Mario Soares, un Ebert portugués

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Autor(es): Louçã, Antonio

Louçã, Antonio. Socialista revolucionario portugués, periodista e historiador. Autor de los libros Negócios com os Nazis. Ouro e outras pilhagens 1933-1945, Lisboa, Fim de Século, 1997, y Hitler e Salazar. Comércio en tempos de guerra, 1940-1944, Lisboa, Terramar, 2000, entre otros. Activista estudiantil en los años finales de la dictadura y participante activo en la Revolución Portuguesa, a treinta años de ese acontecimiento aporta una lúcida y personal evaluación del mismo.


 
 
El 7 de enero falleció, a los 92 años de edad, Mario Soares. Este prominente político portugués fue fundador y principal dirigente del Partido Socialista, formó parte de gobierno provisorio conformado tras el derrocamiento de la dictadura por el Movimiento de las Fuerzas Armadas el 25 de Abril de 1974, miembro de la Asamblea Constituyente, vencedor en las elecciones legislativas de 1976…
Desempeñó por dos veces el cargo de Primer Ministro y también dos veces fue electo Presidente de la República. No sorprende, entonces, que los medios de comunicación de todo el mundo, y no únicamente de Portugal, destacaran su importancia de estadista y prohombre de la democracia. Muchos valoran por sobre todo el especial empeño y capacidad de Soares para quebrar la dinámica de genuina revolución social que las masas en la calle impusieran a aquella “Revolución de los claveles” convirtiéndola en el “Proceso Revolucionario En Curso” que tantas expectativas despertara en los años 1974-1975: el último intento de revolución socialista en Europa… enterrado por un “socialista”.
Desde una perspectiva política completamente diferente a la de los medios y comentaristas burgueses, el historiador y periodista Antonio Louca, con quien por aquellos años tuve la posibilidad y el gusto de compartir militancia y periodismo en el semanario Combate Socialista publicado en Lisboa y que es hoy regular colaborador de Herramienta, nos ofrece el crítico pero muy sobrio perfil político de Mario Soares que sigue a continuación. La traducción y [agregados] son de mi responsabilidad.
 
Aldo Casas    
 
 
Mario Soares, un Ebert portugués
Por Antonio Louca
 
Entre los elogios póstumos que la derecha dedica a Mario Soares se destaca el de haber sido capaz de rechazar el destino de ser un “Kerensky portugués”. Es verdad que Soares tuvo la habilidad, y también la suerte, de haber escapado a ese destino. Pero si con alguien  se lo puede comparar, es con Friedrich Ebert, el sepulturero de la revolución alemana.
Como todas, también esta comparación histórica tiene sus límites. Ebert era un típico exponente de la aristocracia obrera, dirigente del partido social-demócrata más grande del mundo. Apoyó, con todo el aparato del partido, al militarismo prusiano durante la Primera guerra mundial y, en su fase final, pasó a ser integrante del gobierno.
No era fácil estar en el poder y, repentinamente, tener que disfrazarse de revolucionario cuando, en noviembre de 1918, una victoriosa revolución irrumpió y derribó ese poder. Ebert llegó a vociferar contra su camarada Scheidemann cuando este, a coro con el pueblo insurrecto, proclamó el fin de la Monarquía. Después se habituó a la idea de República y fue su primer Presidente.
En todo caso, la promoción de un obrero socialdemócrata y monárquico a Primer magistrado de la República burguesa no era principalmente producto de la habilidad para cambiar de traje de Ebert, que como ya vimos era limitada, sino sobre todo de  una burguesía alemana mucho más sólida que la rusa, más hábil, más rápida para convocar a elecciones constituyentes. Existía, además, una coyuntura en cierto sentido más favorable que en Rusia: Alemania estaba derrotada y ya no era necesaria una segunda revolución para terminar con la guerra.
 
Ebert y Soares
 
Distinto de Ebert en muchos aspectos importantes, Mario Soares no era un aristócrata obrero, sino un burgués de sólida formación republicana (con un breve devaneo juvenil stalinista). No encabezaba ningún partido, ni grande ni pequeño: inicialmente, su influencia se limitaba a algunas tertulias de profesionales liberales, muy poco decididos a formalizar la creación de un partido, para no exponerse a una mayor represión [de la dictadura zalazarista]. Ganó prestigio como abogado de presos políticos, rompió el frente electoral de la oposición en 1969 y se diferenció del Partido Comunista Portugués (PCP) buscando abrir camino a la legalización de un partido social-demócrata. Pero ese cálculo fracasó completamente, porque la “primavera marcelista” [cundo Marcelo sucedió a Zalazar al frente del Estado] no era portadora de ninguna perspectiva  bipartidista. Era, en definitiva, el otoño de la dictadura –dura, represiva, intratable y unipartidaria como siempre.
 
Muy lejos de la súper poderosa social-demócracia alemana, la corriente de Soares ni tuvo ministros en el último gobierno de la dictadura, ni consiguió siquiera ser legalizada. El congreso de fundación del Partido Socialista (PS), fue realizado en 1973 en Bad Münstereifel [Alemania Occidental] simbólicamente bajo el ala  protectora de la Fundación Friedrich Ebert, y sus miembros cabían en tres o cuatro taxis. Cuando cayó la dictadura [el 25 de Abril de 1974], el recién fundado PS compensó su debilidad con una inflamada retórica de izquierda: arrancó con el discurso de Mario Soares el 1° de mayo [de 1974, cundo ya la irrupción de las masas convertía a la “Revolución de los claveles” en algo mucho más profundo que un pronunciamiento militar], afirmóse un poco más con el reclutamiento de un Palma Inácio y culminó en un congreso lleno de discurso autogestionario. Pero el discurso eran palabras y la verdadera política quedaba en manos de la derecha social-demócrata: el mismo congreso que hablaba de autogestión, liquidaba el ala izquierda de Manuel Serra.
 
Contrastando con la Revolución Rusa, tanto las revoluciones Alemana de 1918 como la Portuguesa de 1974 comenzaron con una guerra ya prácticamente terminada: lo que retiraba un arma decisiva en manos de una izquierda que quisiera llevar más lejos la revolución, haciendo en la segunda lo que faltaba en la primera...
 
Soares y el putchismo spinolista
 
También en contraste con la Revolución Rusa, tanto la burguesía alemana como la portuguesa se pronunciaron en favor de la organización de elecciones constituyentes. En eso, sin embargo, Ebert superó rápidamente sus resabios monárquicos y fue más expeditivo que Soares: dos meses después del derrocamiento de la monarquía, las elecciones estaban hechas. Soares comenzó incluso por vacilar respecto a la estrategia plesbicitaria de Palma Carlos en julio [de 1974] y mantuvo un perfil desdibujado y ambiguo en la resistencia al golpe spinolista de septiembre.
 
La ambigüedad lo debilitó políticamente y lo hizo dudar sobre sus fuerzas para oponerse a la reivindicación de unicidad sindical. Fue Salgado Zenha quien  se impuso y sacó el PS a la calle contra la unicidad. El PS perdió la batalla, pero comenzó a diferenciarse del PCP y a preparar el terreno para una dura disputa del electorado.
 
También frente al golpe spinolista del 11 de marzo [de 1975] Soares tuvo, nuevamente, una actitud ambigua e incluso sospechosa. Quien tuvo claridad estratégica, en éste caso, no era aún Soares ni era ya Salgado Zenha, sino el embajador norteamericano, Franck Carlucci: sabiendo de golpes militares más que nadie, él percibió que la receta pinochetista-spinolista no servía para la situación portuguesa de 1975. Cultivó las relaciones con el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) que se había opuesto a la estrategia plesbiciaria-golpista y consiguió que fuera el mismo MFA, en buena lógica, quien garantizara la realización de las elecciones.
 
Estas no se realizaban a los dos meses, sino un año después de la irrupción de la revolución [lo que se conoce como PREC: “Proceso Revolucionario en Curso”]. La burguesía portuguesa había perdido tiempo y pagaba el precio: la expropiación del sector financiero, la gran  industria y la gran propiedad agraria. Pero lo importante era que el poder pasara a manos de confianza. La victoria del PS en las elecciones sorprendió al mismo Soares y confirmó la estrategia de Carlucci.
 
Soares y el triunfo electoral
 
Desde ese momento, Soares se convirtió en el gran paladín de la Constituyente  y chupó hasta el tuétano el capital político que la misma le había suministrado. Unió el método de Zenha, poniendo en la calle a una coalición de todas las derechas, y la bandera de Carlucci, invocando la legitimidad electoral. Con estos dos ingredientes, se asaltaron locales de partidos de izquierda, se convirtió a los casos del diario República y Radio Renascenca  en temas internacionales, se colmó la Alameda y se volteó al último gobierno goncalvista.
 
Incluso así, cuando llegó el 25 de noviembre, no era Soares quien había asimilado más plenamente la estrategia de Carlucci. Con buena parte de la dirección del PS, él se dirigió a  Porto, para preparar el ataque a la “Comuna de Lisboa” –vale decir, la guerra civil. Quienes siguieron hasta el fin el libreto de Carlucci fueron Costa Gomes y Melo Antunes [líder de los “moderados” del MFA], que se mantuvieron en sus puestos y negociaron con el PCP una salida casi incruenta.
 
La victoria de los militares noviembristas abrió a Soares el camino al poder. Ya al timón del navío del Estado, con la revolución derrotada, impuso una violenta política de austeridad y  el sistemático desmantelamiento de las conquistas del PREC. En ese contexto, la demagogia seudo izquierdista  pasaba a ser superflua. Pero con su inagotable imaginación, conseguía aún hacernos sonreír algunos años después cuando, al conseguir ese otro gran objetivo de su política –la adhesión a la CEE-, se justificaba diciendo que no era posible “construir el socialismo en un solo país”…¿Para qué tanto empeño en crear un marco internacional que hiciera viable el socialismo si, en el pos-25 de noviembre, este había sido archivado?

Muchas veces Soares no fue ni el primero, ni el más brillante inventor de innovaciones estratégicas. Marchó a la cola de Spinola y Palma Carlos durante algún tiempo, siguió después a Zenha, luego a Carlucci y terminó beneficiándose con la sangre fría de Costa Gomes y Melo Antunes. Pero fue el “animal político” que siempre supo articular  los destellos inspirados de otros para  transformarlos en una campaña por una democracia musculada al servicio de la burguesía.