Vedda, Miguel

Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Es profesor titular de Literatura Alemana en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), investigador del Conicet y coordinador de la cátedra libre “Teoría crítica y marxismo occidental” (FFyL, UBA). Algunas publicaciones recientes: La irrealidad de la desesperación. Estudios sobre Siegfried Kracauer y Walter Benjamin (2011), György Lukács: años de peregrinaje filosófico (con M. Duayer, 2013), Walter Benjamin en la ex ESMA. Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la memoria (con A. Kaufman y E. Jozami, 2013), Placeres de la melancolía. Reflexiones sobre literatura y tristeza (con M. Ciordia, 2014). Ha editado obras de Storm, Heine, Kracauer y Lukács, entre otros. Es coeditor del Anuario Argentino de Germanística y del Ibero-amerikanisches Jahrbuch für Germanistik. Es miembro del Consejo de Redacción de Herramienta, de la Internationale Georg-Lukács-Gesellschaft y del NIEP-Marx (Núcleo Interdisciplinar de Estudos e Pesquisas sobre Marx e o Marxismo).

Esplendores y miserias de los intelectuales críticos

Autor(es)

 

 

Orígenes y fisonomía del intelectual crítico

 

Se señaló muchas veces que, en el curso de las últimas décadas, la crítica abandonó sus ámbitos tradicionales de circulación para refugiarse en las universidades. Con razón escribió Terry Eagleton (1984: 7) que “la crítica carece hoy de toda función social sustantiva. Es parte de la rama de relaciones públicas de la industria literaria o una cuestión totalmente interna a las academias”.1 Cabe añadir que la academización de la crítica a la que aquí se alude es correlativa del desvanecimiento de un modelo: el del intelectual crítico. Imposible discutir aquí en profundidad todo el complejo de cuestiones; estas notas aspiran solo a presentar algunas reflexiones en torno al problema.

György Lukács: Años de peregrinaje filosófico

  
 
 
Mario Duayer y Miguel Vedda (Compiladores)
 
Ediciones Herramienta, Buenos Aires, Argentina | septiembre de 2013 | 240 páginas | ISBN: 978-987-1505-39-5    
 
 
Presentación de los compiladores
 
Ajena a todo servilismo dogmático, la obra de György Lukács se define por un espíritu exploratorio en el que podríamos legítimamente reconocer una de las múltiples afinidades que presenta con el pensamiento de Marx. Con el gran proyecto novelístico maduro de Goethe –Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister– se encuentra también vinculado Lukács por el convencimiento en que la realidad necesita ser continuamente reexaminada y recorrida: convertida en objeto, a la vez, de un aprendizaje y un viaje, ya que ella, aunque de manera intrincada, es siempre más rica que cualquier elucubración pergeñada acerca de ella. En ¿Marxismo o proudhonismo en la historia de la literatura? (1940) señaló Lukács, a propósito de Goethe y Hegel, que ambos poseían
 
una insaciable hambre de realidad; ambos quieren asimilar y concebir la entera realidad, tal como es; quieren aprender ininterrumpidamente de la realidad; están hondamente convencidos de que la razón oculta en el movimiento del mundo externo está por encima del pensamiento individual incluso de las personalidades más geniales. Así consiguieron concebir el movimiento concreto de las contradicciones como contenido unitario de la naturaleza, la historia y el pensamiento.[1]
 

Notas sobre la actualidad de Lukács

Autor(es)

La sola idea de considerar a un filósofo como Lukács encierra ya de por sí una provocación y un riesgo; no tanto porque pertenezca, como suele decirse, a la vasta sociedad de los pensadores olvidados y “superados” por las vicisitudes históricas y los cambios en las modas filosóficas –la continua y profusa aparición de libros y artículos sobre su obra basta para relativizar este mito; y ello a pesar de que cada nuevo estudio se inicie con una advertencia respecto de la “inactualidad” del tema escogido–. El principal escollo que uno encuentra al enfrentarse con la teoría lukácsiana es, quizás, la densa maraña de malentendidos[1] tejidos en torno a la obra y la persona del filósofo; un testimonio de ello lo ofrecen las incontables tentativas de vincular sus teorías con las de un marxismo economicista para el cual la conciencia constituye tan sólo la tabula rasa en la que se inscriben los datos provistos por la realidad externa. Esta acusación ha ido acompañada de otra no menos errónea, según la cual la estética lukácsiana representaría un intento por restringir la literatura y el arte a la función de reproducciones “fotográficas” de la realidad externa. En uno y otro caso se atribuyen al filósofo justamente aquellas afirmaciones que, durante años, esgrimió en su contra el marxismo dogmático, ante todo el de la Unión Soviética. Dicho en otros términos: se vincula a Lukács, por un lado, con aquella teoría del conocimiento objetivista y, por ende, adialéctica que, desde Táctica y ética [2] hasta la Ontología,[3] ha procurado demoler; por otro, con un realismo obstinado en reducir la función de la subjetividad y en convertir la obra artística en imperfecto sucedáneo del conocimiento científico. Incluso un lector ocasional de los textos de Lukács puede recordar que la hostilidad del autor de Balzac y el realismo francés frente a la estética naturalista se relaciona, precisamente, con el empeño de ésta en liquidar la subjetividad y supeditar la creación imaginativa bajo el análisis científico. La defensa de la configuración (Gestaltung) literaria frente al reportaje y ante ciertas aplicaciones de la técnica de montaje revela una similar oposición frente al objetivismo; pero esta tendencia, que se advierte tan bien en los escritos menores, resulta todavía más ostensible en las obras más importantes: cabe recordar que, entre los principios fundamentales de la Estética,[4] se encuentra la convicción de que sólo en la creación artística es plenamente válida la tesis de que no hay objeto sin sujeto. El pensador que, desde la Filosofía del arte (1912-1914)[5] hasta la Estética [6]de vejez, no ha dejado de afirmar que el objeto de la actividad estética es la creación de un mundo bajo la especie de sujeto, consideraba que en esta aptitud para emancipar al sujeto de los límites impuestos por la experiencia cotidiana reside, acaso, la función utópica primodial del arte dentro de un mundo cosificado.
La inconsistencia de las imputaciones es tan manifiesta que acaso sea superfluo seguir acumulando contraargumentos; más interesante es interrogarse por las causas que motivaron semejante disociación entre el Lukács falsificado por los críticos y el verdadero. Los lectores de los artículos que integran Goethe y su época [7]recordarán, seguramente, la vehemencia con que, en ellos, se insiste en la necesidad de explorar y revelar el contenido ideológico de las leyendas históricas construidas por los críticos. El “caso” Lukács ofrece un material apropiado para este género de exploración, sobre todo en la medida en que un análisis atento de las tentativas de falseamiento permite entrever que, en la locura, ha habido un cierto método. Hace ya varias décadas advirtió Fredric Jameson que, para los lectores occidentales, una cierta idea de Lukács ha parecido, a menudo, más interesante que la realidad: “Es como si, en algún mundo de formas platónicas y arquetipos metodológicos, se encontrara vacante, para el crítico literario marxista, un lugar que (después de Plejanov), sólo Lukács ha tratado de ocupar seriamente”.[8] Tal vez sea oportuno conceder a esta afirmación un sentido más concreto y diverso del que le asignó Jameson, entendiendo por ella que buena parte de la crítica occidental ha querido encontrar en el filósofo húngaro al chivo expiatorio para sus propias estrategias estéticas e ideológicas. Un enfrentamiento directo con los críticos del estalinismo poco hubiese hecho, seguramente, para promover la grandeur de los críticos europeos y norteamericanos; una maniobra más conveniente fue la de poner en boca de Lukács toda una serie de afirmaciones que proceden, en realidad, del arsenal de filosofemas y declaraciones propios de los pensadores y poetas laureados por el Diamat.

Crisis y crítica. Notas sobre la actualidad de Walter Benjamin

Autor(es)

 

El ensayista francés Jean-Michel Palmier abre la introducción a su reciente y voluminoso libro sobre Walter Benjamin destacando lo que él considera una evidencia indiscutible, a saber: la considerable actualidad del filósofo alemán, que ha hecho de él un punto de referencia ineludible para cantidad de reflexiones y debates en el curso de las últimas décadas. Ninguna otra obra, dice Palmier, pudo ejercer “una influencia tan intensa sobre la reflexión estética […]. En cuanto a la crítica de las ideologías del progreso histórico, o al desarrollo de un pensamiento que coloca una perspectiva apocalíptica junto a la esperanza revolucionaria en el instante presente, puede decirse que ambos elementos conforman el verdadero núcleo de su filosofía de la historia”.[1] A estos aportes sustanciales se suma la fascinación de un estilo que, según las sugestivas palabras de Adorno, coloca al lector en la situación de “un niño que, a través de la hendidura de la puerta cerrada, avizora la luz del árbol de Navidad”.[2] Pero el reconocimiento de la densidad de pensamiento y de la maestría estética –que en sí constituyen méritos indiscutibles de Benjamin– no debería ocultar otro aspecto de su vida y su obra: el compromiso con la emancipación humana, que está en la base de su ideal de redención. Teniendo siempre en vista ese ideal formuló Benjamin su propia imagen del intelectual, a la que trató afanosamente de adecuarse; se sabe que, sobre todo desde finales de la década de 1920, su obra se encuentra atravesada por las “reflexiones sobre la posición social, la importancia y la tarea del intelectual”.[3] Le interesaba entonces encontrar respuesta a las preguntas por “dónde se sitúa el intelectual, qué papel e importancia le caben en la sociedad, qué tareas tiene que buscar para sí mismo”.[4]

Da miséria ideológica à crise do capital. Uma reconciliaçao histórica, de Maria Orlanda Pinassi

Autor(es)

San Pablo, Boitempo, 2009
 
En el curso de sus investigaciones sobre la estética de Marx desarrolladas, sobre todo, en Moscú durante la década de 1930, Míjail Lifschits y György Lukács arribaron a la tesis de que las ideas estéticas de Marx no son un mero agregado insustancial, sino antes bien piezas esenciales de su filosofía revolucionaria. Tal como indicará mucho más tarde Lukács –concretamente: en una entrevista ofrecida en 1967–, en la literatura aprendió Marx “a comprender los conflictos en la historia y los períodos de transición, no solamente como la suma total de las jugadas de ajedrez individuales, sino a ver la forma en la que estaban conectadas, es decir, a verlas en su propio contexto”.[1]

«La fotografía y otros ensayos. El ornamento de la masa», de Siegfried Kracauer

Autor(es)

La fotografía y otros ensayos. El ornamento de la masa
Siegfried Kracauer
Traducción de Laura S. Carugati
Prólogo de Christian Ferrer
Posfacio de Karsten Witte
Barcelona, Gedisa, 2008, 140 págs.
 

Franz Kafka, soñador insumiso Michael Löwy

Autor(es)

Traducción de Eliane Cazenave Tapie y Adrien Pallaumail

México, Taurus, 2007, 151 páginas.

El propósito de este libro de Löwy es indagar un aspecto novedoso y polémico de la obra de Kafka: la presencia de una insumisión radical, de una aversión hacia toda forma de autoritarismo, que como un hilo rojo atraviesa toda la escritura literaria y personal del escritor checo y que encuentra su expresión más sustancial en los tres fragmentos novelísticos.

Ernst Bloch: Tendencias y latencias de un pensamiento. Presentación

Autor(es)

Defendido, cuestionado o menoscabado, Ernst Bloch se encuentra entre los pensadores más originales y provocadores de la tradición marxista occidental. Sus propuestas en los campos de la estética, la epistemología, la historia de la filosofía o la teología constituyen genuinos aportes al marxismo; ante todo, si pensamos en la inocultable relevancia que para este poseen –por ejemplo– las consideraciones blochianas sobre la génesis del fascismo, las teorías acerca de la asincronía y la sobrecompensación, las críticas a la metapsicología freudiana o la íntegra reflexión en torno a la dimensión de lo todavía no consciente y lo todavía no devenido. Agudo intérprete de Aristóteles y Giordano Bruno, de Jakob Böhme y de Hegel, Bloch ha logrado también construir una fundamentación teórica del expresionismo, una filosofía de la música que ejerció una fructífera influencia sobre Adorno, y un concepto de realismo abierto que se contrapone con las visiones reduccionistas y dogmáticas sostenidas por los impulsores del “realismo socialista”. Al mismo tiempo, Bloch ha creado un estilo inconfundible, minucioso e intrincado, que ha hecho de él uno de los grandes prosistas alemanes del siglo XX. Refiriéndose a su lectura juvenil de Espíritu de la utopía –la opera prima blochiana–, ha escrito Adorno:

Tuve –con la nebulosidad con que percibe un joven de diecisiete años tales fenómenos– el sentimiento de que aquí la filosofía se había sustraído a la maldición de lo oficial. También intuí dónde se había refugiado: en una interioridad que no persiste en sí misma y se postula como intimidad idílica, sino través de la cual la mano pensante conduce hacia una plenitud de contenido que no proporcionan ni la vida externa –que, de acuerdo con la teoría de Bloch, es siempre menos de lo que podría ser–, ni la filosofía tradicional, que, como intentio obliqua, retrocede precisamente ante el contenido que el adepto espera para sí. Era una filosofía que no tenía por qué avergonzarse de la literatura avanzada; que no se amoldaba a la abominable resignación del método.[i]

A partir de esta reluctancia a amoldarse a lo fijo y –para retomar la expresión adorniana– a la maldición de lo oficial se explica, en buena medida, el interés que despertó la filosofía de Bloch sobre autores tan variados como György Lukács y Walter Benjamin, Theodor Adorno y Siegfried Kracauer; también el ascendiente que ejerció sobre Rudi Dutschke, Martin Walser, Hans Mayer o Fredric Jameson.

Compuestos por investigadores europeos y latinoamericanos, los artículos incluidos en este volumen abarcan múltiples aspectos del pensamiento blochiano; el de Michael Löwy destaca las afinidades que Espíritu de la utopía, Thomas Münzer o El principio esperanza presentan, tanto con ciertas expresiones heréticas del mesianismo judío, cuanto con la tradición romántica alemana; dentro de esta última, se detiene a indagar la presencia, en Bloch, de una concepción cualitativa de la naturaleza, consonante con la sostenida, entre otros, por Goethe y Schelling, por Baader y Molitor. Hans Heinz Holz subraya la peculiaridad y originalidad de la filosofía de Bloch, pero refutando, al mismo tiempo, a quienes afirman la esencial incompatibilidad entre dicha filosofía y el materialismo histórico; correspondiente a un período de transición –a un “umbral de época”–, Bloch ha desarrollado aportes sustantivos de los que no puede –ni debe– ya desprenderse el marxismo. Siguiendo líneas, en parte, coincidentes con las de Löwy, Oskar Negt rastrea en Bloch fundamentos para un pensamiento ecologista que postule la necesidad de una alianza con la naturaleza, y que renuncie a asumir, frente a esta, la “perspectiva del domador”; la consolidación de una ética de la responsabilidad debe, a la vez, sustentarse en la salvaguardia de la dignidad humana y en el empeño en subvertir –como decía Marx y repetía Bloch– todas las circunstancias en que el hombre es un ser humillado, esclavizado, abandonado, despreciable. Carlos Eduardo Jordão Machado despliega, a partir de un análisis de Erbschaft dieser Zeit [Herencia de esta época], pero también de remisiones a la influencia de Siegfried Kracauer sobre Bloch, a la importancia que en este posee la teoría de la “no contemporaneidad”, ante todo en las tesis acerca de la génesis y expansión del fascismo, en las tentativas para edificar una “sociología de los empleados”, y en la fundamentación de las vanguardias estéticas.

Karol Sauerland indaga la imagen de Rusia y de la “idea rusa” presente en las obras del joven Lukács y del joven Bloch; destaca en qué medida la imagen de terrorista permea las reflexiones tempranas de ambos filósofos, y avanza algunas tesis respecto de la ulterior evolución blochiana. De la producción juvenil de estos dos autores se ocupa también Miguel Vedda, en un trabajo que se concentra en dos aspectos principales: las teorías del dramas desarrollada en Metafísica de la tragedia de Lukács y en Espíritu de la utopía de Bloch, y las reflexiones de este en torno a Historia y conciencia de clase. Antonino Infranca analiza el Thomas Münzer poniendo el énfasis en la vinculación presente entre las estrategias estéticas empleadas en el tratado y una lectura de la historia que hunde sus raíces en la teoría marxiana; la consideración del libro juvenil de Bloch abre, a la vez, una perspectiva para el análisis del contexto contemporáneo. Werner Jung realiza un estudio minucioso de las divergencias, pero también –y ante todo– las afinidades existentes entre las ontologías del viejo Lukács y el viejo Bloch; la comparación de la Ontología del ser social y Experimentum Mundi permite entrever una posible complementación entre ambas obras. Arno Münster establece un novedoso contrapunto entre las figuras de Bloch y Günter Anders: si el pesimismo radical del segundo se entiende sobre el trasfondo de un mundo signado por la amenaza de la aniquilación del planeta merced al empleo de armas atómicas, el utopismo del primero propone un optimismo que, sin embargo, no excluye la posibilidad de la desesperación; en contra de interpretaciones banales, la docta spes blochiana es algo muy diferente de un mero wishful thinking. Martín Salinas extrae de la “estética de la pre-apariencia” blochiana las bases para la cimentación de un concepto abierto de realismo, que rompa con la reproducción mecánica de lo real, que se oriente hacia la exploración e incluya, en su seno, el horizonte de lo posible. El ensayo de Silvia Labado, estableciendo relaciones con el Diario del joven Lukács, pero también con diversas obras literarias, ofrece un lúcido comentario acerca del Recordatorio de Else Bloch-von Strizki, en un estilo que hace plena justicia a los méritos de la escritura blochiana.

El editor querría expresar su agradecimiento a Michael Löwy, Hans Heinz Holz, Oskar Negt, Carlos Eduardo J. Machado, Karol Sauerland, Antonino Infranca, Werner Jung y Arno Münster, por haber concedido gentilmente la autorización para que sus contribuciones fueran traducidas al castellano y editadas en este volumen.

Miguel Vedda

Cuadernos de Herramienta Nº 3: Aproximaciones a Walter Benjamin Vol. I

Autor(es)

Compuestos por estudiosos latinoamericanos, los artículos que integran esta compilación ofrecen un testimonio cabal de la persistente vigencia del pensamiento de Walter Benjamin, a la vez que de la capacidad de este para suscitar originales y provocadoras lecturas de la realidad política, social, filosófica y estética de nuestro tiempo.

Cuadernos de Herramienta Nº 4: Aproximaciones a Walter Benjamin Vol. II

Autor(es)

Compuestos por estudiosos latinoamericanos, los artículos que integran esta compilación ofrecen un testimonio cabal de la persistente vigencia del pensamiento de Walter Benjamin, a la vez que de la capacidad de este para suscitar originales y provocadoras lecturas de la realidad política, social, filosófica y estética de nuestro tiempo.

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