Como en Cromagnon y en la estación de Once, las inundaciones del 2 de abril ponen en entredicho la noción de accidente o imponderable acción de la naturaleza. Si bien no es lo mismo una bengala, un freno defectuoso o un torrente de agua incontrolable, en todos los casos aparecen develados vicios estructurales de un sistema donde se asocian desidia, negligencia, corrupción, lucro empresarial, inoperancia, indiferencia, que, combinados, conforman la figura de crimen social, del cual el Estado y quienes gobiernan deberán responder.
Siete años y pocos metros de distancia separan el incendio de Republica Cromañon del choque del tren en la terminal Once , el sitio vuelve a ser locus del horror. Como en el boliche donde murieron 194 jovenes, corrupción, negligencia, complicidades entre el poder político y empresarios y la búsqueda voraz de maximizar beneficios al menor costo posible muestran el rostro más siniestro de la lógica del capital. Pocas veces como este 22 de febrero, la tanta veces usada imagen: “ crónica, de una muerte anunciada”, tuvo más asidero.
El infierno de los vivos, si existe, está aquí, es el infierno en el cual vivimos todos los días, que formamos estando juntos. Existen dos maneras de no sufrir, la primera es fácil, para la mayoría de las personas es aceptar el infierno y tornarse parte hasta el punto de dejar de percibirlo; la segunda es arriesgada y exige atención y aprendizajes continuos, intentar reconocer en el medio del infierno lo que no es infierno, preservarlo y abrirle espacio
Multitudes rodeadas de multitudes, multitudes que eligen aislarse, multitudes que se desplazan sin concederse siquiera la posibilidad de mirarse. Monstruosas, gigantescas, azarosas, sobredimensionadas, violentas, absurdas, las metrópolis son víctimas de su propia desmesura. Sus habitantes, signados por la anomia y la indiferencia, recorren los recortes de un conjunto de espacios inasibles mientras intentan ordenar e interpretar las partes con códigos mayormente ajenos a sus propias vivencias.
Pocas veces mi tristeza fue compartida por tantos. Murió José Saramago, pero no siento dolor, pues su vida y su obra fueron pura coherencia, compromiso y creatividad; la pena es por su ausencia, no poder contar más con sus lúcidas opiniones, esperar sus novelas y poemas.
Contados escritores como el quijote portugués, tallador de palabras, acompañaron con su literatura nuestras vivencias. Este comunista libertario, hormonal, como se autodefinió, estuvo atento a la realidad de su tiempo, nunca formal, siempre incisivo, sin ataduras, nada complaciente. Un referente ético impar, quizás el último gran escritor que unió una narrativa brillante y seductora con una implacable honradez intelectual, no eludió temas para evitar controversias, supo incomodar y desatar polémicas con sus punzantes reflexiones. Fue capaz de trasladar a su universo literario el más fuerte compromiso, compromiso que adquiere plus valor cuando esa palabra ha sido vaciada de todo significado. Fue un ejemplo de concordancia entre el decir y el hacer.
“Mi oficio era levantar piedras, no es mi culpa si debajo de esas piedras había monstruos que quedaban al descubierto”. En una conferencia en la Biblioteca Nacional, más política que literaria, dijo “nací en un mundo injusto y seguramente moriré en uno igual, en mi lápida que pongan aquí yace José Saramago, murió furioso”.
La iglesia lo acusó de hereje, el Vaticano no dejó de insultarlo en todas las lenguas posibles. En su obituario en el L'Osservatore Romano el oscurantismo ensotanado reiteró su impotente diatriba. Saramago se animó a humanizar la figura de Jesús, a contar cómo perdía la virginidad con María Magdalena, a dibujarlo como a un títere de Dios para multiplicar y expandir su dominación mundial.
Pocas veces mi tristeza fue compartida por tantos. Murió José Saramago, pero no siento dolor, pues su vida y su obra fueron pura coherencia, compromiso y creatividad; la pena es por su ausencia, no poder contar más con sus lúcidas opiniones, esperar sus novelas y poemas.