Presentación del libro: "Cambiar al mundo sin tomar el poder" de John Holloway

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Oscar D. Soto Badillo

Agradezco profundamente la invitación de John Holloway, para compartir mis impresiones sobre este libro provocador y valiente, en el que la urgencia de su temática no se contradice con la paciencia del acto reflexivo sobre el que se tejen sus formulaciones más importantes. Agradezco el compartir esta mesa con Frank y John.

Debo decirles que cuando John me llamó hace ya varios meses no dudé en aceptar, pues he leído algunos de sus escritos, y diría que me he hecho cómplice de sus inquietudes y sus propuestas, en particular de su preocupación por reconocer los principios éticos que devienen en la acción social. Me ha interesado sobre todo su lectura de los nuevos movimientos sociales, en particular del zapatismo como expresión innovadora de la lucha de los pueblos indígenas en México y como expresión también de las búsquedas de los múltiples sujetos sociales que se manifiestan en Europa, Asía y en Nuestra América.

Sin embargo debo reconocer también que cuando tuve el libro en mis manos y comencé su lectura, me asaltó el temor. Tenía frente a mí una propuesta teórica, una formulación metodológica, una construcción histórica que me exigía despojarme de pre-concepciones, de lugares comunes, de certezas conceptuales, de maneras de abordar la lectura de la realidad desde categorías que me instalaban en terreno seguro, pues me permitían la toma de distancia que parece un supuesto imprescindible para la reflexión académica y sobre todo para la planeación de la propia acción social, y me otorgaban referentes para su aparente comprensión. La lectura, si habría de ser atenta y comprensiva me exigía desnudarme.

John Holloway me invitaba a saltar de la quebrada de Acapulco, y yo tenía que acercarme al punto de salto sabiendo que no se nadar en esas aguas, y sin embargo, la provocación era demasiado atractiva para volver sobre mis pasos.

¿Podemos cambiar al mundo sin tomar el poder?

Mi respuesta inicial fue No, por supuesto que no, definitivamente No.

¿Cómo podemos cambiar al mundo sin tomar el poder?.

¿Cómo soñar siquiera que esto es posible si vivo un mundo en el que las relaciones de poder han sido la base sobre la que se teje la realidad misma, mi realidad. Me levanto y me acuesto dando testimonio de que el poder me atrapa y me hace sentir liberado, me atemoriza y me gusta. Lo sufro y lo disfruto en mis clases en la universidad, en mi relación de pareja y en el trato con mis hijos; lo veo por televisión y lo escucho en la radio, lo sueño en cada jornada electoral, le aplaudo cuando se manifiesta en los movimientos contestatarios donde participan mis amigos, lo lloro en cada acto represivo, en la promesa vana, en el Hoy, Hoy, Hoy...en el es tiempo de la gente... en el nosotros sabemos cómo hacerlo. En el eslogan de una marca de jugos en un espectacular; “Para quienes tienen sed de justicia”, cuando firmo el boucher de mi tarjeta de crédito, cuando el día de quincena me dice que todos esos días pasados tuvieron su recompensa?

La idea, como dice Holloway es un sueño atractivo y ciertamente a todos nos gustan los sueños atractivos, pero, ¿cuál es su realidad?, ¿Cómo podemos soñar luego de la experiencia del siglo XX cuando tantos sueños han fracasado, y otros tantos terminaron en miseria y desastres?

¿Cómo si no sólo mis compañeros de lucha desaparecieron porque o están muertos o tan instalados como yo. Cómo si hasta mis enemigos se perdieron en las sombras?

¿Cómo si sólo me queda el grito de dolor y de rabia por reconocerme miembro de una generación que soñó y peleó y no consiguió lo que buscaba?

¿Cómo si mi esperanza se vuelve pequeñita viendo que 30 millones no parecen detener la maquinaria bélica de un orate como George Bush y de las grandes corporaciones petroleras, financieras y de la industria militar contra Irak y contra el mundo; que cientos de miles en Seatle o Praga, no detienen los mercados; que el Foro de Porto Alegre no hace aparecer ese otro mundo posible que se anuncia en las calles brasileñas cada año?

¿Cómo si se traicionan los acuerdos de San Andrés y casi nos olvidamos de la lucha indígena?

¿Cómo si ellos son tan fuertes, aunque sean pocos y nosotros tantos y tan frágiles y vulnerables?

¿Cómo si yo también quiero mi auto, mi casa rodeada de las bardas más altas para sentirme protegido, si no resisto el susto de estar en el buró de crédito, o en no tener para pagar la mensualidad del teléfono?.

¿Cómo si soy lo que tengo, y eso que tengo es producto de la forma en que vivo, y produzco, y sufro y gozo?.

¿Dónde está el héroe que me podría liberar de las cargas negativas de esta realidad paradójica y me indicara la ruta segura para construir y construirme, si todos los que conocí yacen muertos o están muertos como yo en mi seguridad instalada?

Pero es cierto, grito, grito en mis clases, grito frente al televisor, grito en la fila de la ventanilla de trámites, grito también en la marcha y reconozco que gritar me hace bien, porque el grito de cada día, del ¿Cómo es posible?, del ¡No puede ser", del ¡Ya basta", me indica que sigo vivo, que mi instalación no me constituye todavía, que no puedo darle lugar al cinismo, que esto aunque aparentemente sea, no puede ser.

Y reconozco también que ese grito se multiplica, que no estoy sólo como loco clamando en el desierto, que todo ese ruido que escucho afuera de mí, es un coro de gritos como el mío diciendo lo que yo digo.

Y reconozco que esos gritos, animan cada día mi esperanza.

Pero, ¿se puede cambiar el mundo?, ¿Cuál mundo?, ¿Cuál es el sentido del cambio?

¿Cuáles las herramientas para socavar lo aparentemente existente, dónde los recursos, ya no digo materiales sino apenas conceptuales con los que tejer una estrategia de cambio?

Y entonces John Holloway nos dice que para cambiar el mundo, tenemos que despojarnos, desnudarnos, reconocer nuestra identidad fragmentada, rota, nuestro ser paradójico, reconocer la incertidumbre. Como el personaje de aquella película Matrix, en la que la posibilidad de salvación está en reconocer que la realidad constituida es una mera entelequia virtual, una virtualidad real capaz de matar, capaz de oprimir, pero también capaz de atrapar con sus cantos de sirena, pero al fin de cuentas una realidad virtual, una ilusión real. Un fetiche y no sólo eso, reconocer que yo mismo soy un sujeto fetichizado, que eso que digo ser no soy aunque sea.

En la película, el personaje pasa por un rito que más que iniciático es el trance de un parto doloroso que genera un ser incierto, inexistente para el sistema, un ser en búsqueda.

Y digo que eso me asusta.

Creo que tal es el propósito de este libro, evidenciar nuestra desnudez, pero también decirnos que si hemos de cambiar al mundo, vale la pena andar desnudos, reconocer que es esa ontología débil, la que nos puede liberar de nuestra constitución para reconocer nuestro potencial constituyente. Reconocer que si soy un sujeto de la historia, esto solo es así porque me hago al hacer la historia y voy construyendo la historia con mi hacer y con mi hacerme.

Que sólo evidenciando la desnudez, es posible que no sean mis ropas, ni siquiera mi piel las que me identifiquen, sino la propia desnudez. Y también mi capacidad de gritar y también mi capacidad de hacer y de hacerme.

Que sólo, también si despojo de sus ropas a los otros y veo su desnudez y escucho su grito y se que ellos también hacen y se hacen al hacer, tiene sentido mi propia desnudez, mi precariedad y mi posibilidad y la de los otros. Y a eso se le llama reconocer la dignidad constituyente del ser y del hacer humano.

Pero eso tampoco me otorga certidumbre.

Holloway me insiste que no importa. O más bien, que si he de andar y hacer y gritar desnudo, es porque reconozco que no hay certeza, que es precisamente la incertidumbre el principio de la esperanza posible. Que la esperanza es necesariamente incierta y que sólo esa incertidumbre me puede hacer seguir caminando. Un poco más y un poco más... como diría Eduardo Galeano, en pos de la utopía.

Y me dice que la utopía no es la conquista del poder, que no hay oferta posible de un final feliz para las masas oprimidas, que esas masas no habrán de redimirse conquistando un poder arrebatado, que no debo esperar algún día encontrar un lugar donde instalarme y servirme, sino que la utopía es la posibilidad incierta de seguir construyendo y construyéndome en mi humanidad con los demás.

Que, para decirlo de otro modo, la lucha de las clases oprimidas no terminará con su emancipación frente a la injusticia de las relaciones capitalistas, porque la lucha de clases no tiene lugar dentro y frente a las formas constituidas de las relaciones sociales capitalistas, antes bien, la constitución de esas formas es en sí misma lucha de clases. Es decir porque somos hacedores también de esas relaciones no sólo sus víctimas o sus beneficiarios, sino arquitectos necesarios e imprescindibles de ese poder constituido y constituyente que es el capitalismo. Somos pues hacedores de un fetiche y al mismo tiempo sujetos fetichizados, rotos, objetivados, cosificados, alienados, olvidados de nosotros mismos.

Y que es desde esta alienación, desde la conciencia de nuestra propia alienación que es posible atrevernos a desnudarnos y gritar. Que la lucha de clases es el incesante antagonismo cotidiano entre alienación y la des-alienacion.

Solamente si entendemos nuestra subjetividad como una subjetividad dividida y nuestro ser como un ser dividido, podemos dar sentido a nuestro grito, a nuestra crítica. Que entonces no hay héroe emancipador posible y entonces en lugar de mirar al héroe, la lucha por el cambio, la revolución pues, debe partir de las confusiones y contradicciones que nos despedazan a todos. A los otros todos que somos nosotros, que se proyectan en nuestra nostredad como antítesis de la identidad constituida.

Y más allá, el grito y el movimiento del poder-hacer están entrelazados. A su unidad se le llama dignidad

Y de ahí que nos convoque no a construir un contrapoder, sino un antipoder, un movimiento que no se proponga construir un nuevo poder, sino que camine para la disolución del poder (entendido como el poder sobre...)

Y nos dice también que ese antipoder constituyente del ser humano no es sólo un sueño o una utopía sino el principio motor de la posibilidad. Presente y actuante, ubicuo aunque silencioso, sustrato de las múltiples rupturas que se evidencian en momentos de alta tensión social., pero lejos de una apuesta orientada a la heroicidad revolucionaria, el antipoder es Fuente Ovejuna, es el pasamontañas que a nadie identifica, es la convocatoria en internet a la marcha por la paz mundial que nadie firma, son las luchas de las mujeres que lastiman nuestra certeza de un modelo de ejercicio de la sexualidad, de relación de pareja, de familia, son las luchas de los ecologistas que nos cuestionan la relación entre sociedades humanas y sistemas naturales, es el antipoder de los comunes necesario para la transformación de la vida en común, de la vida cotidiana. Es pues el antipoder de los rebeldes que todos llevamos dentro.

“No en nuestro nombre”, “Para todos todo, nada para nosotros”, “Otro mundo es posible”, “No queremos cambiar al mundo, basta con hacerlo de nuevo”, “Que se vayan todos”, se convierten en claves de ese antipoder.

Y Holloway construye o reconstituye posibilidades teóricas, diseña nuevas claves para la comprensión de la posibilidad incierta. En ese sentido escribe un libro que al tiempo que rescata, cuestiona y supera los aportes de las ciencias sociales, sobre todo aquellas animadas por las intuiciones de Marx: se atreve a resignificar conceptos tan caros a la teorías marxistas como valor, capital, Trabajo, Estado, etc., no para otorgarles una nueva identidad que de certeza, sino para proponerlos como herramientas dúctiles, para abrirnos camino en la obscuridad.

No para vestirnos con nuevos ropajes, sino para mirar nuestra desnudez y para avivar el sonido de nuestro grito. Es así un libro anclado en las ciencias pero provocadoramente anticientífico.

No es entonces un texto marxista, aunque a primera vista, uno se encuentre navegando entre categorías, planteamientos conceptuales, metodologías, autores, que Holloway propone desnudar también.

No es un libro fácil, porque propone asuntos imposibles: la amistad, el amor, la camaradería, el reconocimiento pleno y actuante de nuestra sexualidad ciertamente reprimida, el placer.

Holloway, cuando me llamó no prometió que lo sería. Es un libro abierto a las múltiples interpretaciones de sus posibles lectores, sin promesas de futuro, sin recetas para el presente. Humilde pues como cuando insiste en que la fuerza de lo que existe, existe en la forma de ser negado es el principio de la esperanza.

Y me recordó un muy conocido cuento del Sub Marcos. Sobre lo efímero de las certezas y el valor de lo incierto. Y sobre todo sobre el valor supremo no de tu o yo como realidades sino del nosotros como posibilidad abierta y como realidad que se construye cada día.

Al terminar de leerlo tengo dos nuevas palabras favoritas. La primera es No, así de simple: No, y me encanta su fuerza y al mismo tiempo su fragilidad. ¡No"

La otra es Todavía...

Oscar D. Soto Badillo
Universidad Iberoamericana, Puebla
21 de febrero de 2003