Aperturas y significados de la emancipación humana, bajo lógicas renovadas del dominio capitalista: Marx en nuestro auxilio

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Reseña de: Aldo Casas. Karl Marx, nuestro compañero. Una invitación a conocer su vida y sus combates. Buenos Aires: Herramienta, 2016, 254 pp.

Por José Guadalupe Gandarilla Salgado
 
Hace unas semanas, en una de las tantas librerías de Buenos Aires, me cruce con un texto que me ofrecía de manera inmejorable la detección de un ánimo con relación a la obra y el quehacer de Karl Marx que bien podría expresar un cierto estado de situación en el que se inscribiría un libro como el que la editorial Herramienta ha puesto recientemente en circulación (Casas, 2017, 254 pp). De aquel trabajo extraigo una terminante proposición, justo con la que ese autor inicia su texto:
 
“Marx ha vuelto a estar de moda. Se multiplican las traducciones de sus escritos, las publicaciones en torno a las alternativas de su vida y de sus doctrinas. En muchos países se le propone aun como maestro. Por eso he juzgado conveniente preparar la cuarta edición de un viejo libro…[,] era justo tener en cuenta los importantes estudios, que, especialmente en el extranjero, han sido consagrados en estos últimos veinticinco años, al agitador de Tréveris”[1]
Respecto al pasaje que extractamos, lo dicho en esas líneas, escrito un par de años antes de la mitad del siglo xx, bien pudiera haber correspondido a la detección, que algún pensador de orientación marxista, nos estuviera ofreciendo casi siete décadas después, luego de los descalabros de la crisis global a que el capitalismo se precipitó desde fines de 2007, y en que operó también esa especie de “eterno retorno” a que nos viene acostumbrando la subida a superficie del necio perforar en suelo duro del “viejo topo”.
 
Lo curioso, y de ahí que lo hemos destacado, es que la aseveración proviene del prólogo a la por aquel entonces reciente reimpresión, que la editorial Difusión, en la Ciudad de Buenos Aires, hiciera de la cuarta edición, durante el año 1950, de la obra que escribiera  mons. Francisco Olgiati,[2]entre cuyas virtudes se cuentan no solo ser de las primeras biografías del comunista alemán, o utilizar con exhaustividad la Briefwechsel (Correspondencia), sino ofrecer (en unas cuantas páginas, ajeno a una “intención erudita”) una buena noticia del accidentado trajín por publicar la obra completa de Marx y Engels: el autor italiano, entre la primera y la quinta ediciones de su libro, da muestra de estar bien informado de los esfuerzos de Riazanov, primero, y luego Adoratskij, y del arranque en simultáneo de la edición en versión popular (MEW, Marx –Engels Werke) y desde 1927 del inicio de un programa más ambicioso que es asumido, por un conjunto amplio de marxólogos, como la MEGA i (Historisch-kritische Marx-Engels-Gesamtausgabe, cuya primera etapa se ha de cerrar con la purga estalinista que también ha de ser dirigida contra Riazanov en 1938). Aunque, quizá, por encima de ello la obra biográfica de Olgiati se destaque por prometerocuparse de Marx en cuanto “agitador”.
Mirada a distancia, se ha revelado más titánica de lo esperado la tarea por poner a disposición de los interesados la obra de los clásicos del comunismo internacional. A nueve décadas de iniciada y en ya tres esfuerzos colectivos, si se suma al pantagruélico proyecto vislumbrado por Riazanov, su virtual continuación en la que participaron los Institutos de Marxismo Leninismo de Berlín y de Moscú, ideado a fines de los sesenta (reinició formal de la Marx-Engels Gesamtausgabe, por sus siglas MEGA ii) y que ve sus primeros libros editados a mediados de la década siguiente y cierra su recorrido, por las razones conocidas, con los sucesos de 1989.
 
Vendrá luego el inicio del MEGA iii o, si se prefiere, la segunda etapa de la Mega ii que actualmente está en desarrollo, y que una vez sumada la colaboración, por ya más de un cuarto de siglo, del International Institute of Social History (IISH) de Amsterdam, y creada para ese exclusivo propósito la Internationale Marx-Engels Stiftung (IMES), se llega al acuerdo para arribar a una edición canónica proyectada en 114 volúmenes, de los cuales, en una estimación favorable, no se ha editado ni la mitad. Tomando en cuenta esta realidad editorial, que dista mucho de entregarnos un acercamiento a algo así como el Marx integral, o la edición total de la obra mancomunada de Marx y Engels, a la que habría que sumar el hecho de que cuando ese proyecto se culmine lo será en idioma alemán, quizá continuado con más asiduidad en idioma inglés o hasta en japonés (se sabe que el equipo de investigación japonés es de los más numerosos) y en menor proporción en las lenguas latinas, y de entre ellas la que experimentará las mayores dificultades será, sin duda, la de la edición en español, pues nos encontramos lejos de esos momentos de mayor difusión de este tipo de literatura (entre los años setentas y hasta mediados de los ochentas), en que trabajaban en simultáneo hasta tres grandes equipos de traducción, los encabezados por Wenceslao Roces, Manuel Sacristán, y Pedro Scaron. De ahí que, al menos para los que se interesan por estos temas, por razones teórico-prácticas, y lo hacemos preferentemente en la lengua de Cervantes, hemos de partir del hecho de que el acercamiento, al menos por un buen tiempo, ha de ser con lo que actualmente está ya editado y que no debe ser asumido como una labor editorial puesta en falta, o en la que pesó más el traditore que el traduttore.De ahí que sea una fórmula favorable por la que opta Aldo Casas, en el libro al que hemos hecho referencia, y que nos ha suscita los siguientes comentarios, pues desde el inicio se nos advierte con firmeza que se ocupará no de la obra (como hemos dicho, nos hallamos lejos de acceder a ella en su forma canónica) sino del “estado de situación de [su] relación personal con el obrador de Karl Marx… al que [ha] recurrido en las idas y vueltas” (p. 21), de su ya larga militancia.
 
Ahora bien, aún sin proceder exagerando las anteriores preocupaciones filológicas, o hasta historiográficas por las condiciones en que se encuentra nuestro acceso a los archivos, podríamos legítimamente preguntar, sin trivialidad, por qué razón escribir un libro más sobre el motivo de pensamiento Marx, o mejor aún, aplicarle a dicho objeto práctico (libro) los principios de la teoría marxiana de los valores y decir entonces que el medio editorial mismo no está ajeno a la crisis(por el contrario, la vive más agudamente, periódicamente ésta le arrastra de lleno en sus adversidades) y quizá no sea el mejor momento de engordar los anaqueles, y más aún en los cuadrantes borrosos de nuestras temáticas. Desde el mirador más profundamente filosófico de la teoría del valor, el autor constituye por vía de la utilización de su tiempo de trabajo privadamente necesario el ofrecimiento de lo que él considera un bien, un producto del trabajo, de su trabajo, y será la aleatoriedad del momento circulatorio, la que juzgue su conversión en tiempo de trabajo socialmente necesario, cuando el objeto práctico atraviese exitosamente (para lo cual no existe garantía) la fase de su realización: la ejecución de acopio y conformación del trabajo intelectual, el modo en que la epojé del pensamiento madura en momentos de captación de lo real hasta que éstos han de ser, por así decirlo, encapsulados en la forma libro, y han de entregar,a los interesados, juicios ya no suspensivos sino más definitorios. Extraña fenomenología ésta en la que la temporalidad del trabajo social se re socializa, o el esfuerzo de la laboriosidad genuina se destotaliza y retotaliza, y en su culmen ha de mostrar cómo las partículas del trabajo social general se abren camino, primero, como objetos arrojados al mundo de los entes, que solo en un segundo momento podrán experimentar esa especie de conversión, fortuita y azarosa, que los haría pasar de ser entes de mera existencia a entes que cobran realidad. Daríamos así con una muestra en que el curso peculiar de un bien (en este caso, dicho libro) está primero expresando, para decirlo en lenguaje benjaminiano, su faz bárbara (mercantil) antes de llegar a mostrar, con legitimidad (si es que el mismo mercado le da esa oportunidad) su lado contribuyente al agregado cultural del momento. En el caso del que hablamos, cuando lo que está propuesto en el objeto-práctico-libro se vea de algún modo recuperado para el uso que su “autor como productor” le ha imaginado conferir, si se nos permite la expresión, al dotarlo de vida, el vuelco realizador es, sin embargo, de expectativa doble, toda vez que la sustancia (sus contenidos) se tran-sustancialice, se sume, se filtre como un instrumento más que engrose la peculiar “caja de herramientas” susceptibles desactualización en el acontecer propio (politizado o no) que el lector, en uso legítimo de su libertad, le sirva otorgar a lo adquirido para el curso inmediato o futuro de su existencia, o en la realidad del alcance y devenir de sus prácticas sociales y políticas.
 
Contamos aquí con un ejemplo privilegiado del modo en que se abre campo la perdurable condición de crisis del sistema bajo el que vivimos, en los hechos el autor (emisor de un mensaje) comparece a una esfera (del intercambio, y a la batalla por las ideas) que le devuelve en reciprocidad la ejecución de una sentencia (su propuesta ha de ser validada o no, en el acto de su consumo o en la exposición a la polémica) si a ello sumamos el ambiente comunicacional de nuestra época, reducido al mandato de la post verdad, o de plano bajo el amparo cínico de la elevación de la mentira a acto de gobierno de las poblaciones, entenderíamos que lo que está en juego (ésa es la razón de un libro que se ocupa de las sin razones del orden vigente) es la intención de  disputar al interior del patrón establecido de la verdad, o mejor, de la confrontación con la no verdad delas circunstancias en las que vivimos, y ello será así mientras el mundo que hemos construido no se adecúe a otro sentido: el que con las prácticas sociales contrahegemónicas le pudiésemos oponer, pues de otro modo, como diría Walter Benjamin, “el enemigo no cesa de vencer”. Si la hegemonía del capitalismo se expresa también en el respeto ad eternum del dictado de las cosas, o de la cosa-capital elevada a mecanismo auto-actuante, por sobre las personas, a eso es a lo que se apunta cuando identificamos la vigencia perdurable de un régimen del sin sentido. Y ahí encuentra, desde luego, su pertinencia a un libro, como en el caso de Marx y la escritura de su obra cumbre El Capital, que eleva su grito en contra del endemoniado “dispositivo de dispositivos” que nos reserva el lugar de víctimas, mientras él se entroniza. Siempre se ha dicho que la verdad del marxismo (también del que postula Aldo Casas) se juega en la práctica y, en este caso, en la posibilidad de darle entrada a formulaciones que pretenden encaminar las prácticas sociales hacia otras sendas, inéditas, o que se anunciaron a manera de flashazos en las grandes contiendas de nuestra época.
 
Dicho de manera seca, hay que armarse de paciencia y valentía, como lo ha hecho Casas, para escribir un libro más sobre Marx y que éste cobre suerte como un libro que se ocupa militantemente del periplo de Marx con respecto a su obra, inscribiéndola de manera no exhaustiva pero sí suficiente en el curso mismo de los días cotidianos y de los grandiosos días que atravesaron los 65 años de vida de Marx (1818 – 1883) y las cerca de cinco décadas de su producción intelectual (si colocamos como su real inicio la redacción del texto en su formación secundaria, “Unión de los Creyentes en Cristo de acuerdo con Juan 15: 1-14”), o el cuarto de siglo que dedicó hasta obsesivamente a la escritura inconclusa de su más significativo legado (El Capital, entendido como un manuscrito de arbórea condición y desigual redondeo, que involucró varias facetas en su elaboración).El libro que Aldo Casas nos ha ofrecido, no busca colmar los criterios de conformidad de los especialistas sino intenta seducir y agilizar las tempranas lecturas de aquellos que se inician, y a los que se les puede ahorrar las escapatorias elusivas, los vericuetos excesivos o los callejones sin salida. Para ello se sirve de tres complementos didácticos; en primer lugar, una serie de estampas o imágenes que icónicamente abren o cierran la consideración del personaje y su gesta, en segundo lugar, la selección de una serie de anexos con pasajes selectos de otros autores que rematan ciertas proposiciones de los capítulos y, por último, un resumen cronológico final que destaca ciertos perfiles del arco temporal comprometido y que abonarían a la experiencia de vida de Marx y de su compañero de batallas Engels.
 
El libro que el integrante del colectivo Herramienta Aldo Casas publicó hace escasos meses se ubicaría en la cresta de la ola de un interés diversificado y plural por ocuparse renovadoramente de la obra de Marx. No se trata solo de señalar que el libro es síntoma y acompaña tal resurgimiento internacional de los estudios sobre el clásico, sino que lo hace de un modo determinado por el esclarecimiento militante de lo que en Marx se ha puesto en juego y lo hace desde un “proceder situado” para su recuperación intelectiva. Con base en ese objetivo, coloca al corpus marxiano en parangón con las urgencias políticas de su tiempo para revelar de qué modo Marx es un interlocutor válido y preciso para los hiatos de nuestro presente, y un implícito acompañante de nuestros pequeños o magnos combates.
 
No es un dato menor, sin embargo, la detección de este momento de reciente reencuentro con Marx,[3] y no podría dejar de serlo dado el hecho de que entre más compleja y avasalladoramente total se revela esta crisis más actual se ofrece el herramental categorial del “agitador de Tréveris”, como se decía al inicio. Sin embargo, y como un sello característico del tipo de lectura a la que se entregó Casas, la fineza esclarecedora de los conceptos (en que se sintetiza filosóficamente la época, como querría Hegel), deriva de que ellos mismos son un resultado de la lucha, en varios sentidos, en primer lugar, porque son proposiciones terminológicas en las que se desatan los nudos problemáticos de un tiempo histórico y, tal vez por ello mismo, al estar atrapados en dicha historicidad, son también expresión del modo en que se amarran o se bloquean los conflictos irresueltos. De ahí que Marx los llegue a destacar explícitamente de ese modo, tanto en la faceta temprana de su acercamiento a la economía, cuando en los Manuscritos Económico Filosóficos afirme que el salario expresa la lucha entre capital y trabajo, o en su fase militante, cuando en su exposición a los obreros (en Trabajo Asalariado y Capital) diga con más generalidad que las categorías económicas son expresión de magnitudes sociales, o en sus escritos definitivos, en el cierre trunco de El Capital, cuando la problemática de las clases sociales es captada desde una vuelta esclarecedora sobre la llamada fórmula trinitaria y se resquebraja la teoría de la retribución a los factores de la producción.
 
Este aspecto, es cierto, no está ajeno a dificultades, de ahí que el salto intelectivo en la configuración histórica y lógica de génesis y estructura en la crítica de la economía política, configure una larga trayectoria pendular, que muestra de un lado la cuadratura lógica de la “forma mercancía”, con la que se inicia El Capital, hasta su segunda redacción, y obliga a la reconstrucción necesaria que ha de hacerse desde los indicios dispersos en el amplio conjunto del corpus marxiano para llenar las exigencias de lo histórico-específico que bosquejarían (desde sus escombros) el contenido de la “forma mercado mundial”. O por mencionar otro girón vivo de la polémica, la propia condición intermedia en que ahí se ubicaría el Estado, en cuanto “forma general”, y del cual Marx prometió ocuparse en el cuarto de sus seis libros, pero la vida no le dio el respiro suficiente para llevar a buen término lo proyectado. Esa sería una de las condiciones por las que, finalmente, en lo publicado por Marx, éste se explaye, hasta con exceso de refinamiento, en el aspecto dialéctico negativo y demoledor de la crítica, por el contrario, para fastidio de los espíritus prácticos, se echa en falta que en simetría no se ofrezca, vaya, ni siquiera se prometa, bosquejo alguno o mínimo de la forma social que habría de sustituir al modo de producción capitalista. Y es que ahí, como en ninguna otra palestra, entraríamos de lleno al aspecto constructivista del discurso: esas categorías (anti o post capitalistas) han de ser construidas, se ha de llegar a ellas, en el fragor de la lucha, no pueden ser inscriptas como a priori de las prácticas. Justo por darse a esos pormenores, y visto en retrospectiva, en coyunturas anteriores al compromiso por finiquitar de lleno la confección de El Capital, puede sospecharse que Marx haya desperdiciado un valioso tiempo o haya incurrido en cierta distracción, cuando su afán polémico lo condujo a destrozar a cuanto autor se le revelaba como un promotor de encrucijadas fetichistas o de cauces fallidos para la lucha, pues como Marx mismo lo llega a decir: “hemos de esclarecerle a los dogmáticos sus propios principios”. Este mismo arrojo controversial es expresión del semblante pasional de nuestro personaje, que lo llevó, a lo largo de su existencia, a dar cauce a filiaciones sólidas y a rupturas definitivas, en el marco de un innegociable esquema de postulados críticos, no en cuanto anclajes doctrinales sino como argamasa de lo que se disputa históricamente, o para destacarlo en la expresión del joven Marx, que tanto le gustaba citar a Ernst Bloch: “... el mundo posee, ya de largo tiempo atrás, el sueño de algo de lo que sólo necesita llegar a poseer la conciencia para poseerlo realmente”[4].
 
Por esas coordenadas es que discurre la lectura que Casas nos propone, una especie de movimiento argumental en que la construcción de las categorías, y los momentos de maduración que ellas expresan, no son sino el acompañamiento de la deriva existencial en la forja de la lucha. Y lo es desde la anunciación del comunismo (en el marco de las revoluciones europeas de 1848 – 1852), hasta el estallido acontecimiental (y la necesidad de comprensión que se desata con la lucha y la derrota de los comuneros, en el Paris de 1871), y el explosión mismo al interior de su esquema de pensamiento, cuando a la luz de la apropiación por parte del populismo ruso de las formulaciones marxistas, se haga necesario reconsiderar la densidad histórica del pasado o de la tradición (la comuna rural) y su lugar para la construcción histórica de lo posible y para la captación utópica del descontento. En cada uno de esos momentos, Aldo Casas se entrega a una reconstrucción histórico-crítica de dichos pasajes para subrayar la naturaleza del compromiso adquirido con la lucha del movimiento obrero y con la figura emergente, en el tiempo de Marx, la del proletariado como el sujeto si no privilegiado sí primordial, y de ahí que subraye la necesidad de proceder políticamente de un modo más estratégico, sin finalmente poder eludir una suma de dificultades que si al propio Marx se le enfrentaron cómo no habría de ser a sus interpretes: es el caso cuando nuestro autor configura una serie de propuestas que, en tributo a lo propuesto por Mészáros, en efecto identifican en el nivel adquirido por la incontrolabilidad del sistema, el riesgo para la supervivencia misma de la humanidad, pero ahí no estamos sino ante la urgencia de un panorama histórico que no ofrece garantía alguna para operar el movimiento que iría en contramano y que nos pudiera colocar en la dirección (transicional, si se prefiere) a aquello que se convoca en la expresión “ir más allá del capital”.
 
De ahí el elemento que han subrayado tanto el autor como sus acompañantes (me refiero a quienes escribieron el prefacio y el epílogo del libro), y es el que atina a resaltar el hecho de que Marx ofreciera, en sus categorías, un lenguaje para la contienda. Si bien es cierto que los problemas para la lucha de los pueblos son así exaltados, toda vez que hay ciertos términos que entran en desuso y dejan de iluminar los conceptos a que se hace referencia, y por último, y en el peor de los escenarios, los pueblos mismos dejan de hablar cuando no luchan. Sin embargo, no es exclusivamente en ese plano en que uno podría recuperar el ángulo lingüístico de la cuestión, haría falta detallar con más profundidad que en Marx hay una disputa por el código semiótico del sistema, pues mientras la hydra capitalista triunfa no hace sino hablar, vociferar, en la lengua del dominador. La disputa de los comunistas, desde Marx, no es otra que aquella que se daría por imponer otro código de comunicación, otra politicidad emergente y genuina, nunca estanca, la de los intentos azarosos y conflictivos (disputados al interior del absoluto indisputado, el que se ha formado con el mercado mundial), tentativas, pues, que se abaten por construir un mundo que garantice el cruce del sistema de capacidades y el sistema de necesidades de los productores, y que ellos mismos conscientemente han de gestionar y garantizar arribando a relaciones sociales que por más transparentes u horizontales que sean (como para expresar un programa en dirección a la abolición del Estado) han de contender en el marco persistente de la forma social general (pues ella no es sino un momento, privilegiado también, de la condensación material de las luchas), justo para evitar que toda minúscula partícula de nuestra existencia sea apoderada por el mecanismo automático y reducida a los exclusivos fines de su mercantilización, cuyas tendencias son moduladas por fuerzas que se activan al interior del mercado que se ha globalizado, y que lo viene haciendo, en fases diferenciadas, desde el siglo xvi, y que colonialmente ha garantizado la extensión del mercado interior de los estados poderosos, con un costo creciente, el del sometimiento y el ensombrecimiento de toda prospección soberana o autodeterminativa de los estados periferizados que intentaran o amenazaran con intentar romper las correas que maniatan al sistema. Dicho de otro modo, la querella actual del sujeto-capital y el contingente de los productores, no es sólo por la disposición del excedente (y por la construcción de hegemonías sobre la base de cómo y hacia dónde canalizar su distribución) sino que éste es ya un resultado secundario de un arco de luchas en que lo que halla en entredicho es la persistencia de un proyecto (el neoliberal, como fase más reciente del capitalismo), que busca acorralar a tal punto (el de su extenuación, cuando no de su exterminio) al trabajo vivo y a sus valores de uso, y someterlos al predominio indisputado de la forma mercancía, remate definitivo del plexo de relaciones sociales en que el objeto producido asume expresión completa de “jeroglífico social”, en los términos del Marx de los Grundrisse, si en eso consiste el enigma de la modernidad, por ello es que la misma se exhibe, al parecer, como un laberinto del que nunca se sale.No obstante ello, hay que atreverse a entrar en esta jungla de misterio, sumergirse en esta especie de construcción laberíntica para intentar instaurar otro sentido, que en este caso, para Marx, se magnifica en una suerte de postulado: “Arránquese a la cosa este poder social y habrá que otorgárselo a las personas sobre las personas”, Marx, hubo de decir, quizá, poder social de la relación conscientemente creada que se construye en el acuerdo comunicativo y dialógico, de las personas con las personas. Sin embargo, mientras sean gobernados por la lógica impuesta  en el nuevo jeroglífico social (la forma del producto del trabajo como mercancía), por la forma de pensar-mercancía (como diría Bloch), por el factum incuestionable de los hechos, los seres humanos se revelan como incapaces de descifrar el sentido, de desentrañar el misterio.
 
De ahí que, en la inconclusa obra de Marx (y en el discurso del comunismo que ahí se anuncia), reposa también un cierto mensaje, el que puede ir descifrando las claves de ese jeroglífico: Si en la modernidad mundo nuestras vidas tributan a la conversión del todo en mercancía, y al elevamiento a condición de nuevo dios del dinero y demás ramificaciones del capital ficticio, a lo que hay que proceder es a visibilizar lo que este mundo fetichizado ha vuelto invisible, a volver presente lo que está ausente —el hecho palmario de que las relaciones sociales son construcción de los seres humanos, y no al revés, cosificación de las personas. En el lenguaje de los comunistas, y en las luchas por vía de las cuales ejercitan esos “actos de habla”, reposa el carácter condicionado de lo posible, el señalamiento de un programa al que puede llegarle su hora: la interconexión de productores y consumidores que es guiada en el capitalismo por el exclusivo afán de enriquecimiento de unos cuantos puede adquirir otro significado, no en automático, desde luego, pero sí con carácter contingente, justamente aquél que reposa en la posibilidad de ser activado por el trabajo vivo que se rebela, el que provendría del aspecto comunicativo novedoso que aunque pareciera ausente está ya presente en la materialidad de los valores de uso, en la coordinación genuina y consciente del trabajo social cuando sus hilos se tejan de otro modo, cuando sus derivas echen a andar otras significaciones, las de una producción que se sujeta a otro arreglo social, el de los productores (sujetos emisores y receptores de otro tipo de mensaje, ajeno al de la ganancia, al de la acumulación insaciable de capital) que se toman en serio la tarea de obrar conscientemente regulando sus fines (que no pueden ser otros sino los del aseguramiento de la producción y reproducción de la vida material de los productores y consumidores), y sometiendo a ello sus medios.
 
Más precavidamente a como lo sugiere Aldo Casas, en algunas de sus páginas, podríamos aventurar una hipótesis provisoria: la homogeneización industrial con que se configura la “imagen moderna” del mundo desata un complejo amplio y diversificado de resistencias, y exhibe en su accidentado transcurrir histórico y no eterno, la puja entre el mundo configurado a imagen y semejanza del sistema uniformador —y que nunca sacia esa sed eterna de ganancias y rentabilidad con que se lubrican las entrañas del monstruo. Esta voraz desmesura va desatando conflictos en cualquier sitio en el que se asienta, y va configurando no solo la forma de subjetividad que es acorde a las exigencias del poder (a lo Foucault, quizá, pero sin ignorar que Marx mismo tendría una refinada teorización al respecto, en el marco del devenir capital del mundo, de la subsunción real del trabajo general) sino también abre líneas de fuga y esquemas de aperidad (a lo Bloch) toda vez que esa misma lógica curte heridas y deja fisuras que pueden ser llenadas por la virtualidad de una sujetidad política multiforme, en cuanto hay elementos (sustratos culturales y memorias de la lucha) que ni son captados plenamente por el devenir sistémico de los dispositivos, ni son creados por completo de acuerdo a su lógica: la lengua del sujeto reclama y crea performativamente otros mundos posibles, toda vez que nuestros pueblos no han sido enmudecidos por completo y periódicamente en los confines del mundo se escuchan voces y ecos de la protesta. Es cierto que el libro de Casas no se ocupa por discernir estos ángulos de la problemática, pero sí son elementos que desde su texto, en una clave de lectura semiótica más ambiciosa, bien pudieran provocar el elevar la voz, por parte de su lector y de sus propios acompañantes, y construir un mundo que se estremezca con otras melodías, y no solo por los cantos de sirena de la modernidad capitalista.
 
Ahora bien, la predominancia del lado “fático” del lenguaje, como del plano meramente fáctico o instrumental del proceso, de lo práctico inerte del mundo (a lo Sartre)  de la seudo concreción (a la Kosik) no se contenta con maniatar el juego de situaciones humanas posibles atándolas a su forma actual (naturalizando a ésta, eternizándola y des-historizándola al pretenderla desligada de los pivotes que le sostienen, los fines exclusivos de lucro), sino que la pervierten insistentemente conduciéndola hacia una tendencia de autodestrucción, lo que desde diversos miradores se ha venido caracterizando como el sello de la época, como el nudo gordiano de la “crisis civilizatoria”.
Si como dijo, en su momento, Marx “los signos lingüísticos tienen su historia”, y la historia esperaría también encontrar un nuevo código lingüístico (cuya apertura va en dirección a otra dotación de sentido), esta situación revela de la historia no solo su incompletud sino su inacabamiento. Liberar en este caso no solo significa resquebrajar los puntales de la modernidad eurocentrada y romper el cerco para un despliegue favorable de las periferias, o construir desde la exterioridad y las exteriorizaciones del trabajo vivo y sus creaciones, equivale también a emancipar, como quería el filósofo ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría, la forma social-natural de la existencia humana de la tiranía del capital. No hay, esto es claro, ni certezas definitivas ni fatalidades ciegas, estamos ante una potencialidad que solo la rabia de la lucha habría de decidir, es “por sí misma conflictiva, desgarrada; tanto la felicidad como la desdicha son posibles en ella”[5]. Reivindicar o liberar la forma social-natural,el espacio teórico de los valores de uso, significaría también, para el filósofo que recién hemos citado, entrar en una encrucijada de la historia “en la que el ser humano viviría él mismo su propio drama y no, como ahora, un drama ajeno que lo sacrifica día a día y lo encamina, sin que él pueda intervenir para nada, a la destrucción”[6].
 
Ni duda cabe que estamos ante gigantescos desafíos, la lectura de Karl Marx que Aldo Casas nos ha ofrecido así nos lo advierte, quien podría saber si con esa claridad meridiana habrían sido vislumbrados los molinos de viento a los ojos fantasiosos del caballero de la triste figura, y no obstante, con decisión enfiló hacia ellos y, como en tantas batallas, luego del porrazo dignificó sus pasos y continuó su camino.


[1] Francisco Olgiati, Carlos Marx, Buenos Aires: Difusión, 1950, pág. 5.
[2]De quien se afirma, en algún sitio del internet, “tuvo el mérito de escribir una biografía de Karl Marx en 1918 (“Carlo Marx”, Milano, Ed. Vita e Pensiero, con cinco ediciones, en 1918, 1920, 1922 y dos en 1948, tal como otras en años posteriores)… la biografía de Marx, de este padre, disputa el primer lugar conla biografía, también de 1918, redactada por Franz Mehring (1846-1919)”. Tomado de Luiz Francisco Fernandes de Souza. “O grande Padre Francisco Olgiatti, apologista da Democracia popular”. http://www.luizfdesouza.com.br/index.php/2016/08/04/o-grande-padre-francisco-olgiatti-apologista-da-democracia-popular/
[3] Por nuestra parte, incluso, avizorando desde México ese florecimiento editorial dimos curso a un seminario que transcurrió desde 2008 en adelante y para el cual ya nos había sido de utilidad al modo de detonante de la discusión un material traducido del portugués y editado por esta casa editorial (José Chasin. Marx: Ontología y método, Buenos Aires: Herramienta, 2015, 280 pp.), de aquel seminario surgió la publicación de Elvira Concheiro y José Gandarilla (coords.) Marx revisitado. Posiciones encontradas. México: ceiich – unam, 2016, 514 pp.
[4]Marx, Carlos. “Carta a Arnold Ruge (Kreuznach, septiembre de 1843)” en Marx, Carlos y Federico Engels. Marx. Escritos de juventud. México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 460.
[5]BolívarEcheverría. Valor de uso y utopía. México: Siglo XXI, 1998, pág. 196.
[6] Ibid., pág. 197.