Las caras de la crisis son efectivamente muchas. Podemos hablar de crisis financiera, de crisis de sobreproducción y sobre acumulación mundial, de crisis alimentaria, crisis energética, crisis geopolítica-militar, crisis tecnológica, crisis del sistema mundial de Estados, crisis ambiental y urbana, crisis civilizatoria...
La crisis económica y financiera que está en curso es parte de tres grandes crisis en las que convergen numerosos procesos.[1] Será larga, porque su sustrato es una sobreacumulación de capacidades de producción. Asume la forma de una importante superproducción localizada en sectores y países determinados, pero su marco es la economía mundializada. La sobreacumulación de las capacidades de producción está acompañada por una inmensa acumulación de capital ficticio, de derechos a percibir parte de valor, plusvalor y de “productos financieros derivados”. La crisis comenzó en la esfera financiera y en este sentido es la crisis del régimen de acumulación de preeminencia financiera o financiarizado montado a fines de la década del 80. Marca también el fin del período de hegemonía mundial no compartida de Estados Unidos iniciado en los años 80 y especialmente desde 1992. Todos los recursos han sido utilizados (y seguirán siendo utilizados) por el gobierno estadounidense tratando de asegurar la perennidad tanto de la hegemonía estadounidense como de la dominación de Wall Street, de los bancos y los fondos de colocación financiera. La recuperación actual [el artículo fue escrito en enero 2010] es sólo un momento, posiblemente breve, de un proceso de crisis económica que se prolongará durante muchos años.
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¿De qué hablamos cuando hablamos de la crisis capitalista? La crisis es una relación socialdeterminada. Para comprenderla, debemos partir de la transformación profunda que significó la Revolución Industrial en la Historia.
Antes de la Revolución Industrial, la historia humana es la historia del "estado de carencia", es decir, de un estadio en que las necesidades humanas no eran ni podían ser plenamente satisfechas por la producción de bienes. La humanidad no podía satisfacer todas las necesidades de su vida en forma plena porque su desarrollo productivo era insuficiente. En esas condiciones, vivir y ser miserable era más o menos lo mismo, era la propia condición humana. Cierto es que había clases ricas, pero incluso ellos estaban sometidos, aunque en un grado diferente, a las condiciones de la miseria de la vida (precariedad, enfermedades, catástrofes de la guerra).
Aunque parece ya lejano porque ocurrió en marzo 2008, el ataque presuntamente colombiano a Ecuador en la provincia de Sucumbíos marcó el inicio de un nuevo ciclo dentro de la estrategia estadounidense de control de su espacio vital: el continente americano. No se trató de un hecho aislado sino de una primera piedra de un camino que continúa abriéndose paso.
En aquel momento se desplegaban iniciativas de creación de plataformas regionales de ataque bajo el velo de la guerra preventiva contra el terrorismo. Pero si en Palestina y el Medio Oriente había ya costumbre de recibir las ofensivas del Pentágono desde Israel, y aderezadas con sus propósitos particulares, en América no había ocurrido un ataque unilateral de un Estado a otro “en defensa de su seguridad nacional”.
El ataque perfiló las primeras líneas de una política de Estado que no se modificó con el cambio de gobierno (de Bush a Obama) sino que se adecuó a los tiempos de la política continental que, en esa ocasión, dio lugar a un airoso reclamo de Ecuador, secundado por la mayoría de los presidentes de la región en la reunión de Santo Domingo.
I. Introducción
Madrid, Akal, 2007, 256 páginas
Introducción
1. La decadencia del Imperio
Salto al vacío
La recesión se instaló en los Estados Unidos hacia fines de 2007, se fue agravando durante 2008 y en el último trimestre se produjo la entrada en depresión con una caída del Producto Bruto Interno superior al 6 %. Las informaciones económicas al comenzar 2009 demuestran que el proceso tiende a radicalizarse.
Se despliega ante nuestros ojos el final de lo que deberíamos mirar como el primer capítulo de la declinación del Imperio norteamericano (aproximadamente 2001-2007) y el comienzo de un proceso turbulento disparado por el salto cualitativo de tendencias negativas que se fueron desarrollando durante un largo período.
De todos modos las malas noticias económicas y militares (fracaso evidente de las guerras coloniales en Asia) no parecen bloquear las rutinas imperiales de Washington, Obama anuncia la retirada gradual de Irak pero al mismo tiempo decide ampliar la ofensiva bélica en Afganistan (y en Pakistán) hostilizando así a Rusia y China y preservando los megagastos parasitarios del Complejo Industrial Militar (mas de un millón de millones de dólares) y, en consecuencia, agrandando un súperdéficit fiscal insostenible.
La incapacidad para cambiar de rumbo, la rigidez en el comportamiento del sistema de poder, es una clara muestra de decadencia.
En la cúpula del sistema reina la incertidumbre que se va convirtiendo en pánico; el fantasma del colapso comienza a asomar su rostro. Mientras tanto las autoridades económicas inyectan masivamente liquidez en el mercado, otorgan subsidios fiscales e improvisan costosos salvatajes a las instituciones financieras en bancarrota, intentando suavizar la recesión, sabiendo que de ese modo están construyendo una gigantesca bomba de tiempo inflacionaria y condenando al dólar a una declinación segura.
La palabra "colapso" fue apareciendo con creciente intensidad desde fines de 2007 en entrevistas y artículos periodísticos muchas veces combinadas con otras expresiones no menos terribles, en algunos casos adoptando su aspecto más popular (derrumbe, caída catastrófica...) y en otros su forma rigurosa, es decir como sucesión irreversible de graves deterioros sistémicos, como decadencia general.
Paul Craig Roberts (que fue en el pasado miembro del staff directivo del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y editor de Wall Street Journal) publicó el 20 de marzo de 2008 un texto titulado “El colapso de la potencia americana”, donde describe los rasgos decisivos de la declinación integral de los Estados Unidos[1]; el 27 de marzo The Economist titulaba “Esperando el armagedon” a un articulo referido a la marea irresistible de bancarrotas empresarias norteamericanas. El 14 de abril Financial Times publicaba un articulo de Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos donde señalaba que “la era unipolar, periodo sin precedentes de dominio estadounidense, ha terminado. Duro unas dos décadas, algo más de un instante en términos históricos”.[2]