Teoría crítica

Los intelectuales y la organización de la cultura

 
 
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Me gustaría comenzar por una cuestión terminológica. El título que me fue sugerido para esta exposicion, “Los intelectuales y la organización de la cultura”, es –como se sabe– el título de una compilación de escritos de la cárcel de Antonio Gramsci, que reúne precisamente los textos relativos a la cuestión de los intelectuales y de la relación de estos con los mecanismos de reproducción cultural de la realidad (sistema educativo, periodismo, etcétera). Pero ese título no es del propio Gramsci.
Los famosos Cuadernos de la cárcel fueron publicados a partir de 1948, bajo la dirección editorial de Felice Platone y Palmiro Togliatti; no en el orden en que habían sido escritos, sino agrupados según grandes temas, divididos en seis volúmenes cuyos títulos fueron escogidos por los propios editores.1 Ahora bien: en el caso que nos interesa aquí, no solo no pertenece a Gramsci el título, sino que no es muy frecuente en sus notas la expresión “organización de la cultura”. 

¿Intelectuales ausentes?

 
 
 
 
I
Entrar a un cuarto familiar e identificar espontáneamente un nuevo objeto –una lámpara, un cuadro, un reloj– es una experiencia común. Entrar a un cuarto familiar y designar instantáneamente un objeto quitado recientemente es algo raro. Mientras nuestros ojos y oídos registran sin esfuerzos las adiciones, las “sustracciones” –los objetos que han sido eliminados– a menudo pasan desapercibidas. Semanas, meses o años pueden pasar sin que reconozcamos su ausencia. Un día, quizás, al entrar al cuarto, sentimos que surge un vago malestar: algo ha desaparecido. ¿Qué?
Este libro trata acerca de una ausencia en la cultura, la ausencia de voces jóvenes, quizás la ausencia de una generación. Los pocos –extremadamente pocos– intelectuales norteamericanos significativos de menos de treinta y cinco, incluso cuarenta y cinco, rara vez han suscitado comentarios. Es fácil echarlos de menos, ya que su ausencia es de larga data. No se desvaneció súbitamente una generación intelectual; simplemente, nunca apareció. Y es ya demasiado tarde –la generación es demasiado vieja– para que aparezca.

Atajar la distopía. El “intelectual insomne” y la voz de alerta


“El intelectual cuestiona el poder,
objeta el discurso dominante, provoca la discordia,
introduce un punto de vista crítico”
Enzo Traverso
 
Los días de cierre de la primera semana del mes de febrero de 2016, entre notas coyunturales que indicaban las dificultades para formar gobierno en España luego de las elecciones del diciembre anterior (dificultades que persisten al día de hoy, aunque se haya disputado otra contienda electoral en junio pasado) y el nada promisorio despegue electoral que el candidato republicano al gobierno de Estados Unidos estaba experimentando con el inicio de su campaña (ascenso que ha pasado a fase crucero de un vuelo que, ya no es nada descabellado pensarlo, pudiera hacerlo aterrizar en la Casa Blanca, que hoy todavía ocupa Barak Obama), pudieron haber pasado desapercibidas dos sendas colaboraciones periodísticas (de Pablo González Casanova y Noam Chomsky, respectivamente) que es necesario traer a cuento nuevamente.

Un intelectual destructivo

 

Durante toda su trayectoria, su actuación siempre se mantuvo discreta, ocupando el espacio esperado de un académico brasileño. En su caso, de un intelectual marxista. Hoy, su papel está próximo a lo que podríamos llamar activismo, haciendo de la filosofía un deporte de combate, para parafrasear a Pierre Bourdieu, que, en los últimos años, da un salto desde el trabajo exclusivamente académico al compromiso “de tiempo completo”. Es decir, fuera de la esfera partidaria, institucional. ¿De qué manera, en su caso, es posible explicar ese pasaje desde el intelectual “ajustado” hasta el desajuste; un pasaje que deriva en la exposición pública y la ruptura con colegas y miembros de su generación?
 

Esplendores y miserias de los intelectuales críticos

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Orígenes y fisonomía del intelectual crítico

 

Se señaló muchas veces que, en el curso de las últimas décadas, la crítica abandonó sus ámbitos tradicionales de circulación para refugiarse en las universidades. Con razón escribió Terry Eagleton (1984: 7) que “la crítica carece hoy de toda función social sustantiva. Es parte de la rama de relaciones públicas de la industria literaria o una cuestión totalmente interna a las academias”.1 Cabe añadir que la academización de la crítica a la que aquí se alude es correlativa del desvanecimiento de un modelo: el del intelectual crítico. Imposible discutir aquí en profundidad todo el complejo de cuestiones; estas notas aspiran solo a presentar algunas reflexiones en torno al problema.

La autocrítica de la intelectualidad revolucionaria: Oscar Terán y la historia de las ideas argentinas

Autor(es)

 
¿Por qué Oscar Terán?
 
Entre los años 1960 y 1970 aconteció algo en la Argentina que selló profundamente el derrotero de su vida intelectual durante los siguientes treinta años: se produjo la efusión y declive abrupto de la vocación revolucionaria entre las jóvenes hornadas intelectuales. A pesar de que involucró una mutación heterogénea (pues algunos sectores perduraron en un proyecto de activismo intelectual radical), sus huellas fueron duraderas.
Durante el tramo final de la última dictadura arraigaron las bases de una metamorfosis ideológica entre la intelectualidad de izquierda según la cual los viejos sueños emancipatorios –imaginados y militados a través de una praxis revolucionaria– fueron sustituidos por ideales progresivos y reformistas, y por una teoría social relativista y contextualista. Las variantes ideológicas dentro de ese fondo post-revolucionario fueron múltiples: socialismos moderados, peronismos renovadores, liberalismos progresistas, con diversas dosis de iluminismo, nacionalismo o republicanismo formal. Lo crucial fue que, para muchos, la impugnación del capitalismo y de la democracia liberal-representativa devino impensable. La revolución fue suprimida del terreno de la política para ser degradada como una utopía propia de grupúsculos autoconsagrados.

El “desarrollo desigual y combinado” de la crisis neoliberal: Argentina como índice de las tendencias generales

 
 
Introducción
Con la llegada de Mauricio Macri al poder, en Argentina se vive un clima de cierre de época y de apertura de otra. Ese contexto nuevo demanda una reevaluación de lo que fue, lo que hay, y lo que puede suceder en el futuro. Pero esto no es el eje de éste artículo, sino más bien cómo Argentina encaja con los procesos de la crisis global.1 Esa percepción epocal ocurre en paralelo a los sombríos –y finalmente alarmantes– pronósticos para la economía mundial en el año 2016.
Apenas tres semanas después de iniciado el nuevo año, una fuerte caída de las bolsas del mercado mundial generó mucha angustia sobre un posible retorno a una crisis mundial al estilo de la del 2008. Los datos económicos anuncian un impulso potente hacia la contracción y mayor inestabilidad en los mercados globales. La fuerte baja del precio del petróleo a menos de US$30 el barril y los esfuerzos frustrados de las intervenciones gubernamentales en estabilizar la bolsa china, ponen en duda el análisis del economista marxista Costas Lapavitsas (2013), quien argumenta que la crisis actual es, al fin y al cabo, la del capitalismo financiero en lugar de una de sobreproducción. Sin embargo, la Agencia Internacional de Energía “advirtió recientemente de una sobreproducción de petróleo de al menos un millón de barriles por día para un tercer año consecutivo en el 2016” (Raval, 2015). Se trata de un producto que sigue siendo una mercancía clave en la cadena de producción capitalista y que motoriza la economía mundial a la vez que dirige la política bélica del capital. El mercado financiero refleja la sobreproducción y la tendencia a la caída de la tasa de ganancia la impulsa a través de la competencia capitalista.2

El concepto de Estado capitalista en el pensamiento de Poulantzas

Autor(es)

 
 
I. Introducción al problema
 
Este trabajo analiza críticamente el concepto de Estado capitalista de Nicos Poulantzas.[1] La importancia de los aportes de Poulantzas a la crítica marxista del Estado alcanza para justificar nuestra empresa. La teoría del Estado formulada por Poulantzas entre fines de los sesenta y comienzos de los setenta sobre las bases del marxismo estructuralista francés de cuño althusseriano, junto con la formulada casi simultáneamente por los intelectuales reunidos en el denominado debate de la derivación del Estado dentro de la tradición más dialéctica del marxismo alemán, es en los hechos uno de los dos abordajes más sistemáticos de la problemática del Estado capitalista en el marxismo del siglo pasado.[2] 

Contribución a la crítica del fetichismo

 
 
Introducción
Me propongo un objetivo simple: separar la teoría del fetichismo de Karl Marx de los tópicos de la alienación y la ideología. Para ello presentaré algunos lugares de desencuentro entre elementos de esta tríada que, creo, servirán más a la comprensión del fetichismo que una exposición sistemática. Descarto con ello todo intento de exhaustividad, limitándome a llevar a cada tópico al límite exacto en que expone su diferencia.
Este trabajo es una respuesta al uso difundido –académico y no– de estos tres términos como intercambiables, que termina por confundir diferentes diagnósticos y problemáticas –y por eso mismo, estrategias posibles– al interior del marxismo. Esto se observa no sólo en la superposición de sus usos, sino –de modo evidente– en el reduccionismo que hace del fetichismo un subcapítulo de la ideología o la alienación, y que en su versión más simplificadora afirma que el fetiche es la vieja ideología o la alienación pero circunscripta a un contexto específico: el capitalismo. En el marco de esta confusión y en pos de decir algo inteligible sobre el fetichismo, considero imprescindible pronunciarme al mismo tiempo sobre la alienación y la ideología.
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