Marxismo occidental

Crisis y crítica. Notas sobre la actualidad de Walter Benjamin

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El ensayista francés Jean-Michel Palmier abre la introducción a su reciente y voluminoso libro sobre Walter Benjamin destacando lo que él considera una evidencia indiscutible, a saber: la considerable actualidad del filósofo alemán, que ha hecho de él un punto de referencia ineludible para cantidad de reflexiones y debates en el curso de las últimas décadas. Ninguna otra obra, dice Palmier, pudo ejercer “una influencia tan intensa sobre la reflexión estética […]. En cuanto a la crítica de las ideologías del progreso histórico, o al desarrollo de un pensamiento que coloca una perspectiva apocalíptica junto a la esperanza revolucionaria en el instante presente, puede decirse que ambos elementos conforman el verdadero núcleo de su filosofía de la historia”.[1] A estos aportes sustanciales se suma la fascinación de un estilo que, según las sugestivas palabras de Adorno, coloca al lector en la situación de “un niño que, a través de la hendidura de la puerta cerrada, avizora la luz del árbol de Navidad”.[2] Pero el reconocimiento de la densidad de pensamiento y de la maestría estética –que en sí constituyen méritos indiscutibles de Benjamin– no debería ocultar otro aspecto de su vida y su obra: el compromiso con la emancipación humana, que está en la base de su ideal de redención. Teniendo siempre en vista ese ideal formuló Benjamin su propia imagen del intelectual, a la que trató afanosamente de adecuarse; se sabe que, sobre todo desde finales de la década de 1920, su obra se encuentra atravesada por las “reflexiones sobre la posición social, la importancia y la tarea del intelectual”.[3] Le interesaba entonces encontrar respuesta a las preguntas por “dónde se sitúa el intelectual, qué papel e importancia le caben en la sociedad, qué tareas tiene que buscar para sí mismo”.[4]

La ciudad, lugar estratégico del enfrentamiento de las clases.

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Insurrecciones, barricadas y haussmannización de París en el Libro de los pasajes,  de Walter Benjamin
Introducción
El espacio urbano como lugar del combate entre las clases: he aquí un aspecto a menudo descuidado por los trabajos eruditos sobre el tema de la ciudad en el Libro de los pasajes. Sin embargo, aquel ocupa un lugar privilegiado en este proyecto inconcluso.
El tratamiento del tema por Walter Benjamin es inseparable de su método historiográfico, que podríamos intentar definir, provisoriamente, como una variante herética del materialismo histórico, fundada sobre dos ejes esenciales (entre otros): a) una atención sistemática y comprometida al enfrentamiento de las clases desde el punto de vista de los vencidos –en detrimento de otros topoi clásicos del marxismo, como la contradicción entre fuerzas y relaciones de producción, o la determinación de la superestructura por la infraestructura económica–; b) la crítica radical de la ideología del progreso bajo su forma burguesa, pero también en sus prolongaciones en la cultura política de la izquierda. 

Benjamin y las representaciones de la Modernidad

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Es muy conocida la crítica de Benjamin a la Modernidad, en especial en su último período de investigaciones (1935-1940), marcado por el Trabajo de los Pasajes [Das Passagen-Werk]. La caracterización de la metrópolis industrial por su arquitectura –los pasajes o las anchas avenidas, que facilitan la circulación y dificultan las barricadas– y por sus tipos –el flâneur es tan solo el más famoso de ellos– permite entrever el origen del problema: la mercancía y su fetiche. El flâneur es definido como “fetichista de la mercancía”, que pasea sin rumbo aparente por la ciudad que se ha vuelto grande e anónima; que flirtea con “paseantes” con quienes nunca más se encontrará; y que admira las vidrieras donde las mercancías se exponen como obras de arte. Las calles más anchas y repletas de tiendas expulsan al burgués hacia sus casas, cuyos interiores, ricamente decorados con mercancía de lujo, intentan crear mundos en miniatura. Y comienzan las grandes exposiciones mundiales, o ferias universales, como “centro de peregrinación al fetiche mercancía”,[1] en una nueva religión estética.

 

“Por el bien de mi correspondencia completa”. La posteridad en las cartas de Walter Benjamin

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El lamento no es de data reciente, pero los motivos han cambiado. En su ensayo “Büchners Briefe” (Las cartas de Büchner), nunca publicado en la RDA, Volker Braun escribía en 1977: “Oh tiempos, oh cartas. Ya no escribimos cartas en serio; como ya no existe el secreto postal (las Constituciones expresarían lo que queremos), uno podría simplemente aceptarlo”.[2] Entretanto, está claro que la subsistencia del género epistolar se encuentra en peligro menos por las agencias de noticias que por los medios electrónicos. Un lunes, en el verano de 1920, Kafka recibió en tres entregas cuatro cartas de Milena.[3] Hoy el antiguo correo amarillo llega una vez al día, y el momento preciso de la entrega es incierto. Predominan las cuentas, las intimaciones y las publicidades. Las cartas son más bien raras. El matasellos “estafeta postal” no revela desde dónde han sido enviadas. Con frecuencia, el anonimato de su aspecto se corresponde con la superficialidad de su interior. Las vivencias y las experiencias probablemente ya no son puestas por escrito en papel, sino transmitidas por medios electrónicos y, a lo sumo, también almacenadas por estos medios.

Entre redención y utopía, el tiempo mesiánico. Consideraciones materialistas de la historia de Walter Benjamin y Siegfried Kracauer

Preludio de búsqueda mesiánica
En el mundo del ruido de las certezas neoliberales de la guerra, militarización de una Guerra Santa y Justa contra los enemigos exteriores de su civilización, debemos volver a mirar y actualizar el “juego” de las ciencias sociales, en particular del pensamiento y las palabras con sus significaciones sociales de la subjetividad objetivada en el dolor y la lucha, correr el riesgo de pensar-actuar, aun con la posibilidad de vernos asfixiados. Como veremos en este texto, al igual que Walter Benjamin y Siegfried Kracauer, Theodor Adorno[1] nos propone problematizar, desde la sociología, la conceptualización de la categoría de sociedad, desde lo no conceptualizado; desde aquellas racionalidades espirituales que fueron expulsadas de las lógicas racionales de los espacios públicos autorizados. Los costos espirituales de este conocimiento son los sufrimientos dispersos, figuras centrales del pensamiento cosmopolita bajo el signo de la extraterritorialidad del exilio[2] en movimiento y creación, resistiendo la condena y el destino impuestos por el movimiento de la repetición caótica de la ley y el fetiche. 

Constelación austral. Walter Benjamin en la Argentina

No se trata de presentar las obras literarias en conexión con su
tiempo, sino más bien de hacer evidente, en el tiempo que las
vio nacer, el tiempo que las conoce y juzga, o sea, el nuestro.
Walter Benjamin
 
 Se ha citado reiteradamente el famoso pasaje de las tesis “Sobre el concepto de historia” en el que Walter Benjamin enuncia su diagnóstico de una dialéctica entre cultura y barbarie. Sin embargo, pocas veces se recuerda el pasaje completo, en el que esa dramática dialéctica que rige la cultura es atribuida específicamente al proceso de transmisión cultural. En la séptima tesis se lee: “Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de unas manos a otras”.[1] El problema de la transmisión cultural, de la supervivencia de una obra, el problema de la recepción de un autor; en una palabra, el problema de la tradición, era para Benjamin un problema eminentemente político, tanto porque se ponen allí en juego relaciones de dominación sedimentadas, cuanto porque la memoria histórica afecta decisivamente la colectiva voluntad política de transformación. En el citado trabajo, la tesis 6 dice: “El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla”.[2] Benjamin pensaba que los procesos de transmisión cultural eran ámbitos privilegiados de la lucha de clases. Consideraba que interrumpir el “cortejo triunfal” de la cultura era el objetivo clave de una pedagogía materialista, y que rescatar los materiales olvidados que se alojan desde “la lejanía de los tiempos”, “como confianza, como coraje, como humor, como astucia, como denuedo” para “construir” la tradición de los oprimidos, era la meta capital del “materialista histórico”.[3]

El Estado capitalista y el debate Imperio-Inperialismo

I. Introducción

 
Este trabajo propone contraponer las diferentes concepciones del Estado capitalista que subyacen en algunos de los debates recientes sobre el Imperialismo, intensamente renovados en la teoría desde la publicación de Imperio de Toni Negri en 2001 y, en los hechos desde la nueva ocupación de Irak desde 2003[1]. En las controversias actuales se suele dejar de lado este plano del debate y se discute entre los autores sin detenerse demasiado en la naturaleza del Estado capitalista que cada autor explícita o implícitamente defiende.

Marxismo ¿hipótesis o teoría?

 

Bidet, filósofo. Duménil, economista. Ambos, miembros de la redacción de Actuel Marx y presidentes del Congrès Marx Internacional, nos proponen Otro marxismo para otro mundo. [1] Han visitado nuestro país y han sido traducidos aquí. Es conocida la obra de Duménil (con Lévy) Crisis y salida de la crisis. Orden y desorden neoliberales; y de Bidet, Teoría de la Modernidad. Sus enfoques teóricos son sintetizados y sistematizados en este libro al que nos referiremos. Las diferencias entre ellos son asumidas, expresándolas y resueltas acordando una terminología para exponer el discurso común. Un discurso presentado con entidad de teoría. Intentaremos en lo que sigue presentarla sumariamente.

 

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