John Holloway y el grito del anarquismo no concientizado

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Miguel Urbano Rodrigues
resistir.info

El libro de John Holloway empieza con un grito. En la última página el autor sigue gritando.

Grita en nombre de miles de millones contra el orden injusto que el capitalismo impone a la humanidad.

Parece sincera su convicción de que la protesta, tal como la concibe, será la mejor opción para cambiar la vida en la Tierra.

John Holloway no tiene respuesta para las angustiantes preguntas que formula. Mientras avanza en la oscuridad se interroga. La movilización de los pueblos es tarea dificílisima. Está preocupado porque sin resonancia la protesta, el grito, no funciona. Y él no conoce el camino, aunque se siente de cierta manera reconfortado al saber que «el camino es parte del proceso revolucionario mismo».

John Holloway, cientista político, fue profesor de la universidad de Edimburgo, en Escocia, y actualmente imparte clases en la Universidad Autónoma de Puebla, en México. De repente, su nombre ha adquirido notoriedad en los medios académicos de América Latina y entre algunos movimientos estudiantiles, sobre todo en la Argentina y México.

Ese prestigio relativo nació ante todo del título de su último libro: «Cambiar el mundo sin tomar el poder -el significado de la revolución hoy» [1]

Digo el título porque no creo que sea elevado el número de jóvenes que consigan llegar al final de su lectura con una idea clara sobre los mensajes que el autor pretende transmitir. De ahí el efecto limitado del «grito».

El libro está sembrado de sentencias enigmáticas pero categóricas, como ésta: «la caída de la Unión Soviética no sólo significó la desilusión de millones de personas:

también implicó la liberación del pensamiento revolucionario, la liberación de la identificación entre revolución y conquista del poder» (pág. 41).

De la caída de la URSS, vista por tanto como evento positivo, nacería el «desafío revolucionario del comienzo del siglo XXI: cambiar el mundo sin tomar el poder» (pág. 41).

El levantamiento zapatista en el sudeste de México habría hecho transparente ese desafío.

John Holloway repite, sin embargo, muchas veces a lo largo del libro que no tiene idea de cómo cambiar el mundo, ni intenta esbozar el calendario del cambio. Tiene conciencia de la necesidad urgente del cambio, pero los contornos de la transformación permanecen envueltos en neblina.

Para el lector común con seguridad las dificultades aumentan a partir del capítulo IV:

«fetichismo: el dilema trágico».

Parece útil recordar que el dilema (del griego dilemma) es un razonamiento que incluye dos premisas contradictorias que conducen ambas a una misma conclusión negativa.

Holloway suelta, sin embargo, un alerta: el fetichismo «es el concepto central de este (el suyo) libro». Marx utiliza la palabra para describir la ruptura del «hacer» cuando analiza la alienación. No es el caso de J. Holloway. Para él la fuerza del concepto reside en su referencia «a un horror insostenible: la autonegación del hacer» (pag 76).

A partir de esos párrafos sobre el fetichismo, el discurso, que ya era hermético, adquiere una estructura impenetrable para la aplastante mayoría de los lectores.

LOS DOS HOLLOWAY

John Holloway estudió a Marx, conoce bien su vasta obra, y transparenta intimidad con otros clásicos del marxismo. Pero, aunque condena con vehemencia el vicio de las clasificaciones, no resiste la tentación de dividir el marxismo en diferentes ramas. Personalmente se asume como un marxista «autónomo».

Tal opción facilita el entendimiento de otras igualmente marcadas por juegos de palabras entre la afirmación y la negación, que precipitan al lector en los hilos de una telaraña.

El marxismo, como ideología creadora, es, por vocación, dinámico y no estático, pero el « marxismo autónomo» de Holloway, de hacerse escuela, arrastaría a sus seguidores a un laberinto más enredado que el del Minotauro.

No estamos -subrayo- ante el trabajo de un farsante. La dificultad que encuentro en escribir sobre este insólito ensayo nace precisamente de la contradicción existente entre aquello que en él surge como expresión de seriedad intelectuial y lo que nos empuja hacia el terreno de la insensatez, del verbalismo irresponsable.

En su «Cambiar el mundo sin tomar el poder», John Holloway reunió dos libros que no se funden, a través de los cuales acompañamos a dos autores. La frontera entre ambos presenta rupturas impuestas por el carácter bicéfalo de la obra.

De una joven y talentosa profesora de la UNAM escuché recientemente en La Habana la siguiente opinión sobre Holloway: «El es hoy indudablemente el marxista de más alto nivel que tenemos en México». El elogio expresa bien la fascinación que el profesor de Escocia ejerce sobre un segmento ponderable de la intelligentsia mexicana.

?Cómo explicar el fenómeno? No es fácil. John Holloway es un scholar atípico, pero serio, que estudia mucho y camina por las alamedas del pensamiento citando obras importantes. Hace transparente la misma familiaridad con autores tan diferentes como Marx, Engels, Lenin, Adorno, Horkheimer, Lukacs, Foucalt, Marcuse.

Su posición oscila entre el alejamiento crítico, a veces hostil, y una actitud de casi devoción. Su curriculo académico es respetable.

Admito que la impenetrabilidad de su discurso lo favorece mucho. Sin embargo, no es el Holloway que inventa contradicciones graves entre el pensamiento de Marx y el de Engels (sobre todo en la posición de ambos frente a la ciencia) lo que más me impresiona. Lo que me deja perplejo es el otro Holloway, el del «grito», el predicador que fascina a jóvenes que seguramente no lo entienden.

No me resisto a confesar que pasajes de su texto me han traído a la memoria personajes como Cohn Bendit (el ex rojo hoy verde), Regis Debray y Antonio Conselheiro, el carismático brasileño fundadaor de la ciudad trágica de Canudos. Eso, pese a un ateísmo que lo aleja del místico bahiano, de una preocupación de eticismo que lo separa de un aventurero como el alemán de las barricadas de mayo de 68 y de un guerrillero de opereta como el autor de «Revolución en la Revolución».

John Holloway desconcierta por el contraste entre el hambre permanente de rigor académico y la fantasía casi rocambolesca; entre su voluntad de revolución y la apología retórica e inconsciente de la pasividad en el combate contra las fuerzas de cuya derrota depende el cambio de la vida en la Tierra.

Su incansable vaivén entre temas muy diferentes, rompiendo el flujo de la exposición, saltando de un asunto a otro, me hace recordar libros de George Soros. Tal como el especulador húngaro (el hombre que llevó la libra esterlina a la quiebra) que adora brincar del engranaje del mercado financiero al humanismo filantrópico y la pintura del renacimiento, y de la implosión de la URSS a la filosofía aristotélica -Holloway parece aspirar también a un conocimiento omnisciente, ecuménico. En cada capítulo altera la frecuencia de la transmisión, seducido por el sueño de explicar la totalidad de la vida y su significado.

Su actitud ante la teoría, tal como la contempla y usa, lo empuja, como ya afirmé, hacia un discurso opaco del que son ejemplos los capítulos sobre los fetichismos, «el sujeto crítico revolucionario» y «la realidad material del antipoder».

Defensor de una «reinterpretación autonomista del marxismo», John Holloway no se limita a fulminar con sus anatemas a cuantos atribuyen carácter prioritario a la lucha por el control del Estado, como, en su teorización sobre «fetichismo y fetichización» presenta una vision muy peculiar de la lucha de clases.

«Entender la lucha de clases -escribe- como algo que proviene principalmente de abajo, como lo hace la mayoría de las discusiones marxistas, es realmente poner el mundo de cabeza » (pág. 152).

El grito del antipoder irrumpe como complemento de la teoría. Es en el capítulo final que el autor retoma el tema nuclear del título para explicitar con más claridad que la toma del poder no le parece una etapa imprescindible al advenimiento de una nueva sociedad. La idea de la lucha contra el estado burgues, tal como la encaran los partidos marxistas, resultaría, por lo tanto, de una incomprensión del movimiento de la historia. «La fuerza motora de la crisis -sostiene- es el impulso hacia la libertad, la fuga recíproca del capital y del antitrabajo, la repulsión mutua del capital y de la humanidad. El primer momento de la revolución es puramente negativo» (pág. 294).

Entretanto, ni el primer momento ni el segundo son iluminados por el autor.

El «punto de partida es el grito, el peligroso y con frecuencia bárbaro no».

Combatiendo la suposición de que la militancia revolucionaria es positiva, Holloway sostiene que «La revolución solamente es concebible si comenzamos a partir del supuesto de que ser un revolucionario es un asunto muy común, muy habitual, de que todos somos revolucionarios, aunque en formas muy contradictorias, fetichizadas, reprimidas (...) El grito, el NO, el rechazo que es parte integral del vivir en una sociedad capitalista: ésta es la fuente del movimiento revolucionario» (pág. 303).

El libro termina de manera algo melancólica. Holloway incluye entre los eventos positivos (junto a Seattle, Davos, Praga, etc.) de la antipolítica que señalan el camino hacia cambios revolucionarios, el Mayo de 68, el colpaso de los regímenes de Europa del Este y la rebelión zapatista. En tales eventos identifica desafíos al «fetichismo, festivales de los no subordinados, carnavales de los oprimidos, explosiones del principio del placer, intimaciones del nunc stans» (pág. 308).

Mas, siempre honesto, reconoce no tener respuesta para la pregunta que formula:

«entonces ?cómo cambiamos el mundo sin tomar el poder? Al final del libro, como al comienzo, no lo sabemos. Los leninistas lo saben, o solían saberlo. Nosotros no. El cambio revolucionario es más desesperadamente urgente que nunca, pero ya no sabemos lo que significa revolución» (pág. 308). Y concluye: «Este es un libro que no tiene (todavía) un final feliz».

La confesión es poco estimulante para los admiradores de Holloway.

UN GRITO VIEJO

Pierre Bourdieu --en un ensayo de crítica al vedetismo de ciertos intelectuales progresistas--, definió como deber de los científicos sociales de izquierda la comunicación en lenguaje accesible, a un público tan amplio como sea posible, del conocimiento útil adquirido en su esfuerzo laboratorial de muchos años para comprender e interpretar la realidad que los cerca.

No fue ésa la opcion de John Holloway. No por vanidad, no porque busque lantejuelas, sino por ausencia de puentes entre él y el pueblo, como sujeto de la historia, escribe exclusivamente para segmentos de la intelligentsia. Lo que lo hace entonces adoctrinar? Su libro se inserta en la cadena de un pensamiento que tiene raíces no en el marxismo, sino en corrientes anarquistas.

A pesar del denso contenido ideólogico de sus obras, Marx y Engels sabían encontrar el lenguaje claro y accesible cuando pretendían transmitir mensajes revolucionarios cuya asimilación era indispensable a la formación de la conciencia social del proletariado, al fortalecimiento de su espíritu de clase y de lucha. De ello tenemos una prueba inolvidable en el texto del «Manifiesto Comunista». Informaban, formaban, movilizaban para el combate.

Otra es la opción de autores como John Holloway. Su confusa teorización pseudorrevolucionária es paradigmática de una actitud que contribuye a llevar la confusión a capas de la juventud dispuestas a la participación en la lucha decisiva de la humanidad contra el nuevo imperialismo y la globalizacion capitalista, su complemento.

De todos modos, invita a la reflexion el hecho de que «Cambiar el mundo sin tomar el poder» pasó a ser tema de polémicas en la Argentina y en México. El grito de Holloway no es original, como nos lo recordó Octavio Rodríguez de Araujo, profesor de la UNAM.

En ese grito estridente identifico el retomar, con barniz del siglo XXI, de la gritería de los anarquistas de Bakunin y otros en la época de la I Internacional, tan lúcidamente combatido y desenmascarado por Marx.

El profesor de Escocia posiblemente no tenga conciencia del papel que cumple. Pero el hecho de no percibir el efecto principal de su mensaje no elimina su significacion real.

Traducción: Marla Muñoz


[1] Todas las citas de este artículo fueron extraídas de la traducción argentina del original inglés, «Cambiar el mundo sin tomar el poder -el significado de la revolucion hoy», 2ª edición, 320 páginas, editora Revista Herramienta, Buenos Aires, y Universidad Autónoma de Puebla, México, Octubre de 2002.