¡No a las leyes falocráticas y racistas que discriminan a las mujeres!

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No a las leyes falocráticas y racistas que discriminan a las mujeres!

                                                                                                    

Autora: Ndeye Andújar

Profesora, activista y feminista musulmana.

Blog personal: http://ndeyeandujar.wordpress.com/amuje

 

Desde que, hace unas semanas, se hiciera efectiva la ley que prohíbe taparse el rostro en el espacio público en Francia, me han llovido las consultas de los periodistas. Me hubiera gustado que el interés suscitado fuera el mismo, o incluso mayor, cuando se trata de otros temas que afectan realmente a las mujeres: la discriminación laboral, el racismo, los obstáculos para que ejerzan una participación política activa, el aumento de la pobreza, etc. Pero parece ser que las ansias de liberar a las pobres musulmanas se basan en criterios sumamente selectivos.

Durante estos días he participado en encendidos debates en las redes sociales con otras feministas sobre el mal llamado burka. He creído conveniente escribir este artículo ante la postura de muchas feministas no musulmanas que se han alineado con las tesis de la ultraderecha, haciendo oídos sordos sobre la manipulación a la que están siendo sometidas y sobre cómo están validando de esa manera los discursos fascistas en lugar de luchar contra ellos.

Llevo 10 años trabajando en Francia como profesora de secundaria. Soy musulmana y feminista, y por eso mismo no puedo aplaudir la aplicación de unas medidas injustas y sexistas.

 

De la ley contra los signos religiosos en la escuela al burka maldito

El debate actual sobre la vestimenta de las mujeres musulmanas se inscribe dentro de un proceso de desvelamiento progresivo. En 2004 se aprobó la ley que prohíbe los signos ostensibles en la escuela en nombre de la laicidad à la française.

La comisión Stasi, encargada de decidir sobre la viabilidad de elaborar una propuesta de ley, decidió proteger supuestamente a las chicas a las que los malos malísimos hombres musulmanes les obligaban a ponerse el hiyab. Se suponía que con esa medida encontrarían un espacio de libertad en el que podrían mostrar su cabello al viento y, aunque fuera durante unas horas al día, se sentirían por fin liberadas. Eso sí, todo ello sin preguntárselo a las primeras interesadas.

Hablaron los sociólogos, los filósofos, los periodistas, los políticos, los activistas, los líderes musulmanes, pero a ellas ni siquiera se les concedió el derecho a expresarse. No cabe duda de que esa indiferencia por parte del establishment fue percibida por la comunidad musulmana como un eco colonial: “¿desde cuándo las indígenas saben lo que es bueno para ellas?”

Pero los líderes musulmanes tampoco se quedaron cortos. Como suele pasar en toda dedocracia, decidieron acatar la ley como signo de vasallaje, a cambio de mantener sus puestos como dirigentes. ¡Cuatro chiquillas no iban a hacer que peligraran sus privilegios!

Algunas chicas intentaron expresar su malestar, intentaron denunciar la manipulación que sufrían pero no encontraron ninguna tribuna que quisiera escucharlas. Se les cerraron todas las puertas: las de la escuela y las de su país. La película de Jérôme Host, Un racisme à peine voilé en el que se recogían diferentes testimonios sobre los efectos negativos de la ley contra el hiyab, fue censurada, ninguneada por la prensa mainstream.

Para romper esa omertá laicista, Malika Latrèche, Ismahane Chouder y Pierre Tévanian, miembros de Une école pour toutes decidieron entrevistar a algunas chicas en su libro Les filles voilées parlent.

La ley se adoptó, se expulsó a algunas chicas que sacrificaron los años de estudio más importantes de sus vidas, los que en teoría les habrían permitido acceder al mundo laboral. El uso del hiyab aumentó fuera de las aulas. Mis antiguas alumnas que nunca se habían preocupado por su musulmanidad ahora se ponían un pañuelo en la cabeza a la salida del instituto para gritar: “¡No en nuestro nombre!”

Pasaron los años y seguí impartiendo clases en un instituto de secundaria en la región de París. Un día una profesora salió de su clase escandalizada porque uno de sus alumnos llevaba una cruz muy grande colgada al cuello y “eso era inadmisible”. Los demás profesores la apoyaron. Yo les pregunté que por qué pensaban que los alumnos no podían expresar libremente su religión. Me contestaron todos al unísono: “¡porque la ley lo prohíbe!” “Claro está -les dije- debemos respetar la ley, pero eso no significa que todos estemos de acuerdo con su contenido. Me interesa saber por qué la defendéis”. Entonces una profesora me respondió que la libertad de expresión tenía ciertos límites. ¿O acaso íbamos a permitir que hubiera discursos antisemitas o nazis en las clases? Me quedé con la boca abierta. ¡Por arte de magia las religiones habían pasado a ser igual de ofensivas que el antisemitismo y el nazismo! ¿Qué había pasado con la supuesta preocupación por las pobres niñas de las barriadas a las que los malos malísimos hombres musulmanes habían obligado a ponerse el hiyab?

En 2009 la cruzada desveladora siguió adelante. Esta vez no se iba a permitir que las mujeres llevaran la cara cubierta en el espacio público. Los argumentos que se utilizaron fueron principalmente que el burka (sí, esa vestimenta afgana que nadie ha visto en Europa) era un símbolo de opresión. Varias musulmanas laicas apoyaron esta tesis como la asociación Ni putas Ni Sumisas (igualmente instigadoras de la ley de 2004) y la feminista Wassyla Tamzali, entre otras. El debate produjo el efecto contrario al deseado: algunas mujeres musulmanas decidieron ponerse el niqab.

Esa preocupación (y obsesión) por liberar a las pobres musulmanas atrapadas en una cárcel de tela (la misma que se utilizó en las guerras neocons) contrasta con la opinión pública que siente rechazo y animadversión hacia esas mujeres: “la libertad tiene ciertos límites, “que se vuelvan a su país”, “son quintacolumnistas del fundamentalismo”. Son comentarios que todos hemos podido escuchar. Desgraciadamente, hay muy pocas muestras de solidaridad, de empatía o de defensa de las mujeres con niqab, ni siquiera en un sentido paternalista, ni siquiera en ambientes feministas. El colmo de la desfachatez fue cuando leí que una mujer estaba a favor de esta ley porque ¡como eran mujeres maltratadas, los gastos de sus tratamientos en el hospital los teníamos que pagar todos los contribuyentes!

¿Cómo se explica que algunas personas sientan odio en lugar de defender a las supuestas víctimas? ¿Cómo es posible que ante lo que se supone que es una injusticia se las trate de manera injusta?

La respuesta la podemos encontrar en la construcción de la otredad. Si conseguimos deshumanizar al otro, barbarizarlo, no podremos sentir empatía alguna ya que no son como nosotros, son otros, son subhumanos. El propio concepto de ‘otredad’ supone un problema porque quien tiene el poder para crear categorías que clasifican a las personas, se sitúa en una posición de superioridad. Esto le permite decidir quién es el dominador y quien es el dominado, quién puede nombrar y quién es nombrado. Se arroga el derecho a estar en todas las categorías, en todos los espacios, mientras que el otro no tiene derecho a existir.

¿Leyes falocráticas y racistas para defender a las mujeres?

La aprobación de estas leyes poco tiene que ver con la defensa de los derechos de las mujeres. Tanto la de 2004 como la actual han pasado a llamarse popularmente la ley contra el velo y la ley contra el niqab, respectivamente. En lugar de ser leyes a favor de las mujeres. La connotación negativa es importante a la hora de percibir el problema. Vamos a ver cuáles son los cinco argumentos que se han utilizado para defender la aprobación de una ley contra el niqab.

  • Primer argumento: los signos religiosos no son bienvenidos

Este argumento no se tiene en pie. Si el niqab fuera un signo religioso entonces todos los signos religiosos deberían estar prohibidos en el espacio público: las kippas, las cruces, el hiyab, el velo de las monjas, las sotanas de los curas etc. De hecho se vulneraría un derecho fundamental: el de la libertad religiosa.

  • Segundo argumento: es un símbolo de la opresión de las mujeres

Aceptemos que se trate de una vestimenta que oprime a las mujeres. ¿Por qué el movimiento feminista no ha aprovechado la ocasión para abrir un debate más allá del niqab? ¿No oprime también a las mujeres el ser esclavas de una imagen de eternas jóvenes, que deben seducir a los hombres? ¿Por qué nunca se debate sobre las vestimentas de los hombres? Es sintomático que la ley no haya surgido desde un debate consensuado de las diferentes corrientes feministas y en cambio haya sido impulsado por el gobierno francés. Si aceptamos que las motivaciones por las que las mujeres se visten con tal o cual prenda son diversas (culturales, estéticas, políticas, religiosas). ¿Por qué no podemos aplicar esos mismos criterios diversos al niqab? Desde una perspectiva feminista es impropio defender una visión esencialista de las prendas. Esta siempre debería ser laica.

  • Tercer argumento: el rechazo a identificarse

La cuestión de la identificación va más allá de las vestimentas de algunas mujeres. Cualquier persona debería poder ser identificada en lugares concretos: los edificios públicos, el banco, el hospital, etc. Pero eso no implica que se tenga que hacer de forma permanente en todos los espacios. De hecho la ley ya ha establecido una serie de excepciones: si se trata de una vestimenta laboral, si es una expresión tradicional o artística o si la persona debe cubrirse por cuestiones de salud (por ejemplo? con una mascarilla).

  • Cuarto argumento: es una barrera comunicativa

En ese sentido, cualquier vestimenta que cubra la cara puede suponer una barrera a la hora de comunicarse con los demás. Pero todo dependerá de la actitud de la persona (en principio los pasamontañas y bufandas en invierno nunca han supuesto un problema comunicativo), y también es importante cómo son percibidas estas personas por sus interlocutores.

  • Quinto argumento: no es una vestimenta de aquí

Sorprende hasta qué punto la amnesia histórica hace mella en nuestras mentes. Tenemos múltiples ejemplos de mujeres que se cubrían el rostro hasta hace relativamente poco en España: las cobijadas de Vejer de la Frontera [1], las penitentes de Semana Santa. ¿Esto no forma parte de nuestra tradición?

Manipulación política y alianzas inesperadas

A pesar de que los propios musulmanes insisten en que cubrirse la cara no es ningún imperativo islámico, tanto los políticos como los medios de comunicación refuerzan esa dimensión religiosa inexistente. ¡Parece que hoy en día todo el mundo es especialista en teología! La insistencia tiene como objetivo evitar la normalización del islam en Europa. Cuanto más bárbaro se presente ante la opinión pública, más rechazo provocará y de esta manera se podrá salvaguardar una patria “única e indivisible”, o lo que es lo mismo, la defensa de una sociedad monolítica, impermeable e intransigente ante cualquier expresión de la diversidad.

Esta crítica no intenta justificar cualquier expresión cultural a toda costa, no se trata del trillado relativismo cultural sino de denunciar una agenda política interesada, de la criminalización de un colectivo que no defiende el niqab y de la apropiación de un pseudodiscurso feminista por parte de la ultraderecha.

Muchas feministas han caído en la trampa al creerse que hay un dilema entre la lucha antiracista y la lucha antisexista. Cuando en realidad se trata de la misma lucha: la no dominación de un grupo (sexual, religioso, social, étnico) sobre otro

Hay sectores del feminismo crítico con el feminismo de Estado a los que se les está silenciando expresamente. Son feministas lúcidas que no se han creído que ¡de repente todos los politicos se hayan vuelto feministas! De hecho los sectores feministas anticapitalistas han denunciado esta manipulación.

Con la aprobación de estas leyes los políticos matan a unos cuantos pájaros de un tiro:

  • Crean una fractura mayor entre los diferentes feminismos
  • Neutralizan las reivindicaciones feministas al darles algunas migajas
  • Distraen la atención sobre el fracaso de las políticas sociales
  • Contentan a un sector cada vez más conservador sobre temáticas típicamente ultraderechistas
  • Restituyen una imagen positiva como libertadores de mujeres ante la vergüenza por la complicidad con las tiranías árabes

Aumento del racismo: la cohesión social en peligro

El pasado martes 12 de abril, la Comisión Nacional Consultiva de los derechos Humanos (CNCDH) publicó el XX Informe anual sobre el racismo en Francia. Según el mismo, el aumento del racismo tiene que ver con el contexto actual. Las actitudes racistas y xenófobas “siguen teniendo una relación directa con las preocupaciones socioeconómicas”. Aunque también apunta la responsabilidad de los “numerosos debates, anuncios y cuestionamientos sobre la identidad nacional, la pérdida de la nacionalidad, la prohibición del burka o la situación de los gitanos en Francia”.

Tal y como muestra el informe, el aumento del racismo y la xenofobia no son simples daños colaterales frente a unas leyes justas y necesarias, sino que son las consecuencias directas de unas leyes discriminatorias, diseñadas para invisibilizar y demonizar a las minorías. Del fracaso de las políticas sociales destinadas a beneficiar a los más ricos. De la imposición de una visión reductora y deformada de la laicidad, entendida como un fundamentalismo laico, alérgico a cualquier expresión que salga fuera de ese marco impuesto desde arriba.

Los derrapes son cada vez más frecuentes: las mujeres con hiyab (ya ni mencionamos el niqab) no pueden trabajar. Muchas madres con hiyab están teniendo problemas para poder ir a buscar a sus hijos a la escuela o para participar en actividades extraescolares. Los casos de agresión verbal y física a mujeres con hiyab y niqab han aumentado considerablemente e incluso en un instituto han amonestado a unas alumnas ¡por llevar unas faldas demasiado largas! ¿Por qué no oímos a las feministas sublevarse ante tantos atropellos? ¿No formaba parte de las prioridades del feminismo acabar con los sufrimientos de las mujeres?

Pedagogía en lugar de coerción

Las leyes, las medidas coercitivas, deben aplicarse cuando todo lo demás ha fallado. Debería ser el último intento cuando todas las mediaciones y planes educativos son ineficaces. Y eso es lo que a mí me choca más de esta ley. ¿Por qué se multa a las mujeres a las que supuestamente se las obliga a cubrirse? Para evitarlo se recluirán en sus casas con lo cual no tendrán ningún contacto con la sociedad. En caso de que tengan hijos la situación se complica aún más: no podrán participar en ninguna actividad exterior con ellos. ¿Qué imagen van a tener de una sociedad que no acepta que sus mamás salgan a la calle? ¿Qué les dirán a sus compañeros de clase a la salida de la escuela? ¿No nos arriesgamos a perpetuar la desconfianza mutua de las futuras generaciones?

¡Qué lejos queda aquel “prohibido prohibir”! Deberíamos avergonzarnos de nuestro nuevo lema: “¡Prohibido el hiyab, el niqab, los minaretes, las mezquitas, los rezos! ¡Fuera los musulmanes, los gitanos, los pobres, los inmigrantes, los hijos de nadie, los hijos de nada!”

Yo no quiero que proliferen los estados totalitarios en Europa. Esperemos que la mayoría de europeos tampoco.

 [1] El pintor Francisco Prieto Santos pintó un lienzo donde se muestra la cobijada de Vejer, que desde agosto de 2008 forma parte de la colección del Museo de Cádiz.

Diversidad Sexualres/ http://ndeyeandujar.wordpress.com/2011/04/28/%C2%A1no