por su accionar, tiende a superar el pensamiento fetichizado.

Lo mismo sucede a nivel del pensamiento filosófico: en cierta manera su “historia” de la filosofía (que por lo demás ocupa buena parte del trabajo) es la descripción de cómo sus pensadores más destacados (Kant, Fichte, Hegel) llevan a cabo una permanente y progresiva búsqueda por superar el pensamiento cosificado; algo que - siempre según Lukács - finalmente se logra con Marx.

Por eso es errada la crítica que le hace JH al decir que en Lukács la noción del partido leninista es introducida en forma forzada. A mi modo de ver Lukács es totalmente coherente con su visión no cristalizada ni cerrada del fetichismo, de tal forma que puede aceptar que haya alguien (un individuo, un sector político, una clase social) con un grado mayor de “des-alienación” y, por lo tanto, capaz de luchar - o pensar - un paso más adelante que los demás.[31]

En última instancia, repito, la forma en que plantea Lukács el fetichismo, es decir, como un proceso flexible, no absoluto, es la única manera coherente de plantearlo. Pensar que el fetichismo es total, sin fisuras ni márgenes para ser contrarrestado no tiene sentido ni siquiera como disquisición teórica, pues de esa manera no habría la más mínima posibilidad de surgimiento de algún pensamiento anti-sistema. Desde el momento en que, desde Babeuf, a fines del siglo XVIII, han surgido multitud de movimientos anti-capitalistas y multitud de pensadores revolucionarios es obvio que el fetichismo, aún con el sentido y la trascendencia que le otorgan Lukács o JH, no puede ser más que una categoría “blanda”, “en proceso”.

Pero, si es así, JH debería ser explícito en la no utilización del fetichismo en forma “dura”, absoluta. Pero claro, si lo hace tiene un problema. Pues considerar al “fetichismo como proceso” si bien tiene la virtud de superar el punto de vista “pesimista”, es decir el de la imposibilidad de la revolución, a la vez deja de ser el “arma” concluyente y contundente que creyó haber encontrado JH para rechazar la política revolucionaria tradicional. Esto sólo era posible desde una óptica fetichista “dura”.

Desde el momento que el fetichismo es algo inacabado, abierto, “blando” da la posibilidad a que pueda haber alguien, o algunos, o muchos, que sean capaces - por distintas y múltiples razones que no viene al caso analizar aquí - a luchar contra el sistema y a pensar - aunque sea parcialmente - “por su propia cabeza”.

Y, entonces quedan abiertas todas las puertas para llevar a cabo distintas políticas revolucionarias. Pues ese alguien, o esos muchos que están un paso delante de los demás, esa “vanguardia” que afortunadamente existió y seguirá existiendo tiene como preocupación principal definir cual es el camino para llevar a cabo esa lucha contra el capitalismo.

En suma, luego de dar vueltas y vueltas con los distintos tipos de fetichismo y los dilemas epistemológicos terminamos dónde comenzamos: en debatir la estrategia como un problema estrictamente político.

Lo que confirma mi afirmación del punto 4.2.: todo el largo “rodeo” filosófico - epistemológico que nos hace recorrer JH a lo largo de su libro no quita ni agrega nada a la cuestión de la estrategia revolucionaria.

4.5. “Esa funesta amistad” [32]

Voy a dejar varias cosas en el tintero respecto a la “fundamentación filosófica - epistemológica”[33] pues lo central ya está dicho. Sólo abordaré, como final de todo esto un punto menor: el de Engels como deformador de Marx.

En este libro JH se suma a la larga lista de muchos marxistas críticos de atribuir las incoherencias que ellos encuentran en la teoría marxista a la intervención de Engels.[34] En esto también se muestra como un fiel “discípulo” de Lukács pues, posiblemente, fue éste quién inició esta “tradición anti-engelsiana”.

Obviamente JH no puede dejar de reconocer que algunos problemas ya había en Marx, pero en general lo reivindica, intentando establecer una suerte de “muralla china” entre éste y Engels.

Sobre este punto me interesa hacer dos o tres consideraciones.

Por una parte debo decir que no encuentro demasiadas diferencias entre Marx y Engels. Quizás se pueda aceptar que Engels en su papel de “divulgador” de la doctrina elaborada por ellos haya caído en algunos unilateralismos y simplificaciones que Marx en sus escritos teóricos no cometió (en particular en sus manuscritos y borradores donde hay muchos pensamientos “sueltos”, inacabados). Pero si se miran las obras políticas de Marx - muchas escritas conjuntamente con Engels - enseguida se “empareja” con su amigo. Por lo demás la obra más famosa de Engels, el “Anti Dühring”, fue aprobada por Marx, a tal punto que en algunas partes “prestó su pluma”.[35]

En segundo lugar, y ya esto es más importante, creo que en Marx se encuentran en forma inequívoca - y en cantidades abundantes - las posturas que JH considera erradas y que endilga a Engels.

Por ejemplo, en página 181, JH dice: “En la tradición engelsiana que llegó a ser conocida como ‘marxismo’, la ciencia es entendida como la exclusión de la subjetividad: ‘científico’ se identifica con ‘objetivo’. El alegato de que el marxismo es científico se hace para significar que la lucha subjetiva (la lucha de los socialistas hoy) encuentra apoyo en el movimiento objetivo de la historia.”

Pues bien, dicha tesis no sólo está en Marx sino que fue, en gran medida, la argumentación central que él utilizó para diferenciarse de las ideas socialistas y comunistas anteriores y a las que consideró “utópicas”.

Podría traer a colación decenas, cientos, de citas de Marx que dicen lo mismo que JH critica, pero no vale la pena. Solo haré referencia a dos, una en el propio “El Capital” y otra respecto a su opinión sobre Darwin. En el prólogo a la segunda edición alemana de “El Capital”, Marx transcribe y aprueba como una buena descripción de su método una larga cita del economista ruso Kaufmann donde, entre otras cosas, dice: “Marx concibe el movimiento social como un proceso de historia natural, regido por leyes que no sólo son independientes de la voluntad, de la conciencia y la intención de los hombres, sino que, por el contrario, determinan su querer, su conciencia e intenciones”.[36]

En lo que hace a Darwin, cabe señalar que fue Marx, no Engels, el que varias veces destacó la relación directa que había entre la teoría darwinista y el materialismo histórico. En carta a Engels del 19 de Diciembre de 1860 decía: “...el libro de Darwin... contiene la base, en la historia natural, de nuestras teorías”.[37] En carta a Lasalle del 16-01-1861 volvía a la carga con lo mismo: “El libro de Darwin es muy importante y en ciencias naturales me sirve de base para la lucha de clases en la historia.”[38] Y en 1867, en una carta a Engels donde le daba indicaciones sobre como convendría redactar una crítica periodística de “El Capital” recién aparecido, le sugiere que, entre otras cosas, diga: “... cuando él (se refiere al autor del libro, es decir Marx) demuestra que la sociedad actual, considerada desde el punto de vista económico, lleva en sí los gérmenes de una nueva forma social superior, él no hace sino mostrar en el plano social el mismo proceso de transformación que Darwin ha establecido en las ciencias de la naturaleza”.[39]

Dejando sentado, entonces, que para mí no hay grandes diferencias en el enfoque conceptual de Marx y Engels queda un problema: la validez o no de tales afirmaciones de Marx.

Voy a expresar mi punto de vista sobre este interrogante haciendo la salvedad que no tengo un conocimiento profundo de epistemología. Materia que durante el siglo xx ha adquirido un firme estatuto científico y, por lo tanto, no alcanza con haber leído algo de marxismo para opinar con alguna seguridad respecto a ella.

Así que tómense mis comentarios como apenas algo más que un “balbuceo”. Y lo limitaré a un solo aspecto de la problemática epistemológica de Marx y Engels: la cuestión del “determinismo histórico” al que hice mención en el apartado 1.2.

En este tren, comenzaré por señalar que no comparto, por considerarla excesiva, la crítica global de JH al criterio que sostuvieron Marx y Engels (remarco: no sólo este último sino ambos) sobre la posibilidad de un conocimiento objetivo de la sociedad y de la historia.

Pienso, a diferencia de JH, que en lo que hace al pasado la posibilidad de interpretar los hechos es totalmente factible. Lo mismo puede decirse respecto a definir una serie de constantes, leyes o estructuras que expliquen los grandes lineamientos del proceso histórico.

De allí en más, no tengo empacho en decir que muchas de las objeciones de JH son aceptables. Pues me parece indudable que las leyes de la historia humana no pueden ser más que “tendencias” sin la contundencia u “obligatoriedad” de las leyes que rigen la naturaleza.

Pero, además - y esto es lo que más me interesa destacar - no es lo mismo analizar, conocer, el pasado que analizar el presente y, más aún, el futuro. El presente solo puede estudiarse en forma relativa. Y el futuro directamente no puede conocerse. Los procesos sociales son llevados adelante por fuerzas sociales vivas, que chocan entre si constantemente, con la intervención de muchos actores y factores (económicos, culturales, militares, etc.) y, por lo tanto, el resultado concreto de esos choques es imprevisible. Por ello, siempre surgen combinaciones sociales e ideológicas imprevistas. [40]

Por lo demás, creo que el hecho de no poder prever el futuro no le niega al marxismo su carácter científico. Sí le quita cualquier carácter determinista.

Repito: hablo de “determinismo” como sinónimo de “evolucionismo” histórico Es decir: que la revolución socialista o comunista es inexorable; o que la historia es una ruta prefijada cuya próxima “estación” o “parada” es el socialismo. Lamentablemente, ese optimismo de Marx y Engels - por lo demás, muy propio del paradigma científico de la época - no puede seguir siendo apoyado; no sólo porque es (con perdón de JH) “científicamente” falso sino - lo que es peor - porque lleva a todo tipo de errores y desvíos políticos.

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Algo más sobre el trotskismo: Determinismo Histórico y Teoría de la Revolución Permanente

A principios del siglo XX, especialmente luego del desastre de la Primera Guerra Mundial, tomó cuerpo entre los sectores marxistas revolucionarios (pienso más que nada en Rosa L. y en Trotsky) un cuestionamiento a la tesis del transito inevitable al socialismo. No se hizo con la intención explícita de revisar la postura de Marx y Engels, aunque de hecho lo fue. Sin embargo, en ese momento, el acento estaba puesto en atacar al oportunismo dentro de la Socialdemocracia que estaba utilizando aquella visión evolucionista (de la inevitabilidad del socialismo) como la mejor justificación de su reformismo y su seguidismo capitulador a las políticas de las distintas burguesías nacionales.

El “pronóstico”, entonces, pasó a ser alternativo: “Socialismo o Barbarie”; “Revolución o Contrarrevolución”. Esto, en concreto, implicaba que o bien el capitalismo marchaba hacia el socialismo o retrocedía por un camino de aniquilación, devastación, degeneración, en suma: de total declinación económica y cultural (tal como sucedió en otros momentos de la historia, el hundimiento de la Roma Antigua por ejemplo).

De esta forma, los marxistas revolucionarios salieron al cruce al tópico oportunista de que el triunfo del socialismo estaba asegurado de antemano y, por lo tanto, no hacía falta una revolución.

Por lo demás, cabe destacar algo conocido: en el andamiaje teórico-político del trotskismo este pronóstico alternativo es central. Tanto en el Programa de Transición como, particularmente, en la Teoría de la Revolución Permanente (en adelante TRP).

La cuestión que me interesa analizar aquí es si esta forma de plantear el problema, aún representando un avance respecto a la concepción de Marx y Engels, es una superación definitiva del “determinismo”.

Me apresuro a decir que, según mi entender, esto no es así. Pues, en un sentido general, no deja de ser otra forma de determinismo histórico. Pero dado que es un asunto complejo presentaré algunos comentarios más o menos extensos para intentar probar mi posición. Concentraré mi argumentación en la TRP puesto que es una teoría que (creo) conozco bien y, además, conforma, sin dudas, el “el núcleo duro” de la teoría trotskista.

Aclarando desde ya que no voy a hacer una crítica completa a la TRP. Pues, como todo “ viejo trotsco” sabe, la Teoría de la Revolución Permanente (TRP) es un “corpus” teórico-político bastante complejo con distintas formulaciones a lo largo de la historia (la de Marx de 1848, la “primera” de Trotsky de 1905 y la “segunda” y definitiva de 1929, son las tres “clásicas”); que en esta última formulación del “Viejo” hay tres aspectos o secciones claramente delimitados; y, por si esto fuera poco, que en todas sus versiones la TRP tiene dos aristas, que están combinadas pero que no son lo mismo: por un lado está todo lo que hace a la revolución permanente como programa y estrategia política; por el otro su aspecto analítico, como una teoría que explica las leyes de los procesos revolucionarios en el capitalismo.

Pues bien, de todo esto sólo me concentraré en lo último, es decir en su aspecto analítico. Y tomando en cuenta la TRP de Trotsky, (es decir, haciendo abstracción de la de Marx) [41]

Lo que a mí me preocupa, en suma, es la dialéctica “Revolución o Contrarrevolución” dentro de la TRP.

Para bajar a tierra el problema: “Revolución o Contrarrevolución”, “Socialismo o Barbarie” y/o “Socialismo o Fascismo” implicaba para Trotsky que todos los procesos sociales, en particular cuando se daban situaciones de crisis o revoluciones se enfrentaban a un dilema inexorable: o avanzaban sin parar hacia la revolución o retrocedían, también sin parar, hasta la contrarrevolución más terrible.

Moreno explicaba dicha lógica con la imagen de un tren que sólo marchaba hacia delante o hacia atrás, pero que jamás podía detenerse en ninguna estación intermedia: o avanzaba para adelante “permanentemente” hasta la revolución socialista internacional o iba hacia atrás hasta la última estación llamada: “ contrarrevolución”, “el fascismo”, “la barbarie”; etc.

Cuatro son las objeciones principales que hago a la tesis de “Revolución o Contrarrevolución” y, en términos generales, al aspecto analítico de la TRP:

* En primer lugar su carácter de “modelo” general aplicable a todos los países y procesos sociales.

* En segundo término, por tener la forma de ley histórico-social de resultado predeterminado y obligatorio.

* Tercero: porque se sustenta en una premisa económica que ha resultado incorrecta.

* Por último y más importante, porque la experiencia viva de la lucha de clases de todas estas décadas ha desmentido reiteradas veces la validez de tal esquema teórico.

Un “modelo” universal[42]

Como es sabido, Trotsky presentó en forma acabada la primera formulación de la TRP apenas finalizada la revolución del 5’ con el objetivo de definir las perspectivas de la próxima revolución en el Imperio de los Zares. En este sentido hay que decir que estaba limitada a la “peculiaridad” rusa. Además, si bien tenía un decisivo engarzamiento con un análisis mundial, fue elaborada antes de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, antes que la Tercera Internacional - y el propio Trotsky - definiese a la etapa Imperialista cómo “la época de agonía mortal del capitalismo” y, lógicamente, antes del triunfo de la Revolución Rusa del 17’.

Pero la “segunda versión” (la de 1929) tiene alcance universal. Trotsky considera que su “lógica” es válida para todos los procesos sociales en la etapa imperialista. En las propias “tesis” puede leerse: “ (Que la TRP versa) sobre el carácter, el nexo interno y los métodos de la revolución internacional en general[43] (subrayados míos, E.M)

Es a esta versión a la que apunta mi crítica.

Para mí es claro el error que cometió Trotsky (insisto: siempre en el terreno del análisis). La Revolución de Octubre confirmó su “profética” aseveración de 1905, cuando fue el único que pronosticó contra todos los demás marxistas de aquellos tiempos que la próxima revolución a estallar en la atrasada Rusia sería proletaria y no burguesa. Luego, la Segunda Revolución China y otros procesos revolucionarios en los 20’ y en los 30’ (España, Alemania) le reafirmaron - esta vez por la negativa - su esquema de “Revolución socialista victoriosa o Contrarrevolución violenta”.

Toda esta experiencia histórica alimentó, sin dudas, su confianza en el esquema teórico que él había elaborado. Y, evidentemente, ello lo llevó a una generalización abusiva. Por ejemplo, parece bastante claro que el proceso de China en la década del 20’, Trotsky lo consideró el “modelo” obligatorio para todos los países coloniales o semicoloniales.

Pero, además, hay un problema metodológico: su creencia que la evolución política y social de cada país en particular debe seguir el mismo recorrido y a un mismo ritmo del que se da a escala mundial. Todo esto, para mí, directa reminiscencia del “determinismo evolucionista” decimonónico de Marx y Engels.

Es importante comprender el doble movimiento teórico de Trotsky desde la primera a la segunda formulación de la TRP. En primer lugar generalizó lo sucedido en Rusia convirtiéndolo en ley mundial para la época imperialista y para todo el período transitorio hasta el triunfo definitivo del comunismo. De allí su concepción internacionalista (“la revolución socialista será internacional o no será nada”) y su extensión al interior de los países “post-toma del poder”.

Esta generalización es problemática por todo la que ya he dicho, pero el segundo movimiento es el más cuestionable: para el Viejo la “lógica” de la TRP también debía funcionar en cada país en particular. Las revoluciones nacionales también estaban sujetas al dilema “contrarrevolución o contrarrevolución”. No hay espacio para los “imprevistos” o las especificidades nacionales.

En suma, la TRP, en su segunda formulación se convierte en una “ley” que abarca absolutamente todo lo que sucede y sucederá en el mundo, sea como tendencia general y en cada rincón en particular. Y una “ley” de este tipo es completamente exagerada en la arena de las ciencias sociales (quizás, incluso, en cualquier ciencia...). Una teoría que explica todo, en realidad no explica nada.

El proceso histórico sigue una lógica predeterminada

Pero Trotsky no sólo ha sido “fiel” a Marx en su creencia de que los procesos sociales tienen una lógica uniforme a escala mundial. También mantuvo la idea de que el devenir histórico está sujeto a leyes preestablecidas. Cómo si el futuro estuviese escrito.

Es cierto que “corrigió” a los fundadores del marxismo, estableciendo un pronóstico alternativo y no de sentido único. Pero dicha dialéctica de “revolución o contrarrevolución” la consideró una ley de cumplimiento obligatorio para el futuro. Dicho de otra manera, la TRP no deja espacio para que los procesos sociales sean imprevistos o “novedosos”.

Estoy persuadido que todo esto es un error e, indudablemente, le caben muchas de las críticas que JH le hace al “marxismo científico”.

Creo que es hora de reconocer que la dinámica social es muy compleja y por tanto imposible de prever. Puede conocerse el pasado, pueden analizarse en forma tentativa las tendencias principales de lo que pasa en la actualidad y poco más... sobre el futuro no se puede hacer más que hipótesis que la propia realidad irá confirmando o desechando. El principio número uno del materialismo histórico debe ser aquel de que “la realidad es más rica que cualquier esquema teórico”.

No tengo dudas que en todas estas cuestiones jugó un papel importante la polémica contra el estalinismo, de manera particular el debate contra sus engendros teóricos como “la Revolución por Etapas” y el “Socialismo en un solo país”. Concepciones y “teorías” que políticamente eran siniestras y contrarrevolucionarias. Pero Trotsky trasladó y extendió su correcto combate político al terreno del análisis y allí se “metió” - y nos “metió” - en un problema.

Justamente porque los procesos sociales no son posibles de predecir es un error discutir análisis y, menos que menos, pronósticos. Este fue un error metodológico de Trotsky, aunque en el plano político tuviese toda la razón del mundo.

La época de la agonía mortal del capitalismo

Un tercer problema serio con la TRP (siempre hablando de su formulación final) está relacionado con su premisa económica. Es decir, con el análisis de la economía capitalista que Trotsky elaboró en los primeros años de la Tercera Internacional y que no modificó a lo largo de su vida. El estallido de la “Gran Guerra” implicaba, para él, un cambio de “época” en el modo de producción capitalista; quedando atrás para siempre la fase progresiva, de ascenso. A partir de 1914 se entraba en la época descendente, cuando las relaciones de producción se convertían en una traba absoluta para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto, en concreto significaba que la burguesía, mientras no sea barrida por la revolución sólo puede ofrecer miseria y represión creciente a las masas.

No me voy a extender demasiado en la crítica a este análisis económico de Trotsky pues es un tema que da para mucho, además no estoy tan ducho en economía como para afrontarlo con seriedad. [44] Pero me interesa remarcar dos o tres cuestiones importantes.

Primero: Se puede debatir si Trotsky cometió o no serios errores teóricos al realizar su caracterización económica del capitalismo posterior a 1914[45], lo indiscutible es que todo lo sucedido luego de la Segunda Guerra Mundial con la economía capitalista han negado la premisa del Viejo. Muchos trotskistas incluso - con Mandel en primer lugar - reconocieron hace décadas la evidencia fáctica de que el capitalismo había tenido un nuevo ciclo ascendente. Pero los sectores más “ortodoxos” (en los que se debe ubicar a la gran mayoría de los trotskistas argentinos) no han querido dar el brazo a torcer. Algo que sólo se puede explicar por un sectarismo tan exacerbado que les impide ver lo que hay delante de sus ojos.

Segundo: La visión económica de Trotsky está íntimamente unida a su pronóstico alternativo (prácticamente son dos caras de la misma moneda). El escenario que él muestra es más o menos el siguiente: por un lado está la burguesía con una única política económica del tipo “contrarrevolución económica permanente”, y donde no hay resquicio para la más mínima reforma. Por lo tanto, como contrapartida, a las masas sólo le queda luchar por la revolución, constantemente y “a muerte”. De no hacerlo su único destino es un aumento constante de su miseria.

Tercero: Esta concepción del estancamiento definitivo del capitalismo implica que, al menos en su aspecto económico, hay “un fin de la historia” a partir de 1914. Hasta ese momento se podía hablar de distintas etapas del capitalismo, pero para Trotsky a partir de la etapa imperialista el capitalismo ya no puede cambiar. [46] Esto, además de ser bastante contradictorio con la gran importancia que el Marxismo le dio al devenir histórico, no se condice con la lógica del capitalismo, un modo de producción caracterizado por su gran capacidad de adaptación y de cambio.

La historia viva de la lucha de clases ha refutado a la TRP

He dejado para el final la objeción más importante a la TRP. Me refiero al hecho de que la historia mostró, luego de la formulación de la TRP y del pronóstico alternativo, multitud de casos donde los procesos sociales no han seguido ese rígido recorrido.

Y como nos gusta decir a los marxistas: “la realidad es más rica que cualquier esquema” (o más poéticamente con Mefistófeles - Goethe: “La teoría es siempre gris y verde el árbol áureo de la vida”). Así que si la realidad viva de la lucha de clases ha desmentido tantas veces el esquema teórico de la TRP es necesario reconocer que ésta ha sido refutada y debe ser cambiada o, simplemente, dejada de lado. Actuar de otra forma es transformar el marxismo ( en este caso al trotskismo) en una religión basada en un dogma y a los escritos de Trotsky en una nueva versión de las “sagradas escrituras”.

No voy a desconocer que aferrarse a dicha ley del proceso histórico - social no fue un “capricho” de Trotsky. Ya he enumerado las pilas de ejemplos en las primeras décadas del “corto” siglo XX que abonaron constantemente su concepción. Y se podrían citar muchos más en esos terribles años.

Pero también hay que señalar que ya en ese período - con el Viejo vivo - hubo “contra-ejemplos”. Dos son los más notables, tanto por su importancia como por el hecho de que Trotsky los conoció muy bien. En primer lugar Estados Unidos, donde la terrible crisis del 29’ no orientó a la burguesía hacia el fascismo sino hacia el reformismo del New Deal. Y, en segundo lugar, México, país donde Trotsky vivió sus últimos años; aquí su fabulosa Revolución no terminó en ninguno de los dos extremos del pronóstico alternativo: no hubo revolución socialista, pero tampoco vuelta al “Porfirato” (que hubiese sido la contrarrevolución) sino una profunda revolución dentro del capitalismo con una amplísima reforma agraria, importantes concesiones a la clase obrera y radicales medidas antiimperialistas como la nacionalización de la industria Petrolera.[47]

De todas formas, los sucesos posteriores a la Segunda Guerra Mundial no han negado dos veces sino decenas de veces la lógica de la TRP. Por ejemplo decenas de países que realizaron su liberación del imperialismo no necesitaron de una revolución socialista para lograrlo. Anderson[48] (en la crítica ya mencionada) señala los casos emblemáticos de la India, Argelia y Bolivia. Pero se puede señalar muchos más, el más reciente Sudáfrica donde se puso fin al “Apartheid” en los marcos del capitalismo, algo que los trotskistas considerábamos “imposible”.

Toda regla tiene excepciones, eso es cierto. Hasta dos, tres excepciones todavía podrían aceptarse: pero cuando los casos que desmienten la teoría se cuentan por decenas, ya no es posible hablar de excepciones. El problema entonces está en la teoría.

¿Trotsky mejor “teórico” que Lenín?

Haber acertado casi milimétricamente en cual sería la dinámica de la Revolución Rusa hizo crecer entre los trotskistas la convicción de que el Viejo era fuerte teóricamente. Idea que se acrecentó por su Teoría de la Revolución Permanente (en su formulación final) con su carácter de ley totalizadora. Además es bastante evidente en los escritos de Trotsky su tendencia a generalizar o, siempre, partir de lo general para ir a lo particular.

Como contrapartida, el hecho que Lenín haya tenido que “corregir” sobre la marcha su esquema teórico para Rusia en el 17’, sumado a su suprema capacidad táctica y organizativa nos llevó a considerarlo un paso adelante que Trotsky en la política, pero inferior teóricamente (incluso hasta considerarlo un ¡empírico!).

Creo que es necesario hacer una nueva lectura de esta “historia”. El legado trotskista, y Trotsky en particular, tiene innumerables aspectos políticos e, incluso, teóricos totalmente reivindicables. Pero, contradictoriamente, lo que hasta ahora consideramos su punto más fuerte, cual es esa “gran” teoría general que explicaba todo, es decir, la Teoría de la Revolución Permanente, es lo más cuestionable; el punto más débil de su andamiaje teórico - político.

Creo que a los “trotscos” nos ha pasado con la TRP lo mismo que con la “concepción leninista de partido”. Hemos sido “encandilados” por su éxito. Y ello nos impidió ver, durante décadas, sus evidentes inconsistencias o errores.

Lo comparo con la concepción bolchevique de Partido porque el triunfo de la Revolución Rusa bloqueó cualquier otra posible concepción organizativa en las filas revolucionarias. ( Pienso, por ejemplo, en la postura de Rosa dentro del marxismo, incluso el propio anarquismo, que tenían una concepción distinta a la de Lenín - ahora veo que mejor en muchos aspectos - pero que luego de la Revolución Rusa se consideraron erradas u “obsoletas”) .

A diferencia de lo que pensé en gran parte de mi vida política, hace unos años que he llegado a la conclusión que Lenín era mejor teórico que Trotsky. Porque lo que para nosotros era empirismo no es más que el verdadero análisis marxista. Su criterio del “análisis concreto de la situación concreta”[49] es muy superior, metodológicamente hablando, de la concepción totalizadora hasta la exageración del Viejo.

Lenín, de esa forma, si bien elaboraba pronósticos, siempre dejaba las puertas abiertas para que se den otras opciones. Por ejemplo, para él la Revolución Rusa sería burguesa con un papel decisivo por parte del campesinado, pero ello no le llevaba a cerrar la posibilidad teórica de que el capitalismo se instaurara desde arriba, como había sucedido en Alemania o, como se vio en el 17’, a aceptar que por una nueva e imprevista “situación concreta” esté planteada la toma del poder por las fuerzas obreras revolucionarias.

Sus pronósticos eran hipótesis de trabajo (circunstanciales y relativas), y no leyes de cumplimiento obligatorio. En este sentido, aunque durante años haya estado “equivocado” y Trotsky fuese el que acertó “de entrada” con lo que iba a suceder en Rusia, el método correcto está del lado de Lenín.

Él podía cambiar sin inconvenientes, pues no creía en análisis definitivos ni leyes obligadas de la historia. Por el contrario la TRP es una estructura teórica cerrada que dogmatiza y sectariza políticamente.

Insisto, la concepción analítica de Lenín no la considero empírica (ni siquiera “un sano empirismo”, como le gustaba decir a Moreno) sino un valioso método científico en cuanto a la política revolucionaria se trata.

Las distintas y contradictorias “leyes” que explican los cambios sociales.

Descartando, entonces, a la TRP y la dialéctica “contrarrevolución o contrarrevolución” como único esquema analítico para explicar los cambios sociales en estas últimas décadas es posible observar dichos procesos de una manera más “abierta”y realista. En este sentido es posible apreciar que se han dado situaciones totalmente distintas y cambiantes. Son tantas las variables en juego que no siempre iguales condiciones previas culminaron con igual resultado.

Además las especificidades nacionales o regionales determinan matices muy importantes.

Por último el marco mundial, político y económico, no se ha mantenido igual desde 1917 hasta nuestros días. Ha habido varios “ciclos” o “modelos de acumulación” que, inexorablemente, modificaron y siguen modificando “las reglas de juego” en cada período.

Sin ir más lejos yo podría enumerar tres esquemas teóricos que se han dado en estas décadas.

En primer lugar está, sin dudas, la lógica “Revolución o contrarrevolución”. Pues el hecho que yo la rechace como tesis general no impide que la acepte en algunos casos particulares. Así que, además de los ejemplos históricos que estudió Trotsky y que yo he señalado, podría agregar, como casos más próximos, lo sucedido en el Cono Sur donde al estallar los procesos revolucionarios de fines de los 60’ y principios de los 70’ los sectores dominantes recuperaron el control por medio de terribles golpes contrarrevolucionarios.

Pero este mismo fenómeno, el ciclo revolucionario iniciado con el Mayo Francés y la Resistencia Vietnamita, no culminó de la misma forma en todos lados. Por ejemplo en España y Portugal, donde se vivieron grandes crisis revolucionarias, la burguesía salió del atolladero por medio de reformas. Fue la concesión de importantes libertades democráticas la que le permitió a la clase dominante encauzar el proceso. Estamos ante un mecanismo que la TRP descarta totalmente pero que sin embargo se ha dado muchísimo a lo largo de la historia del capitalismo: Reformas burguesas para evitar la revolución proletaria.

Ya señalé el caso del New Deal o de Sudáfrica que pueden explicarse por esta “ley”. Pero hay muchos más ejemplos, la reconstrucción de Europa - incluida las potencias derrotadas, Alemania e Italia - y de Japón por el imperialismo yanqui luego de la Segunda Guerra Mundial puede ser ubicada dentro de dicha lógica.

Cabe hacer notar aquí que ha habido tantos casos de este tipo que Toni Negri y M. Hardt, en su libro “Imperio” la consideran la ley fundamental para explicar los cambios en el capitalismo desde sus orígenes hasta hoy. Más allá de lo interesante que resulta para un viejo “trotsko” leer una historia del capitalismo contado con una lógica exactamente opuesta a la de la TRP, debo hacer notar que le achaco a estos teóricos revolucionarios el mismo error que he señalado respecto a Trotsky: el creer que pueda haber una única ley histórica que explica todo lo que pasa. Ni todo se ha ceñido a la dialéctica “contrarrevolución o contrarrevolución”, ni, tampoco, todo ha seguido el camino de “concesión de reformas para evitar las revoluciones”.

Tan es así que, incluso, es factible discernir al menos un tercer mecanismo de cambio en muchos procesos sociales: Las masas sufren fuertes derrotas pero que no llegan a ser contrarrevoluciones (golpes fascistas o semifascistas, baños de sangre, guerras civiles o de ocupación, etc,) sino procesos reaccionarios que terminan debilitando la lucha popular. En este caso no hay reformas ni concesiones importantes, incluso hay disminución de la calidad de vida de los trabajadores, pero dentro de los carriles democráticos e incluso con consenso de amplios sectores populares.

Dos ejemplos conocidos que se me ocurren son: el Thacherismo en Inglaterra que terminó con las importantes luchas del proletariado inglés de los 70’ y Menem en Argentina de los 90’.

Por supuesto que puede haber habido otros mecanismos que ahora no se me ocurren. Y, además, distintas combinaciones de los arriba mencionados. He señalado estos tres porque son los más evidentes, nada más.

Sea como sea lo importante es desterrar la idea de que una única “ley” puede explicar todo lo pasa en los procesos revolucionarios

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5. ¿Cuánto de distinto y de nuevo hay en el zapatismo?

El accionar del Zapatismo en Chiapas es el tercer argumento “fuerte” que utiliza JH para convencernos de una política que intente “cambiar el mundo sin tomar el poder”.

Según él, el EZLN es la expresión consciente de la “nueva” política revolucionaria; que rompe con el paradigma leninista tradicional y, por tanto, es un modelo de lo que JH postula en su libro.

Surge, entonces, la necesidad de echar un vistazo a la política zapatista. Pero lo haré no con la intención de juzgar su validez o corrección. A los efectos de aceptar o rechazar el argumento de JH esto no es relevante. Lo importante es determinar si, realmente, el accionar zapatista es tan distinto a lo que vino haciendo la izquierda hasta ahora. Si efectivamente se puede hablar de algo cualitativamente nuevo.[50]

En este sentido, me apresuro a decir que - a mi modo de ver - la práctica zapatista muestra importantes elementos de continuidad con la política tradicional de la izquierda revolucionaria. Lo que indicaría dos cosas:

* Uno, que el zapatismo no es un modelo adecuado de la política que propugna JH, dado que tiene poco de distinto a lo anterior;

* Dos, que si uno abandona el terreno filosófico y abstracto e intenta llevar a cabo acciones políticas concretas se encuentra que no puede dejar de hacer mucha de las cosas que tradicionalmente hizo el movimiento obrero revolucionario durante el siglo que pasó.

Comenzaré por un punto clave: la política en el plano del Estado. Es cierto que el zapatismo proclama una y otra vez su negativa a “tomar el poder”, pero ello no significa que hayan dejado de tener una política en el plano del Estado. La prueba más contundente ha sido la marcha hacia la ciudad de México para reclamar una Ley del Parlamento en defensa de los derechos de los indígenas del país.

Creo que no hay dudas que estamos ante un planteo de reforma por medio del Estado, tal como durante décadas hicieron los trabajadores y oprimidos en todo el mundo. Y aclaro que no estoy diciendo que la movilización por una Ley haya sido una política errada, por el contrario, desde la distancia me parece una táctica correcta. Pero este no es el punto. Lo importante es que la acción más trascendente que hicieron los zapatistas desde su levantamiento armado el 1º de Enero de 1994 ha girado en torno al Estado.

Y esto choca con toda la teorización de JH quién insiste que cualquier política que “roce” al Estado lleva a la perdición de la lucha.

Mi conclusión es obvia: La lucha por una ley de los derechos indígenas muestra que si queremos hacer política - no digo buena o mala, hablo de política “ a secas” - actuar en el terreno de lo estatal es insoslayable.

La violencia armada: Sobre este punto diré algo, en general, más adelante. Aquí sólo quiero señalar una contradicción evidente entre la afirmación de JH de página 306, dónde condena en forma absoluta la violencia armada de los de abajo (porque para él apelar a ella, sea cual sea el resultado, siempre significara el triunfo de “las relaciones sociales capitalistas”) y el accionar zapatista que, como todos sabemos, realizaron un levantamiento armado en 1994 y, hasta hoy, mantienen una estructura militar.

Charlando con amigos “simpatizantes” del zapatismo sobre su “guerrillerismo” me dicen que ello no se debe a una iniciativa emanada del grupo original del zapatismo (es decir, que no serían “foquistas”) sino que se lanzaron a la lucha armada por expresa decisión de las comunidades indígenas. Esto para mí no sólo no cambia nada sino que acarrea otros problemas. Porque para JH la violencia de los de abajo es un error independientemente que la haga un grupo de “vanguardia” o sea impulsada por amplios sectores de masas.

Pero, además, nos introduce en otra contradicción flagrante entre lo que dice JH y lo que hace el zapatismo. JH considera que no se debe caer en una concepción “identitaria” o “clasificatoria” (dividiendo la sociedad humana en clases o sectores sociales de cualquier tipo: etnia, género, etc.) pues esto implica “reforzar al capital”[51], por el contrario el zapatismo se identifica como un movimiento político indígena.

JH intenta matizar esta actitud “identitaria” del EZLN con el argumento de que los zapatistas “son indígenas y más que eso”.(Pág. 103, nota 59) Pero esto no es convincente. Porque si el levantamiento armado lo hicieron porque se subordinan a las tribus chiapanecas y su última acción multitudinaria fue por una ley de los derechos de los indios creo que es más que evidente su “identificación” con los indígenas.

Vale recordar que en el discurso en el Parlamento hablaron dos mujeres indígenas dejando en claro que ellas y ellos, los dirigentes indios, eran los “comandantes” mientras que Marcos estaba subordinado a los dictados de las comunidades.

Con lo que, en esta cuestión de la concepción “identitaria”, estamos ante otra situación como la del Estado. Cuando se hace política concreta es imposible no identificarse con algún sector social. La única discusión posible y lógica pasa por definir con cual sector social en concreto es conveniente o preferible identificarse; mientras que el planteo de JH - negando la existencia de clases y sectores sociales definidos - es una abstracción que nos inhibe a la hora de hacer política.

El cuarto problema a destacar sobre el Zapatismo es su inequívoca vocación nacionalista. Durante la marcha hacia México, tanto en la caravana como en los multitudinarios actos, la bandera mexicana ocupaba un lugar central. Pero, además, es imposible soslayar que ya en su propio nombre se han autodefinido como un movimiento nacional. Y que, en boca del propio Marcos, es constante su reivindicación de México como nación y de todo lo nacional. [52]

Es llamativo como a pesar de sus contundentes cuestionamientos a las concepciones nacionalistas de la “vieja” izquierda JH no haga una sola mención sobre el mismo error en el zapatismo. (Desde ya considero que el nacionalismo del zapatismo es clara continuación del pasado, pero en este caso estoy muy lejos de avalarlo. Me parece un grave error).

Cabe agregar, para finalizar, como hasta en cosas menores, el zapatismo utiliza criterios que siempre usó la “vieja” izquierda. Por ejemplo, ellos dicen que la lucha por la Ley de Reconocimiento de los derechos indígenas no culminó en un triunfo por la traición del gobierno y los diputados[53]. Tampoco en esto comulgan demasiado con JH que en las páginas 29 y 30 nos dice que este asunto de hablar de traiciones para explicar las derrotas amén de ser un recurso agotado es un sin sentido.

En resumen: Más allá de cualquier valoración sobre las bondades del accionar zapatista, es indiscutible que tiene mucho de “viejo” y poco de “nuevo”.

En cuestiones centrales como Estado, Nación y Violencia siguen los lineamientos de la izquierda tradicional y, además se colocan en las antípodas de JH. Lo mismo en lo que atañe a identificarse con algún sector social definido.

Por tanto, más que un modelo de la política que propugna JH el zapatismo es un buen ejemplo de que más allá de las palabras - de la teoría - hay cuestiones esenciales, como el tener una política respecto al Estado, que son imposibles de evitar si se quiere llevar adelante una política concreta.

*****

 

6. El problema de la violencia

El tratamiento que le da a la violencia revolucionaria es el punto más endeble de toda la argumentación que utiliza JH para convencernos de la necesidad de abandonar el paradigma leninista y de buscar un camino alternativo que no pase por “la toma del poder”.

Es de hacer notar que éste ha sido el tema que ocupó la mayor atención en el debate posterior a la conferencia que dio el autor en Rosario. Y - de nuevo - mi impresión es que fue el momento cuando sus respuestas “sonaron” menos convincentes.

Sería fácil “despachar” esta cuestión acusando a JH de pacifista e idealista; reivindicando la violencia revolucionaria sin más, trayendo a colación los mártires del 19 y 20 de diciembre y citando a Marx con aquello de que “la violencia es la partera de la historia” o cosas parecidas. Sin embargo, no me interesa caer en semejante maniqueísmo porque si algo le concedo a JH es que después de lo que hemos visto durante el siglo xx, donde ha habido hasta genocidios de millones de personas en nombre de la “violencia revolucionaria”, esta cuestión no es tan simple como algunos creen ( y como yo también pensaba hasta no hace mucho tiempo).

6.1. ¿Puede haber revolución sin violencia?

Por lo dicho trataré de analizar con la mayor objetividad y detalle el razonamiento de JH, dejando de lado generalizaciones groseras.

Y para ello comenzaré por la reflexión que en página 306 hace JH respecto a la violencia. Creo que se refiere al guerrillerismo en la frase donde explícitamente cuestiona a la violencia como algo que siempre beneficia al capital. Pero debo decir que en vez de utilizar el término “guerrilla” lo hace con el ambiguo y mucho más abarcativo concepto de “lucha armada”. Además, dicha frase forma parte del cuestionamiento global que JH realiza a la “acción meramente negativa”; donde la guerrilla aparece como un ejemplo entre otros.

Dicho de otra forma, el cuestionamiento a la violencia es sólo una parte de su rechazo general a la lucha de clases entendida como “quién pega a quién”.

En Rosario fue mucho más explícito que en el libro pues más o menos dijo lo siguiente: “No tiene sentido responder la violencia con violencia porque implica meter la lógica del capital en nuestra lucha y, además, ellos son más fuertes en ese terreno”[54]

Pero, además, cuando bosqueja cual es la alternativa que propone es evidente que en ese proceso de avanzar por los intersticios no estatales del capitalismo y de asociar la idea de la revolución con el proceso de superación del fetichismo excluye la necesidad de enfrentamientos directos y, por ende, violentos con el poder.

Y es acá dónde encuentro los problemas más graves respecto a la violencia, porque una cosa es considerarla inconveniente para la lucha revolucionaria. Cuestionando su uso abusivo, o la apología de “la violencia revolucionaria” sin señalar los peligros que conlleva. Otra cosa, muy distinta, es considerarla innecesaria. Creer que será posible “cambiar el mundo” sin que haya violencia.

Aquí sí me parece que estamos ante un claro elemento de idealismo y un importante error político.

Por tanto intentaré desentrañar las razones que lo lleva a sustentar tan serio desacierto.

6.2. La “lucha de clases” entendida como una lucha contra nosotros mismos

JH dedica gran parte de su libro a mostrar que las contradicciones de clase son fruto del fetichismo, es decir de la separación que todos sufrimos entre nuestro “hacer” y “lo hecho”. En este sentido considera a la lucha de clases, por encima de todo, como algo interno a nosotros mismos

Esto es muy evidente, por ejemplo, en la página 211 cuando dice: “Participamos en la lucha de clase de ambos lados”. Y, en general, todo el capítulo 8, donde se opone a definir a las clases sociales en forma “positiva”, como dos sectores sociales claramente diferenciados que luchan una contra otro. También puede apreciarse este punto de vista en la crítica que le hace a Negri y al autonomismo italiano.[55]

Esto lo lleva al convencimiento de que el proceso revolucionario es, por encima de todo, el proceso de desfetichización que debe comenzar en cada uno de nosotros. “El por qué la revolución no se ha producido no es un problema de ‘ellos’ sino el problema de un ‘nosotros’ fragmentado” (pág. 93)

Supongamos, por un momento, que esto sea cierto: que la revolución pasa porque las masas “fragmentadas”, alienadas, recorran un camino de superación práctico e ideológico de dicha situación. Igualmente queda un matiz importante: ¿qué va a pasar con los sectores privilegiados, esa ínfima minoría capitalista que también está alienada, pero que es beneficiada con el actual estado de cosas? ¿Es posible pensar que se sumarán al proceso de desalienación y, en algún momento, cederán gustosos sus privilegios para integrarse a una sociedad verdaderamente humana?

En multitud de párrafos JH nos insinúa que la minoría capitalista no formará parte del proceso revolucionario de desfetichización. En un artículo para la Revista Herramienta hace hablar a los burgueses con la siguiente frase: “esto es mío, mío, mío; tócalo y te mataré”, agregando que no sólo lo dicen sino que lo hacen. Entonces pregunto otra vez: ¿si “los de arriba” van a ejercer la violencia, hay alguna posibilidad de evitar la violencia “de abajo”?

Realmente por más vueltas que le dé al tema, no puedo entender el razonamiento de JH. Si reconoce que hay y va a haber violencia por parte de los capitalistas, aunque sea minoritaria, es totalmente inconsistente decir que no debemos defendernos violentamente. ¿Acaso puede pensar seriamente que va a alcanzar con decirle: “¡Vete a la mierda!¡Vete!¡Déjame en paz para seguir con la vida tal como me parezca!”? [56]

6.3. La definición del Estado

Creo que otra de las claves para entender porqué JH niega la necesidad de la acción violenta para “cambiar el mundo” pasa por el tratamiento que le da a la cuestión del Estado. Para él es crucial despegarse de la definición tradicional (por ejemplo la de Lenín, en “El Estado y la Revolución”). Para ello, apela, una vez más, a su teoría del fetichismo. Según este enfoque al Estado no hay que verlo en forma “cosificada”, como un objeto en sí mismo; sino como una forma de expresión de las relaciones sociales ( algo similar a las categorías económicas en Marx).

De esta manera cuestiona dos de los aspectos centrales de la definición “clásica” del marxismo sobre el Estado: la de ser una institución que se coloca por “encima” de la sociedad y ser el órgano de coerción, de represión, más allá de cualquier otra consideración.

Para no hacerla muy larga ya que el debate sobre el Estado es “súper” complejo voy a decir lo siguiente: podría aceptar que la versión “clásica” es simplista y unilateral al ver sólo el aspecto represivo del Estado; pero la interpretación que hace JH en el libro se pasa para el otro lado. Tratando de demostrar que lo fundamental es su carácter de relación social se olvida de que el Estado es, en última instancia, el ejército y la policía.

Esta definición tiene dos consecuencias importantes: por un lado desplaza el enfrentamiento decisivo entre las clases al plano estructural, social, ya que el Estado, en sí mismo, no tiene importancia. El Estado no sólo desaparece como “problema” político; también desaparece como “problema” represivo.

Por lo demás, no hay que olvidar lo dicho en el punto anterior sobre la forma tan peculiar que tiene JH de ver las contradicciones de clase. De esta forma el problema de la violencia y del enfrentamiento armado no sólo desaparece en el plano estatal, sino también en el ámbito social, paraestatal.

Todo queda reducido, en última instancia, a una lucha dentro de nuestras cabezas.

6.3. El capitalismo, un sistema débil.

Hay otra razón por la cual, creo yo, JH considera innecesario el uso de la violencia para hacer la revolución. Me refiero a la visión que tiene del sistema capitalista de conjunto como un modo de producción donde el sector dominante, los capitalistas, dependen totalmente de los trabajadores.

Tan es así que en su capítulo específico sobre la economía capitalista actual[57] encuentro resonancias catastrofistas, bastante próxima a la que sostienen muchos grupos trotskistas. Me refiero a esa visión de una expansión descomunal del crédito, imposible de evitar y que en cualquier momento lleva a un estallido total.

Todo por lo mismo: su convicción de que son los trabajadores los que tienen el dominio real de la situación. Y que la única razón por la cual los burgueses mantienen sus privilegios es el fetichismo. Es decir, según yo lo entiendo, los trabajadores tienen “el poder”, pero no lo ejercen porque la alienación les impide reconocer dicho poder.

Es por eso que derivamos siempre en lo mismo: lo único que falta es el proceso de desfetichización. Que los trabajadores superen práctica e ideológicamente la alienación. En la medida que llevemos a cabo ese revolucionario proceso, cuando la gran mayoría le diga a la burguesía:“¡Vete a la mierda!¡Vete!¡Déjame en paz para seguir con la vida tal como me parezca!”, la clase dominante no atinará a nada; prácticamente se caerá sola.

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El trotskismo y la violencia revolucionaria

He tratado de demostrar las inconsistencias teóricas en que incurre JH al negar la necesidad de la violencia para hacer la revolución. Políticamente es un error grueso porque implica despertar ilusiones en un tránsito pacífico al socialismo que no será tal. Son demasiados los ejemplos históricos mostrando lo trágicamente doloroso que termina resultando generar semejante ilusión.

Pero lo anterior no implica pasarse al otro extremo, cayendo en una apología de la violencia revolucionaria. Tal como ha sido, en gran medida, una “costumbre” en la propaganda - y en la práctica - del movimiento trotskista.

Según mi punto de vista, por muchas razones es necesario darle otro tratamiento a ese problema.

En primer lugar porque, como ya he señalado, en nombre de “la violencia revolucionaria” se han cometido todo tipo de atrocidades, incluso genocidios terribles. Los Gulags y las purgas del 30’ en la URSS, la Revolución Cultural China, la Camboya polpoteana son hitos trágicamente destacados de una larga lista de crímenes que se hicieron en nombre de la “violencia revolucionaria”.

El “socialismo” ha quedado tan enlodado por estos hechos que se hace necesario no sólo separarse drásticamente de semejante legado sino, además, realizar un examen ultra crítico de la teoría y práctica pretérita para ver cuales fueron las razones que llevaron a semejante tragedia. Y parte de esa revisión pasa por no seguir tratando la cuestión de la violencia de la misma forma en que lo hacían Marx o Lenín en los inicios del movimiento marxista, cuando esta “barbarie socialista” no había ocurrido.

En segundo lugar, no se puede soslayar la actual etapa de violencia terrorista tremenda que estamos atravesando y cuyo punto más alto ha sido el 11 de Septiembre. Creo que todos los que estamos por una nueva sociedad verdaderamente humana no podemos limitarnos a rechazar tales acciones sólo porque políticamente son incorrectas. Debemos ir más allá, tomando distancias de sus métodos bárbaros.

En cuanto al guerrillerismo más “clásico”, de izquierda, no diré demasiado pues luego de haber influenciado mucho sobre el trotskismo hay que reconocer que desde hace años la gran mayoría de este movimiento realiza críticas a la guerrilla muy parecidas a las que le puede hacer hoy JH. De todas formas, la existencia de esas guerrillas siempre es una presión para que se exacerbe el uso y la apología de la violencia entre los luchadores anticapitalistas.

En suma, por estas tres razones, y otras que no voy a citar para no extenderme tanto, me parece que es necesario replantear el problema de la violencia. Creo que es importante marcar a fuego que la violencia es algo que se origina desde arriba, desde el poder. Es el capitalismo, con su ilimitada búsqueda de riqueza quien genera todo tipo de represiones y de violencia en general. Por el contrario, se debe ser “cristalino” en afirmar que los trabajadores sólo usaremos la violencia en forma defensiva. . Que, entre otras cosas, nuestra lucha es para que no haya más violencia.

Además, creo que se debe reconocer que el uso de la violencia, si bien es inevitable, provoca una serie de consecuencias indeseables que, a la larga, puede acarrear más desventajas que beneficios para la lucha revolucionaria. De allí que la revolución sólo apelará a la violencia como último recurso. Y, lo que es más importante, sin hacer ninguna apología de ella. Debemos ser explícitos en que para nosotros es una desgracia que haya violencia por más que el sistema no nos deja otra posibilidad que hacer uso de ella.

En este sentido quisiera rescatar, una vez más, la voz de Rosa L. que sobre la violencia habló en forma muy distinta a los otros revolucionarios de la época. Y que nosotros no escuchamos porque siempre pensamos que en este punto Lenín y Trotsky tenían mayor “autoridad”.

Rosa, en medio del desarrollo de la Revolución alemana, cuando ella era la primera en llamar a los trabajadores a realizar acciones violentas para terminar con la guerra y derrocar al gobierno burgués, escribía cosas como esta: “Durante los cuatro años de matanza imperialista entre naciones, corrieron ríos de sangre. Ahora debemos asegurarnos de preservar con honor y en copas de cristal cada gota de este precioso líquido. Desenfrenada energía revolucionaria y amplios sentimientos humanos; este es el verdadero aliento del socialismo. Es cierto que todo un mundo debe ser derrocado, pero cada lágrima que pudiera haberse evitado es una acusación; cada hombre que en su apresuramiento por cumplir un acto importante aplasta impensadamente una lombriz que se cruza en su camino, está cometiendo un crimen”[58]

No se puede seguir hablando de “Dictadura del Proletariado”

Como final de este punto una breve referencia al concepto de “Dictadura del proletariado”

Obviamente esto va mucho más allá de la cuestión de la violencia. Además es una categoría que “en los hechos” la mayoría de la izquierda tradicional ha abandonado pues prácticamente no hay nadie (aunque todavía conozco a algunos) que anden proclamando por ahí su anhelo de “una dictadura del proletariado”.

Pero que se haya dejado de lado en la propaganda no significa que se haya abandonado como categoría política y teórica.

Mi opinión es que en todo sentido el concepto es incorrecto y debe ser abandonado. Sólo enunciaré “telegráficamente” mis razones pues no creo que sea el lugar para extenderme en este problema.(Ya habrá otra oportunidad para hacerlo). Aquí, entonces, me interesa dejar en claro que, tal como yo lo veo, no puede quedar la más mínima duda que la sociedad futura será no sólo democrática sino muchísimo más libre que la más liberal de las democracias burguesas. Y esto no sólo como propaganda sino como convicción profunda por parte de todos aquellos que luchamos por “cambiar el mundo”.

En este sentido todos los planteos de la “nueva” izquierda a favor de una “democracia absoluta” me parecen muy útiles para la estrategia revolucionaria.

No podemos olvidar que en las épocas en que Lenín (o Marx) hablaban de “dictadura del proletariado” los regímenes democráticos burgueses eran muy retaceados, mientras que a posteriori de la Segunda Guerra Mundial dichos regímenes se expandieron mucho, ampliando las concesiones democráticas y, además, teniendo décadas de continuidad. Por otro lado, en aquel momento el socialismo (o el comunismo) no tenía el terrible estigma de estar asociado a gobiernos dictatoriales, represivos y criminales como los que hubo en Rusia, China, Rumania, Camboya, etc.

Para la inmensa mayoría de la humanidad, incluso para muchos que rechazan el capitalismo, “dictadura del proletariado” es hoy sinónimo de Stalin, Mao, Castro e, incluso, Pol Pot y Ceausescu.

Decididamente es ridículo, por no decir trágico, seguir reivindicando tal formulación.


7. La propuesta alternativa

Luego de haber dedicado casi todo el libro a realizar una “crítica” al paradigma leninista, JH presenta, en el último capítulo, su concepción de la revolución; su alternativa a la “vieja” estrategia revolucionaria.

Pero aún en este momento, cuando tendría que decirnos en “concreto” cual es el camino que él sugiere en lugar de la “fracasada” vía estatalista; aún en este momento, repito, sigue fiel a su exposición esencialmente “negativa”, pues es muy poco lo que propone respecto a los pasos a dar.

De todas formas, si analizamos con más detalle dicho capítulo, y le agregamos - como referencia importante - sus dichos en la conferencia que dio en Rosario y el artículo ya citado de la revista Herramienta[59] se pueden discernir tres respuestas centrales por parte de JH al interrogante de qué hacer hoy.

Por un lado, nos dice que, en términos estrictos, él no sabe cuál es la estrategia revolucionaria a llevar a cabo en lugar de la “leninista”. Qué, se acabaron las certezas y por tanto lo máximo que se puede hacer es “caminar preguntando”, etc.

Pero esa falta de certezas tiene un límite muy definido, hay algo que sí tiene absolutamente claro: la vía estatalista está vedada, no se puede apelar a ella; lo mismo sucede con la violencia, de la que no se debe hacer uso.

En tercer lugar, aunque no nos presenta una “estrategia” acabada sí da una serie de “pistas” bastante claras sobre cual es el sendero que él considera conveniente recorrer para “cambiar el mundo”: así vemos que nos habla de la revolución como un proceso constante de superación material e ideológica del fetichismo, intentando permanentemente disolver “el poder” desarrollando algo así como un “anti-poder”: Todo esto, en concreto, implica establecer lazos de solidaridad entre los trabajadores, recuperando el “poder hacer”; es decir, realizar acciones de auto-organización tipo cooperativas, trabajos comunitarios, asambleas barriales de Argentina, etc. O, visto de otro modo, significa ir ocupando los “intersticios”, los espacios que el capitalismo abandona en su “huida” permanente de los trabajadores (Clubes de Trueque, actividades autonómicas por parte de los desocupados, poner en marcha fábricas cerradas, etc.).

En fin, su propuesta, como el mismo reconoce, se suma a tesituras parecidas como las sugeridas por Negri y llevadas adelante por muchos movimientos a escala mundial (ecologistas, “okupas”, etc.) en los últimos años. Concepciones que hacen una gran reivindicación de las “micropolíticas” y que se pueden englobar bajo la idea general del “contrapoder” o “antipoder” ( y de la “contracultura”). También se las puede definir como “prefigurativas”, pues postulan la necesidad de llevar a cabo acciones que prefiguren en la actual sociedad el funcionamiento de la sociedad futura.

Por la negativa, estas “nuevas” ideas rechazan como innecesaria a la revolución política ( “toma del poder”). Más aún, en sus posiciones más “extremas” (un ejemplo sería JH) no sólo se rechaza “la toma del poder”, sino cualquier acción que se desarrolle en el plano estatal.

7.1. No hay razones suficientes que demuestren que la revolución política, así como el accionar revolucionario en el plano del Estado, hayan dejado de ser necesarios para el triunfo de la revolución anticapitalista.

De las tres respuestas de JH respecto a qué hacer para “cambiar el mundo” hay mucho que decir. Por ejemplo, respecto a la tercera, es decir a los pasos concretos que hoy debe recorrer el movimiento obrero y popular, me parece un punto “súper” interesante, incluso importante para replantear la estrategia revolucionaria. Al menos para mí, muchas de esas iniciativas me parecen muy válidas. Aunque, obviamente, no por las mismas razones de las que esgrime JH.

De todas formas sobre esto hablaré más adelante, antes prefiero examinar las otras dos respuestas. Y las analizaré conjuntamente.

7.1.1. El riesgo de convertir la vía “anti- estatalista” en una nueva “receta”

En este sentido, comenzaré por reafirmar mi acuerdo con la opinión de JH de que hay pocas certezas respecto a lo que deberíamos hacer de ahora en más. Las “verdades reveladas” quedaron atrás, y estamos en un terreno “nuevo”, difícil, donde tenemos más preguntas que respuestas.

Pero, por esto mismo, me parece una inconsecuencia de JH, ser tan taxativo con la cuestión del Estado y de la violencia. Porque si no hay certezas, ¿cómo puede estar tan seguro que la vía estatalista no debe ser usada? ¿Porqué es tan terminante en su negativa al uso de la violencia? Proceder así como él lo hace, y más allá de que proclame su rechazo a las “certezas”, es caer en el error de siempre: aferrarse a una nueva “receta”, como tantas que hubo en la historia de las luchas anticapitalistas.

Yo recuerdo la última de esas “recetas” o “modas” que hizo furor (y causó desastres) en Latinoamérica: el guerrillerismo. Para el Che y sus seguidores el “único” y excluyente camino para la revolución era la lucha armada. A lo sumo se aceptaba debatir sobre las variantes de la guerrilla: “Foco”, “Guerra prolongada”, “Guerrilla urbana”, etc., pero de allí no se pasaba.

Tengo la impresión que JH y muchos que como él han reaccionado al derrumbe del “socialismo real” con un rechazo a todo lo estatal, corren el riesgo de ser “víctimas” de una nueva “moda”. Al menos encuentro una metodología semejante.

Así terminan cayendo en el error simétrico al que ellos critican en el “paradigma leninista”: si antes TODO giraba alrededor de “la toma del poder” y de políticas estatalistas, ahora se afirma que NADA debe hacerse en el plano estatal y JAMAS hay que “tomar el poder”.

Insisto, si realmente se quieren dejar de lados las “recetas” y las “verdades reveladas” no se puede caer en posiciones unilaterales y absolutas de ningún tipo. Se debe reconocer que para la lucha revolucionaria ( “para cambiar el mundo”) todos los caminos son posibles, que ninguno debe ser objetado a priori.

Y dentro de esos caminos posibles la lucha en el plano estatal y la necesidad de una revolución política deben seguir siendo tenidos muy en cuenta, más allá de que los retiremos del “pedestal”, del puesto privilegiado, que otrora tuvieron.

En cuantos a los alertas respecto al Estatalismo, todos los que sean necesarios. [60] Pero no sólo respecto a esa cuestión. Cualquier forma de lucha conlleva riesgos; más aún si se la toma en forma unilateral y se hace un “fetiche” de ella. Y, por supuesto, dentro de estos riesgos, todo lo que tiene que ver con el Estado debe ponernos en “alerta máxima”. Pero ello no puede ser una razón para no hacer uso de ella.

7.1.2. Los argumentos de JH no son suficientes para demostrar que la revolución política es innecesaria

Obviamente no es sólo por incoherencias lógicas que me parece un error excluir el plano estatal de la estrategia revolucionaria. Hay razones más concretas.

Por un lado vuelvo a algo mencionado varias veces: los argumentos de JH no me resultan convincentes a la hora de demostrar porque no es necesario “tomar el poder” para “cambiar el mundo”.

No voy a repetir aquí lo que ya he dicho, pero en forma telegráfica quiero recordar que:

* Uno: Su argumentación histórica deja mucho que desear pues convierte el análisis de las revoluciones del siglo xx en un “silogismo simplista”, con generalizaciones abusivas y forzadas, amén de “olvidos” inaceptables como es el caso del Anarquismo.

* Dos: La argumentación filosófica-epistemológica, que - por lo demás - es el leitmotiv que recorre el libro de principio a fin, resulta un ejercicio vano en cuanto a la estrategia política se refiere. En lo que hace a definir cual es la política más conveniente para “cambiar el mundo”, debatir problemas como el fetichismo o la teoría del conocimiento no agrega ni quita nada.

* Tres: contra lo que JH piensa, el ejemplo del zapatismo tampoco le ayuda mucho en su tesis “anti-estatalista”. Muchos de los pasos concretos que han dado, en especial su último gran evento: la marcha sobre el Distrito Federal, se dieron a nivel del Estado.

En suma, considero muy poco consistente las razones y argumentos que utiliza JH para tratar de demostrar que “la toma del poder” - o, para ser más preciso, la lucha revolucionaria en el plano estatal - sea innecesaria.

Algo similar sucede con la violencia. Pues más allá de sus alertas sobre los riesgos que conlleva un uso abusivo de ella por parte del movimiento revolucionario (y que puedo llegar a compartir), JH no logra demostrar que no habrá violencia “de arriba”. Y mientras haya represión de parte de la burguesía y del Estado capitalista es imposible que los “de abajo” no pasen, en algún momento, “del arma de la crítica” a “la crítica de las armas”.

7.1.3. La lucha de clases cotidiana indica que el Estado sigue existiendo

No sólo no me resultan convincente los argumentos que usa JH. La propia experiencia concreta me indica que, al menos hasta hoy, la lucha por el Estado es una etapa que más tarde o más temprano tiene que darse en el proceso por cambiar la sociedad. Tomaré como ejemplo el proceso argentino, que ha sido tan rico en acciones del tipo que reivindica JH.

Sin embargo yo encuentro que, en cada paso, el Estado actúa. Desde una ocupación realizada a una casa abandonada por una Asamblea Barrial y que la justicia desaloja, hasta la bárbara represión que se desata contra el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), quizás el movimiento más avanzado en cuanto a esta “nueva” estrategia se refiere.

En fin, no es mi intención presentar algunos - cientos, miles - de ejemplos tanto en Argentina como en el resto del mundo para reafirmar que los Estados siguen actuando y reprimiendo como en los mejores tiempos.

Y yo creo que mientras ello suceda es totalmente ilusorio pensar que al Estado no hay que darle bola. Sinceramente me parece un error grosero y muy peligroso impulsar una política revolucionaria que haga abstracción del Estado.

Sí admito (como ya he señalado en el punto 3.5, e insistiré más adelante) que la estrategia revolucionaria centrada exclusivamente en “la toma del poder” debe ser completamente revisada. Pero de allí a creer que no es necesario una revolución política existe un gran trecho.[61]

7.1.4. El proceso “intersticial” y el Estado

En la conferencia de Rosario JH insistió mucho en un nuevo argumento para explicar su concepción revolucionaria, planteo que no está en el libro pero sí en el artículo de Herramienta ya citado[62].

Estableciendo una analogía con la transición del feudalismo al capitalismo, JH describió su teoría de la revolución comunista como un proceso “intersticial”. Es decir, un proceso donde el “antipoder” se va desarrollando y afirmando en distintos intersticios de la actual sociedad.

Esta tesis “intersticial”, que en algunos aspectos me parece válida, no implica - como cree JH - una contradicción absoluta con la necesidad de llevar a cabo “la toma del poder”.

Pues, tal como se lo hizo notar uno de los asistentes a la Conferencia de Rosario, la revolución política social anticapitalista en un país - o, como se dice ahora, en un Estado-Nación - no es más que un intersticio, una isla en un océano mundial capitalista. Esto implica que “viejas” teorías revolucionarias, como por ejemplo la Teoría de la Revolución Permanente (en su aspecto internacionalista) es completamente compatible con una visión “intersticial” del proceso revolucionario.

Pero, además, es absurdo pensar que se puedan ir ocupando intersticios dentro del capitalismo sin que en algún momento el Estado-Nación donde se esté desarrollando dicho proceso o, incluso, los organismos mundiales de represión y control (OTAN, G7, ONU, etc.) no “corten por lo sano”, interviniendo política y militarmente. En ese momento, el avance “intersticial” se topará con el problema de la revolución política o, al menos, con la necesidad de llevar a cabo una dura lucha en el terreno estatal.

Más aún, la propia analogía histórica a la que ha apelado JH confirma esto que yo digo. En la transición del feudalismo al capitalismo los avances “intersticiales” que, durante décadas, y siglos, realizó la emergente burguesía en el plano económico y social desembocaron, más tarde o más temprano, en episodios concretos y precisos de lucha por el poder y el dominio del Estado. Por citar los dos casos más conocidos, Francia e Inglaterra: sólo cuando la burguesía realizó violentísimas revoluciones políticas, incluyendo la ejecución de sendos reyes, el proceso “intersticial” se consolidó definitivamente y se puede decir que se completó la transición social.

En síntesis: la noción de la revolución como un proceso “intersticial”, pregonada por JH en los últimos tiempos, sólo puede tener algún sentido si se la concibe integrada a la vía estatalista. Son dos procesos complementarios, no opuestos.

7.2. ¿Qué hay de válido y positivo en estas propuestas alternativas? [63]

Por todo lo dicho hasta aquí se puede pensar que no encuentro nada positivo en las orientaciones y tareas propuestas por JH y demás militantes y teóricos de esta “nueva” izquierda.

Todo lo contrario. Dejando establecido que no considero a dichas posiciones la nueva “panacea universal” de la revolución, sí creo que hay muchos aspectos reivindicables de cara a una actualización de la estrategia anticapitalista. (Una actualización que, vale repetir, me parece esencial en estos momentos)

En este sentido intuyo que no debe ser una casualidad la cantidad de voces que desde distintos lugares se elevan para reivindicar posiciones en la línea del “contrapoder”, la “contracultura”, el “anti-poder”, el autonomismo, etc. Y, lo que es más importante, es la vida misma - la lucha de clases - la que está mostrando, en muchos lugares, la materialidad de estas ideas y propuestas. Creo que viene a cuento aquello de que “cuando el río suena, agua trae” y, por lo tanto, reconocer que en toda esta “movida” hay ideas y acciones dignas de atención.

Además, me parece que son un intento por responder a las importantes transformaciones políticas y económicas que se han dado en el mundo en los últimos años. Sin dudas, como ya dije, los acontecimientos del 89’ son un hito en este sentido. Y, vale la pena agregar, que el fin del “socialismo real” no es lo único “novedoso” en estos tiempos; es necesario reconocer que ha habido cambios sustanciales en multitud de aspectos.

JH, dada su peculiar manera de desarrollar sus ideas, no le da demasiada importancia a estos cambios objetivos. Pero sí es central en los planteos de un Negri, quizás el más “célebre” de los teóricos de la izquierda “post-leninista”. Lo mismo puede decirse de otros pensadores y militantes que adscriben a estas posiciones.

En lo que a mí respecta, no sé si la interpretación de la nueva situación del capitalismo que, por ejemplo, Negri y Hardt hacen en “Imperio” es correcta; a decir verdad, en muchos aspectos no me resulta demasiado convincente. Pero, al menos, es un reconocimiento de que se están dando grandes “virajes” históricos e intentan una explicación. Me parece mucho más grave seguir repitiendo lo mismo que hace cincuenta o cien años, creyendo que todo sigue igual.

Entonces, lo primero a rescatar de estas propuestas “novedosas” - como las de JH o las de Negri - es justamente eso: su búsqueda de un camino distinto, y el obligarnos, a todos los que queremos luchar contra este siniestro sistema, a reflexionar sobre los cambios que ha habido y sobre la necesidad de replantear la estrategia a seguir.

7.2.1. El cuestionamiento a la representación y la lucha por una democracia absoluta

Pero hay más cosas a reivindicar en tesis como la de JH o Negri. Una de ellas es toda la reelaboración teórica y política respecto a la democracia.

El cuestionamiento que se hace a la “representación” en todos los ámbitos y de manera especial a los regímenes democráticos burgueses suena muy atrayente.

El proceso abierto en Argentina en los últimos meses con el surgimiento de las Asambleas barriales y las marchas de las cacerolas con su grito de “¡qué se vayan todos!” ha resultado una demostración concreta de que aquellas posturas no son elucubraciones ajenas a la realidad.

Más bien, da la impresión opuesta. Por eso me parece que para todos aquellos que venimos de programas más tradicionales tenemos la obligación de analizar estas nuevas ideas.

Personalmente no tengo una posición tomada. Creo que en algunos compañeros este problema de “la representación” está planteado en una forma demasiado exagerada y, en ese sentido, no me “cierra”. [64]

De todas maneras me parece que, más allá de los excesos, es un enfoque que apunta a un aspecto - la democracia en el capitalismo - muy pobremente tratado en los análisis y programas de la izquierda “leninista”.

7.2.2. “La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”.

Un tercer aspecto a reivindicar de la propuesta de JH, Negri y compañía es su revalorización del accionar espontáneo de las masas en el proceso revolucionario.

En realidad, considero este punto la contribución más destacada que esta “nueva” izquierda aporta al debate sobre la estrategia revolucionaria.

La reivindicación que se hace de la acción auto-determinada de los trabajadores implica un rechazo a la concepción bolchevique de la organización; la que Lenín desarrolló a partir del “Qué hacer” y, luego, adquirió “estatuto” universal con el triunfo de la revolución rusa.

Es secundario indagar si era la intención y el sentir profundo de Lenín, pero en concreto su concepción sobre la organización, implicó una grave minusvaloración del espontaneismo.

Por tanto, la frase de Marx y Engels de que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” quedó vacía de contenido real. En los hechos, se cayó en una posición “sustituista”, pues se consideró al partido revolucionario la encarnación - el representante - de los “intereses históricos de la clase obrera”.

Sólo Rosa L., que fue asesinada en 1919, y los anarquistas mantuvieron en alto las banderas de la acción autodeterminada de las masas como esencia de la revolución. Y eso duró unos pocos años. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la convicción de que el partido, o el partido-ejército en el caso de las guerrillas, era más importante de lo que hicieran o dejaran de hacer los trabajadores se convirtió en un paradigma que dominó “en solitario” la teoría y la práctica revolucionaria.

Incluso Trotsky, quién hasta el 17’ se había opuesto al bolchevismo en este punto, dio un giro de 180º, convirtiéndose en uno de los máximos impulsores de las tesis leninistas. Con esta visión fundó la Cuarta Internacional e, inclusive, llegó a afirmar que los problemas de la dirección revolucionaria tenían una influencia directa y decisiva sobre todos los fenómenos sociales. Su archifamosa frase del “Programa de Transición” define esta idea matriz de su pensamiento: “La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis histórica de la dirección revolucionaria”.

Hubo que esperar al Mayo francés para que comenzaran a aparecer movimientos e intelectuales que, con mayor o menor claridad, cuestionasen el “paradigma leninista”. Al principio fueron voces aisladas, pero poco a poco fueron ganando más predicamento, dando un salto tras el derrumbe de los estados burocráticos del Este de Europa.

Creo que este proceso es muy positivo. Porque, aún sin compartir en un cien por cien las ideas de JH, estoy totalmente de acuerdo en la necesidad de reubicar al conjunto de la clase trabajadora (y demás sectores populares) como el verdadero sujeto de la revolución.

A mi modo de ver, se hace necesario desterrar definitivamente la creencia en que lo central pasa por la organización de la vanguardia revolucionaria.

Digo más: podría aceptar (y aquí me separo de JH) que es inevitable la existencia de una organización política revolucionaria[65]. Pero en ese caso habrá que concebirla como lo hacían Marx y Engels o Rosa Luxemburgo; no en la forma “aparatizada” y “sustituista” del bolchevismo. Quiero recordar que tanto para Marx, como para Rosa, la revolución iba a pasar necesariamente por la toma del poder estatal; pero consideraban que ello iba a ser posible por medio de un proceso de continuo, creciente y tumultuoso movimiento espontáneo de las masas. En este sentido, concebían a los partidos políticos revolucionarios como meros instrumentos secundarios y transitorios al servicio del movimiento natural y espontáneo de los trabajadores y el pueblo, que era el elemento determinante, el verdadero sujeto de la revolución. Marx y Engels tenían tan arraigada esta tesis que en la mayor parte de sus vidas no fueron “militantes” de ningún partido en especial. Para ellos la tarea de los revolucionarios era la de ayudar a generar conciencia en las masas, pero en lo que hace a la lucha (práctica: política o sindical) eran parte del conjunto de los trabajadores.

La experiencia de las revoluciones del siglo xx han mostrado que una dirección centralizada al estilo leninista, (o aún más centralizada como en el caso de los partidos-ejércitos que triunfaron en China o Cuba) resulta útil para “tomar el poder”, pero se convierten en un obstáculo completo para que la revolución siga avanzando. Pues esto sólo es posible con una participación activa, mayoritaria, total, de las masas en forma autodeterminada; algo que los partidos centralizados no fomentan - en el mejor de los casos - o, directamente, impiden cuando dichos aparatos están burocratizados.

Sólo habrá alguna posibilidad de que las revoluciones no se burocraticen si desde ahora - no después de la revolución - todo el programa y accionar cotidiano gira en torno a la autodeterminación de las masas.

En este sentido considero totalmente válidos los alertas de JH: es fundamental bregar para que los propios trabajadores avancen, por sí mismos, hacia la revolución. Debemos abandonar la idea de que la “acumulación” revolucionaria se hace a través del crecimiento del partido revolucionario. Esto es una concepción aparatista que, a la larga, genera burocratismo. La verdadera acumulación revolucionaria la deben hacer las propias masas, por medio de organismos autónomos y masivos, o, más “modestamente”, avanzando en acciones culturales, de solidaridad de clase, de auto- gestión, etc.

7.3. Volver a empezar

Arriba (apartado 7.2) he hecho hincapié en aquellos aspectos de la propuesta de JH que apuntan a una modificación sustancial de la concepción leninista de la organización y de la revolución.

Pero hay otra razón que me lleva a reivindicar políticas como las que postula JH y demás compañeros que propician ideas parecidas a las de él. En este caso tiene que ver con el análisis que tengo de la etapa mundial que estamos atravesando.

Desde hace tiempo vengo sosteniendo que, al menos desde hace un par de décadas, la lucha por una sociedad comunista o socialista (o como se la prefiera llamar) ha sufrido una derrota muy profunda. En los últimos tiempos he leído escritos de Perry Anderson que, con mucha fundamentación, plantea las cosas en forma más o menos parecida, definiendo que es necesario reconocer que la izquierda ha sufrido una “derrota histórica.[66]

El aspecto más destacado que caracteriza a esta situación de derrota es el descreimiento casi generalizado en la posibilidad del socialismo por parte de la inmensa mayoría de la humanidad. Algo que nunca había sucedido en los cien o ciento veinte años previos, período durante el cual fracciones inmensas de la clase trabajadora mundial se agrupaban tras las distintas corrientes revolucionarias anticapitalistas, ya sean marxistas o anarquistas.

Pero, junto a ese elemento, se puede decir que las manifestaciones de esta etapa de retroceso son múltiples y a todo nivel. Desde el dominio total de la propaganda neo-liberal que, en algún momento, apareció como un “pensamiento único”, hasta la crisis del “sujeto social revolucionario”, son parte de lo mismo. Incluso toda esta cuestión sobre la estrategia revolucionaria no puede entenderse sino se la ubica en este contexto histórico.

Afortunadamente, en los últimos tres o cuatro años, con el inicio de una nueva fase recesiva en la economía mundial y, especialmente, por los movimientos “anti-globalización” que hicieron eclosión en Seattle, esta situación tan desfavorable comenzó a revertirse. De todas maneras, ha sido una derrota tan profunda que llevará años superarla.

Por todo esto, mi impresión es que desde el punto de vista de la lucha anticapitalista estamos como hace 150 años. Es decir, me parece que es necesario volver a empezar.

Más aún, en cierta forma estamos peor que hace 150 años porque hoy es más difícil convencer a los trabajadores sobre la necesidad de un cambio social; en el siglo XIX el comunismo o el socialismo eran objetivos que aparecían como lejanos, pero al menos eran banderas sin manchas, eran utopías atractivas. Ahora cuando se le habla a la gente sobre el socialismo o el comunismo piensan en Rusia o Cuba y el desastre que allí se produjo; o en Felipe González y Tony Blair. Es decir, estamos proponiendo algo que la gente asocia a traición, masacres, hambre, represión, etc.

Por tanto mantener, como hacen muchos de los grupos de izquierda tradicional, la misma propaganda y el mismo programa de acción no sólo sirve de poco sino, lo que es peor, ahonda la brecha producida entre los trabajadores y las ideas anticapitalistas.

Pero, además, implica no entender que esta derrota política e ideológica ha calado tan hondo que se nota en cuestiones “mínimas”, como, por ejemplo, la solidaridad social entre los oprimidos.

De allí que problemas y tareas que parecían superadas en la lucha revolucionaria vuelven a tener vigencia: me refiero a todas las actividades que sirvan para reconstruir el entramado social de los sectores oprimidos. Acciones que sirvan para que vuelvan a unirse, a reconocerse entre ellos como parte del mismo sector social. Tareas “elementales”, como la de ayuda social, culturales (bibliotecas, escuelas, “casonas culturales”, etc.) pasan a ser decisivas por un largo período. Lo mismo las actividades de auto-organización en el ámbito económico: cooperativas, mutuales, sociedades de trueque, etc.

Es decir, estamos hablando de un tipo de actividad que fue clave en los albores del movimiento proletario. Con acciones de este tipo, llevadas a cabo durante décadas, los trabajadores se fueron juntando, reconociéndose como clase “para sí”.

El gran triunfo de Octubre tuvo, entre otros efectos indeseados, el de enviar este tipo de actividades al arcón de los recuerdos. Muchas de esas tareas se las consideró propias de una etapa reformista ya superada. Además, se dejó de lado la acumulación revolucionaria en el sentido social. A partir del “paradigma leninista” la acumulación de fuerzas pasó a “medirse” como acumulación partidaria.

Pues bien, el retroceso que hemos sufrido obliga a volver “a los orígenes”, rescatando del olvido tareas “mínimas”, comenzando por las acciones de solidaridad social y actividades culturales alternativas, que serán esenciales para que los trabajadores recuperen - poco a poco - la conciencia de clase perdida y vuelven a acercarse a los ideales anticapitalistas.

7.3.1. No hacer de la debilidad una virtud

A diferencia de JH, yo no estoy tan seguro que este tipo de acciones sea el “nuevo” camino de la revolución. Ya me he extendido en distintas partes de este folleto expresando mis dudas y diferencias al respecto.

Más aún, parecería que muchos camaradas que proponen esta “nueva” praxis (y están teorizando sobre ellas con bastante entusiasmo) pierden de vista que son acciones “defensivas”, de una etapa inicial de la lucha. En este sentido se corre el riesgo de convertir en virtud a una situación de debilidad.

Pero este alerta no es obstáculo para reivindicar este accionar como muy importante en estos tiempos.

Estoy convencido que esta política no es una condición suficiente para realizar la revolución que derrote definitivamente al capitalismo. Pero, sí es la condición necesaria: hoy - y creo que por mucho tiempo - es la tarea más importante a llevar a cabo; es una etapa insoslayable, imprescindible, que debe atravesar la clase trabajadora y demás sectores oprimidos para superar la etapa de derrota que nos ha tocado vivir.

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Final

Como se puede ver en este último apartado, en lo que hace a tareas concretas mis diferencias con Holloway no son demasiadas.

Lógicamente, son bastante distintas las razones por las cuales yo reivindico estas “nuevas” políticas.

Además sigo pensando que es un error limitarse a este tipo de accionar.

...Pero, ¡basta!. Hasta aquí he llegado con mis críticas al libro de JH y me parece que he escrito demasiado; al comenzar pensaba en un artículo o minuta de unas pocas páginas y me ha salido una especie de folleto demasiado extenso para mi gusto.

Espero que sea entendible. Me preocupa especialmente el contrapunto o yuxtaposición que he hecho entre las críticas a JH y los comentarios sobre el trotskismo. He estado barajando la posibilidad de ubicar estos últimos como anexos al final, pero tampoco me ha parecido del todo conveniente.

En todo caso, tómese esta versión como un borrador. Quizás en un futuro lo re-elabore. Por lo demás, esto que he escrito no tiene otra pretensión que plasmar en el papel ideas y opiniones que vengo sosteniendo en el último tiempo, que son bastante distintas de las que pensaba hace un par de años y que, posiblemente, sufrirán nuevos “ajustes” en el futuro.

Ya he dicho que son tiempos difíciles y de obligado cambio. Todo está bastante “en el aire”. También estas líneas. Si ayudan al debate que todos nos debemos, para mí habrán cumplido su objetivo

Ernesto Manzana
Rosario,
24 -11 - 2002


[1] En realidad JH ha hecho muchos cambios en la versión final (hasta el título fue modificado); pero, creo, que las ideas centrales - los ejes del escrito - se mantuvieron tal cual estaban en el borrador que presentó dos años atrás.

[2] La única excepción a dicha forma de presentar mis comentarios sobre el trotskismo la hago en el capítulo final; el que está referido a la propuesta estratégica a llevar a cabo hoy. Allí tanto la critica a la posición de JH, como mis diferencias con las posturas “clásicas” del trotskismo aparecen entremezcladas en el mismo relato.

[3] La reivindicación del método de JH va más allá del contenido del libro. Cuando, hace alrededor de 2 años, me enteré que estaba realizando una serie de seminarios y reuniones para someter a debate el borrador de su libro antes de su redacción definitiva, me resultó una grata sorpresa; una “costumbre” bastante extraña para la cultura tradicional de la izquierda revolucionaria argentina a la que yo estaba relacionado. Lamenté mucho que por falta de tiempo no hubiese podido asistir al seminario de Rosario pero, igualmente, me quedó el convencimiento que el “método” de Holloway era, además de útil, expresión de una mentalidad abierta y democrática.

[4] Esa concepción evolucionista, “paradigma” de la época, seguramente proviene, también, de la Filosofía de la Historia del siglo XVIII y su decidida visión teleológica; en primer lugar de Hegel.

[5] Me refiero, concretamente, al párrafo que está en las páginas 32-33 de “Cambiar el Mundo sin tomar el poder” de John Holloway, edición conjunta de Revista Herramienta y Universidad Autónoma de Puebla, Buenos Aires, 2002.

(Para no repetirme, queda claro que todas las citas del libro las tomo de esta edición. Además, salvo que especifique lo contrario, cada vez, que, sin más, señale una página o un capítulo se entiende que me refiero a esta obra)

[6] En la última página del capítulo(Pág. 37), está la nota 10 donde, sin nombrarlo, parece encontrarse una referencia al Anarquismo. Pero es un comentario muy breve y bastante críptico.

[7] Por si hay alguna duda, entiendo “revolución política” como sinónimo de “toma del poder”. Es decir, utilizo el concepto en sentido clásico. Una revolución política implica el cambio a nivel super-estructural, en el Estado. Obviamente, según mi esquema, una verdadera revolución socialista o anticapitalista debe ser no sólo “política” sino “social” o “económico-social”. Y en la versión de JH - o del anarquismo - la única que cuenta es esta última, mientras que la “revolución política” no se debe hacer.

[8] Aunque un estudio a fondo del anarquismo es otro de los objetivos que “tengo en carpeta”.

[9] Recordemos que la polémica de Rosa contra Bernstein es de 1899-1900. Hasta ese momento todavía se puede aceptar - y siempre que se miraran las cosas con suma benevolencia - que la corriente reformista de la socialdemocracia pensaba en un tránsito gradual al socialismo. Pero los acontecimientos de 1914 implican un viraje histórico. La Socialdemocracia pasó a convertirse en socialchauvinista y apoyó activamente la carnicería imperialista. Y con el asesinato de Rosa, Karl Liebknecht y miles de revolucionarios espartaquistas durante la revolución alemana de 1919 demostraron que no tenían empacho en utilizar la violencia armada contra aquellos que querían “cambiar el mundo”. Actitud que fue la tónica de la socialdemocracia desde entonces.

[10] En un breve texto que acabo de recibir por correo electrónico (da la impresión que es un comentario sobre el libro de JH para ser publicado en un próximo número de la Revista Herramienta) Andrés Romero hace una referencia a este punto; lo cito pues complementa mi punto de vista. Dice A.R.: “’Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual’ Holloway acuerda con esta conocida afirmación de Marx y Engels. Pero no es coherente sostener al mismo tiempo que ‘lo que ha fallado es la idea de que la revolución significa tomar el poder para abolir el poder […] La única manera en la que hoy puede imaginarse la revolución es como la disolución del poder’. Las experiencias y vicisitudes del movimiento obrero y revolucionario internacional a lo largo del siglo XX deben ser consideradas no sólo como hechos objetivos, sino como experiencias estratégicas, para asimilar teórica y prácticamente los éxitos, las oportunidades perdidas, las derrotas, los fracasos (y las traiciones, y los crímenes, que también existieron) sufridas por los trabajadores del mundo. La ventaja de esta perspectiva es que, a diferencia del enfoque de Holloway, permite reconocer en el movimiento real y en sus confrontaciones político-ideológicas ‘las dos almas del socialismo’ de las que nos hablara Hal Draper: porque si es verdad que existe y existió un ‘socialismo desde arriba’, existió y existe también un ‘socialismo desde abajo’”.

[11] Me refiero al agudo análisis sobre “las normas burguesas de distribución” en el Estado de Transición, que Lenín desarrolla en el capítulo 5: “La base económica de la extinción del Estado”, puntos 3 y 4. (Véase en Lenín, Obras Completas, Bs. As, Cartago, 1970, segunda edición, Tomo XXVII, páginas 99 a 110)

[12] Véase Lenín, “Contra la burocracia”, Bs. As, Ediciones Pasado y Presente, de Siglo XXI, 1974.

[13] En una nota al pie en página 32 cita a “La Revolución Traicionada” sólo para hacer referencia al título.

[14] Rolando Astarita escribió hace unos años una crítica al Programa de Transición que la considero bastante correcta. Particularmente en lo que atañe al análisis económico que sirvió de fundamento a Trotsky para elaborar el programa. También en el grave problema de abandonar la lucha por las reformas. Véase Rolando Astarita, “Crítica al Programa de Transición”, Buenos Aires, Cuadernos de Debate Marxista, 1999.

[15] En página 75 lo dice con todas las letras: “El fetichismo es el núcleo de la discusión de Marx sobre el poder y es central para cualquier discusión que se sostenga respecto de cambiar el mundo. Es el concepto central del argumento de este libro”. Un contenido similar puede apreciarse en el último párrafo de la página 85; en página 134 (con referencia a Lukács); en el primer párrafo de pág. 157; último párrafo de pág. 182;...y podría seguir citando.

[16] Página 178.

[17] Así se conoce, popularmente, a “Teoría del Materialismo Histórico”, el libro que Bujarín publicó en - creo - 1921 y se convirtió en gran medida en el referente teórico del comunismo internacional por esos tiempos.

Por lo demás, como es sabido, Lukács no estuvo sólo en el cuestionamiento a la concepción materialista mecanicista de Bujarín. Paralelamente, aunque en forma independiente uno de otro, Korsch y Gramsci también lo cuestionaron. Los tres lo hicieron desde una revalorización de Hegel y la dialéctica. De allí que se conoce a este movimiento teórico como “marxismo hegeliano”.

[18] Una breve pero clara reseña sobre este momento histórico y su repercusión en Argentina puede leerse en el Estudio introductorio que Horacio Tarcus escribe para el libro de Milcíades Peña, “Introducción al pensamiento de Marx”, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2000.

[19] Este punto reafirma mi convencimiento que JH conoce poco y mal la tradición trotskista.

[20] En este último caso, ello generó una interesante polémica cuyos textos fueron publicados en “Cuadernos de Herramienta Nº 1”, “Debate: Marxismo y Epistemología”, Bs. As., Septiembre de 2001.

[21] Esta idea la tomo de Alex Callinicos que en su libro “El marxismo de Althusser” realiza una crítica semejante al llamado “marxismo hegeliano” de Lukács y Gramsci. Para Callinicos, dichos escritores revolucionarios cometen “un error fundamental” al mezclar cuestiones de índole política con cuestiones epistemológicas (Véase “El Marxismo de Althusser” de Alex Callinicos, México, Premia Editora, 1981; Página 23 y siguientes).

[22] Digo “epistemológico”, ya que la forma en que JH trata la cuestión del “fetichismo”=”reificación”, en clara sintonía con “la línea” Lukács - Escuela de Frankfurt, deriva esencialmente en un problema epistemológico. Pero si se quiere se puede hablar, con más exactitud, de “concepción filosófica - epistemológica”.

[23] Negri, en el reportaje que le hacen en el libro “Contrapoder: una introducción” es especialmente duro con la “dialéctica negativa” de la Escuela de Frankfurt a la que considera “paralizante”. Mientras que para Holloway el método positivo es una forma burguesa de conocimiento. Para Negri es la dialéctica la que es funcional a la modernidad, es decir a la reacción. Y así se podría seguir con los contrapuntos epistemológicos entre ambos pensadores revolucionarios. (Esta problemática campea en la mayoría de los artículos de “Contrapoder: una introducción”; AAVV; Buenos Aires, Ediciones de Mano en Mano, 2002)

[24] En el capítulo 5 “Fetichismo y fetichización”, punto 3, página 127 y siguientes, está el análisis que JH hace de “Historia y Conciencia de clase”.

[25] Milcíades Peña, Obra citada, página 38.

[26] En página 44 de la obra citada en la nota anterior hay dos párrafos donde Peña desarrolla extensamente esta idea. Para no hacerla tan larga yo los extractaré (aunque la cita completa vale la pena...): ...cómo objetivo único y decisivo del marxismo está la lucha para des-alienar al hombre, la aspiración a rescatar para el hombre su plenitud humana.
En el marxismo todo lo demás son sólo medios para este fin.(...) El ascenso de la clase obrera al poder es imprescindible porque constituye a su vez el requisito básico para la liquidación del capitalismo. Todo esto es fundamental y está muy bien.(...) Pero para el marxismo eso son sólo medios y nada más...” (resaltados míos, E. M)

[27] Véase los propios comentarios de JH sobre el Autonomismo en página 232 y siguientes. Lo mismo todo el análisis que Negri y Hardt hacen en “Imperio”.

[28] El no mencionar a Mandel en este punto, reafirma - por enésima vez - mi impresión que JH no conoce las principales posiciones trotskistas.

[29] De allí su imagen de que “somos moscas atrapados en una telaraña”.

[30] Véase página 130, donde cuestiona a Lukács “sacar de la galera” al partido revolucionario como un sujeto político que está por fuera y por encima de la lucha de los oprimidos.

[31] Desde ya, aquí sólo estoy tratando de demostrar la coherencia interna del pensamiento de Lukács. Lo que me hace compartir con él la opinión de que necesariamente existen sectores de vanguardia en la lucha contra el sistema, aún y a pesar de que estemos en una sociedad “cosificada”.

Otra cosa es qué tipo de accionar político debe llevar a cabo la vanguardia. Desde ya, como ya lo he dicho, no acuerdo con la reivindicación que hace Lukács de la concepción leninista de organización.

[32] Según Sebrelli de esta forma calificaba Sartre a la amistad de Marx y Engels. Véase pág. 137 en Juan José Sebrelli, “El vacilar de las cosas”, Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

Por lo demás seguiré a este autor en gran parte de los comentarios que siguen a continuación. Véase el capítulo IV de la obra citada (páginas 129-140)

[33] Por ejemplo, no hablaré sobre uno de los “grandes” problemas actuales: los cambios en el sujeto social, que JH trata en el capítulo 8 (y en parte del 9) ya que, también, está enfocado desde el punto de vista epistemológico. Algo que, por todo lo dicho, agrega complicaciones y confusiones a un, ya de por sí, complejo tema.

[34] Digo “en este libro”, porque en algún escrito anterior de JH (concretamente “Marxismo, Estado y Capital”, Bs. As.,Tierra del Fuego, 1994., en la página 11) al criticar el “determinismo” del marxismo señala la responsabilidad de Marx sin hacer ninguna distinción con Engels. Textualmente dice: “El determinismo que Marx adoptó en ciertos momentos panfletarios (como el final de la primera sección del Manifiesto Comunista) o simplemente mal pensados (como el Prefacio de 1859, tan importante para la tradición “ortodoxa”) no se puede mantener.”

[35] El “Anti Dühring”, es por lo demás el libro del cual extrae JH las citas que critica. Pero, habiendo sido escrito en 1877, es decir con Marx vivo, además, como ya he dicho, con su total respaldo: ¿puede pensarse que éste fuese tan poco perspicaz que no se dio cuenta que era un libro que tergiversaba completamente su pensamiento? ¿No es más lógico pensar que Marx compartía lo que allí escribió Engels y, por ello, no tuvo reparos - incluso - en “ayudarlo” redactando algunas partes?

[36] Carlos Marx, “El Capital”, México, Siglo XXI, l998.- Libro Primero, tomo 1, pág. 18. Resaltados míos.

Tanto esta cita, como las que siguen sobre Darwin las he tomado de Sebrelli, en el libro citado, pág 111. Desde ya él las utiliza con otros objetivos que no vienen al caso comentar aquí.

[37] C.Marx- F. Engels, “Correspondencia”. Bs. As., Cartago, 1973. Pág. 110

[38] Ibídem, pág 110

[39] Carta de Marx a Engels del 7 de diciembre de 1867; en C.Marx - F. Engels, “Cartas sobre El Capital”, La Habana, Editora Política, 1983.- Págs. 194-195

[40] De paso me interesa señalar aquí lo siguiente: lo que estoy diciendo no niega la posibilidad y la necesidad de elaborar “caracterizaciones” sobre lo que está sucediendo en la actualidad y lo que puede llegar a pasar; creo que un ejercicio de este tipo es importante para el mejor “hacer” de la política revolucionaria. Pero ello tendrá sentido a condición que se tenga muy claro que sólo son hipótesis de trabajo, por tanto deben ser tomados a título de posibilidad, y dispuestos a modificarlas constantemente ante una realidad mucho más rica e imprevista que nuestros esquemas teóricos previos.

[41] Quizás sería lícita aquí la objeción de que no se puede separar tajantemente los aspectos políticos de los analíticos en la TRP. Obviamente si hay un error en el encuadre analítico deberá repercutir en la política. Pero no es una relación de causa-efecto; a tal punto que, por ejemplo, en dos aspectos políticos: el internacionalismo y la necesidad de continuar la revolución después de “la toma del poder”, lo dicho por Trotsky sigue siendo, a mi entender, bastante válido más allá de que haya equivocado todo el aspecto analítico.

[42] En este punto me apoyo en la crítica, por lo demás mucho más clara de la que yo intento aquí, que Perry Anderson hizo a la TRP en “Consideraciones Sobre el Marxismo Occidental” (México, Siglo XXI, 1987, página 143).

Vale hacer notar que Anderson realiza dicha crítica en el marco de una gran reivindicación del legado trotskista.

[43] Me refiero a las “Tesis” que Trotsky colocó como síntesis de su libro “La Revolución Permanente”. Se puede consultar la edición de El Yunque, Buenos Aires, 1973, en página 167. la cita está en la primera tesis en esa misma página.
Por lo demás, no creo que sea posible entender la TRP de otra forma. Por ejemplo, intentando limitarla a algunos procesos específicos como lo han tratado de hacer algunos sectores trotskistas para, en cierta forma “exculpar” al Viejo. Creo que leyendo la extensísima obra de Trotsky es evidente que él aplicaba la lógica “Revolución - Contrarrevolución” para analizar todos y cada uno de los fenómenos sociales a los que dedicaba su atención.

[44] En el folleto citado (en la nota 12) de Rolando Astarita, en su capítulo 1, hay una crítica seria y consistente a esta concepción económica de Trotsky. También es importante al respecto un trabajo anterior del mismo compañero que también está reproducido en la misma revista, en página 55, “Sobre las fuerzas productivas y su desarrollo”.

[45] Algo que le endilga Astarita a mi entender con bastante fundamento. Siempre en los textos citados en la nota anterior. Por otro parte, Mandel a pesar que fue de los primeros trotskistas en reconocer que luego de la Segunda Guerra hubo un importante desarrollo de las fuerzas productivas no considera que haya habido errores teóricos sustanciales en el análisis económico de Trotsky.

[46] No puedo soslayar el hecho que durante las dos o tres décadas de terrible crisis del capitalismo, Trotsky no estuvo sólo en esta visión de que “las campanas de difunto” estaban tañendo para el capitalismo. Fue el momento en que la tesis del “colapso” del capitalismo tuvo gran predicamento entre economistas marxistas eminentes.

Por eso creo que el error más importante está en los que luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando la realidad dio un vuelco abrupto, hemos seguido aferrados a la letra de las “santas escrituras” manteniéndonos ciegos a lo que sucedía a nuestro alrededor.

[47] Para no hacerla tan larga no me voy a extender en tratar de analizar porque Trotsky siguió reivindicando las “Tesis” de la TRP a pesar de que México las desmentía tan nítidamente. Pero creo que pesó mucho su convencimiento de que dicho esquema seguía siendo confirmado por la dinámica general del mundo, donde se aproximaba, en forma imparable, la “barbarie” de la Segunda Guerra Mundial y que él venía pronosticando desde varios años antes.

[48] Lo hace en “Consideraciones...”, pág. 143, en su comentario crítico sobre la TRP ya señalado.

[49] Aclaro que aquí parafraseo a Lenín. No me he puesto a buscar si en algún lado ha dicho esto. Pero la he escuchado tantas veces que la doy por buena. Si no la dijo, merece haberla dicho.

[50] Me interesa aclarar que no tengo un conocimiento pormenorizado del Zapatismo. De primera mano sólo puedo hacer referencia al folleto editado este año por Autodeterminación y Libertad, titulado “Qué es el Zapatismo”, escrito por Fernando Buen Abad Domínguez, un militante o simpatizante de este movimiento. Además de ello mis conocimientos se limitan a algunos escritos sueltos del Subcomandante Marcos, artículos varios en revistas marxistas que hablan sobre el proceso de Chiapas y noticias periodísticas.

[51] Véase, por ejemplo, la página 103. Y más extensamente, todo lo que va en el capítulo 4, desde la página 93 en adelante.

[52] En un reportaje el Subcomandante Marcos dice: “...Pensamos que éste es el momento de construir un lugar digno y servir, como pueblos indígenas que somos, a la construcción de un estado nacional en México más justo, y más solidario...” (Entrevista con Ignacio Romanet, reproducido en el folleto “Qué es el zapatismo” de Fernando Buen Abad, Editado por Autodeterminación y Libertad en Buenos Aires este año. Subrayados míos, E.M) Aquí no sólo reivindica lo “nacional”, también el “estado”, y se identifica inequívocamente con los pueblos indígenas. ¿Será acaso que hay dos zapatismos, uno el que nos describe Marcos y otro el que “muestra” JH?

[53] Véase folleto citado de Buen Abad, página 1, columna 1.

[54] Cito según las notas que yo tomé. Puede que haya alguna diferencia en la grabación pero no he tenido oportunidad de chequearla; trataré de hacerlo a la brevedad. De todas formas creo que no malinterpreto el verdadero pensamiento de JH.

[55] Cita muy clara en página 239, y, en general, gran parte del punto III del capítulo 9 gira sobre esta idea.

[56] JH, “¡Qué se vayan todos!”, Revista Herramienta 20, páginas 71 y 72.

[57] Me refiero al capítulo 10.

[58] Este párrafo de Rosa Luxemburg es reproducido en el libro de Tony Clif “Rosa Luxemburg (Introducción a su lectura)”, Buenos Aires, Galerna, 1971, página 38

[59] Me refiero al artículo de Revista Herramienta 20; que, vale hacer notar, es posterior al libro.

[60] Esto que estoy diciendo sobre el uso de la vía estatalista vale también para la cuestión de la violencia revolucionaria, otro de los caminos que JH intenta convencernos que no debe ser transitado.

[61] En este punto no puedo resistirme a decir dos palabras sobre Toni Negri y sobre “Imperio”. Obviamente no puedo ni corresponde realizar en este folleto un comentario extenso sobre un libro tan complejo e interesente. Pero si señalar que si bien la concepción de la revolución que Negri y Hardt postulan en “Imperio” es casi idéntica a la de JH, su argumentación me parece más coherente. Pues ellos se basan en un extenso análisis objetivo de los cambios estructurales que ha habido en el capitalismo durante los últimos años. Esto permite colocar el debate en un terreno “concreto”, algo muy difícil en el caso de JH.

De todas maneras, me apresuro a decir que no me convence en lo más mínimo la afirmación de Negri y Hardt de que en esta nueva etapa del capitalismo, que ellos llaman “imperio”, la política ha perdido completamente su autonomía y, por tanto, no hay espacio para actuar revolucionariamente en el plano estatal.

Podría aceptar que algunos elementos de la realidad apuntan para ese lado pero, hoy por hoy, hacer una caracterización definitiva - tal como ellos hacen - me parece exagerado y arbitrario.

En suma, más allá de lo atractivo que me resultó la lectura de “Imperio”, sus autores tampoco han logrado “convencerme” que se debe abandonar “la toma del poder” como un paso inexorable en el proceso de revolución anticapitalista.

[62] Me refiero al párrafo que está en Herramienta 20, pág. 75.

[63] He tenido dudas de escribir en cursiva desde aquí hasta el final pues en gran medida esta parte está pensada para debatir con el trotskismo. Pero como, a la vez, todavía sigo analizando las posiciones de JH, seguiré con el estilo de fuente normal.

[64] No hay que perder de vista que esta “crítica a la representación”, aunque no es exactamente lo mismo, está muy relacionada con el rechazo a todo lo que tenga que ver con el Estado. Por tanto muchas de las diferencias y dudas que tengo con las tesis sobre el Estado que presenta JH también me aparecen respecto a la cuestión de “la representación”.

[65] En realidad yo creo que es más lógico pensar en varias organizaciones revolucionarias y no de una única organización revolucionaria. O de un movimiento en red, con múltiples grupos. Pero esto hace a la teoría de la organización y no vale la pena extenderme aquí.

[66] Me refiero al artículo “Renovaciones” escrito por Perry Anderson para New Left Review, Nº 1, (new series), enero-febrero de 2000 (yo he leído la traducción hecha por la Revista Herramienta para un seminario interno en Junio del 2001). También se puede apreciar el análisis de Anderson en su libro “Los orígenes de la posmodernidad”, Barcelona, Anagrama, 2000, págs. 125-126.
Un punto de vista similar, que incluso cita a Perry Anderson, he podido leer en un artículo de Ariel Petruccelli publicado en la revista “El Rodaballo” Nº 14, invierno 2002, Buenos Aires, pág. 16.