Las viudas de la revolución

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Sobre la conferencia de John Holloway en Rosario, Argentina

Raúl Abraham

Tristemente, con la apatía de los vencidos, culmina sus caóticas páginas el libro de moda entre la pequeño-burguesía bienpensante y culposa: ¿"Entonces, como cambiamos el mundo sin tomar el poder"? se pregunta, "Al final del libro como al comienzo, no lo sabemos". Se responde, faltaba más.

Empalagosamente John Holloway abrió su exposición en Rosario: "El capitalismo es una mierda", dijo, y una claque de alegres anticapitalistas lo ovacionó. ¿Qué duda cabe? No por sabido el dicho deja de ser efectivo. Queda bien decirlo, y - sobre todo - no jode a nadie, principalmente a los capitalistas, quienes ocultan pudorosamente los potentes orgasmos que les sobrevienen cuando escuchan las críticas éticas al capitalismo. Nada suena mejor a los oídos del capital que una crítica de este tipo: el capitalismo corrompe, el capitalismo mata, el capitalismo es una mierda. Tamaña acusación resbala sobre las curtidas conciencias de quienes efectivamente corrompen y matan. Los asemeja a una fuerza de la naturaleza, y los empareja con cualquier otra forma de organización social: ciertamente el esclavismo no fue (es) mucho mejor.

Previsiblemente Holloway calló (no por ignorancia, afirmo) que el capitalismo frena el desarrollo de las fuerzas productivas, que expulsa trabajadores, condenándolos ya no a ser separados de su producción, sino lisa y llanamente a retroceder a formas pre- capitalistas de producción, y - last, but not least - que el capitalismo está destruyendo las condiciones materiales de reproducción de la existencia de la humanidad, serruchando la rama en la cual estamos todos alojados: el planeta Tierra.

Posiblemente Holloway descalifique esta forma de presentar las cosas: se sabe, demostrar con el rigor de los números que la irracional forma de producción y apropiación del excedente lleva a la barbarie es muy largo, tedioso, y requiere de complejos estudios en disciplinas áridas como la economía y otras igualmente aburridas. Mucho más rápido y efectista es revelarnos que "El estado no baila, el estado no ríe". Se refería, claro, a que los hombre sí podemos hacerlo. Notable comprobación, solamente tras largos años de estudios en venerables universidades europeas se llega a tales extremos de sabiduría. O tal vez después de escuchar las profundas reflexiones del sub-comandante Marcos, quién convenció a Holloway que "preguntando caminamos". Nada en contra tendríamos que decir a esto. Lamentablemente el docto irlandés, quizás bajo los efectos de una sobredosis de mezcal, escuchó al sub-comandante, pero no miró alrededor. Marcos - cuya producción teórica es, cuanto menos, bastante superficial - opera como el sumo sacerdote de la "nueva revolución", y - como todo sacerdote - intenta salvar almas, aún a costa de la propia. De tal modo que postula el viejo principio del "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago": ¿Qué otra cosa, sino construir un aparato estatal, están haciendo en Chiapas? Con las particularidades que cada situación propone, pero tratando de dar respuesta al par de preguntas fundamentales que debe contestar quién pretenda construir poder, contrapoder, o antipoder: ¿Quién, y cómo, organizará la producción, circulación y distribución de bienes y servicios en una sociedad?

A estas cuestiones el irlandés las ignora, lo que de por sí es malo, o las desprecia, lo cual es peor. Para Holloway todo se reduce a que los revolucionarios del siglo XX - todos - estaban equivocados. Por que perdieron. También alguna inferencia sobre su escala de valores podría hacerse, pero no es el objetivo de esta nota. Es olímpico el desprecio que siente el irlandés por la fuerza descargada por el capitalismo sobre todas las experiencias revolucionarias, sin ocultar sus falencias, Dios nos libre. Para mitigar el dolor que el fracaso de las revoluciones del siglo pasado le produce, Holloway ensaya explicaciones históricas capciosas. No otra cosa es sugerir un posible paralelismo entre las transiciones del feudalismo al capitalismo, y una hipotética construcción del socialismo entre los "intersticios" del modo de producción capitalista. Estas "grietas" del sistema serían así susceptibles de ensancharse, y convertirse en las grandes alamedas, dónde - más temprano que tarde - pasará el hombre nuevo, redimido de las lacras individualistas. ¿Será esta la "vía hollowayniana al socialismo"?

Es ciertamente tierno, suena hasta bucólico: una nueva Arcadia nos espera, en la que yacerá el león junto al cordero. Lamentablemente la experiencia, sin pretensiones de análisis marxista, indica que por lo general el león se come al cordero, y si en algún momento demuestra cierta vacilación es simplemente por que está eligiendo con qué salsa lo va a adobar. Al respecto quizás convendría recordarle a Holloway la fábula del escorpión y la rana: "está en mi naturaleza", dijo el escorpión, mientras se hundía en el río, después de picar al crédulo batracio. Tampoco estaría de más que reflexionen sobre esto ciertos líderes políticos sudamericanos prontos a triunfar en elecciones organizadas por el sistema para encontrar una salida al rendimiento decreciente de la tasa de ganancia.

Tal vez en la imaginación de Holloway subyace una forma de organización social de pequeñas comunidades, autosuficientes, que trocan productos con otras similares en pie de igualdad. La poderosa irradiación de su ejemplo obraría como excitante para que más y más grupos humanos se organicen de esta forma, y al final del proceso nos encontraríamos en un mundo cambiado, sin haber "tomado" el poder. Para Holloway nada ha pasado desde Saint-Simón hasta nuestros días, pero en esto hay que reconocer que no está sin compañias: a fuerza de ser tan pos-modernos algunos filósofos, por lo general franceses, han logrado ser pre-modernos, y a fuerza de discursos herméticos - cuánto más inentendible mejor - la emprenden contra la ciencia y su, por otra parte, solapada ideologización. Rompiendo lanzas contra el neo- positivismo propician el retorno de los brujos. Buena manera de arrojar al bebé junto con el agua sucia.

Muchas cosas oculta, o disfraza, el irlandés devenido chiapaneco. Pero entre ellas ninguna menos disimulable que su toma de postura en el debate "Reforma o revolución". Mientras nos dice que la cuestión ha quedado superada, por que ambas estaban equivocadas, toma partido por la primera. Está en su derecho a hacerlo - qué duda cabe - pero el muy pillo lo escamotea, y se dice revolucionario de nuevo cuño, pero no pasa de ser un triste reformista de segunda, si le concedemos la honestidad, cosa que también es discutible.

No contento con "desmitificar" el saber revolucionario, la emprende Holloway contra el fetichismo del capital, nos recuerda la separación del productor de su producto, la enajenación que supone para el trabajador no dominar los medios de producción, y describe para nosotros la alienación que este forzado divorcio supone para la psique humana: ¡Gracias!

O no tanto, pues las conclusiones que infiere Holloway son perversas: supone que es en los espacios que el modo de producción capitalista deja libres dónde podremos resolver la tensión intrínseca entre la forma de producción - social - y la apropiación del excedente, individual. Si algo nos dejó en claro el iracundo filósofo de Tréveris es la contundencia de sus argumentos, libre de medias tintas: la humanidad tiene la oportunidad de reemplazar un modo de producción irracional y anticientífico por otro en el que la planificación nos evite el bochornoso espectáculo de hambre, guerra, enfermedades y otras lacras evitables, ya que no son fenómenos de la naturaleza, y esto desde el punto de vista científico. Pero esta posibilidad sólo la brinda el colosal desarrollo de las fuerzas productivas que provocó la globalización capitalista iniciada en el siglo XVI. Sólo desde la formidable acumulación de riqueza que el capitalismo produjo se puede pensar en la construcción de un modo de producción racional. ¿O acaso alguien cree que el creador del ejército rojo apostaba al triunfo de la revolución en Alemania por simpatía personal con los espartaquistas? Indudablemente que el capitalismo ha demostrado una capacidad de supervivencia mayor a la esperada en tiempos de Marx, y que experiencias de construcción del socialismo han fracasado. Pues bien: ¡Tanto peor! Será más difícil el camino, y más dulce la recompensa, a despecho de aquellos que no se han recuperado de la conmoción cerebral producida por los trozos de mampostería caídos del muro de Berlín, pero que durante años se negaron a ver que la existencia del muro, y no su caída, era la aberración del pensamiento revolucionario. El capitalismo no caerá por que alguien lo afirme, y menos estas líneas, pero muchísimo menos por que alguien proponga organizar carnavales que reivindiquen el hedonismo.

Nada positivo saldrá del puro voluntarismo, sino del estudio de las condiciones objetivas de la formación económico social que nos ocupe, de la correcta apreciación de la correlación de fuerzas de cada momento, de la fuerza que apliquemos en los eslabones podridos del sistema, y - fundamentalmente - de que podamos federar todas las luchas antisistémicas y apropiarnos de la riqueza que el desarrollo actual de las fuerzas productivas permite generar. Para eso deberán aunar esfuerzos todos los actores sociales involucrados contra el capital, articular las alianzas de clase necesarias, y - críticamente - dictar un programa de organización de la producción y distribución de bienes a toda la sociedad.

Salvo que alguien crea que el capitalismo permitirá que la propiedad de los medios de producción cambie de manos sin lucha, o que la creación de "falansterios" siglo XXI terminará por derrumbar un sistema que corrompe, degrada y mata.

udi414@hotmail.com

 

Raúl Abraham
La Haine, 7 octubre del 2002