1917 – REVOLUCIÓN RUSA – 2017

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 Aldo Casas*

 
Hace cien años, entre febrero y octubre de 1917 (según el antiguo calendario juliano) se inició en el inmenso territorio que abarcaba el imperio zarista un proceso revolucionario que conmovió el equilibrio del mundo y devino un factor activo, ideal y materialmente, de la historia contemporánea. Más precisamente, del período que Eric Hobsbawm (1995), con agudeza y oficio de historiador, acotó y llamó “el corto Siglo XX”.
 
El aniversario motiva un torrente de libros, artículos, conferencias y congresos que recogen, rediscuten y agregan nuevos títulos a la ya imponente bibliografía referida a la Revolución de 1917, el auge y colapso de la URSS y la aparente desaparición del comunismo del horizonte político. El mainstream de tan abundante producción abona la idea de que la derrota o fracaso del antiguo “campo socialista” sería la irrefutable prueba de que “no hay alternativa” al capitalismo. Fatalismo que de alguna manera afecta también a gran parte de la izquierda. Están quienes piensan que las malas experiencias del siglo XX imponen reducir las aspiraciones de cambio al ambiguo reclamo de “radicalización de la democracia”, omitiendo referencias de clase. Otros evocan el centenario con relatos que oscilan entre lo nostálgico o la reivindicación casi supersticiosa de viejos instrumentos políticos hipostasiados y un puñado de teoremas de incierta vigencia. Pareciera que, ante el agotamiento de una matriz política centenaria y una crisis del capital de dimensiones sistémicas y civilizatorias, no se atinara a más que anclar en viejas certezas y apelar a recursos litúrgicos.
 
Este ensayo propone algo diferente: una conmemoración irreverente, aunque respetuosa, de aquella heroica y admirada revolución bajo cuya influencia nos educamos y formamos políticamente. Sin nihilismo, sin pretensión de hacer tabula rasa del pasado, entendiendo, sí, que el irrenunciable horizonte del comunismo y la emancipación humana imponen que la crítica revolucionaria sea capaz de criticarse a sí misma.
 
1. La revolución, de febrero a octubre…
 
En febrero de 1917, una inesperada insurrección popular condujo a la abdicación del Zar Nicolás II, tras fracasar el intento de aplastar la rebelión con el Ejército. La casi inexistente cuarta Duma[1] se atrevió entonces a desalentar la entronización de otro Romanov, e improvisó (con antiguos funcionarios zaristas, representantes de la burguesía liberal, algún izquierdista “moderado” y el príncipe Lvov como Primer Ministro) un “Gobierno Provisional”. Éste contaba con el respaldo de los gobiernos de la Entente[2] pero no tenía legitimidad, programa, ni autoridad. Sólo los unía la voluntad de continuar con la guerra y evitar que el poder cayera en las calles o, peor aún, en la más alta y directa expresión político-institucional de la movilización popular: los Soviets de diputados obreros y soldados (con el tiempo, también se conformarían Soviets de diputados campesinos).
 
La tensa coexistencia entre ambas instituciones y poderes se mantenía porque las fuerzas políticas que dirigían a los Soviets (Socialistas Populares o trudoviques, Socialistas Revolucionarios o eseristas y Social Demócratas mencheviques) apoyaban al Gobierno Provisional y, cuando fue necesario, se incorporaron al mismo con seis ministros. Se conformo así un Gobierno de coalición con los Kadetes[3]y Kerensky como figura principal. Pero el colaboracionismo de los dirigentes chocaba con el carácter sustancialmente democrático de los sóviets: aquí se expresaban directamente las voces y exigencias de los soldados que en el frente se amotinaban o desertaban, de los trabajadores que manifestaban y ocupaban empresas exigiendo medidas contra el paro y el hambre, y de los campesinos que reclamaban las propiedades de los terratenientes.
 
Aquella paradigmática situación de “doble poder” en realidad no conformaba a nadie: León Trotsky llego a escribir que era más bien una “doble impotencia” (1976: 28). Por eso mismo la exigencia de “Todo el poder a los Soviets”-que el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (bolchevique) supo recoger y proponer como tarea- terminó imponiéndose. Los partidarios del “bolchevismo”, que eran 5000[4] al comienzo de 1917, llegaron a ser 250.000 en el verano de ese mismo año, fortalecidos además cualitativamente con la incorporación de León Trotsky y los social demócratas del Comité Interdistrital[5](Haupt, 2017). Cuando la intentona golpista del General Kornilov (en septiembre) fue derrotada por la movilización revolucionaria de obreros y soldados, el prestigio de los bolcheviques creció aún más. Ganaron la mayoría en los Soviets de Petrogrado y Moscú y pasaron -con fuertes discusiones internas en torno a la oportunidad, el cómo y el cuándo de la acción- a organizar la insurrección por medio del Comité Militar Revolucionario que el 24-25 de octubre derrocó al Gobierno de Coalición.
 
2. ¿Dos revoluciones o un proceso revolucionario?
 
El brevísimo relato anterior muestra diferencias y continuidades entre la inesperada y “espontánea” irrupción revolucionaria de las masas a comienzos de 1917 (“Revolución de febrero”) y la cuidadosamente preparada insurrección que nueve meses después instauró el gobierno de obreros y campesinos (“Revolución de octubre”). Mucho se ha escrito sobre las “dos revoluciones”, comenzando por Lenin y Trotsky. Ellos analizaron el curso de las luchas de clases y las confrontaciones políticas proponiendo una orientación que permitiera pesar en la resolución de la crisis revolucionaria: el partido revolucionario debía dominar el “arte de la insurrección”. Y así se forjó la revolución de octubre.
 
Después, se siguió hablando a lo largo de todo un siglo del “calendario” ruso con sus “dos revoluciones”[6]y se consolidó el canon interpretativo que presenta a cada una de aquellas insurrecciones como revoluciones diferentes o distintos tipos de revolución[7]. Así se violenta la unidad dialéctica de la revolución en tanto proceso y se relega a un segundo plano la elaboración más importante y original de aquellos dirigentes: el carácter “ininterrumpido” (Lenin) o “permanente” (Trotsky) de la revolución rusa. Apreciación que no se refería tanto al curso de los acontecimientos entre “febrero” y “octubre”, como a la dinámica más general que podía asumir del proceso revolucionario.
El proyecto que Lenin explicitó en sus Tesis de abril surgió del análisis de las relaciones de fuerza y el afán de eficacia, más que de consideraciones doctrinarias. Atendía internamente a la evolución de la alianza obrero-campesina (incluyendo las tensiones en el seno de la misma) para concluir que el protagonismo de los obreros y soldados organizados en Soviets (en los que podía también concretarse la imprescindible unidad con el campesinado) hacía posible y necesario rechazar cualquier gobierno de coalición con la burguesía. Externamente, la crisis del capitalismo imperialista que la Gran Guerra ponía en evidencia indicaba que en su “eslabón más débil” (Rusia) la revolución podía ser punto de partida y base de la revolución proletaria internacional (con centro en Europa y más específicamente Alemania), de modo tal que incluso en la atrasada Rusia estaba planteada la lucha por el socialismo. De esto se derivaba una combinación (flexible) de tareas: implantar el poder soviético para conjurar la catástrofe generada por la guerra y la descomposición de la autocracia, ya no con la perspectiva de una revolución burguesa sino de la revolución socialista (Haupt, 2017; Louca: 2017).
 
La narrativa que presenta febrero de 1917 como una “revolución a medias”, redimida y justificada a posteriori por la genuina revolución que sería la de octubre[8]es un mito que distorsiona y hace irreconocible la realidad de la revolución, la dinámica relación entre la movilización popular con las cambiantes formas y grados de autoorganización de las masas y el rol de los diversos partidos (Adamovsky, 2008). La sublevación que terminó con siglos de autocracia se caracterizó por la irrupción a la vida política de las masas populares, incluyendo desde el vamos a sus franjas más plebeyas y marginadas, en una escala jamás vista. Estos millones de nuevos “actores” aportaron originales coreografías políticas y demandas sociales.
 
Mujeres (que seguramente nunca habían leído Iskra[9]) manifestaron en las calles para reclamar pan y el regreso de los combatientes y prendieron la chispa que encendió la pradera. Los soldados, obligados a disparar contra la multitud, decidieron luego desobedecer las órdenes de sus oficiales y en tumultuosas asambleas eligieron y enviaron a sus “diputados” al Sóviet[10]. Se recuperaba la experiencia de 1905 pero en un nivel cualitativamente superior: estos Sóviets de diputados obreros y soldados surgieron con legitimidad político-social y fuerza material sin precedentes. La revolución también sacudió y trastocó la intelligentsia: una mayoría reaccionó con indisimulada hostilidad contra la plebe, otra parte respondió comenzando una febril actividad intelectual, artística y política que se profundizaría después de octubre. Y tanto o más importante que todo lo antedicho: el estruendo del estallido fue tal que sus ecos llegaron hasta las más alejadas aldeas de la profunda Rusia y a todo el imperio.
 
Aquellos millones de anónimos hombres y mujeres que terminaron con la autocracia, imprimieron a la movilización el carácter de una revolución social en acto y de sus filas surgieron los más decididos activistas que empujaron, a veces rudamente, a que los bolcheviques se retiraran de la tramposa Pre-conferencia democrática, organizaran el Comité Militar Revolucionario del Soviet[11], derrocaran al descreditado gobierno burgués y asumieran la conformación del poder soviético. Fueron las masas, empujadas por el descontento y la desesperación, las que forjaron, en esos meses de ásperos debates y combates, la esperanzada voluntad de cambiar el mundo y cambiar la vida sin atenerse a los cánones doctrinarios de los diversos socialismos en conflicto. En este trayecto la Revolución Rusa gano su verdadera dimensión. Se cree elogiarla diciendo que se trató de la “primera revolución obrera triunfante”, cuando en realidad se la disminuye porque fue más que eso: fue una revolución raigalmente plebeya y diversa, porque confluyeron (chocando y enriqueciéndose mutuamente) tres afluentes: la revolución de un proletariado relativamente reducido pero concentrado en algunas ciudades y centros productivos, muy combativo y explosivo; la revolución de un inmenso campesinado en el que se conjugaban el atraso y la miseria extrema, con una antigua tradición de rebeliones agrarias abonadas por la prédica del populismo;y, por último pero no en importancia, la revolución de las nacionalidades oprimidas lanzadas a demoler la “cárcel de pueblos” que era el imperio zarista.
 
La victoriosa insurrección de octubre fue preparada por este curso de la lucha de clases, la auto-actividad y auto-educación política de las masas en el marco de los Soviets, los Comités de fábrica con los choques, alianzas y realineamientos de los diversos partidos que en ellos actuaban desde febrero y en los meses posteriores. Su éxito no debe atribuirse solamente a la decisión y clarividencia del bolchevismo en general o Lenin en particular. El inmensito mérito de ellos[12] fue, en todo caso, aplicar con decisión una línea política plena de matices, elaborada en forma colectiva a través de muchas polémicas[13]que desbordaban al Comité Central e involucraban a los militantes insertos en los organismos de masas (Vazeilles, 1971). Lograron articular inmensas y disímiles fuerzas en movimiento, se atrevieron a ponerse al frente de la desmesurada empresa aportándole una veta internacionalista al concebirla como parte del combate por el fin del colonialismo y el socialismo. No se equivocaba Rosa Luxemburgo, la más ilustre y crítica defensora de la Revolución Rusa, cuando escribía desde la cárcel (¡en 1918!) estas clarividentes líneas:
En el momento actual, cuando nos esperan luchas decisivas en todo el mundo, la cuestión del socialismo fue y sigue siendo el problema más candente de la época. No se trata de tal o cual cuestión táctica secundaria, sino de la capacidad de acción del proletariado, de su fuerza para actuar, de la voluntad de tomar el poder del socialismo como tal. En esto, Lenin, Trotsky y sus amigos fueron los primeros, los que fueron a la cabeza como ejemplo para el proletariado mundial […] suyo es el inmortal galardón de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político y la ubicación práctica del problema de la realización del socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el capital y el trabajo. En Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía resolverse. Y en este sentido, el futuro en todas partes pertenece al “bolchevismo”. (1976: 202)
 
La toma del poder en octubre no debiera ser saludada como si se hubiese tratado de “EL” triunfo de la revolución. Fue nada menos (y nada más) que un necesario primer paso en el complejo camino a lo largo del cual la Revolución debería intentar desplegar su “alma social” e ir más allá del capital; y no sólo en Rusia, sino internacionalmente. 
 
3. La revolución después de octubre
 
Puede considerarse que un segundo capítulo de la Revolución rusa comenzó cuando se reunió el II Congreso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de toda Rusia, el 25 de octubre de 1917. El Gobierno de coalición había sido derrocado, de hecho, por el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado, y de nada valieron las furiosas protestas del Partido Socialista Revolucionario y de los Mencheviques, denunciando lo que consideraban “un golpe mortal contra la revolución”. De los 670 delegados presentes, 300 eran bolcheviques y a ellos se sumaron algunos mencheviques internacionalistas y la fracción de izquierda de los socialistas revolucionarios: una clara mayoría respaldaba el poder soviético. Alexander Rabinowitch, reconocido historiador, ha escrito que
...la revolución de octubre en Petrogrado no fue tanto una operación militar, sino más bien un proceso paulatino desarrollado sobre el terreno de una cultura política profundamente arraigada en la población, así como de una amplia insatisfacción con los resultados de la revolución de febrero combinada con la fuerza del irresistible atractivo de las promesas de los bolcheviques: paz, pan y tierra inmediatamente para los campesinos y una democracia de base a través de los soviets multipartidistas. Domenech, 2017: 94)
 
El Congreso de los Sóviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia aprobó el “Llamamiento a los obreros, soldados y campesinos”, redactado sobre la marcha por Lenin. El momento ha sido recordado según los siguientes estos términos:
El gobierno provisional ha sido depuesto. El Congreso, toma el poder en sus manos”. El gobierno soviético propondrá una paz inmediata, entregará la tierra a los campesinos, dará un estatuto democrático al ejército, establecerá un control de la producción, convocará en el momento oportuno a la asamblea constituyente, asegurará el derecho de las naciones de Rusia a disponer de sí mismas. “El Congreso decide que todo el poder, en todas las localidades, es entregado a los soviets (Trotsky, 1985: 457).
 
El paso siguiente era la designación del gobierno que encabezaría al régimen que estaba en tren de conformarse:
[...]para sorpresa de muchos delegados, se anunció que las funciones del gobierno central serían asumidas por un nuevo consejo de comisarios del pueblo cuyo patrón enteramente bolchevique fue leído al Congreso el 26 octubre por un portavoz del partido bolchevique. La cabeza del nuevo gobierno era Lenin y Trotsky era comisario del pueblo (ministro) de relaciones exteriores (Fitzpatrick, 2015: 87).
 
La decisión de conformar un gobierno puramente bolchevique fue (y seguiría siendo) muy controvertida. Pocos días después, tras una crisis que dividió y enfrentó públicamente a dirigentes bolcheviques, se alcanzó una solución de compromiso con la incorporación al gobierno de algunos ministros del recién conformado Partido Socialista Revolucionario de Izquierda. Este tímido gesto de pluralismo dio momentánea satisfacción a una fuerte presión “por abajo” en favor de la unidad de las fuerzas revolucionarias, pero dejaba en pie el gran interrogante: ¿Qué relación debía establecerse entre los soviets y el partido bolchevique?
 
Claro está que esa duda no paralizaba a Lenin. Este comenzó su discurso ante los delegados del Congreso que acababa de elegirlo, con una frase tan simple como contundente: “Ahora, vamos a dedicarnos a edificar el orden socialista”. Sin pérdida de tiempo, se fueron promulgando medidas trascendentales: no ya reclamos, ni declaraciones de intención, sino actos de gobierno que comenzaban a ejecutarse antes incluso de que los diversos comisariados hubieran terminado de instalarse en sus respectivas oficinas.
El decreto “Sobre la paz” dispuso que se propusiera a todos los gobiernos involucrados el inmediato fin de las hostilidades para comenzar las negociaciones con el fin de alcanzar una paz justa y democrática. Lo bolcheviques, que se habían opuesto desde el primer momento a la guerra mundial insistiendo en que los trabajadores debían convertirla en una guerra civil contra cada uno de sus gobiernos, convocaban ahora desde el poder a movilizarse para poner fin a la guerra y terminar con el pillaje imperialista y la dominación colonial.
‘El gobierno obrero y campesino creado por la revolución […] propone a todos los pueblos beligerantes y a sus gobiernos el inicio inmediato de las negociaciones para una paz justa y democrática´. Rusia no estaba en condiciones de plantear ningún ultimátum, pero Lenin sostuvo que la negociación con los gobiernos debía ser pública y en términos tales que fuesen un llamado a la movilización de los pueblos de Europa, diciendo: “todas nuestras esperanzas están puestas en que nuestra revolución desencadene la revolución europea. Si los pueblos sublevados de Europa no aplastan al imperialismo, nosotros seremos aplastados, sin lugar a dudas (Trotsky, 1985: 471).
 
Pero las potencias de la Entente, fortalecidas con la incorporación de los Estados Unidos a la contienda, estaban empeñadas en llevar la guerra hasta el fin, y se negaron a iniciar cualquier tipo de negociación. El gobierno soviético se vio entonces obligado a entablar negociaciones por separado con Berlín. A mediados de diciembre de 1917 se firmó un armisticio y se iniciaron las negociaciones. Por el lado de Rusia, fue Trotsky el encargado de conducir las tratativas, en las que se dejaron de lado las formalidades diplomáticas y se dieron a conocer los documentos secretos que ponían en evidencia el modo en que las diversas potencias pretendían repartirse territorios pisoteando los derechos más elementales de los pueblos. Las negociaciones fueron acompañadas por una intensa agitación, llamando a que todos los pueblos de Europa, y en primer lugar el de Alemania, se movilizaran con el fin de imponer a sus gobiernos la tan deseada paz.
 
De inmensa importancia fue el decreto “Sobre la tierra”, en el que se disponía la nacionalización y reparto de todos los latifundios, la abolición sin indemnización de la gran propiedad. Esta decisión tuvo un inmediato y profundo impacto, porque las masas campesinas tomaron en sus propias manos la aplicación del decreto y pasaron a ejercer prácticamente sus derechos, en lo que constituyó una formidable movilización revolucionaria: durante el invierno 1917 -1918, el campesinado se apoderó de la tierra sin esperar directiva del gobierno central ni de las autoridades asentadas en las ciudades, conducidos en muchos casos por militantes del Partido Socialista Revolucionario.
También fue muy significativo el decreto “Sobre las nacionalidades”, en el que se reconocía el derecho a la autodeterminación de los pueblos que habían sido sojuzgados por el imperio zarista. No sólo porque implicaba que las nuevas autoridades soviéticas se manifestaban inequívocamente en contra del chauvinismo “gran ruso”, sino porque esta toma de posición pesó (en favor de los soviéticos) en el curso de la guerra civil. 
 
Otra serie de decretos apuntó a detener la catástrofe económica, que golpeaba con particular dureza a la clase obrera. Se dispuso el desconocimiento de la deuda externa, la nacionalización de la banca y de los grandes grupos industriales (petróleo, metalurgia, química, etc.) muchos de los cuales pertenecían a capitalistas extranjeros; se suprimió el secreto comercial, se dio estímulos a la conformación de cooperativas de consumidores a fin de controlar los circuitos de producción y distribución y se impuso el control de los obreros sobre las empresas. No se trataba de implantar el socialismo por decreto, ni de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y expropiar a la totalidad de las empresas, sino de enfrentar el caos económico. Se creó el Consejo Supremo de Economía Nacional (VSNJ) en diciembre, con funciones de coordinación. Estas disposiciones, sin embargo, quedaban por detrás de la dinámica real de la lucha de clases. Los mismos capitalistas que abandonaban o descapitalizaban las empresas, generaron una dinámica de nacionalizaciones frecuentemente impuestas desde las instancias locales. Y los obreros armados que venían de ser protagonistas de la revolución en las grandes ciudades, organizados en los Comités de fábrica, en muchos casos, consideraban esas medidas insuficientes. Tal vez por eso, en enero de 1918 el gobierno debió precisar que “la ley soviética sobre el control obrero es adoptada como un primer paso hacia la socialización de las industrias”.
 
El inmenso e inmediato respaldo popular con que fueron recibidas estas medidas confirió una legitimidad sustancial al flamante poder soviético. Una síntesis de todas ellas fue la “Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado”, que fue presentada por los bolcheviques a la Asamblea Constituyente cuando esta se reunió el 5 de enero de 1918 (los constituyentes habían sido electos a comienzos de noviembre). El Partido Socialista Revolucionario, valiéndose de su mayoría en el cuerpo votó rechazar la Declaración y desconocer el poder soviético… La respuesta fue ordenar la inmediata disolución de aquella Asamblea que, antes de constituirse, había sido ya superada por la revolución y las medidas adoptadas. La medida fue hecha efectiva por un destacamento de la Guardia Roja integrado por militantes bolcheviques y socialistas revolucionarios de izquierda conducidos por un rudo marinero anarquista de Kronstadt. Los dirigentes eseristas no pudieron oponer ninguna resistencia, fueron completamente incapaces de apelar a su antigua base electoral campesina, ocupada como estaba en hacer uso de aquellos derechos que los constituyentes pretendían desconocer.
 
Pero la situación se deterioró rápidamente en cuanto Alemania decidió poner fin a las negociaciones de paz, por motivos que brutalmente expresó por escrito un comandante del ejército germano en el frente oriental:
No hay otro camino, pues de otra forma, estas bestias (los bolcheviques) aniquilarán a los ucranianos, los fineses y los baltos, luego reclutarán a la callada un nuevo ejército revolucionario y convertirán al resto de Europa en una pocilga […] toda Rusia no es más que un montón de gusanos, una miserable masa pululante (Fitzpatrick, 2015: 96)
El ejército alemán relanzó su ofensiva en febrero de 1918. Frente al ataque, las tropas rusas se desbandaron sin oponer resistencia. Y los soviéticos se vieron obligados a firmar en marzo de 1918 el tratado de Brest-Litovsk. El acuerdo de paz fue redactado en términos ominosos para la Rusia soviética: quedó amputada el 44% de la población y la cuarta parte de la superficie del antiguo imperio, perdió ⅓ de sus cosechas, el 80% de las fábricas de azúcar, el 73% de la producción de acero, el 75% de su producción de carbón y 9.000 empresas industriales (sobre un total de 16.000).
 
Dentro y fuera del partido comunista se levantó una gran oposición al tratado de Brest-Litovsk: muchos por considerar que el mismo comprometía el futuro de Rusia, otros porque sostenían que saldrían fortalecidas las potencias centrales (Alemania y el imperio Austro-húngaro) alejándose la posibilidad de nuevas revoluciones en Europa y especialmente en Alemania. Una importante fracción del partido (los “comunistas de izquierda”, entre los cuales estuvo Bujarin) se pronunció en contra, rompió la disciplina y comenzó a editar su propio diario. Más grave e irresponsable fue la decisión del Partido Socialista Revolucionario de Izquierda: tras abandonar el gobierno, se lanzaron a una aventura provocadora y golpista, asesinaron al embajador alemán en Rusia, atentaron contra la vida de varios dirigentes comunistas, incluido Lenin, e intentaron un golpe de Estado en Moscú.
 
Para colmo de males, el fin de la guerra con Alemania lejos estuvo de significar el comienzo de la paz. Muy por el contrario, fue precisamente entonces cuando comenzó en gran escala la Guerra Civil. Los Ejércitos Blancos, que comenzaron a operar en varios frentes, pronto recibirían respaldo político, económico y militar de los gobiernos de la Alianza que, derrotadas las potencias centrales (a fines de 1918), se propusieron conjurar la amenaza de la revolución en Europa ayudando por todos los medios a la contrarrevolución en Rusia.
 
Frente al mortífero peligro, la mayoría de los comunistas de izquierda se reincorporó al partido. Similares motivos impulsaron a muchos mencheviques, fracciones de los socialistas revolucionarios de izquierda e incluso anarquistas a sumarse al combate contra los Blancos dejando en un segundo plano las discrepancias con el Partido Comunista y tratando de mantenerse activos en los soviets. Pero el entusiasmo libertario del primer momento estaba ya quebrado, y las discrepancias se seguirían agravando. Hacia fines de 1918 la disconformidad y las críticas hacia la política y métodos del gobierno se multiplicaban y no solo entre los agrupamientos políticos que trabajosamente lograban mantenerse activos, sino también entre los trabajadores sin partido y los campesinos. Con meridiana claridad, Lenin (1973ª) proclamaba la urgente necesidad de remediar el desmoronamiento de la producción y restablecer la disciplina en los lugares de trabajo, terminar de hecho con el control obrero, imponer en las fábricas el principio de “conducción única”de los directores designados por el gobierno y restablecer la jerarquía (incluyendo mínimos privilegios materiales) de supervisores y técnicos. Este viraje político se traducía en imposiciones administrativas que chocaban frontalmente con las expectativas alimentadas por la revolución, y venía acompañado por presiones, amenazas y acciones represivas: clausura de los periódicos opositores o independientes que subsistían, intimidaciones, control policíaco, detenciones. La represión llegó al punto en que cualquier disconforme u opositor podía ser catalogado como “peligro interno” sobre el cual podía caer la Checa (“Comisión Extraordinaria de Combate a la Contrarrevolución, la Especulación y el Sabotaje”), que había sido constituida en diciembre de 1917 para combatir actos de vandalismo y robo, pero rápidamente fue convertido en un temido organismo de seguridad y represión política (Baña y Stefanoni, 2017: 94).
 
4. El Comunismo de Guerra
 
Antes de que pudiera consolidarse y comenzar a esbozar lo que podría significar concretamente la construcción del socialismo en Rusia, el gobierno surgido a partir de octubre se vio arrastrado a una cruenta y prolongada confrontación intestina. También se complicaba la situación internacional: en abril de 1918 fue ahogada en sangre la revolución en Finlandia, al empezar 1919 fracasó el levantamiento de los Espartaquistas en Alemania, la República Soviética de Hungría nacida en marzo de 1919 fue liquidada en agosto de ese mismo año. La revolución en otros países de Europa se demoraba (pese a lo cual las expectativas en una victoria revolucionaria en Alemania se mantuvieran, con altibajos, hasta 1923).
 
El Estado soviético debió entonces concentrar los mayores y mejores esfuerzos en sobrevivir y ganar la guerra civil. Ese objetivo finalmente se logró, pero mientras tanto las formas, la concepción y ejercicio de la dictadura del proletariado, la naturaleza del gobierno obrero y campesino y el mismo Partido Comunista[14]cambiaron profundamente.
La guerra debió desarrollarse contra diversos Ejércitos Blancos desplegados en varios frentes, con un activo respaldo de los gobiernos capitalistas que impusieron un severo bloqueo al Estado soviético y también intervinieron en el conflicto con tropas. Francia envió 12.000 soldados, Inglaterra 40.000, Japón 70.000, Estados Unidos de Norteamérica 13.000, Polonia 12.000, Grecia 23.000, Canadá 5.300. Según Winston Churchill, uno de los más encarnizados enemigos de la revolución rusa, las tropas extranjeras llegaron a sumar 180.000 efectivos.
 
Se trabó una lucha encarnizada en un inmenso territorio y con cambiantes avances y retrocesos de los ejércitos enfrentados en los diferentes frentes. En diversos momentos Petersburgo estuvo a punto de caer y el territorio efectivamente controlado por el gobierno soviético fue reducido a poco más que el antiguo principado de Moscú (Trotsky, 2006; Baña y Stefanoni, 2017; Fitzpatrick, 2015; Carrered’Encausse, 1993; Dullin, 1994).
Para hacer frente a la situación, el Estado debió “inventar” aceleradamente y casi desde la nada al Ejército Rojo. Fue creado en enero de 1918 bajo la conducción de León Trotsky, en su calidad de Comisario del Pueblo de Asuntos Militares y Navales. El primer paso fue el reclutamiento de voluntarios: decenas de miles de los obreros más conscientes y comprometidos con la revolución respondieron al llamamiento de los soviets locales y del Partido Comunista. Se incorporaron al ejército y partieron hacia los diversos frentes. Muchos eran militantes comunistas; muchos más ingresaron al partido después de incorporarse al ejército.
 
Pronto fue necesario restablecer el servicio militar obligatorio: el ejército llegó a contar con más de 5 millones de efectivos. Para asegurar la capacidad de combate, se introdujo el entrenamiento, la disciplina y los rangos militares, inicialmente abolidos por la revolución. Una de las decisiones más audaces y controvertidas fue la masiva reincorporación de oficiales que habían servido en el ejército zarista, introduciendo el novedoso principio del “doble comando”: el mando de los antiguos oficiales (“especialistas militares)” pasó a estar duplicado y políticamente supervisado por cuadros comunistas (“comisarios políticos”). Se movilizaron todos los recursos humanos y materiales que fueron necesarios para afrontar la guerra. Trotsky dijo que para vencer había sido necesario “saquear a Rusia”: en el año 1920, el ejército consumió el 25% de la producción de trigo, 50% de los demás cereales, 60% del abastecimiento de carnes y pescado y el 90% de la producción de zapatos y botas de hombre.
 
Escapa a los propósitos de este texto entrar en los detalles estratégicos y tácticos de la contienda. Basta con decir que, a pesar de sus éxitos iniciales, los ejércitos Blancos fueron quedando debilitados tanto por los éxitos militares del Ejército Rojo, como por la sorda o abierta oposición de los campesinos y de las nacionalidades no rusas. En el primer caso, porque la contrarrevolución quería devolver las propiedades a los antiguos terratenientes, en el segundo, porque el objetivo de los Blancos era inequívocamente restablecer el chauvinismo “gran ruso” en todo el territorio del antiguo imperio. En octubre de 1919 Petrogrado estuvo al borde de caer y Trotsky en persona asumió la conducción de defensa de la ciudad. Luego de ser rechazados, comenzó el generalizado retroceso de los Blancos:
El (23 de octubre de 1920), las tropas blancas del general Iudenicht fueron frenadas en la línea de Pulkovo e iniciaron una precipitada retirada. En el mismo momento, en el Este, los hombres de Koltchak se rendían de a miles […]. En el Sur, el suelo se movía bajo los pies del ejército de Denikine, rechazado por la población de las regiones conquistadas (Broué, 1988: 268).
 
Cuando la guerra parecía terminar, la Polonia, gobernada por Pildsusky, lanzó (en abril de 1920) una invasión “preventiva” contra la Unión Soviética, ocupando parte de Ucrania. Esto impuso al Ejército Rojo un esfuerzo suplementario: la “campaña polaca”. Una operación militar, inicialmente defensiva, convertida sobre la marcha en contraofensiva. Lenin creyó que los trabajadores polacos estarían dispuestos a levantarse en contra del gobierno bonapartista de Pildsusky y que ayudarían a que los Rojos hicieran realidad lo que prometía la letra de La Varsoviana (“de un salto en Varsovia y de otro en Berlín”). Pero los polacos prefirieron enfrentar a los rusos y los derrotaron en “la batalla del Vístula”. El operativo terminó siendo un completo fracaso. Tras firmarse la paz con Polonia, las tropas fueron lanzadas a terminar con los últimos restos del ejército de Wrangel y en noviembre de 1920 la totalidad de Crimea quedó en manos del Ejército Rojo.
 
La contrarrevolución había sido derrotada, el Estado y “la patria soviética” habían sobrevivido y recibieron a los delegados que, provenientes de 37 países, se reunieron en el II Congreso de la Tercera Internacional entre el 17 julio y el 7 agosto 1920, con un ambiente triunfalista. El Manifiesto del Segundo Congreso Mundial (redactado por Trotsky) afirmaba:
[…]el poder soviético se estableció por primera vez en el país más atrasado y destruido de Europa, rodeado por una legión de enemigo poderosísimos. Pese a ello, el poder soviético no sólo se ha mantenido en la lucha contra factores adversos sin precedentes, sino que demostró en la acción las vastas potencialidades inherentes al comunismo. El desarrollo y consolidación del poder soviético en Rusia es el hecho histórico más importante desde la fundación de la IC (Trotsky, 2017:165).
 
El principal biógrafo de Trotsky dice algo marcadamente diferente: “La guerra civil había terminado. Lo peor estaba por comenzar” (Broué, 1988: 270).
La indudable victoria militar no aparejó un saldo político igualmente positivo. Luego del fin de las hostilidades, no siguió un renovado ascenso revolucionario. Por el contrario, se hizo visible el distanciamiento y enfrentamiento cada vez mayor de la elite del PC y el Estado soviético con las grandes masas de obreros y campesinos. Y, con ello, el impasse de la revolución.
 
Las causas de lo ante dicho seguramente son diversas. Agotamiento, luego de la devastación material y humana sufrida. En la Guerra Mundial, Rusia había perdido 1,8 millones de hombres, y otro millón de vidas fueron sacrificadas en el curso de la Guerra Civil. Las bajas civiles fueron mucho mayores: 1,5 millones durante la Guerra y ¡8 millones en la Guerra Civil! (debido al hambre, al frío, las epidemias y la grave sequía que arrasó al campo en 1921). Además, entre 1 y 2 millones de rusos emigraron (Dullin, 1994: 20). Las ciudades se despoblaron y al terminar la Guerra Civil, el peso del campo era mucho mayor que antes de la revolución. El número de obreros se redujo a un millón (en 1914 habían sido tres millones). El aparato estatal había crecido desmesuradamente, pero la producción industrial, el sistema de transportes, las comunicaciones y la agricultura colapsaban. La penuria de los bienes más elementales se tornaba insoportable, generando un profundo malestar social y político. Pero las quejas crecían, también, debido a la impericia, las arbitrariedades gubernamentales, los pequeños privilegios atribuidos discrecionalmente y, en general, la prepotencia e insensibilidad con que se aplicaban políticas decididas “por arriba”, sin ninguna participación popular.
 
La orientación autogestionaria y casi libertaria que Lenin había esbozado en las páginas de El Estado y la Revolución[15], muy presente a lo largo del combate político para hacer realidad la demanda de “Todo el poder a los Soviets” y que había comenzado a concretarse con las primeras medidas promulgadas por el Consejo de comisarios del pueblo, no duró mucho tiempo. Ante la magnitud de la crisis y las dificultades, el gobierno cambió de rumbo: el acento se puso en reforzar la disciplina laboral, imponer la dirección única en las empresas, incrementar la productividad con la “organización científica del trabajo”. Para sacar a Rusia del atraso, se pensó nuevamente en lo que Lenin denominaba “capitalismo de Estado” (“dentro de los límites y el control impuestos por el poder soviético”) (Lenin, 1973-a). Las campañas, acompañadas por técnicas de movilizaciones y encuadradas por el partido, estaban escoltadas por un creciente control y mayores restricciones de las libertades y actividades sociales, culturales y políticas a nivel de masas. Todas y cada una de las grandes decisiones del gobierno eran adoptadas por el Comité Central, transmitidas a través de los soviets e impuestas por los cuadros y militantes del partido (a pesar de que muchos de estos últimos llevaban a cuestas sus propias críticas contra “la oligarquía” del partido).
 
Un brusco golpe de timón había impuesto lo que se dio en llamar “comunismo de guerra”: estatización de todas las empresas, supresión del libre comercio, virtual desaparición del dinero, severa racionalización del consumo. El Consejo supremo de la economía nacional, que pretendía sin mucho éxito dirigir toda la economía, gastó esfuerzos y recursos en un programa de electrificación de toda la Unión Soviética que supuestamente haría realidad los principios del comunismo (ver Lenin, 1973-b). El empeño “modernizador” terminó con el control obrero y con cualquier intento de autogestión, apelando acrítica e ingenuamente a tecnologías y métodos de gestión productivistas y con la omnipresente presión del Estado. Cerraban toda posibilidad de avanzar en la difícil pero imprescindible batalla por superar la alienación y la división social jerárquica del trabajo. Los burgueses habían sido expropiados, pero los medios de producción no habían sido socializados, sino estatizados, lo que es muy distinto.
 
Particularmente equivocada y dañina fue la política hacia el campo, porque a la violenta requisa de la producción agrícola se sumó una provocativa campaña para organizar “comités de campesinos pobres”, “llevar la lucha de clases a la aldea” y “combatir al kulak”. La pretensión de reorganizar autoritariamente y desde afuera la vida de la aldea y los usos y costumbres del régimen comunal chocaba frontalmente con la movilización del campesinado que entre 1917-1918 había tomado las propiedades de los terratenientes reforzando cuantitativa y cualitativamente las explotaciones agrícolas organizadas según el régimen comunal (el Mir) (Archetti, 2017: 47-79; Domenech, 2017: 120).
 
Afirmar que las medidas y orientación general del “comunismo de guerra” podían acelerar el tránsito hacia una sociedad sin clases fue un grave error. Incluso en el caso de que hubiese sido imprescindible recurrir a algunas de ellas porque no quedaba otro remedio, nunca debió ser embellecida ni justificada teóricamente. Pero el gobierno soviético no solo la aplicó decididamente, sino que, terminadas las condiciones excepcionales que habían llevado a imponerla, demoró un año y medio en reconocer que se había tratado de “un error”; sólo lo hizo cuando estalló “la crisis de la revolución” a la que más adelante nos referiremos.
Con el “comunismo de guerra” se generalizó y agravó una tendencia que en realidad tenía raíces más profundas: la militarización de la política y la tentación de resolver violentamente las discrepancias, que flotaban en “el aire de los tiempos” de aquellos heroicos y trágicos años. Los bolcheviques habían sido perseguidos, encarcelados y calumniados como “agentes del imperialismo alemán” durante las jornadas de julio de 1917. El democrático Kerensky no sólo había complotado en determinado momento con Kornilov, sino que, tras ser desplazado, intentó ser repuesto por las bayonetas del general Krasnov. La derecha del Partido Socialista Revolucionario proclamó la efímera República del Volga con el respaldo de la Legión Checoslovaca. El Partido Socialista Revolucionario de Izquierda quiso resolver su diferendo con el gobierno del que formaba parte a los tiros e intentando un putch. Y más allá de Rusia, ese mismo año, el Social Demócrata Gustav Noske ordenó los asesinatos de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht.
 
En este contexto, no resulta extraño que al terrorismo y a la salvaje violencia de los Ejércitos Blancos se creyera necesario oponerle no sólo otro Ejército, sino también el Terror Rojo y la Cheka. Contextualizar no implica sin embargo justificar en bloque, ni elevar a principio estratégico un recurso absolutamente excepcional que fue institucionalizado y de la peor manera: invocando los más nobles objetivos de la revolución, se dio vía libre a un órgano represivo facultado para encarcelar, torturar, juzgar sumariamente y ejecutar sin control y supervisión. Estos crímenes no podían dejar de afectar a la autoridad política del gobierno y del partido e incluso “anestesiaron” la ética y moral de los comunistas.
Lo de “militarización de la política” tuvo además un sustrato material que no puede ser ignorado ni minimizado:
[…] más de medio millón de comunistas sirvieron en el Ejército Rojo en un momento u otro de la guerra civil (y, de este grupo, aproximadamente la mitad se unió al Ejército Rojo antes de afiliarse al partido bolchevique […] llevaron la jerga militar al lenguaje de la política e hicieron que las botas y la chaqueta militar […] fuesen prácticamente un uniforme para los integrantes del partido entre la década de 1920 y el comienzo de la de 1930. Según juzgó un historiador, la experiencia de la guerra civil “militarizó la cultura política revolucionaria del movimiento bolchevique”, dejando un legado que incluía “la disposición a emplear la coerción, el gobierno por medio de decretos, la administración centralizada y la justicia sumaria” (Fitzpatrick, 215: 94).
 
El borrador sobre la Revolución rusa escrito por Rosa Luxemburgo (al que ya nos referimos anteriormente), comenzaba brindando un cálido homenaje a Lenin y Trotsky, seguían algunas críticas que hoy podemos considerar inconsistentes, pero concluía con una firme crítica al derrape autoritario y el injustificado desprecio por la democracia de ambos líderes. Lo que Rosa planteaba entonces y conserva hoy plena validez, es que la revolución necesita de la vigencia de libertades individuales y colectivas para que pueda desplegarse la praxis revolucionaria de las masas, por la sencilla razón de que el debate y la libre discusión de la experiencia son imprescindibles para la autoeducación y en definitiva para el ejercicio del poder por parte de la clase trabajadora. Sin idealizar las formas democráticas, escribió:
...toda institución democrática tiene sus límites y carencias […]. Sólo que el remedio descubierto por Lenin y Trotsky -la liquidación de la democracia en general- es todavía peor que el mal que pretende enmendar, porque ciega era precisamente la única fuente viva capaz de corregir todas las insuficiencias […]: la vida política activa, desinhibida, enérgica, de las más amplias masas populares.
 
Lamentablemente, su recriminación fue totalmente desestimada. El gobierno bolchevique avanzó por una senda que distorsionó profundamente el concepto, la naturaleza y la práctica de lo que se decía defender: la dictadura del proletariado. Para Marx (y Engels) esa formulación equivalía a la concepción fideicomisaria de la dictadura como institución republicana en condiciones de guerra civil que, lejos de ser una dictadura soberana, estaba obligada a rendir cuentas ante sus mandantes, para el caso, la alianza de los obreros, soldados y campesinos. En lugar de esto, los bolcheviques asumieron el monopolio del poder y se atribuyeron el derecho a ejercer la dictadura (en nombre) del proletariado.
 
Semejante sustitucionismo cambió también el carácter y la función de los soviets, que, habiendo sido inicialmente concebidos como órganos de poder con funciones deliberativas y ejecutivas, terminaron convertidos en instituciones formales limitadas a endosar las resoluciones adoptadas por los diversos niveles dirigentes del partido. Se impuso un estilo de gobierno y de “hacer política” que en realidad excluye la política en cuanto construcción polémica y conflictiva de normas, valores y consensos, optando por una imposición administrativa de modo vertical y autoritario. Una vez en el poder, los bolcheviques carecieron de verdaderas políticas de alianza, debido tal vez a la falsa concepción de que, si a cada clase social correspondía un partido y siendo el PC “el” partido de la clase obrera, toda y cualquier organización que no aceptase subordinarse al partido pasaba a ser tratada con desconfianza o abierta hostilidad y, en el extremo, podía ser suprimida.
 
Acompañando el ocaso de los soviets, se reconstruyó aceleradamente un Estado con un inmenso aparato burocrático que, al terminar la guerra civil contaba (sin incluir al ejército) con 6 millones de funcionarios. Los más altos niveles de este aparato estatal no tardaron en entrelazarse, confundidos con el también creciente aparato del partido: así surgió un nuevo y poderoso “cuerpo social”, una burocracia con intereses y apetencias cada vez mayores. Cuando Lenin y Trotsky advirtieron el problema, no tuvieron ya ni tiempo ni medios para conjurarlo.
 
 
El partido que se lanzó a la toma del poder en 1917, era una organización revolucionaria relativamente pequeña, construida y educada políticamente en las condiciones de severa represión que imponía la autocracia zarista y su temible policía política, la Ojrana. La excepcional estatura intelectual y política de aquel un puñado de dirigentes que tras la revolución pasaron a ser reconocidos líderes del movimiento comunista internacional, suele ocultar que se trataba de una organización que contaba con muy pocos intelectuales y militantes instruidos. La composición social del partido bolchevique estaba caracterizada por un porcentaje excepcionalmente elevado de obreros, ávidos de conocimientos, pero con un mínimo de instrucción formal. Esto se hizo más notable porque la mayoría de la intelligentsia había girado hacia la derecha en el período previo a la revolución. Existen múltiples testimonios de las amargas quejas por parte de aquellos obreros que la revolución había puesto en posiciones expectantes y que reclamaban infructuosamente la ayuda de intelectuales que les daban la espalda (Mandel, 2017).
Ese fue el partido quede un día para el otro, pasó a ser partido de gobierno, enfrentando tareas y un cúmulo de problemas que manifiestamente lo desbordaban. Cuando los Comisariados (ministerios) quisieron asumir funciones, encontraron que el aparato administrativo estaba en ruinas o les era absolutamente hostil. Los cuadros partidarios quedaron atrapados en el vértigo de actividades que les resultaban extrañas. Y estuvieron sometidos a las presiones que no eran ya las de radicalizar la lucha, sino las que surgían de las contradictorias urgencias y exigencias de diversos sectores y capas de las masas populares (valga como ejemplo el caso especialmente complejo de la conflictiva relación con el los ferroviarios).
 
Prueba elocuente de las dificultades e incertidumbres del flamante partido de gobierno fue la crisis que estalló en noviembre, a dos semanas de haber asumido, y se saldó con el reemplazo de algunos ministros para permitir el ingreso de los eseristas de izquierda y la modificación de la representación bolchevique en el Comité Ejecutivo de los soviets (Kamenev, que había enfrentado públicamente resoluciones del CC, fue reemplazado por Sverdlov).
La “férrea unidad” y “rígida disciplina” del bolchevismo es en gran medida una leyenda. En la más alta conducción, había dirigentes exiliados durante largos años en diversos países y aprovechando de la experiencia y de las discusiones con dirigentes obreros y teóricos de la socialdemocracia, pero más que un equipo acostumbrado a trabajar en conjunto eran personalidades con capacidades, formas de trabajo y colaboradores inmediatos muy diversos. Existía por lo demás otro grupo de dirigentes muy distinto, que habían conformado “la dirección interior” o que habían trabajado en relación con la misma, sin demasiadas preocupaciones teóricas, con un bagaje cultural distinto y rodado en el manejo del aparato clandestino.
 
Por otra parte, los bolcheviques debieron actuar con gente proveniente de otras tradiciones y formaciones, que aportaban concepciones (y presiones) contradictorias. En una muy rápida enumeración, cabe mencionar en primer lugar a los llamados “bogdanovistas”, algunos de los cuales se incorporaron al partido en tanto otros (como Bogdanov mismo) pesaron indirectamente a través de la masiva y multiforme corriente educativo-cultural-política que fue el Proletkult. Los mencheviques internacionalistas, que siendo muy críticos del gobierno intentaron mantener su prensa y actividad política en tanto otros muchos se sumaron al partido o mantuvieron alguna actividad con bajo perfil en los soviets. Los eseristas de izquierda fueron ilegalizados tras la aventura golpista, pero algunos se reagruparon para luchar contra los blancos, sin dejar de ser críticos de las políticas de gobierno sobre todo en lo referido al campo. Los anarquistas, que habían tenido un rol importante en los comités de fábrica y los soviets de soldados de 1917, reaparecieron con fuerza en la Comuna de Kronstadt o el Ejército Negro de de Makhno. Fue influyente una corriente de académicos y científicos más o menos elitistas que optaron por colaborar con el gobierno, con bastante influencia en las áreas económicas y técnicas del gobierno. Los “neo populistas” (Chayanov fue el más importante) eran estudiosos del trabajo y de la producción en el campo ruso. Existió también una corriente “anti intelectual” (influenciada por las ideas de Makhaisky). Finalmente, pero no en importancia, cabe destacar que después de 1917 el partido atraía legiones de carreristas y oportunistas en busca de prestigio y de privilegios (Utechin, 1958).
 
El Consejo de Comisarios del Pueblo había surgido formalmente del II Congreso de los soviets, pero desde el primer momento las grandes líneas de gobierno se discutían y votaban en el Comité Central del partido. Paradójicamente, el partido que pretendía encarnar la dictadura del proletariado entró enuna especie de limbo. Dicho partido carecía de aparato y finanzas propias. El Secretario del partido presidía también el Comité Ejecutivo de los Soviets de toda Rusia y desde allí atendía todas las cuestiones. Los militantes comunistas debían lograr que los soviets implementaran las políticas definidas en el Comité Central y que les eran transmitidas a través de los diarios Pravda (órgano del partido) e Izvestia (del soviet) y también mediante telegramas del secretariado. No obstante, las instancias intermediarias del partido no funcionaban ni existían quienes se ocuparan específicamente de los comités regionales y de las células. La situación era tan caótica que a fines de 1918 algunos dirigentes importantes llegaron a plantear que tal vez debiera disolverse el partido, y el mismo Sverdlov lanzó una dramática advertencia en el VIII Congreso (marzo de 1919):
El partido se está muriendo, está en vías de explotar, de disgregarse en múltiples intereses locales y particulares. Si no se establece una jerarquía internacionalista, será el fin del régimen que defendemos (Carrered’Encausse, 1993: 70).
Para salir de tal situación, se conformó un aparato adjunto al Comité Central para ocuparse de la centralización, organización y distribución de cuadros y recursos. Comenzó con 80 permanentes, pasaron a ser 600 en marzo de 1921 y un año después eran ya 15.000 funcionarios. Hacia fines de 1921 el ejercicio real del poder a todos los niveles había pasado completamente a manos del partido, que había logrado superponer su organización centralizada a la red descentralizada de los soviets.
 
La contracara de la reorganización fue la creciente disconformidad de los trabajadores, en la medida que advertían que estaban siendo expropiados del derecho a participar y decidir en la vida de los soviets. Estas quejas se reflejaban en la incomodidad de los militantes comunistas de base, entre los cuales crecieron también las críticas en contra de la elite del partido y el Estado. Ellos estaban en contra de la “jerarquía de los secretarios” o la “oligarquía” partidaria,  que daban órdenes e imponían directivas por encima de las decisiones de congresos o conferencias partidarias, y que utilizaban cada vez más discrecionalmente el poder para trasladar militantes, recursos y enviados “plenipotenciarios” a todas partes. Terminada la guerra civil, el descontento creció exponencialmente y amenazaba con desplazar a los comunistas en las elecciones para los soviets locales. Reflejo interno de esta situación fue la conformación de las tendencias “Oposición Obrera”, “Centralismo Democrático” y agrupamientos más autónomos como el Grupo Obrero liderado por el metalúrgico Miasnikov. Este último llegó a discutir personalmente con Lenin (luego fue expulsado, encarcelado y debió exiliarse en 1929).
 
Los dirigentes del partido advirtieron que, con la pérdida de su base social, la dictadura del proletariado y ellos mismos en realidad, estaban suspendidos en el aire. Atribuyeron esa situación a las dificultades económicas, al individualismo pequeñoburgués de los campesinos, a la disminución cuantitativa, al cansancio, a la desmoralización y hasta “el desclasamiento” de los obreros. Ni Lenin, ni Trotsky, fueron capaces de advertir a tiempo que se estaba frente al desarrollo de un irrefrenable proceso de burocratización. No se trataba simplemente de “métodos equivocados” ni de la mala influencia de la antigua burocracia zarista que se había mantenido o se había reincorporado a las instituciones del Estado soviético, sino de la emergencia de una nueva y poderosa fuerza social que, habiendo sido eliminados los capitalistas y terratenientes y manejando las palancas del poder del Estado del partido y de los medios de producción estatizados, devenía un cuerpo social privilegiado y potencialmente explotador. Cuando Christian Rakovsky advirtió sobre “Los peligros profesionales del poder” (2002), éste había ya pasado a manos de una burocracia que esgrimiendo sus origen obrero o campesino trataba de ocultar que constituía en realidad una fuerza social política que estaba estructuralmente enfrentada con las masas explotadas del campo y de la ciudad y que disimulaba el abandono de toda perspectiva revolucionaria proclamando “la construcción del socialismo en un solo país”.
 
6. La crisis de la Revolución
 
Finalizada la guerra civil, urgía corregir los errores, restablecer la democracia soviética, subsanar los abusos cometidos y reconstruir la imprescindible alianza obrero-campesina, ajustando las medidas y el ritmo de la transición socialista a las condiciones que imponía el aislamiento de la revolución en Rusia y a lo que permitiesen la libre movilización y autoorganización de obreros y campesinos, sin lo cual resulta imposible dar pasos efectivos hacia el socialismo. En lugar de ello, se mantuvieron durante quince meses las principales orientaciones económico-administrativas del “comunismo de guerra” y se ensayaron pasos zigzagueantes hacia la “militarización del trabajo”. Mientras tanto, las campañas de movilización y encuadramiento buscaban coartar y desalentar lo que se percibía como amenazante revitalización de discusiones y acciones colectivas que efectivamente, desde 1920, y teniendo como telón de fondo las crecientes revueltas campesinas, comenzaban a darse en los lugares de trabajo. Esta reactivación de la acción colectiva culminó en una ola huelguística en varias ciudades entre febrero y marzo de 1921 y en un renovado activismo de base con vistas a intervenir en las elecciones de los soviets en abril-mayo de 1921 (Ver Piraní, 2008). 
 
La obstinación de la dirección del Estado y el partido condujo a “la crisis general de la Revolución”de 1921, que tuvo su expresión más espectacular en la rebelión de los marineros de la base de Kronstadt (a los que se había saludado en 1917 como “la gloria y el honor de la Revolución”). El soviet de los marineros se levantó en contra del gobierno, proclamó “la Comuna de Kronstadt”, se declaró solidario con las huelgas obreras y las protestas campesinas y reclamó la regeneración del poder soviético con la explosiva consigna de “Soviets sin comunistas”.
La Comuna de Kronstadt fue ahogada en sangre pretextando que se trataba de un motín contrarrevolucionario organizado por los Blancos[16]. Lenin, Trotsky, toda la plana mayor del partido decidió el aplastamiento de Kronstadt porque ese ese ejemplo constituía una amenazaba letal al monopolio político del PC. Esta decisión adoptada en el marco del X Congreso del partido fue acompañada incluso por los delegados de la “oposición obrera” y del “centralismo democrático”: las razones de partido pesaron más que la solidaridad de clase y la integridad del proceso revolucionario.
 
Una vez sofocada la rebelión, cuando se reanudó el X Congreso, Lenin advirtió que lo más grave y peligroso no era lo ocurrido en Kronstadt, y reconoció que se estaba en presencia de lo que denominó, con toda crudeza, “la crisis general de la revolución”. Atribuyó esta crisis a los errores del “comunismo de guerra”, la generalizada ineficiencia del Estado, el profundo descontento existente entre los trabajadores y sobre todo en el campesinado. Después agregaría que otra de las causas era que los comunistas actuaban de un modo “presuntuoso”. Para conjurar estas amenazas se lanzó una batería de dispares medidas que recibieron el nombre de Nueva Política Económica. En opinión de Lenin, se trataba de un “repliegue” transitorio, impuesto tanto por la necesidad de superar la catástrofe económica como por el cambio en la situación internacional. Entendía que habiéndose desaprovechado la aguda crisis revolucionaria de marzo de 1920 en Alemania (y fracasado el intento de ayudarla con el Ejército Rojo) debía reformularse la política para Rusia sin contar ya con la posibilidad nuevas revoluciones en Europa a corto plazo. Punto de vista avalado (en junio de 1921) por la Internacional Comunista con una resolución que respaldó a la política que “concentra todas las fuerzas del proletariado dirigido por el Partido Comunista de Rusia, con miras a resguardar a la dictadura del proletariado hasta el momento en que el proletariado de Europa Occidental venga en su ayuda”.
 
Para salir del marasmo se hicieron importantes concesiones alentando a que el campesinado volviera a producir y comercializar sus excedentes. Se introdujeron mecanismos de mercado y nuevamente se postuló el recurso al “capitalismo de Estado”, encuadrado por el“sector socialista” de la economía y el poder soviético. Previendo que se generarían presiones de todo tipo y se agravarían las tensiones, el “carrerismo” y las cliques existentes en el Partido, Lenin preconizó reforzar o imponer la unidad (y el control vertical) del partido con la ayuda de diversas medidas disciplinarias y organizativas: mayor control sobre los sindicatos, nuevos organismos para controlar el aparato estatal (que en la práctica agravaron la burocratización), “purga” de los oportunistas que habían ingresado al partido para obtener ventajas personales. Pero, lo más importante, lo más grave y equivocado, fue que se intentara reforzar la disciplina restringiendo la democracia interna, ordenando la inmediata disolución de la Oposición obrera” y “Centralismo democrático”, prohibiendo la conformación de tendencias e incrementando los poderes ya exorbitantes del Comité Central.
 
No obstante, los enfrentamientos en el Comité Central se agravaron, pues la burocracia sintiéndose fortalecida comenzó a actuar con creciente prepotencia, con el aliento y protección de un Stalin elevado al cargo de Secretario General. La situación se agravó a tal punto que precipitó lo que Moshe Lewin estudió y llamó El último combate de Lenin. El intento de rectificación había comenzado en el XI Congreso (marzo de 1922), diciendo que el Estado soviético era un automóvil que no marchaba hacia donde el conductor creía dirigirlo, con una burocracia hostil al comunismo. También dijo, sugestivamente, que “Las ideas que teníamos sobre el socialismo deben ser repensadas”. Una y otra vez insistió en que era imprescindible la revisión de anteriores concepciones y prácticas. Llamo a la lucha contra la ineficiencia, criticó la “presunción” en los militantes y reclamó que los comunistas y el sector “socialista” de la economía dieran pruebas de ser capaces de competir exitosamente con el sector privado, asegurando la provisión de mercancías en la cantidad y calidad necesarias para restablecer la alianza con el campesinado. Insistió hasta el final en buscar una estrategia económica que diera satisfacción a las necesidades vitales de los campesinos que éstos pudieran comprender y aceptar. Buscaba salvaguardar la perspectiva de construcción del socialismo a largo plazo, proponiendo objetivos inmediatos realistas y retomando el enfoque que sobre economía de transición Trotsky había propuesto (sin utilizar el término “capitalismo de Estado”) a fines de 1921[17]. En otras palabras: redefinir el concepto de socialismo, cambiar la estrategia en lo referido al campesinado, atacar la burocratización cambiando el tipo de Estado y construyendo la URSS como asociación voluntaria de Repúblicas soberanas con igualdad de derechos (¡incluido el de retirarse!) y corregir el funcionamiento del Partido restableciendo el control colectivo sobre el Buró Político (Lewin, 2003). El combate de Lenin terminó a comienzos de marzo de 1923, cuando perdió definitivamente el uso del habla, no sin antes dejar consignado por escrito que se debía desplazar a Stalin del cargo de Secretario General (Lenin, 1971: 134). Desgraciadamente, falleció y su reclamo fue ignorado: ningún miembro del CC, ni siquiera Trotsky, se atrevió a mantenerlo y Stalin consolidó así su posición. Trotsky y la Oposición de izquierda, no sin matices, intentaron retomar esa batalla, pero fueron derrotados (Louca, 2017).
 
Después, la URSS fue reorientada por Stalin hacia “la construcción del socialismo en un solo país”. Con la NEP mejoró sensiblemente la situación económica (hacia 1924 se habían recuperado los niveles de producción anteriores a la guerra) y mejoró mucho el nivel de vida de la población, incluso en el campo. Esta relativa prosperidad puso al alcance de la población los alimentos y bienes de consumo tan ardientemente esperados. Incluso en el campo el nivel de vida mejoró sensiblemente. Cierto es que también crecieron las diferenciaciones sociales, se agudizaron las recurrentes tensiones entre el campo y la ciudad, aumentó la confusión y la desmoralización en la heterogénea y despolitizada militancia del partido. Pero lo más significativo fue que la NEP permitió una especie de “pacto social”: mejoras en el nivel de vida a cambio de más disciplina laboral y dejar todo el poder político en manos del partido. Ganancias en términos de nivel de vida, perdidas en términos de conciencia colectiva y desarrollo político (Piraní, 2008). La NEP terminó facilitando las sucesivas derrotas de la Oposición de Izquierda y se había convertido en un mero instrumento de la orientación “termidoriana” que desembocó en el viraje de 1928. La “colectivización forzosa” se impuso utilizando una violencia sistemática y a gran escala que preparó el clima político y el aparato represivo que inmediatamente se utilizó para para imponer a los obreros la brutal explotación que implicó “la industrialización acelerada” (Romero, 1995). De este modo, culminó la degeneración del Estado soviético. Pero esta no es ya la historia de la Revolución rusa, sino la historia de la contrarrevolución stalinista.
 
7. La revolución puede ofrecer inspiraciones, no “lecciones” a repetir
 
El centenario de la Revolución Rusa es una ocasión para “revisitarla” con provecho, a condición de no presentarla bajo la forma simplista y falsa de una “lección” a repetir.
Fueron capaces de superar el marxismo adocenado y posibilista impuesto en la Segunda Internacional: advirtieron que el Imperialismo y la Guerra Mundial imponían repensar la actualidad de la revolucióny el rol en ella de las masas de la atrasada Rusia (“eslabón débil”), y acompañaron la caracterización con el empeño militante de construir, al calor de la lucha de clases, la masiva voluntad colectiva de avanzar hacia el socialismo.
Construyeron un partido que supo apoyarse en el paciente trabajo previo de los social demócratas en las condiciones impuestas por la autocracia, pero lo realmente distintivo del partido de Lenin fue asumir la revolución rompiendo rutinas teóricas y conservadorismo organizativo, incorporando decenas de miles de militantes y renovando la organización a todos los niveles. Se convirtió en un partido de masas, dinámico, pleno de contradicciones y debates, que modificó sobre la marcha programa y tácticas y fue capaz de ganar la dirección de las masas y los soviets, porque demostró ser también capaz de aprender con ellas y con sus experiencias.
 
La tradición organizativa (“centralismo democrático”) que portaban no impidió alentar la auto-actividad de las masas explotadas y apostar al poder creativo de los soviets en las ciudades y en el campo, en los regimientos de retaguardia y en las trincheras del frente. El “arte” de los bolcheviques consistió en articular las más urgentes aspiraciones populares con la perspectiva internacionalista del socialismo, sintetizando eso en consignas y tareas que socavaban los pilares del viejo orden: “Paz, Pan y Tierra”, “Todo el poder a los soviets” y “Revolución socialista mundial”.
Asumieron que el desarrollo de la revolución requería terminar con el poder político de la burguesía y sus formas institucionales. Lenin esbozó el proyecto de un poder revolucionario de nuevo tipo, inspirado en la Comuna de París y al que imaginó como “un Estado-no estado”, con una burocracia mínima y la perspectiva de extinguirse. Lejos estuvieron de lograrlo y una vez en el poder terminaron haciendo casi lo opuesto, pero ello no disminuye el mérito de haberlo intentado.
 
Convencidos de la necesidad de luchar por la revolución socialista a escala mundial intentaron reagrupara todas las organizaciones revolucionarias del mundo (el espartaquismo alemán, la anarquista CNT de España, los sindicalistas revolucionarios en Francia, los socialistas de izquierda de diversos países, los Shop Stewards Committees británicos, los I.W.W. de los Estados Unidos). Para ellos, hacer la revolución era también construir una nueva Internacional[18].
Los bolcheviques en el poder cometieron gruesos errores, incluso con el liderazgo excepcional de Lenin y Trotsky (entre 1917 y 1923). Muchas cosas se hicieron a medias o mal, pero su accidentado derrotero no clausura la fuerza inspiradora de la Revolución: la desmesura de sus propósitos emancipatorios, el respaldo mundial que supo despertar y canalizar en favor del socialismo, el empeño en defender a las posiciones conquistadas sin renunciar al comunismo como horizonte de la emancipación humana. A 100 años de distancia, bien podemos reivindicar lo que apenas pudo entreverse y no llegó a desarrollarse, pero estaba presente en la libertaria convocatoria al derrocamiento del orden burgués en todo el mundo. El “aún-no” de la revolución no es prueba de fracaso, sino anticipo de lo que puede y merece ser.
 
8. No queremos (ni existen) modelos
 
Tenemos pues que aquel Estado “obrero” que supuestamente marcharía hacia su gradual desaparición, avanzo rápidamente en sentido contrario hasta convertirse en un nuevo Leviatán. La URSS fue un Estado burocrático que, con la engañosa y antimarxista consigna de “construir el socialismo en un solo país”, aplastó todo intento de organización política o sindical con visos de autonomía, rebajó la planificación a burdo instrumento de “modernización” y “desarrollo” y, en las antípodas de un genuino proceso de socialización, pretendió competir con los Estados capitalistas produciendo las mismas cosas, del mismo modo y con menos eficiencia.
 
La clase capitalista fue expropiada y el capital estatizado, pero se recrearon formas de explotación, fetichismo y alienación del trabajo, impuestas por el puño de hierro de una burocracia convertida en imprevista “personificación del capital”. Rusia logró industrializarse y convertirse en potencia atómica, sacó momentánea ventaja en la “carrera espacial” y llego a proclamar que “el socialismo realmente existente” en vías de superar al capitalismo marchaba ya hacia el comunismo. El espejismo fue breve (en términos históricos): ya en los años setenta del siglo pasado el régimen evidenciaba un “estancamiento” jalonado por sucesivos y fracasados intentos de reforma (haciendo guiños al capitalismo) que culminaron con la Perestroika, el desmoronamiento, implosión de la URSS (iniciado en 1989) y la vertiginosa restauración del capitalismo.
 
Es hora de que terminemos de procesar el duelo y podamos hablar con claridad de aquel socialismo que no fue para mirar hacia adelante y pensar con nuestras propias cabezas el socialismo que puede y merece ser en el siglo XXI. No olvidemos que, como ya lo dijera la revolución cubana en los años sesenta y nos lo recordara a comienzos del siglo XXI el comandante Chávez, ninguno de los problemas de Nuestra América puede ser solucionado bajo el capitalismo y, por lo tanto, nuestras revoluciones deberán ser socialistas o no pasaran de ser caricaturas de revolución. Pero sabemos también que el eventual derrocamiento de un gobierno burgués no implica que el curso socialista de la revolución esté asegurado o sea irreversible. La revolución socialista debe ser concebida como un prolongado proceso de confrontaciones y transformaciones político-sociales, culturales y civilizatorios. Se trata de hacer una revolución total, esto es, construir la nueva sociedad a escala planetaria. Durante la transición socialista nada puede sustituir la auto actividad de las masas trabajadoras y el despliegue de originales y cambiantes formas de poder popular impulsando y sosteniendo la construcción de nuevas normas de convivencia y racionalidad social y, con ellas, de un metabolismo económico-social en equilibrio con la naturaleza y mediado por la autogestión social coordinada.
 
Las experiencias del “socialismo realmente existente” o “socialismos históricos” por un lado, y por el otro la catástrofe ecológico-ambiental generada por el capitalismo, indican que no podemos seguir pensando la emancipación humana en términos de porcentajes de propiedad estatal, industrialización a toda costa, aumento de índices productivos y tal o cual modelo de planificación tecnocrática. Debemos superar la perniciosa influencia de las ideologías del “progreso”, la “modernización”, el “crecimiento” y el “desarrollismo” y asumir desde el primer momento el desafío de ir más allá del capital, oponiendo al orgánico sistema de control del capital[19]nuevas mediaciones orientadas a la producción de valores de uso y a la modificación de la heredada división social jerárquica del trabajo, fuente continua de alienación y fetichismo (Mészáros, 1995). Estos sucesivos pasos deben llevar a la construcción de un orden social alternativo y auto-suficiente, donde los productores directos auto-determinados puedan reapropiarse positivamente de las funciones vitales de intercambio metabólico con la naturaleza y en la sociedad, mejorándolas y transformándolas. La construcción del socialismo sólo puede culminar a escala mundial, pero el desarrollo de la revolución socialista será necesariamente desigual, no se inicia simultáneamente en todos los países, y en cada uno adoptará distintos ritmos y originales combinaciones de tareas ajustadas a las condiciones estructurales, políticas y culturales existentes.
 
Un siglo después de la Revolución Rusa, desde esta convulsionada Latinoamérica y las asediadas trincheras de la revolución bolivariana y chavista en Venezuela, nos corresponde construir teórica y prácticamente una perspectiva que haga de la transición socialista en Nuestra América no “calco y copia” sino “creación heroica”, como nos indicara tempranamente Mariátegui. Para eso debemos superar la vulgata sociológica y el esquematismo obrerista, comprender las concretas expresiones que asume el antagonismo social en nuestro tiempo y lugar y compartir la suerte, las luchas y los sueños de clases y grupos subalternos que enfrentan la multivariada opresión y explotación que imponen el imperialismo y “nuestros” capitalismos subordinados. Se trata de construir una subjetividad revolucionaria tan “enraizada” como universalista y emancipatoria, capaz de sentir, pensar y actuar desde nuestras particularidades a fin de construir una voluntad colectiva dispuesta a ir más allá del capital, del productivismo, del modelo civilizatorio que nos han impuesto. Esto requiere una original combinación de utopía y realismo. Realismo estratégico si tenemos por delante un enfrentamiento de largo plazo para el que no sirven el inmediatismo ni el posibilismo. Utopía táctica para fecundar las luchas cotidianas con el principio esperanza tratando de impulsar “el movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”, según escribiera Marx. Recordando, también con Marx, que “la coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o auto-cambio sólo puede ser lograda y racionalmente comprendida como práctica revolucionaria”.
 
Los rusos lo intentaron, como entendieron y pudieron, hace un siglo. Nosotros deberemos tratar de hacerlo, ahora, a nuestra manera.
 
Septiembre de 2017
 
Referencias Bibliográficas
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* Aldo Casas: antropólogo, miembro del consejo de redacción de Herramienta, con militancia en el socialismo revolucionario desde la década de 1960. Último libro publicado: Karl Marx, Nuestro Compañero. Una invitación a conocer su vida y sus combates. Herramienta, Buenos Aires, 2017.
[1] La Duma era una ultra reaccionaria institución pseudo parlamentaria electa por voto calificado “de las cuatro clases” que el Zar reunía o disolvía cuando quería.
[2] Los gobiernos de las potencias aliadas con Rusia en la guerra contra Alemania ya no confiaban en que el zarismo fuese capaz de mantener sus compromisos militares. Respaldaron entonces al Gobierno Provisional para que continuase con la guerra.
[3] Demócratas Constitucionales, partido burgués.
[4]La estimación es de G. Haupt. El número dice poco, si no se agrega que se trataba de cuadros fogueados por la Revolución de 1905, la clandestinidad, las escuelas de formación en que se convertían cárceles y deportaciones y la experiencia de dirigir el ascenso de la lucha de clases previo al estallido de la Guerra en 1914. Otros investigadores hablan de 15.000 militantes.  La discrepancia en parte puede obedecer a que en muchos organismos de base coexistían mencheviques y bolcheviques. 
[5] A fines de julio y comienzos de agosto el VI Congreso del POSDR (bolchevique) eligió un nuevo Comité Central del que ya formaba parte León Trotsky.
[6] Según la muy conocida explicación de Lenin, en febrero las masas populares que derrocaron al viejo régimen dejaron el Gobierno en manos de la burguesía debido a la falta de preparación del proletariado. En octubre, la maduración política de los trabajadores y la hegemonía de los bolcheviques en los soviets de Petrogrado y Moscú permitió terminar con el gobierno burgués e instaurar el gobierno de los obreros y campesinos o dictadura del proletariado.
[7] Exageración interpretativa que erigida en método llevó a buscar (y encontrar) “revoluciones de febrero” y “revoluciones de octubre” en las más diversas latitudes y circunstancias. Así lo hemos hecho los trotskistas y, muy especialmente, la corriente “morenista” en la que yo mismo me formé.
[8] Lo mismo vale para la versión inversa, según la cual la revolución de febrero habría sido la “buena” en oposición a la antidemocrática “revolución de octubre”.
[9] Iskra (“La chispa”) era un periódico social demócrata cuyo subtítulo decía, precisamente: “La chispa incendiará la pradera”.
[10] Organismo éste convocado por un puñado de militantes de izquierda que de un día para el otro fue tomado masivamente en sus propias manos por los obreros de Petrogrado y Moscú.
[11] Estuvo integrado por dieciséis miembros: cinco SR de izquierda, otros tantos anarquistas, y bolcheviques los restantes. 
[12]Lenin, Trotsky, Kamenev, Zinoviev, Lunacharsky, Bujarin, Stalin, Schliapnikov, Joffe, Radek… Y alguien poco conocido, IacoSverdlov, quien fuera sin embargo el principal artífice de la reorganización del partido (falleció de tifus en 1919, poco después del IX Congreso del partido).
[13]Cada paso fue motivo de enconados debates y controvertidas votaciones, y en más de una ocasión las posiciones de Lenin quedaron en minoría, como bien lo documentan las Actas del CC del POSDR (bolchevique).
[14]El POSDR (bolchevique) pasó a denominarse Partido Comunista de Rusia (bolchevique) en marzo de 1918. En 1925, ya constituida la URSS, se convertiría en el PCUS (bolchevique).
[15] Lenin se apoya en el balance que hiciera Marx de la Comuna de París para insistir en que es necesario destruir el viejo Estado para instaurar la dictadura del proletariado a través de lo que denominó “un Estado-no Estado” con burocracia mínima y vocación de auto disolverse. En el caso de Rusia, bien podrían ser los Soviets acumulando funciones deliberativas y ejecutivas.
[16]Esta acusación nunca fue probada. Por el contrario, las investigaciones más serias, incluso de historiadores que justifican la represión, pero por otras razones, concluyen que los círculos contrarrevolucionarios en el exterior fueron sorprendidos por la rebelión y que no tuvieron ninguna influencia sobre los acontecimientos de Kronstadt.
[17]En una conferencia presentada ante la Internacional Comunista, había dicho que, para que las fábricas del Estado llegasen a ser efectivamente socialistas, deberían pasar necesariamente por la escuela de la economía de mercado.
[18] Aunque también acá luego de poco andar se tomó un rumbo diferente: las “21 Condiciones de admisión a la IC” y las normas sobre la organización de los Partidos Comunistas buscaban imponer el modelo del PCUS en todo el mundo.
[19]Control impuesto por el trípode que conforman el capital y sus personificaciones en el comando de la producción, el trabajo asalariado subordinado a los imperativos de valorización del valor y crecimiento cuantitativo, y el Estado como estructura política de mando.