Comentarios al libro de John Holloway

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Cambiar el mundo sin tomar el poder
(Comentarios al libro de John Holloway)

Carlos Figueroa Ibarra

Estamos hoy celebrando en el centro de trabajo de John Holloway, la edición de su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder. Y digo que estamos celebrando la edición aquí, en nuestro Instituto, en la casa de John, porque entiendo que ha habido y habrán otras presentaciones  del libro: en Buenos Aires, en Rosario, en la ciudad de México.

El libro de John Holloway es el fruto de una larga e intensa investigación que recorre críticamente las cumbres  más notables del pensamiento marxista. Debo decir desde ahora que nuestro Instituto, nuestro posgrado de Sociología, se honra de contar entre sus miembros a un teórico que se encuentra en la primera línea del debate marxista contemporáneo. John es  un ejemplo magnífico del intelectual creador: su erudición y capacidad sólo están a la altura de su modestia. Ciertamente no tiene la enfermedad profesional que Max Weber advirtió  en los académicos universitarios: la egolatría. En los viajes que por motivos académicos he podido hacer este año a América del Sur, he notado al darme a la tarea de difundir la revista de nuestro posgrado, Bajo el Volcán, que ésta genera mucho interés, no solo por su contenido, sino también porque el nombre de John Holloway está asociado a ella.

Empezando por Marx mismo, su fuente esencial de inspiración, John Holloway revisa al marxismo. Esta revisión crítica incluye a Engels,  Bernstein, Kautsky, Lenin, Rosa Luxemburgo, Pannekoek, Gramsci, Luckacs, Horkheimer, Adorno, Marcuse, Tronti, Negri,  y muchos  más. Es el libro de John, una extraordinaria síntesis teórica y una nueva propuesta. Una nueva propuesta que rompe  con el marxismo de la I, II y III internacional. Que rompe con buena parte del marxismo  de los siglos XIX y XX como pensamiento teórico y planteamiento político. Y esta ruptura empieza por el mismo Marx, quien con su teoría del fetichismo es el sustento teórico esencial del libro que hoy comentamos, pero con quien también Holloway se distancia al asentar contundentemente que no se puede cambiar el mundo por medio del Estado. La revolución que propone John en su libro está más allá del poder, está más allá del Estado.

Lo novedoso  del libro de John lo dice el mismo título que tiene una poderosa convocatoria, y también controversia:  cambiar el mundo sin tomar el poder.  Hay que comenzar diciendo que  el libro anuncia su valor desde la primera parte de su título: cambiar el mundo.  Atreverse a hacer una propuesta de revolución, de enorme sustento teórico, tiene un gran mérito político sobre todo en el contexto actual. Y por ello John Holloway se convierte en un teórico del optimismo o de la esperanza para todos aquellos que deploramos  las infamias e injusticias del mundo en que vivimos.

A diferencia de lo que sucedió durante la mayor parte del siglo XX, cuando la actualidad de la revolución era indiscutible, vivimos el avasallador empuje del neoliberalismo que aspira a convertirse en el pensamiento único. Incluso muchos de los antaño militantes devotos de la izquierda pregonan en la teoría los paradigmas dominantes:  la necesaria articulación entre la democracia representativa y la economía de mercado.  El sistema nos reitera a través del Estado,  medios de comunicación, líderes de opinión, fuerzas políticas,  que es imposible e innecesario cambiar al mundo. Lo que todo el sistema  nos repite una y otra vez es que estamos  en una situación  en que el mundo ya cambió lo que tenía que cambiar y que por tanto, ya no se puede cambiar al mundo. La formulación de Fukuyama sobre el fin de la historia es solamente la versión más descarnada y menos elaborada, de  un planteamiento que es hoy el dominante en el mundo de la academia y de la política.

En este contexto  John Holloway  escribe un libro y en él nos plantea que el mundo sí se puede cambiar y que se puede cambiar porque somos nosotros, la enorme mayoría de la especie humana, la que lo ha creado. El planteamiento eje del pensamiento de Marx, la teoría del fetichismo –no en balde Irving Zeitlin nos ha dicho que la sociología de Marx es la sociología de la alienación- es recuperado por John.  Así como Feuerbach formuló que los dioses no creaban a los hombres sino los hombres creaban a los dioses y luego los subyugaban, así como Marx planteó que detrás del carácter misterioso y mágico de la mercancía, del dinero y del capital, no había nada de misterioso y mágico, sino básicamente relaciones sociales y el ser humano como ente creador, de la misma manera, John Holloway  dice que la realidad que nos rodea, el mundo, es esencialmente falso pues que está fetichizado.

Esto quiere decir que mercancía, dinero, capital, Estado sólo son formas enajenadas de nuestro propio quehacer. Son transfiguraciones, a través de  un acto de expropiación, del “poder de nosotros”, que John llama “poder hacer”,  en una forma fetichizada, el “poder de ellos”, al cual denomina “poder sobre”.  La enajenación estriba en que nosotros no nos reconocemos en  nuestras propias criaturas, creamos a los dioses y luego  estamos convencidos que los dioses nos crean  y que les debemos todo lo que somos, cuando  la verdad de lo que sucede es absolutamente inversa. El desmantelamiento del mundo fetichizado que vivimos debe partir pues, de una implacable crítica de la religión, no en el sentido de las infamias que se han cometido en su nombre, sino sustancialmente en la dirección de la desenajenación, en asumir que no existen dioses ajenos a nosotros mismos, que nosotros somos nuestros propios dioses, que el sol del ser humano es el propio ser humano.

Pero “la crítica del cielo” acaso no sea la más importante. Acaso sea más urgente la “critica de la tierra” y a través de ella,  el desmantelamiento de los dioses terrenales: la mercancía, el dinero, el  capital y el Estado. Esto es posible advirtiendo que en estas formas, en apariencia avasalladoramente poderosas, existe una fragilidad insospechada. La que les da el continuo conflicto  entre “el poder hacer” y “el poder sobre”, entre “el hacer” y “lo hecho”, entre el sujeto y el objeto, entre nuestra capacidad de crear y la cristalización  de dicha capacidad, en formas que nos oprimen. Las mercancías  nos agobian, el dinero nos arruina o arregla la vida, el capital nos subyuga, el Estado nos oprime, todas estas formas nos manejan como polichinelas cuando nosotros  mismos les dimos y les damos constantemente vida.

Mercancía, dinero, capital y Estado no existirían sin nosotros. He aquí pues las enormes posibilidades  que siempre hemos tenido para cambiar el mundo. He aquí la razón fundamental por la cual la revolución, el tránsito hacia el reino de la libertad, es una posibilidad real. Si nosotros creamos  a estas formas que nos gobiernan a través de actos continuos de violencia, también nosotros podemos destruirlas. En este pasaje John expresa su distanciamiento pleno del marxismo de la II internacional (Bernstein, Kautsky, Bebel) para el cual  las contradicciones objetivas del capitalismo serían suficientes para inaugurar la nueva época comunista de la sociedad. Para John Holloway el marxismo postula que en el principio es el grito, la negación del mundo fetichizado. El marxismo es esencialmente negatividad.

Pero también Holloway se distancia críticamente de Rosa Luxemburgo y de la III Internacional (básicamente Lenin). Lenin y Rosa Luxemburgo criticaron ferozmente la pasividad de la II Internacional y enfatizaron el papel decisivo del sujeto revolucionario. Como lo dijo Lenin en alguno de sus escritos: “el viejo régimen no caerá si no se le hace caer”. Pero aun así nos dice Holloway, ni siquiera ese énfasis  en el papel de la subjetividad revolucionaria los salvó de hacer una separación entre sujeto y objeto. Finalmente, Luxemburgo y Lenin coincidieron que objetividad y subjetividad corrían por carriles paralelos. La revolución decía Lenin, es la conjunción de las condiciones objetivas y subjetivas. Para Holloway tal separación  o paralelismo  no existe, la objetividad encierra a la subjetividad y la objetividad no es más subjetividad enajenada.  

El libro de Holloway no es de fácil lectura. Varios de sus pasajes son densos y requieren de relecturas para captarlos en toda su profundidad. Para empezar el lector  tiene que estar familiarizado con El Capital  para poder entender los desarrollos que de ese texto parten y que se plasman el planteamiento de Cambiar el mundo sin tomar el poder. Un primer problema  sobre el cual el libro amerita  más de una lectura es el del sujeto crítico revolucionario. Esto es, la subjetividad social que se encargará de la desfetichización, a partir de la cual la revolución pasará de ser una posibilidad a ser una realidad. Ese sujeto crítico revolucionario somos “nosotros”. ¿Pero quienes somos nosotros? Holloway nos responde que  nosotros somos todos.

O casi todos. 

Todos, menos  la ínfima parte de la humanidad que se acuartela  detrás de lo “hecho”, que es producto del hacer de la mayoría de la humanidad. Esa ínfima parte de la humanidad que ejerce “el poder sobre”, el cual existe porque nos han  expropiado “el poder hacer”. Esta subjetividad enajenada no solamente existe en la esfera de la producción, sino también en la de la circulación. La explotación no la sufren solamente los obreros productivos, sino todos los que ejercemos creatividad del más diverso orden, no solamente productiva sino también intelectual, creatividad que no es enajenada y que sirve para la reproducción ampliada del orden capitalista. Por lo anterior,   la clase trabajadora, “todos nosotros”, no somos héroes o heroínas, finalmente nuestra subjetividad es una subjetividad enajenada, una subjetividad dañada. Pero esta mutilación no lleva a Holloway a hacer una separación entre los enajenados y desenajenados que han ensayado otros autores marxistas. John deplora que Luckacs   haga del partido comunista  el trozo  de  la población oprimida que se salva de la alineación, igualmente critica  el que Horkheimer y Adorno adjudiquen a los intelectuales tal privilegiada condición o que Marcuse haga lo mismo con los marginales que no han sido unidimensionalizados.  Le parece equivocado y de consecuencias estratégicamente autoritarias que Lenin haya postulado que la conciencia revolucionaria tendría que llegar desde afuera de la clase obrera, a través de un partido altamente selectivo de revolucionarios profesionales. Asimismo,  John Holloway crítica la noción de intelectual orgánico de Gramsci porque  tiene la misma factura del leninismo.

Lo que no queda claro en el libro de Holloway, o al menos no me queda claro a mí, es cómo el “nosotros” pasará a ser  encarnación de una subjetividad  que niegue la negación  que a su vez  ha sufrido a través de la  fetichización.  Una vez descartada la forma partido y cualquier otra fórmula que implique la división entre los que se libran de la enajenación y los que no lo hacen, No me queda claro cómo la inmensa mayoría de la humanidad transitará hacia la desalienación y con ello el antipoder se desplegará a plenitud. Cómo  los rebeldes que no son héroes o heroínas, sino los comunes, podrán transitar a un estadio en el que la rebeldía será lo común.

Ciertamente John advierte  síntomas de esa negación de la negación  en el amor que podemos sentir  en nuestros semejantes, en las relaciones de cooperación que podemos tener con ellos, en el respeto a su dignidad. Acaso a todo lo anterior se haya referido John Holloway,  cuando le oí decir en alguno de los eventos académicos de nuestro posgrado, que todos llevábamos un micro comunista adentro. Pero también llevamos otras identidades dentro de nosotros (uso la palabra a sabiendas que a John no le gusta):  somos capaces de ser felices mientras en la esquina más próxima un niño o una niña se pinta la cara y pide limosna, o traga y escupe fuego, o vive en las alcantarillas y se destruye el cerebro  con  tinner o pegamento. O sea, que somos y no somos la negación de nuestra negación.

Sin embargo, el nosotros, la mayor parte de la humanidad, es bastante más diferenciado de la simple esquizofrenia que John postula entre el simultáneo ser y no ser parte de la negación de la fetichización.

El nosotros incluyó a las masas enardecidas que destruyeron casas y negocios de judíos en la noche de los cristales rotos en Alemania, incluyó e incluye a los miles de integrantes del Ku Klux Klan en Estados Unidos de América,  a los cientos de miles de israelíes que apoyan la solución final de Ariel Sharon frente al pueblo palestino,  a los miles de paramilitares que ferozmente liquidan a la población civil en Colombia, así como a los miles de insurgentes de las FARC que efectúan atentados terroristas en los que muere población civil; incluye a los cientos de miles de blancos que fueron  la base social del apartheid  en Sudáfrica; a los amplios sectores de población dispuestos a apoyar  a  los nacientes autoritarismos de masas en Guatemala y nuevamente en Colombia; a los cientos de miles de personas que piden la pena de muerte por considerar que es la solución para contener la delincuencia rampante en las ciudades latinoamericanas; incluye a millones de personas que siguen pensando que el capitalismo es el reino de las oportunidades y que la zanahoria que tienen enfrente  las encarna.

¿Cómo se trasladarán  esos sectores  importantes de la humanidad, cómo nos trasladaremos todos, de la aceptación de la subyugación  que nos imponen  los dioses terrenales a  un momento en que asumiremos que  todos nosotros somos nuestros propios dioses? 

Acaso John nos diga que lo vivimos haciendo a cada rato: tirando el reloj contra la pared cuando suena para despertarnos  para iniciar una nueva jornada de alienación, haciendo tortuguismo  y ausentismo en nuestros trabajos,  haciendo huelgas, migrando hacia donde podemos vivir mejor, luchando por vivienda, por salud, por mejores condiciones de trabajo, luchando contra la guerra y contra el poder nuclear. Pero obviamente esto se ha hecho durante muchos años y solamente han provocado al decir de la tendencia autonomista del marxismo, las nuevas formas de  acumulación,  o como John lo dice, las fugas hacia adelante del capital y las luchas para imponer la articulación  contra la desarticulación. Desarticulación que provoca el antipoder que las luchas anteriormente mencionadas  han provocado.

Pero por lo visto hasta hoy, a pesar de todas estas formas de resistencia,  la articulación permanente se ha impuesto a la desarticulación permanente.

Para John Holloway el antídoto del “poder sobre” no es el contrapoder. El contrapoder simplemente reproduce en el espejo las formas fetichizadas y alienantes del “poder sobre”.  La verdadera antítesis del “poder sobre” es el antipoder. Ese antipoder que es ubicuo porque esta presente en todos nosotros, que es el motor del poder (el poder encierra al antipoder), y finalmente que tiene el sartén por el mango porque el capital depende de manera absoluta del trabajo alienado. Toda esta reflexión está íntimamente entrelazada con el planteamiento de que el significado de la revolución hoy, es  no luchar por el poder ni luchar  por insertarse en el Estado.

Más allá del poder, más allá del Estado nos dice John Holloway.

No puedo negar  que el planteamiento de John resulta atractivo para todos los que odiamos este mundo lleno de infamias e injusticias. Para todos aquellos que aceptamos la utopía, como lo dijera en algún momento Adolfo Sánchez Vázquez,  simplemente como lo que no es posible hoy en día pero que puede ser posible  en  algún momento en el futuro.

Lo que yo me pregunto  es si estos planteamientos generales, casi podría decir abstractos, resuelven problemas urgentes y de grandes repercusiones  en el sufrimiento humano contemporáneo. Acaso me muevo en un nivel de concreción en el que no se encuentra el razonamiento de Holloway. Aquí al lado, en Guatemala, un genocida, Efraín Ríos Montt,  ha armado un partido político y se presta a finalizar su asalto al poder político en el proceso electoral del 2003,  asentado en una alianza de capital mafioso, militares violadores de derechos humanos y el uso clientelista de cientos de miles de ex patrulleros  de autodefensa civil, el masivo dispositivo contrainsurgente que sembró el terror  en las áreas rurales durante los ochenta. ¿Rechazamos luchar electoralmente contra este hecho inmediato y nos avocamos exclusivamente a construir el antipoder? En Colombia el nuevo gobierno le está apostando a una solución militar al conflicto interno, y probablemente  esté gestando un autoritarismo de masas, a través de la organización de una red de un millón de informantes que piensa usar en contra de las guerrillas. Las consecuencias políticas de estos planes son predeciblemente funestas. ¿La lucha contra estos planes  se debe dar solamente en el espacio de la movilización de gente en las calles o también en cada uno de los intersticios del Estado? La abstención electoral en Francia es una parte esencial en el  repunte significativo de la ultra derecha  en las penúltimas elecciones celebradas en ese país. ¿No habría sido mejor frenar electoralmente a la ultraderecha en la primera ronda electoral y no  correr apresuradamente a la segunda vuelta para votar por la derecha en contra de la ultraderecha? Hoy Bush está haciendo uso del espacio de legitimidad que le otorgan las elecciones de la semana pasada para lanzar una guerra infame contra Irak. ¿No habríamos tenido una mejor situación si una fuerza electoral le hubiera atado las manos   complementando con ello a las manifestaciones antibélicas que movilizaron a un millón de personas en Europa el pasado fin de semana?

Se le ha acusado a John de haber influido en un posible candidato presidencial de la izquierda en Argentina a que abandonara la lucha electoral y se dedicara a cultivar el antipoder. Creo que la acusación es descabellada. Elsa Carrió podría haber leído  el libro de John y muy probablemente  de todas maneras habría lanzado en Argentina su candidatura presidencial. No me imagino a Lula diciendo “que siempre no quiere” la presidencia de el Brasil porque ya leyó el libro que nos ocupa hoy. Y me parece que la gestión de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal ha cambiado la vida de mucha gente. Para empezar los más de 300 mil adultos mayores que han recuperado parte de la dignidad que el neoliberalismo  les ha negado. También los miles de jóvenes a los cuales se les había negado la educación media y superior y que hoy asisten a las preparatorias y la Universidad de la Ciudad de México. Hoy algunos  están participando en campeonatos  de destreza en ciertas ramas de conocimiento.  No son los cambios radicales que están sustentados de manera brillante por John en su libro, pero pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte de cientos de miles de personas.

Por lo demás, no veo como necesariamente excluyentes de los procesos electorales, las luchas desde abajo que sin plantearse la conquista del poder, cambian el mundo de manera significativa. No puedo decir nada todavía de la ejemplar lucha  en contra del nuevo aeropuerto para la ciudad de México de los pobladores de San Salvador Atenco. Acaso es demasiado pronto. Pero los habitantes de Tepoztlán  resistieron exitosamente la construcción de un campo de golf que les hubiera destrozado la vida. Su movimiento  tuvo espacio en el poder municipal a través del PRD que sirvió como vehículo continuador de esa lucha.  Un líder del movimiento cocalero, Evo Morales, obtuvo el 21% de los votos en las últimas elecciones presidenciales en Bolivia. Un militar  ilustrado, Lucio Gutiérrez, conocido por sus alianzas con el importante movimiento indígena  ecuatoriano, encabezó la primera ronda de las elecciones presidenciales en el Ecuador. El arribo y la permanencia en la presidencia de Venezuela de Hugo Chávez, es inexplicable sin el poderoso movimiento social que arrancó desde la rebelión de febrero de 1989. Y el triunfo electoral del PT en el Brasil, no es ajeno a la lucha de las miles de comunidades eclesiales de base, de las luchas de los obreros metalúrgicos y de la significativa lucha del Movimiento de los Sin Tierra.

En sentido contrario, el abstencionismo que en un momento propició el EZLN en las regiones de su influencia en Chiapas, provocó el retorno del PRI a ciertos espacios de poder municipal. La ausencia de una fuerza electoral de izquierda en la Argentina, hizo que el peronismo al volver  a ejercer el gobierno, capitalizara la crisis desatada con motivo de la gran rebelión de fines de 2001. Hoy Menen  ha vuelto a gravitar en el escenario político del país.

El libro de John Holloway es sumamente rico en los problemas que plantea como para que en el espacio del que dispongo pudieran abordarse todos ellos. El problema de las identidades, de los nacionalismos son algunos de ellos. No creo que la resistencia cubana ante el imperialismo estadounidense se sienta contenta con dichos planteamientos. La crítica de la democracia es otro más. El horizonte de John no es la democracia, sino la libertad. Pero me pregunto si el espacio de luchas sociales a las cuales él se refiere como ejemplos en su libro, serían posibles  en otros espacios que no fueran los  de las precarias y parciales democracias políticas que hoy estamos viviendo. No han sido Irak, Arabia Saudita o China los centros de la resistencia globalifóbica.  Por lo menos hasta este momento.

Pese a las diferencias de enfoque que he presentado el día de hoy, no puedo sino sentirme complacido,  de que un colega de nuestro Instituto haya escrito un libro tan importante. El libro de John probablemente sea la elevación a los niveles más altos de la teoría, del planteamiento zapatista en México. Planteamiento que ya no es exclusivo de ellos. Me contaba el editor del libro de John en Argentina, que integrantes de las asambleas barriales han juntado dinero para adquirir entre varios una copia de Cambiar el mundo sin tomar el poder y compartir  su lectura. Esto lleva al libro de John Holloway  no solamente a expresar en la teoría lo que ya es una fuerza material para decirlo en palabras de Marx, sino también a recorrer el camino inverso: a la posibilidad de convertirse en fuerza material. El desprestigio de la política y de los políticos, la crisis de la democracia procedimental, probablemente sean factores que le dan a Cambiar el mundo sin tomar el poder, un encanto y una convocatoria que lo llevará a ser un hito en el debate de la izquierda en el mundo actual.

Carlos Figueroa Ibarra
Puebla, Pue., 11 de noviembre de 2002.