El 15 de abril pasado, cuando Jorge Cacho Smokvina y su hermana Laura lo acompañaban a una revisión médica, falleció súbitamente Abraham Sachman, “Fierro” para todos los que tuvimos la suerte de conocerlo. En la década del 50 ingresó a Palabra Obrera, la organización trotskista que devino en el PRT (la verdad), luego en el PST, y finalmente militó en el MAS. Fierro fue un infatigable luchador; desde el movimiento estudiantil pasó a integrarse al movimiento obrero, y con sus mejores activistas tuvo relación durante toda su vida. Sabía escuchar y orientar en la lucha sindical, sin caer en el sindicalismo; tenía olfato político, pero nunca abandonó principios por el tacticismo; supo ser crítico y dudar de todo, a la vez que impulsaba el pensamiento y la acción revolucionarios. Sus dudas y cavilaciones, pese a que él sostenía “la seguridad” de una orientación correcta, lo llevaron a no ocupar cargos en la máxima dirección, pero no por eso –o tal vez también por eso– fue querido y respetado por quienes se le acercaban. Su honestidad fue complemento de su bondad. Su actividad lo llevó a Bolivia y a los barrios obreros del conurbano bonaerense, al interior del país y a representarnos en reuniones internacionales. La crisis del MAS lo encontró en la Comisión Sindical; desde allí, no tuvo impedimentos para decir lo que pensaba. Sus criticas lo llevaron a enfrentar a la dirección, y su capacidad de análisis lo condujo a superar la creencia de que la crisis era solamente por problemas morales. Del burocratismo o las tácticas incorrectas, avanzó a cuestionar los principios teóricos del marxismo canónico. Por eso no tuvo empacho en buscar caminos en estudiosos que no venían de la ortodoxia, y formó grupos de estudios con los que se vinculó hasta el final de sus días. Esta búsqueda desde humildad lo llevó a pronunciar, en ocasión de su 80 cumpleaños unos meses antes de fallecer, las palabras siguientes:
Murió en enero. Merece ser recordado, no sólo por su célebre disputa en el congreso de Cagliari (1967)[1] donde indaga sobre la complejidad del concepto de sociedad civil en Gramsci para refutar a uno de los “grandes interlocutores culturales”, como dice Stefano Petrucciani del Partido Comunista Italiano, sino por toda su obra filológica de interpretación de Marx y Engels.
Este 26 de febrero, murió Martha Ferro. La acompañaron sus amigas, Alicia Chester, Julia Sánchez, y su mujer, Adriana Carrasco, con quien se había casado en noviembre de 2010. El cajón estaba cruzado por un rudimentario trapito rojo que simulaba la emblemática bandera de las esperanzadas revoluciones que movilizaron el siglo XX. No se cantó La Internacional porque el arrojo al llanto fue más fuerte.
Pocas veces mi tristeza fue compartida por tantos. Murió José Saramago, pero no siento dolor, pues su vida y su obra fueron pura coherencia, compromiso y creatividad; la pena es por su ausencia, no poder contar más con sus lúcidas opiniones, esperar sus novelas y poemas.
Alejandro Cánepa (1958-2010)


Daniel Bensaïd[1] nos ha dejado. Es una pérdida irreparable, no solamente para nosotros, sus amigos, sus camaradas de lucha, sino para la cultura revolucionaria. Con su irreverencia, su humor, su generosidad, su imaginación, había sido un raro ejemplo de intelectual militante, en el sentido fuerte de la expresión. Recuerdo nuestras largas conversaciones, a veces discusiones, alrededor de una mesa, sobre todo a la hora entre el postre y el café, en “Le Charbon”, su restaurante preferido. No estábamos siempre de acuerdo, lejos de ello, pero ¿cómo no amar y no admirar su extraordinaria creatividad y, sobre todo, su espíritu, anti y contra todo, de resistencia a la infamia del orden establecido?
