Cuba-EEUU: por fin una buena noticia

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Santiago Alba Rico

 
Más prudente Raúl Castro, más retórico Obama, los gobiernos de Cuba y EEUU anunciaron ayer de manera simultánea el restablecimiento de relaciones entre los dos países tras 54 años de guerra caliente y fría en la que la desproporción de fuerzas, y la inicua herramienta del bloqueo, han descascarillado la economía, pero no doblegado la resistencia de la isla. Se podrá especular a continuación sobre lo que esta medida significa, pero de entrada hay que celebrarla como una buena noticia en un mundo que multiplica las malas. Es una buena noticia para los presos liberados de una parte y de otra y, desde luego, para Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero, injustamente encarcelados en EEUU hace ya 14 años -junto aFernando González y René González- por haber evitado atentados terroristas y salvado vidas. Pero es una buena noticia sobre todo para la población cubana, a un lado y otro del mar, obligada hasta ahora a mantener una humillante relación clandestina y desigual.
 
¿Qué es lo que ha pasado? Hace ya 24 siglos el gran Pericles explicaba que no se podía ser al mismo tiempo imperialista y demócrata y que esa dimensión “imperial” -”una tiranía que no se puede abandonar sin peligro”- deja muy poco margen de maniobra para la “bondad” o la “libertad”. Pues bien, lo que une a republicanos y demócratas en EEUU es esa dimensión “imperial”, pero ese pequeño margen de maniobra marca a menudo grandes diferencias que en ocasiones nos asustan y otras veces nos alegran. Dentro de ese margen de maniobra, que los presidentes de EEUU explotan en su segundo mandato (el que ejercen “para la Historia”), estaba Cuba.
En realidad, y al revés, podría también decirse que el bloqueo a Cuba se mantenía como una afirmación de voluntad discrecional de los anteriores presidentes, y Obama ha venido a imponer una “política nacional” pragmática y sensata. El acoso a la isla, como recordaba ayer en su discurso, no servía para nada. Era una medida puramente “ideológica”, heredada de la guerra fría, contraria desde hace años a los intereses comerciales e incluso políticos de los EEUU. De hecho, en los últimos años se habían ya tomado algunas medidas que aligeraban o suspendían de hecho el bloqueo y que habían permitido algunos intercambios que, de alguna manera, preparaban y aceleraban el acuerdo de ayer. Tanto la opinión pública estadounidense como su sector empresarial empujaban en esa dirección. Pensemos, por ejemplo, en el largo y contundente editorial que publicó The New York Times el 14 de octubre pasado pidiendo a Obama el fin del bloqueo. O pensemos en la visita a la isla de Thomas Donohue, presidente de la Cámara de Comercio de EEUU (que representa a tres millones de empresas), el cual reclamó la eliminación de todas las barreras políticas que impiden a los ciudadanos estadounidenses viajar y hacer negocios en Cuba. Numerosas voces influyentes -la de la propia Hilary Clinton o Charlie Crist, exgobernador de Florida- apuntaban en la misma dirección. Asimismo, a estas presiones internas hay que añadir las externas, no sólo las simbólicas -el aislamiento de EEUU en la Asamblea General de la ONU, que acababa de rechazar un año más el bloqueo- sino también las políticas y económicas: el acoso a la isla dificulta las relaciones de EEUU con los nuevos gobiernos de América Latina, interlocutores ineludibles de la política exterior estadounidense y todos ellos favorables a la integración regional de Cuba.
Si todos estos actores presionaban en la dirección de la normalización de relaciones, cabe decir que, paralelamente, se ha aligerado una presión decisiva en sentido contrario. Me refiero al exilio de Miami, desde donde se ha impuesto tradicionalmente la posición beligerante de las sucesivas administraciones estadounidenses y que hoy ha perdido buena parte de su fuerza. Las manifestaciones de protesta contra la declaración de Obama por parte de los sectores más fanáticos -que aún pueden hacer mucho daño- no deben hacer olvidar que, por primera vez, el 52% de los cubanos instalados en EEUU desean esa normalización. No hay que olvidar tampoco que muchos de ellos no abandonaron la isla por razones políticas y que sienten la separación de sus familias y de su patria como una dolorosísima tragedia.
En Cuba se ha recordado que el anuncio de Obama no entraña de manera automática el fin del bloqueo, pero la noticia ha sido justamente celebrada por todos. La ruptura de relaciones de EEUU con Cuba y el acoso económico del poderoso vecino han marcado durante más de 50 años la vida cotidiana de los cubanos, han impedido o deformado el desarrollo del proyecto revolucionario y han alimentado una fuente siempre viva de errores políticos y pequeñas corrupciones. Hay que recordar que el acuerdo anunciado ayer entre EEUU y Cuba llega después de que Fidel Castro abandonara en 2011 la jefatura del Estado y tras la entrada en vigor, en abril del mismo año, de los llamados “lineamientos económicos”, una serie de reformas que tratan de conciliar la apertura regulada del mercado y del sector privado con las grandes conquistas sociales que Cuba ha defendido con uñas y dientes, en medio de las más grandes dificultades, durante medio siglo. Estas reformas eran ineludibles y seguramente son en sí mismas muy sensatas. Pero son también, en algún sentido, una victoria del bloqueo, no porque el gobierno cubano haya cedido a su presión sino porque constituían la única forma de neutralizar sus efectos: la doble moneda, la acumulación de divisas “muertas”, la corrupción parcial de la economía estatal y el agotamiento de una población obligada a “resolver” entre las costuras y excluida de los circuitos de consumo simbólico alimentados desde Miami. Estas reformas, que legitiman la decisión de Obama ante su propia opinión pública, dan buena cuenta de las dificultades, inducidas sin duda desde fuera pero a veces mal gestionadas desde dentro, que han atenazado la isla durante décadas y, si alivian la situación, abren también nuevos peligros. Estos peligros -el de la desigualdad social, por ejemplo- pueden verse agravados por la normalización de relaciones con EEUU. Como me decía hace años un amigo cubano: “no entiendo por qué EEUU mantiene el bloqueo; con 10 millones de turistas podría conseguir lo que nunca conseguirá con diez millones de soldados”. Por no hablar, medio en serio medio en broma, de la amenaza evocada por el conocido chiste: “¿Por qué no hay golpes de Estado en Estados Unidos? Porque no hay embajada estadounidense”. Cuba es uno de los pocos países del mundo, junto a los propios EEUU, que no tenía embajada estadounidense.
Pero no seamos agoreros. El anuncio de Obama y Raúl Castro ayer es una buena, magnífica, extraordinaria noticia en un mundo que multiplica las malas. Es una victoria, sí, de Cuba y del mundo entero, que lleva años pidiendo el fin del acoso estadounidense a la isla. En la izquierda estamos tan poco acostumbrados a ganar y desconfiamos tanto de las victorias que acabamos convirtiéndolas todas en astutas e irresistibles maniobras del enemigo omnipotente. La normalización de las relaciones entrañará nuevos desafíos para Cuba y nuevos peligros -peligros que siempre ha corrido, por lo demás, como todos los otros países de la región- pero permitirá aliviar el sufrimiento económico, psicológico y simbólico de una buena parte de la población y retomar la “revolución aparcada” sin la deformación del bloqueo, tantas veces utilizado para justificar inercias burocráticas. Pero la normalización de relaciones es también, insistimos, una victoria sobre ese poderoso vecino imperialista que ahora, para defender sus intereses en una situación de decadencia global, tiene que bajar la cabeza en un asunto “ideológico” -los que menos se negocian- cuya injusticia original y cuyos efectos destructivos han contaminado los últimos 54 años de la historia de la humanidad. El pueblo cubano, el pueblo estadounidense, los pueblos del mundo tienen hoy, por una vez, un motivo de celebración.