Verdú, María del Cármen

María del Carmen Verdú nació en Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires. Estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires y se recibió de abogada en 1983. Desde 1977 trabajó como maestra de inglés y francés. En 1984 comenzó el ejercicio independiente de la abogacía y se especializó en derecho civil (daños y perjuicios) y penal. A poco de egresada de la universidad, formó, con un pequeño grupo de compañeros, la “Asociación Amuayu por los derechos humanos” (Los que van, en mapuche). La cotidiana represión policial, encarnada en los fusilamientos de gatillo fácil; la aplicación sistemática de torturas y la muerte de personas en cárceles y comisarías y las detenciones arbitrarias pronto ocuparon el primer lugar en la atención de la minúscula organización, que comenzó a vincularse con víctimas y familiares de víctimas de ese tipo de hechos, brindando el patrocinio jurídico y promoviendo su organización para encarar colectivamente la denuncia antirrepresiva. En mayo de 1992, fracasados los intentos por incorporar a la agenda de los organismos de derechos humanos tradicionales la represión en democracia, Verdú, con algunos militantes de aquel grupo inicial, y otros, acercados a partir de la visibilidad del caso Bulacio, constituyó la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). Ha participado de encuentros, congresos y seminarios internacionales, y es requerida, con frecuencia, en mesas de debate y diversas actividades antirrepresivas en colegios, universidades y otros ámbitos de todo el país.

Represión en democracia. De la "primavera alfonsinista" al "gobierno de los derechos humanos". Prefacio de María del Carmen Verdú

La idea de escribir este libro nació hace casi 18 años, a partir de un graffiti en la pared de una comisaría. Era el 3 de mayo de 1991, el día que los padres de Walter Bulacio se presentaron como querellantes en la causa penal, con mi patrocinio y el de Daniel Stragá. De pie, en la mesa de entradas del juzgado de menores nº 9, fuimos pasando las hojas del incipiente expediente. No era la primera vez que tomábamos intervención en una causa penal en la que se investigaba la muerte de un chico a manos de la policía. Aunque no era una situación novedosa, ni había manera de presentir entonces cuánto iba a influir el caso Bulacio en la lucha antirrepresiva, de pronto una imagen me llamó la atención. Prolijamente, como estilan los juzgados, estaban pegadas en varias fojas las fotografías del lugar del hecho: la comisaría 35ª de la policía federal. Una de esas fotos mostraba la pared del calabozo donde Walter y otros diez chicos habían pasado la noche. Con rasgos casi infantiles -ninguno tenía más de 17 años- uno de ellos había escrito, raspando la pared, los once nombres: Jorge, Walter, Kiko, Erik, Leo, Nico, Nazareno, Betu y Héctor. Abajo, decía, simplemente: CAIMOS POR ESTAR PARADOS. Y una fecha: 19/4/91.

 
Era claro lo que el pibe quiso escribir: nos detuvieron sin motivo, no estábamos haciendo nada, sólo estábamos parados esperando el recital. Pero, aunque la idea seguramente no pasó en forma consciente por la cabeza del graffitero, para mí el mensaje fue otro, igual de claro. Caímos por estar parados, por no hacer nada, por estar inmóviles. La simple protesta de un pibe porque lo llevaron preso, estaba advirtiendo que la pasividad y el conformismo son presupuesto de la sumisión y de la derrota. Pensé entonces que era una frase que merecía un libro, y aquí, con algo de demora, lo estoy cumpliendo.
 
Fue necesario que pasaran todos estos años, porque este libro no es producto de la meditación individual, sino que se fue construyendo a partir del aprendizaje cotidiano en la cara misma de la realidad, en el marco de una organización. Ninguna de las ideas que aquí se exponen nació sólo del estudio y la reflexión teórica, ambos recaudos imprescindibles, pero no suficientes. Sin la experiencia de la militancia cotidiana contra las manifestaciones concretas de la represión estatal, no tendría nada digno de ser contado. Ninguna de estas ideas es “mía”, sino que las fui comprendiendo gracias a la discusión y el debate con mis compañeros, siempre articulados con el análisis de la realidad.

De la Doctrina de la Seguridad Nacional a la doctrina de la Seguridad Ciudadana: la inseguridad del régimen

 El ghetto a la inversa

En las recientes campañas electorales argentinas, como viene sucediendo hace ya varios años, la cuestión popularizada bajo el nombre de “problema de la inseguridad” ha ocupado un lugar preponderante en el discurso de los candidatos y en su abundante producción propagandística.
Un ejemplo claro de la forma en que se plantea a la ciudadanía ese “problema” (insistiremos en el uso de comillas) es un spot de un candidato a presidente en las elecciones primarias, que llamaba a votar por un “cambio seguro”, después de mostrar la siguiente escena: de noche, un matrimonio joven que está en el comedor de su casa escucha desgarradores gritos de alguien que en la calle pide ayuda. La reacción espontánea del marido es abrir la puerta y ver si puede ayudar, pero la mujer, en un tono que comienza alarmado y sube en un crescendo de histeria total, se lo impide. “Es una trampa”, le dice. “Hacen así para que abras, y ahí te agarran…”. Conclusión: mientras siguen los pedidos de auxilio, la pareja se queda encerrada en casa, aterrorizada por la inseguridad. 
Distribuir contenido