El presente artículo, publicado en inglés en diciembre de 2009, en Turbulence 5, con el título Life in Limbo?, fue traducido al castellano por Franco Ingrassia para la versión en este idioma de esa edición.
Estamos atrapados en un limbo, ni lo uno ni lo otro. Por más de dos años el mundo ha sido arruinado por una serie de crisis interrelacionadas que no parecen que vayan a resolverse en el corto plazo. Las certezas incólumes del neoliberalismo, que nos sostuvieron durante tanto tiempo, han colapsado. Y, sin embargo, es como si fuésemos incapaces de pasar a otra cosa. Malestar y protestas han surgido en torno a distintos aspectos de las crisis, pero no hay evidencias de que se haya constituido una respuesta común o consistente. Una sensación general de frustración tiñe los intentos de ruptura con la ciénaga de un mundo en caída.
Hay una crisis de creencia en el futuro, que nos deja con la perspectiva de un infinito presente en decadencia que se sostiene por mera inercia. A pesar de toda esta confusión –una era de “crisis”, cuando parece que todo podría, y debería, cambiarse- tenemos la paradójica sensación de que la historia se ha detenido. Hay una falta de voluntad o una incapacidad para confrontar la escala de la crisis. Tanto las empresas como los gobiernos y los individuos se han puesto de cuclillas, con la esperanza de resistir a la tormenta hasta ver resurgir el viejo mundo en un par de años. Los intentos de ver signos de recuperación por todas partes toman erróneamente a esta crisis epocal como una crisis cíclica; no son más que amplias medidas promocionales. Si bien es cierto que se han utilizado sumas astronómicas de dinero para evitar el colapso completo del sistema financiero, dichos montos de rescate han sido empleados para prevenir el cambio, no para iniciarlo. Estamos atrapados en un limbo.