Agradezco a mi hija Ana Logiudice su orientación en la lectura de Foucault.
La precondición para pensar políticamente a escala global es reconocer la integralidad del sufrimiento innecesario que se vive. Éste es el punto de partida.
1. Al principio, el final: “Hubo un día en que nos dimos cuenta de que la hegemonía menemista no había terminado”
La bréche: El desastre que caracteriza el fin de la administración republicana de G. W. Bush relanza la discusión sobre el estatus de "hiperpotencia" de los Estados Unidos o de su declinación ¿puedes poner en perspectiva este debate?
Gilbert Achcar: La noción de hiperpotencia, atribuida a Hubert Védrine, antiguo Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno francés de Lionel Jospin (1997-2002), describe la imagen con la que aparecían los Estados Unidos después de la primer Guerra de Irak de 1990-91. Esta noción, que hizo escuela, remite a la del surgimiento de un "mundo unipolar" con la parálisis creciente de la Unión Soviética y su posterior desaparición ?o más bien de un "momento unipolar" según la expresión más prudente el editorialista norteamericano neoconservador Charles Krauthammer. El año 1991 es un año bisagra, un año cargado de símbolos que están ligados a reales mutaciones: no solamente el hundimiento de la URSS sino también la primera guerra del Golfo, una guerra decisiva en la configuración de lo que será la post Guerra Fría.
Con la noción de "Estado integral" Gramsci toca quizás el punto más alto de su genio teórico. ¿Pero esta noción podría ser, al mismo tiempo, la más incierta y aún contradictoria? Cierta imprecisión, particularmente en torno al concepto de sociedad civil ("fluctuante", según Stuart Hall) se mantiene en él, pero sobre todo en sus intérpretes; y más aún, en el uso que actualmente se hace de la expresión. No se equivocaron Simone Chambers y Jefrey Kopstein al sostener, observando sobre todo nuestro presente, que puede haber una bad civil society: lo subraya un estudioso de la Universidad brasileña de Campinas, Álvaro Bianchi[1].
Hacer época no es intervenir pasivamente en la cronología, es interrumpir el momento.
Walter Benjamin
Un proyecto emancipatorio puede ser definido de múltiples modos: por el sujeto social que interpela, por su concepción de transformación, por el futuro que proyecta, entre otras cosas. Todos estos elementos constituyen lo que podría denominarse una narrativa. Esta supone un modo de ordenar el mundo que se pretende transformar y una distribución de lugares y roles en dicha tarea. En tal sentido, construye un sujeto[1] a partir de las potencialidades específicas de una fuerza social que es considerada capaz de subvertir la totalidad, postulando una relación determinada entre el sujeto y el todo, otorgando de este modo mayor o menor relevancia política a diferentes actores sociales.
Mayo de 2008
En la Argentina, el enfrentamiento entre el gobierno de Cristina Kirchner y los productores agropecuarios representados por la Federación Agraria Argentina (FAA), Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), CONINAGRO y la Sociedad Rural Argentina (SRA), ha provocado una crisis política, que mereció y merece distintas interpretaciones.
Introducción
En la provincia de Misiones, así como en el resto de las provincias del nordeste argentino, asistimos en la primera mitad de los años setenta a la aparición de un movimiento agrario de pequeños y medianos productores que comenzaron a movilizarse en defensa de lo que ellos consideraban sus derechos, en el contexto de un capitalismo argentino en transformación hacia lo que luego se identificó como "política de apertura económica", que implicaba, entre otras cosas, una profundización de la crisis en las economías regionales que recaía sobre la clase obrera pero también sobre los estratos más bajos de la burguesía agraria e industrial. El Movimiento Agrario Misionero, tal el nombre del movimiento principal que emerge en 1971, se constituye en el referente provincial de lo que fueron las Ligas Agrarias del Nordeste[1], que constituyeron, sin lugar a dudas, la máxima expresión de la lucha social en el ámbito rural en esa década en la cual parecía estar muy cerca el camino definitivo hacia la revolución social. Además de las diferencias y particularidades estructurales de la economía misionera en relación con las otras provincias del nordeste, el MAM constituyó el único movimiento agrario regional que aún hoy persiste como tal, siendo además por aquellos años el único integrante de las Ligas Agrarias que tuviera a su vez desprendimientos que dieran lugar a la creación de otros movimientos agrarios dentro del ámbito de una misma provincia.
Buenos Aires, Siglo XXI Editora Iberoamericana, 2007, 397 páginas.
Desde fines del siglo XIX y hasta la llegada del peronismo al poder, el movimiento obrero argentino fue protagonista de luchas trascendentales. En aquellos años, este sector se retroalimentó de diversas corrientes políticas que moldearon su ideología e influyeron en su grado de radicalización. Dentro de ese bagaje de ideas que aportaron el anarquismo, el socialismo y el sindicalismo, están también las que animó el comunismo en la primera mitad del siglo XX. Teniendo presente tal contexto histórico, el historiador Hernán Camarero se propone responder básicamente dos preguntas: ¿cuándo y por qué el Partido Comunista de la Argentina (en adelante, PCA) se convirtió en una corriente con peso en el movimiento obrero local? ¿Cómo logró esa inserción? El autor se aboca al estudio del PCA entre 1920 y 1935 y su inserción en la clase obrera, particularmente en el naciente proletariado industrial. El eje de la investigación se coloca en el denominado mundo del trabajo y, en este caso, busca analizar por un lado, la influencia comunista en las luchas obreras por mejoras materiales y en la construcción de herramientas sindicales y, por otro lado, el rol del PCA en la denominada cultura obrera, es decir, aquellas construcciones que si bien parten de lo político, apuntan a la instrucción, la recreación y la sociabilidad de los trabajadores.