El 1° de febrero de 2012, Robert Fisk terminaba su artículo en el periódico The Independent con estas palabras: “Pero hay una cuestión que no está planteada. Supongan que el régimen [de Bachar el-Assad] sobrevive. ¿Sobre qué ejercería Siria su poder?”. Dicho de otro modo: la revuelta ha llegado a un punto sin retorno. El “fichaje” de todo tipo realizado por las fuerzas policiales y militares a decenas de miles de manifestantes y de opositores –todas las semanas, todos los días– en las diferentes ciudades y aldeas del país, provocaría al día siguiente más muertos y más presos torturados, en el caso de que se detenga el combate. Y de que se mantenga el régimen de la camarilla de Assad. El terrible precio humano de este combate popular se corresponde con la naturaleza odiosa e implacable del régimen, con el que ninguna negociación es posible y aceptable para los combatientes antidictatoriales.
El 4 de febrero de 2012, Khaled al-Arabi, miembro de la Organización Árabe de Derechos Humanos, declaraba: “El ejército sirio bombardea con cohetes y morteros. Está provocando un baño de sangre de un horror jamás visto hasta hoy en la ciudad de Homs…”. Radio France Internationale,(FRI) ese mismo día, afirmaba: