Presentación del libro de John Holloway

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Presentación de
"CAMBIAR EL MUNDO SIN TOMAR EL PODER
El significado de la revolución hoy", (Herramienta-BUAP,2002),
EN LA SALA DEL CONSEJO ACADEMICO DE LA UNIVERSIDAD AUTONOMA METROPOLITANA, UNIDAD XOCHIMILCO, EL 28 DE NOVIEMBRE DEL 2002.

EL DIFICULTOSO NO-ASALTO AL NO-CIELO

No sabía que era imposible. Fue y lo hizo.
Anónimo. En una pared de Buenos Aires

Guillermo Almeyra *

El libro de John Holloway tiene el raro mérito de ser, como dice el autor, "una pregunta, una invitación a discutir" y no el mapa de la carretera hacia el Paraíso Prometido. Además incita a discutir teoría y por lo tanto el mérito es doble dada la chatura de la vida académica donde, por lo general, lo único que se discute con pasión son las calificaciones de las Comisiones Dictaminadoras. Para colmo de ventura, Holloway recuerda, desempolva y da vigor al verdadero Marx, enterrado por el establishment una vez que había sido tratado siempre como perro muerto por los dogmáticos que lo traicionaron adornándose con su nombre, y eso le da un mérito triple. Por último, es crítico también con relación a su gran maestro y eso para mí, que huyo de las Iglesias y siento atracción por las herejías, me parece particularmente meritorio y saludable.

Por esta razón no hablaré-contrariamente a la costumbre- ni sobre el contenido del libro (que creo que es indispensable leer en vez de guiarse por críticas, resúmenes y reseñas) ni sobre lo mucho bueno que tiene esta obra, a pesar de que estoy de acuerdo aproximadamente con el 90 por ciento de su contenido. Por razones de tiempo, pero también porque creo que la amistad y el respeto intelectual requieren -es más- exigen, una discusión franca y honesta me concentraré sobre el 10 por ciento restante, que es muy importante porque, como decía Lenin, "una cucharada de alquitrán puede arruinar un barril de miel".
Dicho sea de paso, creo que el libro de Holloway comparte los avatares de Imperio, el reciente libro de Toni Negri y Michael Hardt, que Holloway critica muy acertadamente en algunos de sus aspectos principales como el caracter antiadiléctico o el rechazo de la ley del valor (aunque, curiosamente, deja de lado la afirmación peregrina de que puede haber un Estado-mundo sin territorialidad o de que Estados Unidos actúa en nombre colectivo del Imperio y no de su propio imperialismo). Ambos libros, en efecto, tienen muchas páginas correctas, incluso brillantes, pero se mueven en el terreno de la abstracción y sin confrontación alguna con la vida real donde se aplica la teoría, donde actúa la lucha de clases y se enfrentan y condicionan mutuamente los antagonistas. En ambos libros no aparece la política (o lo hace sólo en un sentido limitado, mutilado) y las conclusiones políticas, por lo tanto, son lamentablemente erróneas e idealistas. Ambos libros intentan pensar la totalidad-mundo y por eso tienen tantos lectores después del derrumbe de los catecismos, los grandes relatos y las certezas. Sin embargo, y desgraciadamente, por sus límites mismos y no sólo por sus virtudes, proporcionan nuevas certezas, nuevos catecismos a los que jamás asimilaron el marxismo por el cual juraban pues esa gente necesita siempre "modelos" que imitar, sobre todo si éstos, de una u otra forma, justifican y teorizan su propia confusión.
Quiero aclarar de antemano que no comparto nada con las viejas monjas rancias de las Iglesias "marxistas-leninistas" que se horrorizan por la heterodoxia de Holloway y lo acusan de haber abandonado el camino de la revolución. Con él, comparto en cambio la idea de que la revolución es una urgente necesidad y no una certeza sino una pregunta, una investigación. Comparto también la idea ya formulada por Gramsci, de que para liberar a los trabajadores y a la humanidad hay que combatir y destruir la identidad de la clase obrera (el sindicalismo, el corporativismo, el chauvinismo, el antiintelectualismo y tantos otros etcéteras forjados por el capital en su oponente) y lo mismo vale para los indígenas y sus comunidades [1].
Mi crítica es de diversa índole: creo que Holloway, porque mira las cosas desde el cielo de la abstracción teórica, no ve la concreción política e histórica de la lucha de clases, que está llena de impurezas y mediaciones. Pienso que no comprende en su plenitud ni el zapatismo ni el desarrollo tortuoso, con fuertísimas influencias del capitalismo del cual intentan desprenderse, de las mejores expresiones de antipoder en la Argentina. Que no responde a su pregunta (casi al final del libro, en la página 306) sobre "¿cómo se defiende uno de un asalto a mano armada?" o, menos metafóricamente, sobre qué se hace frente a la policía que sigue asesinando y torturando, frente al capital que sigue haciendo guerras, frente a elecciones donde el abstención es la peor de las actitudes políticas porque es un voto indirecto por quien tiene el poder (véase si no las elecciones chiapanecas donde el EZLN se abstuvo, ayudando así al PRI y a las guardias blancas, o la abstención francesa que abrió camino a Le Pen, o la estadounidense que dio el gobierno de los tres poderes al más siniestro y obtuso de todos los gobernantes de ese país). A mi juicio Holloway idealiza al EZLN y sobreestima las conquistas teóricas del mismo que ni historiza ni coloca en su contexto. Creo igualmente que en el terreno de la teoría olvida significativamente a los precursores marxistas de lo que quiere demostrar, pero contra el marxismo, como al Christian Rakovsky, que hace 80 años escribió Los peligros profesionales del poder o al mejor Trotsky -no al empeñado en disputar la ortodoxia leninista a Stalin- a quienes ni siquiera cita en su vasta bibliografía. Pienso que cae muchas veces en el idealismo ("la disolución del poder", por ejemplo, pero en pleno régimen capitalista o sea, el no-asalto al no-cielo) o en el mecanicismo al no ver que lo que todavía es compatible con la dominación del capital tiene un momento de tránsito desde lo que todavía no es a lo que es ya, pero en germen y con formas impuras. Estimo que lo que Holloway combate como errores de Marx y del marxismo en cuanto al papel del Estado en realidad está dirigido contra el jacobinismo leninista-stalinista y no contra el pobre Marx que entre sus poquísimas frases sobre el tema escribió que el socialismo sería una federación de libres comunas asociadas.
Por otra parte,aunque discute bien la pasividad delpensamiento de Michel Foucault, sin embargo tan rico en la discusión delpoder, en la concepción del poder y de cómo romper lo que llama elpoder-sobre, a mi juicio no hay claridad.
Pasaré ahora atratar de demostrar, aunque brevemente, lo que hasta ahora afirmo. En primer lugar, reputo falso su argumento de que la burocratización o el fracaso de las revoluciones demuestran que ellas son imposibles bajo la forma de la toma del poder. Eso equivale a decir que porque todos los niños enferman, envejecen y mueren no hay que intentar reproducir la vida. Pero, contra el criterio del costo-beneficio que Holloway aplica, él mismo cita, en contradicción con su tesis, a Ernst Bloch, quien escribe que el movimiento del coimunismo no es un progreso lineal " sino un duro y peligro viaje, un sufrir, un vagabundear, un salirse del camino, un buscar la tierra natal oculta, un movimiento repleto de interrupciones trágicas (...) abrumado de manera discontinua por la conciencia de la luz" [2]. En una palabra, según Rosa Luxemburgo, "el camino de la victoria está empedrado de derrotas" y , desde la Comuna, ese asalto al Cielo, esa tarea ciclópea y utópica de los aislados obreros de París, hasta la Revolución Rusa ya degenerada en 1923 y que había perdido la democracia, los soviets y su espíritu libertario original, cada piedra mal tallada, cada derrota que prepara una nueva lucha no es más que un momento en el largo plazo braudeliano. En cuanto a la Revolución Francesa, me parece justa la observación de Mao poco antes de su muerte según la cual es demasiado temprano para juzgarla. Creo, por consiguiente, que en el pensamiento de Holloway sobre las revoluciones hay un fuerte antihistoricismo...
Cambiar el mundo sin tomar el poder, en su prólogo mismo, contiene a mi juicio una grave incomprensión de lo que pasa en la Argentina, la cual, curiosamente, acerca al autor a sus peores críticos ultras de ese país. Habla en efecto de levantamiento popular -éstos dicen "insurrección ciudadana"- al referirse a un importante movimiento de protesta esencialmente defensiva, en el que se mezcló la mano negra del poder real. Dice además que el grito "¡Que se vayan todos!" "apunta más allá del poder y nos enseña otra gramática, otra forma de pensar, otro concepto de la realidad". Lamentablemente no es así: ese grito, indudablemente, refleja el enorme repudio al establishment de gente que hasta poco antes había creído en el mismo y lo había votado y descubría de golpe haber sido defraudada y humillada. Pero es un grito pasivo, que deja la decisión en manos de los que deberían irse si fuesen decentes, no es un grito de unión por sino de unión contra, pero en la sola protesta. Y no pone en cuestión el poder ya que a continuación se pide a ese mismo poder, pero en abstracto, que haga tal o cual cosa,incluso romper con el FMI, que los que gritan no saben cómo hacer ni cómo imponer.
En la Argentina, por razones históricas, el apoliticismo obrero (los sorelianos) o de la pequeñoburguesía urbana pasó siempre por el apoyo a una u otra fracción de las clases en el poder y el rechazo de la política es, en realidad, el rechazo de la politiquería y de la política institucional, formal, que enmascara una dictadura oligárquica. Cuando la mundialización reduce el campo de la política institucional, la antipolítica institucional, que es una política pasiva y conservadora, ayuda al capital transnacional e impide dar solución aunque parcial a los problemas. Mientras que la política que se hace cortando rutas, poniendo en funcionamiento escuelas y hospitales, creando solidaridad, para Holloway corre el riesgo de ser uncontrapoder, o sea de reproducir el poder. Porque dice "la lucha por liberar el poder no es una lucha por construir un contrapoder sino más bien un antipoder" cuando es posible llegar a éste (reduciendo brutalmente la enajenación ) sin pasar primeramente por su subproducto, su etapa inicial, el contra poder que, a la vez, combate el poder de los "de arriba", le opone el de "los de abajo" pero cambia también la subjetividad y las relaciones sociales, debilitando el poder mismo, llevando al antipoder mediante la autoorganización, la autoemancipación, la autogestión.
¿Habría, en cambio, que esperar simplemente que madure el antipoder en la conciencia de los indios bolivianos o ecuatorianos o de los campesinos sin tierra brasileños?.
Lo mismo pasa con el EZLN, tan idealizado por tantos. El "mandar obedeciendo" es propio de las comunidades agrarias pero en ellas siempre hay poder (los ancianos, los jefes militares). Por otra parte, el EZLN, en los primeros meses de su lucha, quería tomar el poder en México y destruir al ejército y es imposible que esa visión putschista haya desaparecido mágicamente dejando atrás una formación política decenal. Por último, el EZLN no deseña la política: la mejor prueba es que realizó una marcha nacional que culminó en el Parlamento para lograr la aprobación de una ley que reconocía como limitada. Aunque rechace a los partidos es un movimiento-partido militarizado, es decir, verticalista, y su justa exaltación de la rebeldía tiene como límite la exaltación del deber y por lo tanto, de conservación y la condena a quienes, en su seno mismo, critican a la dirección.
En la rebelde y roja Cataluña, los dirigentes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), que era mayoritaria en la región, rechazaron el poder, por principio, para dárselo a Companys, el partido de los pequeños campesinos (rabassaires) y no fueron capaces, salvo Buenaventura Durruti, de crear ni siquiera las bases de un poder alternativo. Así les fue. Porque el rechazo del poder es una antipolítica y es política pasiva. Giulio Andreotti, varias veces primer ministro y jefe mafioso italiano, decía que "el poder desgasta a quien no lo tiene".
Esto nos lleva a qué hacer para desarmar y poner en fuga al asaltante a mano armada. Es necesario, en primer lugar, organizar los vecinos y, si es necesario, hacer rondas armadas de tipo preventivo-defensivo. Sobre todo hacer conciencia sobre la relación entre robo y propiedad, entre asaltante y "justicia". Desarrollar la confianza en la autoorganización y en la fuerza colectiva, combatir el temor excluyente "a los de afuera" y, si se captura al delincuente, hacer como la policía comunitaria de Guerrero que lo juzga y castiga a hacer trabajos comunitarios. En una palabra, desarrollar un poder paralelo al oficial y crear antipoder mediante la educación práctica de amplias masas. Pasar por el contrapoder, enseñan todas las luchas -el EZLN mantiene regiones autónomas porque tiene las armas y la organización popular- es obligatorio si se desea la liberación y la emancipación, que exige como conditio sine qua non, la abolición del poder capitalista aunque aún no se haya sino comenzado el proceso de abolición del poder. Las personas mutiladas, alienadas, deshumanizadas por su inserción y participación en el mundo capitalista, en efecto, no pueden crear una sociedad liberada, humana. Pero sí pueden comenzar a hacerlo, en medio de múltiples ensayos y errores . En el proceso, la enajenación y la deshumanización podrían reducirse. No es seguro, pero vale la pena intentarlo so pena de caer en el fatalismo y la pasividad. Estamos en realidad condenados a luchar por la liberación del potencial de humanidad.
La política, maltrecha, con sus ropas desgarradas, se ha refugiado hoy en el territorio, en las relaciones sociales más estrechas, en las comunidades, en las asambleas barriales. Sufre las limitaciones de un espacio reducido para su acción, de su posible aislamiento de otras partes del territorio, de la posibilidad de no afectar, en lo fundamental, a un sistema que supera todos los límites- locales y del ex Estado nación- porque abarca todo el globo. Pero la política tiene a su favor que el capital, para realizarse, necesita también hacer política, necesita el territorio, necesita el Estado (las leyes favorables, los jueces corruptos, los policías represores,etc) La lucha de clases es así no sólo una lucha política en abstracto sino una lucha política cotidiana, un ceder y conceder del gobierno para mantener en lo posible la dominación, un arrancar y ganar posiciones por parte de los oprimidos. Es una lucha que se libra en cada cosa en el terreno y a la vez en las cabezas de la población. Hay que aclararlo todo, criticar todo, analizar todo si se quiere reducir la alienación, ponerla al descubierto, cambiar la relación de fuerzas. El "apolítico" silencio zapatista, como el abstencionismo de Luis Zamora en Argentina sin dar una solución superior incluso para no concurrir a las urnas, refuerzan la pasividad y con ella al capital y a la alienación. ¿Cómo se puede decir, al presentar una revista que se llama nada menos que Rebeldía y es zapatista, que la misma es una herramienta de "una izquierda que no está dispuesta seguir perdiendo el tiempo en la disputa por el poder nacional que no existe ya"? ¿No hay nadie entonces que cerque las zonas zapatistas, no hay nadie de destruya a los campesinos mediante el mecanismo de los precios, nadie que aumente cada año brutalmente con su política el número de gente en extrema pobreza, nadie que siga alegremente el camino que llevó al derrumbe argentino? ¿El poder no existe ya? ¿O sea malhadada frase quiere decir que nadie disputa ya el poder, que todos los partidos son iguales, todos los gatos son pardos, lo cual es obviamente falso? El retorno a Marx, en lo teórico, es fundamental, pero ¿porqué no retornar también al estudio de la historia de las revoluciones que nos llevaría a ver que las mismas no son fruto ni de las previsiones, ni de las teorías, ni de la voluntad de los revolucionarios sino, sobre todo, de la acción del capital mismo, o sea de la brutalidad de la lucha de clases que impone relaciones cambiantes y saltos bruscos en las conciencias de las clases respectivas?. Trotsky decía que las revoluciones se hacen necesarias porque la gente es conservadora y no avanza teóricamente de modo lineal: ¿las revoluciones no son acaso resultado de la alienación, de la lucha contra ella y de la búsqueda de su superación?.
El tema del libro es muy importante y nadie, por supuesto, posee la Verdad con V mayúscula (que, por otra parte, no existe). La discusión puede ayudar a aproximarse a análisis y posiciones que sean útiles en la lucha contra la dominación capitalista. Por lo tanto, reitero la bienvenida a este aporte de Holloway en el campo de la teoría marxista y a la posibilidad misma de volver a discutir sobre una perspectiva, a mi juicio siempre real, pero que parecía relegada al campo de la sola utopía.

Guillermo Almeyra

México, DF, 20 de noviembre
(día de la Revolución que cambió a México y a los trabajadores mexicanos aunque no los emancipó)


* Profesor-investigador en el Departamento de Relaciones Sociales de la UAM-X.

[1] Los que idealizan la clase obrera y sus valores, en cuyo nombre hablan, mandan a los sacerdotes de ese culto que cometen un error al Infierno del trabajo fabril y de la condición obrera, Infierno del cual los obreros luchan por escapar.

[2] Ernest Bloch, 1964, Tübinger Einleitung in die Philosophie, Suhrkamp, Frankfurt