Trabajo

Hacer en-contra y más allá del trabajo

Autor(es)

1. La revolución anti-capitalista es más urgente que nunca. Lo central en esto sería romper la dinámica de la cohesión social capitalista y la única manera de pensarlo es como un movimiento desde lo particular, como perforar de esa cohesión, como la creación de grietas en la trama de las relaciones sociales capitalistas. Espacios o momentos de negación-y-creación. Entonces, la revolución, será la creación, expansión, multiplicación y confluencia de estas grietas.[1] El trabajo abstracto tiene un papel central en este argumento ya que la cohesión social en el capitalismo está constituida por él y no por el dinero, y no por el valor, sino por la actividad que genera la forma valor y la forma dinero: el trabajo abstracto. Agrietar la cohesión social del capitalismo es confrontar la forma cohesiva del trabajo abstracto con un tipo de actividad diferente, una actividad que no cabe en el trabajo abstracto, que no está completamente contenida en él. Esto significa que hay que examinar la relación entre trabajo abstracto y trabajo concreto.

El caso subterráneos de Buenos Aires. Notas sobre el nuevo sindicalismo en la Argentina

Los combates que más importan –me dijo Megafón– nunca salen a la luz

 del mundo, ya que permanecen en el subsuelo de la Historia.

Leopoldo Marechal, Megafón o la guerra
 
El trabajo de los pobres es la mina de los ricos.
Karl Marx, El capital
 
A modo de introducción
 
La actual composición de la clase obrera argentina, producto de las transformaciones estructurales impuestas tras la ofensiva neoliberal, es heterogénea y está signada por la precarización laboral, la subocupación y sobreocupación masivas y un amplio margen de desempleados.[1] Es en este contexto que va a desarrollarse la experiencia antiburocrática del subterráneo, en una década en la que el protagonismo de la resistencia popular antineoliberal recae en sectores periféricos al movimiento obrero organizado.[2] Esto no es de extrañar, si tenemos en cuenta que la represión de la dictadura se concentró en esta clase (80% de los 30.000 detenidos-desaparecidos eran asalariados y el 30%, obreros industriales) y que las cúpulas sindicales fueron cómplices y parte de la ofensiva conservadora (el devenir empresario de los dirigentes sindicales no es más que una consecuencia de este proceso).[3] De allí que la reconstitución de experiencias combativas y antiburocráticas al interior del movimiento obrero aparezca, en los últimos años, como una novedad. Por más que retomen y recuperen el largo historial que cuenta en el haber de nuestra clase. 

El management en el cruce de la subjetividad y el trabajo

 

Para cualquier gerente, uno de los mayores desafíos siempre ha sido el de lograr que sus su­bordinados se identifiquen con la organización y consideren los éxitos de la empresa como propios.
 
J. Katzenbach, El orgullo, un activo estratégico
 
Partamos de una definición general, que podría ser fácilmente aceptada: las formas de gestión o management constituyen un conjunto de prácticas por las que el capital organiza la fuerza y el proceso de trabajo a los fines de la acumulación. Esta definición, que aborda el management como un cuerpo de saber acerca del trabajo y de dispositivos de poder sobre los sujetos que trabajan, nos habilita para tratar las formas de gestión en términos de lo que Michel Foucault considera dispositivos de saber y tecnologías de poder: conocimientos que se constituyen socialmente como cuerpos de verdad sobre determinados objetos (en este caso, el trabajo) y prácticas por la que ciertos individuos determinan la conducta de otros imponiéndoles finalidades (producir en condiciones capitalistas). El management puede ser visto, así, como conjunto de prescripciones heteroimpuestas sobre los individuos en situación de trabajo. En esta clave, por ejemplo, sería posible leer la denominada “teoría del control patronal” propuesta por H. Braverman (Braverman, 1974). Algunos autores evaluaron el trabajo de Braverman como un tratamiento parcial de la relación capital-trabajo y de los procesos de gestión en tanto no tenía en cuenta que las acciones de resistencia contra el capital inciden en aquélla (Smith, 1995). En esta línea, V. Smith apunta a consolidar la propuesta de Braverman poniendo sobre la mesa de discusión otros factores relevantes para el abordaje de dicha relación como, por ejemplo, la lucha de clases o el género. Pero podríamos extender a Smith los propios términos de su crítica: su recorte deja algo fuera también al no considerar que la relación capital-trabajo no afecta a los trabajadores sólo como clase o como género, es decir, formando parte de colectivos, sino también como individuos. En el día a día de su relación, el capital opera sobre el trabajador en tanto miembro de una clase y en tanto individuo particular; y el trabajador opera sobre él como individuo y, quizás también, como miembro de una clase. En el contexto de la relación capital-trabajo los sujetos se constituyen, entonces, no sólo en subjetividad colectiva (en la clase obrera, en las trabajadoras o los trabajadores), sino también en individuos, en subjetividades particulares. Desde mi punto de vista, comprender el impacto que tiene el trabajo en la conformación de la subjetividad implica tener en cuenta también ese proceso de constitución de una subjetividad particular. 

Trabajo y valor: trascender la dictadura del trabajo abstracto

Este trabajo hace una genealogía de los planteos que postulan la necesidad de estudiar el trabajo y, al mismo tiempo, trascender el trabajo abstracto. Estos trabajos parten de determinadas definiciones del trabajo abstracto y de los procesos de valorización que, ancladas en el Marx de El Capital o de los Grundisse, dialogan con los debates clásicos y recientes sobre el estallido de la ley del valor y la necesidad de la abolición del trabajo alienado. Se revisan los textos clásicos de Rubin y Shön Rethel, así como textos más recientes de Holloway, Negri y Postone, para dar cuenta de la importancia política del debate del trabajo abstracto en la coyuntura del capitalismo actual.

Trabajo y trabajadores. Los lugares sociales desde los cuales el trabajo resiste al capital

La vivificante trayectoria de los movimientos sociales en América Latina y Argentina sacó de su letargo las interpretaciones sobre las fuerzas sociales que motorizan el cambio social y abrió una de las discusiones más atrayentes acerca de los sujetos emergentes y en disputa en nuestra región. Mujeres, campesinos, poblaciones originarias y rurales, desocupados entre otros, por su relevancia en el espacio público parecieron postularse como referencia clara y a la vez unívoca, de las resistencias múltiples que se asocian a la complejidad de lo social y que enfrentan, a su modo, la deriva del capital. A la vez, conveniente y convincentemente, los trabajadores amansados por la desocupación, la precarización, la puesta en práctica de novedosos dispositivos y mecanismos disciplinarios, cuando no por las mismas organizaciones sindicales que los aglutinan, fueron relegados del campo de reflexión sobre lo que está en movimiento y cuestiona el orden social. O, alternativamente, fueron revitalizados en aquello que saben hacer, esto es combatir por la continuidad y defensa de las condiciones laborales perdidas, puntal que legitima un estado de integración por vía del empleo asegurado. 

Quino y Marx: trabajo, dignidad y rabia

 
 
 
 
 
 
 
Salvador Lavado, más conocido como Quino, ocho años antes de crear su personaje Mafalda, publicó en la revista Dibujantes núm. 15, de julio/agosto de 1955 la tira de dibujos de asombrosa actualidad con la que abrimos este artículo.
En el primer cuadro nuestro hombre tiene traje de presidiario, está encadenado a un enorme grillo, hay un policía armado con fusil que lo controla y la piedra que martilla es enorme. En el último, se ha transformado en un obrero corriente, con el mameluco azul de aquellos años, está libre, ya no tiene puesto ni el grillo ni aparece el agente penitenciario, la piedra es ahora más reducida, su rostro de tristeza y enojo es el mismo que tenía en prisión, y el autor le ha agregado sordos insultos. La expresión de esplendorosa alegría que lo hacía ingenuamente feliz al dejar la cárcel y regresar a la libertad ya no existe, tampoco la actitud decidida del tercer cuadro cuando se dirige a las instituciones del empleo. Trabajando ha vuelto a sentir sufrimiento, dolor, y angustia. Está nuevamente dominado, ahora sin cadenas de hierro y sin guardia armado. 

‘Movimientos Esperanza’. Cavilaciones sobre trabajo, autonomía, Bloch y lo realmente posible

 

“Hay mucho todavía no concluso en el mundo”.[1]
 
I
 
Las prácticas autónomas colectivas, de larga y rica historia en la región latinoamericana, han cobrado nueva vida de la mano de los movimientos rurales y urbanos. Invocando variados significados, la autonomía describe diversos procesos de auto-determinación, auto-organización y/o autogobierno, independientemente de las instituciones, el estado y/o el mercado. En sus versiones más radicalizadas, las prácticas autónomas son presentadas como generadoras de relaciones sociales alternativas a las capitalistas.

Trabajo decente versus trabajo digno: acerca de una nueva concepción del trabajo

Hablar hoy de trabajo no implica necesariamente preguntarnos acerca de su existencia y continuidad. Atrás parecen haber quedado las tesis acerca del fin del trabajo. En el nuevo rumbo del debate se habla de cómo debería ser hoy el trabajo. En ese marco, en 1999 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) resurgió de sus propias cenizas trayendo una nueva noción: el trabajo decente. La labor de la OIT se unificó detrás de cuatro objetivos estratégicos: derechos en el trabajo, empleo, protección social, perseguido todo por medio del diálogo social. Estos dieron el contenido sustantivo al Programa de Trabajo Decente a partir de 2008.

 
Por otra parte, desde otras latitudes pero también en los años noventa (del siglo pasado), surgió otra noción de trabajo: el trabajo digno. Impulsado desde algunos movimientos sociales latinoamericanos, este concepto se centra en una comprensión de la actividad laborativa humana como no-mercantil y no-individual, sino basada en el bienestar de la comunidad. La noción de dignidad aparece aquí como disruptiva y anticapitalista. El empleo (igual a salario) no es lo relevante, sino la forma de organización que se da el colectivo, orientada hacia el interés general.

Un recorrido observando trabajos

Este artículo no es más que un camino de observación por distintas realidades de trabajo. Son tres momentos, separados o no en el tiempo, no importa demasiado, donde me detuve a mirar a la gente trabajar. Sin interferir en su cotidianeidad, sin preguntar más allá de una posible interacción circunstancial con quienes estaban trabajando, sin mi máscara de investigador prejuicioso, mi mirada trató de desgajar tareas, analizar actitudes, relevar interacciones, recorrer espacios y tiempos de otros y, en definitiva, desacralizar la teoría como marco previo a cualquier estudio que hagamos sobre el trabajo. Si, la teoría luego se cuela en algunos aspectos del artículo es solamente con posterioridad a la mirada y únicamente para reafirmar el hecho, no para fundarlo previamente. Iba a ser difícil percibir muchos aspectos que solamente preguntando podían ser detectados, pero esta era mi metodología (solo observar) y debía atenerme a ella, un simple voyeur de la vida cotidiana.

El artículo es entonces eso, la transcripción de mi observación desde afuera de tres casos diferentes: un comercio de venta de ropa femenina, un bar tradicional de Buenos Aires y una obra en construcción. Es sólo una parte de múltiples observaciones, encaradas hace unos años, sobre distintos trabajos, y la selección actual sólo obedece a un capricho intelectual: tratar de mostrar las diferencias y similitudes entre trabajos, espacios, tiempos, trabajadores, en tres actividades cotidianas por las que pasamos todos los días, con las que a veces interactuamos y que constituyen también parte de nuestras necesidades y consumos. 

Contra el trabajo

Por el modo casi omnipresente de instalarse en la vida cotidiana, en los proyectos, las preocupaciones y hasta en los sueños de buena parte de la sociedad, el trabajo, en sus distintos y variados aspectos, se ha convertido, notoriamente, en uno de los temas de mayor interés entre nosotros. Se habla pródigamente de la carencia de trabajo, de la necesidad de trabajo, del exceso de trabajo, del precio del trabajo, de la relación entre el capital y el trabajo, e incluso del vínculo entre el trabajo y la seguridad. Es escaso, en cambio, el tratamiento de la valoración del trabajo.

Hacia los años tempranos del siglo XIX, en la obra de Hegel, y luego a mediados de ese mismo siglo en la de Marx, encontramos la defensa de una vieja tesis según la cual en el trabajo está encerrada la esencia del hombre. Esa tesis, potentemente arraigada en la cultura de la civilización, conduce a suponer que el hombre que no trabaja apenas merecería ser considerado un hombre. Podría decirse, siguiendo ese pensamiento, que un hombre que carece de trabajo es un hombre en sentido biológico, pero no un hombre en un sentido estricto, es decir, en el sentido antropológico. Si la tesis es correcta, habría que admitir que la excensión del trabajo comporta una mutilación, una especie de minusvalía, un defecto. Y dadas las condiciones actuales de la existencia del hombre, en virtud de las cuales el fenómeno de carencia del trabajo es ostensiblemente comprobable, se debería concluir que una importante porción de la humanidad actual padece tal mutilación. Así es como la sociedad considera, explícitamente o de forma encubierta, a aquellos que, por una u otra razón, han dejado de trabajar o no trabajan, ni trabajaron, ni trabajarán: los desocupados, los ancianos, los vagabundos, los discapacitados, los locos; pareciera que ellos son algo así como pseudohumanos. 
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