Salama, Pierre

Economista, Cepn-Cnrs y GReitd, profesor de la Universidad de París xiii. Ediciones Herramienta tiene en preparación su último trabajo colectivo próximo a publicarse en Francia: Naturaleza y formas del Estado capitalista. Análisis marxistas contemporáneos. Antoine Artous, José Luis Solís Gonzáles, Pierre Salama y Tran Hai Hac.

La marginalización de Argentina

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Argentina se está desarticulando desde hace muchos años. Hoy está nuevamente en crisis. El crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) es negativo. La grave crisis, el aumento de la inflación y la errónea política económica que aplica el nuevo presidente buscando salir de la trampa de la estanflación, incrementan las desigualdades y aumentan la pobreza sin lograr recuperar la confianza de los inversores. El diagnóstico de la herencia Kirchner es equivocado. Frenando la demanda interna no puede resolverse la crisis que dejó la presidencia Kirchner ni disminuir la inflación. Los remedios aplicados son ineficaces y agravan la situación. Tal es la tesis expuesta en este artículo.
A pesar de los rebotes, Argentina se desindustrializa. El nivel de productividad del trabajo y su crecimiento son muy bajos, sobre todo en comparación con los países asiáticos emergentes. Peor aún, la dispersión en torno a la media es muy grande, mucho más que la observada en los países avanzados. Lo mismo ocurre con los salarios. A igual calificación, los salarios pagados por las grandes empresas son muy superiores a los que perciben los asalariados en las empresas pequeñas y medianas.
Argentina se desindustrializa y al mismo tiempo se dispara la inflación, entra en crisis y el aumento de los precios se acelera. ¿Existe una relación de causa-efecto entre la desindustrialización y el mayor aumento de precios? ¿Significa esto que la inflación no se origina principalmente ni por un exceso de demanda y/o la oferta de dinero, ni por la mega-devaluación -aunque ésta pueda tener como efecto temporarios un pico inflacionario-, ni por comportamientos oligopólicos -aunque éstos existan-, ni por conflictos distributivos -aunque los mismos favorezcan la inercia de una inflación en un nivel alto-? ¿Se origina, fundamentalmente, por la incapacidad de los sucesivos gobiernos de promover una política industrial a largo plazo, jugando sobre nichos de alta tecnología con el fin de insertarse positivamente en la división internacional del trabajo, tal y como hicieron y hacen Corea del Sur, Taiwán, etcétera, favoreciendo así una mutación en el comportamiento de los inversores que en lugar de una tendencia rentista, optarían por una actitud schumpeteriana?

Lo que la crisis griega revela. Un enfoque teórico

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Con la globalización, los Estados europeos sufren en general nuevas coacciones que los empujan a dictar leyes en diferentes terrenos: flexibilidad del trabajo, moderación salarial, reducción de impuestos a las Compañías, disminución de cargas sociales. Con la integración monetaria el proceso va más lejos, pues los Estados pierden la potestad en una de las más importantes funciones soberanas, la de “fabricar moneda”. Es lo que ocurrió en la zona euro (el euro entró en vigor en 2002).

Argentina, Brasil, México entran en la tormenta. ¿Quo vadis América Latina?

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A partir del 2003 y  hasta el 2012, se abre un nuevo período en América Latina. El crecimiento es mayor que durante la década precedente (ver Anexo 2), los “fundamentales” (saldos de la balanza comercial y el presupuesto, reservas internacionales, desocupación, empleos formales, inflación) en general mejoran, los planes sociales son más o menos importantes según los países,  la pobreza retrocede y las desigualdades de ingresos parecen disminuir. Gracias a tasas de crecimiento superiores a las de los países avanzados, el ingreso per cápita de la mayoría de los países latinoamericanos se aproxima al de los Estados Unidos, aunque a un ritmo relativamente lento en comparación con el de los países asiáticos.

Argentina, Brasil y México frente a la crisis internacional

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Cuando la crisis de los créditos hipotecarios estalló y la recesión comenzó a perfilarse en las economías desarrolladas, una cantidad de economistas consideraron que las economías emergentes serían poco o nada afectadas. La mejoría de la mayoría de los indicadores de vulnerabilidad, así como el buen nivel de los datos fundamentales (excedentes de la balanza comercial, recuperación del crecimiento y sostenimiento de una tasa de inflación a un nivel poco elevado, disminución más o menos pronunciada de la pobreza) debían preservar las economías latinoamericanas de los efectos nocivos de un posible contagio. Ciertos economistas consideraron que las economías emergentes de manera general, China y la India en particular, podrían constituir una “oportunidad” para las economías desarrolladas y “ayudarlas” a salir de su crisis. Tal era por ejemplo la posición defendida por los economistas de la firma Goldman Sachs: China e India, “motores” del crecimiento mundial, ofrecerían las posibilidades de compra (débouches) suficientes para compensar los efectos negativos de la crisis financiera sobre la rentabilidad de las empresas de los países desarrollados. De esa manera, las economías emergentes, o más “sólidas” que ayer y por ende menos vulnerables, o “motores” del crecimiento, no solamente apenas debían sufrir la crisis financiera, o no sufrirla, sino que podían “ayudar” a los países desarrollados a superar los efectos de la crisis financiera sobre sus tasas de crecimiento. Otros economistas, es verdad que bastante escasos, matizaban esas posiciones: no todos los países estaban exactamente en la misma situación, y para referirnos a América Latina, algunos eran más vulnerables que otros, y para los más prudentes, la amplitud de la crisis financiera en curso constituía una variable importante a tener en cuenta, una crisis financiera “rampante” como la que afectaba a las bolsas occidentales hasta la quiebra de Lehman Brothers (septiembre de 2008) podía no provocar efectos de contagio en tanto que una crisis abierta, prevista por pocos economistas, podía tener un “efecto tsunami” y, transformándose en crisis sistémica, afectar a las economías aparentemente “sanas”.

Homicidios en América del Sur: aportes y límites del análisis económico

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Según Fajnzylber, Lederman y Loaysa (2001, 2002), el ingreso por habitante no tiene influencia sobre el grado de violencia mientras las desigualdades no varíen. Desde este punto de vista, la pobreza no explica la violencia. Sin embargo, si el ingreso por habitante crece poco y si las desigualdades aumentan la pobreza tiende a aumentar. En este caso, el aumento de la pobreza es un factor constitutivo del crecimiento de los homicidios. De manera menos sofisticada, según Barro (2000, pág. 7): "la desigualdad de las riquezas y de los ingresos incita a los pobres a integrarse al crimen". Aunque impugnada por numerosos exámenes econométricos[1], esta opinión encuentra eco en numerosos universitarios y políticos que ven en la pobreza a la "nueva clase peligrosa".

La economía de los cocadólares. Producción, transformación, exportación de drogas, blanqueo, repatriación y reciclaje del dinero criminal en Colombia.

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Los problemas que plantea la producción, comercio y uso de drogas son, para un economista, tanto una muestra de los límites de su disciplina como un poderoso estímulo para su estudio. El objeto está mal definido, la medición es cuando menos difícil y a menudo «folclórica»,[1] el comportamiento de los traficantes es poco conocido y su posible cambio de condición difícil de evaluar.
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