Trump, el (des) orden global liberal y América Latina

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Autor(es): Lucita, Eduardo

Lucita, EduardoLucita, Eduardo. Integrante de EDI–Economistas de Izquierda.


El ascenso de Donald Trump a la presidencia de la primera potencia mundial es resultado de la combinación de problemas domésticos de EEUU, del descontento de sectores afectados por la globalización y de un orden mundial que desde hace ya tiempo está mostrando problemas en el equilibrio de las relaciones entre las potencias y en la gobernabilidad global.

 

La idea central de esta contribución es que si se pone el foco en la lógica de la acumulación del capital a escala mundial -su evolución, sus contradicciones- lo que surge es que el triunfo electoral de Donald Trump  -derrumbe demócrata incluido- no es una mera anomalía del sistema sino la expresión, el síntoma, de que algo más profundo está ocurriendo y de que tal vez estemos a las puertas de un nuevo orden mundial.
Lo que preside este cambio –en cierta forma dramático- es la continuidad de la crisis capitalista de múltiples dimensiones.
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Los debates que dieron origen al neoliberalismo comenzaron a enunciarse en los años ’50 del siglo pasado como respuesta al ascenso del keynesianismo, pero fue con la crisis mundial de inicios de los ’70 -fin a la época dorada de pos-guerra (1945-1975)- que se abrió un nuevo período. Aquella fue a la vez una crisis clásica de caída de la tasa media de ganancia y una crisis de la gobernabilidad imperial (derrota en Vietnam). Esta doble crisis permite comprender porque fue tan fuerte la ofensiva neoliberal a partir de los años ’80. La resultante fue: expansión global del capital, nueva división internacional del trabajo y una cada vez mayor concentración de recursos en el sector financiero, que garantizaba rápida rentabilidad a altas tasas.
 
La apertura de la economía china en 1979 es considerada el inicio de la fase de la mundialización capitalista que llamamos globalización, reforzada en 1989 con la desregulación financiera a nivel internacional. En 1989-1991 la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS -fin del enfrentamiento Este-Oeste- dieron nuevo impulso a la fase globalizadora que se consolidó en 2001 con el ingreso de China a la OMC.
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Hasta el 2008 se verificó una rápida integración del comercio y las finanzas mundiales, las nuevas tecnologías permitieron reducir rápidamente los costos del transporte y de las comunicaciones, el intercambio comercial se expandió a altas tasas y las multinacionales multiplicaron sus inversiones. En ese tiempo la fuerza de trabajo mundial más que se duplicó, la precarización pasó a ser un nuevo precio de la economía y la productividad se expandió fuertemente fijando un nuevo piso a la competitividad internacional.
 
El resultado más general ha sido que mientras la tasa de rentabilidad del capital alcanzó niveles desconocidos el promedio mundial de los salarios reales cayó, la desocupación global creció, la riqueza se concentró y en todos los países se consolidaron niveles de pobreza elevados.
En 2015 el acuerdo entre el Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania e Irán y la apertura de relaciones EEUU-Cuba, buscaron abrir nuevos espacios de acumulación y de comercio, que se completarían con las grandes asociaciones de libre comercio, Tratados Transpacífico y  Transatlántico (TPP y TTIP) y de servicios (TISA), con los que EEUU intentaba dar nuevos aires a la globalización. Sin embargo todos los indicadores de los últimos años muestran que esta ha perdido dinamismo: debilidad del crecimiento mundial, reducción persistente de los intercambios comerciales, fuerte caída de la tasa de acumulación, pérdida de espacio de los BRICS. Los pilares de la globalización: crecimiento de las multinacionales, libertad de comercio, libre flujo de capitales están resquebrajados.
La desaceleración de la integración iniciada en 2008 se ha profundizado: fuerte reducción del comercio internacional(1), baja inversión(2), caída de la productividad y alto endeudamiento. Así el mundo ha ingresado en una fase de bajo crecimiento(3). Para completar el cuadro: la Ronda de Doha la OMC y el MERCOSUR están prácticamente estancados.
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Lo que va de 1989 a 2008 se lo conoce como la fase pos guerra fría de la globalización, en la que los triunfadores fueron las corporaciones multinacionales y un régimen unipolar, en el que EEUU actuó como un hegemon. Desde 2008 hasta nuestros días estamos en la llamada fase punitiva o disciplinadora, en el marco de un régimen multipolar.
 
Sucede que desde los años ’80 del siglo pasado los países imperialistas tradicionales –EEUU, Gran Bretaña, Francia, Japón- han ido declinando y cediendo espacios a la par que el proyecto de integración europea acumulaba fracasos. En contrapartida  se consolidaron nuevos centros capitalistas –China, Rusia (proto imperialistas), India- que alteran tanto los equilibrios geopolíticos construidos desde la salida de la 2da. Guerra Mundial como el orden estatal. En numerosas regiones el neoliberalismo terminó descomponiendo los tejidos sociales, instalando crisis de régimen y en contrapartida, fuertes levantamientos populares, también respuestas reaccionarias. Así ha desembocado en un desorden internacional de características estructurales y en una crisis de la dominación, que está en la base de la crisis de larga duración abierta en 2008.
 
Es que el modelo neoliberal mas allá de los contenidos desregulatorios económico- financieros, es un proyecto ideológico político que está inconcluso. No ha llegado a consumarse totalmente porque este pasaje a la multipolaridad sería necesario administrarlo con un orden supranacional, o bien una nueva potencia hegemónica o bien un acuerdo entre  potencias. Pero China, Rusia o India no parecen estar en condiciones de asumir este rol.  Por otra parte  se choca con una contradicción estructural -que es histórica pero exacerbada por la globalización- entre la mundialización de la acumulación y su territorialización estatal, entre las burguesías mundializadas y las mercado internistas.
 
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En este escenario por demás convulso Donald Trump -que se presenta como xenófobo, racista, sexista, misógino y autoritario y que no era el candidato de las clases dominantes- suma un nuevo factor de inestabilidad internacional.
 
Su lema “Primero América” se orienta económicamente en dos planos. En el interno busca recomponer en parte el tejido industrial, devastado por la relocalización de empresas y las nuevas tecnologías (pérdida de 12 millones de empleos industriales ente 1990 y 2015), reparar la infraestructura pública, repatriar empresas, favorecer las exportaciones agrícolas y aumentar el presupuesto del complejo militar/industrial. El centro de su estrategia radica en incrementar rápidamente la tasa de inversión de capital, priorizando al empresariado y las clases medias con la mayor rebaja impositiva desde los tiempos del reaganismo. Así trata de recuperar índices de productividad y mejorar la competitividad internacional(4) para volver a crecer por arriba del 3% anual.  Los problemas ambientales y el calentamiento global no forman parte de sus preocupaciones.
 
De este planteo interno, plasmado en la “Agenda de Política Comercial” (Doc. 19.US.C 2213), se deducen sus prioridades en el plano internacional. Un intercambio más equilibrado con sus principales socios comerciales para reducir el fuerte déficit comercial, del orden del 4% del PBI(5). La interrupción del TPP y el TTIP más la renegociación del NAFTA apuntan así a un nuevo marco de alianzas comerciales internacionales, país por país. Aunque no necesariamente liquidará los macro-acuerdos.
 
Algunos análisis algo impresionistas han dado por muerta la globalización. Cierto es que el comercio y las inversiones se han desacelerado pero las exportaciones mundiales son aún del orden del 30% de la producción mundial. EEUU explica el 9% de esas exportaciones y el 14% de las importaciones, es el primer importador mundial (China es el segundo) y el segundo exportador (China el primero), Gran parte de su economía está integrada a las cadenas de valor globales (fabricas de partes en distintos países que se integran como producto final en otro) que hegemonizan los intercambios mundiales(6). Conviene registrar que el 60% de lo que importa EEUU de Canadá y México son imprescindibles para su propio proceso industrial.
 
Por lo tanto no parece que el proteccionismo que promueve Trump vaya a desembocar en una guerra comercial sino que  busca forzar negociaciones bilaterales. Subyace detrás una concepción bien empresarial, ya no habría aliados estratégicos sino oportunidades que se presentarían en cada momento. Por lo que se recuperaría el orden nacional como espacio prioritario (“Hagamos grande a América otra vez”)  y se rechazan los acuerdos multilaterales. Todo se inscribe en la línea más tradicional del partido republicano.
Se trataría entonces de una reconfiguración de la globalización, base del nuevo ordenamiento mundial en curso, en el que la baja de los costos laborales, la automatización de los procesos productivos y la caída del costo de la energía posicionarían positivamente a EEUU para la relocalización de empresas (7). 
El poderío militar estadounidense sirve como presión en las negociaciones comerciales. Especialmente en el mar del Sur de la China -por donde transita el 50% del comercio mundial- cuya soberanía es reclamada por diversos países del sudeste asiático y EEUU lo considera de uso común. En paralelo pretende que la OTAN reduzca sus fuerzas o bien que Europa se haga cargo de una mayor parte de los gastos. Es claro que a diferencia de las administraciones anteriores busca resolver los conflictos con Rusia por la vía de la negociación y no por las armas (el enfrentamiento armado es través de terceros países).  Rusia expandió su influencia en Siria, se consolidó en Ucrania, mientras que China lo sucede en el liderazgo de la globalización. ¿Qué pasará con Irán? Posiblemente retome la ofensiva sobre el arsenal atómico, pero hay que tener en cuenta que con la distención lograda por el acuerdo anterior numerosas multinacionales hacían cola para ingresar en el mercado iraní. EEUU sigue siendo la primera potencia mundial, pero su hegemonía está cuestionada y ha perdido iniciativa estratégica, que buscará recuperar.
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¿Qué puede esperar América latina de las políticas de la Administración Trump? Seguramente que no abandonará la política de considerarla su “patio trasero”, menos aún que reduzca sus bases militares.
 
México es prioridad, pero es un caso diferenciado. Su territorio está prácticamente partido luego de su adhesión al NAFTA. El norte industrializado bajo la hegemonía de la maquila está integrado estructuralmente a la acumulación capitalista estadounidense, mientras que el sur campesino se despobló y empobreció con la pérdida de la soberanía alimentaria y las migraciones. La renegociación del NAFTA difícilmente traiga ventajas para México, lo que no puede llevarnos a embellecer la situación actual. Si se cumple la expulsión masiva de migrantes que prometiera Trump se agudizará la crisis social.
 
En declaraciones ha afirmado que continuará la ofensiva contra Venezuela, algo esperable, pero su administración ha sido muy cautelosa en la reciente crisis, en cuanto a Cuba la lógica es que retome la línea de hostigamiento, lo que entraría en colisión con la embrionaria apertura del período anterior que ya había posicionado favorablemente a numerosos capitales estadounidenses.
 
La combinación de un fuerte gasto público y la pérdida de recursos por la reducción de impuestos redundará en mayor déficit fiscal y en presiones inflacionarias con lo que aumentarán las tasas de interés, se encarecerá el financiamiento, crecerán las dificultades para países que, como Argentina, están endeudados y tienen ya una fuerte carga de intereses, se puede incentivar la fuga de capitales que dificultará la inversión y el crecimiento. Todo redundará en el fortalecimiento del dólar que impactará en el precio de las materias primas y productos energéticos que exporta la región.
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Junto con la renegociación del NAFTA, seguramente se revisarán otros TLC como el CR-CAFTA y los firmados con Colombia, Perú y Chile. Si esto sucede la Alianza para el Pacífico quedará en debilitada, justo cuando las nuevas derechas de la región, particularmente los Gobiernos Macri y Temer, se orientaban hacia ella para desde allí conectar con el Acuerdo Transpacífico, por ahora desactivado.
 
Ante la evidencia los gobiernos de Argentina y Brasil han virado ahora a apoyarse en el MERCOSUR, estancado desde hace tiempo, para apurar la firma de un TLC con la UE, demorado desde hace 15 años, pero la UE atraviesa una crisis prolongada y han crecido en su interior fuerzas desintegradoras.
 
Estas implicaciones operan cuando los tres proyectos en disputa en la región, el neoliberal, el neodesarrollista y el de integración continental antiimperialista (ALBA) están en crisis. El rápido ofrecimiento de un acuerdo de libre comercio de China con la región es un intento de cubrir ese vacío. Hay que cuidarse de caer en el impresionismo de ciertos sectores sobre el papel que puede jugar la potencia asiática, también Rusia, en una alianza que se mueva con cierta independencia de los EEUU.
 
¿Hasta dónde llegará Trump? O mejor dicho ¿hasta dónde lo dejaran llegar las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales en pugna? ¿Se abrirá un periodo de confrontación interburguesa? Por ahora todo es relativo.
Pero esta incertidumbre no puede llevarnos a permanecer expectantes. En este tiempo de disputas geopolíticas, cuando la unipolaridad aún pesa y la multipolaridad está en el centro de la escena pero no logra forjar un régimen que la pueda ordenar, América Latina enfrenta viejos y nuevos problemas. Entre los primeros que EEUU no abandonará la política de considerarla su “patio trasero”, menos aún que reduzca sus bases militares, tampoco su voracidad por los recursos naturales y la biodiversidad.
 
Entre los segundos se estrechan tanto el margen para los gobiernos “progresistas” como las posibilidades del juego democrático propio del régimen burgués. También que resurgen las ideas de aliarse con el mal menor para enfrentar al “enemigo principal” y de unidad nacional, que de conjunto constituyen tal vez la principal traba para el rearme ideológico de los trabajadores y los sectores populares.
 
 Estos desafíos requieren en nuestra América Latina, que ve resurgir las grandes movilizaciones populares, profundizar los debates sobre programas y propuestas que incluyan una perspectiva anticapitalista, en el cual las organizaciones de las clases trabajadoras y los movimientos sociales en su diversidad deberán convertirse en la fuerza motora del proyecto de integración regional, con los pueblos como su protagonista principal y decisivo.
 
Bs.As, abril   2017.
  
* Ponencia presentada en el Taller 15 años del EDI, Jornada de reflexión sobre la situación económica mundial y sus perspectivas. Hotel Bauen, abril de 2017.
Agradezco los comentarios que sobre la versión original me hicieran llegar Guillermo Almeyra y Evelin Heiden. Me he beneficiado ampliamente de la lectura y discusión del texto “Globalización capitalista, imperialismos, caos geopolítico y sus implicaciones” preparado por Pierre Rousset para la reunión anual del Comité Internacional de la Cuarta internacional-SU, y de los aportes al mismo de Catherine Samary.
 
** Integrante del Colectivo EDI –Economistas de Izquierda-
 
Notas
(1) El comercio mundial está creciendo a la mitad de lo que lo hizo en las últimas tres décadas, ya son cinco años consecutivos de una expansión menor al 3 por ciento, cuando hasta la crisis del 2008 la tasa de crecimiento era el doble de la del PBI mundial, la expansión de 1.7% en 2016 fue menor que la registrada en el año anterior. Por primera vez en quince años el crecimiento del comercio mundial fue menor que el crecimiento de la producción.
(2) En los 15 años anteriores al 2008 la inversión extranjera directa de las corporaciones multinacionales aumentaba el triple que el PBI global, en 2015 resultó un 40 por ciento inferior al monto más alto registrado antes de la crisis. Esto cuando las tasas de interés fueron (son) extraordinariamente bajas, incluso tanto en Japón como en varios países europeos las bancas centrales cobran tasas de interés de redescuento negativas.
(3) La desaceleración de la economía China es la principal responsable de esta tendencia a la baja, este año crecerá 6.5, pero no es menor el comportamiento de la economía de EEUU. Su fase de recuperación iniciada en 2009 es la más débil desde los años ’30, ese crecimiento débil se proyectaba, hasta Trump, al menos 5 años para adelante, se hablaba así de una “nueva normalidad” en la economía estadounidense.
(4) Reducirá el impuesto a las ganancias de las corporaciones en 20 puntos, llevándolo al 15 por ciento, y cobrando una tasa por única vez del 10 por ciento para las que repatríen las ganancias retenidas en el exterior, calculadas en 2.5 billones de dólares. Desregulará los distintos mercados -incluido el financiero-, flexibilizará las normas de protección ambiental -favoreciendo especialmente al sector petrolero y carbonífero. Esto producirá una nueva caída de los costos de producción, ya beneficiados por la baja de los costos de la energía producto del pasaje al uso intensivo de gas, luego de la explotación masiva por fracking.
 
(5) El déficit comercial con China es del orden de los 350.000 millones de dólares; con Alemania de 75.000 y con Japón de 67.000, con México de 54.000 y con Canadá 35.000 (Clarín 26.03.2017).
 
(6) Ciertos analistas ya dan por seguro una guerra comercial abierta, sin embargo los intereses comerciales en juego son de una magnitud que de ellos depende buena parte de la inestable estabilidad mundial. El 80 por ciento de las exportaciones mexicanas y el 20 por ciento de las chinas van a EEUU, mientras que casi 6 millones de puestos de trabajo dependen de las exportaciones de EEUU a ambos países. La economía mexicana está estructuralmente integrada a la estadounidense, la integración de esta con la canadiense es casi total; más del 30 por ciento del comercio mundial es intrafirma, organizado por las corporaciones en cadenas de valor globales que incorporan productos de varios países; por si algo faltara, China detenta el 7 por ciento de la deuda pública de EEUU.
 
(7) Esto es posible para las empresas de alta tecnología. Según algunos analistas en esta actividad el diferencial de costos con China es de solamente el 5%.