Diez años parece un tiempo razonable para poder reflexionar los hechos históricos con una mínima perspectiva. Desde este punto de vista, estrictamente temporal, los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 que, en realidad, son el emergente mayor de un ciclo de luchas que podemos fechar entre 1997 y 2002, o sea, entre los primeros cortes de rutas en el Gran Buenos Aires y los asesinatos del puente Pueyrredón, pueden ser analizados con la distancia que permite sacar algunas conclusiones sobre su impronta en la historia reciente, tanto en el movimiento popular como en los diversos arribas, los estatales, los partidarios y los vinculados al capital.
Con la guerra del agua de abril de 2000, los pobres de la ciudad y del campo de Cochabamba consiguieron expulsar a la multinacional que pretendía adueñarse del más elemental bien común. Entre 2003 y 2005 los pobres de todo el país acabaron con el modelo neoliberal. La gestión comunitaria del agua es ahora el desafío pendiente.
Aquel que crea falsas leyendas revolucionarias para el pueblo, aquel que le divierte con historias cautivadoras es tan criminal como el geógrafo que traza mapas falaces para los navegantes.
H.P.O. Lissagaray (Historia de la Comuna)
¿Cuál es la diferencia entre saber y no saber?
Dicho de otro modo: puesto que saber y no saber son opciones humanas, políticas, ¿qué impulsos encarnan?, ¿qué rumbos esbozan?
Hay una idea que podría resumirse con la “parábola del niño perdido” y que quisiera desarrollar muy brevemente: un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando; perdido en la noche, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa canción es “como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos”[1]. La canción le permite saltar del caos a un principio de orden.
¿Quién de nosotros no ha experimentado algo similar en su vida afectiva? La necesidad de certeza, ante la sombra de la muerte que derrama el desamor, de que un día, aún lejano, el amor renacerá. ¿Y en la vida política? La necesidad de encontrar un punto de apoyo cuando todas nuestras certezas se desmoronan, en particular desde 1989: la certeza en la inevitabilidad de la revolución; la certeza de que podremos vencer a las elites y construir un mundo mejor, sin humillaciones, sin hambre, sin injusticias; la certeza de que la humanidad progresa hacia un mañana mejor y que el mundo no desaparecerá por la codicia de los menos... ¿Cuántas incertidumbres intentamos disolver repitiendo lo ya conocido, haciendo como que ignoramos que esos caminos no son sino atajos inconducentes?