¿Dónde está el sujeto? Intervenciones de Álvaro García Linera en torno a la Revolución Bolchevique

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Ramiro Parodi

  
Introducción
 
Gasto heroico, democracia absoluta, multitud en acción creativa, caos creador, sujeto actor de su propio destino, momentos ígneos, fluidez lenta, producción de comunidad, colectividad social en estado de fusión. Diversas son las figuras a través de las cuales Álvaro García Linera se refiere a la Revolución Rusa de 1917. Estas caracterizaciones buscan captar distintos rasgos de la Revolución de Octubre, muchos de los cuales recorren algunas de las principales tesis del pensamiento de Linera, tales como la “incompletud” de la historia, la relación entre autodeterminación y multitud, la idea de democracia como expansión de los espacios de participación a través de una ciudadanía fiel y la tesis principal de este recorrido: toda revolución es un proceso de temporalidades múltiples.
 
En esta oportunidad, propongo un doble recorrido entrelazado. Por un lado, realizar un rodeo por el texto de García Linera denominado “Tiempos salvajes. De la Revolución Rusa de 1917 a la Revolución de nuestros tiempos”, escrito para una compilación realizada este año y nutrida de aportes esbozados previamente en torno a los conceptos de  proceso, crisis, flujos y momentos revolucionarios. Por otro, pero en estricta relación con el primero, buscaré establecer un vínculo entre este modo de caracterizar a la revolución y las marcas que dejan estos procesos en las sociedades. De este modo, iremos más allá de lo que señala García Linera cuando afirma que: “Aunque en comparación al resto de la vida institucional y regular de la sociedad, las revoluciones duren poco tiempo en su explosión vital, ellas son las que en realidad la moldean y diseñan las estructuras sociales y topográficas institucionales”. (García Linera, 2017: 5)
Para proponer que los sujetos son los que desbordan las materializaciones institucionales posrevolucionarias y que, por lo tanto, las subjetividades políticas son las que emergen de los procesos revolucionarios.
 
La Revolución como proceso
 
El actual vicepresidente de Bolivia encuentra dos modos erróneos a través de los cuales fueron abordadas las revoluciones en general y la Revolución Bolchevique en particular. Una de ellas fue reducir este acontecimiento a la toma del Palacio de Invierno. Es decir, circunscribir la revolución a un instante cinematográfico que, en palabras del propio García Linera, no es más que un efecto de la revolución, pero no su contenido total. El segundo de estos modos confusos es pensar que se puede cercar a la revolución al instante en el que determinadas fuerzas deciden desencadenar la insurrección.
 
Estos dos abordajes, que no son más que las dos caras de la misma moneda, poseen múltiples problemas como, por ejemplo, hacer de la revolución una idea brillante de algún genio, obturar la importancia vital de los procesos colectivos o suponer que un adversario político se desvanece en el aire con la toma de un edificio público. Estas dos visiones arrastran tras de sí una concepción lineal de la temporalidad que supone que esta puede cortarse en un punto y recomenzar desde cero. En contra de estos abordajes García Linera señala que:
 
La revolución no constituye un episodio puntual, fechable y fotografiable, sino un proceso largo, de meses y años, en el que las estructuras osificadas de la sociedad, las clases sociales y las instituciones se licúan y todo, absolutamente todo lo que antes era sólido, normal, definido, previsible y ordenado, se diluye en un “torbellino revolucionario” caótico y creador. (García Linera, 2017: 7)
 
La idea de proceso revolucionario viene a disputar dos frentes. En primera instancia, intenta discutir con una dimensión plana de la historia atravesada por una única contradicción que, en caso de ser resuelta, transformaría plenamente las sociedades. Pero también discute con la lógica del cálculo y la previsibilidad revolucionaria. García Linera se inclina por pensar en las revoluciones como “acontecimiento excepcionales, rarísimos, que combinan de una manera jamás pensada corrientes de lo más disímiles y contradictorias, que lanzan a la sociedad entera, anteriormente indiferente y apática, a la acción política autónoma”. (García Linera, 2017: 9)
 
Entender a la Revolución de Octubre como un proceso permite abordar sus múltiples contradicciones internas tales como las tensiones entre los distintos partidos políticos, los modos disímiles en los que se desplegaron las asambleas, las múltiples reacciones ante determinadas decisiones como la estatización de la banca o de las tierras. En otras palabras, el pensador boliviano habla de “muchas revoluciones desplegándose al interior de la revolución” (García Linera, 2017: 10), en las que se desenvuelve “una intensa lucha por la hegemonía política al interior de las clases subalternas” (García Linera, 2017: 11). Lo que se pone en escena entonces es una exacerbación del desacuerdo al interior de la propia revolución. Sin embargo, es precisamente esa falta de homogeneidad lo que hace avanzar a la revolución. No es el acuerdo, sino la discusión y el involucramiento lo que motoriza al proceso ya que cada una de estas intervenciones pone en escena un cúmulo de demandas insatisfechas que pudieron nombrarse.
 
Democracia como condición de posibilidad de la Revolución
 
Es precisamente porque un proceso revolucionario evidencia una serie de demandas populares anteriormente invisibilizadas que García Linera afirma que no podemos prescindir de la idea de democracia cuando intentamos pensar qué pasó en la Revolución Rusa. Lo que se expande en estos momentos son las instancias de participación. Hay una radicalización de la democracia que hace estallar los marcos preestablecidos para ella y se traslada a otros territorios más fértiles. En octubre de 1917 esto fue precisamente lo que sucedió y lo que García Linera señala a través de la descripción de Harold Williams:
Los siervos y los porteros de las casas piden consejos respecto a qué partido deben votar en las elecciones de distrito. Todas las paredes de la ciudad están llenas de carteles de reuniones y conferencias, congresos, propaganda electoral y anuncios (…) Dos hombres discuten en una esquina de la calle e inmediatamente se ven rodeados por una emocionada multitud. Incluso en los conciertos, la música ya se ve diluida por los discursos políticos de oradores famosos. La perspectiva Nevsky se ha convertido en una especie de Quartier Latin. Los vendedores de libros llenan las aceras y anuncian a gritos folletos sensacionales acerca de Rasputín y Nicolás, de quién es Lenin y de cuánta tierra van a recibir los campesinos. (García Linera, 2017: 14. Citado en Freges, 1990: 417)
 
Estamos ante una “democracia absoluta” (García Linera, 2017: 15) que únicamente puede crecer a través de la prolongación de la insurrección. La delegación de los asuntos públicos es dejada de lado junto con la apatía política para devenir en prácticas de sujetos políticos que asumen su responsabilidad ante los asuntos comunes. Es posible rastrear en el pensamiento de García Linera que las garantías democráticas como la asociación y el pluralismo operan como condiciones de posibilidad de la revolución. ¿Pero cómo conciliar este desborde democrático con la necesidad de un orden? ¿Cómo articular las múltiples democracias con la democracia del gobierno? ¿Qué puede hacer el Estado en estos procesos?
El modo que García Linera sugiere para pensar esta contradicción inherente a las revoluciones es la de sostener que se desarrollan dos democracias en paralelo una “democracia local” y una “democracia general” (García Linera, 2017: 23). El pensador boliviano no opta por una o la otra, sino más bien por sostener ambas ya que es preciso que se desarrollen tanto instancias de monopolización como instancias de universalización del poder. Así como es necesario que cada asamblea represente un “mini estado” (García Linera, 2017: 23) y, de ese modo, expandir los lazos democráticos también es necesario monopolizar algunas decisiones por parte del Estado para evitar que:
 
Cada fábrica comience a actuar por su cuenta, a fijarse solo en el bienestar de sus trabajadores sin considerar el bienestar del resto de los trabajadores de otras fábricas y de los habitantes de las ciudades o de los campesinos o que los soviets de campesinos solo se preocupen del abastecimiento de sus afiliados, dejando de lado a los trabajadores de las ciudades que están sin alimento; es decir, el momento en el que cada institución democrática obrera solo se fija en sí misma sin tomar en cuenta el conjunto de los trabajadores y ciudadanos del país, se produce una hecatombe económica que paraliza el intercambio de productos y potencia los egoísmos entre sectores que se desentienden de los demás llevando a la disminución de la producción, el cierre de empresas, la pérdida de trabajo, la escasez, el hambre y el malestar en contra del propio curso revolucionario. (García Linera, 2017: 24)
 
El rol del Estado
 
Es necesario, en este sentido, evitar un desencuentro entre dimensiones territoriales de la democracia con el fin de mantener la unidad del proceso. En este sentido, es el Estado  el que juega un rol fundamental, pero ya no como monopolizador absoluto del poder como en los tiempos del Zar sino como instancia intermedia abocada a lidiar con la contradicción que implica la existencia de dos democracias desarrollándose en paralelo. Es el Estado el encargado de cabalgar la contradicción que implica que para profundizar la revolución hay que, por momentos, monopolizar el poder. La tesis del pensamiento de García Linera sobre el Estado es que este es una instancia imprescindible para un período de tiempo que debe ser limitado mas no necesariamente corto. Su carácter es transitivo y su tarea es la estabilidad, pero su duración es incierta.
 
Así como García Linera intenta distanciar la oposición entre revolución y democracia para plantear que no hay revolución sin radicalización de la democracia, también buscará separar la idea de que toda revolución es una guerra de posiciones. Esto, por un lado, refuerza la idea del proceso en contraposición a la concepción de la toma de mandos. Mientras que, por otro lado, busca plantear que la relación entre revolución y violencia no es inherente, sino que es propia de determinadas circunstancias que el pensador boliviano reduce al “momento jacobino”. (García Linera, 2017: 20)
En este sentido, García Linera ha tendido a distinguir dos momentos, de jerarquías distintas, dentro de los procesos revolucionarios. Uno de ellos es el que muchas veces se ha denominado “momento gramsciano”  (García Linera, 2015: 45) que se desarrolla a través de una batalla hegemónica, donde se pone en juego una disputa en torno al sentido común y se intenta desplegar otras lógicas de lo sensible que habilitan nuevas “esperanzas movilizadoras”. (García Linera, 2015: 45) El otro momento fue denominado “momento leninista” (García Linera, 2015: 45), que es lo que anteriormente hemos nombrado como “momento jacobino”. Se trata del instante necesario de intervención violenta, cuando es preciso que la conquista realizada en términos hegemónicos no sea bloqueada por “las viejas clases dominantes”. (García Linera, 2017: 20) En términos jerárquicos, García Linera establece una primacía del momento gramsciano por sobre el momento jacobino:
 
La batalla por el liderazgo y conducción política de las clases populares movilizadas es la clave de la revolución; mientras que la audacia insurreccional que derrumba definitivamente el viejo poder estatal es una contingencia emergente del curso de esa lucha previa por la hegemonía. (García Linera, 2017: 18)
 
Lo singular del caso ruso, observa el pensador boliviano, es que, a diferencia de otros procesos revolucionarios, el momento gramsciano se produjo extraordinariamente rápido. Dicho período suele estar conformado por largos años de destrucción y reconstrucción simbólica de los esquemas que conforman la ética y la lógica de los sujetos. Sin embargo, esto no fue así en la Rusia de 1917. El vicepresidente de Bolivia esboza una hipótesis para dicho aceleramiento y señala que podría tratarse de la infinita acumulación de contradicciones que atravesaba al país, desde la Revolución de 1905 hasta la Primera Guerra Mundial, pasando por la crisis económica y la crisis simbólica que estos dos acontecimientos habilitaron.
La idea de momento jacobino es la que le permite a García Linera reforzar su tesis de la revolución como proceso, ya que lo que escenifica es la paradoja que implica que el día después de la revolución todo sigue igual, aunque ya nada es como antes:
 
Los bolcheviques tomaron el poder en octubre del 1917, pero el Banco Central seguía entregando dinero a los representantes del antiguo gobierno provisional incluso hasta fines de noviembre. En enero de 1918, los funcionarios de los ministerios aún se mantenían en huelga en desconocimiento a los nuevos ministros; en tanto que administrativos de gobiernos locales seguían sin obedecer al nuevo gobierno aún entrados los primeros meses de 1919. (García Linera, 2017: 21)
 
Fue la guerra civil su momento jacobino, el cual les permitió la cuota de estabilidad necesaria para afrontar el desarrollo de la revolución.
El momento jacobino o punto de bifurcación es la necesidad de torcer la historia, no con el fin de eliminar al adversario político, sino para lograr un triunfo que decante en su repliegue y erosione tanto su incidencia institucional como su hegemonía simbólica. Se trata de consolidar, no solo un nuevo gobierno, sino también otro sentido común. Para ello, la derrota del adversario es imprescindible en pos de la duración y de la unidad del proceso revolucionario.
 
Los tiempos de la Revolución no son los tiempos del Estado
 
Si el Estado cumple una fase transitiva es porque tiene limitaciones intrínsecas que son ineludibles. García Linera suele recurrir al concepto de “comunidad ilusoria” (Marx y Engels, 1968: 35) esbozado por Marx y Engels en la Ideología Alemana para señalar la paradoja que atraviesa a un Estado que intenta unir lo disperso. El Estado lidia entre la necesidad de crear una comunidad y su imposibilidad estructural, ya que la comunidad no funciona por intermedio de la imposición.
Lo único que puede hacer el Estado, por muy revolucionario que sea, es dilatar, habilitar y proteger el tiempo para que la sociedad, en estado de autodeterminación, en lucha, en medio, por arriba, por abajo y entre los intersticios del capitalismo predominante, despliegue múltiples formas de creatividad histórica emancipativa y construya espacios de comunidad en la producción, en el conocimiento, en el intercambio, en la cultura, en la vida cotidiana. (García Linera, 2017: 52)
 
Se trata de fracasar cada vez mejor, como señaló Samuel Beckett. Uno de esos intentos, que atravesó a la Revolución Rusa, fueron las estatizaciones. García Linera recupera la historia de las estatizaciones de las tierras, los bancos y las industrias con el fin de resaltar que lo que late en el corazón de estas medidas es la intención de cambiar las relaciones de producción: de la ley del valor de cambio a la ley del valor de uso. Se apostaría por una suerte de desfetichización de las mercancías con el fin de extraerles lo que Marx denominó su “carácter místico”. (Marx, 1975: 85)
Sin embargo, la estructura procesual de la revolución da cuenta de la imposibilidad de prever el resultado de las medidas, ya que “la naturaleza social de la revolución soviética no está definida de antemano y se va haciendo y rehaciendo en el mismo transcurso de la acción”. (García Linera, 2017: 32) El pensador boliviano recurre a Lenin para explicar qué sucedió transcurridos los primeros años de la revolución. A pesar de que el objetivo fue introducir la producción y la distribución estatal con el fin de crear un sistema económico de producción y distribución diferente del anterior, el resultado fueron nuevas formas capitalistas.
 
Al estatizar esos recursos, el Estado les quita la base material a las anteriores clases propietarias, que no solo pierden recursos, dinero y ahorros, sino que además pierden poder de decisión, de influencia social y probablemente poder político (...) Pese a ello, la contabilización del tiempo de trabajo abstracto sigue regulando el intercambio de las mercancías en el mercado interno y externo. (García Linera, 2017: 38)[1]
 
Otro riesgo que atañe al proceso de estatizaciones, cuyo horizonte es la reconversión de la ley del valor y la disolución del dinero, es el de otorgarle excesivo control de las decisiones a un Estado que, por más representación que tenga, no deja de ser el monopolio de las decisiones comunes. García Linera advierte contra el peligro de, en pos de apurar los tiempos revolucionarios, reinstalar un Estado desdemocratizador monopolizado por una nueva minoría.
 
Las estatizaciones derrumban el poder de la burguesía, sí, pero en el marco del dominio de las relaciones capitalistas de producción. Las estatizaciones crean condiciones para una mayor capacidad política de las iniciativas de las fuerzas revolucionarias, sí, pero mantienen inalterable la lógica del valor de cambio en los intercambios y el comercio de productos del trabajo social. (García Linera, 2017: 41)
 
El ejemplo de la NEP[2] (Nueva Política Económica) es el que le permite a García Linera, nuevamente a través de Lenin, no resolver el problema de los momentos de monopolización del poder por parte del Estado, sino proponer un modo estratégico de actuar por parte de ese Estado. Se trata de una corrección sobre las medidas tomadas en torno al manejo de las tierras, la relación entre las industrias nacionales y el reclutamiento laboral forzoso. En definitiva, hablamos de un proceso de autocrítica práctica que evita los dos mayores riesgos de las estatizaciones: la reconstrucción de una minoría privilegiada (los que ahora gestionan las instituciones estatizadas) y el aprovechamiento de esa minoría de su posición de privilegio.
 
El Estado no puede crear comunidad, porque es la antítesis perfecta de la comunidad. El Estado no puede inventar relaciones económicas comunistas, porque ellas solo surgen como iniciativas sociales autónomas. El Estado no puede instituir la cooperación, porque ella solo brota como libre acción social de producción de los comunes (...) Si alguien ha de construir el comunismo es la propia sociedad en automovimiento. A partir de su experiencia, sus fracasos y sus luchas. (García Linera, 2017: 53)
 
Conclusiones
 
García Linera no lee a la Revolución Bolchevique para enmendar sus errores en Bolivia. No está pensando en fórmulas susceptibles de ser aplicadas sin análisis crítico. El repaso que el vicepresidente realiza es un análisis de coyuntura que implica pensar las contradicciones propias de ese momento histórico sin posibilidad de trasladarlas a ningún lado.
Lo que sí parece sostenerse relativamente inmutable (desde un punto de vista más político que filosófico y, por lo tanto, más coyuntural que ontológico) es el carácter procesual, ya que cuando uno repasa los textos de García Linera sobre las revoluciones de su país es posible encontrar la misma operación de lectura que realiza con la revolución del 17: multiplicidad de contradicciones, derrotas internas, retrocesos, continuidades con el régimen antiguo. Mientras que otro aspecto que permanece es la idea de la democracia como condición de posibilidad de las revoluciones. En su triángulo histórico de acontecimientos (integrado por La Revolución de 1952, La Marcha por la Vida de 1985 y la Guerra del Agua del 2000) subyace un gran énfasis en los modos de organización asambleístas y el involucramiento de sectores de la sociedad previamente apáticos, que esos “momentos políticos” (Rancière, 2010) habilitaron.
La imposibilidad de prever una estrategia revolucionaria, el tiempo de un Estado o el efecto de una medida como la estatización no radica en una carencia de líderes políticos astutos (la admiración de García Linera por Lenin es irrefutable), sino en el hecho de que la “incompletud” de lo social está determinada por la presencia de los sujetos, sus prácticas aleatorias y sus tiempos múltiples. De ahí que sea posible concluir de modo provisorio que, en el dispositivo teórico de García Linera, no solo la pregunta por la revolución, sino también la pregunta por el Estado y la Democracia sean, también, preguntas por el sujeto político de modo que esta categoría funciona como su variable de desajuste.
 
 
Bibliografía:
 
Figes, Orlando, La Revolución rusa 1891-1924. La tragedia de un pueblo. España: Edhasa, 1990.
García Linera, Álvaro, “Estado, democracia y socialismo”. En: Socialismo comunitario un horizonte de época. La Paz: Vicepresidencia de Bolivia, 2015, pp. 34-66.
García Linera, Álvaro, “Tiempos salvajes de la Revolución Rusa de 1917 a la Revolución de nuestros tiempos”. En: La revolución rusa cien años después. Madrid: Akal, 2017, pp. 529-612.
Lenin, Vladímir Ilich, “La nueva política económica y las tareas de las comisiones de educación política”. En: Obras selectas,II. Buenos Aires: Instituto del Pensamiento Socialista, 2013, pp. 539-554.
Marx, Karl y Engels, Friedrich, La ideología alemana. Montevideo: Pueblos unidos, 1968.
Rancière, Jacques, Momentos políticos. Buenos Aires: Capital intelectual, 2010.
Poulantzas, Nikos, Estado, poder y socialismo. Buenos Aires: Siglo XXI, 1979.


[1] Es innegable aquí la influencia poulantziana a la hora de tomar recaudos respecto a las estatizaciones: “Es necesario, ante todo, no caer en la ilusión de que el capital estatal, debido a su carácter público, sería cortocircuitado y neutralizado en la reproducción global del capital social y en cierta medida o del todo ya no formaría parte del capital. Ese capital sigue explotando (las empresas públicas explotan a sus trabajadores) y por tanto produciendo plusvalía” (Poulantzas, 1979: 212). Para ver más sobre la influencia del filósofo grecofrancés en el pensamiento de García Linera ver: “Estado, democracia y socialismo”, en Socialismo comunitario, un horizonte de época.
[2] El NEP fue un plan económico promulgado en 1921 con el fin de salir de la profunda crisis en la que se encontraba la revolución. Algunas de sus medidas fueron la sustitución de la requisa de excedentes por un impuesto (lo que abrió la libre comercialización de los excedentes), y concesiones a capitalistas extranjeros y privados. En palabras del propio Lenin fue “volver al capitalismo” (Lenin: 2013. 542) a razón de una “severa derrota en el frente económico” (Lenin: 2013. 541). Esta observación de Lenin puede ser entendida en términos de una autocrítica radical, pero también como una observación del carácter procesual e incierto de la revolución.