Es bien sabido que la disposición adorniana a la controversia consiste sobre todo en arriesgarse al gran desafío que implica colocar la racionalidad en cuanto proceso frente a sus propios límites
internos, e intentar una superación del concepto sin abandonar un modelo de crítica identificado con la razón dialéctica, fuera del cual se encontrarían todas las variantes posibles del irracionalismo
[1]. Resulta interesante prestar atención a la dimensión que se abre con este intento de “radicalizar la crítica de la ideología” (una ideología que, por lo demás, se identifica con la totalidad de la realidad), de proceder dialécticamente a desmontar las insuficiencias de toda una historia de efectos en torno a una idea y a un ejercicio de crítica. El problema de la radicalización de la crítica de la ideologia en Adorno conlleva maniobras que Habermas, sobre todo en relación con su
Teoría Estética, calificó como alarmantes, justamente por su cercanía con una posición filosófica a la que Adorno atacó repetidas veces: la ontología heideggeriana
[2]. Pero no es necesario concentrarse en aspectos tan extremos y por otra parte tardíos en el itinerario adorniano, como la representación de la “belleza natural” [Naturschönes] o el potencial liberador de la obra de arte en cuanto “apariencia de lo no aparente” [Schein des Scheinlosen]. Ya en sus escritos tempranos hay un osado intento de lo que podría denominarse
ontologización de lo óntico, en el sentido de superación de barreras gnoseológicas inadecuadas a las exigencias reflexivas del contexto (un contexto regido por el principio estructural de la mediación concreta y real: el “intercambio”). Este nuevo rumbo no supone sin embargo una identificación con la propuesta fenomenológico-hermenéutica inaugurada por Heidegger (cuya solución es, a grandes rasgos, anteponer a lo histórico-social, al espacio concreto de relaciones intramundanas, una nueva dimensión de “facticidad” relativa al Dasein
[3]), sino más bien una constatación de que el sujeto autónomo de la reflexión, identificado con una forma de entendimiento inevitablemente sumida en un marco social-institucional y en una lógica de reproducción signada por el fetichismo, ha sido literalmente liquidado, y por ende el esquema tradicional de la bipolaridad sujeto-objeto, es decir, el modelo de inteligibilidad de cualquier proceso de mediación cuya consecuencia sería, en principio, el progreso social, debe ser reformulado. En todo caso, si se trata de una ontologización de lo óntico, al mismo tiempo surge su “correctivo dialéctico”, una historización de lo ontológico, esto es, un intento de encontrar el punto de equilibrio donde la exigencia y la esperanza de lo inteligible se condiga con la realidad concreta y no se pierda en los senderos de un fundamento inconsistente, que habría llegado a ser identificado con “la cosa misma del pensar” (Adorno, 2002: 52).