Comentarios sobre Cambiar el mundo

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Autor(es): Méndez, Andrés

Méndez, AndrésMéndez, Andrés. Fallecido en enero de 2010. Magister en periodismo. Fue uno de lo miembros fundadores de la Revista Herramienta y de la Editora Herramienta. Integrante de Economistas de Izquierda (EDI), periodista y militante del PST (Partido Socialista de los Trabajadores) en la década del setenta, luego del MAS, (Movimiento al Socialismo); corriente de la cual se alejó en el año 2002. A lo largo de treinta años, ha sido redactor y editor de varias publicaciones partidarias y ha trabajado en medios periodísticos diversos. Trabajó en el diario Página 12, y fue colaborador de la revista Todo es Historia. Es coautor de los libros La tragedia chilena (1974) y Un siglo de luchas (1988). Traductor del francés del libro Las finanzas capitalistas. Para comprender la crisis mundial, de Suzanne de Brunhoff, François Chesnais, Gérard Duménil, Michel Husson, Dominique Lévy, Herramienta, 2009. Para más referencias, ver nota homenaje en Revista Herramienta N°43 y Herramienta web N°4.


Estimado John:

Aunque tenga una apariencia un poco ritual, me parece importante empezar estas líneas con un reconocimiento de la importancia de tu trabajo y de la audacia con que planteás los problemas más agudos de la revolución en este período. Algunas de las objeciones que se hacen a tus ideas son, más que un producto de una reflexión seria, hijas del dogmatismo y la superficialidad. Otras, como las de mi amigo Romero, son valiosas y fundadas. Lamentablemente, las de Aufheben no he tenido tiempo de leerlas con atención. Parecen interesantes, pero la prudencia me aconseja reservar el juicio hasta que pueda hacerlo.

Si el siglo XIX fue el del auge del socialismo (entendiendo por tal al conjunto de sus corrientes), el siglo XX fue el de sus fracasos. Esto no quita ninguna validez a la necesidad imperiosa y, para usar tu propia expresión, urgencia de cambiar el mundo, puesto que la supervivencia del capitalismo constituye una amenaza para la civilización, la humanidad y la propia naturaleza. Decía Lenin que la derrota es una buena escuela para cualquier ejército. Examinar cuidadosamente las causas de nuestros fracasos puede ser el mejor punto de partida para preparar el triunfo de la lucha anticapitalista. Y en este sentido, valoro tu trabajo como un aporte importante.

Paso ahora a las objeciones, aclarando que creo que los capítulos IV y V de tu libro merecen una mayor reflexión, por lo que no entraré a un análisis detallado de su contenido.

Mi primera objeción es a tu concepción de la dialéctica, como pura negatividad. Es muy diferente de la de Marx (naturalmente, esto no es un argumento, sino una constatación de hecho), para quien la negatividad es un aspecto de un proceso que es tanto supresión de lo negado, como su conservación y superación (aufhebung). Así lo indican, entre muchos otros textos, la fuerte reivindicación que el Manifiesto Comunista hace del papel histórico del capitalismo, así como los varios pasajes de la Introducción General de 1857 en que Marx señala la continuidad a través de la evolución histórica de algunas categorías de la producción. La noción de que el curso de la historia sigue una línea de continuidad-discontinuidad, en la que todo lo que que es suprimido es también conservado, bajo una nueva forma, en lo nuevo, tiene mucha mayor potencia explicativa y es mucho más rica conceptualmente que la de la pura negatividad.

Ciertamente, Marx no era infalible, pero sus errores no parecen atribuibles a esta noción de aufhebung. Por ejemplo, su interpretación de las monarquías absolutas como primera forma de Estado burgués parece especialmente débil, ha dado lugar a décadas de polémicas y creo que fue justamente corregida por Perry Anderson. Pero, en todo caso, el error no estuvo en la correcta apreciación de que el nuevo modo de producción conservaba al que suprimía, sino en la determinación concreta del momento en que uno reemplazó al otro.

La noción de aufhebung diferencia la crítica marxista del capitalismo de la mera denuncia de los males de éste. Ya en el Manifiesto, Marx y Engels desestimaron el que llamaban “socialismo feudal”, que se oponía al capitalismo, no para superarlo, sino para retroceder a un estadio anterior y supuestamente más feliz (y para el caso daba lo mismo que hubiera sido realmente más feliz, puesto que era irrecuperable). Encuentro alguna similitud con ciertas corrientes del movimiento antiglobalización, que no se proponen ir más allá del capitalismo, sino más acá, en la imposible búsqueda de la autarquía nacional (o regional, o local) y de formas de producción perimidas.

Otro punto que me parece importante dilucidar es tu denuncia del concepto. Por cierto que no comparto la identificación del concepto con el capitalismo. Es mucho más antiguo y, en todo caso, podría vincularse con la sociedad de clases en general. Pero esta es, en todo caso, una cuestión menor. Más importante es que, como vos mismo reconocés, el concepto es indispensable para el pensar. Utilizado con las debidas precauciones, desde luego, pero en definitiva debe ser utilizado.

Más interesante es la identificación que hacés del concepto con lo hecho. Efectivamente, así como lo hecho es la cristalización del hacer humano, el concepto es la congelación de un momento del fluir constante de la realidad. Por lo mismo, la dialéctica concepto-realidad tiene su correlato en la dialéctica lo hecho-el hacer. En toda sociedad de explotación, lo hecho (el trabajo muerto) subsume al hacer (el trabajo vivo), porque lo hecho pertenece a los no trabajadores y les permite apropiarse del hacer. Pero lo hecho no es exclusivo de las sociedades de clase ni es por sí mismo un instrumento de explotación. En la Introducción General de 1857, Marx afirma que el capital está presente en todo acto de producción, “aunque sólo sea la habilidad contenida en la mano del salvaje”.

Es más, sólo mediante lo hecho (la piedra o el palo usado como herramienta, conservado y perfeccionado), las diferentes especies de los géneros australopithecus y homo se destacaron del resto del reino animal y la humanidad llegó a ser humana. El hacer y lo hecho, uno y otro, no solamente hicieron cosas, sino hicieron a la humanidad.

Lo hecho es tan inevitable e indispensable como el concepto (que no es otra cosa que la herramienta y el acto de usarla internalizados, verbalizados y pensados). La recuperación de lo hecho para los trabajadores productores es lo que permitirá restablecer en un nivel superior la dinámica “lo hecho-el hacer”, liberado de la explotación y la opresión. Parafraseando a Marx, poner fin a la prehistoria humana y empezar la verdadera historia.

Otra cuestión que me parece objetable es la de la concepción del tiempo. En el debate en la Facultad de Medicina, lo ejemplificaste con una anécdota sobre la expresión de un zapatista, cuando los delegados del Gobierno se quejaron de que la aprobación de los puntos acordados tuviera que pasar por un proceso de discusión de dos meses. Según tu relato, el zapatista respondió: “sus tiempos no son los mismos que los nuestros”. Temo que tu aproximación al problema es culturalista. La noción del tiempo de pueblos diversos, desde luego, tiene relación con su mundo cultural. Pero sus raíces están en la índole y las formas de su actividad productiva.

Los pueblos agrícolas no miden el tiempo en horas y minutos sino en estaciones. Pero esto no indica que no tengan sentido de la urgencia. Cuando llega el tiempo de la cosecha, se debe cosechar en ese momento, porque si no, las mazorcas se pudren, caen al suelo y se vuelven inservibles. En otras palabras, la comunidad se muere de hambre.

Otro ejemplo. Cuando el Ejército invadió Chiapas y los zapatistas se replegaron para evitar el enfrentamiento, seguramente no deliberaron durante dos meses para decidir si se iban y hacia dónde. Si su noción del tiempo hubiera sido tan vaga y, digamos, “sin tiempo”, el choque armado hubiera sido inevitable.

Las sociedades basadas en la industria requieren un manejo diferente del tiempo. Para presentarlo de una manera muy sencilla: si los medios de transporte circularan con tiempos medidos en estaciones, más valdría suprimirlos y caminar. Pero esta solución, sin duda sana, destruiría toda la cadena productiva y haría imposibles muchas cosas. Entre ellas, tu viaje para presentar el libro entre nosotros.

En mi opinión, la respuesta del zapatista en la regocijante anécdota que nos contaste no respondió a una especial noción del tiempo, sino a precisos cálculos políticos: la necesidad de que el conjunto de las comunidades discutieran y aprobaran los acuerdos, lo que requería tiempo, y una astuta manera de señalar al Gobierno que la urgencia era toda suya y que el tiempo jugaba a favor de los zapatistas (que esto fuera así o no es secundario; señalarlo ofrecía una ventaja en las negociaciones).

Un punto en el que tengo un fuerte desacuerdo es el de la violencia. En primer lugar, no me parece útil encarar esa cuestión desde un punto de vista puramente ético. La violencia es un factor presente en la vida humana desde los tiempos más remotos y, si se aspira a erradicarla por razones éticas o, incluso más importantes y justificadas, de mera supervivencia de la humanidad, se deben desarraigar sus causas. Pero esto puede exigir y seguramente exigirá el empleo de la violencia. Sería preferible, desde luego, que se pudiera lograr la destrucción del sistema capitalista con un mínimo de violencia. Sin embargo, esto dependerá más de la resistencia que opongan los explotadores y sus Estados que de nuestras intenciones.

Es verdad que el poder no se encuentra concentrado en un punto, sino que es una red que se extiende por toda la sociedad. Es verdad que el poder es una relación social que requiere de la acción de los sometidos para reconstituirse constantemente. Pero no es menos cierto que el poder se dota de cuerpos especiales y de instrumentos materiales que no pueden ser simplemente ignorados. No hay un Monte Aventino, al cual puedan retirarse las víctimas de la explotación capitalista.

El ejemplo que diste sobre los zapatistas, que se replegaron a la selva para evitar la confrontación con el Ejército, no es una ley de validez universal, para decirlo en términos kantianos. Pudo ser útil para comunidades con una agricultura de subsistencia y un amplio terreno selvático a sus espaldas para eludir el choque. Pero es inaplicable para la gran mayoría de la población mundial, que es urbana, así como para la mayor parte de las zonas rurales del planeta. ¿Adónde irían los rebeldes? Y, suponiendo que tuvieran ese adónde, ¿de qué vivirían?

Por lo demás, es cierto que el Estado mexicano no se propuso aplastar militarmente a los zapatistas debido a la presión nacional e internacional. Pero es igualmente cierto que no lo hizo porque los zapatistas dejaron claro, en las palabras y en los hechos, que no se proponían derrocar al Estado. Por lo menos, no en plazos que resultaran insoportables para la clase dominante. Siempre es más fácil ignorar los peligros, cuando se refieren a un futuro lejano e incierto.

Un dicho de los zapatistas que citás con frecuencia es “preguntando caminamos”. Está muy bien. Para caminar es sabio preguntar, si uno no tiene la soberbia de creer que conoce todos los caminos y todos los puntos de llegada. Pero también es indispensable responder, aunque las respuestas siempre serán provisorias y aproximativas. Acá volvemos a la dialéctica: una respuesta sin pregunta no es respuesta, es una afirmación dogmática. Una pregunta sin respuesta no es pregunta, es un enigma. La dupla pregunta-respuesta es una unidad contradictoria e inseparable. Lo que convierte a un desconocimiento en pregunta es la posibilidad de una respuesta, por parcial y provisoria que sea. Lo que convierte a una afirmación en respuesta es que se refiera a una pregunta. Caminar preguntando, si no se va construyendo alguna idea de adónde y por dónde se va, es vagar sin rumbo ni destino.

Para finalizar este texto ya demasiado largo y no abusar de tu paciencia, paso al último punto que pretendo presentarte ahora.

Los intentos de cambiar el mundo tomando el poder, aún los inicialmente exitosos, terminaron en fracasos. Es verdad. Pero los intentos de cambiar el mundo sin tomar el poder también fracasaron. La autoorganización y autodeterminación de los trabajadores no es una novedad del siglo XXI. A fines del XIX y comienzos del XX, se desarrollaron con tanta o, en realidad, mucha mayor fuerza que ahora cooperativas, bolsas de trabajo, mutuales, cajas de retiro, clubes, bibliotecas, centros culturales, etc. Todos ellos fueron absorbidos por el capitalismo o desaparecieron o se esterilizaron en tanto que parte de un movimiento revolucionario. El argumento del fracaso “leninista” o socialdemócrata no tiene valor, porque es sólo parte de un fracaso más amplio, que abarca a los anarquistas, sindicalistas, cooperativistas y otras corrientes del movimiento obrero.

Por otra parte, el movimiento zapatista, ¿qué ha logrado en casi nueve años? Por supuesto, han logrado cosas: que el Estado se meta menos en su vida comunal y que les respete (siempre parcial y provisoriamente) su vida en su territorio, que ni siquiera es todo el estado de Chiapas. Pero el Estado mexicano, ¿está más cerca de la desaparición, se ha hecho una carga más liviana para el resto de los mexicanos? Nada de eso. Los zapatistas han logrado muy pocas cosas para ellos y nada para los demás (y esto último mantiene siempre al borde de la desaparición a las pocas cosas que lograron). Nueve años no es poco. Tal vez no alcance para definir rotundamente que esa experiencia fracasó, pero sí para indicar que no hay síntomas de que, por ahora, esté avanzando hacia la disolución del Estado (en Chiapas, en México o en cualquier otro lugar del mundo).

Debemos asumir la necesidad de construir relaciones de poder para enfrentar y destruir al poder capitalista, con todos los recaudos para que ese poder esté estrechamente ligado a la autoorganización de los explotados y oprimidos. Cuanto más rápido se pueda quebrar la resistencia de los explotadores (y no olvidemos que ese objetivo tiene un alcance mundial), más rápidamente se podrá desmontar ese poder-sobre transitorio y evitar las nefastas consecuencias que hemos sufrido en los últimos 85 años.

¿Podemos desechar ese camino por la dolorosa experiencia de sus fracasos pasados? En todo caso, la alternativa no está en el otro camino, también recorrido y también fracasado. Precisamente porque ni el capital ni el poder son cosas, precisamente porque son relaciones que se rearman a cada momento, es enorme su poder corruptor sobre las organizaciones hostiles que surgen en su seno. Este problema no se resuelve con buena voluntad ni con buenas intenciones. Como escribió el Marx joven, “la crítica de las armas debe reemplazar a las armas de la crítica; a una fuerza material debe oponerse otra fuerza material”. Otro problema, el nuestro, el de nuestro tiempo, es construir los mecanismos de autoorganización que sean capaces de controlar y, llegado el momento, desmontar esa fuerza material cuando ya haya dejado de ser necesaria. Lo que supone ir desmontándola en forma permanente.

29/10/2002


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