Brasil: “Las instituciones fueron asaltadas por el capital y vemos el fin del precario contrato social brasilero”

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Entrevista a María Orlanda Pinassi

Aturdido con las maniobras de un Congreso absolutamente fuera de la realidad ciudadana, Brasil asistió a la segunda absolución del pre­si­dente Mi­chel Temer por sus legisladores, eso pocos días después de la recuperación del mandato de Aécio Neves, ambos inequívocamente inmiscuidos en la tela de corrupción que tanta indignación causa. La socióloga y profesora de la UNESP (Universidad Estadual Paulista) Maria Or­landa Pi­nassi, constata toda la desolación y lamenta que todavía veremos nuevos capítulos de profundización de la barbarie generalizada.
 
¿Cómo re­cibió el resultado de la votación de la cámara que barrió la segunda denuncia contra el pre­si­dente Mi­chel Temer?
 
Nada sorprendente. Sorprendería si el expediente utilizado por aquella gente para librar a Temer de sus delitos no se hubiese tornado una payasada. No quiero minimizar el hecho, pero el episodio del día 26 de octubre, tanto como el del día 13 de julio, fue un nuevo espectáculo dantesco de un Congreso con el cual la política aliancista del PT convivió muy bien. Eran todos o casi todos de la base parlamentaria aliada. La diferencia es que antes del im­pe­a­ch­ment había un mayor sigilo y la delincuencia no quedaba tan evidente.
 
Si yo fuese we­be­riana, diría que aquellas figuras grotescas que están ahí en Brasilia, decidiendo nuestras vidas, desmontando cada uno de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, derechos que resistieron los ataques neoliberales de las últimas décadas, corresponden al tipo de político ideal de la crisis estructural del capital. Al menos en la periferia, donde la contrarrevolución produce los mayores y más lesivos estragos, un buen ejemplo son los políticos que profesan ese tal neo-pentecostalismo, una parodia de mal gusto del pro­tes­tan­tismo de Lu­tero.
 
Además de eso, veo todavía dos problemas gi­gan­tescos li­gados a la cuestión. El primero es la desfachatez que se usa, a luz del día, dinero público para comprar a un combo de parásitos cínicos. Son billones de reales negados a las necesidades más elementales de la población en franco proceso de empobrecimiento, desprotección, desorganización y, después de estos espectáculos transmitidos en red nacional, una profunda y paralizante desesperanza.
Aquí reside el segundo problema que me parece ser el huevo de la serpiente, la semilla de un fascismo que es popular y muy peligroso. Para explicar, siempre recurro a un trecho de Dos­toi­evski en Recuerdos de la Casa de los Muertos, donde él dice: “cuando un hombre pierde cualquier objetivo y cualquier esperanza, no es raro que, por tedio, se transforme en monstruo”.
 
Como se puede ver, el caso de Temer, así como el de Aécio y otros tantos denunciados y encubiertos por el Congreso y demás instancias jurídicas del país, tiene consecuencias más serias de lo que podría suponerse a primera vista. Y las cosas no ocurren por casualidad.
 
¿Cómo queda la Operación Lava Jato delante de la sociedad con tal resultado?
 
La Operación Lava Jato cumple muy bien su papel en la intrincada ur­di­dura que envolvió la transición del gobierno de Dilma a Temer. Es una pieza clave en la articulación que promueve la judicialización de la política y la politización de la justicia. Atiende la demanda moral de los sectores que fueron a las calles a blandir consignas, casi siempre muy confusas, contra la corrupción. Movimientos idénticos se dieron en Venezuela, Argentina y Ecuador y son parte de un proceso de desestabilización política en América Latina.
 
Sérgio Moro, el juez im­po­luto, creación mítica, cuya carrera académica fue realizada tan veloz cuanto la operación que comanda, fue la musa de ese movimiento y salió de la escena tan rápido cuanto duró el im­pe­a­ch­ment de Dilma. Moro y su equipo (Dal­lagnol y Ro­drigo Janot) distraen al público con sus interminables resoluciones que buscan detenciones, citaciones co­er­ci­tivas, prisiones temporarias y prisiones preventivas. 
 
Sus operaciones se consolidan como la gran fuente de las denuncias de delitos a la espuria (y obvia) relación entre lo pú­blico y lo pri­vado, todas com­pro­badas hasta el hartazgo. El problema, como dije anteriormente, es que las denuncias casi siempre son encajonadas en las instancias que se siguen.
 
El propósito de la Operación Lava Jato tuvo una dirección: socavar la Pe­tro­brás, del pre-sal y de las empresas constructoras históricamente ligadas a la explotación del sector energético del país. El objetivo siempre fue la privatización de la empresa y sus subsidiarias, entregarlas al capital internacional, es el juego que se da en este momento. El resto es pan y circo para los pobres de espíritu y alienados que creen que el objetivo de Moro es Lula.
 
¿Del lado de las izquierdas, qué piensa del papel que jugaron de un año para acá?
 
Sinceramente, no creo que las izquierdas jueguen algún papel digno de nota desde hace un buen tiempo. Están perdidas, sin dirección, sin función, a la deriva de un politicismo flojo, queriendo hacer parte de un parlamento irremediablemente podrido para causas que juzga defender. Y, peor, insisten en este tono desafinado al jugarse en las articulaciones electorales rumbo al 2018.
 
El rey está desnudo, y eso quedó claro ya en las jornadas de 2013 cuando las izquierdas organizadas fueron a las calles empuñando tímidamente sus banderas rojas y entrando en disputas como los verde-amarillos. Después, la barbarie no tardó y ella no es un fenómeno exclusivamente político, mucho menos pasajero. La barbarie emana del Congreso que atiende las demandas del empresariado transnacionalizado y ataca todos los derechos de la clase trabajadora.
 
El resultado más evidente es la formación de una enorme masa de trabajadores desempleados que vaga por el país y por el exterior en busca de trabajo y de paga de un día; de hombres y mujeres “flexibles” que están fuera de los sindicatos, de las luchas organizadas, de los grandes eventos. De esa base social, formada de sujetos resultantes del diluvio, sujetos pocos seductores y muy diferentes de los idealizados históricamente que están distantes. Yo arriesgaría decir que hay un extrañamiento mutuo entre esas masas y las izquierdas.
 
¿Po­demos decir que Lula, PT y CUT consiguieron do­mes­ticar a otros sectores de la izquierda brasilera?
 
Sí y no. Lula, el PT, la CUT y el MST cumplieron su parte en la domesticación de sectores sindicalizados, de la lucha por la reforma agraria y de la política parlamentaria. Esa es la triada que juntamente con las Pastorales católicas reorganizó sectores populares de la sociedad brasilera de los años 1980, luego de dos décadas de régimen cívico-militar controlando el país. Ya se habló mucho sobre las políticas de consenso del lulismo y de las consecuencias nefastas que provocaron sobre las luchas sociales, sobre todo cuando el PT y su largo entendimiento de aliancismo asumieron el Palacio Planalto.
 
Las izquierdas no alineadas con tal proyecto hicieron fuerte oposición al modelo, pero siempre dentro de la institucionalidad, sea sindical, político-partidaria o del movimiento social de lucha por la tierra y la vivienda. La línea siempre fue de la menor resistencia.
 
En tanto, las cosas cambiaron, y mucho. Porque el PT, la CUT y el MST, las izquierdas, por su antiguo acomodamiento en la vía pacífica, defensiva, se entramparon justamente en el agotamiento de la institucionalidad. El Estado neoliberal, burgués, ladrón de dinero y de derechos sirve ex­clu­si­va­mente a las demandas de la burguesía y del capital en amplio espectro. Esta forma de plu­to­cracia no tiene más nada que ofrecer para las luchas reivindicativas, desarrollistas y defensoras de principios democrático-populares.
 
El cuadro, en fin, demuestra el equívoco cometido por los apologetas de la hegemonía del capital financiero, especulativo. El proyecto del capital en curso en Brasil trae todos los intereses burgueses entrelazados y los contempla a todos, como, de paso, se hizo en el pasado reciente, a pesar de la escisión ficticia. Pero hoy tomaron por asalto las instituciones para servirlos. Es el fin del contrato social o lo que eso significó en la tradición autocrática del Estado brasilero.
 
¿Qué desdoblamientos vislumbra para el país y su población hasta el próximo período electoral? ¿Cree en la hipótesis planteada por Vla­dimir Sa­fatle de que “2018 pude no existir”? (1)
 
No veo ningún cambio de rumbo en el país ni siquiera después de 2018. Toda la dinerada gastada para mantener a Temer en el cargo es señal de que se pretende realizar todas las con­trar­re­formas en curso dentro de la “normalidad” instituida por lo que podemos llamar de contrarrevolución democrática.
 
De un modo o de otro, hay una militarización montada en Brasil hace ya un buen tiempo. En verdad, ella nunca reculó, incluso con la redemocratización de los años 1980. Pero, estoy hablando aquí de una forma actual de militarización fuertemente amparada en tecnologías de represión. Sabemos que la periferia de la periferia esconde muchas Franjas de Gaza. Los métodos utilizados ahí, en Haití, son los mismos. Sabemos también que todo el empeño con la seguridad pública es para invertir dinero en el complejo industrial militar para reprimir barrios de la clase trabajadora más pobre, más vulnerable, más golpeada por la barbarie impuesta por el capital.
 
Además de la delincuencia que pasea en Brasilia y en los pasillos de los poderes estaduales y municipales, la “política de orden” cuenta hoy con una red bien articulada de provocadores profesionales que imponen en base a la violencia, la escuela sin partido, la ho­mo­fobia, el ra­cismo, el ma­chismo, la in­to­le­rancia con religiones afro-­des­cen­dientes, el fin de los derechos humanos El MBL (2), por ejemplo, propone el fin de la tolerancia cero en las redacciones del ENEM (3) para los violadores de los derechos hu­manos.
 
Vea, ¿cuál amenaza popular se interpone a la conclusión de ese gobierno ventrílocuo del gran capital? No veo ninguna. Lo que yo podría destacar verdaderamente significativo son las luchas indígenas por la recuperación de sus tierras contra el hidro y el agro-negocio y la minería. Esa es una forma de enfrentamiento no reivindicativa que se encuentra fuera de la institucionalidad, que no espera nada del Estado y está bajo el control directo de sus liderazgos que no establecen ninguna relación jerárquica con los demás miembros de la comunidad. Por eso, ellos mismos están siendo perseguidos y exterminados, sin que se levante siquiera un dedo en solidaridad con sus luchas.
En este momento, de avance descomunal sobre los recursos naturales del país, en que se profundiza la lógica de producción destructiva, si las izquierdas prestasen más atención a estas formas organizativas, tendrían mucho más para aprender que lo que enseñar.
 
Notas
1) Vladimir Safatle, posible candidato del PSOL (Partido Socialismo e Liberdade) al gobierno de San Pablo.
2) MBL (Movimento Brasil Livre), organización de ultraderecha, racista y homofóbica.
3) ENEM (Examen Nacional de Enseñanza Media).
 
Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa