Para cualquier gerente, uno de los mayores desafíos siempre ha sido el de lograr que sus subordinados se identifiquen con la organización y consideren los éxitos de la empresa como propios.
J. Katzenbach, El orgullo, un activo estratégico
Partamos de una definición general, que podría ser fácilmente aceptada: las formas de gestión o management constituyen un conjunto de prácticas por las que el capital organiza la fuerza y el proceso de trabajo a los fines de la acumulación. Esta definición, que aborda el management como un cuerpo de saber acerca del trabajo y de dispositivos de poder sobre los sujetos que trabajan, nos habilita para tratar las formas de gestión en términos de lo que Michel Foucault considera dispositivos de saber y tecnologías de poder: conocimientos que se constituyen socialmente como cuerpos de verdad sobre determinados objetos (en este caso, el trabajo) y prácticas por la que ciertos individuos determinan la conducta de otros imponiéndoles finalidades (producir en condiciones capitalistas). El management puede ser visto, así, como conjunto de prescripciones heteroimpuestas sobre los individuos en situación de trabajo. En esta clave, por ejemplo, sería posible leer la denominada “teoría del control patronal” propuesta por H. Braverman (Braverman, 1974). Algunos autores evaluaron el trabajo de Braverman como un tratamiento parcial de la relación capital-trabajo y de los procesos de gestión en tanto no tenía en cuenta que las acciones de resistencia contra el capital inciden en aquélla (Smith, 1995). En esta línea, V. Smith apunta a consolidar la propuesta de Braverman poniendo sobre la mesa de discusión otros factores relevantes para el abordaje de dicha relación como, por ejemplo, la lucha de clases o el género. Pero podríamos extender a Smith los propios términos de su crítica: su recorte deja algo fuera también al no considerar que la relación capital-trabajo no afecta a los trabajadores sólo como clase o como género, es decir, formando parte de colectivos, sino también como individuos. En el día a día de su relación, el capital opera sobre el trabajador en tanto miembro de una clase y en tanto individuo particular; y el trabajador opera sobre él como individuo y, quizás también, como miembro de una clase. En el contexto de la relación capital-trabajo los sujetos se constituyen, entonces, no sólo en subjetividad colectiva (en la clase obrera, en las trabajadoras o los trabajadores), sino también en individuos, en subjetividades particulares. Desde mi punto de vista, comprender el impacto que tiene el trabajo en la conformación de la subjetividad implica tener en cuenta también ese proceso de constitución de una subjetividad particular.