«Género» para un diccionario marxista: La política sexual de una palabra.

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 «Género» para un diccionario marxista: La política sexual de una palabra

Por Donna J. Haraway*

Extraído de www.cholonautas.edu.pe / Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales

 
En 1983, Nora Räthzel, del colectivo femenino autónomo del diario marxista independiente de la antigua Alemania Occidental Das Argument, me escribió pidiéndome que escribiese una «entrada» para un nuevo diccionario marxista. Un grupo editorial de Das Argument había iniciado un ambicioso proyecto para traducir al alemán el Dictionnaire Critique du Marxisme (Labica et Benussen, 1985) y para preparar asimismo un suplemento separado alemán que tratase de los nuevos movimientos sociales que no habían sido tratados en la edición francesa1. Esos movimientos han dado lugar a una revolución internacional en la teoría social durante los últimos veinte años, produciendo además (y siendo en parte producidos por) revoluciones en el lenguaje político. Tal como lo expresaba Räthzel, «Nosotras, es decir, las mujeres del grupo editorial, vamos a sugerir algunas palabras que faltan y queremos que otras sean escritas de nuevo, porque las mujeres no aparecen donde debieran» (comunicación personal, 2 de diciembre de 1983). Esta amable frase identificaba un importante terreno de la lucha feminista: la canonización del lenguaje, de la política y de las narrativas históricas en las prácticas editoriales, incluyendo a las obras de referencia.
«Las mujeres no aparecen donde debieran». Las ambigüedades de la frase eran poderosas y tentadoras. Aquí tenía yo la oportunidad de participar en la producción de un texto de referencia. Me pedían hasta cinco folios mecanografiados sobre sexo / género. Sin pensarlo dos veces, acepté.
Existía un problema inmediato: soy anglófona, con conocimientos someros de alemán, francés y español. Estas renqueantes habilidades lingüísticas reflejan mi situación política en un mundo social distorsionado por los proyectos hegemónicos de los Estados Unidos y la culpable ignorancia de sus ciudadanos, especialmente los blancos. El inglés, sobre todo el de los Estados Unidos, hace la distinción entre sexo y género, la cual ha costado sudor y lágrimas en muchos terrenos sociales, tal como se verá en las páginas que siguen. El alemán tiene una sola palabra, Geschlecht, que no significa lo mismo que las inglesas sex (sexo) o gender (género). Más aun, el proyecto del diccionario de traducir las entradas de contribuyentes extranjeros al alemán, proponía dar cada una de las palabras en alemán, chino (caracteres chinos y occidentales), inglés, francés, ruso (sólo en caracteres occidentales) y español. Las historias mezcladas del marxismo y del imperialismo amenazaban con ser grandes en la lista. Cada palabra heredaría tales historias.
Al menos yo sabía que lo que estaba pasando con sex y con gender en inglés no era lo mismo que lo que estaba ocurriendo con género, con genre y con Geschlecht. Las historias específicas del movimiento femenino en las enormes áreas globales donde esas lenguas formaban parte de las luchas políticas eran la razón principal de las diferencias. Los viejos gramáticos hegemónicos -incluyendo a los sexólogos- habían perdido el control del género y de sus gemelos proliferantes. Ni Europa ni América del Norte podían empezar a disciplinar el destino que sus lenguajes imperializantes alcanzarían en el siglo XX. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo abordar el problema del sexo/género en ruso o en chino. De manera progresiva fui viendo con claridad que tampoco tenía las ideas muy claras sobre cómo hacerlo en inglés, en los Estados Unidos y, mucho menos, en el mundo anglófono. Existen tantos ingleses sólo en mi país, que de repente todos ellos me parecieron alemán al afrontar estos cinco folios para un diccionario marxista alemán que se estaba separando de su padre francés con vistas a ocuparse de nuevos movimientos sociales. Mi inglés estaba marcado por la raza, la generación y el género (!), la región, la clase social, la educación y la historia política. ¿Cómo iba a ser este inglés la matriz necesaria para el sexo / género en general? ¿Existía, incluso de palabra, algo parecido a sexo / género en general? Estaba claro que no. Estos no eran problemas nuevos para contribuyentes de diccionarios, sino, pensé, una patata políticamente caliente. Pero el tiempo pasa y se acercaba el momento de entregar mi trabajo. Ya era hora de sacar la pluma y escribir. Después de todo, a finales del siglo XX todos estamos literalmente inmersos escribiendo tecnologías. Esto forma parte de la implosión del género en el sexo y en el lenguaje, en la biología y en la sintaxis, favorecido por la tecnociencia occidental.
En 1985 me animé un poco al saber que lo que pretendía el grupo editorial era una entrada a propósito del sistema del sexo / género. Era un respiro. Existía un lugar textual para la primera utilización del término: el impresionante ensayo que Gayle Rubin escribió cuando era estudiante de graduación en la Universidad de Michigan (1975), «The traffic in women: notes on the political economy of sex» [El tráfico en las mujeres: notas para la economía política del sexo]. Yo podría rastrear el destino del «sistema del sexo / género» en la explosión de la escritura feminista marxista y socialista debida a Rubin, lo cual me consolaba. Primeramente, los editores querían que cada «palabra clave» fuese situada en relación con el corpus de Marx y Engels, hubiesen o no usado éstos la palabra. Supongo que Marx habría sonreído al ver avanzar el cursor en la pantalla del ordenador. En segundo lugar, aquellas que adoptaron la fórmula de Rubin lo hicieron debido a muchas causas, incluidos los intereses políticos y académicos. Las feministas socialistas blancas de los Estados Unidos habían escrito la mayoría de las publicaciones necesarias para rastrear el «sistema de sexo / género» en su sentido menos amplio. Este hecho era un problema complejo en sí mismo, no una solución. La mayoría de la teoría feminista más provocativa de los últimos veinte años ha insistido en los lazos que unen el sexo y la raza de una manera que problematizaba los dolores de parto del sistema de sexo / género dentro de un discurso centrado, sobre todo, en el entrelazamiento del género con la clase2. Salvo por las buenas intenciones, las declaraciones de las autoras y las puntuaciones en los prefacios, la teoría feminista raramente ha incluido juntos, analíticamente, a la raza, al sexo / género y a la clase. Además, las feministas tienen tantas razones para hablar de un sistema de raza / género como de sexo / género, y requieren diferentes estrategias analíticas. Pero, ¿qué pasa con la clase? La evidencia apunta hacia la necesidad de una teoría de la «diferencia» cuyos paradigmas, geometría y lógica rompan los pares binarios, la dialéctica y los modelos sobre naturaleza / cultura de la clase que sean, pues en caso contrario los tríos se reducirán siempre a dúos, que a su vez se convertirán rápidamente en uno, solitario en la vanguare aprende a contar hasta cuatro. Todo esto es políticamente importante.
También, incluso si Marx y Engels -o Gayle Rubin- no se adentraron en la sexología, en la medicina o en la biología en sus discusiones sobre el sexo / género de la cuestión femenina, yo sabía que tendría que hacerlo. Al mismo tiempo, estaba claro que las otras grandes corrientes de la moderna escritura feminista sobre el sexo, la sexualidad y el género se enlazaban constantemente con la más modesta interpretación de mi encargo. La mayoría de ellas, quizás, sobre todo, las corrientes literarias y psicoanalíticas feministas francesas y británicas, no aparecen en mi definición de Geschlecht que, en general, se centra en los escritos de las feministas estadounidenses, lo cual no es un escándalo trivial3.
Por lo tanto, lo que sigue muestra los saltos constantes de continuas reconstrucciones durante seis años. Las separaciones y los bordes mal acabados, así como la forma genérica de una definición de enciclopedia, deberían llamar la atención sobre los procesos de modelización convencionales y políticos. Probablemente los pasajes más ligeros son los más reveladores, pues simplemente cubren un terreno muy discutido. Quizás yo sólo necesitaba una lección concreta sobre lo problemática que debe ser cualquier definición, pero sospecho que mis hermanas y otras camaradas también a veces han tendido a creer que miraban en una obra de referencia, en vez de recordar que esta forma de escribir es un proceso más de habitar mundos posibles, como tanteo, con esperanza, de manera polivocal y finita. Al terminar, mi definición excedía los cinco folios y la «patata» había sido pelada. El cuerpo se había convertido en texto y el instrumento de la inscripción no era un cuchillo, sino un ratón de ordenador. Los nuevos genitales de la escritura le proporcionarán al analista sus metáforas mientras el sistema de sexo / género se metamorfosea en otros mundos de diferencia cargada de poder.
 
Palabra Clave: Género
Gender (inglés), Geschlecht (alemán),
Genre (francés), Género (español)
[La raíz de las palabras inglesa, francesa y española es el verbo latino generare, engendrar, y el prefijo latino genero, raza o clase. Una significación anticuada en inglés de «to gender» es «to copulate» -copular- (Oxford English Dictionary). Los sustantivos «Geschlecht», «gender», «genre» y «género» se refieren a la noción de surtido, especie y clase. En inglés, «gender» ha sido utilizado en su sentido «genérico» continuamente al menos desde el siglo XIV. En francés, alemán, español e inglés, estas palabras se refieren a categorías gramaticales y literarias. Las modernas palabras inglesa y alemana, «gender» y «Geschlecht», se refieren de manera muy íntima a conceptos de sexo, sexualidad, diferencia sexual, generación, engendrar, etc., mientras las francesa y española parecen no hacerlo de manera tan evidente. Palabras cercanas a «gender» se hallan implicadas en conceptos de parentesco, raza, taxonomía biológica, lenguaje y nacionalidad. El sustantivo «Geschlecht» posee significados de sexo, linaje, raza y familia, mientras que el adjetivo «geschlechtlich» significa sexual como genérico en su traducción inglesa. La palabra «gender» se halla en el eje de las construcciones y de las clasificaciones de los sistemas de diferencia. La compleja diferenciación y la unión de los términos de «sex» y de «gender» forman parte de la historia política de ambas palabras. En inglés, de manera progresiva durante el siglo XX, los significados médicos relacionados con «sex» se acumulan en «gender». Todos los significados médicos, zoológicos, gramáticos y literarios han sido contestados por los feminismos modernos. Los significados categóricos sexuales y raciales de género apuntan hacia las entrelazadas historias modernas de opresiones coloniales, racistas y sexuales en los sistemas de producción y de inscripción corporal y hacia sus consecuentes discursos liberatorio y opositivo. La dificultad para acomodar las opresiones raciales y sexuales en las teorías marxistas sobre la clase es paralela en la historia de las propias palabras. Estos antecedentes son esenciales para comprender las resonancias del concepto teórico del «sistema de sexo / género» construido por las feministas anglófonas occidentales en los años setenta4. En todas sus versiones, las teorías feministas sobre el género tratan de articular la especificidad de la opresión de las mujeres en el contexto de culturas que distinguen entre sexo y género. Esta distinción depende de un sistema relacionado de significados agrupados en torno a una familia de pares binarios: naturaleza / cultura, naturaleza / historia, natural / humano, recurso / producto. Esta interdependencia en un terreno político-filosófico occidental clave de oposiciones binarias -ya se entienda éste desde los puntos de vista funcional, dialéctico, estructural o psicoanalítico- problematiza los intentos de aplicabilidad universal de los conceptos en torno al sexo y al género; este tema forma parte del debate actual sobre la importancia cultural de las versiones euroestadounidenses de la teoría feminista (Strathem, 1988). El valor de una categoría analítica no queda necesariamente anulado por la conciencia crítica de su especificidad histórica y sus límites culturales. Pero los conceptos feministas de género plantean de forma aguda los problemas de comparación cultural, de traducción lingüística y de solidaridad política.]
Historia
Articulación del área del problema en los escritos de Marx y Engels. En sentido crítico y político, el concepto de género fue articulado y progresivamente contestado y teorizado, en el contexto de los años posteriores a la segunda guerra mundial, por los movimientos de liberación de la mujer. El moderno concepto feminista de género no se halla en Marx y Engels, aunque los escritos de éstos, y los de otros en la tradición marxista, han proporcionado herramientas importantes, así como barreras, para la posterior politización y teorización del género. A pesar de sus importantes diferencias, todos los significados feministas modernos de género parten de Simone de Beauvoir y de su afirmación de que «una no nace mujer» (de Beauvoir, 1949; 1952, pág. 249) y de las condiciones sociales posteriores a la segunda guerra mundial que han permitido las construcciones de mujeres como un sujeto-en-proceso colectivo histórico. Género es un concepto desarrollado para contestar la naturalización de la diferencia sexual en múltiples terrenos de lucha. La teoría y la práctica feministas en torno al género tratan de explicar y de cambiar los sistemas históricos de diferencia sexual, en los que «los hombres» y «las mujeres» están constituidos y situados socialmente en relaciones de jerarquía y de antagonismo. Puesto que el concepto de género se halla relacionado de manera tan íntima con la distinción occidental entre naturaleza y sociedad o naturaleza e historia, a través de la distinción entre sexo y género, la relación de las teorías feministas sobre el género con el marxismo está ligada al destino de los conceptos de naturaleza y trabajo en el canon marxista y, de manera más amplia, en la filosofía occidental.
Los enfoques tradicionales marxistas no condujeron a un concepto político de género por dos importantes razones: primero, las mujeres, así como las gentes «tribales», existían de manera inestable en los límites de lo natural y de lo social en los escritos de Marx y Engels, de forma que sus esfuerzos para dar testimonio de la posición subordinada de las mujeres fueron estorbados por la categoría de la división natural sexual del trabajo, basada en una heterosexualidad natural aceptada como tal; y segundo, Marx y Engels teorizaron la relación con la propiedad económica como el origen de la opresión de las mujeres en el matrimonio, de tal forma que la subordinación de las mujeres podía ser examinada en términos de relaciones capitalistas de clase, pero no en términos de una política sexual específica entre hombres y mujeres. La clásica localización de este argumento es The Origins of the Family, Private Property and the State [Los orígenes de la familia, Propiedad privada y Estado] de Engels (1884), en donde la prioridad analítica de la familia como una formación mediadora entre las clases y el Estado «subsume cualquier consideración separada de la división de los sexos como una división antagónica» (Coward, 1983, pág. 160)5. A pesar de su insistencia en la variabilidad histórica de las formas familiares y de la importancia del tema de la subordinación de las mujeres, Marx y Engels no podían historizar el sexo y el género desde una posición de heterosexualidad natural.
La ideología alemana (Primera parte, Tesis sobre Feuerbach) es el lugar más importante para la naturalización que hacen Marx y Engels de la división sexual del trabajo, en su aceptación de una división presocial del trabajo en el acto sexual (coito heterosexual) y de sus supuestos corolarios naturales en las actividades reproductoras de hombres y mujeres en la familia, y para la incapacidad consecuente de situar a las mujeres en sus relaciones con los hombres ambiguamente al lado de la historia y de lo totalmente social. En The Economics and Philosophic Manuscripts of 1844 [Los manuscritos económicos y filosóficos de 1844], Marx se refiere a la relación del hombre con la mujer como «la relación más natural del ser humano con el ser humano» (Marx, 1964b, pág. 134). Esta afirmación persiste en el primer volumen del Capital (Marx, 1964a, pág. 351). Esta incapacidad total para historiar el trabajo de la mujer resulta paradójica en vista del propósito de La ideología alemana y de obras subsiguientes para situar a la familia centralmente en la historia como el sitio de donde surgen las divisiones sociales. La dificultad inicial era una incapacidad para historizar el sexo; al igual que la naturaleza, el sexo funcionaba analíticamente como una materia prima para el trabajo de la historia. Basándose en la investigación de Marx sobre la escritura etnográfica (1972), en Origins [Orígenes] (1884), Engels sistematizó la visión de Marx sobre las transiciones relacionadas de familia, formas de propiedad, organización de la división del trabajo y Estado. Engels casi estableció una base para teorizar las opresiones específicas de la mujer en su breve disertación de que un análisis completamente materialista de la producción y de la reproducción de la vida inmediata revela un carácter doble: la producción de los medios de existencia y «la producción de los seres humanos mismos» (1884; 1972, pág. 71). Una exploración de este último carácter ha sido el punto de partida de muchas feministas marxistas euroestadounidenses en sus teorías sobre la división sexual-genérica del trabajo6.
La «cuestión femenina» fue ampliamente debatida en muchos partidos marxistas europeos a finales del siglo XIX y a principios del XX. En el contexto del Partido socialdemócrata alemán se escribió el segundo tratamiento marxista más influyente sobre la posición de las mujeres: Woman under Socialism [La mujer bajo el socialismo] de August Bebel (1883; orig. Women in the Past, Present and Future [Las mujeres en el pasado, el presente y el futuro] 1878). Alexandra Kollontai se basó en Bebel para sus luchas por la emancipación femenina en Rusia y en la Unión Soviética y, dentro de la socialdemocracia alemana, Clara Zetkin, una líder del Movimiento femenino de la Internacional socialista, desarrolló la postura de Bebel en su trabajo de 1889 «The Question of Women Workers and Women at the Present Time» [La cuestión de las trabajadoras y de las mujeres en el presente]7.
Problemática actual
El paradigma de la identidad del género. La historia de las nuevas formulaciones políticas del género por parte de las feministas occidentales posteriores a 1960 deberá pasar a través de la construcción de significados y de tecnologías del sexo y del género en las ciencias biológicas normalizadoras, liberales, intervencionistas y terapéuticas, empíricas y funcionalistas, sobre todo en los Estados Unidos, incluyendo a la psicología, al psicoanálisis, a la medicina, a la biología y a la sociología. El género estaba situado firmemente en una problemática individualista dentro de la amplia «incitación al discurso» (Foucault, 1976) sobre la sexualidad característico de la sociedad burguesa, controlada por el hombre y racista. Los conceptos y tecnologías de la «identidad del género» fueron formados con varios componentes: una lectura instintualista de Freud; el énfasis en la somática sexual y en la psicopatología por parte de los grandes sexólogos del siglo XIX (Krafft-Ebing, Havelock Ellis) y de sus seguidores; el continuo desarrollo de la endocrinología bioquímica y fisiológica a partir de los años veinte; la psicobiología de las diferencias de sexo surgidas de la psicología comparativa; las hipótesis múltiples sobre el dimorfismo sexual hormonal, cromosómico y neural convergentes en los años cincuenta; y las primeras cirugías de cambio de sexo alrededor de 1960 (Liden, 1981). La política feminista de la «segunda ola» en torno al «determinismo biológico» frente al «construccionismo social» y la biopolítica de las diferencias del sexo / género tienen lugar dentro de campos discursivos preestructurados por el paradigma de la identidad del género cristalizado en los cincuenta y sesenta. El paradigma de la identidad del género era una versión funcionalista y una versión esencializante de la frase de Simone de Beauvoir «una no nace mujer». De forma significativa, la construcción de lo que podría pasar por una mujer (o un hombre) se convirtió en un problema para los funcionalistas burgueses y los existencialistas prefeministas en el mismo periodo histórico posbélico en el que las bases sociales de las vidas de las mujeres en un sistema mundial capitalista y dominado por el hombre estaba siendo reformuladas.
En 1958 fue establecido el Gender Identity Research Project [Proyecto de investigación sobre la identidad genérica] en el centro médico de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), para el estudio de intersexuales y de transexuales. El trabajo del psicopatólogo Robert Stoller (1968, 1976) discutió y generalizó los hallazgos del proyecto. Stoller (1964) introdujo el término «identidad genérica» en el Congreso Psicoanalítico Internacional de Estocolmo en 1963. Formuló el concepto de identidad genérica dentro del entramado de la distinción entre biología y cultura, de tal manera que el sexo fue relacionado con la biología (hormonas, genes, sistema nervioso, morfología) y el género con la cultura (psicología, sociología). El producto de la cultura incidiendo en la biología era la persona acabada y generizada: un hombre o una mujer. A principios de los cincuenta, el psicoendocrinólogo John Money, últimamente en la base institucional de la Gender Identity Clinic [Clínica de identidad genérica] en la Facultad de Medicina John Hopkins (establecida en 1965), con su colega Anke Ehrhardt, desarrolló y popularizó la versión interactiva del paradigma de la identidad genérica, en el que la mezcla funcionalista de causas biológicas y sociales crearon el espacio para una minada de programas terapéuticos y de investigación sobre las «diferencias de sexo/género», incluyendo a la cirugía, a las pautas de comportamiento, a los servicios sociales, etc. Man and Woman, Boy and Girl [Hombre y mujer, niño y niña] de Money y Ehrhardt (1972) se convirtió en libro de texto ampliamente utilizado en las universidades.
La versión de la distinción entre naturaleza y cultura en el paradigma de la identidad genérica, formaba parte de una amplia reformulación liberal de la vida y de las ciencias sociales en el despojamiento de las interpretaciones del racismo biológico anterior a la guerra, presente en las élites occidentales gobernantes y profesionales tras la segunda guerra mundial. Estas reformulaciones no lograron interrogar a la historia político-social de las categorías binarias como naturaleza / cultura y sexo / género en el discurso colonialista occidental. Este discurso estructuraba el mundo como un objeto del conocimiento en términos de apropiación de los recursos de la naturaleza por parte de la cultura. Muchas literaturas opositivas y liberatorias recientes han criticado esta dimensión epistemológica y lingüística etnocéntrica de la dominación de aquellos que habitan categorías «naturales» o que viven en los límites binarios (mujeres, gentes de color, animales, el medio ambiente no humano) (Harding, 1986, págs. 163-96; Fee, 1986). Las feministas de la segunda ola criticaron pronto la lógica binaria de la pareja naturaleza / cultura, incluyendo a las versiones dialécticas de la historia marxista-humanista de la dominación, de la apropiación o de la mediación de la «naturaleza» por el «hombre» a través del «trabajo». Pero aquellos esfuerzos dudaron en extender del todo su crítica a la distinción derivativa de sexo / género, la cual era demasiado valiosa para combatir los omnipresentes determinismos biológicos constantemente desplegados contra las feministas en luchas políticas urgentes sobre las «diferencias en el sexo» en las escuelas, en las casas editoriales, en las clínicas, etc. Fatalmente, en este clima político reprimido, aquellas críticas tempranas no se centraron en historizar ni en revitalizar culturalmente las categorías «pasivas» de sexo y de naturaleza. Así, las formulaciones de una identidad esencial como mujer o como hombre permanecieron analíticamente intocadas y siguieron siendo políticamente peligrosas.
En el esfuerzo político y epistemológico para sacar a las mujeres de la categoría naturaleza y colocarlas en la cultura como objetos sociales construidos y que se autoconstruyen dentro de la historia, el concepto de género ha tendido a permanecer en cuarentena para protegerse de las infecciones del sexo biológico. En consecuencia, las actuales construcciones de lo que pasa por sexo o por mujer han resultado muy difíciles de teorizar, excepto como «mala ciencia» en la que la mujer emerge como naturalmente subordinada. La «biología» ha tendido a denotar el propio cuerpo, en vez de un discurso social abierto a la intervención. Por lo tanto, las feministas se han alzado contra el «determinismo biológico» y a favor de un «construccionismo social» y, de camino, han sido menos enérgicas en la deconstrucción de cómo los cuerpos, incluidos los sexualizados y racializados, aparecen como objetos del conocimiento y sitios de intervención en la «biología». De manera alternativa, las feministas han afirmado a veces las categorías de naturaleza y cuerpo como sitios de resistencia contra las dominaciones de la historia, pero las afirmaciones han tendido a oscurecer el aspecto categórico y supradeterminado de «naturaleza» o de «cuerpo femenino» como recurso ideológico opositivo. En vez de eso, parecía que la naturaleza estaba simplemente ahí, como reserva a salvaguardar de las violaciones de la civilización en general. En vez de marcar categóricamente un polo determinado, la «naturaleza» o el «cuerpo femenino» significan demasiado fácilmente el núcleo salvador de la realidad distinguible de las imposiciones del patriarcado, del imperialismo, del capitalismo, del racismo, de la historia y del lenguaje. Esta represión de la construcción de la categoría «naturaleza» puede ser y ha sido usada tanto por como contra los esfuerzos de las feministas por teorizar la posición y el funcionamiento de las mujeres como sujetos sociales. Judith Butler (1989) sostuvo que el discurso sobre la identidad del género es intrínseco a las ficciones de coherencia heterosexual y que las feministas necesitan aprender a producir legitimidad narrativa para una gran colección de géneros no coherentes. El discurso de la identidad genérica es también intrínseco al racismo feminista, que insiste en la no reductibilidad y en la relación antagonista de las mujeres y de los hombres coherentes. La tarea consiste en «descalificar» las categorías analíticas, como sexo y naturaleza, que conducen a la univocidad. Esta maniobra podría exponer la ilusión de un foco genérico organizativo interior y producir un terreno de diferencia de raza y de género abierto a la resignificación. Muchas feministas se han opuesto a maniobras como la que recomienda Butler, temiendo perder un concepto de funcionamiento para mujeres mientras que el concepto del sujeto se marchita bajo el ataque contra las identidades centrales y sus ficciones constitutivas. Butler, no obstante, señaló que la acción es una práctica instituida en un terreno de dificultades permitidas. Un concepto de un yo interior coherente, logrado (cultural) o innato (biológico), es una ficción reguladora innecesaria -más aun, inhibitoria- para los proyectos feministas que producen y afirman el funcionamiento complejo y la responsabilidad.
Una «ficción reguladora» básica para los conceptos occidentales de género insiste en que la maternidad es natural y la paternidad cultural: las madres hacen bebés de forma natural y biológica. La maternidad se ve, la paternidad se deduce. Analizando conceptos de género y prácticas entre los melanesios Hagen, Strathern (1988, págs. 311-39) encontró grandes dificultades para mostrar tanto la calidad etnocéntrica de la autoevidente afirmación occidental de que «las mujeres hacen bebés» como el carácter supuesto de toda la visión. Mostró que el núcleo produccionista de la creencia de que las mujeres hacen bebés (y su acompañante, que el hombre se hace a sí mismo), era intrínseco a las formulaciones occidentales de sexo y género. Strathern afirmaba que los hombres y las mujeres Hagen no existen en estados permanentes como sujetos y objetos dentro de los marcos aristotélico, hegeliano, marxista o freudiano. El funcionamiento de los Hagen posee una geometría y una dinámica diferente. Para los occidentales, es una consecuencia fundamental de los conceptos de diferencia genérica que una persona pueda ser convertida por otra en un objeto y que se le pueda robar su estatuto de sujeto. El estado normal de una persona occidental es poseer su yo, tener una identidad como se tiene una posesión, la cual puede estar hecha de varios materiales a través del tiempo, es decir, puede ser una producción cultural, o se puede nacer con ella. La identidad genérica es una posesión así. No tener la propiedad del yo es no ser un sujeto y no tener influencia. Esta última sigue diferentes caminos para los Hagen, que como personas «se componen de muchas partes generizadas o de muchas personas generizadas, interactuando como donantes y recipientes en el mantenimiento del «flujo de elementos por el cuerpo» (Douglas, 1989, pág. 17). La dominación sexista entre personas puede ocurrir y lo hace de manera sistemática, pero no puede ser rastreado o tratado por las mismas maniobras analíticas que serían apropiadas en muchos terrenos sociales occidentales de significación (Strathern, 1988, págs. 334-9). Curiosamente, Butler podría utilizar los argumentos etnográficos de Strathern para ilustrar una manera de dispersar la coherencia del género sin perder el poder de influir.
Así, la corriente utilidad táctica de la distinción sexo / género en la vida y en las ciencias sociales ha tenido consecuencias calamitosas para gran parte de la teoría feminista, ligándola al paradigma liberal y funcionalista a pesar de esfuerzos repetidos para trascender esos límites en un concepto del género completamente politizado e historizado. El fracaso se debe en parte a no haber historizado y relativizado el sexo y las raíces histórico-epistemológicas de la lógica del análisis implicado en la distinción sexo / género y en cada miembro de la pareja. En este nivel, la moderna limitación feminista para teorizar y luchar por la vida empírica y por las ciencias sociales se asemeja a la incapacidad de Marx y Engels para escapar de la natural división sexual del trabajo en la heterosexualidad, a pesar de su proyecto para historizar la familia.
El discurso de las diferencias de sexo y género explotó en la literatura sociológica y psicológica de los Estados Unidos durante los setenta y los ochenta. (Esto se ve, por ejemplo, en la aparición de la palabra género como palabra clave en los resúmenes de artículos indiciarios en Sociological Abstracts [de 0 veces entre 1966 y 1970 a 724 veces entre 1981 y 1985], y en Psychological Abstracts [de 50 veces desde 1966 a 1970 a 1326 desde 1981 a 1985].) La explosión forma parte de una vigorosa contestación política y científica sobre la construcción de sexo y género como categorías y como realidades históricas emergentes, en la que la escritura feminista se hace prominente a mediados de los setenta, más que nada en las críticas del «determinismo biológico» y de la ciencia y la tecnología sexistas, sobre todo la biología y la medicina. Situadas dentro del entramado binario epistemológico de naturaleza / cultura y sexo / género, muchas feministas (incluidas las socialistas y las marxistas) se apropiaron de la distinción sexo / género y del paradigma interactivo para defender la primacía de cultura-género sobre biología-sexo en una panoplia de debates en Europa y en los Estados Unidos. Estos debates trataban, entre otras cosas, de las diferencias genéticas en la habilidad matemática de niños y niñas, de la presencia y la significación de las diferencias de sexo en la organización neural, de la relevancia de la investigación animal para el comportamiento humano, de las causas de la dominación masculina en la organización de la investigación científica, de las estructuras sexistas y del uso de modelos en el lenguaje, de sociobiología, de luchas a propósito de los significados de las anormalidades de los cromosomas sexuales, de las similitudes del racismo y del sexismo, etc. Hacia mediados de los ochenta, una desconfianza creciente de la categoría de género y del carácter binario de sexo / género se introdujo en la literatura feminista en estos debates. Este escepticismo se debía en parte a un aumento de la oposición al racismo en los movimientos feministas euroestadounidenses, de manera que algunas de las raíces racistas y coloniales de la trama fueron puestas en evidencia8.
El sistema del sexo / género. Otra corriente de la teoría y de la política feminista del sexo / género vino a través de apropiaciones de Marx y Engels, leídos a través de Lacan y Lévi-Strauss, en una brillante fórmula del «sistema del sexo / género» hecha por Gayle Rubin (1975). Su trabajo apareció en la primera antología de la antropología feminista socialista / marxista en los Estados Unidos. Rubin y todas aquellas influidas por su teorización adoptaron una versión de la distinción entre naturaleza y cultura, pero que surgía menos de la vida empiricista y de la ciencia social estadounidense y más del psicoanálisis y del estructuralismo francés. Rubin examinaba la «domesticación de las hembras humanas», en la cual éstas eran la materia prima de la producción social de las mujeres, a través de sistemas de intercambios de parentesco controlados por hombres en la institución de la cultura humana. Definía el sistema del sexo/ género como el sistema de relaciones sociales que transformaba la sexualidad biológica en productos de actividad humana y en el que se encuentran las resultantes necesidades sexuales históricamente específicas. Pedía luego un análisis marxiano de los sistemas del sexo / género como productos de la actividad humana que pueden ser cambiados mediante la lucha política. Rubin veía la división sexual del trabajo y la construcción psicológica del deseo (sobre todo la formación edípica) como las bases de un sistema de producción de seres humanos que inviste a los hombres con derechos sobre las mujeres que no tienen sobre ellos mismos. Para sobrevivir materialmente donde los hombres y las mujeres no pueden hacer el trabajo del otro y para satisfacer estructuras profundas de deseo en el sistema del sexo / género donde los hombres cambian mujeres, es obligatoria la heterosexualidad. La obligatoriedad heterosexual es, pues, fundamental para la opresión de las mujeres.
 
Si el sistema de propiedad sexual fuese reorganizado de manera que los hombres no tuvieran derechos sobre las mujeres (si no hubiera intercambio de mujeres) y si no existiese el género, el drama edípico al completo sería una reliquia. En unas palabras, el feminismo debe buscar una revolución del parentesco. (Rubin, 1975, pág. 199.)
 
Adrienne Rich (1980) teorizó también que la heterosexualidad obligatoria era la base de la opresión de las mujeres. Rich dio forma al «continuo lesbiano» como potente metáfora que diera lugar a una hermandad femenina. Para ella, la resistencia al matrimonio en un barrido a través de la historia era una práctica definitoria que constituía el continuo lesbiano. Monique Wittig (1981) desarrolló un argumento independiente en donde la opresión de las mujeres también se basaba en la obligación fundamental de la heterosexualidad. En una exposición que sus autoras veían como la explicación de la decisiva ruptura con el tradicional Mouvement marxiste pour la Libération des Femmes (MLF), el grupo asociado con Wittig señalaba que todas las mujeres pertenecen a una clase constituida por la relación social jerárquica de la diferencia sexual que da a los hombres poder económico, político e ideológico sobre ellas (Editoras de Questions féministes, 1980)9. Lo que constituye a una mujer es una específica relación de apropiación por parte de un hombre. Al igual que la raza, el sexo es una formación «imaginaria» de las que producen realidad, incluyendo los cuerpos, que son percibidos como anteriores a toda construcción. La «mujer» sólo existe como esta clase de ser imaginario, mientras que las mujeres son el producto de una relación social de apropiación, naturalizada como sexo. Una feminista es alguien que lucha por las mujeres en tanto que clase y por la desaparición de esa clase. La lucha clave busca la destrucción del sistema social de la heterosexualidad, porque el «sexo» es la categoría política naturalizada en la que se basa la sociedad heterosexual. Todas las ciencias sociales basadas en la categoría «sexo» (la mayoría de ellas) deben ser derrocadas. Desde este punto de vista, las lesbianas no son «mujeres», ya que están fuera de la economía política de la heterosexualidad. La sociedad lesbiana destruye a las mujeres como grupo natural (Wittig, 1981).
Así, teorizada de tres formas diferentes, la retirada del matrimonio era el centro de las visiones políticas de Rubin, Rich y Wittig en los setenta y a principios de los ochenta. El matrimonio encapsulaba y reproducía la relación antagonista de los dos grupos sociales coherentes, hombres y mujeres. En las tres formulaciones, tanto la binaria de naturaleza / cultura como la dinámica del produccionismo permitían análisis subsecuentes. La retirada de las mujeres de la economía del matrimonio era una poderosa figura y una política para retirarse de los hombres y, por lo tanto, para la constitución de las mujeres como sujetos personales e históricos fuera de la institución de la cultura por los hombres en el intercambio y en la apropiación de los productos de las mujeres (incluidos los bebés). Ser un sujeto, en sentido occidental, significaba reconstituir a las mujeres fuera de las relaciones de objetificación (como regalo, artículo de consumo, objeto de deseo) y de apropiación (de bebés, sexo, servicios). La relación categorizadora de los hombres y de las mujeres en objetificación, intercambio y apropiación, que era la clave teórica de la categoría «género» en los corpus más importantes de la teoría feminista de las mujeres blancas en este periodo, fue una de las maniobras que logró que la comprensión de los sistemas del sexo / género o de raza / género y que las barreras de la «hermandad femenina» interracial fuese difícil de aprehender analíticamente para las feministas blancas.
No obstante, estas formulaciones tuvieron la poderosa virtud de dar base y legitimación al lesbianismo en el corazón del feminismo. La figura de la lesbiana ha estado repetidamente en el disputado y generativo centro del debate femenino (King, 1986). Audre Lorde coloca a la lesbiana negra en el centro de su comprensión de la «casa de la diferencia»:
 
Que las mujeres estuviesen juntas no era bastante. Éramos diferentes. Que fuéramos muchachas gay no era bastante. Éramos diferentes. Que fuésemos negras y estuviésemos juntas no era bastante. Éramos diferentes. Que fuéramos mujeres negras y estuviésemos juntas no era bastante. Éramos diferentes. Que fuéramos mariconas negras no era bastante. Éramos diferentes... Tuvo que pasar un tiempo antes de que nos diéramos cuenta de que nuestro lugar estaba en la casa de la diferencia en vez de en la seguridad de cualquier diferencia particular. (Lorde, 1982, pág. 226.)
 
Este concepto de diferencia dio lugar a mucha teorización feminista multicultural sobre el género en los Estados Unidos a finales de los ochenta.
El sistema del sexo / género de Rubin ha sido utilizado y criticado de diversas maneras. En un artículo crucial en gran parte del debate feminista euroestadounidense y socialista, Hartman (1981) insistía en que el patriarcado no era sólo una ideología, tal como Juliet Mitchell parecía decir en su seminal trabajo « Women: the Longest Revolution» [Mujeres: la revolución más larga] (1966) y su ampliación en Women's State [El estado del las mujeres] (1971), sino un sistema material que podría ser definido como «una panoplia de relaciones sociales entre los hombres, que tiene una base material y que, aunque jerárquico, establece o crea interdependencia y solidaridad entre los hombres, lo cual les permite dominar a las mujeres» (Hartman, 1981, pág. 14). Dentro de este marco, Hartman trataba de explicar la asociación del patriarcado y del capital y el fracaso de los movimientos obreros socialistas dominados por los hombres para dar prioridad al sexismo. Hartman utilizaba el concepto de Rubin de sistema del sexo / género para pedir una comprensión del modo de producción de los seres humanos en las relaciones sociales patriarcales a través del control de los hombres sobre el poder laboral de las mujeres.
En el debate que siguió a la tesis de Hartman, Iris Young (1981) criticó los enfoques en «sistemas duales» del capital y del patriarcado, que los convertían en aliados en las opresiones de clase y de género. A notar que la raza, incluida una puesta en tela de juicio del posicionamiento racial blanco, continuó siendo un sistema sin explorar en estas formulaciones. Young afirmaba que «las relaciones patriarcales están relacionadas internamente con las relaciones de producción como un todo» (1981, pág. 49), de tal manera que centrarse en la división genérica del trabajo podría revelar la dinámica de un sistema de opresión. Además del trabajo remunerado, la división del trabajo incluía también las categorías de trabajo excluidas y no historiadas por Marx y Engels, es decir, tener y criar hijos, cuidar enfermos, cocinar, hacer las labores de la casa y los trabajos relacionados con el sexo, como la prostitución, si se quería traer el género y la específica situación de las mujeres al centro del análisis materialista histórico. En esta teoría, puesto que la división genérica del trabajo era asimismo la primera división del trabajo, una debe hacer un estado de cuentas del nacimiento de la sociedad de clases a partir de los cambios en la división genérica del trabajo. Tal análisis no propone que todas las mujeres tienen una situación común y unificada, pero sitúa en el centro las posiciones históricamente diferenciadas de las mujeres. Si el capitalismo y el patriarcado son un sólo sistema, llamado patriarcado capitalista, entonces la lucha contra las opresiones de clase y de género debe ser unificada. La lucha es la obligación de hombres y mujeres, aunque la organización autónoma de éstas continuaría siendo una necesidad práctica. Esta teoría es un buen ejemplo de los enfoques modernistas fuertemente racionalistas, para los que las maniobras «posmodernas» de desmembramiento de las metáforas de sistemas sencillos a favor de complejos terrenos abiertos de juegos entrecruzados de dominación, de privilegio y de diferencia parecen muy amenazadores. El trabajo de Young (1981) fue asimismo un buen ejemplo del poder de los enfoques modernistas en circunstancias específicas para proporcionar una dirección política.
Al explorar las. consecuencias epistemológicas de un materialismo histórico feminista, Nancy Hartsock (1983a, b) se centró también en las categorías que el marxismo no había sabido historizar: (a) el sensual trabajo de las mujeres al hacer seres humanos mediante la educación de los hijos y (b) todos los distintos trabajos de cuidado y subsistencia realizados por las mujeres. Pero Hartsock rechazaba la terminología de la división genérica del trabajo en favor de división sexual del trabajo, con vistas a poner en evidencia las dimensiones corporales de la actividad de las mujeres. Hartsock criticaba también la formulación de Rubin del sistema del sexo / género porque daba demasiada importancia al sistema de intercambio de parentesco a expensas de un análisis materialista del proceso del trabajo, que creaba la base para la construcción potencial por parte de las mujeres de un punto de vista revolucionario. Hartsock se basaba en versiones del humanismo marxista ancladas en la historia de la autoformación de las sensuales mediaciones de naturaleza y humanidad a través del trabajo. Al mostrar cómo las vidas de las mujeres diferían sistemáticamente de las de los hombres, trataba de establecer las bases de un punto de vista materialista feminista que seria una posición y una visión comprometidas, desde las cuales las relaciones reales de dominación podrían ser desenmascaradas y podría lucharse por una realidad liberadora. Pedía la exploración de las relaciones entre la abstracción del intercambio y la masculinidad abstracta en los sistemas hostiles de poder que caracterizan a los mundos falocráticos. Otras feministas marxistas han contribuido a versiones entrelazadas e independientes de la teoría del punto de vista feminista, en donde el debate sobre la división del trabajo según el sexo / género es un punto central. Muy importante para este debate es una progresiva problematización de la categoría trabajo, o sus extensiones en significados marxista-feministas de reproducción, como esfuerzos por teorizar la función activa y la posición de la mujer como sujetos en la historia10. Collins (1989a) adaptó la teoría del punto de vista para caracterizar las bases del pensamiento feminista negro en la autodefinida perspectiva de las mujeres negras sobre su propia opresión.
Sandra Harding (1983) vio el florecimiento teórico feminista como un reflejo del auge de contradicciones vividas en el sistema del sexo / género, de tal manera que ahora puede lucharse por cambios fundamentales. Extendiendo el enfoque con que abordaba el sistema de sexo / género a The Science Question in Feminism [La cuestión de la ciencia en el feminismo] (1986), Harding resaltó tres elementos del género variadamente interrelacionados: (1) una categoría fundamental a través de la cual se otorga significado a todo, (2) una manera de organizar las relaciones sociales y (3) una estructura de identidad personal. El desmembramiento de estos tres elementos ha formado parte del entendimiento de la complejidad y del valor problemático de la política basada en las identidades genéricas. Utilizando el sistema del sexo / género para explorar las políticas de identidad sexual en los movimientos gay posteriores a la segunda guerra mundial Jeffrey Escoffier (1985) señaló la necesidad de teorizar el surgimiento y las limitaciones de nuevas formas de subjetividad política, con vistas a desarrollar una política comprometida sin cierres metafísicos de identidad. El «Manifiesto para cyborgs» de Haraway (1985)* desarrolló argumentos similares, tratando de explorar una política marxista-feminista dirigida a los posicionamientos femeninos en los sistemas técnicos, culturales y sociales multinacionales en los que interviene la ciencia y la tecnología.
 
En otro planteamiento teórico influido por el marxismo, aunque crítico hacia éste y hacia el lenguaje del género, Catherine MacKinnon (1982, pág. 515) señalaba:
 
La sexualidad es al feminismo lo que el trabajo es al marxismo: que cuanto más es de una, más se la arrebatan... La sexualidad es ese proceso social que crea, organiza, expresa y dirige el deseo, creando a los seres sociales que conocemos como mujeres y hombres, mientras que sus relaciones crean a la sociedad... Así como la expropiación organizada del trabajo de algunos en beneficio de otros define a una clase -los trabajadores-, la expropiación organizada de la sexualidad de algunas para el uso de otro define al sexo, a la mujer.
 
La posición de MacKinnon ha sido fundamental para los controvertidos enfoques de la acción política en gran parte del movimiento de los Estados Unidos contra la pornografía, definida como violencia contra las mujeres y/o como una violación de los derechos civiles de éstas, es decir, como una negación que se hace a las mujeres -a través de su construcción como tales- de la categoría de ciudadanas. MacKinnon vio la construcción de la mujer como la construcción material e ideológica del objeto del deseo de otros. Así, las mujeres no son solamente alienadas del producto de su trabajo. Al mismo tiempo que existen como mujeres, es decir, como objetos sexuales, no son ni siquiera sujetos históricos en potencia. «Para las mujeres no existe la distinción entre objetificación y alienación, porque no hemos creado las objetificaciones, sino que somos las objetificaciones» (1982, págs, 253-4). Las consecuencias epistemológicas y políticas de esta posición llegan lejos y han creado gran controversia. Para MacKinnon, la producción de las mujeres es la de una ilusión muy material, «la mujer». Desenmascarar esta ilusión material, que es la realidad vivida por las mujeres, requiere una política de concienciación, que es la forma específica del marco de la política feminista de MacKinnon. «La sexualidad determina el género» y «la sexualidad femenina es su utilización, de la misma manera que nuestra feminidad es su alteridad» (pág. 243). Al igual que las formulaciones independientes en los feminismos lacanianos, la posición de MacKinnon ha dado fruto en los procesos teorizantes de la representación, en los que «el poder de crear el mundo desde el propio punto de vista es poder en su forma masculina» (pág. 249).
En un análisis de la generización de la violencia que simpatiza con el de MacKinnon, pero que se basa en recursos políticos y teóricos diferentes, el enfoque que Teresa de Lauretis hace de la representación (1984, 1985) la condujo a considerar el género como el trágico fallo, nunca examinado, de las teorías modernas y postmodernas de la cultura, cuyo defecto es el contrato heterosexual. De Lauretis definió el género como la construcción social de la «mujer» y del «hombre» y la producción semiótica de la subjetividad. El género tiene que ver con «la historia, con las prácticas y con la imbricación de significado y experiencia», es decir, con «los efectos mutuamente constitutivos en semiosis del mundo externo de la realidad social con el interno de la subjetividad» (1984, págs. 158-86). De Lauretis se basó en las teorías semióticas de Charles Peirce para desarrollar un enfoque de la «experiencia», una de las nociones más problemáticas del feminismo moderno, que tiene en cuenta tanto la íntima encarnación de la experiencia como su mediación a través de prácticas significantes. La experiencia no es nunca inmediatamente accesible. Sus esfuerzos han ayudado mucho a la comprensión y a la contestación de las inscripciones del género en el cine y en otros terrenos, en los que la idea de que el género es una diferencia semiótica hecha carne resulta fundamental y poderosa. Diferenciando claramente las tecnologías del género de la formulación foucaultiana de tecnologías del sexo, de Lauretis identificó una posición sobre el sujeto con género específicamente feminista dentro de los sistemas del sexo / género. Su formulación se hacía eco de la descripción que hiciera Lorde de la habitante de la casa de la diferencia: «El sujeto feminista es construido a través de una multiplicidad de discursos, posiciones y significados, a menudo en conflicto entre ellos e inherentemente (históricamente) contradictorios» (de Lauretis, 1987, págs. ix-x).
Al ofrecer una teoría de la conciencia y de la producción de significados muy diferente de las de MacKinnon o de Lauretis, la exploración que hizo Hartsock (1983a) de la división laboral del trabajo se basaba en versiones anglófonas del psicoanálisis que eran especialmente importantes en la teoría feminista estadounidense, es decir, la teoría de las relaciones del objeto tal como las desarrollara sobre todo Nancy Chodorow (1978). Sin adoptar las teorías lacanianas de Rubin sobre la subjetividad sexuada siempre fragmentaria, Chodorow adoptó el concepto del sistema del sexo / género en su estudio de la organización social de la progenie, que producía más mujeres que hombres capaces de una relación no hostil, pero que asimismo perpetuaba la posición subordinada de las mujeres a través de su producción en tanto que personas que están estructuradas para la maternidad en el patriarcado. La preferencia de un psicoanálisis de las relaciones con el objeto, en vez de la versión lacaniana, se debe a la vecindad de conceptos como el de «identidad genérica», con su red de significados sociales empíricos, más que con la «adquisición de posiciones de subjetividad sexuada», con su inmersión conceptual en la teoría cultural / textual continental. Aunque criticada como una esencialización de la mujer-como-algo-relacional, la teoría de las relaciones del objeto feminista de Chodorow ha tenido una inmensa influencia y ha sido adaptada para explorar un amplio espectro de fenómenos sociales. Basándose, aunque criticándola al mismo tiempo, en las teorías neokantianas de Lawrence Kohlberg, Gillian (1982) se expresó también a favor de una mayor conciencia y resistencia contextual de las mujeres frente a las abstracciones universalizantes, por ejemplo, en el razonamiento moral.
Evelyn Keller desarrolló una versión de la teoría de las relaciones con el objeto para teorizar el dominio masculino epistemológico sistemático, psíquico y organizativo de la ciencia natural (Keller, 1985). Keller desenmascaró la equivocación lógica de igualar mujeres con género11. El género es un sistema de relaciones sociales, simbólicas y psíquicas en el que los hombres y las mujeres son situados de manera diferente. Tomando la expresión del género como una experiencia cognitiva en la que la individuación psíquica masculina invierte en la impersonalidad, en la objetificación y en la dominación, Keller describió su proyecto como un esfuerzo por comprender el «sistema de la ciencia / género» (pág. 8). Haciendo énfasis en la construcción social y concentrándose en los aspectos psicodinámicos de esta construcción, Keller tomó como sujeto «no las mujeres per se, o incluso las mujeres y la ciencia: se trata de la creación de los hombres, de las mujeres y de la ciencia o, de manera más precisa, de cómo la creación de hombres y mujeres ha afectado la creación de la ciencia» (pág. 4). Su objetivo era trabajar para la ciencia como un proyecto humano, no masculino. Expresó su pregunta de la siguiente manera: «¿Es el sexo para el género lo que es para la ciencia la naturaleza?» (Keller, 1987).
El trabajo inicial de Chodorow se desarrolló en el contexto de una serie afin de artículos sociológicos y antropológicos que teorizaban un papel clave para la división pública / privada en la subordinación de las mujeres (Rosaldo and Lamphere, 1974). En esa colección, Rosaldo señalaba la magnitud universal de la limitación de las mujeres al reino doméstico, mientras que el poder se circunscribía al espacio habitado por los hombres, llamado público. Sherry Ortner conectó este enfoque con su análisis estructuralista de la proposición de que las mujeres son a la naturaleza lo que los hombres a la cultura. Muchos esfuerzos feministas euroestadounidenses por articular la posición social de las mujeres que siguió a Woman, Culture and Society [Mujer, cultura y sociedad] y a Toward an Anthropology of Women [Hacia una antropología de las mujeres] (Reiter, 1975), ambos publicados estratégicamente a mediados de los setenta, estuvieron profundamente influenciados por las poderosas teorías universalizantes del sexo y del género de aquellas tempranas colecciones. En la antropología como disciplina, las criticas y otras excrecencias de las formulaciones iniciales eran de una gran riqueza y condujeron tanto al estudio extenso intercultural de los simbolismos del sexo como al rechazo fundamental de la aplicabilidad universal de la pareja naturaleza / cultura. Dentro de las disciplinas había una creciente crítica de las explicaciones universalizantes como instancia para confundir la herramienta analítica por la realidad (MacCormack and Strathern, 1980; Rosaldo, 1980; Ortner and Whitehead, 1981; Rubin, 1984). Conforme la antropología feminista se separaba de sus formulaciones iniciales, continuaba no obstante la persistencia en gran parte del discurso feminista fuera de los círculos disciplinarios antropológicos, como si las posiciones de mediados de los setenta fuesen permanentemente la teoría antropológica feminista que creaba autoridad, en vez de un nudo discursivo en un momento político-histórico-disciplinario específico.
El poder universalizante del sistema del sexo / género y la separación analítica entre lo público y lo privado fueron también muy criticados políticamente, sobre todo por las mujeres de color, como formando parte de las tendencias etnocéntricas e imperializantes de los feminismos europeos y euroestadounidenses. La categoría del género oscurecía o subordinaba a las «demás». Los esfuerzos por utilizar conceptos de género occidentales o «blancos» para caracterizar a la «mujer del Tercer Mundo» daban lugar a menudo a reproducciones del discurso orientalista, racista y colonialista (Mohanty, 1984; Amos et al., 1984). Más aun, el término «mujeres estadounidenses de color», que en sí mismo es una construcción política compleja y contestada de identidades sexuadas, dio lugar a teoría crítica sobre la producción de sistemas de diferencias jerárquicas en la que la raza, la nacionalidad, el sexo y la clase están entrelazados, tanto en el siglo XIX como a principio del XX y desde los comienzos de los movimientos femeninos nacidos de los movimientos de los años sesenta contra la guerra y a favor de los derechos civiles12. Estas teorías del posicionamiento social de las mujeres sientan las bases y organizan la teoría feminista «genérica», en la que conceptos como «la casa de la diferencia» (Lorde), «conciencia opositiva» (Sandoval), «mujerismo» (Walker), «desplazamiento desde el centro a los márgenes» (Spivak), «feminismo del Tercer Mundo» (Moraga y Smith), «el mundo zurdo» (Andalzúa y Moraga), «la mestiza» (Andalzúa), «capitalismo patriarcal racialmente estructurado» (Bhavnani y Coulson, 1986) y «el otro inadecuado» (Trinh, 1986-7, 1989) estructuran el campo del discurso feminista conforme éste descodifica lo que suele entenderse por «mujer» tanto dentro como fuera del «feminismo». Asimismo han surgido metáforas complejamente relacionadas en la escritura feminista de las «mujeres blancas»: «clases político-sexuales» (Sofoulis, 1987), «cyborg» (Haraway, 1985 y capítulo 6 de este libro); y el sujeto mujer del feminismo (de Lauretis, 1987).
A principios de los ochenta fue establecida, en Nueva York la editorial Kitchen Table: Women of Color Press, y empezó a publicar la teoría crítica y otros escritos de mujeres radicales de color, lo cual debe ser estudiado en el contexto de la publicación internacional, en diversos géneros, por parte de mujeres que escribían sus historias desde la concienciación, desestabilizando así los cánones del feminismo occidental y los de otros muchos discursos. Conforme las posiciones sobre el sujeto heterogéneo y critico «mujer de colon iban siendo elaboradas en diversas prácticas editoriales, la posición de «blanca» o de «occidental» era siendo percibida como contestable y no como un destino inescapable de raza o de etnicidad. Así, las mujeres «blancas» podrían ser consideradas responsables de sus posicionamientos activos.
La teoría de Rubin (1975) sobre el sistema del sexo / género explicaba la complementaridad de los sexos (heterosexualidad obligatoria) y la opresión de las mujeres por los hombres a través de la premisa fundamental del intercambio de las mujeres en el establecimiento de la cultura a través del parentesco. Pero, ¿qué ocurre con este enfoque cuando las mujeres no se encuentran en posiciones similares en la institución del parentesco? En particular, ¿qué ocurre con la idea del género si grupos enteros de mujeres y de hombres están situados juntos fuera de la institución del parentesco, pero relacionados con el sistema de parentesco de otro grupo dominante? Carby (1987), Spillers (1987) y Hurtado (1989) indagaron el concepto de género mediante una exploración de la historia y de las consecuencias de estos temas.
Carby clarificó de qué manera en el Nuevo Mundo y, sobre todo, en los Estados Unidos, las mujeres negras no fueron constituidas como «mujeres» de la misma manera que lo fueron las blancas. En vez de eso, y de manera simultánea, las mujeres negras fueron constituidas racial y sexualmente -marcadas como hembra (animal, sexualizada y sin derechos), pero no como mujer (humana, esposa en potencia, transmisora del nombre del padre)- en una institución específica, la esclavitud, que las excluía de la «cultura» definida como la circulación de signos a través del sistema del matrimonio. Si el parentesco investía a los hombres con derechos sobre las mujeres que ellas no tenían, la esclavitud abolía el parentesco para un grupo en un discurso legal que producía grupos enteros de personas como propiedad enajenable (Spillers, 1987). MacKinnon (1982, 1987) definió a la mujer como una figura imaginaria, el objeto del deseo de otro hecho realidad. Las figuras «imaginarias» hechas realidad en el discurso de la esclavitud eran objetos en otro sentido, que las hacía diferentes tanto de la figura marxista de la trabajadora enajenada como de la figura feminista «no modificada» de objeto del deseo. Las mujeres libres en el patriarcado blanco de los Estados Unidos eran intercambiadas en un sistema que las oprimía, pero las mujeres blancas heredaban a los hombres y a las mujeres negras. Tal como señaló Hurtado (1989, pág. 841), en el siglo XIX, las feministas prominentes blancas estaban casadas con hombres blancos, mientras que las feministas negras pertenecían a los hombres blancos. En un patriarcado racista, la «necesidad» que tienen los hombres blancos de una descendencia racialmente pura colocaba a las mujeres libres y a las no libres en espacios sociales incompatibles y simbólicamente asimétricos.
La mujer esclava estaba marcada por esas diferencias en el sentido más literal: la carne estaba vuelta como un calcetín, «añadiendo una dimensión léxica a las narrativas de la mujer en la cultura y en la sociedad» (Spiders, 1987, páginas 67-8). Tales diferencias no terminaron con la emancipación formal, sino que han tenido consecuencias definitivas hasta finales del siglo XX y continuarán teniéndolas hasta que termine el racismo como institución fundacional del Nuevo Mundo. Spillers llamó «gramática estadounidense» a esas relaciones fundacionales de cautividad y de mutilación literal (pág. 68). Bajo las condiciones de la conquista del Nuevo Mundo, de la esclavitud y de sus consecuencias, y hasta el presente, «el léxico de la reproducción, del deseo, del nombrar, de la maternidad, de la paternidad, etc., cayeron en una crisis extrema» (pág. 76). «La generización, en su referencia contemporánea a la mujer afroestadounidense, insinúa un rompecabezas implícito y no resuelto tanto dentro del discurso feminista como de las comunidades discursivas que investigan las problemáticas de la cultura» (pág. 78).
Spillers puso de manifiesto el hecho de que los hombres y las mujeres libres heredasen su apellido del padre, el cual a su vez tenía derechos sobre los hijos menores y sobre la mujer que éstos no poseían sobre sí mismos, pero sin poseerlos en el sentido completo de propiedad enajenable. Los hombres y mujeres no libres heredaban su condición de la madre, la cual a su vez no controlaba específicamente a su hijo. No tenían apellido en el sentido teorizado por Lévi-Strauss o por Lacan. Las madres esclavas no podían transmitir un apellido, ni podían ser esposas, porque estaban fuera del sistema de intercambio matrimonial. Los esclavos no tenían lugar en un sistema de apellidos. Eran, de forma específica, desplazables y desechables. En tales marcos discursivos, las mujeres blancas no eran totalmente humanas legal o simbólicamente, pero las negras no lo eran de ninguna manera. «En esta ausencia de una situación como sujeto, las sexualidades capturadas proveen una expresión física y biológica de la "otredad"» (Spillers, 1987, pág. 67). Dar la vida sin poseer la libertad a los herederos de la propiedad no es lo mismo que darla a la propiedad (Carby, 1987, pág. 53).
Esta pequeña diferencia forma parte del razonamiento de que los «derechos reproductores» de las mujeres de color en los Estados Unidos dependen principalmente del control de los hijos: por ejemplo, su libertad de ser destruidos mediante linchamiento, prisión, mortalidad infantil, embarazo forzado, esterilización coercitiva, alojamiento inadecuado, educación racista o toxicomanía (Hurtado, 1989, pág. 853). Para una mujer blanca, el concepto de propiedad de sí misma, de su propio cuerpo, en relación con la libertad reproductora, se ha centrado más en el terreno de lo que sucede en la concepción, el embarazo, el aborto y el parto, porque el sistema de patriarcado blanco gira en torno al control de los hijos legítimos y de la consecuente constitución de mujeres blancas como mujeres. Tener hijos o no, por lo tanto, se convierte literalmente en una elección definitoria como sujeto para la mujer. Las mujeres negras en particular -y las que fueron sometidas en la conquista del Nuevo Mundo en general- se enfrentaron a un campo más amplio de ausencia de libertad reproductora, en el que sus hijos no heredaban la posición de humanos en los discursos hegemónicos fundacionales de la sociedad estadounidense. El problema de la madre negra en este contexto no es simplemente su propia posición como sujeto, sino también la de sus hijos y la de sus compañeros sexuales, tanto masculinos como femeninos. Con razón las imágenes de edificar la raza y del rechazo de la separación categórica de hombres y mujeres -sin retroceder ante un análisis de la opresión sexista blanca y de color- han sido importantes en el discurso feminista negro del Nuevo Mundo (Carby, 1987, págs. 6-7; hooks, 1981, 1984).
Los posicionamientos de la mujer afroestadounidense no son los mismos que los de otras mujeres de color. Cada condición de opresión requiere un análisis específico que rechaza las separaciones, pero insiste en las no identidades de raza, sexo y clase. Estos temas dejan bien claro por qué una teoría feminista sobre el género adecuada debe ser simultáneamente una teoría de la diferencia racial en condiciones históricas específicas de producción y de reproducción. Dejan claro asimismo por qué una teoría y una práctica de la hermandad no puede basarse en posicionamientos compartidos en un sistema de diferencia sexual, y en el antagonismo estructural intercultural entre categorías coherentes llamadas mujeres y hombres. Finalmente, dejan claro por qué la teoría feminista producida por las mujeres de color ha construido discursos alternativos de feminidad que alteran el humanismo de muchas tradiciones discursivas occidentales. Nuestra tarea consiste en hacerle sitio a este sujeto social diferente. Al hacerlo, estamos menos interesadas en incorporarnos a las filas de la feminidad generizada que en conquistar el terreno insurgente como sujetos sociales femeninos. Es decir, proclamar la monstruosidad de una mujer con la posibilidad de «nombrar»... Después de todo, «Sapphire» puede reescribir un texto radicalmente diferente del alcance del poder por parte de la mujer. (Spillers, 1987, pág. 80.)
Al mismo tiempo que contribuye fundamentalmente a la ruptura de la localización de cualquier sujeto autoritario, la política de la «diferencia» que surge de ésta o de otras reconstrucciones de conceptos de subjetividad social y de sus prácticas asociadas de escritura, se opone profundamente a los relativismos niveladores. La teoría no feminista en las ciencias sociales ha tendido a identificar la ruptura de la subjetividad autoritaria o «coherente» como la «muerte del sujeto». Al igual que otras en las nuevas posiciones inestablemente subyugadas, muchas feministas rechazan esta formulación del proyecto y cuestionan su surgimiento como el momento en el que los portavoces racializados / sexuados / colonizados empiezan «por primera vez», es decir, reclaman una autoridad original para representarse a sí mismos en prácticas editoriales institucionalizadas y en otras clases de prácticas de autoconstitución. Las deconstrucciones feministas del «sujeto» han sido fundamentales y no sienten nostalgia de la coherencia dominante. Al contrario, las necesarias referencias políticas de nuevas construcciones, tales como las teorías feministas de las subjetividades raciales genéricas, deben tener en cuenta de manera afirmativa y crítica las subjetividades sociales emergentes, diferenciadoras, autorrepresentadas y contradictorias, con sus proclamas a propósito de la acción, del conocimiento y del deseo. Esto incluye el compromiso de un cambio social transformador, momento de esperanza incrustado en las teorías feministas sobre el género y en otros discursos emergentes sobre la ruptura de la subjetividad autoritaria y la emergencia de «otros» inadecuados (Trinh, 1986-87, 1989).
Las múltiples raíces académicas e institucionales de la categoría literal (escrita) del «género», feminista o de otra clase, que han sido esquematizadas en este texto han formado parte del sistema de relaciones jerárquicas de raza que oscurecen las publicaciones de las mujeres de color a causa de su origen, de su lenguaje, de su género, en unas palabras, la «marginalidad», la «alteridad» y la «diferencia» vistas desde posiciones «no marcadas» de teoría («blanca») imperializante y hegemónica. Pero la «alteridad» y la «diferencia» son precisamente de lo que trata «gramaticalmente» el «género», un hecho que constituye al feminismo como una política definida por su terreno de contestación y de rechazos repetidos de las teorías dominantes. El «género» fue desarrollado como una categoría para explorar lo que suele entenderse por «mujer», para problematizar lo que había sido tomado como regla inamovible. Si las teorías feministas del género a partir de la tesis de Simone de Beauvoir, que dice que «una no nace mujer», con todas las consecuencias inherentes a esta introspección, a la luz del marxismo y del psicoanálisis, sirvieron para comprender que cualquier sujeto finalmente coherente es una fantasía y que la identidad colectiva y personal es reconstituida socialmente de manera precaria y constante (Coward, 1983, pág. 265), entonces Ain't I a Woman [¿Acaso no soy una mujer?], título del provocativo libro de bell hooks, que sirve de homenaje a la gran feminista y abolicionista negra del siglo XIX Sojourner Truth, se eriza con ironía, ya que la identidad de la «mujer» es simultáneamente reclamada y deconstruida. La lucha a propósito de los agentes, de las memorias y de los términos de estas reconstituciones se encuentra en el meollo de la política feminista del sexo / género.
Por lo tanto, la negativa a convertirse o a seguir siendo un hombre o una mujer «generizados» es una insistencia eminentemente política en salir de la pesadilla de la narrativa imaginaria -demasiado real- del sexo y de la raza. Para terminar, irónicamente, el poder político y explicativo de la categoría «social» del género depende de la forma de historiar de las categorías de sexo, carne, cuerpo, biología, raza y naturaleza, de tal manera que la oposición binaria universalizante que engendró el concepto del sistema del sexo / género en un momento y en un lugar dados en la teoría feminista, implosiona en teorías de la encarnación articuladas, diferenciadas, responsables, localizadas y consecuentes, en las que la naturaleza ya no es imaginada o puesta en marcha como un recurso para la cultura o el sexo para el género. Ésta es mi posición para una utópica intersección de teorías feministas sobre el género, multiculturales, «occidentales» (de color, blancas, europeas, americanas, asiáticas, africanas, del Pacífico), incubadas en extraños parentescos con heredados dualismos binarios contradictorios, hostiles y fructuosos. El falogocentrismo era el óvulo liberado por el sujeto dominante, la gallina que empollaba los polluelos permanentes de la historia. Pero en el nido, junto con ese huevo literal, ha sido colocado el germen de un fénix que hablará todas las lenguas de un mundo puesto patas arriba.
 
Notas:
 
* En: Haraway, Donna J. Ciencia, cyborgs y mujeres. Capítulo 5. Ediciones Cátedra, Madrid, 1995. pp. 213-251.
1 El proyecto resultó tan intimidante que el «suplemento» fue dividido y pasó, de la traducción inicial, a ser un trabajo en dos volúmenes, el Marxistisches Wörterbuch, bajo las órdenes editoriales de Wolfgang E Haug del Institut fur Philosophie, Freie Universität, Berlín, con cientos de contribuyentes alemanes y de otros países. Tomadas de una lista compilada en 1985, algunas de las palabras incluidas, de interés para las feministas, incluyen: Diskurs, Dritte Welt, Familie, Feminismus, feministische Theologie, Frauen, Frauenbewegung, Geschlecht, Homosexualität, Kulturarbeit, Kybernetik, Luxemburgismus, Marxismus-Feminismus, Natur, Ökologie, Patriarchat, Postmodernismus, Rasse, Rassismus, Repräsentation, Sex/gender system, Sexismus, Sexpol, Sisterhood, technologische Rationalität, weibliche Ästhetik, y weibliche Bildung. No era éste, por supuesto, el vocabulario que Marx y Engels utilizaban cada día, pero no puede estar ausente en un diccionario marxista de finales del siglo XX
 
2 Aquí salta a la vista un curioso problema lingüístico: no existe «marca» que distinga la raza biológica de la cultural, como la que puede haber para distinguir sexo biológico y género cultural, incluso si los pares binarios naturaleza / cultura y biología / sociedad impregnan el discurso racial occidental. La situación lingüística destaca la reciente y desigual entrada del género en el léxico político como opuesto al gramatical. La no-naturalidad de la raza -siempre ha sido una construcción cultural totalmente arbitraria- puede ser destacada a causa de la falta de marcador lingüístico. Pero igualmente fácil, lingüísticamente, resulta el colapso absoluto de la categoría raza en lo biológico. Todos estos temas continúan dependiendo del funcionamiento aún no reexaminado de la lógica produccionista aristotélica, tan fundamental para el discurso occidental. En la matriz lingüística, política e histórica, en la materia y en la forma, en el acto y en el poder, en la materia prima y en el producto terminado inciden los enormes dramas de la producción y de la apropiación. Aquí es donde los sujetos y los objetos nacen y son constantemente reencarnados.
3 Aunque no exclusivos el uno del otro, el lenguaje del «género» en el discurso feminista euroestadounidense es el de la «posición del sujeto sexuado», mientras que en la escritura europea es el de la «diferencia sexual». Para el feminismo marxista británico, a propósito del «sujeto sexuado en el patriarcado», véase Kuhn and Wolpe (1978), Marxist-Feminist Literature Collective (1978), Brown and Adams (1979) y la revista m/f Barrett (1980). Las posiciones socialistas feministas alemanas sobre la sexualización han destacado la dialéctica de la función autoconstructora de la mujer, de las determinaciones sociales estructuradas y de las reestructuraciones parciales. Esta literatura examina de qué manera las mujeres se construyen a sí mismas como estructuras existentes, buscando cómo sería posible cambiar. Si las mujeres son teorizadas como víctimas pasivas del sexo y del género como un sistema de dominación, no será posible una teoría de la liberación. Por eso, el construccionismo social sobre el género no deberá convertirse en una teoría de determinismo cerrado (Haug, 1980, 1982; Haug et al., 1983, 1987; Mouffe, 1983). Buscando una teoría de la experiencia, de cómo las mujeres se encarnan a sí mismas activamente, la mujer en la escritura colectiva de las publicaciones Frauenformen insistía en una práctica descriptiva / teórica que mostrase «las maneras en las que vivimos en términos corporales» (Haug et al., 1987, pág. 30). Desarrollaron un método llamado «trabajo de memoria» que pone el énfasis en las narrativas escritas y colectivamente criticadas sobre un «extranjero», un yo pasado «recordado», mientras problematizaban las autoengañadoras asunciones de autobiografía y otros temas. El problema es cómo dar testimonio de la emergencia de «lo sexual en tanto que proceso que produce la inserción de las mujeres en determinadas prácticas sociales y su subordinación a ellas» (pág. 33). Irónicamente las mujeres, autoconstituidas como sexualizadas, como mujeres, no pueden ser responsables por sí mismas (pág. 27). Como todas las teorías sobre el sexo, la sexualidad y el género examinadas en este esfuerzo por escribir para una obra de referencia que, inevitablemente, termina por canonizar algunos significados por encima de otros, las versiones de Frauenformen insisten en el género como un verbo, no como un nombre sustantivo. Para las feministas, género significa hacer y deshacer «cuerpos» en un mundo contestable; un concepto del género es una teoría de la experiencia como encarnación significante y significadora.
 
4 Joan Scott (1988, págs. 28-50) escribió un incisivo ensayo sobre el desarrollo del género como una categoría teórica en la disciplina de la historia. Señaló la larga historia del juego con la diferencia genérica gramatical al crear imágenes alusivas al sexo o al carácter (pág. 28). Scott citaba que la insistencia del Fowlers Dictionary of Modern English Usage en utilizar el género para significar el sexo masculino o el femenino era o una equivocación o una broma. La ironías de esta clase abundan. Uno de los beneficios de la herencia de los usos feministas del género a partir de la gramática es que, en este campo, «el género es comprendido como una manera de clasificar fenómenos, como un sistema consensuado de distinciones, en vez de como una descripción objetiva de rasgos inherentes» (pág. 29).
 
5 Véase Coward (1983, capítulos 5 y 6) para una discusión detallada de los conceptos de familia y de la cuestión femenina en el pensamiento marxista desde 1848 a 1930.
 
6 Rubin (1975), Young and Levidow (1981), Harding (1983, 1986), Hartsock (1983 a, b), Hartmann (1981), O'Brien (1981), Chodorow (1978), Jaggar (1983).
7 Véase The Woman Question (1951); Marx and Aveling (1885-6); Kollontai (1977).
 
8 Para ver los usos y críticas, véase Sayers (1982), Hubbard et al. (1982), Bleier (1984, 1986), Fausto-Sterling (1985), Kessler and McKenna (1978), Thorne and Henley (r975), West and Zimmermann (1987), Morawski (1987), Brighton Women and Science Group (1980), Lowe and Hubbard (1983), Lewontin et al. (1984).
 
9 Varias corrientes de los feminismos europeos (algunas no aceptan la denominación) nacieron antes de los acontecimientos de mayo de 1968. La que proviene de las formulaciones de Simone de Beauvoir, especialmente los trabajos de Monique Wittig, Monique Plaza, Colette Guillaumin y Christine Delphy, publicadas en Questions féministes, Nouvelles questions féministes y Feminist Issues, y la corriente complejamente asociada con el grupo «Psychanalyse et Politique» y/o con Julia Kristeva, Luce Irigaray, Sarah Kofman y Helene Cixous han tenido gran influencia en el desarrollo feminista internacional sobre los temas de la diferencia sexual (para resúmenes introductores, véanse Marks and de Curtieron, 1980; Gallop, 1982; Moi, 1985; Duchen, 1986). Estas corrientes merecen tratamientos más amplios e individuales, pero en el contexto de esta entrada, dos contribuciones a las teorías del «género» de estas escritoras, profundamente opuestas entre sí, deben ser señaladas. Primero, están los argumentos de Wittig y de Delphy en favor de un feminismo materialista, que insiste en que se trata de «dominación» no de «diferencia». Segundo, tenemos las diferentes maneras con las que Irigaray, Kristeva y Cixous -situadas intertextualmente en relación con Derrida, Lacan y otros- insisten en que el sujeto, que es quizás mejor abordado mediante la escritura y la textualidad, está siempre en proceso, siempre desorganizado, que la idea de la mujer permanece siempre no cerrada y múltiple. A pesar de su importante oposición dentro de las corrientes francófonas, todas estas teóricas poseen proyectos de desnaturalización de la «mujer» imperfectos, contradictorios y críticos.
 
10 Smith (1974), Flax (1983), O'Brien (1981), Rose, H. (1983, 1986), Harding (1983).
 
11 De manera similar, es un error igualar «raza» con gente de color; la blancura es también una construcción racial, invisible como tal debido a que, al igual que el hombre, ocupa una categoría no marcada (Frankenberg, 1988; Carby, 1987, pág. 18; Haraway, 1989b, págs. 152, 401-2).
 
12 Véase, por ejemplo, Ware (1970); Combahee River Collective (1979); Bethel and Smith (1979); Joseph and Lewis (1981); hooks (1981, 1984); Moraga and Anzaldúa (1981); Davis (1982); Hull et al. (1982); Lorde (1982, 1984); Aptheker (1982); Moraga (1983); Walker (1983); Smith (1983); Bulkin et al. (1984); Sandoval (s.f.); Christian (1985); Giddings (1985); Anzaldúa (1987); Carby (1987); Spillers (1987); Collins (1989a), 1989b); Hurtado (1989).