Material de discusión para el III Coloquio Internacional de Teoría Crítica: «¿Cuál crisis de la sociedad del trabajo?» de Ricardo Antunes

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Autor: Ricardo Antunes*

Primera Tesis[1]

Al
contrario de aquellos autores que defienden la pérdida de la centralidad de la
categoría trabajo en la sociedad contemporánea, las tendencias en curso,
ya sea en dirección a una mayor intelectualización del trabajo fabril o al
incremento del trabajo calificado, o bien en dirección a la des-calificación o
a la subproletarización, no permiten concluir la pérdida de esta centralidad en
el universo de una sociedad productora de mercancías. Aun
presenciando una reducción cuantitativa en el mundo productivo, (con
repercusiones cualitativas), el trabajo abstracto cumple un papel
decisivo en la creación de valores de cambio. Las mercancías generadas en el
mundo del capital son producto de la actividad (manual y/o intelectual) que
resulta del trabajo humano en interacción con los medios de producción. La
"disminución del factor subjetivo en el proceso de trabajo con relación a los
factores objetivos" o "el aumento creciente del capital constante con relación
al variable" reduce relativamente, pero no elimina, el papel del trabajo
colectivo
en la producción de valores de cambio (Marx, 1975: 723-724). Los
productos fabricados por la Toyota, Benetton o Volvo, por ejemplo, no son otra
cosa que mercancías que resultan de la interacción entre el trabajo
vivo y el
trabajo muerto, capital variable y capital constante.
Hasta en un proceso productivo, tecnológicamente avanzado, (donde se pudiese
verificar el predomino de actividades más intelectualizadas, más calificadas)
aun así la creación de valores de cambio sería el resultado de esta articulación

entre los trabajos vivo y muerto. Parece difícil pensar otra cosa cuando
se considera el sistema productor de mercancías a escala global. La reducción
del tiempo físico de trabajo en el proceso productivo, así como la reducción
del trabajo manual directo y la ampliación del trabajo más intelectualizado no
anulan la ley del valor
, cuando se considera la totalidad del trabajo,
la capacidad de trabajo socialmente combinada, al trabajador
colectivo
como expresión de múltiples actividades combinadas.

Cuando se
piensa la crisis de la sociedad del trabajo, nos parece decisivo recuperar la
distinción hecha por el marxismo entre trabajo concreto y abstracto: "Todo
trabajo es, por un lado, gasto de fuerza humana de trabajo, en el sentido
fisiológico, y en esa calidad de trabajo humano igual o abstracto, crea el
valor de las mercancías. Todo trabajo es, por otro lado, gasto de fuerza humana
de trabajo, bajo una forma especial y encaminada a un fin y como tal, como
trabajo concreto y útil, produce valores de uso. (Marx, El Capital, Tomo l,
13-14). De un lado se tiene el carácter útil del trabajo, relación de
intercambio entre los hombres y la naturaleza, condición para la producción de cosas
socialmente útiles y necesarias
. Es el momento en que se efectiviza el
trabajo concreto, el trabajo en su dimensión cualitativa. Dejando de lado el
carácter útil del trabajo, su dimensión concreta, le resta apenas ser gasto de
fuerza humana productiva, física o intelectual, socialmente determinada. Aquí
aflora su dimensión abstracta, donde "se desvanecen... las diferentes
formas de trabajo concreto" y donde "ellas ya no se distinguen unas de otras,
se reducen, todas, a una sola especie de trabajo, el trabajo humano abstracto"
(Idem, 1971: 45).

Se sabe que
en el universo de las relaciones sociales productoras de mercancías, cuya
finalidad básica es la creación de valores de cambio, el valor de uso de las
cosas es minimizado, reducido y subsumido a su valor de cambio. Se mantiene
solamente en cuanto condición necesaria, para la integración en el
proceso de valorización del capital, del sistema productor de mercancías.[2] De lo que resulta
que la dimensión concreta del trabajo está también totalmente
subordinada a su dimensión abstracta. Entonces, cuando se habla de la
crisis de la sociedad del trabajo, es absolutamente necesario clarificar de qué
dimensión se está hablando: si es de una crisis de la sociedad del trabajo abstracto
(como sugiere Robert Kurz, 1992) o si se trata de la crisis del trabajo también
en su dimensión concreta, en cuanto elemento estructurante del
intercambio social entre los hombres y la naturaleza (como sugieren Offe, 1989;
Gorz, 1982 y 1990 y Habermas, 1987, entre tantos otros).

En el
primer caso, en la crisis de la sociedad del trabajo abstracto, hay una
diferenciación que nos parece crucial y que en general ha sido olvidada. La
cuestión
esencial es: ¿la sociedad contemporánea está o no
predominantemente regida por la lógica del capital, por el sistema productor de
mercancías?
Si la respuesta es afirmativa, la crisis del trabajo abstracto
sólo podrá ser entendida, en términos marxistas, como una reducción del
trabajo vivo y una ampliación del trabajo muerto. En este punto estamos de
acuerdo con Kurz cuando dice: "La sociedad del trabajo como concepto
ontológico sería una tautología, pues, en el transcurso de la historia, hasta
hoy, la vida social, cualesquiera sean sus formas modificadas, apenas podría
ser una vida sin la inclusión del trabajo. Solamente las ideas ingenuas del
paraíso y los cuentos del país de las maravillas podrían fantasear sobre una
sociedad sin trabajo" (Kurz, 1992: 26).

En esta
vertiente, sin embargo, es posible constatar por lo menos dos maneras bastante
distintas en la comprensión de la llamada crisis de la sociedad del trabajo
abstracto: aquella que sostiene que el ser que trabaja no desempeña más
el papel estructurante en la creación de valores de cambio, en la creación de
mercancías -con la cual ya manifestamos nuestro desacuerdo- y aquella que
critica a la sociedad del trabajo abstracto por el hecho de que éste asume la
forma de trabajo extrañado, fetichizado y, por lo tanto, desrealizador
y desefectivizador
de la actividad humana autónoma. En este segundo
sentido, que aprehende la esencia del capitalismo, se reconoce el papel central
de la clase trabajadora en la creación de valores de cambio -naturalmente
incorporando toda la discusión que hicimos en la primera parte de este libro-
pero se lo reconoce enfatizando que esta forma de ser del trabajo, bajo
el reino de las mercancías es, como Marx demostró en los Manuscritos de 1844,
esencialmente nefasta para el ser social que busca la omnilateralidad y
que bajo la forma de trabajo extrañado vive en la unilateralidad.
En esta concepción rechazamos agudamente el culto al trabajo asalariado,
tan fuertemente idealizado por las innumerables vertientes del marxismo en este
siglo XX. Más fetichizadas que en épocas anteriores, las relaciones
sociales contemporáneas, reafirman e intensifican la lógica destructiva del
sistema productor de mercancías y de la consecuente vigencia del trabajo extrañado.

En la otra
variante crítica que niega el carácter capitalista de la sociedad
contemporánea, muchos de sus formuladores sustentan el rechazo al rol central
del trabajo, tanto en su dimensión abstracta, creadora de valores de cambio
-pues estos no serían hoy decisivos- como en la negación del rol que el trabajo
concreto tiene en la estructuración de un mundo emancipado y de una vida
llena de sentido. Ya sea por su calificación como sociedad de servicios,
posindustrial y poscapitalista, o por la vigencia de una lógica institucional
tripartita, experimentada por la acción pactada entre el capital, los
trabajadores y el Estado, esta sociedad contemporánea, menos mercantil y más
contractualista, ya no estaría regida centralmente por la lógica del capital,
sino por la búsqueda de alteridad de los sujetos sociales, por la vigencia de
las relaciones fundadas en la ciudadanía, por la expansión creciente de "zonas
de no-mercancías", o aun por la disputa de los fondos públicos.[3]

Habermas
hace la síntesis más coherente de esta tesis: "La utopía de la sociedad del
trabajo perdió su fuerza persuasiva... Pero sobre todo, la utopía perdió su
punto de referencia en la realidad: la fuerza estructuradora y socializadora
del trabajo abstracto. Claus Offe compiló convincentes ‘datos sobre la fuerza
objetivamente decreciente de factores como trabajo, producción y ganancia en la
determinación de la constitución y el desarrollo de la sociedad en general’". Y
después de referirse favorablemente a la obra de Gorz, agrega: "Corazón de la
utopía, la emancipación del trabajo heterónomo se presentó, empero, bajo otra
forma en el proyecto socio-estatal. Las condiciones de la vida emancipada y
digna del hombre ya no deben resultar directamente de una transformación en las
condiciones de trabajo, esto es, de una transformación del trabajo heterónomo
en auto-actividad" (Habermas, 1987: 106-107). Sin embargo, cuando Habermas se
refiere a la dimensión abstracta del trabajo, se evidencia, en esta corriente
interpretativa, que el trabajo ya no tiene más la potencialidad estructurante
ni en el universo de la sociedad contemporánea, como trabajo abstracto,
ni como fundamento de una "utopía de la sociedad del trabajo", es decir,
de trabajo concreto, ya que "los acentos utópicos se vuelcan del
concepto de trabajo hacia el concepto de comunicación" (Idem: 114).[4]

Creemos que
sin la debida incorporación de esta distinción entre trabajo concreto y abstracto,
cuando se dice Adiós al trabajo, se comete una gran equivocación
analítica, pues se considera de manera única un fenómeno que tiene doble
dimensión. Lo que nos recuerda A. Heller es interesante, cuando afirma que el
trabajo tiene que ser aprehendido en su doble aspecto: como ejecución de un
trabajo que es parte de la vida cotidiana y como actividad de
trabajo, como una objetivación directamente genérica. Marx, dice la autora, se
sirve de dos términos distintos para caracterizar mejor esta doble dimensión
del trabajo: work y labour. El primero (work) se realiza como
expresión del trabajo concreto, que crea valores socialmente útiles. El
segundo (labour) expresa la ejecución cotidiana del trabajo,
convirtiéndose en sinónimo de trabajo alienado (Heller, 1977: 119-127). El
trabajo entendido como work expresa entonces una actividad
genérico-social que trasciende la vida cotidiana. Es la dimensión dirigida
hacia los valores de uso. Es el momento de prevalencia del trabajo concreto.

En contrapartida, el labour expresa la realización de la actividad
cotidiana, que bajo el capitalismo asume la forma de actividad extrañada,
fetichizada. El olvido de esta doble dimensión presente en el trabajo
lleva, equivocadamente, a que la crisis de la sociedad del trabajo abstracto
sea entendida como crisis de la sociedad del trabajo concreto.

La
superación de la sociedad del trabajo abstracto, en los términos que aquí
estamos sugiriendo, requiere como condición el reconocimiento del papel central
del trabajo asalariado, de la clase-que-vive-del-trabajo como sujeto potencialmente
capaz, objetiva y subjetivamente, de marchar más allá del capital.[5] Por lo
tanto, se trata de una
crisis de la sociedad del trabajo abstracto cuya
superación
tiene en la clase trabajadora, aun fragmentada,
heterogeneizada y complejizada, su polo central
. Y hay, como ya indicamos,
otra secuela equivocada al olvidar la doble dimensión del acto laboral: aquella
que rechaza el papel del trabajo como protoforma de la actividad humana
emancipada. Se niega el papel del trabajo concreto como el primer
momento
de efectivización de una individualidad omnilateral, condición sin
la cual no se realiza la dimensión del género para sí.

Aquí surge
otra cuestión importante: la superación de la sociedad del trabajo abstracto
(para valernos una vez más de esta expresión) y su tránsito a una sociedad
emancipada, fundada en el trabajo concreto, supone la reducción de la jornada
de trabajo y la ampliación del tiempo libre y al mismo tiempo plantea una
transformación radical del trabajo extrañado en un trabajo social que sea
fuente y base para la emancipación
humana, para una conciencia
omnilateral
. En otras palabras, el rechazo radical del trabajo abstracto no
debe llevar a rechazar la posibilidad de concebir el trabajo concreto como
dimensión primaria, originaria, punto de partida para la realización de las
necesidades humanas y sociales. El rechazo a esta tesis es lo que lleva a
tantos autores, con Gorz al frente, a imaginar un trabajo siempre heterónomo,
quedando sólo la lucha por el tiempo libre. Sería la realización, utópica y
romántica, del trabajo que envilece y del tiempo (fuera del trabajo) que
libera.
Esta concepción termina olvidando la dimensión totalizante y
abarcadora del capital, que engloba desde la esfera de la producción hasta el
consumo, desde el plano de la materialidad, al mundo de las ideas.[6]

Entendemos
que la acción efectivamente capaz de hacer posible el salto más allá del

capital será aquella que incorpore las reivindicaciones presentes en la
cotidianeidad del mundo del trabajo, como la reducción radical de la
jornada de trabajo y la búsqueda del "tiempo libre" bajo el capitalismo, si
esta acción
está indisolublemente articulada con el fin de la
sociedad del trabajo abstracto y su conversión en una sociedad creadora de
cosas verdaderamente útiles.
Este sería el punto de partida para una organización
social que transite desde la realización del reino de las necesidades (esfera

donde el trabajo se inserta) hacia el reino de la libertad (esfera donde el
trabajo
deja de ser determinado, como dice Marx, por la necesidad y
por la utilidad
exteriormente impuesta)[7],
condición para un proyecto fundado en la asociación libre de
los
individuos, transformados efectivamente en sociales, momento de identidad entre
el individuo y el género humano
.

Es por esto
que cuando el movimiento de la clase obrera se restringe y se ata exclusivamente
a la lucha por la reducción de la jornada de trabajo, se encuadra en una acción
extremadamente defensiva e insuficiente. Limitada a sí misma, esta acción se
sitúa en el interior de la sociedad productora de mercancías. Es imprescindible
articular estas acciones más inmediatas en un proyecto global y alternativo de
organización social, fundamentado en una lógica donde la producción de valores
de cambio no encuentre ninguna posibilidad de constituirse en el
elemento estructurante.

La salida
posible es, por lo tanto, la "adopción generalizada y la utilización creativa
del tiempo disponible como el principio orientador de la reproducción
social... Desde el punto de vista del trabajo, es perfectamente posible prever
que el tiempo disponible es una condición que ocupa algunas funciones positivas
vitales en la vida/actividad de los productores asociados (finalidades de las
que sólo ellos pueden ocuparse), una vez que la unidad perdida entre necesidad
y producción es reconstituida a un nivel cualitativo superior al que ya haya
existido existe en la relación histórica entre el ‘caracol y su concha’" (el
trabajador y los medios de producción) (Mészáros, 1989: 38-39). El tiempo
disponible
, desde el punto de vista del trabajo al servicio de la
producción de cosas socialmente útiles y necesarias, propiciará la eliminación
de todo trabajo excedente acumulado por el capital y dirigido hacia la
producción destructiva de valores de cambio. De este modo, el tiempo
disponible
controlado por el trabajo y aplicado a la producción de valores
de uso -y teniendo como consecuencia el rescate de la dimensión concreta

del trabajo y la disolución de su dimensión abstracta- podrá instaurar
una lógica social radicalmente diferente de la que rige a la sociedad
productora de mercancías. Y será capaz, una vez más, de mostrar el papel
fundante del trabajo creativo -que suprime la distinción entre trabajo
manual/trabajo intelectual, que fundamenta la división social del trabajo bajo
el capital- y por esto es capaz de constituirse en protoforma de una
actividad humana emancipada.

Segunda tesis

En cuanto
creador de valores de uso, de cosas útiles, forma de intercambio entre
el ser social y la naturaleza, no parece posible concebir, en el universo de la
sociedad humana, la extinción del trabajo social. En cambio, sí es posible
vislumbrar la eliminación de la sociedad del trabajo abstracto -acción
ésta naturalmente articulada con el fin de la sociedad productora de
mercancías- es algo ontológicamente distinto a suponer o concebir el fin del trabajo

como actividad útil, como actividad vital, como elemento fundante, protoforma
de la actividad humana. En otras palabras: una cosa es concebir, con la eliminación
del capitalismo
, también el fin del trabajo abstracto, del trabajo extrañado;
otra muy distinta es concebir la eliminación, en el universo de la sociedad
humana, del trabajo concreto, que crea cosas socialmente útiles,
y que al hacerlo, (auto)transforma a su propio creador. Una vez que se conciba
el trabajo desprovisto de esa doble dimensión, se lo identifica como sinónimo
de trabajo abstracto, trabajo extrañado y fetichizado.[8] La consecuencia
derivada de esto es, entonces, en la mejor de la hipótesis, imaginar una
sociedad de tiempo libre, con algún sentido, pero que conviva con las
formas existentes de trabajo extrañado y fetichizado.

Esta segunda
tesis
-una consecuencia de la anterior- se deriva del olvido del doble
carácter del trabajo, presente en muchos críticos de la llamada sociedad del
trabajo. Esto es así, porque "el trabajo, como creador de valores de uso, como
trabajo útil e indispensable para la existencia del hombre -cualesquiera sean
las formas de la sociedad- es una necesidad natural y eterna para realizar el
intercambio material entre el hombre y la naturaleza, y por lo tanto, para
mantener la vida humana" (Marx, 1971: 50).[9]
En esta dimensión genérica, el trabajo tiene un significado esencial en el
universo de la sociedad humana. No es otro el sentido que le da Lukács (1981:
14). "Solamente el trabajo tiene en su esencia ontológica un declarado carácter
intermediario: es esencialmente una interrelación entre el hombre (sociedad) y
la naturaleza, sea inorgánica (...) u orgánica, interrelación que (...) ante
todo distingue la transición, en el hombre que trabaja, del ser meramente
biológico a su conversión en ser social".

El trabajo
es por esto, considerado como "modelo", "fenómeno originario", protoforma
del ser social (Idem: 14). El simple hecho de que en el trabajo se realiza una
posición teleológica, lo configura como una experiencia elemental de la vida
cotidiana, tornándose de ese modo en un componente inseparable de los seres
sociales. Lo que permite a Lukács afirmar que la génesis del ser social, su
separación frente a su propia base
originaria y también su llegar a ser,
están fundados en el trabajo, esto es, en la continua
realización de
posiciones teleológicas
(Idem: 19 y 24).

En este
plano genérico, entendido en tanto work, como creador de cosas útiles,
como auto-actividad humana, el trabajo tiene un estatuto ontológico central en
la praxis social: "Con justa razón se puede designar al hombre
que trabaja... como un ser que da respuestas. En efecto, es innegable que toda
actividad productiva surge como una solución de respuesta a las carencias que
la provocan (...) El hombre se torna un ser que da respuestas precisamente a
medida que (...) él generaliza, transformando en preguntas sus propias
carencias y sus posibilidades de satisfacerlas y cuando en su respuesta a las
necesidades que la provoca, funda y enriquece la propia actividad con tales
mediaciones, frecuentemente bastantes articuladas. De modo que no sólo la
respuesta, también la pregunta es un producto inmediato
de la conciencia que guía la actividad; más aún, esto no anula el hecho de que
el acto de responder es el elemento ontológicamente primario en ese complejo
dinámico. Tan solo la carencia material, en cuanto motor del proceso de reproducción
individual o social, pone efectivamente en movimiento el complejo del
trabajo... Sólo cuando el trabajo sea efectiva y completamente dominado por la
humanidad, y por tanto, sólo cuando aquella tenga en si misma la posibilidad de
ser "no sólo medio de vida", sino "la primera necesidad de la vida", sólo
cuando la humanidad haya superado cualquier carácter coercitivo en su propia
autoproducción, sólo entonces se habrá abierto el camino social de la actividad
humana como fin autónomo" (Lukács, 1978: 5 y 16).

Aquí
aparece, una vez más, la mayor fragilidad de los críticos de la sociedad del
trabajo: la desvaloración de la dimensión esencial del trabajo concreto como
fundamento (en la medida en que se inserta en la esfera de las necesidades),
capaz de posibilitar la base material, sobre la cual las demás esferas de la
actividad humana pueden desarrollarse. En realidad, esa concepción se apoya en
el reconocimiento y en la aceptación de que el trabajo regido por la lógica
del capital
y de las mercancías, es inevitable y hasta inextinguible, de lo
que resulta que el trabajo humano no puede convertirse en una verdadera
autoactividad.

Es
importante reafirmar que el trabajo, entendido como protoforma de vida,
no podrá ser confundido jamás como un momento único o totalizante; al
contrario, lo que aquí pretendemos establecer es que la esfera del trabajo
concreto es punto de partida bajo el cual se podrá instaurar una nueva
sociedad. El momento de omnilateralidad humana (que tiene como formas más
elevadas al arte, la ética, la filosofía, la ciencia etc.), trasciende
evidentemente en mucho la esfera del trabajo (la realización de las
necesidades), pero debe encontrar en este plano su base de sustentación.

En este
sentido, la automatización, la robótica, la microelectrónica, en fin, la
llamada revolución tecnológica, tienen un evidente significado emancipador, siempre
que
no sea regida por la lógica destructiva del sistema productor de
mercancías, sino por la sociedad del tiempo disponible y de la producción
y

de bienes socialmente útiles y necesarios. En la síntesis
ofrecida por Mandel (1986: 17-18): "Marx opone el potencial emancipador de la
automatización y de la robótica, su capacidad de aumentar ampliamente el tiempo
libre para el ser humano, que se refiere al tiempo para el florecimiento de la
personalidad humana en su totalidad, frente a las tendencias opresivas bajo el
capitalismo". Y agrega: "En una sociedad de clases, la apropiación del
subproducto social por una minoría significa la posibilidad de ampliar el
tiempo libre
solamente para esta minoría y, consecuentemente, la
reproducción siempre más ampliada entre aquellos que administran y que acumulan
conocimientos y otros que producen sin tener acceso a los conocimientos, o un
acceso muy limitado a los mismos. En una sociedad sin clases, la apropiación y
el control del sobreproducto social por los productores asociados significará,
al contrario, una reducción radical del tiempo de trabajo (del trabajo
necesario) para todos, un aumento radical del tiempo libre para todos,
y por lo tanto, la desaparición de la división social del trabajo entre
administradores y productores, entre aquellos y aquellas que tienen acceso a
todos los conocimientos y aquellos y aquellas que están separados de la mayor
parte del saber".

Los críticos
de la sociedad del trabajo, con honrosas excepciones, "constatan empíricamente"
la pérdida de relevancia del trabajo abstracto en la sociedad moderna,
convertida en sociedad "posindustrial" y de "servicios" y consecuentemente
deducen y generalizan a partir de esta constatación, el "fin de la utopía de la
sociedad del trabajo" en su sentido amplio y genérico.[10] Intentamos señalar
aquí, en contrapunto que estamos sugiriendo, que estas formulaciones padecen de
enormes limitaciones (que resultan en gran medida del abandono de categorías
analíticas marxistas) cuyo mejor ejemplo es el olvido de la doble dimensión presente
en el trabajo (en cuanto Work y Labour, es decir, trabajo concreto
y trabajo abstracto). Cuando la defensa de la sociedad del mercado y
del capital no es claramente explicitada en estas formulaciones, resta la
proposición utópica y romántica del tiempo libre en el interior de una
sociedad fetichizada, como si fuese posible vivir una vida absolutamente sin
sentido en el
trabajo y llena de sentido fuera de él. O, repitiendo
lo que dijimos anteriormente, intentando compatibilizar trabajo envilecido
con tiempo liberado
.[11]

Tercera tesis

A pesar de
estar heterogeneizado, complejizado y fragmentado, las posibilidades de
una efectiva emancipación humana todavía pueden encontrar concreción y
viabilidad social a partir de las revueltas y rebeliones, que se originan centralmente
en el mundo del trabajo; un proceso de emancipación del trabajo y por el
trabajo simultáneamente. Esto no excluye ni suprime otras formas
contestatarias. Pero viviendo en una sociedad que produce mercancías, valores
de cambio, las revueltas del trabajo tienen un estatuto de centralidad. Todo el
amplio abanico de asalariados que comprende al sector de servicios, los
trabajadores "tercerizados", los trabajadores del mercado informal, los
trabajadores "domésticos", los desempleados, los subempleados etcétera, que
padecen enormemente la desarticulación social operada por el capitalismo en su
lógica destructiva, pueden (y deben) sumarse a los trabajadores directamente
productivos, y por esto, actuando como clase, constituirse en un
segmento social dotado de mayor potencialidad anticapitalista.

En síntesis
la lucha de la clase-que-vive-del-trabajo es central cuando se trata de
transformaciones que van en el sentido contrario a la lógica de acumulación
del capital y del sistema productor de mercancías. Otras modalidades de lucha
social (como la ecológica, la feminista, la de los negros, de los homosexuales,
de los jóvenes etc.) son, como el mundo contemporáneo ha demostrado en
abundancia, de gran significado, en la búsqueda de una individualidad y de una
sociabilidad dotada de sentido. Pero, cuando el eje es la resistencia y la
confrontación
a la lógica del capital y a la sociedad productora
de mercancías
, el centro de esta acción encuentra mayor radicalismo
si se desarrolla y se amplia en el interior de las clases trabajadoras, aun
reconociendo que esta tarea es mucho más compleja y difícil que en el pasado,
cuando su fragmentación y heterogeneidad no tenían la intensidad revelada en el
período reciente.

El elemento
central que sustenta nuestra formulación es, por lo tanto, una reafirmación de
la vigencia del sistema productor de mercancías a escala global: por eso, como
dice Mészáros (1987: 51-52), la "comprensión del desarrollo y de la
auto-reproducción del modo de producción capitalista es completamente imposible
sin el concepto de capital social total, que por si solo es capaz de
explicar muchos misterios de la ‘commodity society’, desde ‘la tasa media de
ganancia’, hasta las leyes que gobiernan la expansión y concentración del
capital. Del mismo modo, es completamente imposible comprender los múltiples y
agudos problemas del trabajo, tanto nacionalmente diferenciado como socialmente
estratificado, sin que se tenga presente el necesario cuadro analítico
apropiado: a saber, el irreconciliable antagonismo entre el capital social total
y la totalidad del trabajo.

Este antagonismo
fundamental, es innecesario decirlo, resulta inevitablemente modificado en
función de:

a) circunstancias
socio-económicas locales;

b) posición
relativa de cada país en la estructura global de la producción del capital.

c) madurez
relativa del desarrollo socio-histórico global".[12]

En consecuencia, aun resultando una actividad laboral heterogénea,
socialmente combinada y globalmente articulada, la totalidad del trabajo
cumple un papel central en el proceso de creación de valores de cambio. Si a
este elemento central agregamos otros polos de contradicción concomitantes en
el propio proceso de producción de capital -como los enormes contingentes de desempleados,
que resultan de las explosivas tasas de desempleo estructural vigentes a escala
global- encontraremos en este universo, dado el conjunto de seres sociales
que dependen de la venta de su fuerza de trabajo
, gran parte de las
posibilidades de acción más allá del capital. Por eso, no concordamos
con las tesis que propugnan la desaparición de las acciones de clase, o la
pérdida de su potencialidad anticapitalista. La revolución de nuestros días es,
de esta forma, una revolución en y del trabajo. Es una revolución

en el trabajo en la medida en que debe necesariamente abolir el
trabajo abstracto, el trabajo asalariado, la condición de sujeto-mercancía, e
instaurar una sociedad fundada en la auto-actividad humana, en el trabajo
concreto que genera cosas socialmente útiles, en el trabajo social emancipado.
Pero también es una revolución del trabajo, toda vez que encuentra en el
amplio abanico de los individuos (hombres y mujeres) que conforman la clase
trabajadora, el sujeto colectivo capaz de impulsar acciones dotadas de
un sentido emancipador.

Cuarta tesis

Esta
heterogeneización, complejización y fragmentación de la clase-que-vive-del-trabajo
no va en el sentido de su extinción; al contrario de un adiós al trabajo
o a la clase trabajadora, la discusión que nos plantea es
la que nos parece pertinente, por un lado, la posibilidad de una
emancipación del trabajo por el trabajo, como un punto de partida decisivo para
la búsqueda de la omnilateralidad humana. Por otro lado, se presenta un desafío
enorme, dado por la existencia de un ser social complejizado, que abarca desde
los sectores dotados de mayor calificación, representados por aquellos que se
beneficiaron con el avance tecnológico y que vivenciaron una mayor
intelectualización de su trabajo, hasta aquellos que forman parte del trabajo
precario, parcial, "tercerizado", participantes de la economía informal, de la subclase

de los trabajadores. No creemos que esta heterogeneidad imposibilite una
acción conjunta de estos segmentos sociales en cuanto clase, aunque una
aproximación, articulación y unificación de estos estratos que componen la
clase trabajadora sea, no está demás repetirlo, un desafío de mucha mayor
envergadura que aquel imaginado por la izquierda socialista.[13]

Del enunciado anterior se desprende otra cuestión tentadora y de enorme
importancia: ¿En los embates desencadenados por los trabajadores y por los
excluidos sociales que el mundo ha presenciado y que están dotados de alguna dimensión
anticapitalista, es posible detectar mayor potencialidad y hasta mayor centralidad

en los estratos más calificados de la clase trabajadora, en aquellos que poseen
una situación más "estable" y consecuentemente mayor participación en el
proceso de creación de valor? O por el contrario, ¿el polo más fértil de acción
anticapitalista se encuentra exactamente en aquellos segmentos sociales más
excluidos, en los estratos subproletarizados?

No creemos
que esta cuestión pueda ser hoy plenamente respondida. Las metamorfosis fueron
(y están siendo) de tal intensidad que cualquier respuesta sería prematura. Lo
que nos parece más evidente es enfatizar, desde luego, la necesidad imperiosa
de que esos segmentos que componen la heterogénea clase trabajadora acepten los
desafíos de buscar los mecanismos necesarios, capaces de posibilitar la
confluencia y aglutinamiento de clase, contra todas las tendencias a la
individualización de las relaciones del trabajo, la exacerbación del
neocorporativismo, al reagravamiento de las contradicciones en el interior del
mundo del trabajo etcétera.

Es posible,
sin embargo, hacer una segunda consideración sobre esta cuestión: aquellos
segmentos más calificados, más intelectualizados, que se desarrollaron junto al
avance tecnológico, por el papel central que ejercen en el proceso de creación
de valores de cambio, podrían estar dotados, al menos objetivamente, de mayor
potencialidad anticapitalista.[14]
Pero, contradictoriamente, esos sectores más calificados son justamente
aquellos que, subjetivamente, vivieron un mayor involucramiento
"integracionista" por parte del capital, como es la tentativa de manipulación
del toyotismo, o fueron responsables, muchas veces, de acciones pautadas
por concepciones de inspiración neocorporativista.

En
contrapartida, el enorme abanico de trabajadores precarios, parciales,
temporarios etcétera, que denominamos subproletariado, juntamente con un
enorme contingente de desempleados, por su mayor distanciamiento, (o exclusión),
del proceso de creación de valores, tendría en el plano de la materialidad un
papel de menor relevancia en las luchas anticapitalistas. Sin embargo, su
condición de desposeído y excluido lo coloca potencialmente como un sujeto
social capaz de asumir acciones más osadas, toda vez que estos segmentos no
tienen nada que perder en el universo de la sociedad del capital.
Su
subjetividad podría ser más propensa a la rebeldía. Las recientes huelgas y
explosiones sociales, ocurridas en los países capitalistas avanzados, mezclan
elementos de esos dos polos de la "sociedad dual". Por eso entendemos que la
superación del capital solamente podrá resultar de una tarea que aglutine y
articule al
conjunto de los segmentos que comprenden la
clase-que-vive-del-trabajo.

El
desconocimiento de este punto constituye, a nuestro entender, otro equívoco de
Gorz. Su énfasis en ver en el universo de la no-clase de los
no-trabajadores
el polo potencialmente capaz de transformar a la sociedad
tiene, por una parte, el mérito de localizar en ese segmento social
potencialidades anticapitalistas. Pero tiene como contrapartida negativa el
hecho de concebir a los trabajadores productivos como cuasi
irreversiblemente integrados
al orden del capital, perdiendo la posibilidad
de verlos como sujetos capaces de luchar por una vida emancipada. Esta
caracterización padece también del error conceptual de denominar como no-clase
de los no-trabajadores
a un segmento importante y creciente de la clase
trabajadora
.[15]

Por lo que desarrollamos anteriormente, la heterogeneidad, fragmentación y
complejización
se efectúan en el interior del mundo del trabajo, incluidos
en él los trabajadores productivos, "estables", pero también el conjunto de
trabajadores precarios y aquellos que viven en el desempleo estructural
etcétera. Este conjunto de segmentos que dependen de la venta de su fuerza de
trabajo, configuran la totalidad del trabajo social, la clase
trabajadora y el mundo del trabajo.

Quinta tesis

El
capitalismo, en cualquiera de sus variantes contemporáneas, desde la
experiencia sueca a la japonesa, de la alemana a la norteamericana, como
pudimos mostrar anteriormente, no fue capaz de eliminar las múltiples formas y
manifestaciones de extrañamiento, pero, en muchos casos, se dio un
proceso de intensificación y de mayor interiorización, en la medida en que se minimizó

la dimensión más explícitamente despótica, intrínseca al fordismo, en
beneficio de un "involucramiento manipulatorio" de la era del toyotismo o del
modelo japonés. Si el extrañamiento es entendido como la existencia de
barreras sociales que se oponen al desarrollo de la individualidad en dirección
a la omnilateralidad humana, el capitalismo de nuestros días, al mismo tiempo
que potenció las capacidades humanas con el avance tecnológico, hizo emerger
crecientemente el fenómeno social del extrañamiento, en la medida que
ese desarrollo de las capacidades humanas no produce necesariamente el
desarrollo de la individualidad llena de sentido; por el contrario, "puede
desfigurar, degradar etcétera, la personalidad humana"... Esto porque, al mismo
tiempo que el desarrollo tecnológico puede provocar "directamente un
crecimiento de la capacidad humana", puede también "en este proceso sacrificar
individuos (y hasta clases enteras)" (Lukács, 1981: 562).

La presencia
del "Tercer Mundo" en el corazón del "Primer Mundo", a través de la brutal
exclusión social, de las explosivas tasas de desempleo estructural, de la
eliminación de innumerables profesiones, en el interior del mundo del trabajo
en consonancia con el incremento tecnológico dirigido exclusivamente a la
creación de
valores de cambio, son apenas algunos ejemplos
irritantes y directos de las barreras sociales que obstaculizan, bajo el
capitalismo, la búsqueda de una vida llena de sentido y dotada de la dimensión
emancipada para el ser social que trabaja. Se evidencia, entonces, que
el extrañamiento es un fenómeno exclusivamente histórico-social,
que en cada momento de la historia se presenta bajo formas siempre diversas,
que por eso no puede ser jamás considerado como una condition humaine,

como un rasgo forma natural del ser social (Lukács, 1981: 559). En palabras del
filósofo húngaro (Idem: 585) "...no existe un extrañamiento como
categoría general, ni supra-histórica ni antropológica. El extrañamiento tiene
siempre características histórico-sociales, en cada formación y en cada período
aparece ex novo, puesto en marcha por las fuerzas sociales realmente
operantes.

En lo que
respecta al extrañamiento en el mundo de la producción, el extrañamiento
económico, al proceso de fetichización del trabajo y de su conciencia,
mantiene una enorme distancia entre el productor y el resultado de su trabajo,
el producto, que se le enfrenta como algo extraño, ajeno, como cosa. Este extrañamiento

permanece también en el propio proceso laboral, en mayor o menor intensidad. La
no-identificación entre el individuo que trabaja y su dimensión de género
humano
tampoco fue eliminada. Más que eso: las diversas manifestaciones de
extrañamiento abarcan, desde el espacio de la producción, pero todavía más
intensamente la esfera del consumo, la esfera de la vida fuera del
trabajo, haciendo del tiempo libre, en buena medida, un tiempo
también sujeto
a los valores del sistema productor de mercancías. El ser
social que trabaja debe tener solamente lo necesario para vivir, pero
debe ser constantemente inducido a querer vivir
para tener o soñar con
nuevos productos.

Paralelamente
a esa inducción hacia el consumo, se efectúa en verdad, una enorme reducción
de necesidades, en la medida en que la "forma de expresión más
significativa del empobrecimiento de las necesidades es su reducción y
homogeneización.
Ambas caracterizan tanto a la clase dominante como a la
clase trabajadora, pero de un modo desigual... Para las clases
dominantes ese tener es posesión efectiva... la necesidad de tener para
el trabajador, por el contrario, está en relación con su simple sobrevivencia:
vive para mantenerse... El trabajador debe privarse de toda necesidad para
poder satisfacer una sola, mantenerse vivo" (Heller, 1978: 64-65).

De manera
que, al contrario de aquellos que defienden la pérdida de sentido y de
significado del fenómeno social de extrañamiento, cuando se piensa en la
subjetividad de la clase-que-vive-del-trabajo en la sociedad
contemporánea, creemos, como esperamos haber señalado anteriormente, que los
cambios, en curso en el proceso del trabajo, a pesar de algunas alteraciones epidérmicas,
no eliminan los condicionantes básicos de este fenómeno social, lo que hace que
las acciones desencadenadas en el mundo del trabajo contra las diversas
manifestaciones del extrañamiento, tengan todavía una enorme relevancia
en el universo de la sociedad contemporánea.

Entonces,
para concluir este texto, es necesario señalar que al contrario de las
formulaciones que preconizan el fin de las luchas sociales entre las clases, es
posible reconocer la persistencia de los antagonismos entre el capital
social total y la totalidad
del trabajo, aunque particularizados por
los innumerables elementos que caracterizan la región, el país, la economía, la
sociedad, la cultura, género, su inserción en la estructura productiva global
etcétera. Dado el carácter mundializado y globalizado del capital, se hace
necesario aprehender también las particularidades y singularidades presentes en
los enfrentamientos entre las clases sociales, tanto en los países avanzados,
como en aquellos que no están directamente en el centro del sistema -de los
cuales forman parte una gama significativa de países intermedios e
industrializados, como el Brasil-. Esto se configura como un proyecto de
investigación de larga duración, de la cual este ensayo, en el que intentamos
aprehender algunas tendencias y metamorfosis en curso en el mundo del trabajo,
es un primer resultado.

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* Este texto corresponde al capítulo IV de Adios
al trabajo?
, Herramienta, 2ª. Edición.

[1] Como este libro es el resultado de una investigación en curso, se
hace evidente que, a pesar del carácter predominantemente afirmativo de estas
"tesis", ellas están sujetas a revisiones y reelaboraciones.

[2] Fue explorando esta tendencia que István Mészáros desarrolló la
tesis acerca de la tasa de uso decreciente en el capitalismo: "El capital no
trata al valor de uso (que corresponde directamente a la necesidad) y valor de
cambio meramente como dimensiones separadas, sino subordinando radicalmente el
primero al último. Debidamente situado en el tiempo y en el espacio, esto
representa una innovación radical, que abre horizontes anteriormente
inimaginables para el desarrollo económico. Una innovación basada en la
constatación práctica de que cualquier mercancía puede estar constantemente en
uso, en un extremo de la escala, o que nunca sea usada nunca, en el otro
extremo de las posibles tasas de uso, sin perder por eso su utilidad en lo que
concierne a las exigencias expansionistas del modo de producción capitalista"
(Mészáros, 1989: 22-23).

[3] Por lo que formulamos anteriormente, tampoco podemos concordar con
un autor siempre creativo y sugerente como Francisco de Oliveira, cuando afirma
-a pesar de las innumerables diferencias con los autores arriba citados, entre
las cuales, el reconocimiento de la vigencia de la lucha de clases por cierto
no es secundaria- que el patrón de financiamiento público del welfare state
"operó una verdadera ‘revolución copernicana’ en los fundamentos de la
categoría de valor como nervio central, tanto de la reproducción de capital,
como de la fuerza de trabajo. En realidad, llevado a las últimas consecuencias,
el patrón de financiamiento público ‘desintegró’ al valor como único supuesto
de la reproducción ampliada del capital, de-construyéndolo parcialmente en
cuanto medida de la actividad económica y de la sociedad en general" (Oliveira,
1988: 13-14). Lo que aquí nos parece relevante es, cuál de ellos -el valor o el
fondo público- tiene estatuto fundante en la sociedad contemporánea, en el
proceso de reproducción de capital. La crisis del welfare state, la avalancha
neoliberal y la dimensión global y mundializada del capital parecen confirmar
la prevalencia del valor como elemento estructurante de la sociedad productora
de mercancías y el fondo público como su regulador/contrapunto y no su
sustituto, lo que es una enorme diferencia. Esta formulación de Francisco de
Oliveira, hecha de manera embrionaria, avanzó en un texto posterior, hacia la
"elaboración teórico conceptual" de un modo socialdemócrata de producción que
articula el valor y el antivalor" (Oliveira, 1993: 136-143).

[4] De manera más empírica, pero en consonancia con lo esencial de esta
tesis, dice A. Touraine (1989: 10-11): "los problemas del trabajo no
desaparecen, pero son englobados en un conjunto más amplio. En cuanto tales,
ellos dejaron de representar un papel central. Es inútil buscar indicios de una
renovación revolucionaria propiamente obrera. En los lugares donde
aparentemente es más combativo el movimiento obrero, como en Italia y Francia,
a través de los conflictos y de las crisis que pueden ser violentas, obtienen
poco a poco una ampliación de los derechos y de la capacidad de negociación, es
decir, una institucionalización de los conflictos del trabajo... Este deja de
ser un personaje central de la historia social a medida que nos aproximamos a
la sociedad pos-industrial". Y Gorz (1990: 42) sintonizando con Touraine,
agrega que otros antagonismos sociales vinieron a imponerse a aquel
desencadenado por el capital y el trabajo, que acabó siendo relativizado y
hasta superado por el "conflicto básico" entre la "megamáquina
burocrático-industrial" y la población.

[5] Este, nos parece que es uno de los errores que tiene el libro de R.
Kurz, que reconoce la sociedad productora de mercancías, pero termina aceptando
la tesis de la extinción de la clase trabajadora como agente capaz de impulsar
esas transformaciones. Ver al respecto nuestro texto La crisis vista en su globalidad,
en este volumen, donde discutimos más detalladamente las principales tesis del
libro de Kurz.

[6] Al tratar sobre el trabajo intelectual y artístico bajo el
capitalismo, Berman, quizás suprimiendo varias mediaciones, pero reteniendo lo
esencial, describe los condicionantes de las modalidades de trabajo: estos
intelectuales "sólo escribirán libros, pintarán cuadros, descubrirán leyes
físicas o históricas, salvarán vidas, si alguien munido de capital estuviera
dispuesto a remunerarlos. Pero las presiones de la sociedad burguesa son tan fuertes,
que nadie los remunerará sin el correspondiente retorno -esto es, si su trabajo
colabora, de algún modo, para incrementar su capital. Ellos necesitan ‘vender
pieza por pieza’ a un empleador que desea explotar sus cerebros para obtener un
lucro. Ellos necesitan esquematizarse y apurarse bajo una luz favorablemente
lucrativa; precisan competir (a veces de forma brutal y sin escrúpulos) por el
privilegio de ser comprados, sólo para proseguir con su trabajo. Ni bien el
trabajo es ejecutado, ellos se ven como cualquier trabajador, separados del
producto de su esfuerzo. Sus bienes y servicios son puestos en venta y son las
‘vicisitudes de la competencia’ y ‘las fluctuaciones del mercado’, las que, más
que cualquier ‘verdad intrínseca’, o belleza o valor, determinan su destino"
(Berman, 1987: 113-114).

[7] Marx, 1971: 942.

[8] De esta limitación analítica no escapa André Gorz: "En el sentido
que actualmente entendemos, el trabajo no siempre existió: aparece con los
capitalistas y con los proletarios". Debido a este punto de vista, "trabajo",
que como se sabe, "viene de tripalium, aparejo dotado de tres estacas cuyo
accionamiento torturaba al operador, hoy designa solo una actividad asalariada.
Los términos trabajo y empleo se tornaron equivalentes…" (Gorz, 1982: 9).

[9]
Esta concepción, esencial
para Marx, reaparece casi literalmente en el capítulo V de El Capital,
donde discute el proceso de trabajo. Esto nos hace disentir con Agnes Heller,
en un texto de principios de los 80, marcado ya por una nítida ruptura con el
Lukács maduro y operando una relectura de elementos fundamentales del
planteamiento marxista, al atribuir a la formulación de El Capital y de
sus borradores la prevalencia de un "paradigma de la producción", que se
diferencia del "paradigma del trabajo", presente en los Manuscritos del 44

(Heller, 1981: 103-105).

[10] Aunque próximo a Habermas y a Gorz, respecto a la pérdida de
centralidad del mundo del trabajo en la sociedad contemporánea, Robert Kurz
tiene frente a ellos una significativa diferencia, en la medida en que pone el
acento en el fin de la sociedad del trabajo abstracto. (Kurz, 1992). Para Offe
" se puede hablar de una crisis de la sociedad del trabajo, en la medida en que
se acumulan indicios de que el trabajo remunerado formal perdió su cualidad
subjetiva de centro organizador de actividades humanas, de auto-estima y de las
referencias sociales, así como de las orientaciones morales (…) la cualidad del
trabajador se vuelve impropia para la fundamentación de la identidad, y también
para un encuadramiento sociológico uniforme de los intereses y de la
conciencia, de aquellos que son trabajadores" (Offe, 1989: 7-8). En este caso,
el universo conceptual es muy diferente del utilizado por R. Kurz.

[11]
O bien, de acuerdo a una
fórmula híbrida, en el límite, también subordinada a la lógica dada por
la racionalidad económica del capital, donde el "socialismo debe ser concebido
como un nexo de la racionalidad capitalista dentro de una estructura
democráticamente planeada, que debe servir para alcanzar ciertos objetivos
democráticamente determinados" (Gorz, 1990: 46).

[12] Esta intensificación de las contradicciones sociales es tomada
también por Octávio Ianni, cuando afirma "…que bajo el capitalismo global las
contradicciones sociales se globalizan, esto es, se generalizan más que nunca. Se
refuerzan sus componentes sociales, económicos, políticos y culturales por los
cuatro costados del mundo. Lo que era el desarrollo desigual y combinado en el
ámbito de cada sociedad nacional y en cada sistema imperialista, bajo el
capitalismo mundial se universalizan. Las desigualdades, tensiones y
contradicciones se generalizan en el ámbito regional, nacional, continental y
mundial, comprendiendo a clases sociales, grupos étnicos, minorías, culturas,
religiones y otras expresiones del calidoscopio global. Las más diferentes
manifestaciones de la diversidad son transformadas en desigualdades, marcas,
estigmas, formas de alienación, condiciones de protesta, bases de las luchas
por la emancipación… Así la cuestión social, que en algunos sectores de los países
dominantes, se creía superada, resurge con otros datos, otros colores, nuevos
significados" (Ianni, 1992: 143-144).

[13] Al respecto, ver las consideraciones de Mészáros acerca de la
fragmentación del trabajo bajo la división social del trabajo en la sociedad
capitalista, en "The Division of Labor and The Post- Capitalist State",
particularmente el ítem "The Division of Labor" (Mészáros, 1987: 99-100).

[14] Serge Mallet (1973: 29) hace dos décadas se desarrolló la tesis de
que, por encontrarse en el centro del complejo productivo más avanzado, la
nueva clase obrera sería llevada a aprehender, antes que los sectores
tradicionales de la clase trabajadora, los polos de contradicción del sistema.

[15] Para André Gorz, la no-clase de los no-trabajadores "es portadora
del futuro: la abolición del trabajo no tiene otro sujeto social posible que no
sea esa no-clase". O según otro pasaje: "El reino de la libertad no resultará
jamás de los procesos materiales: solo puede ser instaurado por un acto
fundador de la libertad que, reivindicándose como subjetividad absoluta, se
toma a sí misma como fin supremo de cada individuo. Solamente la no-clase de
los no-productores es capaz de ese acto fundador, porque sólo ella encarna, al
mismo tiempo, la superación del productivismo, el rechazo a la ética de la
acumulación y la disolución de todas las clases" (Gorz, 1982: 16 y 93). Para
quién escribió un capítulo sobre "el proletariado según San Marx", esto que
citamos más arriba, muestra también, que Gorz no se tomó los mínimos recaudos
ante la ausencia de una enorme dosis de religiosidad, al caracterizar las
posibilidades de acción de "la no-clase de los no-trabajadores".